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El Clérigo nunca va solo

Chapter 7

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Al día siguiente Will no encontró a Boris temprano en la cocina, por lo que se sintió un poco más liviano. Pudo realizar una comida más decente e intentó recordar que, de ahora en adelante, sería mejor usar camisa en la mañana.

Se encontraba terminando de cocinar cuando su celular sonó, contestó y lo colocó en altavoz mientras terminaba su rutina diaria:

—¡Buenos días, mi querida Dungeon Master! — respondió Will sin mirar el celular, era la única (aparte de Max), que lo llamaba a esas horas.

“4:45 a.m.” miró el reloj de la cocina.

—¡Buenos días, mi Clérigo! Recuerda que quedamos hoy en The Stardust Tavern, siete en punto. Hoy tenemos una nueva campaña y necesito que estés preparado.

—Siempre estoy preparado para seguir sus órdenes— a Lena le encantaba sentirse querida y admirada, y a Will no le molestaba sonar meloso con ella. 

Continuaron divagando sobre el juego un rato más. Mientras Will le comentaba que quería iniciar a un nuevo miembro y ella se emocionaba. El Clérigo obvió el pequeño detalle de que ese alguien sería su Gabriel, no quería contarle eso a su amiga por celular, esperaría a la noche.

Justo cuando Will estaba batiendo los huevos, la puerta de la cocina se abrió con un chirrido. Richie apareció primero, frotándose los ojos, haciendo que sus lentes se corrieran hacia arriba; y bostezando, claramente recién levantado. Detrás suyo, Boris estiraba sus brazos y espalda, mientras Mike se frotaba la cara con ambas manos, pero se detuvo abruptamente al escuchar el tono de Will.

Sus ojos se clavaron en el castaño, que estaba sin camisa, con los músculos de la espalda y los brazos marcados por el movimiento al cocinar, concentrado en la sartén. Will no parecía notar la mirada de los tres. Y siguió divagando (muy meloso) con Lena.

Los trillizos tuvieron reacciones similares, todas impulsadas por un mismo sentimiento que solo Boris supo darle nombre. Sus mandíbulas tensas, espalda recta, piel que quema. El primero en hablar fue Mike:

—Buenos días, William.

Will se sobresaltó, los miró y le balbuceo una despedida rápida a Lena antes de voltearse y responderles con unos:

—¡Buenos días, Wheerlers!

Los tres chicos tomaron eso como una invitación y se adentraron a la cocina buscando comida y realizando cada uno su plato. Will sintió algo tenso en el aire, lo que acentuaba el silencio de Richie.

El trillizo mayor rompió el incomodo momento:

—Ayer hablamos después de que te fuiste. No nos has pedido nada por dejarnos vivir aquí y no parece justo. Queremos dividir gastos y las tareas del hogar.

—Oh… realmente no lo había pensado. Está bien. Podemos hablar más a fondo de eso o ¿ya lo tienen ordenado? — le respondió suavemente el Will a Boris.

—Ya tenemos un esquema, pero queremos saber tu opinión —intervino Mike, mientras todos se sentaban a comer.

—¡Yo quería seguir siendo una esposa mantenida! —comentó Richie melodramático, llevándose un golpe suave en la cabeza por parte de Mike. Y una mirada fastidiada de Boris.

Hablaron un poco más de ello y a Will le gustaba la distribución. Le tocó manejar el dinero de las compras y sus ayudantes serían Mike y Richie. Aunque, hubiese preferido a Max.

Después de tanta charla el castaño se terminó de arreglar, hoy iría de acuerdo con la ocasión: llevaba un suéter de D&D nuevo. Se le veía bien, era un morado oscuro, rayando en el negro, con un hermoso dibujo de un Pícaro con una corona en sus manos.

Cuando él salió de la casa se topó con la sorpresa de que ahora no era una sola figura que lo esperaba frente al automóvil, sino tres.

