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La guía de Alastor para ser un adulto responsable en el infierno

Chapter 2: Lección 1; "La matanza y las groserías con la norma...

Notes:

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Chapter Text

El sueño fue una promesa rota, unas cuantas horas entrecortadas por pesadillas. Alastor despertó antes de que la luz roja del eterno amanecer infiernal filtrara por completo la ventana, el cuerpo aún pesado, extraño, como si habitara un traje prestado. La sonrisa fija le ardía en las comisuras, un recordatorio punzante de que ya no era dueño ni de su propio rostro. Se sentó en la cama, las sábanas rojas oliendo a lavanda muerta, un perfume que se le pegaba a la garganta como un caramelo envenenado.

 

Decidió no quedarse inmóvil. El miedo era una serpiente enroscada en el estómago, pero la curiosidad-la misma que lo llevaba a espiar tras las puertas cerradas de su antigua casa-era más fuerte. Se levantó, las piernas largas y torpes tambaleándose un instante antes de encontrar el equilibrio. Se acercó al espejo de cuerpo entero, su reflejo lo esperaba con esa elegancia grotesca.

 

Allí estaba: alto, delgado, ataviado con un traje rojo impecable que parecía haber nacido con él. Pero los detalles... los detalles eran lo que lo hacían sentirse como un impostor. Se inclinó hacia el vidrio frío, los ojos rojos-tan rojos como el cielo-examinando cada anomalía. Las orejas, largas y puntiagudas, cubiertas de un pelaje corto y suave que se erizó cuando su propio aliento las rozó. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, una sensación aguda, casi eléctrica. Las tocó con dedos cautelosos. Eran sensibles, terriblemente sensibles; el más leve roce enviaba ondas de percepción extraña a su cerebro, como si fueran antenas captando el dolor del mundo.

 

Su cola, esa cosa esponjosa que había sentido tras él, se movió inquieta bajo la tela del pantalón. La observó en el reflejo, cómo se levantaba y sacudía con nerviosismo propio. También era sensible, cada movimiento una caricia involuntaria que lo hacía estremecer. Bajó la vista hacia sus pies-o lo que deberían ser pies. En su lugar, pezuñas oscuras y pulidas asomaban bajo el dobladillo. Con una mezcla de horror y fascinación, intentó mover los dedos que ya no tenía. Las pezuñas respondieron, compactándose, ajustándose, y ante sus ojos, la forma se alteró ligeramente, creando la ilusión perfecta de unos zapatos elegantes de cuero. Un disfraz más. Todo en él era un disfraz.

 

Extendió las manos, observando los dedos largos, las uñas afiladas y rojas como garras recién bañadas en sangre. Las acercó a su brazo, tan solo un roce ligero, y la tela del traje se abrió en una fina línea, seguida de un escozor y una gota carmesí que brotó de su piel. Se había cortado sin esfuerzo. Las garras eran navajas. Un temblor le recorrió el cuerpo, pero la sonrisa-siempre la sonrisa-permanecía intacta, tirando de su piel como un hilo de marioneta.

 

Harto de su propio reflejo, Alastor se volvió y comenzó a deambular por la habitación. Era un espacio lujoso, sí, pero opresivo. Los muros estaban cubiertos con un papel tapiz de patrones oscuros y retorcidos que parecían moverse si los miraba de reojo. Muebles de madera tallada con figuras de criaturas sufrientes, candelabros que goteaban cera roja coagulada, y ese olor constante a flores marchitas y polvo antiguo. Pero había algo diferente aquí, algo que no encajaba con la elegancia mortuoria del resto del lugar.

 

En un rincón, semioculto por una pesada cortina de terciopelo descolorido, había un baúl. No era lujoso; era de madera sencilla, con herrajes oxidados y abolladuras que contaban historias de golpes y viajes. Alastor se acercó, el corazón latiendo con un ritmo acelerado que resonaba en sus nuevos oídos sensibles. Agachándose-su cuerpo alto se doblaba con torpeza infantil-, abrió la tapa con un crujido que sonó como un suspiro ahogado.

 

El interior era un caos de recuerdos. Libros apilados, sus lomos desgastados y títulos borrosos por el tiempo. Muñecos de trapo retorcidos, con cuentas por ojos y alfileres clavados en lugares estratégicos-reconoció las figuras vudú, las mismas que su madre escondía bajo el suelo de la cocina, susurrando palabras en creole para protección. Ovillos de hilo de coser, algunos tan finos como cabellos, otros gruesos y encerados. Y fotos. Fotografías sepia, desvanecidas, con bordes deshilachados.

 

Las tomó con manos que temblaban levemente. Rostros que compartían sus pecas, su rizo rebelde, sus ojos claros u oscuros pero siempre con una sombra de resignación. Algunos sonreían forzadamente, otros miraban a la cámara con un vacío que le era familiar. Parientes. Los que vinieron antes. Los que hicieron el trato. Los que "se fueron", como Rosie dijo. Un nudo se formó en su garganta. Este baúl era su legado, la única herencia en este infierno.

 

Aún sorprendido por la claridad con la que veía en la penumbra-otro regalo no solicitado de su nueva condición-, comenzó a vaciar el contenido con cuidado. Los libros eran lo primero. Diarios, en su mayoría, con cubiertas de cuero agrietado y páginas amarillentas que despedían un olor a humedad. Los abrió, sus ojos de niño-atrapados en un cuerpo que no le pertenecía-escaneando las palabras con dificultad. La educación había sido un lujo esquivo para un mestizo criollo como él; leer y escribir eran habilidades que estaba aún puliendo, entre repartir periódicos y esconderse de los gritos en casa.

