Chapter Text
Hace mucho tiempo, mi maestra Rhinedottir me asignó una misión antes de dejarme a la deriva en este mundo: descubrir su significado. Junto a ese cometido, me confió el cuidado de una niña cuya alegría se mide en travesuras y explosiones constantes. Durante años, creí que la respuesta a esa gran incógnita sería un teorema complejo o una verdad oculta en lo profundo de la alquimia... No obstante, fue a través de los ojos de otros como comencé a vislumbrar que la verdad era mucho más simple de lo que imaginaba.
Frecuentemente, la sabiduría no emana de los antiguos tratados de alquimia, sino que se manifiesta en los rincones más imprevistos de la cotidianidad. Recuerdo con especial nitidez una tarde en la que mis pasos me llevaron ante Glory. Ella es una mujer que, pese a vivir en su ceguera, es una muy buena oyente; suele aguardar en su banco habitual, rodeada de una quietud que parece imperturbable ante el bullicio de la ciudad.
En aquel encuentro, me confió su romance que sostiene con un Caballero de Favonius. Me habló, con una devoción casi tangible, de cómo las misivas son el hilo conductor que preserva la integridad de su vínculo frente a la erosión de la distancia. Movido por mi curiosidad, le pregunté si la prolongada ausencia de contacto físico marchitaba su afecto. Su respuesta me dejó perplejo, que hasta incluso me obligó a replantear mis propios conocimientos sobre las emociones durante un largo silencio. Recuerdo cada palabra que dijo al pie y la letra:
«“Maestro Albedo, el amor es mucho más de lo que los ojos alcanzan a vislumbrar; es un sentimiento demasiado vasto como para quedar atrapado en la simple cercanía de los cuerpos. Dígame, señor alquimista: ¿cuántas voces se cruzan cada día, compartiendo el mismo aire bajo el sol de la mañana o el manto de la noche, sin llegar jamás a conocer sus nombres siquiera?
La voluntad de querer acercarse al otro tiene un peso mucho mayor que el simple acto de cruzar miradas cada día. Aguardar a mi querido Godwin es mi manera de profesarle mi lealtad sagrada y una paciencia que no conoce el tiempo; preservar el eco de su voz en mi memoria es llevar mi amor más allá de lo que el tacto permite. Sus cartas son el testimonio de que no se requiere de un gran esfuerzo para que un vínculo florezca; sólo hace falta ofrecer la calidez genuina del propio corazón.
Con el paso de las estaciones, mi afecto no se marchita; al contrario, el anhelo cobra una fuerza nueva.”»
¿Cómo es posible amar a alguien cuando los instantes de felicidad compartida son tan breves, y en su lugar predominan la frialdad y el vacío de la distancia? Me preguntaba si el amor, en su intensidad, no habría terminado por nublar su juicio... aunque, irónicamente, su vista ya estuviera sumida en la penumbra.
En aquel entonces, confieso que sus palabras me resultaban ajenas, casi incomprensibles. Me era imposible empatizar con esa necesidad tan humana de hallar a alguien que nos complemente; sin embargo, el destino guarda senderos extraños para obligarnos a experimentar lo inimaginable y conducirnos a la conclusión más inesperada.
Al año siguiente, dentro de la maravillosa historia de Simulanka, me encontré con su figura esbelta y sus ojos… de un amatista oscuro tan profundo que parecían contener un mundo entero.
Pero más allá de sus características físicas, fue el breve tiempo que pasamos intercambiando palabras lo que me cautivó. A primera vista, se reveló como un ser habitado por las dudas, alguien que busca comprender la verdad, el funcionamiento de este mundo y el porqué de sus vueltas tan inesperadas; quizás, incluso, cuestionando la verdad de su propia existencia. Y tengo el atrevimiento de decir que siento que poseo algunas respuestas para sus preguntas, del mismo modo que usted guarda las respuestas para mis dudas. Y, si el destino decidió poner a Durin en su camino, fue sin duda para que usted también se cruzara en el mío...
Tal vez —y solo tal vez—, usted sea aquella pieza que necesito para descubrir nuevas verdades; para sentir ese cosquilleo que los humanos describen al estar enamorados y para investigar cómo se gana un corazón tan hermético como el suyo. No pretendo decir que el significado del mundo sea completamente algo tan maravilloso como estos sentimientos, pero quizás sea una parte esencial de la respuesta que busco. Y ahora que lo pienso, tal vez la respuesta a la gran incógnita sobre el significado de este mundo sea tan simple y sencilla como el acto de meramente existir.
¿Cree usted en el amor a primera vista? No sabría decir si yo creo en ello; sin embargo, de lo que estoy seguro es de que usted es la persona con quien deseo formar un vínculo especial y exclusivo. Solamente usted.
Incluso ahora, me sorprende el efecto que tiene sobre mí.
En diciembre —nuestro segundo encuentro—, cuando ayudamos a Durin a plasmar su propio relato, mi corazón latía con una fuerza que no pude controlar; las palabras simplemente se negaban a salir. Es como si, estando a su lado, surgiera una faceta torpe de mí que nunca antes había conocido. Así como Durin dio vida a sus memorias con su propia pluma y tinta, yo también quisiera componer una historia en la que lleguemos a ser tan cercanos que su nombre habite en cada una de mis páginas.
En enero, cuando ayudamos a Durin a cambiar la historia de los espectros, al oír que sus orígenes y su historia comparten similitudes con la mía, supe que usted es mi igual: un ser buscando su propio lugar bajo el sol. Debo admitir que mi curiosidad no es científica, sino que es puramente personal. Desearía tanto conocer más de usted: su pasado, su presente y sus planes a futuro…
Finalmente, en marzo, cuando Durin anunció que será usted un invitado especial en Mondstadt, he de confesar que los nervios me ganaron por un momento; me habría encantado recibirlo con un ramo de Cecilias —mis flores favoritas—, aunque temía que ese gesto expusiera mis sentimientos antes de tiempo. Su seguridad al pedir las cosas, la preocupación que esconde tras sus órdenes y, aunque no lo crea, incluso su actitud fría, me tienen hipnotizado. Cada vez me siento más rendido ante usted.
Espero que, con mi esfuerzo, pueda al menos ganarme su confianza y llegar a ser alguien cercano a usted, don Sombrero.
Con todo mi respeto,
Albedo
Tras haber descubierto el contenido de esos muy adorables párrafos, Wanderer tenía aquella carta muy presente. Por más analítico, poco transparente y calculador que Albedo pareciera por fuera, dentro de esa máscara habitaba un ser que le daba una importancia casi sagrada a analizar las emociones, a procesarlas y tratar de entenderlas.
No le cabía ninguna duda de que el alquimista era una persona extremadamente madura; poseía una inteligencia emocional que, incluso, se podría decir que supera la de un humano promedio. Aun así, una duda amarga le recorría el pensamiento: ¿podía Albedo verdaderamente sentir esas emociones más allá de la lógica, o era todo simplemente una imitación impecable de los comportamientos humanos?
¿Era amor real o era la desesperación por acercarse a los conceptos más humanos?
Por sentirse más humano.