Richie estaba apoyado en el capó, con una sonrisa fácil y una taza de café en la mano. Mike revisaba su celular, mochila al hombro, como si llevara años haciéndolo ahí. Boris, en cambio, estaba de pie, con los brazos cruzados, observando el cielo aún oscuro del amanecer.

La escena era… demasiado familiar. Lo que hizo que el estómago de Will se tensara y se encontró con la idea de que esa sensación había sido persistente desde que ellos aparecieron.

Will se detuvo un segundo en el umbral.

Dos días.

Solo dos días, y ya se sentía como si nunca se hubieran ido. Sentía que una risa amarga se quedaba atravesada en su garganta, porque esta escena era uno de sus mayores anhelos en su juventud. Nunca había querido despegarse de este grupo y ahora no los quería cerca. Sentía que podrían descuadrar su vida.

—¿Listo, mi pintor torturado? —dijo Richie, animado—. Prometo no quejarme del tráfico.

—No voy a pasar por tu edificio —respondió Will con calma, sacando las llaves, no quiere ser grosero, pero si sigue siendo amable no podrá pararlos—. Te bajas antes.

—Eso hiere mis sentimientos —dramatizó Richie, abriendo la puerta trasera—. Pero lo aceptaré.

Mike se subió sin decir nada, asiento del copiloto, como si ese lugar le perteneciera por derecho adquirido. Boris fue el último, cerrando la puerta con un golpe seco.

El motor arrancó.

Durante los primeros minutos nadie habló. El cielo comenzaba a aclararse, y la carretera se desplegaba frente a ellos como una cinta conocida. Will manejaba con ambas manos firmes en el volante, la mirada fija al frente.

Y su cabeza… era un caos.

Gabriel. El “casi” beso. Los trillizos en su auto. La manera en que lo había mirado como si no existiera nadie más. Dustin, Lucas y Max conversando con él animadamente. La ligereza que había sentido al estar con él. Boris esperándolo luego del club de Arquería. Nuevo. Richie pintando. Limpio. Mike a su lado. Sin historia.

No quería mezclarlos. No quería que Gabriel se contaminara con el pasado, con los silencios que nunca había sabido explicar. Con esa versión triste de Will, que, si bien aún el castaño estimaba, hería a su amado nuevo yo.

—Entonces —dijo Richie, rompiendo el silencio—, hoy tengo clase cerca de la suya. Me bajo ahí y me quedo viendo cómo funcionan las cosas. Puro interés académico.

—Claro —respondió Will de manera monótona.

Boris giró ligeramente la cabeza para mirarlo.

—¿Dormiste bien? —preguntó, con un tono neutro, demasiado controlado.

Will asintió.

—Sí.

No añadió nada más.

Mike lo notó. Siempre lo notaba. Desde niños había sido así y que aún lo pudiese hacer hizo que la bilis le subiera a la garganta a Will.

—Hoy tenemos Electrónica Analógica I juntos —comentó Mike, como recordatorio más que como conversación. Aunque su mirada era inquisitiva.

—Lo sé — otra respuesta corta.

Will sentía esa presión conocida en el pecho, como si su espacio se encogiera un poco más con cada palabra compartida. Los quería. A su manera. Pero también había dejado atrás esos sentimientos por una razón.

Se preguntó si podría con esto.

Y los trillizos se maldecían solitos, conocían muy bien a Will. Los cuatro habían hechos juramentos, planes para el futuro. Una parte de ellos esperaban que el castaño los recibiera con los brazos abiertos, como si el tiempo, la soledad, los silencios y las promesas rotas fueran algo ligero para el vínculo que tuvieron.

Ya se estaban dando cuenta que no.

Se sentían estúpidos.

Cuando el auto se detuvo para que Richie bajara, este se inclinó hacia adelante.

—Oigan —dijo, bajando la voz—. ¿Vamos a almorzar juntos luego?

