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Español
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Published:
2025-02-22
Updated:
2026-01-26
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23/?
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¡Soy Carlitos, y soy tu hijo! (Omegaverse)

Chapter 23: Grietas.

Notes:

Han pasado 3000 años, lo siento! No puedo escribir con calor, avanzaba poco, pero como hoy estuvo nublado, me recargué xD

Está revisado, igual puede haber errores que se me escaparon.

Escribí 28 páginas...., lean con calma xD

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

.

.

.

José Manuel está solo en la cama de Martín, mirando el techo como si en alguna grieta del yeso fuera a aparecer la respuesta definitiva a todas las weas que le dan vuelta en la cabeza. Despierta ahí, enredado entre sábanas que no son suyas, después de haberse quedado dormido en los brazos del alfa. Y lo peor (o lo mejor), es que estuvo cómodo. Demasiado cómodo. Sin quejarse, sin ponerse tieso, sin esa necesidad automática de huir que antes le venía por reflejo.

Ahora no sabe qué hacer.

No sabe qué decir cuando Martín salga del baño. No sabe cómo mirarlo a la cara sin pensar en todo lo que pasó anoche. No sabe si corresponde hacerse el weón o preguntar directamente qué van a comer, como si esto fuera lo más normal del mundo.

A esta hora ya debería estar camino al aeropuerto.

Perdió el vuelo, y ni siquiera le pesa tanto.

Su cabeza, siendo honesto, tampoco estaba planeando irse corriendo. No como la primera vez. Esa vez fue puro pánico; despertó, entendió lo que había hecho con el argentino y salió arrancando sin mirar atrás, pescando sus cosas en silencio, decidido a no volver a verlo nunca más.

Esta vez es distinto. Esta vez se quedó. Y no se arrepiente.

Lo que le complica no es lo que pasó, sino lo que viene después. ¿Qué chucha sigue ahora? Porque ya se abrió, ya bajó la guardia, y acá está, metido hasta el cuello en una cama mendocina pensando demasiado temprano en la mañana.

No está preocupado por un embarazo, eso sí. Ahí está tranquilo. Fueron responsables, adultos, cuidadosos. Martín incluso se rio de él, medio burlón, preguntándole si ahora sí estaba usando protección o si pensaba repetir la gracia de hace once años con otra “sorpresa”. Manuel le respondió que se ubicara, que no era tan irresponsable… aunque igual le lanzó una almohada por fresco.

Eso está resuelto.

Lo único que le hace ruido, son sus feromonas. El hecho incómodo, biológico, innegable de que se activaron con Martín, otra vez. Su ginecóloga se lo había advertido, cuando un omega se cruza con su alfa destinado, el inhibidor puede no servir de nada. No es falla del medicamento. Es química. Destino. Mala cuea, básicamente.

Manuel está seguro de algo, su celo no fue ayer ni hoy. Eso lo tiene clarísimo. Le faltan días… deberían faltarle días.

Aun así, la duda le pica como mosquito en la oreja, así que decide asegurarse.

Se incorpora en la cama con el torso desnudo, estirando el brazo hacia el suelo, a tientas, como condenado buscando salvación. Tantea entre la ropa tirada, engancha el pantalón con los dedos y de ahí saca el celular. Exhala largo, vuelve a sentarse y abre la aplicación con resignación. Calendario Omega.

La app se abre con su interfaz pastel demasiado optimista para las ocho de la mañana. Un dibujito de luna, gráficos suaves, alertas con corazoncitos y frases tipo “Escucha a tu cuerpo” y “Tu ciclo es tu poder”. Manuel pone los ojos en blanco.

Esa cosa la usan todos los omegas; registra ciclos, feromonas, inhibidores, pastillas, cambios de humor, incluso te manda avisos tipo “hidrátate” o “evita alfas intensos hoy”. Una agenda hormonal con ínfulas de terapeuta.

Baja con el dedo, directo al conteo.

—Cinco días para el celo… —lee en voz baja, frunciendo el ceño—. Cinco.

¿Cinco? Eso no cuadra.

—¿Me estai hueviando…? —piensa de inmediato— ¿Martín me adelantó el celo… de nuevo?

No importa. Respira. Piensa como adulto funcional de treinta y tantos. Tomaron precauciones. Todas. Martín usó preservativo. Él no falló con los anticonceptivos orales. Doble seguridad, doble respaldo.

No hay por dónde. No habrá hermanito para Carlitos. No habrá pañales, cero llantos, cero nueve meses hinchado como globo. Esta vez sí va a dormir boca abajo.

Suspira, aliviado. Feliz, incluso. Qué maravilla la paz mental.

¿Y ahora qué?

Porque Martín tiene que salir del baño en algún momento, y él tiene que entrar después, y luego… luego no hay guión. No hay plan. No hay manual para “despertar en la cama de tu alfa destinado y seguir con el día como si nada”.

La puerta del baño se abre y Martín aparece con una toalla en la cintura y otra, más chica, en el pelo. Gotas de agua le corren por el pecho y por la clavícula como si el universo estuviera ensañado en hacerlo difícil.

Manuel mira. Quiere no mirar, en serio quiere no mirar… pero mira igual. Traga saliva.

¿Pasó de verdad? ¿No fue un sueño raro?

Martín le sonríe, tranquilo. Demasiado tranquilo para alguien que anoche le desordenó el sistema hormonal completo y, de paso, la cabeza.

Manuel le devuelve una sonrisa torcida, de esas que no saben si son pudor, nervio o simple “ya, filo, pasó”. Se levanta de la cama rumbo al baño, mientras el argentino comenta algo del agua tibia, como si fuera una mañana cualquiera y no el aftermath de una noche que llevaba once años acumulándose.

Manuel asiente sin escuchar mucho y cierra la puerta, apoyando la espalda en la puerta una vez solo. Exhala. Se mira al espejo. Se saca la ropa interior porque es lo único que lleva puesto, lento, como si su cuerpo todavía estuviera decidiendo en qué momento exacto del tiempo está. No duele nada. No hay culpa. Sólo esa sensación rara de estar… quieto después del ruido.

Levanta la vista y ahí está, la marca en su cuello. Se inclina un poco para verla mejor, ladeando la cabeza como si evaluara una botella de vino contra la luz. Se toca apenas con la yema de los dedos y suelta una risa corta por la nariz.

—Mira la weá… —murmura—. Marcado, José Manuel. Marcado. —se observa el cuello en el espejo y la memoria no tarda en acomodarse sola. Martín no quiso, se acuerda perfecto. Como la primera vez, el argentino se había detenido, tenso, conteniéndose como si el autocontrol fuera una cuerda demasiado estirada. No quería hacerlo sin permiso. No quería cometer un error. No quería imponer nada.

Esta vez fue distinto. Esta vez fue él quien se lo permitió. Quien le dijo que no se frenara, que estaba bien, que podía, que quería. Y aun así, hay algo que le choca. No miedo, no culpa. Es la velocidad. Todo avanza demasiado rápido para su gusto, como si la vida hubiera apretado el acelerador sin avisar.

Anoche estaban mirándose con cuidado, midiendo palabras y más que palabras… y ahora está ahí, marcado, con el cuello ardiendo suave bajo la mordida.

No le molesta el destino, ni Martín, ni lo que siente. Le incomoda no haber tenido tiempo de ordenar la cabeza, de ponerle nombre a cada cosa. A Manuel siempre le ha gustado pensar, planear, saber con claridad en qué punto exacto está parado. Y esto… esto simplemente pasó.

Pero no lo lamenta.

Si vuelve a mirarse la marca en el espejo no es para cuestionarla, sino para asumirla. Fue su decisión. Su cuerpo, su permiso, su querer. Nadie lo empujó. Nadie lo atrapó.

Cuando sale, envuelto apenas en una toalla porque, por supuesto, se le olvidó llevar la ropa de ayer que está tirada por la habitación del rucio, abre la puerta del baño con cuidado y mira para todos lados, como si esperara que Martín estuviera apoyado en el marco, mirándolo con esa cara suya que mezcla calma y malicia. No está.

Sale igual, medio torpe, en puntillas, como ladrón improvisado. Sabe que está actuando como weón, pero no logra evitarlo. El silencio pesa distinto después de una noche así.

Se seca y se viste rápido, escuchando ruidos desde la cocina. Hay agua corriendo, algo metálico, pasos, y olor. Huele a comida. No… huele a desayuno.

¿Desayuno?

No, Manuel. Está lavando la ropa. ¡Obvio, po!

Sale de la habitación y cruza la sala y el comedor hasta la cocina. Ahí lo ve. La espalda de Martín, relajada, concentrada en la cocina como si nada extraordinario hubiera pasado, como si no le hubiera mordido el cuello hace unas horas.

Baja la mirada y ve la mesa chica, puesta para dos… Platos, tazas, pan, algo dulce. Todo simple, sin pose, sin exceso. Eso lo desarma un poco más de lo que esperaba.

—Sentá, que yo soy el anfitrión. —dice Martín, sin girarse, con una sonrisa que el chileno no ve, pero imagina perfectamente por el tono.

Manuel se queda de pie, mirando la mesa como si fuera una decisión estratégica. Comer o no comer. Quedarse o irse. Tiene que irse. Tiene que tomar otro vuelo, llegar a Chile, trabajar. La cabeza ya está en modo agenda, aunque el cuerpo siga ahí, tibio, marcado.

¿Tiene que irse?

—¿Qué pasa que no te sentás? —Martín deja de cocinar y se da vuelta. Lo mira fijo con el entrecejo apenas fruncido. No le agrada ese silencio, no es cómodo, es incómodo. Sabe que en la cabeza de Manuel pasan muchas cosas, y eso lo pone nervioso.

—Nada.

¿Nada? ¿Cómo que nada?

Martín se cruza de brazos. No le venga con eso. Después de anoche, después de despertarse con Manuel en su cama, marcado, tibio, respirándole cerca… esperaba otra cosa. Algo más liviano. Una sonrisa cómplice. Un “buen día” que dijera me quedo. No ese silencio raro que se instala como una pared invisible entre los dos. ¿Qué bicho le picó? ¿Se arrepiente? ¡¿De nuevo juega con sus sentimientos?!

—Si te arrepentís, podes irte. La puerta es ancha. No voy a rogarte.

—Ni siquiera te he dicho algo.

—Con tu actitud me alcanza —espeta el otro, ya dolido, ya a la defensiva. Se acerca a la mesa y empieza a juntar los platos de la mesa con más fuerza de la necesaria—. No pienso hacerte quedar por lástima. Andáte. —la verdad, no quiere que se vaya, eso es lo peor. Parte de él espera que Manuel lo contradiga, que lo frene, que diga algo, cualquier cosa.

—Ya, espérate —habla, alzando un poco las manos, intentando calmar el ambiente—. No es lo que crees.

Martín tira el paño sobre la mesa.

—Ahí vas de nuevo —resopla—. Responsabilidades, vuelos, trabajo… siempre algo más importante.

—¿Me vai a dejar hablar o no? —responde Manuel, más firme ahora, con ese tono chileno seco que usa cuando se le colma la paciencia.

El silencio que sigue es tenso, pero el alfa no se va, se queda ahí, respirando hondo. Eso ya es una respuesta.

