Chapter Text
—Hace frío, Michael.
La voz que retumba en las paredes de yeso y pintura fresca es apenas un susurro que nadie entendería lo tanto que Michael Wheeler lo ha oído, lo mucho que ha significado.
—La leña llegará al atardecer, pondremos un poco de eso en las chimeneas gemelas de la sala, Jane —dice— eso arreglará las cosas por ahora.
Michael no mira atrás, no sé permite voltear y ver los ojos tristes de su esposa, del vestido rojo que le llega por debajo de las rodillas y de la gelidez que llena cada poro de su esencia.
Hace mucho frío, Michael no necesita que se lo recuerden.
—Bien —dice ella— para la noche, Maxine está preparando una cena de comida extranjera para nuestros invitados. ¿No lo olvidaste, verdad?
¿Invitados?
El rostro contraído en algo similar a la confusión le pinta el rostro, Jane a sus espaldas no puede verlo. Pero Michael es un hablador ávido de hacerlo con el cuerpo sin darse cuenta.
Se queda callado, Jane suspira. —Estarán a las nueve, hijo Dustin y su esposa, regresan a Hawkins tras su luna de miel. Tú mismo los invitaste a pasar por casa antes de que se pierdan en sus actividades conyugales.
Michael lo recuerda. Ahora piensa y repasa las palabras que salieron de su boca antes de los votos matrimoniales. Antes de verlo.
—Claro... claro, Dustin. —Michael gira está vez, no mira a Jane, pasa por su lado, con las palabras atropelladas y los pasos ansiosos. —Estaré listo para la noche —dice, para luego agregar— y tú también deberás estarlo, ¿por qué no vuelves a la habitación?
Jane busca su mirada, Michael la esquiva, pero de reojo ve sus ojos agrios, el entrecejo fruncido, la quietud casi amenazante de su mandíbula firme y apretada.
—Claro. —Dice solamente mientras se marcha con los tacones repiqueteando sobre la madera. Michael suelta el aire que lo aprisionaba en el pecho.
Afuera, a casi unas horas para la noche, el aire se espesaba y teñía las nubes de primavera, en nubes oscuras y nebulosas. Llovería, probablemente al anochecer, como lo ha estado haciendo continuamente los últimos días.
Hawkins es conocido por sus prados repletos de flores de estación, de sol templado y brisa fresca. Pero ese año, con el tardío regreso de Michael a casa, es como si el clima, el viento y el sol se contradijeran con lo que deberían ser. Y en cambio, dejaran a las flores llenar los prados, mientras la niebla las cubre para no dejarlas ver.
Cómo si sólo el viento hubiera cambiado y se hubiera estacionado en otras fechas. Y la tierra, sobreviniera sin importar los cambios.
Michael Wheeler ignora los tiempos con el prospecto de ser un hombre de familia propiamente dicho, mientras atrás, sigue esa frialdad personalizada como un yunque; justo afuera de su casa.
Con los vientos, las nubes grises y los girasoles impuestos sobre tierra. Dando color al fondo que pinta el pueblo para él.
El viento que lo trajo de tierras lejanas es el mismo que ahuyenta la primavera. Y que por alguna razón, mueve sus cabellos castaños lo suficiente como para hacerlo real.
No mira a través del ventanal, Michael en cambio, camina sin voltear atrás. Con las rodillas adoloridas por la suspensión tensa, y las uñas incrustadas en las palmas.
Hay marcas en sus brazos que se ha hecho, para ver si el dolor lo despierta de la pesadilla, aun sabiendo que ya lo ha hecho.
(...)
El fuego crepita y calienta lo suficiente para la lluvia torrencial y helada que truena sobre las tejas de asfalto.
La casa alejada y grande de los Wheeler es la bendición de vivir en campo y civilización equilibrada.
Y es por eso que los Wheeler y los Handerson ahora vienen como dos parejas jóvenes en silencio y calidez tibia. Sin el ruido mundano de las ciudades.
—¿Se mudarán de Hawkins? —pregunta Jane, con los tenedores fuertemente apretados sobre los platos de porcelana.
Dustin parpadea lo suficiente como para hacer notorio el estado de disociación que vivía. —No está en nuestros aviones por ahora. —respondió, como el ensayo que Michael alguna vez también propició.
