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Chapter 2: [II] Dungeon

Summary:

Es momento de ingresar a la Dungeon que lo cambiará todo.

Chapter Text

Spreen despertó aturdido, el pecho subiendo y bajando con cada bocanada de aire que entraba forzada por sus pulmones. Su cuerpo se sentía extraño, pesado, como si llevara horas cargando un lastre invisible.

Abrió los ojos lentamente, parpadeando varias veces, pero su visión seguía nublada, como si una neblina espesa cubriera todo a su alrededor. A su lado, percibió el calor constante del híbrido de conejo, una presencia que en otro momento le habría resultado molesta, pero que ahora era el único alivio frente a la sensación helada que le recorría las extremidades.

Con esfuerzo, se incorporó en la cama, apoyando la espalda en el frío respaldo. La acción le arrancó un quejido bajo: sus articulaciones protestaban con un dolor punzante, como si estuvieran al borde de romperse. Llevó una mano a su frente, masajeándola con frustración mientras intentaba despejar el mareo que lo atacaba con intensidad. No podía evitar sentir rabia consigo mismo. ¿Por qué carajo tenía que depender de otro para sentirse mejor? El simple pensamiento le revolvía el estómago.

Giró ligeramente hacia el borde de la cama, intentando alejarse de la fuente de calor que era Conter. Pero el frío regresó de inmediato, instalándose como una daga afilada en su pecho. Se detuvo, maldiciendo entre dientes mientras se abrazaba a sí mismo en un intento inútil de mantener algo de calor.

No puede ser tan complicado, pensó con amargura. Si la maldición consistía en esa cristalización progresiva, seguro había una cura más razonable. Algo que no dependiera de nadie más. Por dentro, ya estaba armando un plan. Buscaría respuestas, las arrancaría si era necesario, pero no iba a seguir soportando esta humillación. Mucho menos del idiota de Conter.

—Juan, la concha de tu madre —murmuró para sí mismo, recordando el momento exacto en el que todo había comenzado. Ese estúpido debe haber activado la ruleta de la madrugada como si fuera un chiste. Claro, la diversión siempre tenía que acabar en desgracia para alguien. Seguramente estaría cagándose de risa ahora.

El movimiento al lado suyo lo sacó de sus pensamientos. Sintió a Conter removerse bajo las sábanas, un ruido bajo acompañado por un suspiro perezoso. Spreen apenas giró la cabeza, viendo cómo el híbrido de conejo comenzaba a despertar.

Su cabello estaba alborotado, los ojos apenas entreabiertos, todavía pesados por el sueño. El contraste entre esa imagen relajada y la tensión que él mismo sentía lo puso aún más de mal humor.

Conter lo miró directamente, con esa expresión de calma que tanto le molestaba.

—Hola —murmuró el mayor, su voz ronca por el sueño, acompañada de una sonrisa perezosa que parecía hecha para provocarlo.

Spreen desvió la mirada con brusquedad, frunciendo el ceño. —Buenos días se dice, tonto —gruñó, cruzándose de brazos para evitar mostrar cualquier reacción.

—Buenos días, entonces —replicó Conter con una leve carcajada, incorporándose lentamente. Su mirada se suavizó mientras levantaba una mano y, con total confianza, despeinaba el cabello de Spreen.

—¡Pará! ¿Qué hacés? —Spreen se apartó de golpe, mirando al otro con incredulidad.

—Nada. Estás hecho mierda, ¿sabías?

El híbrido de oso abrió la boca para replicar, pero antes de que pudiera decir algo, una almohada le impactó de lleno en la cara. La risa de Conter llenó la habitación mientras el mayor se dejaba caer nuevamente en el colchón, haciendo como si no hubiera pasado nada.

—¿Boee, y eso por qué fue? —bufó Spreen, agarrando la almohada y devolviéndosela con fuerza.

El golpe no tuvo el efecto esperado. Conter apenas se encogió de hombros antes de tomar otra almohada y lanzársela de nuevo, esta vez directo al pecho.

—Así nomás, ¿por? ¿Quieres más?

Lo que empezó como un simple intercambio de almohadas pronto escaló. Las risas rompieron la tensión que había en la habitación, y ambos se lanzaban almohadas con más fuerza, como si el ganador fuera a obtener un trofeo. Conter llevaba la delantera, empujando a Spreen hacia el borde de la cama. Cada vez que Spreen intentaba devolver el golpe, el otro lo esquivaba con una agilidad irritante.

—¡Basta, pelotudo! —protestó Spreen, frustrado al borde de caer del colchón.

—¿Te vas a rendir? —se burló Conter, lanzándole otra almohada directo al rostro.

Spreen, en un intento desesperado, tomó dos almohadas a la vez y las arrojó con toda su fuerza. La estrategia funcionó: Conter soltó una carcajada, tambaleándose ligeramente mientras intentaba bloquear los ataques. Entre risas, el mayor se estiró y atrapó la muñeca de Spreen, tirando de él con fuerza para evitar que cayera.

—¡Ven acá, idiota! —exclamó Conter, jalándolo hacia el centro de la cama.

—¿Para qué? ¡No quiero, imbécil! —replicó Spreen, tratando de zafarse del agarre, aunque sin mucho éxito.

—No decías eso anoche —soltó Conter con una sonrisa burlona, sabiendo que el azabache se enojaría mucho más.

Spreen se quedó helado por un segundo antes de gruñir.

—¡Dejate de joder, boludo!