 

Las páginas estaban llenas de contradicciones. Escrituras frenéticas, palabras tachadas con rabia, manchas que podían ser lágrimas o sangre. Hablaban del infierno, pero cada descripción cambiaba: a veces era un laberinto de calles ardientes, otras una prisión de hielo silencioso, a veces una ciudad en expansión con edificios que crecían como hongos venenosos. Los relatos de los primeros días-el dolor de la llegada, la confusión, el miedo-eran tan similares a los suyos que tuvo que cerrar los ojos un momento, la respiración entrecortada. Pero luego venían las otras historias. Los "encargos". Los detalles de cómo "limpiaban" problemas para Rosie. Describían actos con una frialdad que le heló la sangre, y luego, unas páginas después, se desmoronaban en arrepentimiento y horror, escritas con letra temblorosa. Algunos pasajes eran tan gráficos-hablaban de sonidos de huesos rompiéndose, de sabores metálicos en la boca, de risas que no podían detener-que el estómago de Alastor se revolvió, las náuseas subiéndole por la garganta. Dejó esos diarios a un lado, el corazón palpitando de angustia.

 

Entre los libros, encontró algunos tomos más densos, encuadernados con símboles que reconocía de las historias de su madre: veves vudú, dibujos de serpientes y cráneos. Libros avanzados de magia, con instrucciones para invocaciones, protección y... pactos. Los hojeó con una mezcla de temor y fascinación. El poder era un concepto que entendía a medias; lo había visto en los hombres blancos que daban órdenes, en los policías que golpeaban sin razón. Sabía, por los periódicos que repartía, que el poder movía el mundo. Y aquí, en el infierno, parecía ser la única moneda que valía algo.

 

Uno de los diarios, el más reciente por la fecha borrosa en la portada, pertenecía a quien parecía ser su último pariente antes de él. Las entradas eran escasas, desesperadas. Hablaba de un "Wendigo". Una entidad del frío y el hambre, de los bosques profundos que nunca había visto. El diario detallaba, con una caligrafía cada vez más torpe y apresurada, una serie de rituales para llamar la atención de tal ser. Pasos específicos: dibujar ciertos símbolos con ceniza y sal, ofrendas de carne cruda y huesos, cantos en lenguas olvidadas. El autor nunca llegó a realizarlo.

 

Alastor leyó y releyó esos pasajes, los dedos acariciando las páginas. Un pacto. Poder. No especificaban de qué tipo, pero ¿importaba? Ya estaba en el infierno. Ya era propiedad de Rosie. Ya tenía una sonrisa cosida y manos manchadas-literalmente, miró sus uñas rojas-¿Qué más podría perder?

 

Siguió hurgando. Bajo los libros, encontró mapas. Dibujados a mano en pergamino arrugado, mostraban calles, distritos, plazas. Una ciudad. "El Pentagrama", según anotaciones al margen. Era extraño, perturbadoramente familiar. Esperaba llamas y tormento eterno, no avenidas con farolas y edificios en construcción. En uno de los mapas, alguien había marcado con una cruz roja desvaída un área llamada "Cannibal Town", y con un círculo negro, otro distrito denominado "Territorio Overlord". Guardó esos mapas con cuidado, deslizándolos dentro de su chaqueta. Tal vez lo necesitaría.

 

Un tirón repentino, agudo y frío, en su cuello. No era dolor, sino una presión intensa, como si un collar invisible se hubiera apretado de golpe. Alastor llevó la mano a la garganta, sin encontrar nada, pero la sensación de ser jalado por una cadena etérea era inconfundible. Rosie lo llamaba. En los diarios, lo describían: "la cadena del pacto", la forma en que ella reclamaba a lo suyo.

 

Con prisas, pero con la meticulosidad del miedo, Alastor volvió a colocar todo en el baúl, menos los mapas y el diario del Wendigo, que escondió entre su ropa. Se ajustó la corbata-apretada, sofocante-y salió de la habitación, dejando atrás el refugio temporal.

 

Los pasillos de la mansión eran largos y silenciosos, solo roto por el eco lejano de risas ahogadas y el crujir de la madera bajo sus nuevos y pesados pasos. La cadena invisible tiraba de él, una guía insidiosa que lo llevaba a través de laberintos de puertas cerradas y escaleras, hasta que el aire cambió; el olor a polvo y rosas muertas fue reemplazado por un aroma terroso, húmedo, con un toque dulzón y metálico bajo.

 

El jardín trasero no era un jardín como los que recordaba. No había hierba verde, sino una especie de musgo rojizo y viscoso que crujía bajo sus pezuñas. Los árboles casi secos de los que colgaban frutos que parecían mutaciones. En el centro, bajo un dosel negro, Rosie estaba sentada en una silla de mimbre, una tetera de porcelana fina y una bandeja con pasteles frente a ella. Tomaba el té con la elegancia de una anfitriona en un picnic, si el picnic fuera en un camposanto.

 

-Ahí estás, querido. -dijo sin levantar la vista, sirviendo un líquido oscuro y espeso en una taza. -Ven, siéntate. El primer día es siempre el más desorientador.

 

Alastor se acercó, las orejas-tan sensibles-captando el leve sonido de masticación que provenía de los arbustos cercanos. Optó por no mirar. Se sentó en la silla que le indicaban con la espalda rígida.

 

-¿Durmió bien nuestro cervatillo? -preguntó Rosie, ofreciéndole un pastelito perfecto, glaseado de rosa pálido.

 

-Suficiente, señora. -respondió Alastor, su voz grave y con ese eco radial que aún no reconocía como propio. Tomó el pastel. Olía a almendras y azúcar... y por debajo, a cobre. Lo miró. Parecía normal, pero al acercarlo a los labios, el aroma metálico era innegable. Comió de todos modos. Un bocado pequeño, dulce y empalagoso en la superficie, con un regusto a hierro que se le pegó al paladar. Tragó con dificultad, el estómago protestando.

 

Rosie lo observó, su sonrisa inmutable. -¿Y qué te parece nuestro pequeño infierno hasta ahora? ¿Todo como esperabas?