—No estoy huyendo de ti —dice más bajo, más sincero—. Me cuesta… me cuesta hacerlo todo tan rápido. Yo no funciono así. Me gusta pensar las cosas, ordenarlas. No porque no quiera, sino porque me importan.

Martín aprieta la mandíbula. Le duele, pero también entiende más de lo que quiere admitir.

—Me dejaste marcarte —murmura—. Eso no es poco, Manuel.

—Lo sé —contesta, sin esquivar—. Y fue decisión mía. No me arrepiento.

Martín gira apenas la cabeza hacia un costado, escuchándolo. Eso cambia algo. No todo, pero algo.

—Solo… —continúa Manuel— no quiero que pienses que jugué contigo. No soy así. Si me quedo, es porque quiero. Si me voy, es porque tengo que hacerlo… no porque no sienta nada.

Martín no responde enseguida, vuelve a la mesa, dejando los platos en su lugar. La bronca baja un poco, dejando espacio a otra cosa, miedo. A ilusionarse solo.

—Decilo mejor entonces —dice al fin—. Porque desde acá… se siente como que te estás escapando.

—No me estoy escapando —lo mira serio—. Solo estoy tratando de no perder la cabeza.

—Uhm… —es todo lo que dice el argentino, tratando de no ser tan intenso como de costumbre. Tal vez, su intensidad espanta al omega de sobremanera que no sabe cómo manejarlo. ¿Cómo hacer bajar sus propias revoluciones sin atormentarlo? Manuel también debe poner de su parte, ambos nivelarse.

Manuel lo mira así unos segundos. Lo ve grande, tenso, conteniéndose. Y algo en el pecho le aprieta distinto. No es culpa. No es miedo. Es cariño… del que incomoda porque importa.

Da dos pasos y se le acerca por detrás, con cuidado, sin invadir. Apoya primero las manos en la cintura de Martín, dudando un poco, y después se pega a su espalda. La frente le queda entre los omóplatos, la mejilla apoyada contra la remera tibia, sin alcanzar el hombro, no intentando hacerlo. Así está bien. Desde ahí respira hondo, llenándose del olor de Martín, que ahora reconoce sin pensar.

Martín se queda rígido al principio, sin moverse. No respira profundo. El impulso de darse vuelta es inmediato, pero se contiene. El contacto le atraviesa el pecho directo, como un golpe seco y silencioso. Un omega no hace eso si no quiere quedarse. Un omega no se pega así si está jugando.

José Manuel apoya un poco más la cabeza, casi un gesto inconsciente.

—No me arrepiento de anoche —agrega—. Ni de ti. Solo… dame un segundo para ordenar la cabeza, ¿ya?

Martín cierra los ojos. El enojo se le desarma sin pedir permiso. Siente el calor de Manuel en la espalda, las manos firmes, la respiración pareja. No hay huida. Hay miedo, sí. Pero también hay elección.

Gira despacio, con cuidado de no romper el momento. Le queda mirándolo desde arriba, buscándole la cara.

—¿Querés que te lleve al aeropuerto? —pregunta, serio, sincero— Puedo acompañarte.

—No —levanta la vista, con una sonrisa chica—. Me quedo. Dos días más, nada más… pero me quedo. —quiere quedarse, no para pasar el tiempo con Martín como amigo, ni como conocido incómodo. Se queda porque quiere estar con él de verdad, aunque no tenga aún el nombre exacto de eso.

Martín no responde con palabras. Le toma el rostro con ambas manos, firme pero cuidadoso, y se inclina apenas para alcanzarlo. El beso comienza lento, como si estuvieran confirmando que lo que acaban de decidir es real. Sin embargo, dura poco así. Manuel responde, se acerca más, y el beso se profundiza sin pedir permiso. Se olvidan del desayuno, de la mesa puesta, de los huevos aún tibios en la sartén que Martín preparaba.

Manuel siente las manos las manos de él bajar por su cuerpo, recorriéndolo sin apuro, como si conociera el camino. Cintura, espalda baja, el borde de la polera. Los dedos se abren, lo sostienen. No lo aprietan todavía, pero prometen. Siente cómo el contacto le enciende la piel de adentro hacia afuera y se le escapa un suspiro que no alcanza a frenar. No es nervio. Es reconocimiento. Su cuerpo reacciona antes que él y eso lo desarma.

—Che… —murmura Martín cerca de su cuello, con esa voz baja que siempre suena a broma y amenaza al mismo tiempo—. ¿Otra ronda?

Manuel abre los ojos, intenta recuperar algo de cordura. Mira la mesa, el pan, los platos, la escena doméstica que ya perdió toda autoridad.

—Después de comer… —dice, pero ni él se la cree.

Martín surca una sonrisa ladeada, demasiado confiada. Entonces, sostiene la cintura del chileno, girándolo, guiándolo hacia atrás, hasta que la espalda choque con la encimera de la cocina. El golpe seco hace que algo caiga al suelo. El salero rueda y se desparrama, la sal esparciéndose como una pequeña catástrofe doméstica.

—¿Eso no es mala suerte? —alcanza a decir Manuel, sin aire, con una risa nerviosa que se le pierde cuando Martín se le pega por completo.

—¿Sos supersticioso?

—No, pero…

No hay espacio entre ellos ahora. Pecho con pecho, muslos rozándose, el cuerpo de Martín marcándose contra el suyo sin cuidado ni disimulo. Manuel siente el peso, el calor, la presión constante que le sube por el cuerpo como un pulso. Se le seca la boca. Sus manos buscan algo a lo que aferrarse y terminan cerrándose en los brazos del argentino, como si soltarlo ya no fuera una opción.

Martín baja la cabeza, apoyando la frente contra la de él. Su respiración es lenta, profunda, demasiado consciente para alguien que claramente está perdiendo el control. El aire entre ambos se vuelve espeso.

—Si esta es la mala suerte —murmura, con una sonrisa que ya no tiene nada de broma—, yo firmo.

Manuel suelta una risa baja, rendida, que muere en su garganta cuando Martín vuelve a besarlo. Esta vez no hay pausa ni cuidado, sólo el choque, el calor, el mundo reduciéndose a ese espacio mínimo entre sus cuerpos, donde nada más importa y nada más existe.

︴🥐🎮 🥐  ︴

Biobío.

Rayén se detuvo apenas cruzó la puerta de la sala de reuniones. No necesitó preguntar quién era el intruso, lo reconoció al instante. Arthur Kirkland está de pie junto a la mesa larga, demasiado cómodo para alguien que no ha sido invitado. Habían pasado muchos años, los suficientes como para que no tuviera derecho a estar aquí, y mucho menos ahora, cuando todo ha cambiado. ¿Qué busca? ¿Qué cree que puede venir a pedir después de tanto tiempo? ¿Impedir el matrimonio de Manuel? ¿Ajustar cuentas viejas?

Peor aún, no viene solo. A su lado hay un alfa rubio, alto, observando el lugar con un interés demasiado calculado, como evaluando una compra sin decirlo en voz alta.

—Señora Rayén —Arthur da un paso al frente, discreto—, gracias por recibirnos. Sé que mi presencia puede resultar... incómoda.

Rayén no responde de inmediato. Avanza hasta la cabecera de la mesa y deja el bolso con cuidado, cada gesto deliberado.

—"Incómoda" es una palabra amable —contesta al fin—. ¿Qué hace aquí?

—Han pasado muchos años —continua—, y nunca he pretendido forzar su buena disposición hacia mí. Pero nuestra visita no tiene malas intenciones, no es algo personal.

—Cuando algo no es personal, suele ser peor —le dice ella, seria, frunciendo el ceño. Mientras detrás suyo, Časlov está atento sosteniendo una carpeta de archivo en vez de la Tablet; esto era lo que quería decirle; conocía al británico—. Así que serán amables y se irán.

Arthur abre la boca para hablar, para explicar, para bajar la tensión, para decir algo antes de que aquello se rompa del todo, pero no alcanza.

—Señora Rayén, please —interviene el acompañante, adelantándose con una sonrisa abierta, casi luminosa—. Entiendo su reacción, de verdad, pero no hemos venido a causar problemas. —su tono es sociable, ensayado, de esos que saben leer una sala y adaptarse. Se nota que él está cómodo ahí. Arthur, en cambio, permanece quieto, con los hombros tensos, las manos juntas frente a él. No mira la sala; mira el suelo por momentos, o a Rayén solo lo justo.

Arthur no quería estar ahí. Jamás habría cruzado esa puerta por voluntad propia, fue Alfred quien lo empujó a hacerlo, no sin resistencia, porque Manuel no había sido solo “un ex”. Había sido ese ex. El omega al que Arthur amó… y traicionó. Con él. Con Alfred.

No fue algo planeado, nunca lo fue. Arthur había querido hablar, decir la verdad, explicar que había alguien más, que sus sentimientos habían cambiado. No alcanzó. Manuel los vio. Y eso bastó para destruirlo todo de una sola vez.

Después, la vida siguió. Siempre seguía. Nadie murió. Cada uno tomó su camino. Arthur se casó con Alfred. Manuel prosperó. Viñedo, prestigio, estabilidad. Todo indicaba que le había ido bien. Demasiado bien.

Lo que Arthur no esperó, jamás, fue la noticia del matrimonio.

Le llegó de la forma más trivial posible, una tarde cualquiera, durante la hora del té. El jardín estaba en silencio, ordenado, controlado, como a él le gustaba. Alfred revisaba su celular sin mayor interés hasta que un nombre lo detuvo.

—Oye… ¿recuerdas a tu ex?

Arthur alzó la vista, molesto por la interrupción, y asintió.

—Se va a casar. Con un alfa.

Arthur escupió el té sin poder evitarlo. Tosió, humillado, el líquido le ardió en la nariz.

What? —logró decir— Eso es ridículo —lo era, porque... Manuel… ¿casarse con un alfa? No encajaba con la imagen que conservaba de él, congelada en el tiempo—. ¿Estás seguro de lo que lees?

—Bastante —respondió Alfred, girando el teléfono hacia él—. ¿Tu ex tiene una vinícola, cierto? Las acciones del viñedo bajaron cuando lo vieron con uno. Y ahora está comprometido. Un alfa de bajo perfil, sin historial público. El mercado reaccionó mal.

Arthur apoyó la taza con cuidado. La cabeza le zumbaba.

—Ruka Pulku es un viñedo famoso —dijo despacio—. Uno de los mejores. Las acciones no se desploman así porque Manuel aparezca con un alfa. Eso no tiene sentido.

—El artículo dice que nunca quiso vincularse con alfas —continuó Alfred—. Los inversionistas leen eso como inestabilidad. Temen cambios de rumbo, decisiones emocionales. Con que exista la duda, se mueven.

Arthur negó, incómodo. No le calzaba. Manuel siempre había sido claro. Antialfas por convicción, por experiencia, por estrategia. Prefería betas, relaciones más simétricas, sin jerarquías que pusieran en riesgo su liderazgo. No era un capricho, era una postura. ¿Entonces qué había cambiado? ¿O qué lo había empujado a cambiar?

—No es propio de él —murmuró—. No se comprometería sólo por números.

—Entonces ahí está el problema —Alfred levantó la vista, como si la frase de su beta hubiera encendido algo—. Y también la oportunidad.

—¿Qué estás sugiriendo?

—Que hagamos negocios con ellos. Un trato serio, limpio. Capital que estabilice el viñedo.