—Te estás congelando, ven. —insistió Conter, su tono ahora más firme.

—¡No quiero! —Spreen pataleó, aunque su resistencia era más por terquedad que por ganas reales de escapar.

—¡Me importa una mierda lo que quieras! —respondió Conter, envolviéndolo con fuerza en sus brazos entre risas.

El híbrido de oso dejó de resistirse poco a poco, aunque su ceño seguía fruncido. Hundió el rostro en el cuello de Conter, incapaz de ignorar lo reconfortante que era ese calor.

—Sos un insoportable, ¿sabías? —murmuró Spreen, su voz apenas audible.

—Y tú un malagradecido —respondió Conter, con una sonrisa satisfecha mientras aflojaba ligeramente el agarre, aunque sin dejarlo ir.

 

— Fuck, maybe I should leave too. — Sapnap levantó la voz con un tono ligeramente burlón, intentando recuperar algo de atención mientras continuaba farmeando arañas en la base. Las criaturas no dejaban de aparecer, y su espada apenas podía seguir el ritmo. Volteó hacia Serpias, que apenas levantó la mirada de su propio combate y asintió, como si estuviera de acuerdo sin siquiera pensarlo. El tema de conversación seguía siendo el mismo: la reciente salida de Bana. — You guys don’t give me attention.

— Me too, me too, — dijo Serpias, alzando una mano como si él también fuera una víctima olvidada.

— Yeah, yeah, fuck it.

— ¡¿Cómo que no?! We are fucking speaking English for you! — Amílcar explotó mientras agitaba su espada en el aire y continuaba matando arañas. El de amarillo, como siempre, no podía callarse ante algo que consideraba injusto. Serpias soltó una carcajada, deteniéndose brevemente para observar la reacción de Amílcar. Luego asintió, claramente divertido por el tono acalorado del comentario.

Sapnap también rió, encogiéndose de hombros. Luego, giró su atención hacia Amílcar, lanzando una promesa como si fuese algo solemne:

— No, no, look— If we— If there’s another timeline where we connect, I’m only gonna talk Spanish.

Serpias levantó levemente la cabeza, intrigado por el comentario, aunque su mirada denotaba cierto escepticismo.

— You speak Spanish, you suck at it. — Amílcar no tardó en responder, entre risas, sin dejar de trabajar en el farmeo.

— ¡No, no! Yo hablo muy poquito. — Sapnap levantó las manos como si estuviera rindiéndose, su acento exagerado causando otra ronda de risas en el grupo.

— Da igual, loco. — Amílcar negó con la cabeza, su tono volviendo a ser más relajado. — Te seguimos hablando en inglés, no te preocupes por entender dos idiomas.

En ese momento, una presencia se hizo sentir en la entrada de la base. Shadoune, acompañado por Cris y Different, entró con el tridente en la mano. El arma, aún húmeda, reflejaba la poca luz que había en la base. Sus sonrisas despreocupadas contrastaban con la intensidad del farmeo en curso.

— ¿Están listos para la dungeon de hoy? — Shadoune preguntó con entusiasmo, haciendo eco en la sala.

Serpias terminó de matar a la última araña y se volteó hacia ellos, sacudiéndose las manos como si hubiera terminado un trabajo pesado.

— Pero ni siquiera han dicho a dónde vamos, tío. ¿Qué quieren que hagamos, adivinar? — Su tono era medio en broma, medio en serio.

— No es tan complicado. — Cris tomó la palabra, ajustándose los guantes con un movimiento preciso. — Nia salió como líder y le contó a Different algunas cosas que debemos llevar.

— Lo que más nos sorprendió fue que…

Un ruido mecánico interrumpió la conversación. Todos giraron la vista hacia una ruleta que acababa de aparecer mágicamente en el centro de la base. Las luces brillaban intensamente mientras el mecanismo giraba, atrayendo la atención de todos como si fuera algo hipnótico.

Dedciclopedia:
Se ha desbloqueado una nueva receta para la dungeon de hoy. Los materiales necesarios para craftearla están disponibles en la dedciclopedia.
También se han añadido nuevos mobs que dropean materiales esenciales para completar la receta.

— ¿Nueva receta? — Amílcar arqueó una ceja, acercándose para inspeccionar mejor la ruleta.

— Sí, justamente eso. Parece que es una poción de protección al hielo. — Cris se inclinó ligeramente hacia adelante, revisando un libro que sacó de su inventario.

Serpias, con el ceño fruncido, abrió su propia dedciclopedia. Las letras brillaban tenuemente, confirmando lo que Cris había dicho: dos pociones destacaban en la lista, una de calor y otra de protección al hielo.

— Esto significa que la próxima dungeon sí o sí será de hielo. — Cerró el libro con un chasquido y miró al resto del grupo, esperando sus reacciones.

— Vamos a necesitar farmear todo lo necesario en el Nether, — Shadoune comentó mientras revisaba su inventario. — Pero deberíamos decidir si vamos todos juntos o nos turnamos.

— See, lo vemos cuando estemos todos, — respondió Amílcar, rascándose la cabeza.

— I think… I think it has some connection with la maldición. — Sapnap habló más bajo esta vez, casi como si estuviera pensando en voz alta.

— Sí, probablemente sea algo así, — respondió Serpias, cruzándose de brazos mientras su mente conectaba las piezas del rompecabezas. — Para eso eran las pociones, entonces.

— Supongo que sí. — Cris afirmó, cerrando también su dedciclopedia.