 

Alastor eligió sus palabras con cuidado. -Es... diferente. Más grande de lo que imaginaba.

 

-Ah, sí. Crece cada día, con cada alma nueva que llega. -dijo Rosie, como hablando del clima. -Es una ciudad viva, aunque lo que vive aquí esté, técnicamente, muerto. Un pequeño chiste infernal.

 

Alastor asintió lentamente, manteniendo la vista en su taza de té, que no había tocado. No mencionó el baúl. No mencionó los diarios, los mapas, el Wendigo. El miedo era un nudo bien atado en su pecho, pero también había una astucia naciente, aprendida en las calles de Nueva Orleans: guardar secretos era guardar ventajas.

 

Rosie dejó su taza con un suave clic. -Bien, al grano. Te llamé por una razón específica, Alastor. Tienes tu primera... tarea. Una prueba, podríamos decir.

 

De un pliegue de su vestido, sacó una fotografía en blanco y negro y la deslizó sobre la mesa. Alastor la tomó. Mostraba a un hombre de mediana edad, con un traje barato y una expresión de crueldad aburrida. Sin nombre ni dirección. 

 

-Debes encargarte de él. -dijo Rosie, su voz tan suave como siempre. -Tienes una semana. Considera una indulgencia de mi parte; a tus antepasados solía darles solo dos días. Pero tú eres especial, ¿verdad? Un proyecto nuevo.

 

Alastor sintió que el pastel se convertía en piedra en su estómago. Encargarse. La palabra flotaba en el aire, cargada de un significado que ya sabía. -¿Y... cómo...? -logró decir, la voz apenas un susurro ronco. -¿Cómo lo encuentro? ¿Cómo...?

 

Rosie lo interrumpió con un gesto leve de la mano. -Querido, ahora eres un adulto. Un adulto responsable. ¿No crees que deberías saber cómo moverte solo? El infierno no es tan diferente de tu viejo mundo. La gente tiene hábitos, rutinas, lugares favoritos. Y tú... tienes una semana para encontrar a tu encargó. -Su sonrisa se ensanchó un milímetro, mostrando un brillo adicional en sus dientes afilados. -Esta prueba medirá tus capacidades. Tu ingenio. Tu... utilidad.

 

El pánico comenzó a trepar por la espina de Alastor. Sus orejas, traicioneras, se aplanaron contra su cráneo en un gesto de miedo que no podía ocultar, aunque su sonrisa permaneciera congelada. Un temblor leve sacudió sus manos, que apretó bajo la mesa.

 

Rosie se levantó, dando por terminado el té. -Ven, te acompañaré hasta la salida. No quiero que te pierdas en los primeros cinco minutos.

 

Lo guió a través de jardines cada vez más extraños y decadentes, hasta una verja de hierro negro que separaba la propiedad de Rosie de la ciudad propiamente dicha. Más allá, el paisaje urbano se extendía: edificios de alturas imposibles, carteles luminosos que parpadeaban con mensajes obscenos, el sonido constante de tráfico, gritos y explosiones lejanas.

 

-Un último consejo, cervatillo -dijo Rosie, abriendo la verja con un chirrido que sonó a huesos rozándose. -Cada pecador llega aquí con un don único. Una habilidad, un truco, algo que los definió en vida o aspiraron a hacer... -Sus ojos negros se posaron en él, penetrantes. -La tuya aún no se ha manifestado. Sería... prudente que lo hiciera antes de adentrarte mucho en la ciudad. Las calles no son amables con los recién llegados indefensos. Las explosiones y los asesinatos son, lamentablemente, comunes. Buena suerte.

 

Con eso, la verja se cerró tras él. Alastor se quedó parado en el umbral, el corazón latiendo a un ritmo frenético. Solo. Con una semana para convertirse en asesino-que ya era según las leyes de la tierra-, sin saber cómo, sin saber dónde, sin siquiera conocer su propio poder. El pánico quería ahogarlo, hacerlo correr de regreso y golpear la verja. Pero la sonrisa, esa maldita sonrisa, mantenía su rostro en una máscara de calma grotesca.

 

Respiró hondo, el aire cargado de humo, azufre y sangre. Luego, lentamente, comenzó a caminar, adentrándose en las calles del Pentagrama. Con manos que apenas temblaban ahora, sacó los mapas arrugados de su chaqueta. Debía ubicarse. Debía encontrar a su objetivo. Debía sobrevivir.

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La calle era un río de cuerpos y sonidos violentos, y Alastor navegaba en él como un náufrago en un océano de furia. Su primer instinto-esconderse, encogerse, volverse invisible-era inútil. Ya no era el niño pequeño que se podía esconder detrás de algo y pasar desapercibido. Ahora era alto, llamativo, con un traje rojo que brillaba bajo la luz enfermiza de los faroles azules. Intentó apretarse contra una pared, escurrirse entre dos autos estacionados-vehículos extraños, con formas agresivas y ventanas tintadas que reflejaban su rostro de sonrisa fija-, pero cada movimiento solo parecía atraer más miradas curiosas y hostiles.

Una hora. Había estado vagando por lo que sentía como una eternidad, pero su nuevo y torpe sentido del tiempo apenas marcaba sesenta minutos de desorientación absoluta. Los mapas que guardaba eran ahora papeles inútiles en sus manos. Las calles dibujadas no coincidían con la realidad que se expandía ante sus ojos: edificios que aparecían donde debería haber un parque, callejones que se cerraban de repente, carteles luminosos que anunciaban cosas que no podía comprender. «Sustancias», «Casa de apuestas», «acompañantes». Nada tenía sentido. Así que los guardó, el papel crujiendo bajo sus garras con frustración.