Más vivo.
Sin embargo, esos pensamientos no permanecieron mucho tiempo haciéndole eco. La burbuja en la que estaba sumido se rompió para volver a la realidad y al hombre que tenía enfrente, quien seguía rascándose la nuca con nerviosismo.
Lo que pasaba ahora era más importante, y es que, de ahora en adelante, las veces que estuviera con Albedo serían realmente incómodas. Demasiado incómodas sabiendo ahora sus sentimientos y, sobre todo, sabiendo que Albedo era consciente de que él ya lo sabía.
—¿Me puedes decir cómo rayos llegamos a esta situación? —Wanderer se preguntó mientras mantenía sus ojos cerrados y sus brazos cruzados.
Bajo la pálida luz de una luna llena que dominaba el firmamento, Albedo y el Trotamundos compartían un silencio denso sobre una rústica mesa de madera. El entorno semejante a los paisajes de Inazuma, decorado con cerezos en flor y linternas de piedra que arrojaban destellos cálidos sobre el jardín, creaba una atmósfera mística que contrastaba con la tensión invisible entre ambos. Sobre la mesa, el vapor que emanaba de la tetera era el único movimiento constante, mientras las flores brillantes color cian a su alrededor añadían motas de luz azulada a la penumbra del crepúsculo.
Sentados frente a frente, la distancia física era mínima; sin embargo, el peso de las palabras no dichas parecía expandir el espacio entre sus sillas, volviéndolo casi infranqueable.
Mientras el cielo se teñía de violeta y rosa, la serenidad del paisaje sólo servía para acentuar la vulnerabilidad de ese encuentro privado, donde cada gesto mínimo quedaba expuesto bajo el brillo plateado de la noche que empezaba a asomar.
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—Para ser preciso, el bardo que viste ayer, Venti, interceptó mi correspondencia. Interpretó de forma injustificada que existía un vínculo sentimental entre nosotros y, por una razón que escapa de toda razón, decidió que era oportuno convertir nuestra situación en un asunto de dominio público en Mondstadt —explicó Albedo, intentando mantener la compostura a pesar del calor que todavía sentía en sus mejillas.
—Recuérdame golpear a ese bardo la próxima vez que lo vea —masculló el pelinegro, frunciendo el ceño mientras apretaba los dientes con una irritación apenas contenida.
Albedo evitó la mirada asesina de su acompañante, centrándose más en explicar los sucesos que, según él, había deducido.
—De algún modo, Durin proyectó en nosotros el concepto de una familia nuclear, designándonos como sus padres adoptivos. Y así fue que, tomamos la decisión de simular ese vínculo de pareja para no destrozar los deseos e ilusiones del pequeño.
Repentinamente, Wanderer se puso en pie con un movimiento brusco y golpeó la mesa con el puño, descargando su frustración en un golpe seco que hizo que las tazas y la tetera dieran un salto, tintineando por el impacto.
—¡Hey! Yo no acepté este estúpido plan; me tuve que acoplar porque no se te ocurrió nada mejor —le espetó, apuntando su dedo índice hacia el responsable de todo este teatro. —No puedo creer que te llamen el genio de Mondstadt y tu mejor solución haya sido jugar a la casita.
Una pequeña risa se le escapó al alquimista, y luego siguió con su explicación, ignorando la reacción explosiva del pelinegro: —La noticia también le llegó a Lumine. Así que ella nos ofreció a los tres pasar el día en su relajatetera. Durin tardará en llegar; sigue con la ornamentación para Windblume. P-pero… usted y yo sabemos que esto de ser una pareja es más que falso, todo es meramente una actuación. —Sus mejillas, traicionando su compostura, se tiñeron de un tenue carmesí.
—Sí… Sin embargo, no sé qué tan falso sea ese admirador secreto —una sonrisa burlona se dibujó en el rostro de Wanderer. Ahora tenía demasiadas herramientas para molestar al alquimista. La ira que antes corría por sus venas sintéticas se había evaporado, reemplazada por un ambiente cargado de emociones muy distintas. Finalmente, tomó asiento.
Albedo miró a otro lado para no enfrentarse a la mirada del sombrero y acabar más nervioso.
—Por favor, le pido que se olvide de eso… es muy vergonzoso… —Wanderer definitivamente saboreaba cada segundo el sufrimiento del pelirrubio.
—Podría hacerlo, pero es una lástima que tenga TAN buena memoria. —La sonrisa burlona se volvió más prominente, sus intenciones eran más que claras. Sin embargo, entre las bromas, la sonrisa del sumerio desapareció al notar algo que llamó su atención.
—¿Por qué estamos al frente de unas aguas termales? —Un tic nervioso le recorría el párpado a Trotamundos mientras pronunciaba sus palabras.
—Señor Sombrero, le recuerdo que fue usted quien manifestó el deseo de venir; según sus propias palabras, este lugar le resultaba "familiar" —replicó Albedo. No perdió la oportunidad de devolverle la jugada, soltando una pequeña risa triunfal. —Si lo que quería era simplemente tener una experiencia semidesnuda conmigo, podría haberlo dicho de forma directa. Lo habría entendido al instante. —En ese intercambio de burlas, sus diálogos fluían con la agilidad de un partido de ping-pong; un vaivén de ironías donde cada uno esperaba el momento justo para lanzar el siguiente remate.
—¿Huh? Ni lo pienses, alquimista. No iré a meterme allí contigo, no sé con qué clase de pervertido estoy lidiando. —Ocultó su rostro bajo el ala de su sombrero; sabía bien que Albedo estaba bromeando, pero algo se agitó dentro de él, conmoviéndolo a pesar de su resistencia.
El pelirrubio cambió de tema rápidamente al notar la evidente incomodidad del sombrerero. A diferencia de Wanderer, el alquimista si tenía un poco de compasión.
—Realmente el lugar que usted eligió en la Relajatetera es maravilloso, los cerezos rosados, las construcciones, hasta incluso los utensilios con motivos de dendrobios carmesí en las en la mesa me recuerdan a los paisajes y la cultura de Inazuma, ¿no cree?
—Tú… ¿Has estado en Inazuma? —preguntó saliendo de su pequeño escondite.
—Así es, he viajado por muchas partes a lo largo de mi trayectoria. La vez que recuerdo con más detalle fue cuando me encargaron unas ilustraciones para el festival Irodori —contó Albedo, captando de inmediato el interés del señor sombrero, quien conocía aquel festival a la perfección. —;al visitar la ciudad, no pude evitar quedar cautivado por sus panoramas, e incluso conservo aún la memoria nítida del sabor de su té autóctono —concluía su narrativa mientras contemplaba el lienzo violeta con las estrellas ya ganando altura en el firmamento, como si en esa inmensidad estuvieran suspendidos los recuerdos nostálgicos de sus travesías por las islas de Inazuma.
A su vez, Wanderer quedó muy atento a las oraciones de Albedo. Empezó a recordar poco a poco sus orígenes y su pasado, trataba de solamente acordarse de los paisajes, descartando aquellas memorias de agonía y sufrimiento.
