Chapter Text
Habían pasado cinco meses desde que Ochako Uraraka había cruzado por primera vez las puertas del palacio.
Cinco meses bastaron para que su nombre comenzara a rebotar por los pasillos con júbilo, envuelto en sonrisas expectantes y murmullos cargados de ilusión.
Bakugo estaba empezando a odiar cada una de esas voces.
La forma en que pronunciaban su nombre como si fuera una promesa.
Como si el palacio entero se hubiera puesto de acuerdo en celebrarla.
Para algunos, Ochako era tema de conversación constante: hablaban de su amabilidad, de cómo se esforzaba por aprender los nombres de todos, desde nobles hasta sirvientes, como si cada uno mereciera ser visto. Otros suspiraban al mencionar su belleza, jurando que había una pureza casi dolorosa en su mirada; que sus ojos grandes, de cierva, podían desarmar a cualquiera que se atreviera a sostenerlos demasiado tiempo. Y estaban también los exagerados —los peores—, los que la comparaban con un ángel caído del cielo para bendecir al reino.
Pero nada le revolvía el estómago como esos comentarios.
Los que se decían en voz baja, con emoción apenas contenida.
Los que especulaban sobre una boda.
Y no era solo el palacio.
El reino entero parecía haberse apropiado de la historia.
Paparazzis y periódicos habían hecho lo suyo: fotografías robadas, titulares sugestivos, sonrisas congeladas en tinta como si fueran pruebas irrefutables de un destino ya escrito.
Justo uno de esos periódicos descansaba ahora entre las manos de Katsuki.
En la imagen, Ochako sonreía ampliamente, luminosa, mientras Izuku caminaba a su lado con una expresión más cautelosa. Era una de sus citas, capturada desde lejos, sin permiso, sin contexto.
El titular gritaba con descaro:
“¿Estamos viendo a nuestra próxima reina?”
Katsuki arrugó el papel con fuerza y lo lanzó directo al bote de basura, acompañado de un gruñido bajo.
El corazón le latía con violencia en el pecho, como si cada golpe quisiera recordarle algo que se negaba a aceptar.
—Hermano, si sigues haciendo eso se te va a derramar el ojo.
Bakugo giró de golpe, sintiendo el leve crujido de su cuello, y se encontró con una figura alta y robusta acercándose a él. El cabello rojo brillante contrastaba con la preocupación evidente en su mirada.
—Déjame en paz, cabello de mierda —escupió antes de echar a andar por el pasillo.
Kirishima trotó a su lado, esforzándose por igualar su paso acelerado.
—No seas tan agresivo, Bakubro, solo vine a verte —dijo, intentando aligerar el ambiente con una sonrisa.
Katsuki lo miró de reojo.
—¿No deberías estar patrullando el frente del castillo?
—Nah, es turno de Denki —respondió encogiéndose de hombros.
Bakugo chasqueó la lengua y siguió caminando. Eijiro no se quedó atrás.
—¿Cómo estás? —preguntó el pelirrojo, esta vez con menos ligereza.
—¿Cómo estoy? —Katsuki soltó una risa seca—. De maravilla.
—Vamos, amigo. De verdad.
Kirishima apoyó una mano en el pecho de Katsuki para detenerlo. Bakugo se la apartó de un manotazo, pero se quedó quieto, girando por completo hacia él.
—¿Qué quieres que te diga, Kirishima? —gruñó—. ¿Que estoy excelente? ¿Que reboso de alegría?
La ira se filtró en su voz, espesa, peligrosa.
—No preguntes estupideces.
Kirishima guardó silencio un momento, observándolo con atención, como si midiera cada palabra antes de pronunciarla.
—Las noticias vuelan… ¿no? —intentó, con una sonrisa nerviosa.
—¡Cinco meses! —rugió Katsuki—. ¡Cinco putos meses y el mundo entero ya cree que tenemos a una futura reina!
Kirishima soltó el aire despacio, sin responder de inmediato.
No parecía sorprendido. Tampoco incómodo.
Solo cansado.
—No es solo el mundo —dijo al fin—. Es la corte.
Katsuki apretó la mandíbula.
—Claro que lo es.
—Los consejeros están tranquilos —continuó Kirishima mientras caminaban lado a lado—. Demasiado. Dicen que el príncipe se ve… estable. Que ella es bien recibida por el pueblo. Que juntos proyectan algo que el reino llevaba años necesitando.
Bakugo dejó escapar una risa seca, sin humor.
—Una imagen.