En su lugar, confió en el método más básico: mirar. Caminaba con pasos cautelosos, la cola inquieta oculta bajo el traje, las orejas-tan sensibles-girando como radares captando cada fragmento de sonido. Observaba a cada pecador que pasaba, comparando rostros con la fotografía que quemaba en su bolsillo. Pero ¿cómo encontrar un rostro en este mar de monstruosidad? Algunos pecadores tenían apariencias casi humanas, salvo por ojos extraños o sonrisas con demasiados dientes. Otros eran aberraciones ambulantes: criaturas con tentáculos por brazos, seres hechos de sombras densas, figuras cuyas caras eran solo agujeros negros o objetos que emitían risas mecánicas. Uno, en particular, pasó tan cerca que Alastor pudo ver que donde debería haber nariz y boca solo había un remolino de moscas zumbando. Se estremeció, la sonrisa tirándole de la piel.

Rosie tenía razón. El infierno era ruidoso, caótico y mortal. A lo lejos, siempre había gritos-de dolor, de rabia, de algo que no podia identificar-que se fundían con el estruendo de explosiones esporádicas, como si alguien estuviera jugando con dinamita en cada esquina. Veía persecuciones: demonios con armas que jamás había imaginado-artefactos que lanzaban llamas verdes o proyectiles que silbaban y dejaban cráteres en el suelo-corriendo tras otros, riendo como si fuera un juego. La sangre era un adorno común, manchando ropas, salpicando paredes, acumulándose en charcos oscuros y pegajosos que olían a metal y podredumbre.

¿Una semana? Una semana para encontrar a un hombre en este laberinto de locura. La desesperación quería apoderarse de él. ¿Podría volver? ¿Regresar a la mansión de Rosie al caer la... noche? ¿Había realmente noche aquí? El cielo era un remolino eterno de rojo y negro, sin sol, sin luna, solo esa iluminación perpetua y enfermiza. No recordaba que Rosie le hubiera prohibido regresar, pero tampoco le había dado permiso. Y aunque quisiera, estaba perdido. Los callejones se retorcían, las calles cambiaban de nombre, todo parecía moverse y reorganizarse cuando no miraba. Quizás Rosie sí sabía dónde estaba. Quizás, en cualquier momento, con un chasquido de sus dedos largos, podría hacerlo aparecer a su lado. La idea era aterradora y, de un modo extraño, reconfortante. Hasta que recordaba quién era ella: un Señor Supremo, un demonio peligroso que podía hacer lo que quisiera con él.

Pero Alastor era y es, en el fondo, un niño. Un niño con una mente curiosa y una imaginación que solía volar lejos de los golpes y los gritos de su antigua vida. Así que, poco a poco, la misión de encontrar a su objetivo se desdibujó, reemplazada por una fascinación morbosa por el mundo que lo rodeaba. Dejó de escudriñar rostros y comenzó a observar comportamientos.

Algunos pecadores actuaban con una normalidad perturbadora. Un grupo charlaba en una esquina, vistiendo trajes elegantes, tomando algo que olía a licor fuerte de unas copas finas. Si ignorabas las manchas de sangre seca en sus puños y el hecho de que uno de ellos tenía un ojo colgando de su cuenca, podrían pasar por caballeros en un club. Otros, en cambio, eran pura furia desatada. Peleas estallaban como incendios espontáneos: por un roce accidental, por una mirada sostenida un segundo demasiado largo, por nada en absoluto. Los insultos volaban, palabras que Alastor no reconocía pero que, por el tono gutural y la reacción de los ofendidos-caras enrojeciendo (o cambiando de color), puños apretándose, armas desenfundándose-, sabía que eran graves. Escuchó cosas como "maldito engendro de Sins", "escoria de la Séptima", "larva de Leviathan". Las almacenó en su mente, junto con los gestos que las acompañaban: una ceja alzada con desdén, un escupitajo al suelo, una mano que se movía en un gesto obsceno y complejo.

"Debes comportarte como un adulto", había dicho Rosie. Bien. Los adultos aquí parecían comportarse con una mezcla de crueldad y desprecio casual. Alastor decidió que, si quería sobrevivir, debía aprender. En su antiguo trabajo, repartiendo periódicos mientras hacía pequeños espectáculos callejeros, había aprendido a imitar a los adultos blancos que veía: su forma de hablar lenta y deliberada, sus palabras "sofisticadas", sus gestos de autoridad para llamar su atención. Ahora tenía un nuevo modelo a seguir: los pecadores del infierno.

Comenzó a practicar en susurros, mientras caminaba con una postura que intentaba parecer despreocupada, aunque sus hombros estaban tensos y sus orejas se movían nerviosas con cada sonido. "Zorra infumable", murmuró, probando el peso de las palabras en su lengua. "Patético gusano de la Séptima." Se sentía mal, un dolor sordo en el pecho. Su madre le había enseñado que faltar el respeto era de mala educación, que las palabras podían doler más que los golpes. "No seas como tu padre, Alastor", le decía en susurros, acariciando su pelo. "Ten bondad en tu corazón, aunque el mundo no la tenga." Pero su madre no estaba aquí. Aquí, la bondad parecía una debilidad mortal. Así que siguió, repitiendo los insultos como un mantra, aunque no entendiera del todo su significado. "Hijo de un Sins", "carroña con pretensiones".

Sus orejas captaron una risa cercana, burlona. Alastor alzó la vista. Un trío de demonios-uno con piel de reptil escamosa, otro con tres ojos que parpadeaban de forma asincrónica, y un tercero que era básicamente un montón de tentáculos con un sombrero-lo observaban desde la entrada de un callejón oscuro.

-Oye, mira a este -dijo el de piel escamosa, su voz un siseo. -Traje nuevo, sonrisa de postal. ¿Te crees mejor que nosotros, eh?

Alastor se congeló. ¿Sus intentos de mimetismo los había provocado? -No... no es eso -logró decir, su voz grave pero temblorosa. -Solo... practicaba.