—Al ser mi deber retratar la historia, sentí la obligación interna de profundizar en la esencia de la nación: su pasado, sus paisajes y, con especial énfasis, su indumentaria —explicó Albedo, rememorando su labor en el Festival Irodori mientras captaba el interés del señor Sombrero. —Me satisface alcanzar la excelencia en cada ejecución y, como poseo un ojo bastante agudo para el detalle, no pude evitar notar la particularidad de su vestimenta; a pesar de su actual procedencia de Sumeru, porta usted prendas con una estructura y caída típicas de Inazuma.
El sombrerero se sobresaltó por la sospecha, aunque en el fondo sabía que no era difícil de notar para alguien con esa capacidad de análisis. Lejos de molestarse, sintió una punzada de curiosidad; le divertía ver hasta dónde era capaz de llegar el alquimista solo con observar.
—El haori que lleva puesto… —continuó Albedo, señalando con un gesto elegante la prenda del pelinegro. —La estructura tradicional de su calzado, e incluso la caída de su cabello... por no mencionar ese peculiar delineado carmesí en sus ojos. Todo sigue un patrón estético que solo se encuentra en las Islas de la Eternidad. Es una combinación fascinante, ¿no cree?
Cruzándose de brazos, Wanderer sostuvo la mirada con una confianza renovada. No le importaba que Albedo estuviera uniendo los puntos.
—Vaya, parece que la mente más brillante de Mondstadt no sólo pierde el tiempo con la alquimia —respondió, adoptando un tono relajado, casi despreocupado. —Te doy la razón, tienes buen ojo, pero no te esfuerces demasiado. No es ningún secreto que mis raíces son algo más... cortantes de lo que sugieren las formas de Sumeru. Al fin y al cabo, mis orígenes pertenecen a Inazuma.
Albedo sonrió de forma serena, satisfecho de que Don Sombrero no hubiera cerrado la puerta a la conversación.
—Lo supuse. La caída de la seda y la delicadeza de esos patrones... Es, artísticamente hablando, un hallazgo fascinante.
Wanderer parecía sin expresión pero por dentro se sentía muy bien de que sus prendas y estilo sean halagados. Se limitó a mirar al otro lado con los ojos cerrados, cruzarse de brazos y pronunciar un “hmp.”
A pesar del poco tiempo que pasaron conviviendo juntos, Albedo ya sabía que esa señal era positiva.
—Con su permiso, iré a relajarme en las aguas. No me molestaría tener compañía — dijo Albedo con una sonrisa cálida y levantándose de su silla.
Por otra parte, el sumerio permaneció en su sitio, disfrutando con parsimonia de su té. En silencio observó cómo el alquimista se adentraba en el datsuijo —el área dispuesta para despojarse de sus prendas— antes de que este finalmente se sumergiera en las humeantes aguas termales.
Wanderer había ya tomado la firme decisión de NO ir a las aguas termales; mucho menos con Albedo allí. Estaba decidido a compartir lo menos posible con él. No obstante, cinco minutos después de terminar el té, el aburrimiento empezó a pesarle más que su orgullo.
Soltó un suspiro de fastidio, dejó la taza vacía sobre la mesa y se puso en pie. Pensó que, después de todo, tal vez era mejor idea ir y molestar un poco a ese alquimista.
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El agua de las termas lo envolvió en un abrazo cálido, casi hipnótico; el vapor empañaba sus sentidos en una atmósfera de calma absoluta. Albedo cerró los ojos, dejando que el calor deshiciera la tensión de sus hombros. No pudo evitar preguntarse, casi por instinto, si sería posible capturar esa misma esencia térmica en el gélido clima de Espinadragón o cerca de la ciudad.
Pero la paz le duró apenas un suspiro. El eco de la puerta deslizante de madera al abrirse rompió el silencio de la sauna. Albedo no tuvo que adivinar; la presencia de aquel hombre era inconfundible, aunque esta vez proyectara algo muy distinto a su arrogancia habitual.
Él se veía muy...
inseguro.
Era una imagen desconcertante para el alquimista. El ser que siempre mantenía el mentón en alto y la mirada desafiante, ahora evocaba la imagen de un pollito mojado buscando refugio tras la roca más cercana. Lo que más delataba su estado era la toalla: la llevaba aferrada desde el cuello, envolviendo su torso y descendiendo hasta por debajo de sus muslos, como si intentara esconderse del aire mismo. Albedo notó de inmediato la profunda incomodidad del otro, una agitación que iba más allá de la simple timidez.
—Señor Sombrero, valoro enormemente que haya decidido acceder a mi invitación —dijo Albedo con una sonrisa tenue, manteniendo un tono de voz bajo y tranquilizador. —Por favor, no se inquiete; mantendré la mirada en dirección opuesta a usted… Seré discreto.
Dicho esto, Albedo giró la cabeza hacia las tablas de madera del borde, cumpliendo con firmeza su promesa de no observar. Por su parte, Wanderer sintió un calor punzante en las mejillas que no provenía del vapor de la sauna. Se sentía patéticamente expuesto; solo una fina capa de algodón lo separaba de una vulnerabilidad total. En su mente, cruzó el pensamiento de que cualquier ráfaga de viento fuerte se llevaría su única protección.
Sin embargo, a pesar del miedo, confiaba plenamente en la ética del alquimista. Sabía que, si ese mal escenario llegara a pasar, Albedo no se aprovecharía de la situación para burlarse; al contrario, lo ayudaría de nuevo a protegerse sin cuestionarlo. Esa certeza era lo único que le permitía seguir adelante.
Ya decidido y con movimientos algo torpes por los nervios, el Trotamundos se ajustó la toalla alrededor del cuerpo, sujetándola firmemente por encima del pecho para quedar bien cubierto. Una vez asegurada, se sumergió con cuidado en el estanque hasta que el agua le llegó hasta los hombros. Un quejido de alivio emitió el pelinegro, de alguna forma extrañaba esta sensación. Albedo, que seguía concentrado en las vetas de la madera como si fueran el mapa más complejo del mundo, escuchó el rítmico ondular del agua desplazándose bajo el peso del otro. El sonido del chapoteo era la única señal de que ya no estaba solo en el estanque.
La paz le duró poco. Internamente, Wanderer comenzó a maldecir su decisión de acompañar al alquimista; ¿por qué se había arriesgado a entrar sabiendo que portaba ese secreto? Si Albedo lograba entrever el sello Electro en su nuca, sumado a los detalles de su indumentaria, descubriría de inmediato su origen y su vínculo con la Diosa de la Eternidad.
Todos los planes de molestar al alquimista se fueron al carajo.
El pelirrubio repentinamente decidió romper esa tensión silenciosa.
—Señor Sombrero... —Albedo comenzó a romper el hielo. —Hay una pregunta que últimamente me está carcomiendo los pensamientos. Se trata sobre el contenido de aquella carta. —Hizo una breve pausa, entrecerrando los ojos para formular la gran duda mientras observaba el vapor —:Me pregunto... ¿llegó usted a examinar la totalidad de lo que estaba escrito?