—Pero es un futuro cercano si los negocios en las grandes ciudades funcionan —interviene Suzane, la esposa de un vestido verde y cauto, de Dustin.
—Si. —Y hay una pausa casi atronadora como los truenos que caían a las afueras. —Es una posibilidad viable...
Michael lo nota, rueda con el tenedor las judías de su plato en una extraña incomodidad naciente de la comprensión silenciosa. Jane lo mira, a través del maquillaje precavido de sus ojos y labios. Pero nadie aporta más, nadie indaga más.
Y la cena, amistosa y dicha en calores de distracción, es un campo minado de intereses cruzados y amigos perdidos.
Michael ya no ve al Dustin que conoció, y no sabe si es aliviador o... simplemente aterrador.
Dustin no sonríe como debería, no observa con esa curiosidad innata que tanto Michael como Jane conocieron. Es ahora un hombre, preparado para dar y contribuir a un futuro americano que no desea.
Michael lo sabe.
Entonces, surge esa parte rara y repetitiva de las cenas que suelen tener. —Y para cuando los hijos? —dice Suzane, con las ondas artificiales cayendo por los hombros.
Jane, la estatua elegante ya veces viva, suelta el tenedor con un poco más de fuerza. El ruido es duro en el silencio y todos lo entienden con rapidez. —Los niños llegarán con el tiempo, no es una prioridad mayor en este momento. —Jane responde, recomponiéndose; y Michael solamente piensa en la cantidad de veces que hicieron la misma pregunta, y la cantidad de veces que Jane reaccionó de la misma manera.
Cómo si la respuesta cada vez se impacientara, en vez de perfeccionarse.
—Oh. Michael viene lentamente mientras deja que el silencio llene los agujeros que Suzane, que Dustin o la lluvia necesitan.
Es así que Maxine Myfield hace acto de presencia con una ayudante a sus espaldas en el umbral de las columnas que dan al comedor. Cómo la solución perfecta para la incomodidad irascible.
—Señores y señoras —dice con esa solemnidad fría que la caracterizaba— el postre está servido, Cherries Jubilee, fresas frescas, helado de vainilla y kirsch. Preparado hace tan solo unos instantes, espera por su degustación. —Maxine es cortante, directa y formal. La mujer detrás de ella, con una bandeja sobre el brazo deja cada postre frente a todos. Primero los hombres, luego las mujeres.
El postre no es algo nuevo, tampoco la cúspide de reyes. Pero Michael sí sabe algo del postre, y eso es que es uno de los favoritos de Jane. No sabe si su esposa lo pidió exactamente por eso, o si Maxine, en su duro corazón, tiene mayor favor con la señora de la casa que con Michael.
—Me despido entonces, buen provecho. Y se marcha, con el vestido largo monocromático que realzaba la peineta pulcra de su cabello rojo y los ojos verdes como el jade marcados en sus pestañas.
Michael no la mira dos veces, porque está acostumbrado a verla diariamente, y porque, si por él fuera, la hubiera despedido hace muchísimo tiempo; pero Michael apenas le hace favores a Jane, y echar a Maxine, sería en el mejor de los casos, un pequeño clavo en su ataúd como esposo.
Y no es que eso sea algo que necesites pensar ahora.
—Es realmente exquisito. —Felicita Dustin, con esa sonrisa dulce que se aproximaba poco a poco a la que tenía de niño.
Devolviendo un poco de esa calidez a las paredes del lugar.
La conversación, intermitente, se propone como algo más dulce, frío, pero acogedor. Y por un momento Michael respiro como solía hacerlo hace muchísimos años.
Su paz duró lo suficiente como para dar dos pequeños bocados al postre, lo suficiente como para que la cuerda floja de su cordura fuera un instante recordado, y el temblor en el dedo anular, un acuerdo tácito de tregua.
Pero Michael no era el hombre benefactor de Dios.
Y nunca lo sería.
Entonces el timbre de la casa suena estrepitoso en medio de la cena, de los truenos tempestuosos y la laguna mental flotante entre los invitados.
Maxine se movió, con esa calma tensa que empezó a tener desde hace unas semanas. Esa anticipación que a ojos inexpertos como los de Michael, eran tan solo rasgos en la personalidad testaruda de la mujer, y no un patrón recurrente que suscita con más regularidad.
—¿Esperamos a alguien? —preguntó Dustin, con esa sonrisa confusa que tenía configurada automáticamente.