—¿Un viñedo con comida rápida? —Arthur parpadeó—. No digas tonteras, Alfred. Eso no funciona.

El jardín seguía en silencio, demasiado calmo para la discusión. Alfred se inclinó hacia adelante y le acercó el teléfono, no para imponer, sino para explicar. Decía que podía hacerse bien, una línea premium, capital que estabilizara el viñedo, una alianza limpia, lógica, rentable. Todo sonaba ordenado cuando él lo decía.

Arthur volvió a mirar la noticia y sintió que nada bueno saldría de eso.

Entonces Alfred dejó el negocio a un lado y fue directo a lo que importaba de verdad, si pensaba disculparse con Manuel.

Arthur alzó la vista. Alfred lo observaba sin sonreír, como siempre cuando sabía que había tocado algo sensible. La culpa seguía ahí, intacta, instalada en el pecho. Lo había intentado, mensajes, llamadas durante unos días. Luego se detuvo. Entendió que insistir era egoísta, que aparecer de improviso no era pedir perdón, era volver a invadir. Se dijo que Manuel estaría mejor sin él, pero eso no le quitó el peso.

—No conoces a Manuel. —dijo al fin, más cansado que molesto.

Alfred no retrocedió, precisamente por eso respondió. Si Arthur lo conocía tanto, entonces sabía que no hacía nada porque sí. Y si podían ayudarlo, aunque fuera de esa forma torcida, empresarial, tal vez esta vez Arthur no le estaría fallando.

Arthur guardó silencio. No era la propuesta lo que le incomodaba, era quién la impulsaba. Alfred, con esa necesidad constante de arreglar lo que veía roto.

Le preguntó si de verdad hacía esto por el negocio o si le molestaba que Manuel siguiera existiendo en sus pensamientos.

Alfred frunció el ceño, herido. Negó al principio, luego admitió la verdad: no le gustaba no saber si Arthur había cerrado ese capítulo, pero tampoco le gustaba quedarse mirando cómo un viñedo se hundía mientras otros especulaban.

Arthur exhaló lento, mirando el jardín. El salvador de siempre. Convencido de que el dinero y los contratos podían arreglarlo todo.

—Manuel no necesita que lo salven —dijo—. Nunca lo necesitó.

Tal vez no, concedió Alfred. Pero él sí necesitaba saber que, si Arthur volvía a verlo, no sería el mismo hombre que lo traicionó y desapareció.

Arthur bajó la mirada hacia su taza. Dolía porque era cierto. Le preguntó si estaba celoso.

Alfred no lo negó, dijo que sí. Que aun así estaba casado con él. Y que, si esto servía para que Arthur cerrara algo que llevaba años cargando, lo haría.

Arthur lo miró con una mezcla de cariño y cansancio.

—No eres un héroe.

—Lo soy —sonrió Alfred—. Y el héroe se mete cuando las cosas se complican.

—Esto no va a salir como crees —advirtió Arthur. La sonrisa pequeña y confiada de su esposo, esa que siempre le había parecido peligrosa cuando venía acompañada de ideas repentinas, no ayudaba—. No quiero ir. No pienso remover nada.

Alfred dio un paso más cerca. Ya no hablaba como ejecutivo ni como negociador; bajó la voz y habló como esposo.

—Pero ya lo estás haciendo —señaló el teléfono—. Ya miraste, ya leíste la noticia. Ya te importa. Y si te importa, prefiero que seas tú el que esté ahí, y no cualquier fondo de inversión esperando que tropiece.

Arthur levantó la mirada y volvió a bajarla. No respondió. No podía negarlo.

Nada le cerraba del todo. Manuel siempre había sido estratégico y cuidadoso. Un matrimonio repentino, un alfa sin información, un giro brusco en alguien que durante años había rechazado esa posibilidad con argumentos claros. La duda le raspaba por dentro.

No quería hacer negocios con Ruka Pulku ni involucrarse, pero tampoco podía ignorar esa inquietud persistente. Alfred quería el trato; él solo quería entender qué estaba pasando… y asegurarse de que Manuel no estuviera siendo utilizado bajo la excusa de la estabilidad.

Y así, casi sin notarlo, terminó aquí. En este lugar. Sin ver a Manuel por ningún lado. ¿Dónde está?

—My name is Alfred F. Jones, CEO of McFreedom Foods —dice el hombre de gafas, adelantándose con naturalidad—. Un gusto conocerla, señora Rayén —su español es correcto, trabajado, con un acento que no intenta ocultar. Habla como alguien acostumbrado a entrar en espacios ajenos y hacerlos propios—. Y veo que conoce a mi esposo, Arthur. Don't worry. I know everything. No tengo ningún inconveniente.

La mirada de Rayén pasa del estadounidense al inglés con lentitud calculada. ¿Casados? Si es así, ¿qué hace Arthur aquí?

—McFreedom Foods evalúa alianzas estratégicas en Latinoamérica —continúa Alfred, sin perder el ritmo—. No franquicias ni compras agresivas. Asociaciones con marcas que tengan historia, identidad, prestigio. Ruka Pulku cumple con todo eso.

—Ruka Pulku no necesita socios —replica Rayén, firme—. Mucho menos de huincas. —la última palabra, Alfred no entiende, así que no se incomoda, ladea la cabeza para saber con qué seguir. Arthur, por su suerte, le susurra lo que significa. Extranjeros. Experiencia propia al ser llamado así.

—Entonces... —prosigue el estadounidense— Tal vez no los necesitaba antes, pero el mercado cambia. Y los inversionistas reaccionan rápido ante cualquier señal de incertidumbre.

—¿Incertidumbre por qué?

—Por su hijo —el silencio cae pesado—. El anuncio del matrimonio generó ruido, no escándalo, pero sí preguntas. Un heredero omega que durante años evitó alianzas con alfas, que se mantuvo al margen de ese juego, de pronto se casa. Con un alfa del que no hay demasiada información pública.

—Yo lo conocí bien —interviene Arthur—. Manuel siempre fue cuidadoso. Nunca hacía movimientos impulsivos. Por eso esto llamó mi atención. —desliza una carpeta delgada sobre la mesa. Rayén la observa, no la toca.

—Las acciones bajaron levemente tras el anuncio — es Alfred quien explica ahora—. Nothing dramatic, pero lo suficiente para que algunos fondos empiecen a moverse. Nosotros creemos que es una reacción exagerada… y ahí vemos una oportunidad.

—¿Oportunidad para qué? —pregunta la mujer.

—Para estabilizar. Para enviar una señal clara al mercado. Una participación mayoritaria, temporal si así lo desean, que garantice continuidad, gobernanza y expansión.

La palabra mayoritaria queda flotando, pesada. Rayén no necesita alzar la voz; la leve curva de sus labios basta para dejar claro lo que entiende: control, aunque lo disfracen de estabilidad.

Alfred corrige rápido, con tono amable. Habla de protección. También para su hijo.

Ahí Rayén clava los ojos en ellos. La pregunta no es abierta, es filosa. ¿Protegerlo de quién?

Arthur siente cómo el aire se le cierra en el pecho. Lee la tensión en la sala, la postura atenta de Časlov, la expectativa contenida de Alfred. Si no interviene ahora, todo se romperá. Habla entonces de dudas, de rumores, del murmullo constante de un mercado que no espera explicaciones. No menciona amor ni pasado ni errores. Habla de poder, de percepción, de cómo el apellido y la condición de omega todavía pesan, aunque nadie quiera decirlo en voz alta.

Časlov da un paso adelante sin darse cuenta, pero Rayén lo detiene con un gesto seco. Su hijo no es débil. Nunca lo fue. Y no permitirá que nadie lo trate como si necesitara permiso para existir en su propia casa.

Alfred intenta recomponer, habla de respaldo, de imagen, de liderazgo acompañado. Dice que su hijo puede ser fuerte si está bien sostenido. Rayén lo escucha sin interrumpir, pero no cede. Lo observa como se observa a alguien que habla desde los números, no desde la sangre. Hablan como si conocieran a Manuel.

Once años bastan para que una persona cambie por completo. El Manuel que Arthur conoció ya no existe.

Arthur traga saliva. Sabe que es cierto, pero continúa. No vino hasta aquí para callarse a mitad de camino. Explica que, al revisar el historial reciente por razones estrictamente profesionales, algo le llamó la atención; un vacío. Nueve meses sin movimiento público, sin apariciones empresariales, sin viajes ni decisiones registradas. Para alguien como Manuel, siempre activo y calculador, no es normal. Según la información disponible, estuvo enfermo. Necesitó descanso.

Alfred lo mira de reojo. Esa parte no estaba acordada. Arthur lo sabe, pero no se detiene. Habla del mercado, de cómo esas grietas se convierten en preguntas, y las preguntas en ataques. Si él pudo ver ese hueco, otros también lo harán. Y esos otros no tendrán reparos en usarlo.

Rayén no parpadea, pero algo se tensa en su mandíbula. La insinuación no la ofende; la alerta. Aun así, su respuesta es clara; Ruka Pulku no se vende, no se reparte, no se gobierna desde afuera. Su hijo no necesita tutela, mucho menos de quienes llegan tarde a su vida.

Arthur asiente. No discute ni insiste. No vino a pelear, vino porque Alfred lo empujó justo donde todavía duele. Porque le recordó algo que había enterrado bajo años de distancia, contratos y una vida nueva. Todo estaba bien hasta que él lo arruinó.

La infidelidad no fue un error aislado, fue una decisión. Manuel se fue sin ruido, sin reclamos, sin explicaciones. Ese silencio fue peor que cualquier reproche. Lo llamó y Manuel le cortó. Una vez escuchó su voz, fría, clara: que lo odiaba y que lo dejara tranquilo. Ese fue el cierre, sin perdón.

Admite entonces que investigó su historial reciente, no por desconfianza, sino por inquietud. Y ahí apareció el vacío. Nueve meses sin actividad pública, sin registros visibles. Oficialmente, descanso. Enfermedad. Una pausa necesaria. Arthur sabe que cuando Manuel se retira así, en silencio, es porque algo pasa.

Es una grieta.

No es asunto suyo, lo sabe. Pero si él pudo verla, otros también. Y esos otros no van a preguntar si Manuel está bien. Van a presionar, a especular, a convertir el silencio en sospecha.

Rayén lo observa largo rato antes de hablar.

—No debes interesarte su vida personal.

—Él puede amar y estar con quien quiera —responde—. Eso no es lo que me preocupa.

—¿Qué es, entonces?

—Eso sólo se lo diré a Manuel.

—¿Qué te hace pensar que querrá verte? —a su pregunta, Arthur no responde. Su mirada se desliza, breve y precisa, hacia la carpeta sobre la mesa. Esa es la única razón..

El silencio que sigue no pide respuestas. Es el cierre de la conversación. La propuesta queda ahí. Si Manuel quiere escucharla, estarán disponibles.

Se retiran sin apuro. Alfred, más tranquilo, convencido de haber sembrado algo. Arthur, en cambio, camina con la sensación incómoda de no saber si hizo lo correcto o si acaba de empeorar todo.

La carpeta queda intacta sobre la mesa. Časlov se acerca y la toma con cuidado.

—¿La tiro a la basura?

—No —la respuesta lo sorprende—. Guárdala. Quiero que José decida.

︴🥐🎮 🥐  ︴

Rostock.