Shadoune, inquieto, sacó su comunicador y empezó a buscar el contacto de Spreen. Presionó para llamarlo, pero después de varios intentos, no hubo respuesta.

— Che, dejalo tranquilo. — Cris puso una mano en su hombro. — Quizá está procesando todo, más con los boludos del chat diciendo cualquier cosa.

— Pero es curioso… — Serpias se llevó una mano al mentón, frunciendo el ceño. — Sylvee es otra afectada. ¿Pero por qué ellos? ¿Es completamente al azar?

— No veo otra alternativa. — Shadoune suspiró, recargándose contra la pared. —Supe que Hasvik y Daarick también tienen la maldición, tipo, al Reviil se le cantaron los huevos tirar esa maldición, o quizá ni siquiera fue él. Capaz fue el jefe final de la dungeon.

— … Podrías hablar más despacio. — Sapnap levantó una ceja, claramente perdido. — No entendí nada y les recuerdo que tenemos que traducirle todo esto al gringo. — Serpias señaló a Sapnap con un gesto acusador, entrecerrando los ojos con algo de burla.

— A quién se le ocurre traerlo, — murmuró Shadoune, aunque su tono era relajado. La sonrisa de Sapnap, junto con las risas de Farfa, lograron romper cualquier tensión que quedaba en el ambiente.

 

— Boludo, los estuvimos llamando como media hora. — Goncho cruzó los brazos, observando a ambos híbridos. Su mirada iba de uno al otro, notando cómo evitaban cruzarse directamente. El ceño fruncido marcaba su evidente incomodidad.

— No lo entenderías, Gonchito. — Cris habló con su clásica sonrisa burlona, una que, esta vez, parecía esconder un dejo de alivio. Definitivamente no quería entender lo que sea que había pasado entre ellos y estaba agradecido por ello.

— Spreen, necesitamos que te hagas una enderbag. — Farfa apareció junto a Sili y Amilcar, sosteniendo un pequeño paquete en las manos. — También te preparamos algunas pociones de la dedciclopedia para la dungeon.

— . . . Eeeey, gracias, wacho. — Spreen sonrió, algo sorprendido por el gesto. Agradeció con un leve cabeceo mientras rebuscaba en sus cofres una enderbag vacía. — ¿Che, no necesitamos ropa más abrigadora? Aunque supongo que ustedes tendrán calor en el trayecto... —

Amilcar soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza. — ¿Spreen preocupándose por los demás? ¿Qué le hiciste, Conter? — El tono era evidentemente burlón, pero había algo de verdad en sus palabras. No era común verlo tan atento.

— Es el poder de mami Conter, no lo entenderías. — Goncho se acercó y, copiando la frase de Cris, imitó su tono burlón mientras miraba a Conter. Este solo levantó una ceja antes de reír suavemente.

— Boeee, pero si siempre me preocupo por ustedes, manga de desagradecidos. — Spreen se defendió, frunciendo el ceño mientras acomodaba las pociones en la bolsa. — Bueno, ¿entonces ya están listos? —

— Y sí. Los chicos ya fueron a farmear al Nether hace horas. Solo preocúpense de tener tótems extra y speed. — Farfa respondió con tono despreocupado.

— ¿Y no avisaron de nada? — Conter, quien había permanecido relativamente callado, entrecerró los ojos en dirección al grupo.

— Y bueno, Conter, le mandamos mil y un mensajes al putito este y NINGUNO contestó. — Cris apuntó a Spreen con dramatismo, acusándolo sin rodeos. Spreen desvió la mirada, haciendo su mejor esfuerzo por parecer inocente.

Conter, quien en el fondo sabía que tampoco había estado atento al comunicador por estar ocupado con algo más importante, simplemente suspiró. No tenía intención de echar más leña al fuego.

 

La marcha hacia la gran cueva era cada vez más ardua. Lo que al principio parecía un sendero cubierto de nieve se había transformado en un trayecto despiadado, donde el frío cortaba la piel y el viento rugía como una bestia invisible. Cada paso que daban los acercaba a ese oscuro abismo helado, y con cada metro recorrido, el ambiente se volvía más opresivo, como si la misma cueva los advirtiera de no continuar.

El grupo, aunque acostumbrado a las adversidades, se vio obligado a detenerse momentáneamente para sacar sus prendas más abrigadas. Bufandas, guantes, abrigos reforzados y mantas salieron de las mochilas, convirtiendo al variopinto grupo en una fila de figuras envueltas en colores oscuros y telas gruesas.

Sin embargo, ni todas las capas del mundo lograban aliviar el malestar de Spreen. El híbrido de oso se veía especialmente afectado por el gélido ambiente, como si el frío se aferrara a sus huesos y drenara lo poco que le quedaba de energía.

Farfa, siempre atento, lo cargaba en su espalda como si fuera un paquete frágil, envuelto en varias mantas que apenas lograban mantenerlo caliente. De vez en cuando, Farfa giraba la cabeza hacia él, verificando que siguiera consciente.

— ¿Cómo vas, capo? — preguntó, con un dejo de preocupación en su voz.

— Igual que antes — respondió Spreen con un susurro, su voz apenas audible entre el viento.

— ¿Seguro? Mirá que puedo sacarte una bufanda extra o algo. No quiero que me saquen en cara que dejé a mi compañero como un helado derretido.

Spreen suspiró, agotado.

— Estoy bien así, Farfa... No jodas.

