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broken magic

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La Madriguera emergió entre la nieve como un cuadro de Navidad sacado de un cuento muggle.

La casa de los Weasley estaba inclinada de esa forma imposible que solo la magia podía sostener, con varias chimeneas humeantes que dibujaban espirales de humo gris contra el cielo plomizo. El tejado, cubierto por un grueso manto blanco, parecía a punto de deslizarse, pero llevaba así décadas sin que nadie se preocupara realmente. Las ventanas brillaban con luz cálida, ámbar y dorada, y desde el exterior ya se podía imaginar el olor a galletas recién horneadas, a leña ardiendo, a hogar.

El jardín estaba irreconocible bajo la nieve. Los habituales desastres de los experimentos de Arthur —restos de artefactos muggles desmontados, piezas de coches oxidados, alguna que otra trampa para gnomos— habían quedado ocultos bajo un manto blanco que todo lo igualaba. Solo los arbustos más altos asomaban como islas en un mar de nieve.

El grupo llegó en pequeños grupos dispersos, usando diferentes métodos para no levantar sospechas. Los mortífagos tenían ojos en todas partes, y la Orden había extremado las precauciones.

Harry había viajado con Arthur, en un incómodo pero efectivo viaje en sidecar de moto voladora. El viento helado le había azotado la cara durante todo el trayecto, y ahora sentía las mejillas ardiendo mientras entraban por la puerta trasera.

Ron, Ginny y Hermione habían llegado mediante la Red Flu, apareciendo en la chimenea del salón envueltos en hollín y toses. Hermione, sin embargo, se había ido directamente con sus padres para pasar las fiestas con ellos. La última imagen que Harry tenía de ella era su mano despidiéndose antes de desaparecer en una nube de polvo verde.

—¡Qué frío! —exclamó Arthur, sacudiéndose la nieve del abrigo en la entrada—. Este invierno está siendo especialmente cruel. No recuerdo uno igual desde... bueno, desde hace mucho.

Harry entró a la cocina y el calor lo golpeó como una ola bienvenida.

La cocina de los Weasley era un caos organizado, como todo en aquella casa. Las paredes estaban cubiertas de cacharros de cobre que colgaban de ganchos, y un reloj con nueve manecillas marcaba la ubicación de cada miembro de la familia. En ese momento, todas señalaban "hogar" o "trabajo", excepto la de Percy, que seguía obstinadamente en "¿¿??" desde su distanciamiento.

Molly Weasley revolvía una olla enorme en el fogón, y el aroma a estofado de ternera, patatas y verduras llenaba cada rincón con una promesa de confort. Sobre la encimera, bandejas enteras de galletas esperaban pacientemente ser devoradas.

—¡Harry, querido! —exclamó Molly al verlo, dejando la cuchara de palo para abrazarlo con esa fuerza maternal que solo ella tenía—. ¡Pasa, pasa, siéntate! Debes estar agotado con ese viaje tan incómodo. Arthur y sus inventos... ¿Has comido bien? ¿Necesitas algo? ¿Una manta? ¿Té? ¿Galletas?

—Estoy bien, Molly —respondió Harry, sonriendo a pesar del cansancio—. De verdad. El viaje fue... emocionante.

—No me digas eso. Los chicos siempre dicen que están bien y luego resulta que se están muriendo de hambre. Siéntate, siéntate.

Harry obedeció, ocupando un lugar en la mesa de la cocina, esa mesa enorme de madera desgastada donde había compartido tantas comidas, tantas risas, tantos momentos de familia.

Ron y Ginny entraron detrás de él, todavía sacudiéndose el hollín de las túnicas. Ron estornudó y una nube de polvo gris salió disparada.

—Mamá —dijo Ginny, con ese tono casual que usaba cuando iba a pedir algo y quería sonar despreocupada—, invité a un amigo a pasar las vacaciones.

Molly se giró, arqueando una ceja con curiosidad.

—¿Un amigo? ¿Qué amigo?

—Osamu Greengrass.

El nombre cayó en la cocina como una piedra en un estanque quieto.

El silencio duró solo un segundo, pero fue suficiente. Se podía cortar con un cuchillo.