-¿Practicando? ¿Practicando INSULTOS? -rugió el de tres ojos, avanzando un paso. Su aliento olía a azufre podrido. -¿Nos estabas insultando a nosotros, pedazo de carne fresca?

-¡No! ¡A nadie en particular! -protestó Alastor, retrocediendo. Su mente gritaba: Soy solo un niño, no entiendo, déjenme en paz. Pero su boca, como si estuviera controlada por los mismos hilos invisibles que cosían su sonrisa, se selló antes de que pudiera soltar la verdad. Las palabras murieron en su garganta.

-Ah, ¿así que nos tomas por tontos? -siseó el reptiliano. -¿Crees que somos "nadie en particular"? ¡Eso es un insulto mayor!

La lógica infernal era retorcida y rápida para la violencia. Antes de que Alastor pudiera explicarse, los tres lo rodearon. Otros transeúntes se detuvieron a mirar, sonrisas crueles apareciendo en sus rostros. Un espectáculo gratuito. Dos demonios más, atraídos por el alboroto, se unieron al grupo. Uno tenía brazos que terminaban en garras inhumanamente largas y afiladas, el otro exhalaba pequeñas nubes de humo ácido.

-Este piltrafilla cree que puede pasear por aquí burlándose de la gente. -gruñó el de las garras, sus garras cortando el suelo.

-Tal vez necesita una lección de modales. -dijo el que exhalaba humo, y una nube verdosa flotó hacia Alastor, haciéndole arder los ojos y la garganta.

El pánico lo inundó. Quería correr, disculparse, esconderse. Pero sus piernas estaban clavadas al suelo. El grupo avanzó, y alguien lo empujó con fuerza. Alastor tropezó hacia atrás, chocando contra el torso duro de otro pecador que gruñó y lo empujó de vuelta al círculo.

-¡Quieto, mocoso! -alguien gritó.

Y entonces, algo estalló. No una explosión lejana, sino la tensión misma. Uno de los demonios del grupo original-el de tres ojos-lanzó un puño no a Alastor, sino al reptiliano, acusándolo de "robarme el protagonismo". El reptiliano respondió con un bufido y un arañazo. El de los tentáculos se enredó en la pelea, golpeando a todos por igual. El de las garras, emocionado, comenzó a girar sus miembros metálicos. El del humo tosió una nube más grande que envolvió a varios. En segundos, lo que era una confrontación dirigida a Alastor se transformó en una batalla campal generalizada.

Alastor quedó atrapado en el epicentro. Puños, garras, tentáculos y herramientas afiladas volaban por todas partes. Un gancho lo rozó en la mejilla, dejando un ardor agudo. Una patada lo golpeó en la espinilla, haciendo que sus pezuñas trastabillaran. Los gritos, los insultos, las risas frenéticas se mezclaban en un crescendo ensordecedor. Intentó abrirse paso, escurrirse, pero por cada hueco que veía, alguien lo cerraba con un cuerpo que entraba en la refriega. La pelea se había extendido como un incendio. Pecadores que pasaban se detenían, algunos para reír, otros para unirse al caos por puro aburrimiento. Una pelea por nada se había convertido en el entretenimiento de la cuadra.

Una explosión cercana-esta vez real-hizo temblar el suelo, lanzando trozos de adoquín al aire. Alastor se agachó instintivamente, cubriéndose la cabeza con los brazos. El humo y el polvo lo envolvieron, mezclándose con el olor a sangre, sudor y miedo. A través de la nube, vio siluetas forcejeando, destellos de armas, chorros de fluidos oscuros. No había salida. Estaba atrapado en un torbellino de violencia pura, y la sonrisa en su rostro amenazó con quebrarse bajo el peso del terror absoluto.

¿Es esto ser adulto?, pensó, el corazón martillándole en el pecho vacío. ¿Pelear sin razón? ¿Herir por diversión? ¿Estar perdido y solo en medio del caos?

Pero no había tiempo para pensamientos profundos. Un fragmento de metal voló hacia su cabeza, y el mundo se llenó de un silbido agudo antes de que todo se volviera negro y dolorosamente brillante.

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El caos era un animal vivo, rugiente y hambriento, y Alastor era su presa indefensa. El sonido lo abrumaba: el crujido de huesos, los alaridos de furia y agonía, el estallido de vidrios, las explosiones que sacudían el suelo bajo sus pezuñas. El olor lo asfixiaba: sangre fresca, sudor ácido, humo de pólvora y algo más dulzón y podrido, como carne dejada al sol. Un demonio-un tipo con cuernos retorcidos y una sonrisa desencajada-se desplomó justo frente a él, los ojos vidriosos fijos en el cielo rojo eterno. Estaba muerto. O lo que pasaba por muerto aquí. Alastor pudo ver cómo la luz se apagaba en esa mirada, y un escalofrío le recorrió la columna vertebral.

Varios rostros se giraron hacia él. Miradas cargadas de hostilidad, de diversión, de un interés predador. Él era lo más cercano a carne fresca en medio del festín de violencia. Retrocedió, tropezando con un cuerpo inconsciente, sus manos-grandes, con garras afiladas-buscando apoyo en una pared manchada.

-¡Déjenme en paz! -intentó gritar, pero el miedo atenazaba su garganta.

Sin embargo, lo que salió de su boca no fue el grito agudo de un niño asustado. Fue algo distinto. Una distorsión grave, un chirrido metálico, un filtro de radio antiguo y lleno de estática que amplificó su voz y la lanzó al aire no como un sonido, sino como una onda de fuerza tangible. «¡DÉJENME EN PAAAAZ!»

El efecto fue instantáneo. Todas las radios cercanas-en las tiendas destrozadas, en los autos abandonados-estallaron en vida. La estática rugió, los diales giraron solos, y de sus parlantes destrozados brotó su misma voz, multiplicada, reverberando en un coro espeluznante que cortó el aire como un cuchillo.

