Chapter Text
—¡Ah, no! ¡No voy a dejar que escape! —exclamó Aoi saliendo justo detrás de Yukizome. Naegi le gritó que no fuera impulsiva pero ya era tarde. La nadadora acababa de perderse por el mismo pasillo que la desesperada mujer.
Kimura Seiko contuvo sus ganas de salir corriendo del mismo modo que acababa de hacer Asahina Aoi. No le quedó más remedio que quedarse y explicarles por encima lo sucedido a Naegi y Munakata [el cual parecía severamente afectado por todo lo que estaba sucediendo y no le culpaba teniendo en cuenta su extraña… relación con Yukizome (nunca había terminado de comprender en qué términos estaba su relación y ahora quería saberlo menos que nunca)].
—Entonces, ¿está en manos de Yukizome terminar con todo esto? ¿Es ella la persona con la que trabajaba Tengan? —preguntó Naegi.
—No lo sé —respondió Kimura—. Pero Tengan no parecía en la desesperación, no, quiero decir, Tengan no estaba en la desesperación. Habría reaccionado ante Sakakura y él… él hablaba de esperanza.
—No suena muy lógico que hable de esperanza mientras provoca que nos matemos entre nosotros —musitó Naegi. Kimura no podía estar más de acuerdo con él, sin embargo, no había modo de que ya pudieran discutir más el tema. Tengan estaba muerto y no iba a resucitar para explicarles qué demonios pasaba por su enferma cabeza. Miró a Munakata cuando le escuchó acercarse a ellos y no dijo nada cuando el albino agarró a Sakakura de un brazo para elevarlo y poder cargar con él.
—Tenemos que salir de aquí —masculló el vicepresidente—. Necesita atención médica —Kimura tragó saliva. Jamás había visto tan perdido a aquel hombre. Deseó que nada de aquello hubiera sucedido pero un simple deseo no iba a cambiar los hechos.
—¡Busquemos a Kirigiri! —exclamó el chico de la esperanza—. ¡Ella nos ayudará a encontrar el modo de salir de aquí!
—Naegi… ayuda a Munakata e id a buscar a Kirigiri. Yo buscaré a Asahina. Me preocupa que pueda pasarle algo —reconoció la farmacéutica. Sabiendo que Sakakura estaba en manos de aquellos dos hombres podía preocuparse por el hecho de que tenían a una talentosa mujer llena de desesperación correteando por las instalaciones como Pedro por su casa. En cierto modo se sentía responsable. No había podido moverse demasiado sorprendida por la revelación y había sido Asahina la que había logrado reaccionar a tiempo de que ocurriera una desgracia. Se puso en marcha sin esperar la aprobación de aquellos dos.
—¡Ah, Kimura! ¡Por favor, evita que alguien golpee a Asahina! ¡Sería terrible! —escuchó que Naegi exclamaba mientras ella corría por el mismo lugar por el que Yukizome y la nadadora habían huido. No había pasado tanto tiempo desde que se habían marchado así que Seiko confiaba en que pudiera encontrarlas tarde o temprano.
Una parte de ella desearía más tarde el haber sido más rápida. El no haberse entretenido tanto con Munakata y Naegi mientras internamente se había cuestionado si era correcto seguirlas o no.
Porque no las encontró solas.
Parecía ser que Asahina había dado alcance a Yukizome y al mismo tiempo ambas mujeres se habían topado de lleno con Izayoi y Ruruka o al menos eso intuyo por la situación que se presentaba ante sus ojos.
Ella realmente había odiado a Ruruka. La había odiado como se odia a esos niños que abusan de tu bondad para sacarte hasta la última gota de tu confianza en el ser humano. La había odiado hasta el punto de realmente querer matarla y, sin embargo, ahora que la veía allí, tendida en el suelo, desangrándose, la sola idea de que ella realmente fuera a morir le hizo darse cuenta de que realmente, realmente, no habían aclarado nada. Nunca se habían dicho la verdad a la cara. Nunca habían realmente hablado de lo sucedido o de la razón por la que ambas se guardaban rencor. Kimura había creído entonces que no merecía la pena. ¿Pero realmente no hubiera merecido la pena?
Quizá ya no lo sabría nunca.