Molly intercambió una mirada rápida con Arthur, que acababa de entrar por la puerta trasera sacudiéndose la nieve del abrigo y colgándolo en una percha que inmediatamente empezó a gotear sobre el suelo de piedra.

—¿Greengrass? —repitió Arthur, con curiosidad genuina mientras se frotaba las manos para entrar en calor—. ¿El hermano de Daphne? ¿El chico de Ravenclaw?

—El mismo —confirmó Ron, dejándose caer en una silla con un suspiro de satisfacción—. Le dijimos que viniera. No tenía planes para Navidad y... bueno, parecía que lo necesitaba.

—Ya veo —dijo Arthur lentamente, procesando la información—. Bueno, no hay problema. Mientras más, mejor. Siempre hay espacio en esta casa. Ya sabéis, encantamientos de expansión. Lo aprendí de un amigo.

Molly frunció los labios, pero no dijo nada.

—¿Cómo está el chico? —preguntó Arthur, sentándose también—. La última vez que lo vi... fue en el Ministerio, ¿no? En quinto. Qué día aquél.

Harry sintió un vuelco en el estómago.

El Ministerio.

Quinto año.

Sirius.

La batalla.

Las imágenes le vinieron a la mente con una claridad dolorosa. Los pasillos interminables del Departamento de Misterios, girando sobre sí mismos como un laberinto sin salida. Las profecías cayendo al suelo y estrellándose en mil pedazos. Los mortífagos por todas partes, sus máscaras blancas brillando en la penumbra.

Recordó a Osamu.

Lo recordó en medio de aquel caos, con la ropa manchada de sangre, pero aún así moviéndose, ayudando, estando ahí. Lo recordó cuando él mismo había salido corriendo detrás de Bellatrix, cegado por la rabia y el dolor después de ver a Sirius caer tras el velo, y Osamu lo había seguido. A pesar de las heridas. A pesar del peligro. A pesar de todo.

¿Por qué lo hizo? se preguntó Harry por enésima vez. ¿Por qué arriesgó su vida por mí?

—Está mejor —dijo Ron, encogiéndose de hombros mientras cogía una galleta de una bandeja cercana—. Bueno, dentro de lo que cabe. Siempre sale herido de alguna forma, ese chico. Es como si tuviera un imán para los problemas.

—No es que le guste —dijo Harry, casi sin pensar.

Todos lo miraron.

—Quiero decir... —se apresuró a añadir, sintiendo el calor en las mejillas—. No creo que le guste lastimarse. Solo... le pasan cosas. Está en el lugar equivocado en el momento equivocado. O algo así.

Harry frunció el ceño.

—Bueno —Molly volvió a su olla, aunque su expresión seguía siendo pensativa, casi preocupada—. Si viene, habrá que preparar algo especial. ¿Qué le gusta comer? ¿Sabéis algo de sus preferencias?

—Cangrejo —dijo Harry.

Otra vez todas las miradas sobre él.

—¿Cangrejo? —repitió Arthur, divertido, arqueando las cejas—. Vaya, no es lo que esperaba. ¿Cangrejo? ¿Así, en general?

—Sí. Le gusta mucho el cangrejo. Una vez me dijo que era su comida favorita. Bueno, no me lo dijo directamente, pero... lo sé.

—Pues cangrejo tendrá —decidió Molly, con esa determinación que solo las madres tienen cuando deciden que alguien necesita ser alimentado—. Aunque habrá que conseguirlo. No es fácil en invierno. Quizá en el Callejón Diagon tengan. O puedo pedirle a alguien de la Orden que...

—Yo puedo ayudar —se ofreció Harry rápidamente—. Si hace falta ir a comprarlo o lo que sea.

—Claro que sí, querido —Molly le sonrió con ternura—. Eres un buen chico, Harry. Siempre dispuesto a ayudar.

La conversación continuó, derivando hacia otros temas. Ron se quejó de la cantidad de galletas que había, Ginny le recordó que se iba a poner enfermo, Arthur contó una anécdota interminable sobre un enchufe que había intentado entender.

Pero Harry no podía dejar de pensar.

Osamu venía.