Will dudó apenas un segundo.

—No creo —respondió—. Tengo cosas que hacer.

No explicó cuáles. No se disculpó. Richie parpadeó, sorprendido, pero luego sonrió. Tenía que volver a ganarse la confianza de su viejo amigo.

—Claro. Otro día entonces.

Cuando se bajó y cerró la puerta, el silencio volvió a instalarse. Esta vez más pesado. Boris observó a Will de reojo.

—Estás distante —dijo, finalmente. Sin ningún tipo de reparo. Y el aludido intentó no mostrar ninguna reacción:

—No se puede estar distante de alguien con quien no hablas.

Mike no dijo nada, pero miró por la ventana, mandíbula tensa. Boris asintió lentamente. El calor subió rápidamente entre los tres jóvenes. Will movía las manos nerviosas por el timón, con la boca seca luego de su declaración.

El campus apareció a lo lejos. Will respiró hondo. Amaba lo que había construido aquí.
Su rutina. Sus espacios. Sus secretos. Y por primera vez desde que llegaron, tuvo miedo de que todo eso se le escapara de las manos.

Las últimas clases pasaron como una sucesión de voces y pizarras que Will apenas registró. Tomó apuntes, respondió cuando fue necesario, caminó entre edificios con Mike y Boris… pero su mente estaba en otro lugar. En el sonido de la cuerda tensándose. En la respiración controlada antes del disparo. En el silencio preciso que solo encontraba en un sitio del campus.

Cuando salieron del último salón, Will ya tenía la decisión tomada. Giró sobre los talones y se perdió entre la gente antes de que alguno pudiera decir algo más. Mike frunció el ceño y les preguntó a sus hermanos:

—¿A dónde va tan rápido?

Boris observó la dirección en la que Will había desaparecido, pensativo.

—No lo sé —respondió, serio.

Richie, que se había sumado a ellos con la excusa de “caminar juntos”, sonrió de lado.

—Entonces… ¿vamos a seguirlo?

En ese momento fueron interceptados por Lucas, Max y Dustin. El último les informó que sus vehículos habían llegado y deberían ir por ellos.

Así el plan de los trillizos de seguir a Will fracasó antes de empezar.

El club de arquería estaba más animado de lo normal. No por la práctica en sí, sino por el chisme. Will sentía que lo miraban más de lo acostumbrado, pero no dijo nada.

Se limito a practicar, hablar con sus compañeros y con Gabriel, quién estaba muy pegado a él el día de hoy y eso le gustaba. No hablaron de salir oficialmente, pero Will estaba expectante, pues el rubio había dicho “querer hacer las cosas bien”.

Al terminar la práctica se encontró con Lena, Ethan y Marcos en la puerta. Antes de irse se acercó al rubio.

—Iré a jugar D&D, ¿quieres acompañarnos?

—Hoy no puedo —se notaba la tristeza en su voz. Will no pudo evitar sentirse decepcionado, pero no podía hacer nada. Gabriel era el capitán y tendría que quedarse hasta que el último miembro se fuese.

Se abrazaron y Will emprendió su viaje a The Stardust Tavern.

Al llegar el ambiente se sentía tranquilo. Se sentaron en una mesa cercana al mural del astronauta. Marcos fue el primero en hablar:

—¿No creen que sería bueno hacer este nuestro lugar oficial? Ya saben, para Club.

—Me gusta la idea. Así dejamos de solicitar un salón en la universidad— exhaló Lena—. Nunca había migajeado tanto por algo.

Los chicos decidieron ignorar las últimas palabras —falsas— de Lena.

—No me parece una mala idea, lo que si es que nos saldrá caro— comentó Ethan—. Cada vez que venimos tendremos que consumir.

—¡Odio ser estudiante universitario!

—¡Odio ser pobre!

Dijeron a la vez Marcos y Lena. Will les respondió:

—En la actualidad, es casi lo mismo.