Asahina taponaba la herida del pecho de Ruruka mientras Izayoi se encargaba de Yukizome. Yukizome. Seiko ni siquiera quiso mirar. Se acercó a Ruruka para intentar atender sus heridas, para intentar salvarla de alguna forma mientras escuchaba de fondo los gritos histéricos de Izayoi y la risa desquiciada de la castaña. Asahina tenía las manos llenas de sangre y los ojos a punto de desbordarse por las lágrimas que a duras penas lograba contener. Probablemente se sentía responsable pero no era su culpa. Incluso si ella no hubiera perseguido a Chisa era más que probable que se hubiera topado con Izayoi y Ruruka de todas formas y solo los espíritus sabían que podría haber pasado entonces.
—Kimura… —Ruruka gorgoteó. Abrió los ojos y por un momento ambas se miraron fijamente. A la farmacéutica se le atoraron las palabras en la garganta cuando vio como la mujer empezaba a llorar delante de ella—. No quiero… no quiero morir… por favor, por… favor… Kimura. Seiko —jadeó.
Y Seiko hizo todo lo que pudo para salvarla.
Pronto solo escuchó la respiración agitada de Sonosuke después del desagradable sonido de la carne cortándose, el grito de dolor de una mujer y la sangre abandonando el cuerpo de alguien. Kimura se obligó a sí misma a no mirar a Yukizome. Se obligó a sí misma a mantener el recuerdo de la mujer que le había tendido la mano y le había mostrado cariño y comprensión. Se obligó a sí misma a recordarla como una mujer feliz, bondadosa y llena de amabilidad.
Se obligó a no mirarla.
Porque si lo hacía esa imagen desaparecería para siempre.
Y la Yukizome de sus recuerdos no merecía eso.
Lloró.
Fue entonces cuando repentinamente los brazaletes de los allí presentes se desligaron de sus muñecas. La luz se fue y con su partida llegaron las explosiones.
Y la esperanza.
Las paredes del hospital no eran blancas. Estaban sucias y descolchadas. Esa suciedad fue lo primero que Juzo vio cuando volvió a abrir los ojos. Estaba conectado a un respiradero artificial por lo que ni siquiera intentó levantarse. Su cuerpo era una cárcel febril y adolorida. Su mano derecha aun le chillaba por su inconsciencia, sin embargo, no se comparaba con el dolor que le producía la acción vital de respirar. Sobrevivir estaba siendo un padecimiento más cruel de lo que habría imaginado. Parpadeó lentamente. Su respiración sonaba como una trompeta estropeada y se había vuelto más errática con su despertar. Sobrevivir no fue la única de las sorpresas, Izayoi Sonosuke estaba sentado en la cama contigua a la suya mirándole con una expresión indescifrable para él.
—Así que por fin has despertado, ¿uh? Resulta sorprendente que hayas sobrevivido. Kimura no las tenía todas consigo —Sakakura no respondió. Si respirar le dolía no quería imaginar que se sentiría intentar hablar—. Ya veo. Supongo que ahora mismo debe ser todo lo que implique a tu garganta una tortura para ti.
Sakakura le miró como pudo y asintió. Su cabeza era un torbellino de preguntas sin respuesta. Para empezar, ¿qué cuernos hacía él allí?
La respuesta fue como un mazazo a su cerebro.
—Yukizome está muerta —informó—. Yo la maté después de que ella hiriera a Ruruka. Ella está… grave ahora mismo. Los médicos no están seguros de que vaya a sobrevivir —añadió—. Aunque supongo que no es realmente una información relevante para ti dado que sigues enfermo, lo de Yukizome —se quedó callado—. Ah. Y salimos de todo el juego y esa mierda —Sonosuke frunció el ceño, estaba demacrado y las ojeras parecían comerse su rostro—. No se me da bien esto, ¿verdad? No es como si hubiera planeado contártelo todo yo, pero has despertado cuando estaba aquí así que supongo que me toca esto. Y supongo que te preguntaras que hago aquí cuando ni siquiera somos amigos cercanos, ¿no?