Osamu estaría aquí.

En la Madriguera.

Con él.

Durante las vacaciones.

Días enteros, pensó. Días enteros con él.

El estómago le dio un vuelco, pero no supo identificar si era de nervios o de emoción.

—Quería hablar con Remus —dijo Harry, cambiando de tema para no seguir pensando en ello—. ¿Está por aquí? Y Tonks también.

Arthur asintió, señalando con el pulgar hacia el interior de la casa.

—Sí, están en el salón. Hablando de... cosas de la Orden, supongo. Llevan un rato encerrados. Puedes pasar si quieres, no creo que les importe.

Harry se levantó.

—Gracias, Arthur.

—De nada, hijo. Y no te preocupes por lo de Osamu —añadió, con una sonrisa cálida—. Aquí siempre hay sitio para uno más. Ya lo verás.

Harry asintió y salió de la cocina, atravesando el pasillo hacia el salón.

---

Mientras tanto, en otro lugar

Osamu estaba en su habitación de la mansión Greengrass, sentado en el suelo con las piernas cruzadas y una mochila medio abierta frente a él.

La habitación era elegante, fría, impersonal. Muebles antiguos de madera oscura, cortinas de terciopelo azul, una cama con columnas que parecía sacada de otro siglo. Nada en ella delataba que alguien viviera allí realmente. Era más una habitación de hotel que un hogar.

Osamu metió ropa en la mochila con movimientos pausados. Nada especial. Camisas blancas sencillas, jerseys grises de lana, vaqueros negros. Nada que llamara la atención. Nada que pudiera delatar quién era realmente.

Mientras doblaba una camiseta con más cuidado del necesario —obsesivamente, casi—, comía un tazón de ramen humeante.

Ramen auténtico.

De Tokio.

Porque esa mañana, después de la fiesta de Slughorn, después de que Harry lo llevara a la enfermería, después de que Madam Pomfrey le curara la mano con pociones y reprimendas, había ocurrido algo inesperado.

Dobby había aparecido en su habitación.

Literalmente.

Un crack y el elfo estaba allí, con sus enormes ojos brillantes y esa sonrisa suya que siempre parecía a punto de hacer una travesura.

—¡Señor Greengrass! —había exclamado, sus orejas moviéndose de emoción—. Dobby tiene una idea. Una idea maravillosa. ¡Dobby quiere ir a Japón!

Osamu había arqueado una ceja.

—¿A Japón? ¿Ahora?

—Sí. Dobby quiere ver el lugar de donde viene el señor Greengrass. Dobby quiere conocer esa tierra lejana de la que tanto habla. Dobby quiere probar esa comida que huele tan bien.

—Dobby, son las dos de la madrugada.

—Dobby no entiende de horas. Dobby entiende de aventuras.

—No podemos ir a Japón así como así.

—Dobby puede viajar con magia élfica. Es especial. No como la magia normal de los magos. La magia élfica es... diferente.

Osamu había pensado en ello.

La magia élfica era antigua, poderosa, y funcionaba con reglas distintas. Quizás...

—Si voy contigo —dijo lentamente—, mi habilidad podría anularla. Es un riesgo.

Dobby había parpadeado.

—Oh.

—Oh.

Habían pasado diez minutos discutiendo opciones. Diez minutos en los que Dobby, con una determinación inquebrantable, había insistido en que funcionaría. Diez minutos en los que Osamu había intentado explicar los peligros de aparecer en medio de Tokio sin control.

Al final, Dobby había agarrado a Osamu de la mano con una fuerza sorprendente y había dicho:

—¡Dobby confía en el señor Greengrass! ¡Y el señor Greengrass debe confiar en Dobby!

Y habían desaparecido.

Aparecieron en medio de una calle de Shibuya.

O más bien, aparecieron encima de un coche.

El susto del conductor fue monumental. El hombre, un salaryman que volvía tarde del trabajo, casi se sale de la carretera al ver a un elfo doméstico y a un joven con vendas en las manos materializarse sobre el capó de su Toyota.

Dobby, emocionadísimo, no paraba de señalar cosas. Las luces de neón gigantes. Los carteles con caracteres japoneses. La gente caminando rápido a pesar de la hora. Un perro con un jersey a cuadros.