El argentino apretó los labios, claramente no convencido, pero decidió no insistir. El peso de Spreen en su espalda no era el problema; lo que realmente lo inquietaba era la forma en que el híbrido se veía cada vez más débil. Su respiración era superficial, y su piel, aunque parcialmente cubierta, tenía un tono preocupantemente pálido.

A unos metros detrás de ellos, Conter caminaba en silencio. Sus ojos claros se mantenían fijos en la figura de Farfa y Spreen, pero nunca se acercaba demasiado. Cada tanto, su mirada se desviaba, como si intentara disimular su preocupación. Sin embargo, para Goncho, que lo observaba con atención desde el fondo del grupo, aquello no pasaba desapercibido.

El otro híbrido de oso entrecerró los ojos, analizando cada movimiento de Conter. Aunque éste intentaba mostrarse indiferente, Goncho no era tonto. Podía ver las pequeñas señales: los pasos más lentos cuando pasaba cerca de Spreen, las miradas fugaces que intentaba esconder, incluso el ligero apretón de sus puños cuando Spreen suspiraba más fuerte.

¿Qué le pasa a este boludo?, pensó Goncho. Algo no cuadraba, y aunque decidió guardar sus sospechas para después, sabía que no podía ignorarlas por mucho tiempo. Cuando volvamos de esta dungeon, lo hablaría con Cris. Seguro él también lo notó.

Más adelante, el ambiente de tensión se cortaba gracias al trío caótico de Serpias, Sapnap y Shadoune. Mientras el resto del grupo se preparaba mentalmente para lo que les esperaba en la cueva, ellos parecían estar en su propia telenovela romántica.

— A ver, Shadoune, ¿qué te traes con mi bizcochito de azúcar? — soltó Serpias de repente, deteniéndose en seco y girando para enfrentar al francés.

Sapnap, atrapado entre ambos, alzó las manos en señal de rendición.

— Yo no hice nada... — intentó defenderse Sapnap, pero su voz se apagó ante la mirada intensa de Serpias.

— You don’t have to say anything, Sapnap, — dijo Serpias, ignorando completamente al otro mientras rodeaba con un brazo al estadounidense — This bitch is a gata rompehogares.

Shadoune rodó los ojos y soltó un suspiro exasperado.

— Este tipo está loco. No le hagas caso, Sapnap.

Sapnap intentó alejarse del agarre de Serpias, pero el hibrido de gato simplemente lo apretó más fuerte, provocando una risa burlona de Shadoune.

Mientras tanto, Amilcar caminaba junto a Piru, Different y Sili, quienes hablaban en voz baja sobre las estrategias para enfrentar al jefe final de la dungeon. Sus bufandas les cubrían casi la mitad del rostro, pero aun así se podía notar la seriedad en sus expresiones.

— ¿Te acordás de lo que dijo Coldi en la montaña? — preguntó Piru, su voz amortiguada por el tejido grueso de su bufanda.

— Sí, que el jefe de esta dungeon puede manipular el entorno... Hielo, sombras, toda esa mierda — respondió Different. — Si no nos ayudamos entre nosotros, estamos fritos.

Sili, que hasta ese momento no había dicho nada, asintió lentamente.

— No es solo ayudarnos... Hay que estar atentos a cualquier señal. Algo no me cierra de todo esto.

Amilcar observó a los tres en silencio. Había algo reconfortante en la forma en que se apoyaban mutuamente, incluso en un lugar tan desolador. Le recordó brevemente por qué estaban todos juntos en primer lugar: sobrevivir, no importa qué tan difíciles fueran las circunstancias.

Al frente del grupo, Spreen dejó escapar otro suspiro pesado. Sus articulaciones dolían más con cada paso, y su cuerpo parecía protestar contra el frío que lo rodeaba.

— Esto es una porquería, loco — murmuró, sus palabras casi inaudibles. — Quiero volverme a mi mansión gótica y no salir nunca más.

Farfadox, que seguía cargándolo, se rió entre dientes.

— Ya falta poco, capo. Bancátela un toque más y después te podés encerrar en tu castillo de mierda las veces que quieras.

Aunque sus palabras eran ligeras, había una preocupación oculta en su tono. Todos sabían que Spreen no estaba en su mejor momento, y el peso de esa realidad comenzaba a afectar al grupo.

Finalmente, llegaron a la entrada de la cueva. Era una estructura imponente, casi antinatural, con enormes estalactitas de hielo colgando como colmillos desde el techo. La oscuridad que emanaba de su interior parecía absorber la luz del exterior, envolviendo a todos en una sensación de inquietud.

Los pasos de todos seguían dibujándose sobre la nieve fresca, cada huella marcada como un recordatorio del camino que no debían perder. La cueva crecía en el horizonte, oscura y amenazante, mientras la nieve comenzaba a caer más fuerte. Cris levantó la vista al cielo, observando cómo el sol era devorado por densas nubes grises que teñían el paisaje de sombras. La luz era escasa, y el ambiente, cada vez más gélido, parecía advertirles del peligro que aguardaba.

El viento, aunque amortiguado por los álamos que bordeaban el camino, seguía jugando a su manera: levantaba pequeños remolinos de nieve y hacía crujir ramas que, como si fueran guiadas por algo invisible, caían justo detrás del grupo, sobre las huellas ya trazadas.

La neblina se espesaba, forzándolos a mantenerse más juntos. Spreen miraba a su alrededor con ojos alerta, buscando entre el grupo a Sylvee. Su preocupación no era infundada; sabía que la maldición que cargaba también recaía sobre ella.