«Es solo… que no quiero estar con Ruruka ahora mismo cuando no puedo hacer nada por ella. Así que vine aquí porque tenía preguntas para ti, pero supongo que ahora mismo no puedes responderme —el silencio fue la única respuesta que pudo darle—. Lo imaginaba. De acuerdo, empezaremos por el principio, ¿no? Salimos de allí gracias a los remanentes de la Desesperación. No me mires con esa cara. Ellos nos… salvaron antes de que la cosa se pusiera más fea. Resultó que ese viejo chiflado había logrado hacer un video que nos lavaba el cerebro y hacía que nos suicidáramos —explicó—. Kirigiri Kyoko lo descubrió y desconectó la electricidad lo cual hizo que nuestros brazaletes se esfumaran y dejásemos de tener acciones prohibidas, aunque eso complicó un poco las cosas con Mitarai. No fue mucho más allá de todas formas. La cosa es que —empezó a contar con los dedos— Tengan, Gozu, Kizakura, Bandai, Gekkogahara y Yukizome están muertos y a nosotros nos salvaron aquellos a los que queríamos condenar y encima cargaron con el muerto de lo que había pasado, menuda locura, ¿no crees?
«Nos parecemos más de lo que ambos queremos admitir, tú y yo — Izayoi reprimió una sonrisa torcida—. Nunca me ha gustado hablar, ya lo sabes. Pero supongo que dado que tú no puedes me toca a mí —esperó unos instantes—. Tengo miedo de que Ruruka muera —reconoció de golpe—. No sé qué haría sin ella. Y entonces oí de tu situación. Enamorado, enfermo, sin ser correspondido, pero vivo. Luchando por vivir a pesar de que tu existencia se apaga por alguien que no es capaz de corresponder tu amor —estaba siendo terriblemente directo—. Y yo quiero saber cómo porque te juro que no soy capaz de imaginar mi vida sin ella. No puedo imaginar mi vida sin su amor. Si hubiera estado en tu situación quizá ya haría años que estuviese muerto.
—Izayoi… —murmuró Juzo con la voz ronca cortando su estrepitoso monologo. De repente le dio igual el dolor—. Eres un cretino —sentenció con una firmeza que no se reflejó en sus quebradas vocales—. No podría… vivir sin él —cerró los ojos—. Mi único motor… es su felicidad. Aunque a veces haya… deseado… amor para mi… u otro motor… en mi vida —aspiró profundamente—. No se elige.
Volvió a abrir los ojos y ambos se miraron. Sonosuke suspiró pesadamente y asintió lentamente sin increpar al moreno por lo que inconscientemente le había revelado. Aquello no se elegía, tenía razón y como había imaginado era ese mismo amor el que movía a Sakakura a actuar. Se marchó dejándole solo. Kimura y Asahina le visitaron más tarde. La sorpresa se pintó en sus facciones al ver a la castaña pero no la echó de su habitación. Ella parecía interesada en él y él no tenía ganas de pensar en todo lo que había pasado. Ellas le explicaron concienzudamente que era lo que había pasado después de que se desmayara. Fue extraño averiguar por su relato que Munakata finalmente se había quedado a su lado mientras ellas y Naegi buscaban a los demás y la forma de salir de allí (aunque Kimura se aseguró de omitir bastantes detalles con lo que respectaba a la muerte de Yukizome). Fue aún más raro que le explicaran toda la maldita situación con los antiguos gérmenes de la Desesperación, sin embargo, tuvo que aceptarlo porque en el fondo era algo bastante irrelevante para él lo que les pasara a esos mocosos. Obviamente hubiera querido hacerles pagar por todo el daño que habían causado, pero si realmente estaban curados no tenía caso. Suponía.
Solo esperaba que esa misericordia no les costase caro en el futuro.
Aunque no es como si el creyese que fuese a vivir para verlo.
—¿Por qué nadie me ha avisado de que Sakakura estaba ya despierto? —la voz de Munakata interrumpió la conversación de las dos mujeres que estaban sentadas a su lado. Lucía más pálido de lo habitual y su traje perfectamente planchado y por lo general impecable estaba totalmente fuera de su sitio.
—Porque necesitabas descansar, Munakata —le recordó pacientemente Seiko—. No acabaste precisamente ileso de tu enfrentamiento con el robot —el rostro de Kyosuke tenía una gran venda que cubría su mejilla izquierda. El albino fulminó a la mujer con la mirada pero no dijo nada más hasta acudir al otro de la cama del paciente para tomar asiento.
—Minucias —espetó finalmente. Kimura suspiró pesadamente. Juzo sabía que no había nada en el mundo que ella pudiera decir que hiciera que Munakata cambiara de opinión.