Fue la peor pregunta en el peor momento posible. Era una pregunta torpe, lanzada sin pensar, que se sentía fuera de lugar en aquel silencio. El alquimista se arrepintió al instante, dándose cuenta de lo inapropiado que resultaba preguntar algo tan personal estando así, cara a cara en la humedad de las termas. Pero ya no había vuelta atrás; esa duda le robaba la paz y finalmente se le había escapado de las manos.
El Sombrerero tenía que admitir que el alquimista era una persona demasiado inteligente; hasta en su habla era notorio su gran intelecto… claro, intelecto lógico. ¿Pero social? No. ¿Es así o solamente le pasará con él?
La expresión de Albedo no era posible de ver, ya que estaba oculta bajo su habitual discreción. Pero apostaba a que, ahora mismo, no le faltaba su prominente sonrojo.
—Sip, leí absolutamente todo; no me salté ni una sola palabra —respondió el sumerio con una risita, emergiendo poco a poco de su escondite líquido.
—Y-ya veo… —comentó el pobre pelirrubio. La vergüenza era evidente en su tono. Wanderer aprovechó la oportunidad para echarle un vistazo a las orejas del alquimista: estaban definitivamente rosadas. Otra pequeña risa escapó de sus labios.
El silencio volvió a reinar entre los dos hombres, aunque esta vez no era tan incómodo; ambos estaban sumergidos en sus propios pensamientos y dudas. El Trotamundos, por su parte, decidió también lanzar una pregunta que “no debería hacer” para igualarse con la torpeza del pobre Albedo.
—¿Por qué querías quemar la carta? —Esa era la pregunta definitiva. Para él, era lo único que realmente importaba saber.
Por Barbatos, Albedo no iba a responder a eso. Sería demasiado humillante que el Señor Sombrero supiera toda la historia y la verdadera razón tras sus acciones.
—No es nada... interesante. No quisiera que perdiera el tiempo escuchando explicaciones —respondió. El mondstadtiano no estaba minimizando la importancia del asunto; simplemente se negaba a darle al pelinegro más motivos para molestarlo. Su mirada ahora se dirigió al agua, como si de pronto el movimiento del líquido fuera la cosa más fascinante del mundo.
—Saber por qué niegas tus sentimientos es importante —sentenció el Trotamundos. —Intentar quemar esa carta solo significa que pretendías que lo que hay en ella nunca saliera a la luz.
Albedo guardó silencio un segundo. Si el interés de aquel hombre era genuino, entonces no tenía sentido seguir ocultándose tras evasivas.
—No asuma que los estoy negando; simplemente... me rendí. —La palabra salió de sus labios con una nota de melancolía que no pudo ocultar. —Escribí la carta cuando llegué a casa después de acompañarlo a usted, tenía la necesidad de escribir lo que sentía. Pero después, tomé conciencia que sería una mala decisión confesarme. Usted y yo no tenemos tiempo para encuentros románticos, por su parte con la Akademiya y yo por mis labores. Además, si mis sentimientos no eran correspondidos, nuestros encuentros serían muy incómodos.
Albedo suspiró decepcionado de sí mismo y luego añadió:
—A la mañana siguiente, muy frustrado pregunté a Lisa sobre mi dilema, a lo que me respondió que ella cuando se siente mal, escribe las cosas y luego las quema, un buen método para desahogarse definitivamente. Así que decidí hacer lo mismo. Yo… traté de hacer todo lo correcto.
El alquimista se quedó viendo su reflejo en el agua por unos segundos.
—En serio siento que todo esto haya sucedido, el destino realmente me dio una sorpresa inesperada. Prometo que trataré de solucionar todo antes de Windblume —finalizó Albedo.
Se hizo un silencio sepulcral, cargado de una electricidad que el vapor no lograba disipar.
Wanderer se acercó un poco más hacia el pelirrubio, dejando que el agua acariciara su clavícula, y observó la nuca de Albedo con una mezcla de desdén y una extraña fascinación.
—Hey, mira el lado bueno —dijo el pelinegro, y su sonrisa ladeada fue un destello de malicia pura. —Al menos me besaste antes de que te pusieras a pensar demasiado y arruinaras el momento.
Albedo giró el rostro hacia donde provenía la voz, casi por puro impulso, como si necesitara confirmar que aquellas palabras realmente habían salido de los labios de Wanderer.
En ese instante, la promesa de no mirar se rompió. El alquimista se encontró de frente con el rostro del señor Sombrero, quien lo observaba con una sonrisa maliciosa y las cejas alzadas, deleitándose al ponerlo todavía más nervioso. Inevitablemente, la mirada de Albedo bajó por un segundo, quedando atrapada por la figura del otro; bajo la luz cálida, la piel de Wanderer era tan pálida y perfecta que recordaba a la porcelana, dándole el aspecto de una muñeca delicada y extrañamente irreal.
—¡Ah! ¡Lo... lo lamento! ¡No fue mi intención romper el trato! —exclamó Albedo, sintiendo que sus mejillas ardían más que el vapor que los rodeaba por más que la promesa fue un acuerdo de una parte. Aquel "miroteo" había sido un simple error de sus propios reflejos.
Preso del pánico, intentó ponerse en pie con torpeza. En su afán por alejarse de la orilla y recuperar algo de compostura, sus piernas no respondieron con la precisión de siempre. Calculó mal el apoyo en el fondo resbaladizo del estanque y terminó tropezando consigo mismo.
El impacto fue total. Albedo cayó de frente, aterrizando con los brazos extendidos y provocando que el agua saltara en todas direcciones. El estruendo rompió la calma de la sauna y, de repente, el agua del estanque empezó a picarse de tal forma que las ondas se volvieron caóticas.
Cuando el alquimista logró emerger, apartándose el cabello empapado de la cara y escupiendo un poco de agua, una carcajada lo recibió. Era la primera vez que escuchaba a Wanderer reírse así:
De forma genuina,
…
Ruidosa
…
Y casi humana.
Sin embargo, el alivio se esfumó en un segundo.
De pronto, sintió que el agua tocaba su piel de una forma demasiado directa en su parte inferior. Bajó la mirada con horror y descubrió que, con el golpe de la caída, su toalla se había soltado por completo.
Por puro instinto, se cubrió con las manos mientras se hundía en el estanque hasta que el agua le llegó a la barbilla. Buscó desesperadamente con la mirada su única salvación, solo para descubrir que la toalla flotaba tranquilamente... justo al lado del pelinegro.
Albedo tomó aire, tratando de recomponer los fragmentos de su dignidad antes de hablar.
—Señor Sombrero, me veo en la necesidad de pedirle un favor —comenzó el alquimista. Su voz buscaba proyectar calma, aunque el ligero temblor en su tono lo traicionaba por completo. —¿Tendría la amabilidad de acercarme la toalla?
Wanderer, lejos de inmutarse, decidió que era el momento perfecto para regodearse. Se echó hacia atrás, relajando su cuerpo y apoyando ambos codos en el borde de la orilla, dejando de ocultarse bajo el agua. Ahora se sentía dueño de la situación, desatando una confianza arrogante que llenaba el espacio entre los dos.