—¿Te hace falta leche? —Gilbert está en el supermercado con el hijo de Manuel, comprando lo esencial para el vivir del niño. ¿Vivir? Ya tiene el carro casi lleno, ¿cuánto más come? Todavía no llega a la adolescencia.

—De chocolate —responde Carlitos sin dudar, sacando cinco cajas del estante y dejándolas caer dentro del carrito—. Ya tengo todo.

Gilbert mira el carro. Luego vuelve a mirar al niño.

"Todo", según Carlitos, incluye galletas, pan, frutas, yogur, cereal, chocolate, jugo, más chocolate, y algo que Gilbert no recuerda haber puesto ahí.

—Eso espero —gruñe—. Porque no pienso dar otra vuelta.

Pagan rápido. Carlos coopera, no pide nada extra, ni siquiera arma escándalo. Un santo. Especialmente comparado con el niño dos pasillos más allá, tirado en el suelo y gritando como si le hubieran robado el alma, le saca años de paciencia en segundos a Gilbert.

Le gustan los niños, sí, pero no los malcriados. Si fuera su padre, le haría tres mil sentadillas y sin comida por una semana. Mano dura. Así se aprende. Disciplina básica.

Ya en el auto, con las bolsas acomodadas en el maletero, arranca con cuidado. Gilbert maneja serio, atento a cada semáforo, cada cruce, cada ciclista que aparece de la nada. Carlitos, en el asiento del copiloto, mira por la ventana, edificios ordenados, gente caminando rápido, bicicletas por todos lados. Hasta que recuerda algo importante.

Muy importante.

Ayudar al tío Gilbert.

Con ese señor.

El que ahora parece no llevarse tan bien con él.

Ya tiene el diagnóstico claro; el omega austriaco no quiere nada serio porque sabe que el tío Gilbert está enamorado de otra persona. Y eso, según todo lo que ha visto en series, novelas y anime, nunca termina bien. Alguien tiene que decirlo, pero con cuidado, mucho cuidado. Si le toca donde no debe, estará castigado.

—Tío Gilbert —empieza despacio—, ¿qué pasó con el omega con el que salías?

Gilbert casi se atraganta con el aire, acelerando más brusco de lo necesario. ¿Por qué pregunta eso? ¿Desde cuándo este niño hace preguntas tan específicas? Ya se imagina el plan completo, primero pregunta, después aconseja, y termina armándole una cita con otra persona. Igual como lo hizo con sus padres.

Ya conoce su malvado plan.

—No te metas en asuntos de adultos.

—No voy hacerlo —gira hacia él, jura que no va a entrometerse. Antes sí, sin embargo, pensó mejor todo. Martín ya lo regañó por lo mismo en Mendoza, será cuidadoso—. Quiero ayudar.

¿Ayudar?, ¿ayudar en qué exactamente? Porque salir seguido con ese omega ya le ha dado suficiente jaqueca como para sumarle "ayuda infantil".

—Es que...escuché sin querer, que el austriaco omega sabe que te gusta otra persona.

Gilbert pisa el freno. No de golpe, pero lo suficiente como para detenerse en plena avenida y ganarse un concierto de bocinazos furiosos, insultos en alemán y un tipo gesticulando con pasión desde una bicicleta.

—¿Qué austriaco...? —pregunta, fingiendo muy mal. Terriblemente mal— ¿De qué estás hablando?

El pequeño chileno lo mira como si la respuesta fuera obvia. Ese austriaco. El que les hizo trajes a sus papás. ¿Hace falta dibujarlo?

Gilbert suspira y baja las manos del manubrio, apoyando la frente un segundo contra el volante. Por última vez, se repite, por última vez, no debe meterse. Es un problema de adultos. De adultos idiotas, pero adultos al fin.

—Solo es un consejo —suaviza la voz, como un niño inocente. El alemán le hace un gesto con la mano. Adelante. Total, ya sabe lo que viene. El discurso típico, sal con él, olvídate de papá, date una oportunidad, blablablá—. Sé que quieres mucho a papá, y que nunca has querido decirle, y que quieres olvidarlo porque está con mi otro papá. Eso está bien, pero yo creo que no deberías salir todavía con alguien. Con él.

¿Qué dijo el crío? ¿No salir con el señorito perfecto? ¿Eso acaba de pasar?

¿Qué clase de manipulación es esa?

Lo pondrá a prueba.

—¿Ah, no? —ironiza Gilbret— ¿Y por qué, señor consejero amoroso? —vamos a ver si esto es manipulación o si el niño realmente va a salir con algo coherente.

—Mire —gira más frente a él, mirándolo directo a los ojos—, Martín ya me retó, así que no haré nada que quizás la embarre —respira hondo y exhala—. Si todavía le gusta mi papá, no es justo que salga con alguien. Primero uno se desenamora... y después se enamora de otra persona. Si no, queda la embarrada.

Silencio. Gilbert no responde enseguida, no porque esté en shock, aunque un poco sí, sino porque el maldito niño tiene razón y eso le molesta profundamente.

—Además —agrega—, el austriaco es omega. Merece que alguien lo mire de verdad, no como reemplazo. Y por eso es que quiere que usted sea sincero con él. ¿Quiere que le diga una lista de consejos basados en mi experiencia?

¿Experiencia? Gilbert suelta una risa nasal, corta.

—¿Qué experiencia vas a tener tú, crío? —se cruza de brazos—. A duras penas llegas al volante con un cojín —pero lo mira mejor, no ve manipulación, ve convicción, y eso es peor—. De acuerdo, ilumíname con esos consejos

—Primero —se acomoda otra vez, aún con el cinturón de seguridad puesto, con cara seria. Levanta un dedo—, no salga con alguien si todavía piensa en mi papá. Eso siempre termina mal. En las novelas el que hace eso se queda llorando bajo la lluvia.

—No estoy en una novela. —gruñe Gilbert.

—Sí, pero actúa igual —replica Carlitos sin piedad. El alfa adulto aprieta los labios, conteniendo una respuesta que probablemente incluiría insultos en alemán antiguo—. Segundo, si el austriaco ya sabe que a usted le gusta otra persona, peor todavía. Los omegas no son tontos, se dan cuenta cuando no los miran como deberían.

Gilbert traga saliva.

—Tercero —levanta otro dedo—, si va a seguir viéndolo, sea honesto. Dígale que no está listo. Eso es más respetuoso que fingir.

—¿Desde cuándo sabes tanto de relaciones? —sigue incrédulo, viéndolo encogerse de hombros.

—Desde que veo cómo los adultos se complican solos. —es su experiencia, vista con sus propios ojos color almendrados a dos adultos dudando si besarse o no para terminar con la tensión. Son sus dos padres, si no han adivinado.

Gilbert sí adivina mentalmente, soltando una risa corta. Este mocoso es bueno observando. Muy bien. Que continúe el maestro.

—Cuarto, deje de idealizar a mi papá. Él ahora está con mi otro papá —eso duele al adulto, lo sintió—. Quinto —baja un poco la voz—, si algún día se enamora del austriaco, que sea de verdad, no para olvidarse de alguien más.

Silencio largo.

—Y sexto —añade, ya más liviano—, no se crea tan discreto. Se le nota todo.

Gilbert se ríe, esta vez de verdad. Niega con la cabeza, sorprendido, y hasta le aplaude dos veces, lento.

—Impresionante —murmura—. Deberías cobrar consulta.

Carlos lo mira serio, evaluándolo. ¿Se está burlando? ¿No va a tomar nada en serio?

Pero no, el tío Gilbert no se burla. Está genuinamente impresionado.

Respira hondo, recuperando la compostura. El niño dice todo muy fácil, mas hacerlo es otra cosa. ¿Y si no puede dejar de sentir lo que siente?

—Entonces no use a nadie de parche.

Los ojos del alemán continúan en los del menor, frunciendo los labios. Asiente con la cabeza, pasando la mano por el cabello rubio, dándole una leve palmada. Tiene razón, y eso es lo que más le molesta, porque no es sólo Manuel, nunca fue sólo Manuel. Es todo lo que se guardó, lo que no dijo, lo que decidió enterrar bajo capas de sarcasmo, cerveza y "estoy bien". No lo está. Hace años que no lo está, y salir con alguien cuando la cabeza sigue en otra parte no lo va a arreglar, sólo va a ensuciarlo todo más.

Y ese omega austriaco... no es tonto. Lo sabe.

Suspira largo.

Hablará con él, sin rodeos. Le preguntará directo si espera algo real o si esto es solo pasar el rato. Si la respuesta es "nada serio", entonces bien, cada uno por su lado. Y si es "sí"... entonces tendrá que ser honesto y admitir que no está listo, que no puede ofrecer lo que el otro merece.

Usarlo de parche no. Eso sí lo tiene claro ahora.

Se frota la frente con dos dedos. ¿En qué estaba pensando? Ah, claro. En evitar pensar. Porque cuando piensa demasiado, todo se vuelve incómodo, y a él nunca le gustaron las cosas incómodas.

Digamos que la cordura no es precisamente su especialidad.

El auto se vuelve a encender, avanzando. El semáforo cambia. Rostock continúa como si nada hubiera pasado. Carlitos apoya la frente en el vidrio un segundo, pensativo. Ya dio todos sus consejos, ya cumplió. ¿Y si le da un empujón más? Veamos qué pasa.

—Oiga, tío —le dice. Su tono de voz capta la atención del alemán, presintiendo que la conversación no terminó. ¿Con qué vendrá ahora?—, ¿y si lo ve ahora?

Esta vez, Gilbert no pierde el control del auto, ni se detiene ni nada, sigue manejando como todo adulto serio y responsable, sin embargo frunce el ceño y sus mejillas ruborizan. ¿Qué dice este enano?, ¿verlo ahora?

—¿Ahora cuándo? —gruñe, alemán hasta en la evasión.

—Ahora, ahora. —surca una sonrisa motivacional para con él.

Gilbert cambia de carril con más fuerza de la necesaria, y le dice que eso no funciona así. No puede ir como si nada donde el omega austriaco, sin tener nada planeado. ¡Menos ahora! ¡Así no funciona!

—Usted tampoco funciona muy bien dejando pasar el tiempo. —es directo, sin mala intención, como solo los niños saben hacerlo.

Dolió.

Gilbert aprieta el volante. Piensa en Manuel. En lo fácil que siempre fue hacerse el fuerte y lo difícil que es decir "no estoy listo". Piensa en el austriaco, en lo injusto que sería seguir como si nada. Y piensa, con fastidio, que un niño a su lado acaba de ordenarle el caos.

No piensa ir corriendo detrás de nadie, le advierte. Carlos lo tiene claro, pero tampoco es la mejor idea que se siga escondiendo.

Otra vez el alemán resopla..., mirándolo de reojo. El mocoso se inclina más a un alfa que a un omega...

De acuerdo, acepta ir sin que le guste. Sin embargo, si algo sale, si esto explota, si alguien termina llorando o gritándole... será su culpa.

Los ojos almendrados del pequeño chileno lo miran, y sonríe. Bien, acepta.

—¿Aceptas qué exactamente? —desconfía Gilbert.

—El reto —se pone serio. Hasta se parece a Manuel cuando quiere hacer negocios—. Si sale mal, es mi responsabilidad. Pero si sale bien... —piensa, tomándose su tiempo— Usted me deberá algo.