—¿Farfa... Sylvee vino a la misión? —preguntó, cubriéndose la mitad del rostro con una mano, intentando protegerse del frío que calaba más profundo con cada segundo.

Farfa, que cargaba al menor en su espalda desde hacía un tramo, alzó una ceja. —Eh... No sé, boludo. Creo que no.

El ojo derecho de Spreen tiritó involuntariamente.

—¿Cómo que no vino? —Su tono tenía un filo que no pasó desapercibido.

—Y no, boludo. Tiene la maldición también. —Farfa se detuvo, bajando al azabache de su espalda con cuidado, pero con firmeza. Lo estudió con el ceño fruncido. —¿Qué? ¿No te sentís bien? Si querés, le decimos a Eón que te devuelva. Mirá que no es joda esto...

—No, no te preocupés —respondió Spreen con una sonrisa tirante—. Ya estoy acá, no me voy a cagonear devolviéndome.

Farfa entrecerró los ojos, claramente poco convencido. —Si te llega a pasar algo, me vas a deber un stack de deditas, ¿eh? Aseguradísimo.

Spreen bufó, intentando mantener la compostura pese al temblor que sacudía su cuerpo. —¿Qué decís? No me va a pasar nada, macumbero de mierda.

Farfa colocó su mano en la frente del menor, evaluando su temperatura. Estaba helado, demasiado para ser normal. —¿Por qué tenés que ser tan cabeza dura, boludo? No podés venir así. ¿Qué pasa si la maldición empeora? ¿No pensás o qué?

Spreen apartó la mirada. El frío mordía su piel y la presencia de la maldición hacía que cada paso se sintiera como una prueba de resistencia. Miró hacia el grupo que caminaba delante de ellos, su atención desviándose hacia un albino que marchaba en silencio.

Farfa notó hacia dónde apuntaba la mirada del azabache y suspiró. —Seguro se enojaría contigo si no me hacés caso.

Spreen frunció el ceño pero no respondió. Simplemente aceleró el paso, alejándose del farfano y alcanzando al grupo principal. Su mente se sentía dividida: entre la responsabilidad de la misión y el peso físico y emocional que la maldición imponía sobre él. Pero su orgullo lo mantenía de pie, aún cuando el frío amenazaba con quebrarlo desde dentro.

La entrada de la cueva se alzaba como un monstruo dormido. El hielo que colgaba de las rocas parecía colmillos listos para desgarrar a cualquiera que se adentrara sin cuidado. Spreen, junto con el resto del equipo, escuchó las instrucciones de Eón desde lejos, pero no prestó mucha atención. Sus ojos seguían buscando a alguien en particular. Fue entonces cuando divisó a Conter, quien estaba junto a Shadoune y otros, claramente en el medio de otra pelea verbal.

—¡Pero es que de nuevo el gilipollas de Coldi me está sacando la shulker! ¡Les juro que si lo vuelvo a ver me voy a—! —Serpias seguía gritándole al aire, su tono lleno de frustración, mientras su cola felina agitaba el aire con furia.

Shadoune intentó calmarlo, acercándose con cautela y una sonrisa conciliadora, pero la respuesta del bicolor fue un insulto directo, que dejó al francés congelado en su lugar. Conter, que había presenciado toda la escena desde el fondo de la cueva, negó con la cabeza, aprendiendo de la experiencia ajena. No cometería el mismo error.

Mientras todos trataban de reanudar la tarea de explorar la dungeon, Conter se percató del azabache, que se había unido al caos con comentarios sarcásticos y miradas desafiantes. Spreen parecía casi disfrutar de la oportunidad de echar leña al fuego. Pero había algo que no pasó desapercibido para Conter: los dedos del híbrido de oso tenían un tono azulado, y el ligero temblor en sus manos hablaba de un frío que no era común.

Frunció el ceño, y antes de que Spreen pudiera meterse en más problemas, lo tomó por la muñeca y tiró de él, alejándolo del resto del grupo.

—¿Qué te pasa, boludo? —Spreen forcejeó un poco, pero Conter no lo soltó.

Caminaron hasta una esquina más apartada de la cueva, donde el ruido de los demás apenas llegaba. Cuando finalmente se detuvieron, Conter se giró para enfrentar al azabache, observándolo con una mezcla de irritación y preocupación.

—No alimentes la rabia de Serpias. ¿Quieres que vuelva a salir funado como la vez pasada? —Le lanzó una mirada significativa antes de cambiar el tema, enfocándose en lo que realmente le preocupaba. —Además, ¿cómo sigues con la maldición?

El comentario pareció desarmar un poco a Spreen, quien evitó el contacto visual. El híbrido se encogió de hombros, pero no dijo nada. Conter se inclinó ligeramente, levantando una mano para tomar las mejillas frías del otro entre sus manos.

—Tus dedos están casi congelados, ¿y tus mejillas? —murmuró, el tono de su voz más suave.

Spreen cerró los ojos, dejando escapar un suspiro que se entremezclaba con el vapor de su aliento. Era un alivio sentir el calor de las manos de Conter.

—...Me tiene mal, sinceramente. —Las palabras salieron en un murmullo, como si admitirlo le costara más que soportar el propio frío.

Conter asintió despacio, su expresión se tornó más seria. Si él, con su calor corporal normal, ya sentía el ambiente helado de la cueva como una molestia, no podía imaginar el calvario que Spreen debía estar atravesando con la maldición amplificando todo.

—¿Quieres que te abrace? —preguntó finalmente, aunque la respuesta ya era obvia.