Dado que Sakakura aún no se encontraba en condiciones de hablar largo y tendido simplemente le hicieron compañía y fueron ellos los que hablaron. Lo hicieron también en los días venideros hasta que finalmente la garganta de Juzo había dejado de ser una maquina escupidora de sangre (aunque por desgracia las camelias seguían ahí, jodiendole la existencia). Se suponía que aquel día iban a darle, por fin, el alta ya que poco podían hacer por su estado terminal al no disponer de cirujanos (Sakakura tampoco los quería). Estaba terriblemente impaciente por salir del hospital. Munakata se encontraba sentado en la silla de la que se había hecho dueño y señor mientras esperaban al doctor.
Apenas habían hablado.
Y era complejo. Sakakura no sabía por dónde empezar y estaba seguro de que Munakata tampoco lo sabía. ¿Enoshima y su puto chantaje? ¿Yukizome en la Desesperación? ¿La enfermedad que nunca les había revelado hasta que fue inevitable? Temas había para aburrir a un condenado el día antes de su ejecución. Pero él no se decidía por ninguno en concreto y el tiempo iba pasando sin que él supiera en qué estado había quedado su relación después de haber revelado en su agonía la traición que hacía años había cometido por un miedo más atroz del que sentía hacia la muerte.
—Oye, Munakata —murmuró en un intento desesperado de romper el hielo. Porque necesitaba saber hasta qué punto lo había jodido todo.
—Uhm, ¿sí?
—Siento… todo lo que ha ocurrido. Todo —reconoció no sin dificultad—. Sobre Yukizome y sobre… Enoshima Junko.
—Reconozco que —giró su rostro hacia el moreno— me enfadé un poco cuando me dijiste que Enoshima te había chantajeado. Claro que tampoco me duro mucho el enfado dadas las… extraordinarias circunstancias —calló—. No pude pensar demasiado en nada con todo lo que de repente estaba pasando a mi alrededor.
—Lo siento.
—No tiene caso disculparse ahora, Sakakura. No voy a… despreciarte por eso o algo así. Aunque reconozco que me hubiera gustado que confiaras en mí para ayudarte con ese problema. Aunque no entiendo que es eso que tanto tenías que ocultar como para que esa mujer pudiera chantajearte.
—Mi… —dudó—. A la persona que yo amo, Munakata —agachó el rostro para clavar sus ojos del color de la magenta en sus dedos. Aún tenía vendada la mano derecha—, ella amenazó con revelarle esa… información. Y yo no estaba preparado —seguía sin estarlo—. Tampoco tenía caso —y seguía sin tenerlo.
—No me has dicho quién es, aún —el semblante de Munakata estaba tranquilo, sin embargo, Sakakura lo conocía lo suficiente como para saber que no había ni una mota de calma en su interior.
—Munakata. No te lo voy a decir. Eres capaz de matarlo —¿era capaz de suicidarse? Juzo no estaba seguro y no iba a averiguarlo. No ahora que Yukizome se había ido para siempre.
—No sería una gran pérdida visto lo que te está haciendo.
—Munakata —le reprendió. No era algo especialmente habitual en ellos más no iba a permitir que hablase así de sí mismo.
—Lo siento. No estoy teniendo ninguna consideración con tus sentimientos hacía esa persona —le miró inseguro—. Es solo que no quiero perderte —las palabras del albino fueron dagas para el corazón del exboxeador. Cerró los ojos y aspiró profundamente. El dolor. Esa clase de dolor le dejaba sin aliento.
—Kimura cree que aún me queda algo de tiempo a pesar del shock causado por no tomar la medicación a tiempo —le miró—. Así que supongo que aún… puedo seguir intentando no tener estos sentimientos.
—Te ayudaré —Munakata se ofreció inmediatamente y Juzo fue incapaz de decirle que no, ¿cómo podría? Aunque sabía que su cercanía sería de todo menos una ayuda no podía echarle de su lado. No ahora que se había sincerado (más o menos) y Munakata seguía aceptándole a su lado como a un igual. Y, porque en el fondo, no quería separarse ni alejarse de él.
Que perro tan masoquista había resultado ser.
Las cosas cambiaron después del juego. En la Fundación. En su vida. Munakata dejó el cargo de la presidencia de la Fundación en manos de Naegi (pese a sus protestas), sin embargo, no abandonó la vicepresidencia. Juzo sospechaba que la traición involuntaria de Yukizome tenía algo que ver pero ella seguía siendo un tema del que no se atrevía a hablar desde su última conversación. No habrían podido salvarla incluso si hubiera sobrevivido al juego. El programa que había salvado a los chicos estaba corrupto y la única persona que podría haberlo rehecho estaba muerta. Sakakura no habría culpado a Kyosuke si se hubiese enfado o hubiera gritado (el tema lo tenía a él mismo comido de frustración después de todo), sin embargo, Munakata solo había dicho que no tenía caso pensar sobre lo que podría haber pasado y había continuado lavando los platos. El exboxeador sabía que tarde o temprano Munakata estallaría con lo que realmente sentía y dejaría de reprimir sus emociones en ese estallido.