—Ni lo sueñes.

—Jugar conmigo.

Nein.

—Subir un cerro.

—Definitivamente nein.

—Hacerme la tarea de matemáticas.

—Eso es ilegal.

—Entonces jugar —encoge los hombros—. O me compra un helado... con papás fritas.

¿Helado con papas fritas?, ¿qué clase de combinación es esa?, ¿no le caerá mal al estómago?

Lo observa con atención en lo que puede. Lo ve parpadear una vez, es obvio que no cederá.

—...Un helado —gruñe—. Uno.

—¿Con papás fritas?

Ja.

—¡Ya! —celebra, ya está triunfando antes de tiempo. Ganará, tendrá su helado con papás fritas. Cuando lo consiga, le tomará una foto y se le enviará a papá para que vea que está comiendo. ¿Cómo estará papi? No le preocupa tanto, sabe que está bien.

Entonces, directo a la tienda de sastrería del señor austriaco omega.

Gilbert cambia de pista.

︴🥐🎮 🥐  ︴

—No fue tan malo, ¿vio? Yo le dije. Tiene que confiar en mí. —Carlitos camina a su lado con una sonrisa leve, apenas marcada. No es de triunfo infantil, es la de alguien que sabía. Gilbert, en cambio, va más suelto de hombros. Demasiado suelto para alguien que hace diez minutos estaba considerando huir del país o fingir una muerte administrativa.

El crío tenía razón. Hablar con Roderich no lo mató.

Había bajado del auto solo. Carlos se quedó dentro, sentado derechito, como si estuviera custodiando una operación secreta. Miró hacia la sastrería con atención y, para su desgracia, no vio nada. Todo ocurrió puertas adentro.

Así que el apoyo fue únicamente mental.

Gilbert entró y, de inmediato, supo que estaba en territorio enemigo, uno austriaco. Sentía un aire raro..., demasiada calma. Parecía como si el aire lo juzgase por existir. Se centró, buscando al austriaco. Lo vio. Estaba allí, impecable como siempre, moviéndose con esa elegancia que le producía dos impulsos contradictorios; respeto genuino y ganas de empujarlo sólo para ver si se despeinaba.

Se miraron. Roderich fue el primero en hablar, preguntando qué hacía aquí, si no es por prenda.

Gilbert abrió la boca con toda la intención de ser claro... y falló estrepitosamente. Dio vueltas, se explicó mal, se explicó demasiado. Habló de sí mismo (porque claro que habló de sí mismo), de lo confuso que estaba, de lo poco ordenado que tenía todo por dentro, de lo mucho que odiaba no tener respuestas claras.

Roderich escuchó sin interrumpirlo. Eso, por sí solo, ya era inquietante.

Cuando Gilbert finalmente llegó al punto, lo hizo de golpe. Tenía el corazón ocupado, desde hacía años, no quería mentir, sin embargo, esa persona no era correspondida. No quería fingir estar disponible cuando no lo estaba del todo.

El austriaco suspiró suavemente. Lo miró con una mezcla incómoda de interés y resignación elegante. No le sorprendía.

Gilbert tragó saliva. Recordó la conversación con el enano en el auto... Le preguntó a Roderich si sentía algo real o si sólo era curiosidad. Lo preguntó mal, con torpeza, casi a la defensiva. Todo dependía de la respuesta.

Roderich no iba a confesarse, no en la manera más trágica posible, o hecho un desastre. Eso no iba con él. Respondiendo a su pregunta, le interesaba. Pero, al escucharlo, no iba a cruzar una línea que él todavía no podía sostener. No iba a convertirse en una solución temporal ni en una distracción, prefería la distancia. Conocerse, sí. Verse, quizá. Pero sin promesas, sin expectativas torcidas, sin hacerle trampa a nadie.

Para dejarlo más claro porque la cara del alemán era sorpresiva y estática..., sentía algo. Sabía esperar, y también sabía no hacerlo, si ese era el caso.

Entonces Gilbert hizo lo más Gilbert posible. Soltó una frase torpe, medio brusca, pretendidamente despreocupada. Algo como que podía salir con quien quisiera, que a él no le importaba, que no estaba reclamando nada. Un "haz lo que quieras" tan transparente que solo él podía creer que sonaba indiferente.

Roderich no se ofendió. Sonrió apenas. Le agradeció la honestidad, de verdad. No todos eran capaces de decir "no puedo" sin adornarlo.

Gilbert se despidió rápido, agradecido de que esa mujer no estuviera dando vueltas por la tienda. Apenas caminó, algo le molestó de inmediato. No fue el olor a tela ni la música clásica baja, fueron los hilos en el suelo, las telas mal dobladas sobre una silla, una cinta métrica tirada como si nada.

Frunció el ceño.

Qué manera de ser desordenado, pensó. Y eso que por fuera Roderich siempre parecía impecable, pulcro, elegante hasta lo irritante. Traje bien puesto, postura correcta, palabras medidas. Pero bastaba mirar dos segundos más para notar el caos escondido entre bastidores.

Gilbert caminó un par de pasos y se detuvo a mitad de la sala. Ahí le cayó la gracia.

Eran parecidos, no iguales. Pero parecidos en esa forma torcida.

Roderich era ordenado hacia afuera y un desastre por dentro. Él, en cambio, era un desastre a simple vista; torpe, ruidoso, exagerado... pero obsesivo con el orden. Cada cosa en su lugar. Cada idea clasificada. Cada sentimiento guardado donde no estorbara.

Qué ironía.

Se quedó quieto un segundo más, con las manos en los bolsillos, mientras Roderich le observaba la espalda sin decir nada, como si supiera exactamente en qué punto de la comparación se había detenido.

Gilbert siguió caminando.

No tenía el corazón libre, eso era cierto, pero al menos. no estaba huyendo de alguien que le importara de verdad.

Eso ya era un avance.

Exhaló despacio, más liviano, y antes de irse no pudo evitar soltar, en un tono lo más casual posible, una última observación sobre el desorden. Que tener las cosas tiradas así era una invitación directa a un accidente. No miró atrás para ver la reacción; sabía que el comentario iba a caer donde tenía que caer.

Salió de la sastrería con la cabeza llena y el corazón un poco menos apretado. No sentía que hubiera ganado nada, pero tampoco había perdido. Y para alguien como él, eso ya contaba como una pequeña victoria.

Al ver al hijo de Manuel aún en el auto, levantó el dedo pulgar, exagerado, como si acabara de sobrevivir a una negociación internacional de alto riesgo. Todo salió bien.

Ahora, tiene que comprarle el helado con papas fritas, y después directo a casa. Tiene que ordenar todo lo comprado en el supermercado. Bah, ¿para qué tan recto? Disfrutará el rato comiendo helado también, con papas fritas.

—Oye enano, tienes helado ahí. —están dentro de una heladería, el niño lo escucha y se toca con una mano la nariz, sin sentir nada que estuviera manchándole. Le pregunta dónde, y Gilbert le mancha con el dedo de su helado, riéndose en su cara. Tiene un buen ánimo para malcriarlo un poco, sólo por hoy, como premio por ser su pequeño consejero en vez de un vengador o manipulador.

No hubo manipulación, no vio eso. Sí, fue más consejo de niño que ve a los adultos hacer tonterías, enredarse solos, en vez de hacer las cosas más simples.

Veamos, una prueba. ¿Qué le aconsejaría a Lovino respecto al español con el que se ve?

—Decirle la verdad —responde Carlos, serio, comiendo lo último que le queda del helado—. Papá se enojará, pero es lo mejor y lo más rápido. Tampoco quiero estar con ellos, fingiendo ser hijo del tío Lovi.

—¿Tiene que decirle?

—Sí —asiente—, pero debe guardar el secreto. Y no quiero meterme ahí. —se encoge de hombros. Una cosa fue ayudar al tío Gilbert, y otra es muy distinta entrometerse en un lío en que sería otra vez castigado. Mira el helado, luego mira al adulto. ¿Qué piensa hacer ahora?, ¿será amigo de ese señor?, ¿cómo es físicamente?, todavía no lo conoce.

—El asombroso yo seguirá con su vida. Quizás lo veré algunas veces, nada más —responde natural, sin rodeos como en la conversación con el omega—. Espero que tú no me estés amenazando con contarle cosas a tu papá.

—¿Yo? ¿Cómo se le ocurre, tío? —se indigna, luego se ríe junto con él. No hará eso, además, ya no tiene con qué. Contarle a papá, sería arruinar el futuro casamiento con Martín.

¿Cómo estará papá? Dijo que vería a Martín en Argentina... No se preocupará, si se dicen que se gustan de una vez por todas.

—Helado con papas fritas —menciona Gilbert de repente, surcando los labios—, una mezcla rara pero deliciosa.

—Sé lo dije. —susurra el niño.

︴🥐🎮 🥐  ︴

Mendoza.

Se pasaron el día encerrados en el departamento, flotando entre planes vagos y promesas a medio formular. Idealizaban el futuro sin mucha convicción, más como un juego que como un proyecto serio, sólo para no caer en el aburrimiento. Manuel no tenía ninguna intención de salir. Mendoza podía esperar. Para él, ese encierro voluntario era un refugio recién descubierto; cómodo, silencioso, seguro. Martín, en cambio, llevaba la inquietud en el cuerpo. Pensó en sacarlo a pasear, mostrarle la ciudad como once años atrás, pero Manuel fue tajante; ya conocía Mendoza y tenía flojera. Mucha.

Para no discutir, cocinaron.

Era una solución diplomática, doméstica y dulce. Algo que calentara la tarde y también el ánimo. Azúcar, horno, paciencia. Un queque simple, de esos que no fallan. Lo prepararon entre risas sueltas y comentarios inútiles, y cuando por fin salió del horno, lo dejaron enfriar durante dos horas eternas. Manuel vigiló el proceso como si el enfriado fuera un ritual. Martín se burló, pero obedeció.

Al final, partieron el queque en dos sobre la mesa. Ahora venía lo importante, el relleno.

Martín tomó la manga pastelera con una seriedad casi profesional, como si estuviera de vuelta en el hospital, sosteniendo un instrumento quirúrgico. No fue a trabajar; había avisado con antelación usando la vieja y confiable excusa de una "urgencia familiar grave". Manuel, con los brazos cruzados y expresión severa, lo observó como juez supremo del dulce de leche, listo para reprobarlo sin piedad.

—Pero con ganas, po. —comentó, seco, sin parpadear.

—Pará un poco —respondió Martín—. Si apuro, queda mal. Después no digás que no te advertí. —empezó a presionar la manga con cuidado. El dulce de leche avanzó lento, espeso, obediente, acomodándose sobre la miga.

—Más —intervino Manuel de inmediato—. Ahí no alcanza.

—Recién estoy empezando —explicó, apretando un poco más, tratando de no perder la paciencia. El problema no era el queque; era cómo el omega lo miraba—. Tené fe.

—Más adentro —insistió ese omega, inclinándose apenas sobre la mesa—. Si no llega al centro, no sirve.

Martín se quedó quieto un segundo. Lo miró de reojo, con esa mezcla peligrosa de ironía y nervio que anunciaba desastre. Inspiró hondo. ¿Era necesario? ¿No podían tener una actividad doméstica normal sin que, de alguna manera misteriosa, terminara convirtiéndose en... esto?