Spreen abrió los ojos para mirarlo, sorprendido por la pregunta. No necesitó pensarlo mucho antes de asentir, casi con timidez. En un movimiento rápido, se pegó al cuerpo del albino, buscando el calor que tanto necesitaba.

Conter sonrió de lado, abrazándolo con firmeza y envolviendo al azabache con su capa y su propio calor corporal. Podía sentir el frío que emanaba del cuerpo del híbrido, como si estuviera abrazando un bloque de hielo, pero no se quejó.

—Sos un pelotudo, ¿sabías? —murmuró Spreen, su voz amortiguada contra el pecho de Conter. —No podés ser así de calentito…

Conter soltó una pequeña risa al escucharlo.

—¿Y tu no puedes ser más frío, caradura? —bromeó, aunque su tono era cariñoso. —De verdad, no sé cómo lo estás aguantando.

El azabache suspiró, acomodando su frente en el hombro del albino.

—El viejo dijo que la maldición no me mataría, pero... no sabemos si puede empeorar con el tiempo o con este frío.

La sonrisa de Conter se desvaneció ante la posibilidad. Nadie sabía con certeza cómo funcionaba esa maldición. Sólo sabían que el calor ayudaba a ralentizarla. Pero en un ambiente como ese, con temperaturas bajas y humedad constante, temía que las cosas se complicaran.

—Sólo mantente cerca mío, ¿sí? No te alejes mucho. Estas dungeons no son broma.

—No soy un nene chiquito, Conter —respondió Spreen, aunque su tono no tenía la fuerza habitual.

Conter alzó una ceja.

—Te conozco. Por eso me preocupo.

El azabache no respondió, pero se quedó un poco más en el abrazo. Aunque no lo dijera en voz alta, sabía que tener a Conter cerca era su mejor opción.

—Bueno, pero no te hagás el héroe. Vos también sos medio boludo, y no quiero que te pase nada. —Spreen se separó un poco, mirándolo con seriedad.

—Que sí, que sí. —Conter le revolvió el cabello, sonriendo. Por ahora, eso sería suficiente.

 

El equipo avanzaba en silencio por la cueva, el sonido de sus pisadas amortiguado por la gruesa capa de escarcha que cubría el suelo. La neblina, densa y pesada, parecía devorar todo a su paso, envolviendo lo que alguna vez fue la entrada de una cueva tranquila y pacífica. Cada paso que daban los acercaba más a la frialdad que se expandía por la cavidad. La temperatura descendía rápidamente, golpeando sus cuerpos con la intensidad de una fuerza natural, implacable y fría. El aire era denso, helado, como si estuvieran caminando por las entrañas de un mundo muerto, olvidado por el tiempo.

Hasvik respiró hondo, temblando ligeramente. El frío se metía bajo su piel, se filtraba a través de sus huesos, apretándolos, hasta que cada fibra de su cuerpo parecía arder por la ausencia del calor. Sus dientes castañeaban, no solo por el frío, sino también por la sensación extraña, como si esa helada fuera algo más que temperatura: una ilusión cruel, un reflejo del calor que su cuerpo pedía, pero no podía encontrar. Todo lo que sentía era el hielo apoderándose de él, una frialdad que no solo estaba en el aire, sino que parecía provenir desde dentro, como si su propio cuerpo estuviera traicionándolo.

Hasvik no podía evitar pensar en ellos, en cómo su dolor parecía insignificante frente al sufrimiento que él sabía que se avecinaba para todos. Pero no podía permitir que esas dudas lo desbordaran. Sabía que, aunque sus decisiones pudieran tener consecuencias, su equipo lo seguiría. Ellos eran más que aliados; eran una familia, una que siempre se apoyaría, sin importar lo que pasara.

A pesar de eso, no podía evitar la sensación de incomodidad que le recorría el cuerpo. Cada vez que se acercaba al límite, cuando sentía el hielo invadirlo por completo, escuchaba a sus compañeros quejarse del frío, buscando alguna manera de aliviar la presión que los envolvía. Él maldijo entre dientes, sintiendo la escarcha crujir bajo sus botas, como un recordatorio constante de lo que les esperaba.

Por otro lado, el híbrido de gato, Serpias, observaba a Hasvik desde una distancia cautelosa. Sus ojos entrecerrados mostraban que algo no estaba bien, pero no se atrevía a preguntar. La tensión en el cuerpo del de ojos zarcos era palpable, y el híbrido podía sentir la incomodidad emanando de él, como una nube oscura. Antes de que pudiera decir algo, Goncho le dio un codazo.

— ¿Pero qué…? — Serpias apenas pudo reaccionar, pero Goncho lo hizo callar de inmediato, colocando un dedo vertical sobre sus labios. El bicolor frunció el ceño y guardó silencio, odiando cuando lo silenciaban de esa manera.

Goncho hizo una señal sutil hacia el híbrido de lentes oscuros, luego repitió el gesto con un leve movimiento hacia Conter. Serpias entrecerró los ojos, el cerebro trabajando rápido para conectar los puntos. Después, una expresión de comprensión se apoderó de su rostro, y un pequeño "Oh" escapó de sus labios.