Pero eso no fue todo.

Del suelo agrietado, de las sombras que se acumulaban en los rincones, brotaron tentáculos. No eran de carne, ni de nada orgánico. Eran oscuridad pura, densa y viscosa, con destellos verdes en su interior como ojos maliciosos. Surgieron en un enjambre frenético, serpenteando, golpeando, envolviendo. Atacaron a cualquiera que estuviera cerca de Alastor. Un demonio que se abalanzaba hacia él fue levantado por un tentáculo grueso y estrellado contra una farola con un crujido sordo. Otro, que blandía un cuchillo oxidado, fue envuelto por varios miembros oscuros y arrastrado hacia las sombras, su grito ahogándose en la estática de las radios.

Alastor se quedó congelado, los ojos rojos abiertos de par en par, observando la carnicería. Su propia carnicería. Su poder. Su poder. El miedo inicial se transformó en fascinación, luego en un asombro puro. ¡Era increíble! ¡Era su voz en todas esas radios! ¡Era él dueño de esas sombras! Su sueño; ser locutor, tener un programa, que su voz llegara a todos lados, se materializaba de la forma más retorcida y gloriosa posible.

-¿Lo... lo ven? -intentó decir, y su voz volvió a salir con ese filtro de radio grave y teatral. Las radios cercanas lo repitieron en eco. «¿LO... LO VEN?» -¡Puedo hacerlo! -exclamó, y una risa brotó de su garganta, no la risa nerviosa de un niño, sino una carcajada amplia, distorsionada por la estática, que llenó la calle. «¡PUEDO HACERLO!» -¡Seré un locutor! ¡El mejor locutor! -alardeó, la euforia borrando por un momento el horror del escenario. Saltó sobre un montón de escombros, los brazos extendidos como un maestro de ceremonias. «¡ESCÚCHENME TODOS! ¡EL INFIERNO TIENE UNA NUEVA ESTRELLA!»

La adrenalía era un fuego en sus venas, caliente y embriagador. Por unos minutos, fue el rey de la cuadra, el director de una orquesta de destrucción y ondas radiales. Los tentáculos bailaban a su alrededor, defendiéndolo, atacando por él. Era poderoso. Era alguien.

Luego, como llegó, la euforia se desvaneció. El fuego se apagó, dejando solo cenizas frías y la cruda realidad. Las últuras risas radiales se extinguieron en un susurro de estática. Los tentáculos, como si perdieran energía, se encogieron, volviéndose translúcidos, y se disolvieron en la nada, dejando solo marcas de quemaduras oscuras en el suelo y los cuerpos que habían atacado. El silencio que siguió fue casi más aterrador que el ruido. Solo el zumbido residual de las radios rotas y el gemido ocasional de algún herido.

Alastor bajó de los escombros. A su alrededor, la cuadra era un paisaje de devastación. Vidrios rotos, tiendas con fachadas desgarradas, charcos de sangre oscura que se extendían como pintura derramada. Y los cuerpos. Demasiados cuerpos. Algunos ya estaban inmóviles, otros se retorcían en silencio. Por un instante breve y punzante, el remordimiento lo golpeó. Él había hecho esto. Había herido, quizás matado. Su madre lo miraría con esos ojos tristes y decepcionados...

Pero entonces respiró hondo, el aire cargado de muerte, y recordó. Está en el infierno. Todos aquí son malos. Él también eres malo ahora. La justificación era frágil, pero suficiente para que su sonrisa no decayera. Para que el vacío en su pecho se tragara el sentimiento incómodo.

Un movimiento en el extremo de la calle lo alertó. Pecadores empezaban a asomarse, a entrar en la zona de la masacre. Alastor se tensó, listo para intentar invocar de nuevo sus sombras, su voz de radio. Pero no fue necesario. Los recién llegados simplemente miraron el desastre, se encogieron de hombros y continuaron su camino. Algunos pisaron charcos de sangre sin inmutarse. Otros sortearon cuerpos como si fueran basura. Una mujer con sombrero de plumas se detuvo a ajustarse el guante junto a un demonio que agonizaba, completamente indiferente. La normalidad, aquí, incluía masacres callejeras.

Alastor observó, primero con incredulidad, luego con un nerviosismo que se transformó en resignación. Si eso era lo normal, él también podría actuar con normalidad. Respiró hondo, se ajustó la corbata-notó que tenía una salpicadura de sangre-, y comenzó a caminar. Intentó imitar la despreocupación de los demás, pero su cuerpo seguía siendo torpe. No estaba acostumbrado a su altura, a la longitud de sus piernas. Miró demasiado hacia adelante y no abajo.

Su pezuña tropezó con algo blando. Alastor miró hacia abajo y contuvo un grito. Había tropezado con un cuerpo doblado en un ángulo imposible, cubierto de sangre y heridas profundas. Iba a seguir, a fingir que no lo había visto, cuando algo en el rostro del tipo-demasiado pálido, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla-le resultó extrañamente familiar.

Con manos que temblaban levemente, sacó la foto arrugada de su bolsillo. La comparó con el rostro ensangrentado en el suelo. Los ojos entornados, la forma de la nariz, la cicatriz... era él. Era él. Un alivio tan intenso que casi lo hizo desmayarse lo inundó. ¡Lo había encontrado! ¡O, más bien, el caos lo había encontrado por él!

Miró a ambos lados. Nadie parecía interesado. Con un esfuerzo, agarró al cadaver por los brazos-el cuerpo era pesado, inerte-y comenzó a arrastrarlo fuera de la calle principal. Entró en un callejón estrecho y maloliente, aparentemente desierto, y dejó al cuerpo caer con un golpe sordo contra la pared.