—¿Y por qué habría de hacer eso? —soltó con una sonrisa de suficiencia. —Yo también podría caerme ahora que lo pienso...
Albedo apretó los dientes. Aquello era el colmo. No iba a permitir que Wanderer lo pisoteara de nuevo; ya había soportado suficiente humillación por una sola noche. Si el Trotamundos quería jugar a quién perdía los papeles primero, Albedo le devolvería el golpe con la misma moneda.
Sin previo aviso, y con una determinación que dejó el aire congelado, Albedo se puso en pie. Se irguió con toda la calma del mundo, saliendo del agua sin hacer el más mínimo intento por cubrirse. Su mirada era fija y serena, como si estar desnudo frente a un desconocido fuera la cosa más natural del planeta.
Wanderer, que esperaba cualquier reacción —gritos, súplicas o que Albedo se escondiera más—, jamás imaginó que el recatado alquimista haría algo tan audaz.
Aquello lo desarmó por completo. Como si le hubieran dado una bofetada de realidad, el Trotamundos volteó la cabeza con violencia hacia el lado opuesto, apretando los ojos para no mirar. El carmín se extendió por su rostro y orejas en un segundo, y por primera vez en toda la noche, fue él quien se quedó sin palabras, completamente desconcertado por la inesperada confianza de Albedo.
El pelirrubio caminó con calma para recoger su toalla, mientras la resistencia del agua ralentizaba sus pasos. Una vez que la alcanzó, la envolvió firmemente alrededor de su cintura y, con un suspiro, se sentó en la orilla junto a Wanderer, manteniendo una distancia prudente.
Por otro lado, el alquimista aprovechó ese ángulo en el que Wanderer le daba la espalda parcialmente, para observarlo. Se olvidó por un momento de sus promesas de discreción; la mente de investigador se activó de inmediato, pues, su curiosidad natural era más fuerte.
Apreció su cabello, lacio y fino, con esa caída sedosa y oscura que contrastaba con la blancura de su piel. Bajó la mirada hacia su clavícula, que resaltaba con nitidez; el señor Sombrero era delgado como ya había observado anteriormente, pero en la cercanía del baño su estructura se veía especialmente menuda, casi frágil. Sin embargo, fue al detenerse en su cuello cuando Albedo entrecerró sus ojos ligeramente.
Su nuez de Adán no estaba. El cuello era una línea continua y perfecta de piel pálida.
Intrigado, los ojos verde azulados de Albedo descendieron de forma indebida hacia el pecho de Wanderer para confirmar una sospecha. Pero lo que encontró fue una superficie lisa.
Sentía que las piezas de un rompecabezas invisible empezaban a encajar en su mente, aunque no terminaba de entender la imágen completa.
Y ahí fue en ese preciso instante que el Trotamundos sintió la mirada ajena pinchándole la piel como una aguja. Retomó su posición original con un movimiento rápido y atrapó al alquimista en pleno acto de inspección.
Las miradas se cruzaron. Albedo no tuvo tiempo de desviar la suya.
Con sus ojos muy abiertos, no tuvo tiempo de disimular. Wanderer lo fulminó con la mirada, dándose cuenta de que el rubio lo estaba analizando con una intensidad que iba mucho más allá de una simple distracción.
—¿Se puede saber qué estás viendo? —espetó Wanderer. Su voz, antes invadida por la risa, se volvió repentinamente cortante y agresiva. —Si vas a decir algo, dilo de una vez, o juro que te arrepentirás de haber mirado tanto.
Albedo no se encogió. Al contrario, se inclinó un poco hacia adelante, con una chispa de comprensión que Wanderer no supo clasificar.
—Tienes una constitución fascinante —murmuró el alquimista, casi en un susurro para que el sonido del agua no lo borrara—. Tu estructura... no parece haber sido diseñada para el desgaste humano. Es de una precisión y una delicadeza que no se encuentran en la naturaleza común.
Wanderer sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del ambiente. Se tensó, agarrando el borde de la piedra con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—No intentes ponerme etiquetas, alquimista —siseó, tratando de recuperar su veneno. —No soy uno de tus experimentos.
—Lo sé —respondió Albedo suavemente, manteniendo una calma que desarmaba cualquier ataque—. Lo sé porque yo también entiendo lo que es nacer de un lugar que no es el correspondiente. Soy una obra que también intenta comprender el mundo de los humanos a pesar de las diferencias mentales y físicas.
El silencio que siguió fue absoluto. Wanderer soltó un poco el agarre de la piedra, mirándolo con total incredulidad. El mundo parecía haberse detenido en esa pequeña tina humeante. Por primera vez, alguien no lo miraba como a un monstruo, ni como a una herramienta, ni como a una divinidad fallida. Lo miraba como a un igual.
—No tienes que ocultarte de mí —añadió Albedo, bajando un poco el tono. —En este estanque solo hay dos seres buscando su lugar en una historia que no escribieron.
Wanderer no supo qué responder. Su lengua, siempre rápida para el insulto, se quedó seca. Se limitó a observar a Albedo, dándose cuenta de que la carta, el beso accidental y esa mirada curiosa no eran una burla... eran el intento de un alma similar por alcanzarlo en su soledad.
—¿O sea que tú también naciste en un cuerpo que no pertenece a lo que te identificas? —preguntó Wanderer. Su voz ya no tenía rastro de sarcasmo. Por primera vez, sonaba genuino, casi esperanzado; como si después de siglos de vagar solo, finalmente hubiera encontrado a alguien que entendía el peso de su propia existencia.
En ese instante, a Albedo se le terminaron de conectar todos los puntos. La falta de ciertos rasgos masculinos, la delicadeza de su estructura... todo cobró sentido bajo una nueva luz.
El Señor Sombrero se proclamaba como un hombre, a pesar de que su anatomía conservaba sus características femeninas.
Albedo se sintió por un momento avergonzado de haber interpretado todo de forma incorrecta; su mente se había perdido en teorías sobre homúnculos cuando el tema era algo mucho más íntimo y sensible para Wanderer.
—Señor sombrero, ahora entiendo a lo que se refiere… pido disculpas por desviar la conversación a un tema que no estaba pensando.
El alquimista tomó aire, sintiendo el peso de la honestidad que debía entregarle, aunque sabía que la respuesta no sería la que el otro esperaba. —Me temo que mi situación es distinta —continuó con voz queda. —En mi caso, he nacido con una anatomía masculina y me identifico como un hombre…
Un sentimiento de arrepentimiento invadió los pensamientos del sumerio, ¿Cómo iba a ser tan tonto de pensar que Albedo era igual a él? Se sintió muy ingenuo… muy estúpido. Optaba más que el pelirrubio descubriera el sello y no esto que era muy vergonzoso.
Rápido como un destello, Wanderer salió de las aguas termales antes de que Albedo pudiera siquiera procesar el desastre. El alquimista solo alcanzó a escuchar el violento deslizamiento de la puerta, seguido de un silencio absoluto; ni siquiera se había molestado en cerrarla tras de sí.