Era claro ahora a quién observaba el albino. Goncho, con su mirada cómplice, lo confirmó con un pequeño gesto, un toque silencioso de entendimiento que solo ellos compartían. El bicolor, a pesar de la situación, sonrió mientras metía las manos en los bolsillos de su abrigo grueso, buscando calor, aunque sabía que no iba a encontrarlo. La postura de Conter seguía siendo rígida, tensa, y ahora que observaban con más atención, los dos notaron que el albino se mantenía sorprendentemente cerca de él, como si un imán invisible los uniera, acercándose cada vez más a medida que la distancia entre ellos se incrementaba. Algo estaba sucediendo, y ambos lo sabían.

— Lo está cuidando, ¿Viste? Es un chupa pija increíble — comentó Goncho en tono divertido, su voz apenas un susurro en medio del frío, mientras ajustaba su abrigo con una mano, la otra descansando en su cinturón.

— Es un gilipollas — respondió el bicolor, sonriendo con picardía. A pesar de la dureza del entorno, el humor seguía presente entre ellos. Su sonrisa era cómplice, entendiendo perfectamente lo que sucedía.

Había algo más entre Conter y Spreen, algo que no necesitaba palabras. Un reconocimiento silencioso de que algo profundo se gestaba entre ellos, algo que ni el hielo ni el frío podían borrar.

En ese momento, el pelirosado se acercó al dúo, seguido de Shadoune y Sapnap. Con un gesto jovial, puso su brazo alrededor de los hombros de ambos, acercándose para murmurar entre risas.

— ¿Qué andan cuchicheando ustedes, boluditos? — El tono de su voz era juguetón, pero también había una chispa de curiosidad en sus ojos.

 

El frío lo abrazaba con una intensidad punzante, lo empujaba a abrazarse más fuerte contra sí mismo mientras sentía cómo sus pies y manos temblaban con cada paso. Los sonidos que lo rodeaban parecían difusos, distantes, como si el frío hubiera absorbido incluso el eco de sus propios movimientos. Nadie sabía cuánto tiempo habían caminado, ni cuánto quedaba por recorrer. La única certeza era que, en algún momento, tendrían que separarse en grupos, con la esperanza de que todos estuvieran bien cuando se volvieran a reunir.

Normalmente, el frío no le molestaba. De hecho, lo amaba. El invierno siempre había sido su estación favorita, un tiempo en el que se sentía en su elemento, cómodo en su piel. Pero ahora, algo en el aire era diferente. Las extremidades de su cuerpo estaban entumecidas, sus articulaciones eran como piedras frías, y cada vez que intentaba moverlas, un dolor punzante lo recorría. Eso, combinado con el constante murmullo de voces a su alrededor, lo estaba desgastando. El frío no era solo físico, sino que se sentía como si todo su ser estuviera atrapado en una niebla helada, aislado de los demás. Era como llenar un espacio pequeño con demasiada gente: las voces, los pasos, el aliento... todo se volvía abrumador.

Sin pensarlo demasiado, decidió apartarse de su equipo. Necesitaba tiempo a solas, tiempo para procesar lo que estaba sucediendo en su cuerpo. La ansiedad le corría por las venas, un recordatorio constante de lo que ocurría internamente. La sensación de que se estaba cristalizando desde dentro era insoportable. Sabía que nadie podía verlo, que no podían entenderlo. Nadie veía cómo su cuerpo se iba llenando de cristales que lo devoraban lentamente. Nadie podía oír los gritos silenciosos que su cuerpo lanzaba en cada movimiento, en cada respiración.

Pero eso era lo peor, lo más insoportable: la invisibilidad de su maldición. Nadie podía saber lo que realmente sentía, nadie podía imaginar la angustia de estar constantemente al borde de perder el control de su propio cuerpo. Sin embargo, tenía que seguir adelante. Tenía que fingir que todo estaba bien. No podía mostrar debilidad, no podía dejar que su equipo viera lo que pasaba, porque eso solo causaría preocupación. ¿Cómo podrían confiar en él si mostraba signos de quebrarse? ¿Cómo podrían luchar si pensaban que era una carga?

En ese instante, se sintió solo, a pesar de estar rodeado por su equipo. El peso de la carga invisible sobre sus hombros era algo que sólo él podía sentir, y era algo que debía cargar en silencio, como siempre lo había hecho. Odiaba ser el centro de atención, odiaba la sensación de que alguien pudiera mirarlo con lástima, pensar que necesitaba ayuda. Prefería cargar con el dolor, prefería hacerlo en silencio. Pero en el fondo sabía que la ansiedad y el miedo estaban ahí, acechando en cada rincón de su mente.

El sonido de pasos lo sacó de sus pensamientos. Farfadox se acercó a él y, con un toque en el hombro, le habló con tono relajado, pero preocupado.

—Che, ¿No necesitás nada? Has estado re callado, boludo.

La última cosa que quería era que le recordaran lo distante que estaba. Era lo último que quería escuchar. A veces deseaba poder sumergirse en la quietud de su mente y olvidarse de todo por un momento.

—Eh... Por ahora no. —Respondió, intentando mantener la voz firme. Pero algo en su tono lo traicionó. Su voz sonaba rasposa, un poco forzada, como si intentara contener algo que se estaba desbordando. Un pequeño toser lo ayudó a recuperar el control de su garganta.

Farfadox no pareció convencido. Miró a Spreen con una ceja levantada, pero no insistió.

—Eso no me suena tan bien. Mirá, Nia trajo té, ¿No querés?

El gesto de Farfadox, abriendo su mochila y sacando el termo, lo sorprendió. Un pequeño gesto, pero en el fondo le dio una sensación de calidez que no tenía nada que ver con el frío de la cueva. La idea de que Nia había pensado en él de alguna manera lo hizo sentirse... menos solo, aunque fuera solo por un segundo.