Ahora qué. Había "cumplido". Pero ¿cómo volvía? No tenía idea de dónde estaba, ni de cómo regresar al hogar de Rosie. ¿Tendría que esperar una semana aquí, junto a este cuerpo que no sabía si estaba muerto, desangrándose, o si se regeneraría pronto? El pánico empezaba a regresar cuando recordó. La cadena. La cadena invisible en su cuello que Rosie usaba para llamarlo.

Miró hacia su pecho, y como si su pensamiento la materializara, una cadena tenue, hecha de luz y destellos dorados, apareció contra su traje. La tomó entre sus dedos. Era fría, intangible y sólida al mismo tiempo. Tiró de ella, con suavidad al principio, luego con más fuerza, como si pudiera usarla como un de forma inversa a lo que Rosie había hecho con él. Nada sucedió. Solo sintió un leve tirón en su garganta.

Frustrado, se dejó caer al suelo junto al inconsciente pecador, abrazando sus rodillas. ¿Y ahora? ¿Y ahora?

De repente, la cadena se tensó por sí sola. Un jalón fuerte, insistentemente, como si alguien del otro extremo la hubiera recogido. Alastor, por instinto, se aferró al brazo del pecador con una mano mientras con la otra se sujetaba de la cadena. El mundo se desdibujó. No fue un viaje, fue un parpadeo. Un cambio de escenario instantáneo.

De la mugre y la penumbra del callejón, pasó a la opulenta y silenciosa entrada de la mansión de Rosie. El suelo era de mármol pulido, el aire olía a rosas muertas y cera de abejas. Alastor parpadeó varias veces, aturdido, la cabeza ladeada como un cervatillo confundido. Había... Aparecido. O lo habían hecho aparecer. Era increíble.

-Bueno, bueno. -una voz suave y sureña cortó su asombro. -Parece que nuestro cervatillo no solo sobrevivió, sino que trajo un premio.

Rosie estaba de pie en lo alto de la escalera principal, apoyada en la barandilla, observándolo con esa sonrisa perfecta y eterna. Llevaba un vestido nuevo, color pastel con bordados rojos, y sus ojos negros brillaban con algo que podría ser aprobación... o simple curiosidad morbosa.

Alastor se levantó rápidamente, soltando el brazo del pecador, que cayó al suelo con un ruido húmedo. Bajó la cabeza, la postura sumisa, esperando una reprimenda, un castigo, algo. Había causado una masacre, había usado un poder que no entendía... ¿estaría en problemas?

La risa de Rosie sonó, musical y fría, resonando en el amplio vestíbulo. -¡Oh, Alastor! ¡Qué sorpresa tan agradable! -bajó las escaleras con gracia, sus tacones haciendo clic contra el mármol. -No solo completaste la tarea, sino que lo hiciste en... ¿cuánto? ¿Menos de un día? Mis queridos anteriores... bueno, el más rápido tardó tres días, y volvió hecho trizas. Tú estás... un poco sucio, pero intacto. -Se detuvo frente a él, su perfume abrumador. -Muy bien hecho.

Alastor apenas podía creerlo. Lo estaban elogiando. Por... por eso. Un calor extraño y vergonzoso subió por su cuello. Asintió, sin atreverse a hablar.

-Vamos, relájate, querido. -dijo Rosie, notando su rigidez. -No voy a morderte... hoy. Has sido una mascota muy obediente. Ven, hablemos durante la cena. Me encantaría escuchar los... detalles de tu primera incursión.

Le dio la espalda y comenzó a caminar hacia el comedor. Alastor dio un paso para seguirla, pero luego se detuvo, mirando el cuerpo en el suelo.

-Señora Rosie... -su voz salió, por suerte, sin el filtro de radio, pero grave y vacilante. -Él... ¿qué hacemos con...?

Rosie se volvió, una ceja elegantemente arqueada. Luego, con un gesto casi despreocupado, hizo aparecer un estilete largo y afilado en su mano enguantada. Sin previo aviso, se inclinó y lo clavó profundamente en la frente del pecador, con un sonido crujiente y húmedo. El cuerpo ni siquiera se estremeció.

-Así nos aseguramos de que nuestro invitado duerma un poco más -dijo Rosie, limpiando la hoja en el costado de su vestido antes de hacerla desaparecer. -No te preocupes, querido. En el infierno, la muerte es más una sugerencia... pero una sugerencia que conviene seguir. Ahora, ven.

El comedor era tan opulento y mortuorio como el salón. Una mesa larga de madera oscura, cubierta con un mantel de encaje negro, velas altas que goteaban cera roja. Un solo plato humeante esperaba frente a la silla de Rosie. Para Alastor, no había nada. Se sintió aún más fuera de lugar.

-Siéntate. -ordenó Rosie, tomando su asiento. Alastor obedeció, en la silla frente a ella, las manos apretadas en el regazo. -Ahora, cuéntame. ¿Cómo fue? ¿Qué viste? ¿Qué... sentiste?

Alastor se encogió un poco en su asiento. Las palabras le costaban. Quería describir el miedo, la confusión, la fascinación por su poder... pero todo sonaba a quejas de niño. Y él ya no era un niño.

-Vamos, Alastor -dijo Rosie, cortando un trozo de lo que parecía ser un filete con un jugo demasiado oscuro. -Eres un adulto ahora. Compórtate como tal. Un adulto no se encoge. Un adulto habla con... confianza.

Adulto. Confianza. Alastor recordó sus intentos fallidos en la calle. Recordó los gestos, las posturas, las palabras que había ensayado. Respiró hondo, forzando sus hombros hacia atrás, enderezando la espalda. Imitó la forma en que Rosie sostenía el tenedor, con elegancia distante.

-La ciudad es... caótica -comenzó, su voz esforzándose por sonar firme. -Gente peleando por nada. Ruido constante. Suciedad. -Hizo un gesto con la mano, como despreciando todo aquello. -Encontré a su... objetivo por accidente. En medio de una... disputa menor.