—Una narrativa —corrigió Kirishima—. Y ya sabes cómo se aferran a eso.
Avanzaron por el pasillo. Los vitrales dejaban entrar una luz limpia, casi insultante, que no hacía más que subrayar el peso que se les acumulaba en el pecho.
—Hablan de la señorita Uraraka como si fuera una solución —añadió—. Como si su sonrisa pudiera reparar años de tensión política.
—Y de Izuku como si fuera una pieza que por fin encaja —gruñó Katsuki—. Como si no fuera una persona.
Kirishima lo miró de reojo, serio ahora.
—Él quiere hacerlo bien.
Bakugo no respondió de inmediato. Sus pasos se volvieron más lentos.
—Siempre quiere hacerlo bien —dijo al final—. Incluso cuando eso le cuesta algo que nunca debió tener que entregar.
Kirishima asintió, sin presionar.
Nunca lo hacía.
—La corte espera que esto avance —continuó—. Reuniones, apariciones públicas, visitas conjuntas… Ya hablan de compromisos. No ahora, pero como una posibilidad real.
Katsuki cerró los puños.
—Cinco meses —repitió, más bajo—. Y ya lo están empujando hacia un futuro que ni siquiera sabe si quiere.
—Tú no sabes eso —dijo Kirishima con cuidado.
Bakugo se detuvo en seco. Giró hacia él, una punzada incómoda encogiéndole el estómago.
Kirishima se recargó contra la pared y cruzó los brazos.
—Los he visto, cuando patrullo —suspiró—. No me gustaría decirte esto, pero no creo que esté actuando.
Hizo una pausa.
—Creo que hay algo genuino ahí.
Bakugo no lo negó.
—Eso es lo que más me jode.
Kirishima lo miró de frente entonces. Sin juicio. Sin morbo. Sin preguntas que no pudiera responder. Solo verdad.
—¿Has hablado con él?
Había preocupación sincera en su mirada.
—Claro que no —bufó Katsuki—. Lo he evitado como la maldita plaga.
Se recargó también en la pared, frente a él.
—No puedes hacer eso siempre —señaló Kirishima—. Esto está creciendo, y tú eres importante para la corona. En algún momento te van a necesitar.
Katsuki se pasó ambas manos por el rostro y soltó un suspiro exasperado, sintiendo cómo la situación comenzaba a rebasarlo.
—Escucha —dijo Eijiro—. Nadie en la corte sabe lo que tú sabes. Nadie ve lo que tú ves cuando él sonríe… y aun así carga con todo eso.
Hizo una pausa.
—Yo sí lo sé.
Katsuki lo miró, apenas sorprendido.
—Y no voy a decirte que esté bien ni que lo aceptes —continuó Kirishima—. Solo quiero que sepas que no estás loco por sentirte así. Ni egoísta. Ni débil.
El silencio se asentó entre ellos. Denso, pero firme. Como una promesa que no necesitaba palabras.
—La corte quiere un rey funcional —añadió—. El pueblo quiere una reina amable. Pero Izuku… —sonrió con tristeza— Izuku solo quiere hacer lo correcto sin perderse en el intento.
Bakugo desvió la mirada.
—Y yo no sé cómo carajos verlo caminar hacia eso sin romper algo.
Kirishima trato de buscar sus ojos.
—Entonces no lo hagas solo.
Bakugo no respondió.
Pero por primera vez desde que había visto el periódico, su respiración se estabilizó un poco.
El sonido de pasos sobre la madera hizo que ambos se apartaran de la pared de inmediato, enderezando la postura con una precisión aprendida a base de años.
Una figura alta y recta avanzaba hacia ellos con pasos decididos, ajena —o fingiendo estarlo— al peso que flotaba en el aire.
—Joven Bakugo.
Sasaki se detuvo frente al rubio, una ligera sonrisa profesional acomodándose en su rostro.
—Me alegra encontrarlo. El rey requiere de su presencia.
Katsuki sintió cómo todo su cuerpo se tensaba, como si el palacio mismo hubiera decidido alcanzarlo antes de que pudiera recomponerse.
—Me retiro a patrullar.
La voz de Kirishima lo sacó de su breve trance.
—Con permiso.
Sasaki hizo un leve gesto de asentimiento, reconociéndolo. Bakugo no giró para verlo marcharse; solo escuchó cómo sus pasos se alejaban por el pasillo, dejándolo solo con lo inevitable.
—Por favor, acompáñeme —dijo Sasaki, dándose la vuelta.