Spreen tomó el termo con un pequeño movimiento de la mano, sin mirarlo directamente. Observó el vapor que salía de la tapa a presión, como una cortina de calor que le ofrecía un alivio momentáneo.

—Decile a Nia que gracias. — Respondió, sin mirar a Farfadox, quien seguía observándolo con una mirada penetrante, como si intentara descifrar lo que realmente pasaba en su mente.

—No es por joderte mucho, pero no tenés porqué fingir que no te sentís bien. Me parece haber visto a Aldo descompensado más atrás.

Spreen apenas asintió, sin prestar demasiada atención a las palabras del mayor. Su mente estaba ocupada con otras cosas, demasiado ruidosa para concentrarse en la preocupación ajena. El frío, el dolor, la ansiedad... todo se mezclaba en su cabeza. Lo que más le preocupaba ahora era cómo afrontar lo que venía, cómo enfrentarse a lo que fuera que los esperara en ese lugar. No podía evitar pensar en las hydras, en lo que podrían haber encontrado.

La mano de Farfa, fría y firme, tocó su frente, como si ya fuera una rutina, midiendo su temperatura. Ese gesto, tan familiar y tan sencillo, lo hizo sentir algo cercano a la normalidad. Farfadox ajustó su gorro, desordenando un poco su cabello, pero sin decir más. La preocupación de Farfa no era una carga para él, era una sensación extraña, como si supiera que podía cuidar de sí mismo, pero que de alguna manera alguien más lo veía, lo acompañaba.

— Cúbrete mejor la cabeza, pelotudo. —Dijo Farfadox, sin mucha ceremonia, antes de alejarse con el resto del equipo.

Spreen lo observó alejarse, sin poder evitar una pequeña sonrisa, aunque triste. Aquella simple preocupación, aquella pequeña muestra de cuidado, le recordó que, aunque se sentía aislado por su maldición, no estaba completamente solo.

Suspiró profundamente y siguió caminando. Cada paso lo llevaba más profundo en la cueva, y con cada paso sentía la inmensidad del lugar rodeándolo, amplificando su aislamiento. Las paredes de hielo parecían cerrarse sobre él, los fragmentos que colgaban del techo como colmillos afilados, y el suelo crujía bajo sus pies como un eco lejano.

No había más que hacer que seguir adelante. Así que caminó en silencio, observando al anciano líder en la delantera junto a las nutrias y a Nia, quien agradecería en persona más tarde.

 

Farfadox no podía cerrar la boca. A veces sentía que todos en el grupo le tenían envidia al de habla inglesa por no comprender del todo lo que decía el tipo de armadura. Cada palabra que salía de su boca parecía causar alarma. En lugar de explicar algo con calma, el tipo siempre era tan dramático que conseguía asustar a los demás, a veces incluso sin querer. Por un momento, los demás se ponían tan tensos que creían que realmente les iba a pasar algo grave.

—Piru, tené cuidado con pasar debajo de esos fragmentos. Parece que están sueltos—. Farfadox levantó la mirada, observando a lo lejos los fragmentos de hielo que flotaban en el aire, algunos tan altos que parecían a punto de caer. Piru, que caminaba delante, se tensó y miró hacia atrás con el rostro un tanto pálido.

—¡Boludo, ya! Si estoy atento—. Piru no podía dejar de rodar los ojos, pero la incomodidad era evidente. Shadoune soltó una risa burlona, disfrutando la reacción del argento que ahora no podía dejar de observar nerviosamente el paisaje que los rodeaba. A lo lejos, los picos de hielo brillaban bajo la débil luz, como lanzas esperando caer en cualquier momento.

—Chicos, creo que ya es hora de tomar las pociones. Eón no ha dicho nada, pero estamos descendiendo demasiado rápido...—. Shadoune cruzó los brazos, mirando hacia el abismo helado por donde caían las rocas, esperando un cambio en el ambiente que indicara lo peor. Cada paso que daban parecía hacer que el frío los envolviera aún más.

—Che, sí, total hicimos un re farmeo de los materiales. Todos tienen que tomar una—. Goncho paró de caminar, observando cómo el resto comenzaba a hacer lo mismo. Empezaron a rebuscar en sus mochilas, sacando frascos, hierbas secas y pociones de colores extraños. El aire estaba pesado, como si cada minuto que pasaba los envolviera más en el hielo.

El de ojos zarcos, sin mucho entusiasmo, se acercó al azabache mientras este comenzaba a beber su poción de resistencia al frío, una mezcla amarga que había probado muchas veces antes. Al observar a los demás, notó que Nia no solo había preparado pociones para todos, sino que había hecho té para acompañar la fría expedición. La precavida había preparado todo, incluso asegurándose de que todos tuvieran lo necesario para no sucumbir a las bajas temperaturas que se avecinaban.

—Aguanten—dijo Nia mientras les servía el té, sonriendo de manera ligera—. Nunca se sabe qué tan lejos vamos a llegar.

El grupo asintió mientras tomaban su parte, algunas risas ligeras se mezclaban con el sonido del viento cortante. No sabían cuánto más podrían seguir, pero al menos sentían que estaban preparados, al menos por un rato. Farfadox, alzando una ceja, observó cómo todos se armaban de valor. El viaje estaba lejos de terminar.

Notes:

esto estaba subido en wattpad, asi que vengo a subirlo aquí también!! me pueden encontrar en wattpad y twitter como @/roierstine !!