Todos soltaron una risa estruendosa. Nadie los calló.

—Por cierto, Will. Dijiste algo de unir a alguien nuevo al grupo, ¿quién es? —indagó Lena. El Clérigo no pudo evitar que se le formara una sonrisa en su rostro. Una que sus amigos conocían de sobremanera.

—¿No nos está jodiendo? Di que no, por favor —Marcos estaba emocionado.

En lo que llevaban conociendo a Will nunca había tenido pareja, lo que era raro teniendo en cuenta que ofertas no le habían faltado.

—Ayer me invito a una fiesta— se escuchó un “uhhhh” proveniente de la party. Lo que hizo que las mejillas del Clérigo ardieran y no podía evitar que se le escaparan risas nerviosas mientras seguía—. Una fiesta del club, chicos, por favor. En ella me dijo que… pues, quiere jugar D&D.

—A ver, a ver, a ver… ¿quiere jugar D&D? o ¿quiere entrar al club nerd al cual perteneces para pasar tiempo contigo? — preguntó Marcos.

—Dijo que quiere ser mi Paladín.

Ahí las risas discretas se apagaron dándole paso a una expresión que nunca podría borrarse de la cabeza del Clérigo. Una felicidad contenida, genuina, aquella que rara vez puedes observar en las personas que amas.

Lena se llevó una mano al pecho como si acabaran de confesarle algo precioso.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir, ¿no? —preguntó, sus ojos brillaban—. O sea… tu Paladín.

Marcos soltó una risita, apoyándose en el respaldo de la silla. Parecía que no sabía que hacer con sus manos. Ethan se tapaba la boca con las manos, todos parecían querer reír de los nervios y la felicidad contenida. 

—Ok, ok, pausa —dijo Marcos con una amplia sonrisa—. No creo que lo haya dicho pensando en juramentos sagrados y votos eternos, pero…

Ethan asintió, divertido.

—Claro. Pero, es curioso que en términos de D&D, un Paladín no entra a una party porque sí —explicó, señalando a Will con el vaso—. Entra porque cree en algo. En alguien.

Will abrió la boca para decir algo, pero Lena se le adelantó, levantando una mano.

—Ojo —exclamó—. Todos sabemos que Gabriel probablemente lo dijo en plan romántico-nerd, no en plan “juro mi espada y mi alma”. Nadie está diciendo que ya te pidió matrimonio.

Will rio, soltando por fin los hombros. Por un momento tuvo miedo de haber expresado mal las intensiones de Gabriel y sería incomodo una vez estuviera con ellos.

—Gracias por aclararlo —murmuró.

—Pero —continuó Marcos, sonriendo de lado—, incluso sin saberlo del todo… eligió un rol que implica protegerte. Estar a tu lado.

El Clérigo bajó la mirada. Sentía una calidez suave que se le acomodó en el pecho, no quiso agregar que él sí le había explicado a Gabriel un poco de los roles.

—Supongo que… por eso me sonó distinto —admitió.

Lena le dio un codazo leve.

—Y porque te gusta, obvio.

—Mucho —aceptó Will, sin pelearlo.

Ethan levantó ambas manos, exagerado.

—Miren, yo solo voy a decir una cosa —anunció—: si alguien me mira a los ojos y me dice “quiero ser tu Paladín”, yo me caso inmediatamente. Sin dados. Sin tirada de salvación.

La mesa estalló en risas.

—¡Ethan! —protestó Lena entre carcajadas.

—¿Ves? —dijo Marcos—. Por eso no te dejamos jugar personajes con votos.

Will se rió con ellos, de verdad, sintiendo cómo la ansiedad se le iba aflojando del pecho. Estos momentos así lo hacían olvidar lo malo; otras veces, lo guiaban.

Se inclinó hacia atrás en la silla, todavía sonriendo, pero su mirada se quedó fija en un punto del mural del astronauta. Sus dedos jugaban distraídamente con el borde del vaso, girándolo una y otra vez.