Cuando Albedo finalmente miró hacia atrás, el sentimiento de culpa le oprimió el pecho. Era evidente que el pelinegro huyó para escabullirse de la vergüenza, aunque ambos sabían que para los sentimientos no existía mejor escondite que el silencio.
El rastro de agua sobre las rocas era lo único que quedaba de su presencia. Albedo, inmóvil entre el vapor, sintió la urgencia de reaccionar; no podía dejar que la noche terminara así, con el sabor amargo de una huida y un malentendido.
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Alcanzando el Daitsuijo, recorrió con la mirada cada rincón, pero la presencia del otro se había evaporado. Wanderer se había marchado con tal urgencia que ni siquiera se había llevado sus pertenencias. Al ver la ropa abandonada, el gran sombrero y su visión Anemo olvidados a un lado, otra punzada de culpa atravesó el pecho del alquimista, pero esta vez la herida se sentía más profunda.
Había cruzado una línea invisible y, sin quererlo, había provocado que aquel ser tan orgulloso se sintiera vulnerable. Ver el sombrero allí, solitario, era la prueba irrefutable de que Wanderer no solo estaba huyendo del lugar, sino de sí mismo.
Ya vestido, Albedo salió al exterior. La luna llena todavía alta en el cielo con sus pequeñitos cristales a su alrededor y los sonidos de los grillos cantando en el fondo.
Caminaba con paso firme pero silencioso, sosteniendo contra su pecho la vestimenta y el pesado sombrero del pelinegro. Mantuvo los labios sellados, evitando pronunciar su nombre en voz alta; sabía que Wanderer estaba cerca, acechando entre las sombras, y no quería que el sonido de su voz lo espantara como a un antílope que huye desesperado del cazador.
Sin señales de él, Albedo detuvo su mirada frente a un flamenco que descansaba cerca del sendero. El ave, de plumaje inmaculado, estaba ocupada acicalándose las alas con el pico, ajena a la agitación del alquimista. Al notar la presencia del pelirrubio, lo observó y, con su ala, señaló hacia la mansión que se alzaba a pocos metros.
Era evidente que Wanderer había buscado refugio en la construcción más cercana.
Con una pequeña y respetuosa reverencia, Albedo agradeció al ave por su amable gesto. La grulla emitió un suave sonido antes de volver a sus asuntos, mientras el alquimista retomaba el camino hacia la mansión, sujetando con más fuerza las prendas que llevaba en brazos. Sabía que, tras esas paredes, le esperaba la conversación más difícil de la noche.
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La mansión, construida con una arquitectura de Inazuma que combinaba a la perfección con la estética del jardín, se alzaba imponente bajo el cielo nocturno. La madera de color rojo vibrante y los detalles en roble oscuro resaltaban bajo la luz de la luna, la cual caía directamente sobre la entrada principal, creando sombras alargadas que se proyectaban sobre el suelo.
Una vez frente al shōji —la puerta corrediza de madera y papel de Inazuma—, Albedo respiró profundamente. Armándose de determinación, deslizó el acceso.
Dentro no había ninguna luz encendida. La claridad de la noche se filtraba a través del material traslúcido de la puerta, iluminando parte de la entrada con pequeños cuadros plateados que bailaban sobre el suelo. En un rincón, donde se alzaba otra ventana con la misma estética de la puerta, divisó una figura pálida en posición fetal y mirando a la pared. La luz plateada bañaba su pelo negro y su piel pálida por igual, haciendo que ambos parecieran fundirse en un solo tono espectral. El señor sombrero estaba allí, intentando cubrirse con un trozo de tela demasiado pequeño; una protección inútil contra la desnudez y el frío emocional de ese momento.
Con pasos firmes pero cargados de una suavidad inusual, Albedo se acercó a él. Los sollozos del pelinegro eran audibles ahora, llenando el silencio de la habitación.
—¡No te acerques más! —exclamó el pelinegro, seguido de un hipido. ¡Ahora... ahora soy un monstruo para ti también! —Su voz completamente rota, entrecortada por respiraciones pesadas y melancólicas.
El sumerio se encogió todavía más sobre sí mismo, ocultando su rostro entre las rodillas, aterrado por la idea de que la mirada de Albedo hubiera cambiado tras descubrir su secreto.
—Wanderer... —El nombre salió de sus labios con una urgencia que hizo que el pelinegro levantara un poco la vista, sorprendido por el tono. —¿Realmente crees que soy tan superficial? He pasado mi vida estudiando la esencia de la vida, los secretos de la creación…
Albedo se acercó lo suficiente para que Wanderer pudiera ver sus ojos verde azulados, que brillaban con una honestidad aplastante.
—Tener un cuerpo que no sigue las reglas sociales no te hace un monstruo. Te hace único. Y si te asusta lo que veo, déjame decirte que solo veo a alguien que ha luchado demasiado por ser quien es. Es admirable…
Un silencio denso se instaló entre los dos, roto únicamente por el crujido de la madera. Albedo permaneció inmóvil; temía haber forzado una cerradura que no le correspondía abrir.
Hasta que el pelinegro rompió el silencio. Sus palabras salieron lentas, como si cada una fuera una astilla arrancada del pecho:
—Como escuchaste antes, mi creadora me hizo a su imagen y semejanza... y luego, cuando me vio como una falla, simplemente me abandonó —sollozó, apretando los puños. —Traté de alejarme de todo lo que tuviera que ver con ella. Odié cada detalle, cada rasgo... No quería tener ni una sola similitud.
Wanderer levantó un poco la mirada, sus ojos llenos de una rabia triste.
—Incluso este cuerpo... lo rechazaba porque era un recordatorio constante de su rostro. Me miraba y la veía a ella, a la mujer que decidió que yo no servía para nada. No es que odie ser lo que soy, Albedo... es que odiaba ser ella. Por eso decidí dejar de serlo. Para que cuando alguien me vea, me vea a mí, y no a su muñeco de repuesto.
Albedo escuchaba con un respeto casi sagrado. Entendió que la identidad de Wanderer no era solo una elección, era su escudo de armas, su forma de decir "no te pertenezco".
—¿Y te sientes feliz ahora, Señor Sombrero? —preguntó Albedo con una suavidad que desarmaba. —Siendo quien tú has decidido ser.
—Más que feliz... Esto es lo único que es realmente mío —confesó Wanderer, aunque su voz volvió a quebrarse. —Pero el resto del mundo no sabe qué hacer con algo como yo. He visto sus miradas... esa mezcla de miedo y desprecio cuando notan que no respiro como ellos, o que mis ojos no tienen ese brillo "humano". Me tratan como a una anomalía, como a una herramienta que cobró vida por error. A veces, cuando el silencio es muy fuerte, me pregunto si el que está mal soy yo por intentar ser alguien.
El corazón de Albedo se estrujó. No iba a permitir que Wanderer se viera a sí mismo a través de los ojos de gente ignorante.