También sabía que no sería bonito.
Y no lo fue.
De hecho, ocurrió mientras Munakata estaba borracho (lo cual hizo que todo fuera más violento). Había acudido a su apartamento después de recibir un mensaje indescifrable desde el móvil del albino para él lo cual, por descontado, le preocupó muchísimo viendo de quien venía. Cuando pudo entrar en su apartamento tras forzar la cerradura se encontró con varias botellas de cristal vacías en el suelo. Juzo se adentró en el salón para buscar al hombre. Munakata estaba en el sofá, sentado, con el pelo desordenado y su traje totalmente arrugado. Apestaba a alcohol.
Discutieron.
Munakata le tiró cosas a la cabeza (cosas que tuvo que limpiar después como los cristales de las botellas que habían estallado al chocarse contra la pared por esquivarlas). Kyosuke le gritó, maldijo a Yukizome una y otra vez de mil maneras distintas y luego lloró la muerte de la mujer que había conocido. Después le increpó lo sucedido con Enoshima, le insultó por ocultarle que estaba enfermo y al final se aferró a él, lloró en su hombro y le suplicó que no se muriera.
Las cosas mejoraron un poco después de eso. Al menos, el ánimo de Munakata lo hizo, aunque al principio se mostrase muy avergonzado por lo ocurrido (y se disculpaba constantemente con él por lo mismo).
En cuanto a la enfermedad… No menguo ni un ápice así que constantemente se encontraba con Kimura por las pastillas. Ruruka seguía en coma y no daba signos de que fuera a despertar pronto. No estaba seguro de que fue lo que le llevó a visitarla pero lo hizo. Una mañana fue a ver a aquella mujer egoísta y exagerada. Cuando la vio conectada a los tubos que la mantenían con vida pudo apreciar su palidez, las vendas que le cubrían su delgado cuerpo, sus ojos cerrados. Parecía dormida. Parecía que en cualquier momento despertaría y le recriminaría por haberse comido uno de los pastelillos que había preparado con amor para Izayoi. Sintió algo de pena por ella y por Sonosuke.
—Tu deseo de vivir es así de grande, ¿eh? —ella luchaba mientras él no hacía más que rendirse una y otra vez pero sus situaciones no eran comparables. Él llevaba mucho tiempo luchando y ya estaba demasiado herido y cansado para continuar.
—¿Sakakura? —la voz de Kirigiri Kyoko detrás de sí fue inesperada pero no se sobresaltó por ella.
—Sí, soy yo.
—¿Has venido a ver a Ando? No sabía que se llevaban bien —comentó con la curiosidad evidenciándose en su voz.
—Sí, supongo que algo así, ¿y tú?
—Naegi quería saber su estado y yo tenía que venir aquí por unos análisis así que le estoy haciendo el favor —se encogió de hombros tras responder y se acercó al florero de la habitación para cambiar las flores viejas por unas más nuevas.
—Kirigiri —llamó él—. Tú eres la detective definitiva, ¿no?
—Correcto —confirmó ella.
—Me preocupa Izayoi —reconoció.
—¿Temes que se suicide si ella muere? —no hubo respuesta—. Estaban muy unidos. No es algo que me gustaría que pasase, pero es una probabilidad muy alta.
—¿No deberíais hacer algo?
—No puedo forzarle a ir a un psicólogo para que le prepare mentalmente para la posible pérdida de su novia. Por desgracia, no puedo —respondió la detective. Alzó la vista hacia el techo, luego la bajo para mirarle—. ¿Qué hay de ti?
—¿Qué pasa conmigo?
—No se lo has dicho —la aseveración tan contundente le dejó un momento sin palabras. Debería haberlo imaginado.
—Ya es inevitable. Decírselo a estas alturas sería de sádicos —afirmó—. No quiero ponerle esa carga encima.
—Eres sorprendentemente amable teniendo en cuenta tu reputación.