El ruido del local volvió a colarse en sus oídos: conversaciones, platos chocando, una canción vieja que apenas reconocía. Todo era cálido, familiar… seguro.

Y, aun así, una parte de él seguía tensa, como si estuviera esperando que algo se rompiera.

Ethan lo observó en silencio unos segundos. Siempre había sido bueno leyendo esos pequeños gestos, incluso cuando Will fingía que todo estaba bien.

—Mucho amor en el aire, mi querido Clérigo —trató de sonar casual, divertido. Sabía que Will necesitaba decirle a alguien lo que ocurría por su mente—. ¿Cómo va tu misión secundaria?

El aludido se tensó ligeramente.

—¿Misión secundaria? —cuestionó Lena.

Marcos abrió un poco los ojos mientras aplaudía y dijo:

—¡Verdad! Tus nuevos-viejos amigos e inquilinos.

El Clérigo se pasó las manos por el cabello y dijo:

—Bueno, ellos parecen no considerarme un viejo amigo… sino… ¿un amigo?

Will se veía claramente frustrado. Sus amigos intercambiaron una mirada.

—Y eso te molesta —sentenció Ethan, estaba picando el terreno. El Clérigo solo pudo dedicarle una mirada apenada.

Rápidamente agregó Lena;

—No les debes nada Will. Sé que no hubo peleas, ni gritos… pero, eso no significa que no haya una herida.

—Lo sé, pero el tenerlos aquí… mi mente es confusa. Estoy viviendo mi antiguo sueño: estudiar con mis amigos de infancia, compartir espacios, recuerdos, sueños, clases… — hace un gesto con la mano —. Y solo con Max eso se siente correcto…

—Porque ella no te soltó — responde Ethan.

—Y con Richie…

—La comunicación es de doble vía Will — dijo de manera gentil Marcos.

Los ojos del Clérigo comenzaban a picar.

—Estoy frustrado… es como sentir que para ellos todos estos años separados no fueron nada. Cuando para mí fue difícil, muy difícil. Ellos siguieron siendo un grupo… sin mí… Y pienso: “Si no pasó nada grave, entonces tal vez no fui lo suficientemente importante para que se quedaran”.

Las lágrimas salieron con una familiaridad que lo asustó. Como si solo hubiera estado esperando el momento correcto para salir.

Sus amigos estaban molestos con aquel grupo desconocido. Conocían muy bien a Will como para saber que pasaba por su cabeza, era como un libro abierto para ellos. Y viceversa.

Se miraron entre ellos y asintieron. No podían resolver los sentimientos de su amigo, pero si acompañarlo en este proceso. Sabían que la antigua party de Will no eran malas personas, pero sí adolescentes estúpidos y era lo que dolía más. Era lo que le dolía más a Will: no poder odiarlos.

Lena no dijo nada. Solo acercó la silla un poco más a Will, lo suficiente para que su rodilla tocara la suya. Ethan abrió la mochila y sacó los dados. Marcos extendió el mapa sobre la mesa.

Nadie preguntó si quería jugar. Lo hicieron, dibujando así en el Clérigo una sonrisa. Su maga (Lena), su Monje (Marcos) y su Elfo (Ethan), estaban con él.

 

Notes:

Siento que estoy armando un drama que se me está escapando de las manos :o

Notes:

Bien, estoy nerviosa escribiendo esto.
Nunca había escrito un fic, espero que alguien lo disfrute. Yo disfruto escribiéndolo.
He tomado mucha inspiración de mis fics favoritos y quise plantear mi propia idea, mi propio mundo para estos personajes.
Quise hacer una historia de amor tumultuosa, pero por donde voy creo que mi amor por Will va ganando y solo quiero describirlo feliz... aunque sé que quiero meterle drama.
Si llegan por aquí, espero que lo disfruten.
Chau