Bakugo lo siguió en silencio. Atravesaron los amplios corredores del palacio, las habitaciones abiertas, los techos altos que parecían observarlo todo, hasta detenerse frente a la puerta del despacho real.
El rubio soltó un suspiro bajo y cruzó el umbral. Sasaki cerró la puerta tras ellos, concediendo una privacidad que se sentía más como un encierro.
Bakugo se sorprendió no solo al ver al rey Yagi sentado tras el escritorio, sino al notar que a su lado se encontraba también la reina Inko, con su habitual sonrisa cálida, casi tranquilizadora.
—Qué gusto verte, joven Bakugo —dijo Yagi—. Por favor, toma asiento.
Señaló la silla vacía frente a él.
Katsuki avanzó con pasos lentos, como si llevara plomo en los pies, y se dejó caer en el asiento con una pesadez contenida. Cada músculo de su cuerpo permanecía tenso, alerta, como si el ambiente pudiera romperse en cualquier momento.
—¿Cómo puedo servirle, Su Alteza?
Yagi soltó una risa suave ante la formalidad y se recargó en su silla, con un brillo amable en la mirada.
—Estamos solos, joven Bakugo. No es necesaria tanta ceremonia.
Bakugo asintió de forma rígida.
Guardó silencio, esperando que fueran ellos quienes hablaran… y que aquello terminara pronto.
—Katsuki —dijo Inko, esta vez con voz serena—. Te citamos porque hay una tarea importante que nos gustaría asignarte.
Bakugo alzó ligeramente el mentón.
—¿Todo está bien?
—Por supuesto —respondió ella sin dudar—. No es nada propiamente negativo. Solo… algo que requiere atención.
Katsuki asintió con cautela.
—¿Cómo puedo ayudarles?
Yagi intercambió una breve mirada con Inko antes de hablar.
—Suponemos que habrás notado el revuelo que la señorita Uraraka ha provocado en el reino con sus recientes apariciones.
El nombre cayó como un peso en el pecho de Katsuki. Apretó la mandíbula, intuyendo con una mezcla incómoda hacia dónde se dirigía la conversación.
—Y, como era de esperarse —continuó Yagi—, la corte ha solicitado una cena formal para conocer a nuestra joven promesa.
—El inconveniente con la señorita Uraraka —intervino Inko con suavidad— es que no está adecuadamente instruida en lo que respecta a modales y etiqueta cortesana.
Hizo una breve pausa, eligiendo sus palabras con cuidado.
—Creemos que se debe a la naturaleza práctica de su labor administrando el puerto del sur, pero para este tipo de eventos… la corte exige cierta delicadeza.
—¿Presentarla ante la corte? —cuestionó Katsuki, frunciendo el ceño—. Creí que eso solo eran rumores. ¿Por qué llevarla ahora?
—Y lo siguen siendo —aclaró Yagi—. Pero la realidad es que la señorita Uraraka continúa siendo una de las figuras más relevantes entre las familias aristocráticas. Es importante que establezca relaciones con quienes sirven a nuestra nación.
—Entonces ¿por qué no va la señora Uraraka? —replicó Katsuki de inmediato—. Ella es quien realmente dirige el puerto.
Inko apretó ligeramente los labios antes de responder, con una preocupación que no intentó ocultar.
—No es solo por el puerto, Katsuki —dijo en voz baja.
El aire se tensó.
—Esta cena —retomó Yagi con cautela, como si avanzara sobre terreno frágil— puede no significar nada más que un encuentro formal entre la corte y una joven promesa.
—O puede significarlo todo —replicó Katsuki, la voz tirante.
Inko dio un par de pasos hacia él, entrelazando las manos frente a su cuerpo.
—No pretendemos ponerte en una posición incómoda —dijo con honestidad—. ¿Recuerdas lo que hablamos? Si no te sientes cómodo, puedes negarte a lo que vamos a pedirte.
—Sin embargo —añadió Yagi—, no puedo dejar de señalar la atención que esa decisión atraerá por parte de la corte.
Katsuki alternó la mirada entre ambos. Un ligero mareo le cerró la garganta, como si la decisión ya estuviera tomada por alguien más… y él solo estuviera siendo arrastrado.
—¿Cómo puedo servirles? —repitió, esta vez con la voz tensa.
Inko respiró hondo antes de responder.
—Nos gustaría que instruyeras a la señorita Uraraka —dijo al fin—.
Para la cena con la corte, dentro de un mes.