Ambos se quedaron callados. Juzo dudó. Últimamente siempre dudaba para al final decir igualmente lo que quería. Suponía que era una de esas ventajas de saberse con un pie en la tumba (medio cuerpo, en su caso).
—¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?
—Dispara.
—¿Qué se siente al ser correspondido por la persona que se ama?
Kirigiri se quedó callada, pensativa. Sus ojos se pasearon por la habitación y sus manos enguantadas se entrelazaron lentamente. Dudaba. Más bien, no sabía cómo responder a la pregunta planteada por el exboxeador pues nunca se había parado a pensar realmente como se sentía con todo aquel asunto.
—Dicha —acertó a responder tras largos minutos en los que no se sentía conforme con la respuesta que iba a dar—. Es ese tipo de felicidad que experimentas muy pocas veces. Una felicidad plena.
—Ya veo.
—Supongo que solo me resta desearte suerte, ¿no? Me gustaría poder hacer algo por ti. A Asahina le caes bien —volvió a dudar—. Y a mí también.
Una media sonrisa le surcó el rostro al moreno mientras la veía marchar. Naegi Makoto tenía suerte. Tenía buenos amigos (y estaban vivos). Tras un rato más decidió que ya había sido suficiente y se marchó también del hospital.
Así los días fueron pasando uno detrás de otro.
Y así la Hanahaki continuo su labor sin trabas. Su condición empeoró inevitablemente hasta el punto de que Munakata terminó viviendo con él para ayudarle en su debilidad (odiaba estar así, odiaba que Munakata le viera así). El juego había tenido consecuencias nefastas para su organismo y aunque había sido un milagro el haber sobrevivido al acelerado crecimiento del tallo eso no quería decir que fuera a librarse de todas las consecuencias.
Juzo despertó sobresaltado una tarde. Se había quedado dormido en el sofá, apoyado en el hombro de Munakata y con la manta echada por encima de ambos. El cuerpo de Munakata era cálido, su presencia un bálsamo para viejas heridas y, sin embargo, tuvo que contener las ganas de llorar en silencio por algo que jamás iba a ocurrir. Si tan solo pudiera permanecer así por el resto de lo que le quedaba de vida sería feliz. Dolorosamente feliz. El exboxeador aspiró sonoramente.
—¿Juzo? ¿Cómo te sientes? —Munakata preguntó. Juzo contempló entonces una perfecta flor de camelia blanca entre los dedos del vicepresidente. Maldijo por lo bajo. Era más que probable que la hubiera escupido mientras dormía.
—Supongo que peor que ayer pero mejor que mañana —masculló con la voz quebrada.
—Juzo… —que Munakata hubiera comenzado a llamarle por su nombre de pila era otra de sus pequeñas y doloras alegrías.
—Ya, lo siento, no soy la alegría de la huerta. No puedo evitarlo —murmuró. Estaba un poco cansado de mentir. De mentirse. De mentirle. Escuchó el lento suspiro ajeno y volvió a cerrar los ojos.
—Está bien. Soy yo el que te ha preguntado.
Juzo le miró, dudó y finalmente extendió la mano para delinear con el pulgar la cicatriz que le había quedado en la mejilla al otro hombre. El gesto en aquellas circunstancias fue más íntimo de lo que había previsto. Munakata contuvo el aliento mientras el exboxeador terminaba de deslizar su dedo.
—Debería haberte protegido mejor —musitó.
—Tú no me estás dejando protegerte —reclamó Kyosuke.
—¿Ah?
—Juzo. Dime quién…
—No puedo —cortó el moreno—. Si lo matarás —si murieras— lo único que lograrías es que me suicidara después. No soportaría saber que ha muerto por mi culpa.
—¿Tanto lo amas?
—Si yo… si tuviera que sacrificarme por él yo lo haría —reconoció—. Yo lo haría —repitió—. Supongo que he llegado a ese temible punto en el que no puedo imaginar mi vida sin este amor corrompido.
—No hables así de tus sentimientos, Juzo —le reprendió el contrario—. Las cosas se arreglarán, te lo prometí.
—Te he dicho muchas veces que no hagas promesas que no pue… —Juzo tosió y sintió el brazo de Munakata rodearle la cintura, su mano sobre su pecho para ayudarle a echarse hacia delante para escupir. Su preocupación era palpable. A Juzo le dolía. Le dolía estar causándole todo aquel dolor de cabeza a la persona que más quería y quizá lo único que le reconfortaba era que aquello no continuaría durante demasiado tiempo.