—Señor Sombrero, ¿cómo puede ser erróneo ser el dueño de su propia vida? —dijo Albedo con firmeza, acortando distancia con el otro hombre. —Usted ha hecho lo más valiente que alguien puede hacer: destruir el espejo que lo ataba a su pasado para construir su propio reflejo. —Albedo lo miró con una honestidad aplastante. —A la sociedad le asusta lo que no puede controlar o etiquetar. Pero ese es un fallo en sus inteligencias, no en su existencia. Usted es valiente por contarme esto, y le aseguro que su secreto está a salvo conmigo. Bajo mi palabra, esto no será objeto de divulgación. Para mí, no es usted un "error" en su configuración; es una obra que ha reclamado su propio pincel, y eso posee una validez superior a cualquier molde original.
—Gracias, Albedo… —Apenas fue un susurro, un sonido roto que salió de sus labios como un desgarro. Era una palabra que parecía haberle costado una eternidad pronunciar —el eco de un discurso que necesitaba haber escuchado hace mucho tiempo—, una que cargaba con siglos de soledad. Wanderer no lo miró; se quedó inmóvil, procesando absolutamente todo.
El sumerio se abrazó a sí mismo con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus propios brazos. Sus ojos azulados, fijos en el patrón de luz plateada sobre el suelo, brillaban con una intensidad nueva: una mezcla de dolor y una esperanza que lo aterraba.
—Tu sinceridad me da paz… —continuó Wanderer, soltando un respiro pesado que le sacudió los hombros, como si estuviera soltando un lastre demasiado antiguo. —No hace falta que conozca tu historia para saber que naciste con privilegios y con una suerte que yo jamás tuve. Es evidente que no pasas por estas crisis de identidad que me consumen; a ti tus seres queridos te respetan, te aman… Tienes amigos, una buena posición con un buen cargo… y sobre todo, un lugar en este mundo.
Hizo una breve pausa, bajando la mirada hacia sus propias manos, que aún temblaban levemente.
—Aun así, pudiste ver todo este desastre en mí y decidiste no apartar la mirada. Me tratas como a un igual, Albedo… —Wanderer soltó una risa amarga, casi inaudible. —Nadie se había tomado la molestia de hacer algo tan estúpido por mí hasta ahora. Me has dado un valor que ni yo mismo me concedo, y eso... eso es lo que más me irrita de ti.
Luego, levantó un poco la vista, aunque sin llegar a mirar a Albedo directamente, con el miedo aún reflejado en su rostro.
—Pero dime la verdad, Albedo… Ahora que lo sabes… ahora que has visto esta realidad de mi cuerpo… Ya no te gusto, ¿verdad? —Su voz se quebró en un susurro sin esperanza que la respuesta por parte del alquimista sea positiva —Debes sentir que todo fue un engaño. —Wanderer ocultó el rostro entre sus rodillas, temblando.
De repente, el Trotamundos sintió los brazos de Albedo rodear sus hombros y la calidez del pecho del alquimista hacer contacto directo con su espalda.

Albedo sentía que quería aferrarse a él hasta que la tormenta pasara e, incluso si todo lo malo llegaba a su fin, deseaba permanecer a su lado para, simplemente, comenzar a disfrutar de lo que vendría después: esos días serenos de sol pleno y viento marino, donde el aire no pesa y la calma deja de ser un presagio para convertirse en un hogar.
—Wanderer… —Otra vez arrojó aquella formalidad exasperante para sonar más cercano. —Si a mí gusta usted, me gusta en toda su integridad que va mucho más allá de la superficialidad del cuerpo. A mí me gusta usted como persona… o bueno… como ser sintético que es. No lo que hay en su cuerpo o no. —Albedo hizo silencio por un momento. —P-pero no me mal entienda, por favor, no quise decir que me disgusta su cuerpo o…
—Lo sé, tonto. —Dió una pequeña risita y volteó su cuerpo para luego ponerse de pie. Albedo, quien estaba de cuclillas, también se paró.
Aquella tela cayó como el muro final entre ambos; una barrera pequeña que ocultaba una realidad.
A pesar de que Wanderer estaba al descubierto, el alquimista solo lo miraba a los ojos, como si el alma pudiera leerse a través de ellos.
—¿Entonces eso es un sí? —Wanderer sabía la respuesta, pero necesitaba confirmar que no era un sueño.
—Es más que un sí —Albedo le sonrió y secó con sus guantes las lágrimas que aún brotaban, sin importarle que la tela se humedeciera.
Wanderer rodeó la nuca de Albedo con sus brazos y, acortando la distancia, le dio un abrazo de agradecimiento. El mondstadtiano jamás creyó ver esa faceta del cínico "Señor Sombrero"… bajo su armadura de acero, había un ser que solo quería ser amado.
Fue un abrazo largo, donde el único sonido era la respiración pausada de Albedo y el latido rítmico de su corazón contra el pecho de la marioneta.
Luego de lo que parecía una eternidad, finalmente se separaron. El alquimista, con los ojos aún fijados en el rostro de Wanderer, notó que sus lágrimas estaban secas. Y posteriormente se acordó que Wanderer estaba completamente desnudo.
Albedo se quitó su abrigo, y envolvió a Don sombrero con ella.
—Pido mis sinceras disculpas, debí hacer esto al principio. No debí dejarlo tanto tiempo expuesto. —un ligero rosado en sus mejillas eran notorias. —Traje sus prendas que se olvidó en el cuarto de cambio. Hay un vestidor cerca pero si quiere cambiarse en el cuarto, no habrá problema. Yo cocinaré la cena hasta que Durin venga.
Poco sabía el alquimista que al sombrerero le importaba poco y nada estar desnudo frente a él ya que lo único que lo impedía era el secreto y bueno… un poco de vergüenza.
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Pasados diez minutos, el pequeño Durin llegó a la mansión, arrastrando los pies con cansancio tras un pesado día organizando los preparativos para el Windblume. El pequeño dragón había puesto todo su empeño en que cada detalle fuera perfecto, y su energía estaba bajo mínimos.
Albedo estaba detrás de la barra concentrado en la cocina, mientras que Wanderer —ya vestido y mucho más tranquilo— ponía la mesa con cuidado. Al verlos así, Durin pensó que no le costaría nada acostumbrarse a esta nueva vida.
El pequeño ayudó con lo último que faltaba y finalmente todos se sentaron. Albedo trajo los platos, habiendo preparado algo especial para cada uno.
Para su “hijo”, Durin, cocinó un buen trozo de carne de jabalí, justo como a él le gustaba. Pero como Albedo quería que Durin empiece a incorporar las verduras, ya que se mal acostumbró a mucha carne diariamente, decidió aplicar un pequeño truco: el puré de papas estaba mezclado con verduras cortadas en pequeños trozos. Durin empezó a comer con mucho gusto y sin sospechar de nada.
Para "Don Sombrero", Albedo preparó un cuenco de Ochazuke de salmón, un plato tradicional que consistía en arroz y pescado bañado en un caldo de té verde caliente. Sabía que era la opción perfecta porque, mientras cocinaban juntos anteriormente, habían conversado sobre sus comidas favoritas y el origen de sus gustos. Wanderer le había confesado que, aunque carecía de necesidad biológica para alimentarse, disfrutaba de los matices amargos y de la sensación reconfortante de un caldo ligero.