—¡Mira, señor Greengrass! ¡Luces de colores! ¡Gente! ¡Un perro con ropa! ¡Todo es maravilloso!

—Dobby —dijo Osamu, con una calma que no sentía—. Bájate del coche.

—¿Por qué?

—Porque el conductor está llamando a la policía.

—¿Policía?

—Sí. Esos señores con uniforme que llevan porras.

—Oh.

Al final, tuvieron que tomar un helicóptero de vuelta a Londres, ya que la magia de dobby no funcionaba.

Fue una historia larga, complicada, e involucró a un piloto muy confundido, varios documentos falsos, una explicación sobre "turistas japoneses muy perdidos que habían sufrido un accidente", y una cantidad de dinero que Osamu prefirió no recordar.

Pero valió la pena.

Ahora, sentado en el suelo de su habitación, con el tazón vacío a un lado y la mochila casi lista, Osamu miró su teléfono.

Los mensajes de Chuuya seguían ahí.

Sin responder.

Acumulándose.

Como todo en su vida.

Suspiró.

Desbloqueó el teléfono y escribió:

"Sigo vivo. Los intentos de suicidio siguen fracasando. No te emociones."

Envió.

Luego añadió:

"Voy a pasar Navidad con alguien raro. No preguntes."

Otro mensaje.

"Cuídate, chibi"

Guardó el teléfono.

No esperaba respuesta.

Pero cuando llegó, apenas un minuto después, no pudo evitar sonreír.

"No me llames asi, diota. Y no te mueras sin avisar. Odasaku se preocuparía."

"¿Y tú?" escribió Osamu.

"Jodete, yo mismo te matare"

Osamu guardó el teléfono.

Y siguió empacando.

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En la Madriguera, salón

El salón de los Weasley era un caos acogedor. Sofás desgastados por años de uso, una chimenea donde el fuego crepitaba alegremente, estanterías llenas de libros y cachivaches, y un árbol de Navidad tan cargado de adornos que parecía a punto de doblarse.

Remus Lupin estaba sentado en un sillón junto al fuego, con una taza de té humeante entre las manos. Tenía un aspecto terrible: ojeras profundas que le cruzaban el rostro como cicatrices, la ropa arrugada como si hubiera dormido con ella puesta, y un brillo en los ojos que delataba noches sin dormir, días sin descanso.

Harry se sentó frente a él.

Tonks estaba en el brazo del sillón de Remus, con el pelo de un color castaño apagado —inusual en ella, que siempre lo llevaba de colores vivos— y una expresión de preocupación mal disimulada.

—¿Voldemort escogió a Draco Malfoy para una misión? —Remus dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco—. ¿Estás seguro?

—Sí —dijo Harry, asintiendo con firmeza—. Lo oí claramente. Snape hizo un Juramento Inquebrantable con Narcissa Malfoy. Prometió ayudar a Draco si fallaba en lo que sea que tenga que hacer.

Remus guardó silencio un momento, procesando la información.

—Suena extraño —dijo finalmente, frotándose la frente con gesto cansado—. Draco Malfoy... es solo un chico. Apenas tiene dieciséis años.

—Harry, ¿estás completamente seguro? —preguntó Tonks, inclinándose hacia él—. Un Juramento Inquebrantable es algo muy serio. Si Snape lo hizo, significa que está dispuesto a morir por ello.

—Lo sé. Por eso estoy preocupado. Snape siempre ha sido leal a Dumbledore... ¿no?

Remus exhaló profundamente.

—Harry, ¿has pensado que tal vez Snape está fingiendo? Podría estar intentando ganarse la confianza de Draco. Para ver si realmente es leal a Voldemort. Para saber qué planean.

—No lo creo —insistió Harry, negando con la cabeza—. Lo vi. Lo escuché. No estaba fingiendo.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro? —la voz de Remus subió ligeramente de tono—. ¿Acaso puedes leer sus pensamientos? ¿Sabes lo que pasa por su cabeza?

—Remus... —empezó Tonks, con un tono de advertencia.