—No lo creo —dijo Jane, sin apenas levantar la vista.
Michael no se movió. Por alguna razón, podía predecir las siguientes palabras en la sirvienta, los comentarios y la incomodidad que se aplicaría como el fin de la conversación en el comedor.
—Solo una confusión, señores. —Maxine señaló con la mirada suspendida en la de Jane, una aproximación dramática de información a través de los ojos.
—Oh. —Dustin hace un gesto confuso. —Siempre hay jóvenes atrevidos que juegan a estas horas.
Es el comentario suelto.
Uno de los muchos que Michael, que Jane, que Maxine y muchos más han oído en las últimas semanas.Y Dustin solo tardaría unos días en acostumbrarse y entenderlo.
El silencio marca el final, y la lluvia que cae como un retumbar de Dioses, es tan solo los tambores que convierten al silencio, en ruido.
En uno que no necesita de personas o palabras.
Mucho menos de coherencias.
(...)
Hubo una vez, en Hawkins hace más de veinte años, un caballo oscuro de piel tersa y ojos penetrantes.
También una dulce mujer de ojos cafés que solía trenzarle los largos cabellos negros del animal.
De los baños de agua fría que aplicaba con una esponja en el lomo del caballo, y de la calidez de las palabras con las que lo pretendía de consolar.
Michael Wheeler no la conocía, ni a ella ni al animal. Pero estaba seguro que siempre la recordaría.
Era un niño cuando Michael conoció a Joyce.
Cuando «Jackson», el caballo terco y negro de su padre, solo permitió que la joven y dulce Joyce, le peinara los cabellos largos y sedosos.
Era necesario saber que Joyce solo tenía un trabajo en casa con los Wheeler, y eso solo implicaba cuidar de uno de los animales más queridos de su familia.
(...)
Los Handerson se marcharon casi una hora después de acabar de comer. Con la lluvia menuda aún calando hondo en sus huesos, y el viento fragante moviendo el vestido largo de Suzane y los cabellos despeinados de Dustin.
Jane se despidió con más que un abrazo a Suzane, un pequeño postre, palabras en el oído y una compresión que solo Jane podía inculcar en las mujeres que conoció, fueron lo que concretaron a Suzane como una visita esperada en los siguientes días.
Michael no habló mucho con Dustin. Aún cuando su amistad supera años de reticencias y obstáculos.
Los labios fruncidos y resignados de Dustin fueron la despedida en el portón que Michael recibió.
Lo que obtuvo.
Ahora se encontraban en su cama, cada uno por su lado, apenas mirándose.
Jane estaba dormida. Michael despierto.
Y eso en la habitación de penumbras y muebles de madera fina, era tan solo una afirmación a medias.
Michael pensó, en sus padres, en la cena, en Jane, en el postre que no pudo terminar y en la lluvia que no terminaba de llorar.
Michael también suspiraba. Con recuerdos que no deseaba recordar y con asuntos que no quería resolver.
Pensó en su sueño, en el hombre que le confió a su hija hace ya un tiempo, y que lo fulminaba cada vez que se veían.
No lo entendía, si lo apreciaba, mínimamente toleraba, o si... Michael era la opción más mediocre que Jane pudo elegir.
Pero no intenta que el hombre lo quiera como un hijo.
Michael, en su deseo de dormir y distraerse, cree que quizás ese puesto, lo perdió cuando se plantó en casa de los Hopper's con apenas una camisa planchada y el cabello despeinado. Apresurado por un sí afirmativo de Jane, la hija única de la casa.
La decisión fue de Jane por más control rígido de las mujeres hijas en las familias tradicionales.
Jim Hopper tenía apenas un ceño fruncido y un suspiro cansado como opinión.
Lo que significa que la oportunidad que Michael tuvo por... por rehacer su vida, fue en benevolencia de Jane.
El muro duro de frialdad que le guarda cariño.
Un cariño casi extinto.
Michael se remueve en la cama cuando, nuevamente, alguien toca el timbre de la casa.
Está vez, Jane no lo escucha. Michael, en su claridad, decide fingir que también es sordo.
Que está dormido y soñando. Que la pesadilla de cada noche es tan solo "la broma atrevida de unos jóvenes a media noche", y que, como todos en el pueblo, Michael no sabe qué lo provoca.