Más nuevamente se equivocó.
El calvario duró meses.
Meses que pasó junto a Munakata, que se marchitó frente a él. En más de una ocasión el suicidio se le paso por la mente, sin embargo, Kyosuke no le dejó rendirse. Fue un apoyo en el que no quería apoyarse, fue quien le obligó a seguir con vida. Sakakura se habría desternillado de la ironía que suponía todo aquello, pero no quería parecer más inestable mentalmente de lo que ya era. Varias veces se preguntó por qué Munakata no se deshacía de él, por qué no se libraba de una vez de la carga que se había autoimpuesto de manera estúpida. Llegó a gritárselo un día en el que el dolor le nubló el juicio.
Pero Kyosuke solo le abrazó, solo se aferró a su espalda con ambas manos y no le soltó en todo lo que restaba de día.
En cuanto a los demás, Kimura y Asahina le visitaban continuamente. Incluso Kirigiri se pasó de vez en cuando para conocer su avance. Izayoi no solía ir, pero si le llamaba asiduamente, aunque no terminaba de comprender porque le usaba a él (un muerto prácticamente) para escapar de la agonía que la situación de Ando le provocaba. De vez en cuando también veía a otros miembros de la Fundación como Naegi o Togami aunque era por temas de trabajo y eran más bien visitas de Munakata.
Juzo inspiró, espiró y vomitó una tanda de camelias dentro del váter. Aquella mañana hacía un calor horroroso, su pecho se sentía extremadamente caliente y ajeno y se había terminado atrincherando en el baño. Llevaba ya una hora allí y podía escuchar a Munakata discutiendo fuertemente con Kimura desde su posición. No pensaba dejarlos entrar. Si iba a morir en el baño como un perro no pensaba dejar que nadie lo viera. Así de negros eran sus pensamientos cuando una nueva oleada de un dolor que jamás había experimentado le forzó a escupir hasta el alma. Su garganta se irritó del esfuerzo y él jadeó agotado cuando minutos más tarde aquel ataque se detuvo de golpe. Todo paró en seco y él al menos pudo sentirse algo más... ligero. Extrañamente ligero.
La confusión se hizo reina y señora de su cabeza mientras observaba que aquella vez había escupido algo más que las habituales camelias y sus detestables pétalos. Verde. Había trozos de una sustancia verde entre el blanco de las flores (¿el tallo?), raíces ensangrentadas y un pequeño bulbo.
—¿Qué cojones es esto? —se preguntó en voz alta. Metió la mano en el váter para sacarlos y examinarlos (por muy asqueroso que eso fuera). Se sobresaltó cuando alguien golpeó con fiereza la puerta del baño y soltó el marchito tallo dentro del inodoro nuevamente. Un desagradable chapoteó sonó al hundirse en el agua.
—¡Juzo! —escuchó a Kimura gritar—. ¡O das señales de vida ahora mismo o te juro que tiro la puerta abajo! —amenazó. El hombre se apresuró a hacer algún ruido antes de levantarse con dificultad. Se sentía débil y algo mareado a pesar de lo… liberado que se sentía de golpe.
—¿Seiko? —preguntó, quitó el pestillo de la puerta y cuando la abrió le recibieron sendas miradas hostiles—. Lo siento —mintió. Carraspeó un poco debido a lo que su garganta escocía y se frotó débilmente el pecho. Sus dedos se enredaron en la tela de su pijama inconscientemente. No entendía que le estaba sucediendo, ¿cómo era posible que se sintiera repentinamente mejor por muy agotador que aquello le hubiera dejado? ¿Por qué sentía como si le hubieran quitado un peso de encima cuando nada había cambiado?
Se sobresaltó al igual que Kimura ante el estrepitoso ruido que Munakata hizo al arrancar el pestillo de la puerta del baño.
—¿¡Munakata!? —exclamó la mujer sorprendida. Juzo estaba tan desconcertado que no pudo decir ni una palabra.
—No vuelvas a hacer esto —fue lo único que dijo entre dientes.
—Vale —acertó a responder el exboxeador. Se apoyó en él unos segundos y miró a Kimura inseguro. De hecho, esa inseguridad se lo estaba comiendo por dentro debido a la confusión que aún seguía vigente en su cabeza, en sus cinco sentidos—. Seiko… creo que necesito consejo profesional.