—No, en serio —continuó Remus, ignorándola—. Llevas todo el curso obsesionado con Malfoy, Harry. Siguiéndolo, espiándolo, convencido de que está tramando algo. Y ahora resulta que Snape, que ha dado su vida por la Orden durante años, de repente es el enemigo.

—No digo que sea el enemigo —protestó Harry—. Solo digo que...

—¿Qué? ¿Qué es lo que dices exactamente?

—Que está ayudando a Malfoy. Que hizo un juramento. Que eso significa algo.

Remus se levantó de golpe.

El movimiento fue tan brusco que Tonks tuvo que apartarse para no caer.

—¿Sabes lo que significa un Juramento Inquebrantable, Harry? —dijo, su voz más alta ahora, sus ojos fijos en los de Harry con una intensidad que dolía—. Significa que Snape está dispuesto a morir. ¿Y por qué haría eso alguien? ¿Por qué arriesgaría su vida?

—No lo sé. Por eso pregunto.

—¡Pues porque Dumbledore confía en él! —exclamó Remus, y el eco de su voz resonó en el salón—. Dumbledore lleva años confiando en Snape. Años dándole oportunidades, creyendo en su lealtad. Y si Dumbledore confía en él, nosotros también debemos hacerlo.

—Pero...

—¡No hay pero que valga, Harry! —Remus comenzó a pasear de un lado a otro, sus pasos rápidos, casi agresivos—. Estás obsesionado con Draco. Con los Malfoy. Y lo entiendo. Créeme, lo entiendo perfectamente.

Harry sintió un nudo en la garganta.

Sabía lo que venía.

—Bellatrix Lestrange mató a Sirius —continuó Remus, su voz más baja pero no menos cortante—. Y los Malfoy están relacionados con ella. Son familia política, comparten sangre, comparten ideales. Es normal que quieras verlos como enemigos. Es normal que quieras encontrar pruebas contra ellos.

—No es solo eso —dijo Harry, con esfuerzo, las palabras saliendo con dificultad.

—¿Entonces qué es? —Remus se detuvo frente a él, mirándolo fijamente—. ¿Qué más hay?

Harry abrió la boca.

Pero las palabras no salieron.

Porque en el fondo, sabía que Remus tenía razón en parte. Su odio por Bellatrix, su dolor por Sirius, la sed de venganza que a veces le quemaba el pecho... todo eso influía. Todo eso nublaba su juicio.

Pero no era solo eso.

Era más.

Era la certeza de que Draco estaba tramando algo. La certeza de que Snape estaba involucrado. La certeza de que algo muy oscuro se avecinaba y nadie parecía querer verlo.

—No lo sé —admitió finalmente, con voz queda—. Pero sé que Draco está tramando algo. Y sé que Snape está ayudándole. Lo sé.

Remus lo miró largamente.

Luego suspiró, y por un momento todo el aire pareció salir de su cuerpo.

—Mira, Harry —dijo, con voz más calmada pero aún tensa—. Necesitamos estar unidos. La gente está muriendo. Los mortífagos atacan casi a diario. Gente que conocíamos, gente que queríamos... desaparece. No podemos permitirnos dudar unos de otros sin pruebas sólidas. Sería nuestra perdición.

—Pero...

—Reúne pruebas —lo interrumpió Remus—. Investiga. Asegúrate al cien por cien. Y si descubres algo, háblalo con Dumbledore. Pero no tomes decisiones basadas solo en lo que crees haber visto. No te dejes llevar por lo que quieres creer.

Harry apretó los dientes.

Pero asintió.

—De acuerdo.

Remus asintió también, aunque su expresión seguía siendo tensa.

—Debo irme —dijo—. Hablar con algunos contactos. Ver qué más podemos averiguar.

—Remus... —empezó Tonks.

—No te preocupes. Volveré pronto.

Y sin más, salió del salón.

Tonks lo siguió, lanzando a Harry una última mirada que no supo interpretar. ¿Comprensión? ¿Advertencia? ¿Preocupación?

Se quedó solo.

O casi.

—¿Galletas?