Pero luego está el toc toc en las ventanas, el rechinar en las puertas inexistentes, o en el granero, en el que la mula que Lucas trajo del campo, chilla.
Michael no debería saber lo que podría ocurrir.
Cómo Jane, como Maxine, como Lucas o pronto Dustin.
Y se quedaría congelado, como siempre lo ha hecho, sin embargo, ahora hay algo más extraño sucediendo.
No es el animal, no es la lluvia o el ruido en las ventanas o puertas; no, son los pasos.
—¿Quién...?
Michael se mueve antes de pensar en lo que está haciendo. No se pone los zapatos de noche, tampoco se abre o busca una linterna o vela.
Porque Michael no sabe lo que está haciendo cuando empieza a salir de la habitación.
La casa de los Wheeler es un laberinto por dentro; madera, libros y retratos.
Y Michael recuerda haber roto a muchos de ellos cuando corría por la casa de niño.
Camina descalzo por la madera del suelo, no ve bien el camino, pero escucha perfectamente los pasos. Las pisadas casi fantasmales que lo guían.
— ¿Quién anda ahí? —susurra, como si no tuviera voz para hablar más fuerte.
Hay puertas siendo tocadas cada noche, pero no hay pasos reales que puedas seguir.
Ejemplificaciones más específicas que signifiquen algo.
No debería ser así, y Michael desea que solo sea Maxine o algún sirviente deambulando en la casa en la noche.
No es así.
Avanza lo suficiente como para llegar a la primera planta y quedarse mirando el portón por el que despidió a Dustin hace unas horas.
Si sale, la lluvia será el manto que lo cubrirá, y si no sale, todo lo que está haciendo lo convertir en un demente.
Michael abre la puerta con la delicadeza de alguien que no quiere ser escuchado, sale descalzo. Con sólo una camisón para dormir.
Y la lluvia junto al viento, son los brazos a los que cae.
El camino pavimentado de piedra le última las plantas de los pies, pero no se detiene.
Hay alguien caminando en su propiedad, un extraño que cree que puede hacerlo.
Y Michael siente mucho frío cuando llega a las puertas del establo. La mula ahora está callada, los caballos, blancos y cafés se presionan con sus patas y cuerpo. Cómo si se escondieran de algo más.
—¡¿Quién anda ahí?!
Grita, la voz rasposa por el frío. Y los pies húmedos se retuercen entre sí, buscando el calor inexistente.
Michael gira, la paja le pica, el cabello se le pega al rostro y su labio inferior tiembla ligeramente.
Hace mucho frío. Y Michael Wheeler está parado en medio del establo de los caballos y mulas, mientras grita por el acechador que merodea su casa, sus pasillos, a sus sirvientes y mentes.
No hay nadie, ni siquiera el chillido de unos ratones.
Y Michael empezó a retroceder para marcharse, cambiarse de ropa y conciliar el calor que perdió.
Atrás, uno de los caballos empieza a rechinar las patas. Michael avanza, no hay absolutamente nadie en el establo, pero él como todos los animales, están asustados.
Y Michael recuerda tarde que ignorar lo que no deberías ignorar, te sale caro.
Algo le tapa la boca.
La reacción es instantánea, se retuerce, no le falta aire, pero la mano que lo silencia da el suficiente miedo como para golpear al sin medir, cómo sucumbir a la desesperación.
—¡Uf...!
Michael grita, chilla y patalea.
Jane entra a los minutos y lo encuentra retorciéndose en el suelo.
Solo y empapado.
Su cuerpo frío y aterrado está sostenido por los brazos firmes de su mujer.
Michael no reacciona cuando los ojos que pide que regrese, son escalofriantemente iguales a unos que juró olvidar. Cuando su puño se lanza al aire e impacta con la pulcritud de Jane.
Maxine y Lucas llegan a un tiempo para evitar peores consecuencias.
Y Michael desaparece del establo con los brazos temblorosos, los ojos inyectados en sangre y esos puños firmes que no dejaban de apretarse.
Hace mucho frío en Hawkins, y hace dos semanas, junto a la primavera, algunas cosas extrañas han comenzado a suceder.
Una de ellas, el clima helado que no mata a las fresias, a los girasoles y a los crisantemos.
Cómo si Dios hubiera escogido sus flores favoritas para vivir, y a sus menos favoritas, para perecer.