Durante el desayuno habían estado relajados. Demasiado relajados, incluso, después de eso. Y ahora Manuel estaba otra vez en modo exigente, como si nada fuera suficiente, como si el mundo entero conspirara para ponerlo a prueba.

—Sos insoportable —murmuró Martín, sin verdadera mala intención—. No hay forma de dejarte conforme.

Según Manuel, ese no era su problema en lo absoluto. Ni siquiera se dignó a responder; se limitó a observar con atención, como si el queque fuera un asunto de Estado.

Martín soltó una risa breve, incómoda.

—Bueno, listo. Voy con todo entonces —y apretó sin piedad. El dulce de leche se acomodó, se expandió, rellenó como debía sobre la primera capa de queque—. La estoy metiendo toda adentro. —hubo un silencio espeso, incómodo, inevitable. Manuel no dijo nada. Sólo asintió despacio, concentrado, siguiendo el recorrido del manjar como si evaluara una obra de arte.

—Así..., así está bien.

Martín levantó la vista de golpe.

—El queque —aclaró rápido—. El queque se ve bien.

—Claro... el queque —repitió Martín, con una sonrisa mínima que no ayudaba en absoluto, colocando la otra mitad encima, presionando con cuidado—. Si se desborda, no es culpa mía. Vos pediste más.

—Me gusta el manjar —respondió Manuel, sonriente—. Siempre vale la pena cuando queda bien relleno.

Se miraron más de lo necesario. Mucho más. Ninguno dijo nada. Ninguno lo negó tampoco.

Martín carraspeó, rompiendo el momento antes de que se volviera irreversible. Tomó el queque relleno como si fuera una torta de cumpleaños y lo metió en el refrigerador con una seriedad exagerada, casi solemne, como si así pudiera ordenar también sus pensamientos.

Después de eso, recordó que quería salir, o, mejor dicho, no quería quedarse encerrado todo el día.

—Che... ya que estamos —dijo, apoyándose en el mesón—, ¿querés conocer a mi primo Sebastián?

Manuel asintió. De Sebastián había oído bastante por boca de su hijo, así que la curiosidad ya estaba instalada. ¿Por qué no conocerlo? Aunque, claro, la duda inevitable apareció de inmediato, ¿sería igual a Martín?, ¿igual de intenso?, ¿igual de insoportable?

Martín, como si le hubiera leído la cara, se lo tomó con humor. Se rió, irónico, sarcástico, muy él, y negó con la cabeza. Sebastián no era igual. Era una versión parecida, sí, pero más tranqui, menos acelerado, menos dramático. Capaz que se lleven bien, dijo, con una seguridad que al chileno le pareció sospechosa.

Para ir a verlo no había mucha ciencia, bastaba con subirse al auto y manejar.

—¿No le vai a avisar? —preguntó Manuel, todavía con esa idea básica de convivencia social.

—No —respondió Martín sin dudar—. Le carga que caiga de sorpresa. —le guiñó un ojo, como si eso cerrara cualquier discusión y fuera, además, una excelente explicación.

Manuel no entendió nada. Si al primo le molestaba, ¿por qué ir así? ¿No era mejor avisar, mandar un mensaje, hacer las cosas bien? Pero Martín insistió.

José Manuel suspiró. No quería empezar a coleccionar conflictos familiares tan rápido. Aún estaba aterrizando en esa parte de la vida de Martín y su cabeza ya iba varios pasos adelante, imaginando escenas incómodas, silencios largos, miradas evaluadoras de arriba abajo. Todo muy dramático. Muy él.

Y justo cuando su mente iba por ese camino, llegaron.

Una tienda fotográfica. Bo! Focus-Fotografía & Edición.

Manuel parpadeó, mirando el lugar con atención. Bueno, pensó, si todo salía mal, al menos el desastre tendría buena iluminación y fotos bonitas para recordarlo.

Vio que Martín ni siquiera tocó el timbre para entrar, como si el lugar fuera suyo, llamando al primo en voz alta, con esa confianza descarada que a Manuel todavía le parecía un talento cuestionable. No pasaron ni tres minutos cuando un rubio bajó, cámara colgada al cuello, expresión curiosa y ceja levantada, mientras él aprovechaba de mirar alrededor. Fotografías por todos lados, paisajes, retratos, escenas cotidianas. Su hijo no había exagerado. El lugar tenía alma.

Cuando bajó, Martín lo presentó... pensó en presentarlo como su prometido, con quien se casaría, sin embargo..., eso no se podía decir. Entonces, ¿cómo? No quiso hablar de eso en el auto, se las ingenió solo. Él era bueno para estas cosas, así que ya tenía la respuesta.

—Él es Manuel, y estamos juntos.

La sorpresa fue compartida. Manuel contuvo la sonrisa, Sebastián parpadeó un par de veces y luego lo miró con más atención, como si recién ahora ajustara el foco.

—Así que vos sos el famoso chileno de Mendoza. —dijo sin rodeos, con una sonrisa ladeada. Después se presentó; Sebastián, uruguayo, por si quedaban dudas.

Manuel pensó de inmediato que se parecían al hablar... y justo a tiempo recordó la advertencia de su cabrochico. Mejor no decirlo. Sebastián odiaba ese comentario. Así que sonrió y se lo guardó.

Se sintió más tranquilo con él que con Martín. Sí, compartían algunos gestos, ese humor seco que aparecía de golpe, pero Sebastián era distinto. Más calmo. Más observador. Le cayó bien.

—Mi hijo se portó bien contigo, ¿no? —preguntó.

—Impecable. Un caballero. Educado, atento... demasiado bien para ser hijo de este —Sebastián le dio un golpecito en el brazo a Martín—. Te juro que todavía no me entra en la cabeza que sea tuyo, Tincho.

—¡Che! —protestó Martín— ¿Qué querés decir con eso?

—Que el gurí piensa antes de hablar. —respondió Sebastián, sin piedad.

Manuel rió, ya cómodo, pero levantó una mano.

—Igual lo tuve que castigar —admitió—. Se vino solo hasta acá. Se pasó de listo... aunque también fue culpa mía.

—Nah, ese gurí tiene más carácter que muchos adultos. Igual, bien ahí por castigarlo. Buen equilibrio.

Manuel dejó escapar una risa corta, medio resignada. No sabía si sentirse orgulloso o ligeramente culpable. Probablemente ambas.

A partir de ahí, los dos se le fueron encima a Martín sin piedad. No de mala onda, sino con esa crueldad cariñosa que sólo existe entre gente que se cae bien demasiado rápido. Comentarios al pasar, miradas cómplices, risitas que no necesitaban explicación.

—Igual mirálo —dijo Sebastián, ladeando la cabeza—. Vos eras un desastre a su edad.

—No era un desastre —se defendió Martín—. Era creativo.

—Eras insoportable. —corrigió.

Martín terminó rojo, mascullando algo sobre difamación, traición familiar y conspiraciones internacionales, mientras los otros dos ya se reían sin culpa.

—Pero mirá —retomó su primo, cruzándose de brazos y observando a Manuel con descaro amable—. Al fin pude conocer en persona al famoso sujeto que le anda quitando el sueño a Tincho.

Martín hizo un ruido raro, entre tos y protesta.

—No digás boludeces —murmuró, desviando la mirada—. A mí no me quita el sueño nadie... bueno, salvo el banco, las deudas y la inflación.

Eso sí los hizo reír a los dos, fuerte, juntos. Manuel notó el detalle, se reían con Martín, no de él. Y eso, de alguna forma, lo tranquilizó.

Cuando el ambiente se aflojó del todo, cuando ya no había tensión sino ese clima cómodo de sobremesa improvisada, Martín aprovechó.

—Che, ya que estamos... —dijo, rascándose la nuca, como si la idea se le hubiera ocurrido recién—. ¿Les parece ir a tomar algo? Hay una cafetería cerca. De paso... —miró a Manuel de reojo— te presento a unas amigas, si querés. —lo dijo en tono casual, pero Manuel alcanzó a notar el nervio escondido, la expectativa disimulada. Pensó un segundo. Miró a Sebastián, que le sonrió como diciendo "dale, no muerde nadie". Después volvió a Martín, que esperaba la respuesta con más cuidado de lo que quería admitir.

Manuel sonrió.

Martín se iluminó apenas, como si esa sonrisa hubiera valido más de lo que quería admitir.

—Dale entonces —dijo, rápido—. Vamos al Coco Coffee. Queda cerca.

Sebastián levantó la mano al instante, cortando el impulso.

—Yo paso —anunció, señalando la cámara—. Tengo laburo atrasado y clientes que sí pagan a tiempo, a diferencia de cierto primo —miró a Martín con sorna—. Vayan tranquilos. Después me contás si sobrevivís.

—Siempre tan solidario. —gruñó Martín.

Sebastián sonrió, le dio una palmada en el hombro a Manuel y bajó la voz.

—Buen tipo —dijo, sincero—. Y por las dudas... el gurí habló maravillas de vos.

Manuel agradeció el comentario de Sebastián con una sonrisa breve. Le sorprendió a sí mismo dándole más peso a eso que a todo lo demás dicho en el día.

El tema se cerró ahí, porque Sebastián ya estaba mirando el reloj, y los despidió con una palmada y una sonrisa cómplice que a Manuel le resultó genuina.

En el auto, Martín arrancó rumbo al Coco Coffee con un entusiasmo medido. No cantaba victoria, pero tampoco escondía las ganas. Manuel lo notó en los gestos pequeños, la forma en que se acomodó en el asiento, cómo revisó el espejo, ese silencio previo que siempre antecedía a una pregunta que sí le importaba.

Le preguntó, con tono casual, si no le incomodaba ir a conocer a sus amigas. Son intensas. Manuel lo miró de costado, lo evaluó un segundo y decidió no mentir. No le molestaba. De hecho, quería conocer a la gente que formaba parte del mundo de Martín. No por obligación, sino porque ahora ese mundo también rozaba el suyo.

Eso pareció aliviar algo en el argentino. No dijo nada, pero el cuerpo se le relajó. Manejó con menos tensión, como si la respuesta correcta hubiera sido justo esa.

Coco Coffee estaba lleno de vida. Manuel olfateó a café recién molido, a leche caliente y a azúcar tostada. Sonaba música suave, mesas ocupadas por estudiantes con notebooks, conversaciones superpuestas, cucharitas chocando contra tazas. No era un café silencioso ni solemne, era uno de esos lugares que funcionaban porque estaban vivos, no porque lo intentaran.

Acto seguido, Martín levantó la mano en señal automática, como si el lugar fuera una extensión de su rutina, el cual lo era. Desde la barra, una mujer respondió el gesto.

Martín se acercó primero a ella, apoyándose en la barra con confianza. Manuel lo siguió. La presentó como la jefa del lugar, la dueña, la que mandaba ahí dentro. Colombiana, mirada atenta, sonrisa educada y una calma que contrastaba con el movimiento constante del café. Catalina observó a Manuel con curiosidad, sin invadirlo, sin apurarlo. Lo evaluó como quien toma nota de algo interesante para más tarde.

Martín hizo la presentación con una pausa extra. Manuel. Y añadió, sin rodeos, que era el omega... y el papá del niño.

Eso sí provocó reacción.