Ginny apareció en la puerta con una bandeja humeante. Galletas de mantequilla recién horneadas, con trozos de chocolate asomando por los bordes y un aroma que hacía la boca agua.

—Gracias —dijo Harry, tomando una.

Ella se sentó a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.

—¿Todo bien?

—No —admitió Harry, mordiendo la galleta sin saborearla—. No mucho.

—¿Quieres hablar?

—Extraño a Sirius.

Las palabras salieron solas, como siempre que hablaba con Ginny. Ella tenía ese don. Hacerle decir lo que callaba.

Ginny asintió, con una expresión de comprensión que solo ella podía tener.

—Lo sé —dijo—. Y duele. Duele mucho. Pero va a mejorar.

—¿Cómo lo sabes?

— No lo se, pero tarde o temprano lo hara. Asi que por el momento solo olvidemos todo.

Harry la miró.

Ginny era linda. Muy linda. Con ese cabello rojo que parecía arder bajo la luz del fuego, esos ojos castaños que siempre parecían ver más de lo que decían, esa sonrisa que le llegaba al alma.

Pero no era...

No es Osamu, pensó.

Y sin embargo, cuando Ginny levantó la mano y acarició su mejilla con suavidad, Harry no se apartó.

El tacto de sus dedos era cálido, suave, reconfortante.

—Vas a estar bien —susurró ella.

—¿lo crees?

Se miraron.

Por un momento, el espacio entre ellos pareció encogerse. El ruido de la casa se desvaneció. Solo estaban ellos, el fuego, y esa sensación extraña de estar a punto de cruzar una línea.

Harry sintió algo.

Atracción, quizás.

Calor.

Ganas de...

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

Ginny también.

Sus labios estaban a centímetros de distancia.

Y entonces...

—¡TRAIGO MÁS GALLETAS!

Ron irrumpió en el salón con una bandeja enorme, las galletas apiladas en una torre precaria que amenazaba con derrumbarse en cualquier momento.

Harry y Ginny se separaron como si les hubieran lanzado un hechizo de desaparatación.

—Están buenísimas —dijo Ron, sin notar absolutamente nada, mordiendo una galleta con entusiasmo mientras migas volaban por todas partes—. Mamá se superó este año. Creo que está usando una receta nueva. Toma, Harry.

Le ofreció la bandeja.

—No, gracias —dijo Harry, con la voz ligeramente ronca.

—¿Seguro? Están de muerte. Literalmente. Si comes demasiadas, mueres de felicidad.

—Seguro.

Ron se encogió de hombros y siguió comiendo, ajeno al momento que acababa de interrumpir.

—Sabes —dijo, con la boca llena de una forma que habría hecho que Molly le regañara—, hay que aprovecharte ahora.

—¿Por qué? —preguntó Ginny, con un tono que Harry no supo interpretar.

Ron tragó ruidosamente.

—Porque cuando Osamu llegue, Harry va a estar pegado a él todo el tiempo. Como un cachorro con su dueño.

—¡No es cierto! —protestó Harry, sintiendo que las mejillas le ardían.

—Sí es cierto. Siempre estás detrás de él. Mirándolo. Siguiéndolo. Preocupándote cuando se lastima.

—Eso se llama ser amigo. Los amigos se preocupan.

—Se llama estar colgado —insistió Ron, con una sonrisa burlona—. Y tú estás más colgado que una cortina.

Ginny observaba la escena con una expresión que Harry no diferenciar.

—No estoy colgado —insistió Harry.

—Claro que no —dijo Ron, mordiendo otra galleta—. Y yo no como demasiado.

—Eso sí es cierto.

—¡Oye!

La discusión continuó, con Ron defendiendo su honor gastronómico y Harry negando lo innegable.

Pero en el fondo, en lo más profundo de su corazón, Harry sabía la verdad.

Osamu se había vuelto importante.

Muy importante.

Notes:

I am still new to this, I have changed several chapters and maybe I will continue to do so. I regret this maybe it is uncomfortable to read. I will translate it into English later, while I finish sixth year I want to thank those who have supported me in this, I hope you continue to do so. please comment, I would like to know your opinions and give a lot of love to this fic. I have a hard time writing it, I really do not know how to finish it.

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