-¿Una disputa menor? -preguntó Rosie, con una sonrisa intrigada. -Cuéntame más sobre esa disputa.

Alastor, embargado por un impulso de mostrarse competente, comenzó a hablar más rápido, incorporando algunas de las palabras que había oído. -Algunos miserables escorias comenzaron a molestarme, cuestionando mi presencia. Patéticos gusanos, pensando que podrían intimidarme. -Se le escapó un ademán que había visto, un movimiento de muñeca desdeñoso.

La sonrisa de Rosie se congeló por una fracción de segundo. Luego, bajó lentamente el tenedor. -¿Miserables escorias? ¿Patéticos gusanos? -repitió, su voz era seda sobre hielo.

Alastor asintió, un poco confiado. -Sí. Así hablan todos allí. Es... el vocabulario de la calle.

-Ah -dijo Rosie, y su sonrisa se volvió peligrosamente dulce. -El vocabulario de la calle. Qué... vulgar.

Antes de que Alastor pudiera reaccionar, Rosie hizo un leve movimiento con el dedo índice. La cadena invisible-o no tan invisible ahora-que colgaba del cuello de Alastor se tensó brutalmente y lo jaló hacia adelante. Su rostro se estrelló contra la dura superficie de la mesa de madera, con un golpe seco que hizo retumbar los platos. El dolor explotó en su nariz y frente, brillante y agudo. Las lágrimas brotaron instantáneamente, pero la sonrisa las mantuvo contenidas, creando una horrible contradicción en su rostro.

-Escúchame bien, cervatillo. -la voz de Rosie era un susurro venenoso, justo a su oído mientras él yacía inmovilizado contra la mesa. -En esta casa, no tolero la vulgaridad. El lenguaje soez es para la chusma, para los pecadores sin clase que se pudren en las cloacas del Pentagrama. Tú perteneces a mi casa. Eres mío. Y lo mío tiene estándares.

La presión de la cadena cedió un poco, permitiéndole respirar. Rosie se recostó en su silla de nuevo, como si nada hubiera pasado, tomando un sorbo de vino oscuro.

-Si sientes la necesidad imperiosa de insultar -continuó, en un tono casual, casi pedagógico-, lo harás como es debido. Con sofisticación. Un insulto bien elaborado hiere más y demuestra superioridad. En lugar de "miserable escoria", prueba con "qué pena que tu existencia sea tan insustancial como la sombra de un gusano". En lugar de "patético gusano", dile "tu presencia es tan redundante como un eco en un vacío". ¿Entendido?

Alastor, aturdido, con la cara aún dolorida contra la madera, apenas podía procesarlo. ¿Era... una lección? ¿Después de casi romperle la nariz? Asintió lentamente, el movimiento incómodo.

-Bien -dijo Rosie, satisfecha. -Ahora, siéntate derecho. Y terminemos esta charla agradable. Mañana tendrás una nueva tarea. Algo un poco más... desafiante.

Alastor se incorporó con dificultad, sintiendo cómo un hilo de sangre-su sangre-corría desde su nariz hasta su labio superior, mezclándose con la sonrisa permanente. Se limpió con la manga, manchando el rojo impecable de su traje con un carmesí más oscuro.

Mientras Rosie volvía a su comida, hablando de trivialidades infernales, Alastor la miraba, y un solo pensamiento giraba en su mente infantil, nítido y confundido:

Los adultos son muy, muy extraños.

Notes:

... A menos que que la Querida Rosie diga lo contrario"

Hola a todos! Aquí voy a dejar algunos detalles sobre este capítulo;

Ya que Alastor aquí murió en los años 20, en el infierno hay pecadores de los años 20 para atrás, y de acuerdo a eso estuve buscando palabras que se consideraban "vocabulario vulgar" en esas epocas, pero casi nada me convencía así que las "palabras groseras" que aprendió Alastor, las termine sacando de Chatgpt así que no aseguro que aquellas palabras sean coherentes con la época. De todas formas aquí voy a dejar una pequeña lista de significados;

1. Maldito engendro de Sins: Abominación maldita nacida de los Siete Pecados Capitales.

2. Escoria de la Séptima: Lo peor de lo peor del séptimo círculo/infierno.

3. Larva de Leviathan: Gusano repulsivo/inmaduro, siervo o hijo del demonio Leviatán (envidia/caos abisal).

4. Piltrafilla: Despojo patético, persona insignificante y débil (insulto coloquial español de España, de bronca diaria).

Otra cosa es que el capítulo al inicio iba a ser más corto, sin embargo los borradores jamás me convencían del todo así que creo que lo reescribí cerca de 5 o 6 veces y la trama se alargo hasta superar las 6000 palabras. ¿Los siguientes capítulos serán igual de largos? Probablemente.

Además este capitulo tenía planeado tenerlo listo para finales de diciembre de 2025, pero durante ese tiempo me estuve enfocando en terminar y avanzar otras historias. ¿Está historia la actualizaré regularmente? Lo único que les puedo asegurar es que intente actualizar una o dos veces al mes ya que por el momento mi concentración está puesta en avanzar otras historias.

Y que les pareció el capitulo?

Nos vemos en la siguiente actualización, bye!

Notes:

Hola de nuevo, aquí vamos con la segunda parte de esta historia!

Algunas aclaraciones;

Para mayor contexto del tipo de relación que tiene Rosie y la familia materna de Alastor, la idea era básicamente que en la epoca de la esclavitud los antepasados de Alastor invitaron e hicieron un trato con Rosie que consistía en, a cambio de su libertad, todos sus descendientes que terminarán condenados al infierno se convertirían en fieles sirvientes de Rosie.

Cambiando de tema, en el próximo capítulo veremos la "primera lección" de esta guía.

Si la historia les gustó por favor dejen un kudo o un comentario ¡Gracias por leer!

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