Catalina levantó apenas las cejas, sorprendida, mas se recompuso rápido. La sorpresa fue genuina, no incómoda. Lo miró con más atención, como si de pronto hubiera entendido mejor muchas piezas sueltas de las historias que el doctor Martín contaba a medias. Sonrió otra vez, esta vez con interés sincero.

Manuel devolvió el saludo con educación. No dijo mucho. En realidad, no dijo casi nada. Asintió, respondió lo justo, se mantuvo correcto. No era frialdad, era simplemente él.

No alcanzaron a avanzar más cuando una figura con bata blanca apareció desde una mesa lateral, café en mano y otro vaso ya vacío al lado.

María.

Venía de turno, claramente. La bata abierta, el pelo recogido a medias, ojeras que no lograban opacar la energía que traía encima. Se acercó con una sonrisa enorme, esa que ocupa espacio antes que el cuerpo.

Martín la presentó como su compañera del hospital. María, venezolana. Y ella no perdió tiempo en agregar que también era su mejor amiga.

La sorpresa fue inmediata cuando entendió quién era quién acompañaba a Martín. Lo miró de arriba abajo, los ojos brillándole de curiosidad, la sonrisa creciendo aún más.

El papá omega. Del niño. Todo junto.

Catalina intentó intervenir, bajar un poco el volumen de la situación con un comentario suave, pero María ya estaba lanzando preguntas, opiniones, risas, comentarios espontáneos. No había mala intención, pero sí demasiada presencia.

Manuel la evaluó en silencio. Demasiado estímulo. Demasiada voz. Demasiada energía concentrada en muy poco espacio.

Sonrió igual, por educación. Respondió lo mínimo indispensable. No fue seco, no fue grosero. Simplemente no se enganchó. Catalina, en cambio, logró sacarle un par de respuestas más. Comentarios breves, medidos. Nada personal, nada profundo. Manuel estaba ahí, pero no se ofrecía.

Martín se movía entre ambas con naturalidad, pidiendo café, haciendo comentarios sueltos, actuando como puente entre dos mundos que no necesariamente estaban hechos para tocarse. Manuel, en cambio, observaba más de lo que hablaba. No por desinterés, sino porque así era. Escuchaba, evaluaba, medía. No había tensión real, solo una distancia clara, silenciosa, perfectamente consciente.

Catalina, siempre atenta, les ofreció algo para comer, alguna cosa dulce para acompañar el café, algo rápido.

Martín negó enseguida, con una sonrisa. Dijo que no, que iban a comer en el departamento, que solo habían pasado para presentarles a Manuel.

Y ahí lo dijo. Claro.

Que estaban juntos.

Después vino la inevitable mención. El niño.

Ambas coincidieron rápido en algo, un amor. Educado, tranquilo, demasiado calladito para ser hijo de Martín.

María fue la primera en decirlo, riéndose. Catalina asintió, más discreta.

El omega escuchó todo con una media sonrisa, sin corregir, sin agregar demasiado. No hacía falta.

Cuando finalmente salieron del café, la conversación ya se había ido apagando sola. El ruido quedó atrás y el silencio del auto no fue incómodo. Fue tranquilo. De esos silencios que no piden explicación ni relleno.

Martín avanzó un par de cuadras más antes de preguntar. No lo hizo en tono de broma ni con esa ironía automática que solía usar para cubrirse. Lo dijo mirando al frente, con la voz tranquila, como quien pregunta algo importante sin querer presionar.

¿Qué le habían parecido?

Manuel no respondió enseguida. Apoyó la mirada en la ventana, siguiendo el movimiento lento de la ciudad, como si necesitara ordenar primero lo que sentía antes de ponerlo en palabras. No porque fuera complicado, sino porque sabía que lo que dijera iba a importar.

—¿Querí la verdad... o lo que querí oír? —preguntó al fin, sin mirarlo, pero sin dureza.

—La verdad —Martín sonrió apenas, una sonrisa corta, honesta—. Siempre.

Manuel asintió, como si eso confirmara algo que ya sabía. Se tomó un segundo más y recién entonces habló.

Catalina le había parecido bien. Educada. Correcta. De esas personas que saben ocupar su espacio sin invadir el de otros. No era exactamente su estilo, pero le resultó agradable.

María...

No le agradó.

No era algo personal, ni rabia, ni juicio moral. Simplemente no hubo sintonía. Demasiada energía, demasiada confianza impuesta, demasiada costumbre de meterse donde no la llamaban. Le resultó invasiva. Ruidosa para alguien que necesitaba calma. No dijo que fuera mala persona, porque no lo creía. Solo que no era alguien con quien quisiera compartir espacio más del necesario.

Lo dijo sin enojo. Sin desprecio.

Martín soltó una risa baja, casi cómplice.

—No me sorprende —admitió—. Sos igual que Carlitos en eso.

Manuel giró apenas la cabeza, lo miró y sonrió. Su hijo aprendió bien, entonces.

No había incomodidad, tampoco necesidad de aclarar que María era amiga de Martín ni de prometer nada.

Manuel no lo hizo porque no hacía falta. No iba a interferir en la vida del argentino ni en sus vínculos; que alguien no le agradaba no lo convertía automáticamente en un problema.

Martín lo entendió de inmediato. Justamente por eso había preguntado. Prefería mil veces esa honestidad clara a una simpatía fingida que, tarde o temprano, terminaba pesando.

—Gracias por decirlo así —dijo—. De verdad.

El auto avanzó un par de cuadras más antes de que Martín volviera a hablar. No cambió el tono, no buscó alivianar nada con chistes. Simplemente aprovechó el silencio cómodo que se había instalado entre los dos.

—Hay algo más que debería decirte —comentó, mirando al frente—. Antes de que lo escuches por otro lado... o antes de que se malentienda.

Manuel giró apenas la cabeza, atento. No dijo nada. Le bastó ese gesto para darle espacio.

—Con María —continuó Martín—... tuvimos algo. Hace tiempo. Amigos con derechos. Nada serio.

Manuel parpadeó una vez. Solo una. No porque le molestara la idea de un pasado, sino porque la frase siguiente le acomodó todas las piezas de golpe.

—Ella es alfa. —agregó Martín, como quien suma un dato técnico.

El silencio se estiró lo justo.

—...Ah —respondió Manuel al fin, lento. Igual lo había detectado.

No sonó molesto. Sonó sorprendido. Descolocado, incluso. Dos alfas. En otro momento, en otro contexto, habría tenido más preguntas, pero el mundo ya no funcionaba así de lineal, y Manuel lo sabía.

—Hoy en día hay de todo —añadió, con una media sonrisa torcida—. No debería sorprenderme.

Martín lo miró de reojo, atento a cualquier gesto que indicara incomodidad real. La vio igual. No enojo, pero sí algo más sutil.

Celos.

—Terminó cuando apareció el pibe —aclaró enseguida—. Hablé con ella. Fui claro. Está bien, lo entendió. No quedó nada pendiente.

Manuel asintió despacio. Agradecía la sinceridad, aunque no podía evitar ese pequeño nudo incómodo en el pecho. No era posesión, era cuidado. Era ese "esto ahora es mío" silencioso que no se decía, pero se sentía.

—Gracias por decírmelo —dijo—. Prefiero saber estas cosas por ti.

—Yo también —respondió Martín, sin dudar—. No quiero medias verdades. Quiero estar con vos. Punto.

Eso terminó de acomodar todo.

Cuando llegaron al departamento, el ambiente ya era otro. Más liviano. Más doméstico. Más ellos. Sacaron el queque del refrigerador, lo cortaron y se sentaron frente al televisor, en el sofá. Manuel puso una serie en su cuenta de HBO; Martín se acomodó a su lado, con la atención puesta en la pantalla... o eso parecía.

—¿Sabés algo del pibe? —preguntó Martín, entre bocado y bocado.

—Sí —respondió Manuel—. Me mandó fotos del supermercado. Está con Gilbert. Compraron de todo. Demasiado, diría yo. Pero está bien. Tranquilo. Ah, y me mandó fotos de su helado con papas fritas.

—¿Helado con qué? —¿escuchó mal? No. Manuel le mostró la foto en el celular, era una copa de helado acompañado con papas fritas.

Martín se sorprendió, acomodándose en el sofá.

La serie siguió avanzando, pero Manuel dejó de prestarle atención. Observó a Martín de perfil. Concentrado, relajado, completamente ajeno a la mirada que le estaban dedicando. Bajó el plato. Se acercó un poco más. Y sin anunciarlo, tomó la iniciativa.

El beso fue natural. Lento, seguro, de esos que no necesitan explicación ni apuro. Martín tardó apenas un segundo en reaccionar, sorprendido... y después respondió, llevándolo más cerca.

No hubo palabras. No hicieron falta.

La noche cerró así. Con el queque a medio terminar, la serie olvidada y esa certeza tranquila de estar, por fin, en el lugar correcto. Con la persona correcta.

Y ahora el tiempo cambia.

Manuel no quiere irse. No quiere que esto termine. Permanece despierto más tiempo del necesario, mirando el techo en penumbra, escuchando la respiración pareja de Martín a su lado en la cama. Hay algo profundamente doméstico en ese sonido, algo que calma, como si pudiera quedarse ahí, suspendido, y que el mundo entendiera.

Pero el mundo no espera.

Las obligaciones existen, y pesan.

A la mañana siguiente, el celular vibra antes de que pueda fingir que todavía no es hora de volver a ser quien es. El mensaje de Časlov es breve, directo, imposible de ignorar. Urgente. Tiene que volver cuanto antes.

Manuel suspira, apoyando el teléfono contra el pecho unos segundos. Este día no va a completarse como habría querido. No habrá paseo lento, ni desayuno extendido, ni esa falsa ilusión de normalidad que se habían permitido.

Se lo dice a Martín sin vueltas. Que debe irse. Que entiende si no quiere acompañarlo al aeropuerto. Que no se va a molestar.

Martín lo mira fijo, como si acabara de decir una estupidez monumental.

—Ni se te ocurra —le responde—. Un alfa pelotudo deja ir solo a quien quiere. Y yo no soy tan pelotudo.

Manuel se ríe, rendido. Ya aprendió que, con Martín, algunas cosas no se negocian.

Van juntos.

El trayecto es tranquilo. No hablan demasiado. No hace falta. Hay manos que se buscan en los semáforos, miradas rápidas, silencios cómodos.

Martín habla de la empresa, del dinero, de lo necesario que es resolver rápido. Primero el trabajo, después el amor. El dinero ayuda a los tres, insiste, sobre todo al pibe.

Manuel se ríe. No es una carcajada, es algo más bajo, más íntimo, como si el cuerpo se le aflojara de golpe. Porque entiende. Porque, por primera vez en mucho tiempo, no siente que está cargando solo con el peso del mundo.

El aeropuerto los recibe con un golpe de estímulos. El olor a café recalentado, a metal y limpieza reciente; el murmullo constante de gente arrastrando valijas; una voz femenina, impersonal, anunciando vuelos con una calma casi cruel.

Manuel toma la maleta, sintiendo el frío del metal en la mano, ajustando el agarre. Da un paso... y se detiene. El cuerpo se le queda quieto antes que la cabeza, como si algo interno se negara a seguir avanzando.

Martín no dice nada, lo observa en silencio. Sus ojos verdes lo recorren lento, registrándolo todo. La rigidez de los hombros, la mandíbula apretada, esa dignidad terca de omega que no pide que lo retengan, pero que igual espera algo. Si Manuel no se mueve ahora, pierde el vuelo. Ambos lo saben. El tiempo late entre los dos.