Por su parte, Albedo se sirvió un consomé de raíces y setas de Espinadragón. Al alquimista no le importaba comer algo sencillo siempre y cuando fuera nutritivo, y prefería que el protagonismo de la cena se lo llevaran los platos de su familia antes que el suyo.
La cocina del alquimista estaba muy bien, sin duda alguna. Durin no dejaba de expresar lo mucho que le gustaba su plato, mientras que Wanderer, que había regresado a su fachada fría y reservada, solamente asentía con un gesto de aprobación.
Mientras disfrutaban de la cena, Wanderer y Albedo empezaron a preguntarle a Durin sobre su día; querían saber cómo estuvo todo por Mondstadt y si se había divertido con los preparativos. El pequeño híbrido contestaba cada pregunta con un entusiasmo casi contagioso, agitando sus manos mientras hablaba de las flores y los adornos.
Pero de pronto, hizo una pregunta que cayó en medio de la mesa como una granada.
—¿Y qué hay de ustedes? —soltó Durin, limpiándose un poco de puré de la comisura de los labios. —¿Qué hicieron mientras yo estaba en Mondstadt?
Albedo casi se atraganta con su comida, soltando una tos seca mientras intentaba recuperar el aire. Wanderer, por su parte, evitó cualquier contacto visual con el pequeño, concentrándose intensamente en una mancha inexistente sobre el mantel.
Un silencio pesado y algo incómodo dominó el ambiente por unos segundos.
Durin los miró a ambos, notando el repentino cambio de humor. Se dio cuenta de que, tal vez, no debió preguntar eso.
Pero, si lo anterior había sido una granada, lo que estaba a punto de decir era una detonación nuclear.
—Ay, no se hagan los tontos —continuó Durin con naturalidad. —Me doy cuenta de que estuvieron haciendo eso que dicen que hacen mamá y papá cuando se quieren mucho. No entiendo por qué tanto secreto... ya no soy tan pequeño.
Oh
Wanderer soltó una risa contenida, cubriéndose la boca con una mano mientras sus hombros temblaban. Por su parte, el alquimista se preguntaba internamente quién en Mondstadt le habría enseñado a Durin esos conceptos tan... directos. ¿Habría sido Kaeya con sus bromas pesadas o quizás alguna canción de la plaza? De cualquier forma, era algo que, tarde o temprano, el pequeño acabaría aprendiendo.
—Bueno, en realidad... —comenzó Albedo, aclarando su garganta y recuperando la compostura. —Fuimos a una sauna a relajarnos y luego vinimos directamente aquí.
Aclaró aquello para evitar cualquier confusión extraña en la mente del preadolescente. Y, de hecho, no estaba mintiendo; era la verdad, aunque hubiera decidido omitir estratégicamente todo lo que pasó entre el vapor de la sauna y en la habitación.
Durin lo miró con los ojos entrecerrados, analizando la respuesta como si fuera un detective experto.
—¿Una sauna? —repitió el pequeño, ladeando la cabeza. —¿Y por eso Wanderer tiene la cara tan suave y tú estás tan distraído?
Wanderer dejó de reírse de golpe, sintiendo cómo el calor subía de nuevo a sus mejillas.
—Come tu jabalí, enano —intervino Wanderer, tratando de recuperar su tono autoritario pero fallando estrepitosamente. —No hagas tantas preguntas o la próxima vez te traeré verduras y te las tendrás que comer sin quejas.
Durin soltó una carcajada, sabiendo que ya les había ganado la batalla, y volvió a su plato. Albedo dejó escapar un suspiro de alivio, lanzándole una mirada rápida a Wanderer. Sus ojos se encontraron por un segundo: Albedo con gratitud por la ayuda y Wanderer con una chispa de complicidad que decía claramente: "esta te la debo".
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Al terminar la cena, los tres subieron a la planta alta. El ambiente en la mansión era tan tranquilo que casi se podía escuchar el suave crujir de la madera bajo sus pies.
La planta se dividía en tres habitaciones para que todos tuvieran privacidad. La principal, que era la más grande, sería para el alquimista. El segundo cuarto, que solía usarse para reuniones pero tenía algunas camas, fue asignado a Don Sombrero. Por último, Durin se quedaría en la habitación de invitados, ya que tenía el armario más espacioso para sus cosas.
Así, todos los miembros de la familia tendrían su propio espacio personal y privacidad.
Albedo se encargó de revisar que todo estuviera tal como se lo había pedido a Lumine. El armario estaba despejado para que Durin pudiera acomodarse y descansar plácidamente. Había una cama para él y otra para Wanderer, aunque, al confirmar que el origen de Don Sombrero estaba ligado a Inazuma, el alquimista se detuvo a pensar que quizás prefería algo más tradicional.
—Señor Sombrero… —dijo Albedo en voz baja para no romper la calma. —¿Preferiría dormir en una cama o en un futón? Al ser una casa de estilo inazumiano, tenemos ambas opciones.
Wanderer se apoyó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos.
—Recuerda que no tengo necesidad de dormir —respondió, aunque su tono ya no era cortante, sino casi relajado.
—Oh… es verdad, lo había olvidado por un momento —admitió el pelirrubio, ladeando la cabeza. —En ese caso… ¿qué piensa hacer? —preguntó con una pizca de preocupación.
—Quizás me quede en la sala terminando algunas tareas de la Akademiya o simplemente explorando el lugar.
—Muy bien… y, por favor, no dude en despertarme si algo sucede. Usted no es ninguna molestia —añadió Albedo. Su voz era tan cálida y suave que parecía una caricia en medio de la penumbra.
Don Sombrero asintió. No creía que nada fuera a suceder, pero le gustaba la idea de que Albedo estuviera ahí.
Ya muy tarde, el sumerio se aseguró de que Durin se hubiera puesto su pijama y se despidieron con un "buenas noches" lleno de esa nueva paz familiar.
Wanderer se quedó solo con el pasillo. Por un momento se quedó frente a la puerta de Albedo, no estaba muy seguro pero sentía que también quería darle las buenas noches a él.
Al asomarse a su habitación se encontró con una imagen inesperada. El pobre Albedo estaba completamente rendido. Se había desplomado boca abajo sobre la cama, todavía con parte de su uniforme puesto y sin cubrirse por las sábanas. Estaba sin duda vencido por el cansancio de un día tan intenso.
Soltando un suspiro casi inaudible, se acercó a la cama con pasos felinos y tomó las colchas. Con una delicadeza, cubrió a Albedo hasta los hombros. Al sentir el calor de la manta, el alquimista soltó un pequeño quejido de alivio y se acomodó mejor en la almohada sin despertar.
—Qué tonto —se limitó a decir en voz baja mientras una sonrisa cálida iluminaba su rostro, en total discordancia con sus palabras.
El sombrerero se quedó allí un momento, observando el rostro relajado de Albedo bajo la luz de la luna. Recordó el abrazo de hace unas horas y la forma en que el rubio lo había defendido frente a sus propios miedos. Un sonrojo traicionero apareció en sus mejillas, y aunque sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos, no pudo evitar salir de la habitación con una sonrisa pequeña.