Manuel gira.

El ruido del aeropuerto se vuelve fondo.

Se acerca y lo besa.

No es un beso largo, pero tampoco apurado. Dura un segundo más de lo necesario, lo suficiente para que Martín sienta el calor, la presión segura de Manuel, el mensaje claro. No es un adiós. Es un hasta después, dicho sin palabras. Hay control, sí, pero también una grieta mínima donde se filtra el cariño.

Manuel se separa primero.

Da media vuelta y camina sin mirar atrás, la maleta rodando, mezclándose con la multitud.

El alfa parpadea tarde. Recién entonces el mundo vuelve a enfocarse. El corazón le arranca una carrera absurda en el pecho y una sonrisa idiota se le instala en la cara sin pedir permiso.

Un boludo enamorado.

Bueno... Manuel vuelve al trabajo. Él hará lo mismo, aunque antes tendrá que bancarse el interrogatorio inevitable de María.

En eso, Manuel tiene razón.

No sirve de nada preocuparse más de la cuenta. Tiene a ese omega marcado, endulzado con dulce de leche, sí, pero de a poco. Le costó que se abriera, que explicara, que se permitiera ser suave. Todavía le sorprende descubrir que Manuel puede ser así, cuidadoso, casi tierno, cuando alguien logra entrarle al corazón.

Se aleja del aeropuerto con las manos en los bolsillos, esquivando gente, todavía medio aturdido.

—Sos un romántico, campeón. —se dice a sí mismo, deseando que a su omega le vaya bien.

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Biobío.

Manuel apenas alcanza a poner un pie en la viña cuando su madre lo pone al día.

No hay reproches. No hay rodeos. Rayén nunca ha sido de adornar la verdad. Le cuenta lo ocurrido durante su ausencia con la misma calma con la que otros comentarían el clima. La visita inesperada, los nombres extranjeros, la propuesta formal sobre la mesa. Mientras él estaba lejos, el mundo no se detuvo.

Ni los negocios.

Ni las intenciones ajenas.

Časlov le entrega la carpeta en silencio. Manuel la recibe y se sienta en su oficina, todavía con el viaje marcado en el cuerpo. Rayén se queda de pie, firme, observándolo. No lo apura. Tiene que leer.

Manuel lee.

La propuesta es impecable. Gráficos claros, cifras atractivas, promesas de estabilidad, expansión, respaldo internacional. Mayoría accionaria "temporal" de McFreedom Foods. Gobernanza compartida. Lenguaje elegante para decir control.

Rayén habla mientras él revisa.

Ha aceptado asociaciones antes, no es ingenua. Sabe que así funciona el mundo y que el capital no se mueve por afectos. Pero también sabe reconocer cuando una oferta no busca colaborar, sino apropiarse. Y esta, por más bien presentada que esté, huele a eso.

—No quiero vincularme con ellos —dice Manuel, apretando los labios—. Mucho menos con Arthur. —lo eliminó de su vida hace tiempo, ¿por qué aparece ahora?

—¿Él ha tratado de contactarlo? —Časlov se mueve apenas, preguntando y sacándolo de los pensamientos.

Manuel no responde de inmediato.

Los papeles siguen abiertos sobre el escritorio. Esta vez lee con atención real, no por cortesía. Las cláusulas se repiten con variaciones mínimas, siempre empujando hacia lo mismo. Justificaciones legales para un control progresivo. Un disfraz elegante. Un objetivo burdo.

—Hablé con él hace once años —responde al fin, sin levantar la vista. Recuerda perfectamente la última vez que habló con él—. Fue suficiente —cierra la carpeta con un gesto seco y la deja caer sobre el escritorio—. No voy a juntar mi vino con comida chatarra. —no hay rabia en su tono, tampoco orgullo herido. Es una conclusión empresarial.

Las acciones están bajas, sí. Bajaron tras el anuncio. Subieron un poco después. Nada dramático. Nada que no se pueda manejar. Manuel no se inquieta por eso. Ha vivido con mercados volátiles toda su vida, enseñado por mamá. Sabe que el pánico es el peor consejero.

Mañana hará público el anuncio completo de su matrimonio. Se casará. Cerrará filas. Dará estabilidad. Y si ciertos alfas deciden retirar su dinero porque no soportan que un omega siga liderando sin pedir permiso, entonces tendrá que cambiar el tablero.

—¿Estás pensando en inversionistas omegas? —pregunta Časlov, con cautela, casi al borde del nervio—. Sabes que no manejan el mismo volumen de capital que un alfa.

Manuel levanta la vista por primera vez, sonriendo apenas.

—Eso es lo que creen.

Rayén lo observa con atención, entrecerrando los ojos. Conoce esa expresión, es algo que ya decidió sin decirlo todavía.

—Si Arthur y su... esposo quieren hacer negocios con Ruka Pulku —continúa Manuel, con calma—, lo único que tengo que hacer es dar vuelta la tortilla. Nada más —apoya los dedos sobre la carpeta cerrada—. ¿Quieren ser mayoritarios? Bien —la sonrisa se vuelve más firme—, pero va a tener un costo, y no sólo en dinero.

—¿Qué harás? —Časlov duda apenas antes de preguntar.

Manuel no responde de inmediato. Se pone de pie con calma, rodeando el escritorio y deteniéndose junto a la ventana, mirando los viñedos como si la respuesta estuviera escrita ahí desde hace años.

—¿Siguen en Chile? —pregunta sin voltear.

—Sí —responde el croata—. Vinieron para hablar contigo.

—Entonces llámalos —dice—. Cerremos esto. —no hay ironía, ni provocación, ni emoción innecesaria. Es una orden limpia, empresarial. Časlov entiende al instante. Se levanta y sale de la oficina con paso decidido. Debe contactarlos. ¿Qué tiene pensado hacer Manuel?, ¿de verdad negociará con ellos, con Arthur?

Cuando la puerta se cierra, el silencio se vuelve más denso.

Rayén, quien sigue de pie se acerca a Manuel, despacio, sin dejar de mirarlo. No hay dureza en su expresión esta vez; hay cálculo, sí, sin embargo, también algo más profundo, casi cansado. Rodea el escritorio con pasos medidos hasta quedar frente a él. Le pregunta qué pasó en Argentina, porque se ve de buen humor, más de lo normal.

—Mi relación con Martín es seria —responde—. Me casaré con él. Eso querías, casarme con un alfa. Lo conseguiste.

—Sí —acepta—. No con el que alfa que soñaba para ti —dicho eso, Manuel calla. Ese comentario le molesta, pero no lo sorprende, ya lo conoce. Rayén suspira, dejando caer los hombros por primera vez—. Supongo que es lo mejor —continúa, cruzando los brazos sobre el pecho—. Nunca fuiste de tolerar alfas que intentaran imponerse sobre ti, que confundieran protección con dominio.

—Los alfas no me intimidan. —responde Manuel, firme.

—Y es porque yo te crié así —lo mira fijo—. Porque sabía que, como omega con poder, ibas a pagar un precio. Sabía que muchos alfas no soportarían que tú tuvieras más control, más influencia, más cabeza para los negocios que ellos. Eso los bloquea. No saben vivir sin sentirse superiores —hace una pausa, como si midiera si seguir o no—. Al principio... yo tampoco quise a tu madre. —confiesa.

Manuel se queda inmóvil. Eso no lo esperaba. Siempre creyó que entre ellas había habido amor desde el inicio.

—Era alfa —continúa Rayén—. Y la mesa directiva fue un infierno. Discutí cada decisión, cada contrato, cada firma. Ella fue buena conmigo... y cedió. Entendió que esta era mi empresa. Pero pensé que tú no tendrías que pasar por lo mismo. Que elegirías a alguien que no te pusiera en esa posición.

—Por eso me enviabas alfas a citas. —susurra, entendiendo

—Sí —admite—. Porque una parte de mí se aferraba a la idea de que aparecería un alfa fuerte, respetado, que supiera estar a tu lado sin competir contigo. Y porque, seamos honestos, el mundo no es amable con los omegas que mandan. Ni contigo, ni con tu hermana.

—Entonces... —Manuel respira hondo—. Arthur.

—Nunca me agradó —Rayén endurece el gesto, sin rodeos—. Sí por ser beta, y porque jamás estuvo a tu altura. Y tuve razón.

Ahí está. El clic final.

Manuel baja la mirada un segundo. No necesita que ella diga más. Todo encaja.

Rayén endereza la espalda, como si volviera a colocarse la armadura, pero Manuel ya vio la grieta. Y en ese silencio breve, todo empieza a ordenarse dentro de él.

Las citas arregladas.

Los alfas "adecuados".

La insistencia en el prestigio.

La desconfianza hacia Arthur.

El miedo constante a que alguien lo redujera a un rol que nunca fue suyo.

No fue ambición ciega. Fue miedo.

Miedo a que él viviera lo mismo que ella.

Ella aclara. Si lo comprometió con ese argentino, era por la situación delicada que estaban pasando, no por gusto.

—Entonces... dime —retoma su madre, volviendo al centro del asunto—. ¿Qué vas a hacer ahora? Arthur dijo que quiere hablar contigo.

Manuel levanta la vista, y se queda pensando.

Hablar. ¿Para qué? ¿Para pedir perdón? ¿Para justificarse tarde, cuando ya no hay nada que recomponer? ¿Para limpiar su culpa ahora que todo está ordenándose en su vida?

Han pasado años. Demasiados. Arthur hizo su elección hace mucho tiempo. Se supone que cada uno siguió su camino, que ese capítulo está cerrado. Y, sin embargo, Manuel no se engaña. Esto no va solo de negocios, no cuando aparece justo ahora, no cuando la propuesta intenta entrar por la empresa y no por la puerta principal. No cuando Arthur insiste en verlo a él, y no a un intermediario.

Quiere saber qué busca, qué cree que todavía tiene derecho a pedir.

Vuelve la mirada a su madre. Su expresión ya no es defensiva, es medida, calculada. Antes de que hable, su madre le entrega una información. Arthur averiguó de él durante esos nueve meses. Eso es lo más que le preocupa. No cree que él se crea de que él estuvo enfermo.

Eso cambia todo.

Hablará con Arthur, lo escuchará, no porque se lo deba. Y si sabe demasiado, que aún sigue investigando acerca de su vida privada, si intenta acercarse a lo que no le corresponde, tendrá que prepararse para las consecuencias. No habrá negociación posible después de eso.

Y si no es así, si sólo quiere cerrar algo que nunca supo cómo terminar, sabrá exactamente qué hacer. Incluso los negocios dependerán de esa conversación.

Deberá encontrar la forma de cubrir esos nueve meses. No por él. Por su hijo. Y por Martín. Ambos están fuera del alcance de cualquiera que crea tener derecho a mirar demasiado de cerca.

. . .

Notes:

No hay guagua jajajajaj

Notes:

El calvario de Tincho comienza, no mentira, madurará como un adulto responsable, espero.
Escribí cuatro capítulos, pero como no me gustó, los borré. Ahora me obligué a subir y me obligaré a escribir a la fuerza, por el nene.

Tengo la idea de que Carlitos cruza la calle como Manuel jajajja

El que Carlitos use el "González González" es lo mejor que hice :)