—No soy doctora —le recordó.
—Me da igual. Tú ya te has enfrentado a esto antes atendiendo a otros —su ansiedad le obligó a arrastrar a la mujer delante del inodoro para enseñarle el resultado de su reciente agonía. Kimura lo observó todo con expresión neutra y lo que podría haberse llamado como curiosidad científica. Munakata se acercó a ellos y volvió a ser el apoyo de Juzo mientras miraba también. La escena en la que se encontraban, los tres agachados viendo el contenido de un váter, podría haber dado para muchas habladurías así como para el cuestionamiento de la salud mental de los tres adultos.
—Juzo, ¿sigues enamorado? —la pregunta de la farmacéutica fue directa. No dudó antes de hacerla.
—Hasta las trancas.
—¿Se te han declarado?
—¿Qué? ¡No! Obviamente me encantaría —aclaró— pero sigue siendo unidireccional —intentó no mirar a Munakata bajo ningún concepto.
—Oh, entonces debe funcionar igual que con la muerte —caviló—. Posiblemente las feromonas de su cuerpo enamorado reaccionen en tu propio cuerpo eliminando…
—Espera, espera, espera —interrumpió Juzo que no entendía ni media palabra—. ¿El cuerpo enamorado de quién está eliminando qué?
—Tu enfermedad —señaló las raíces sin tocarlas—. Si sigues enamorado esto significa que han empezado a corresponderte. Estás expulsando las raíces de la Hanahaki, Juzo —estaba emocionada—. Tu cuerpo está eliminando todo rastro de la enfermedad en tu organismo.
—¿Qué? —Sakakura estaba estupefacto. Dejó de apoyarse en Kyosuke y cayó de culo al suelo. Sus piernas no le sostuvieron por más tiempo.
—Esto es genial, Juzo, ¡por fin vas a dejar de estar enfermo! —Kimura se le abrazó bruscamente en su excitación.
—¿Qué?
—¡Juzo! ¡Reacciona! Te estoy diciendo que te corresponden, ¿no estás feliz? —Seiko pasó de la felicidad a la impaciencia ante el hermetismo del exboxeador.
—Kimura, creo que deberías dejar que asimilara la información —le recomendó Munakata. Ella lució inconforme, pero asintió. Era incapaz de comprender por qué Sakakura no la creía, ¿acaso le había mentido alguna vez? Por un momento temió que Juzo tuviera un ataque de pánico, incluso llegó a recordarle a una especie de pez fuera del agua cuando empezó a cerrar y abrir la boca incrédulo. Finalmente, pareció aceptar el hecho o al menos dejó de boquear como un idiota. No dijo nada más pues en cuanto le sacaron del baño se sumió en sus pensamientos y se negó a salir de ellos. Daba igual cuanto se esforzará Kimura en sacarle algo del tema. Solo recibió respuesta a las preguntas que nada tenían que ver con él.
—Deberías haberle dicho algo al respecto sobre quién es. Kimura realmente estaba feliz por ti —Kimura se había ido así que fue la voz de Munakata la que le obligó a reaccionar, a alzar el rostro hacía él y a mirarlo como si fuera la primera vez que lo veía. Aún era incapaz de asimilar el verdadero significado de las palabras de la farmacéutica, de su sentencia. ¿De su exculpación?
—No estoy seguro de que quisieras que hablara del tema delante de ella —se atrevió finalmente a hablar.
—¿Por qué no? Yo también estoy muy feliz por ti. De hecho, me siento terriblemente aliviado de que está pesadilla este viendo por fin su final.
—Kyosuke.
—Dime.
Juzo dudó, ¿cómo no iba a hacerlo? Solo había una persona en el mundo a la que había amado y amaba. Munakata era, a todas luces, desconocedor de aquel hecho y eso hacía que su mente se presentará a la ansiedad por lo que estaba a punto de hacer. Se estaba curando según palabras de Kimura, él no había dejado de amar a Kyosuke en ningún momento. Eso solo podía significar que él había comenzado a quererle románticamente, ¿no? Y eso no tenía ningún puto sentido para él porque Munakata seguía siendo el mismo de siempre con él. Le miró a los ojos con los propios entornados y se decidió en ese momento a no dejar pasar ni un minuto más sin saberlo. Si había una oportunidad por pequeña que fuera no iba a dejarla pasar.
Ya no.
—Te quiero —le confesó con el corazón en la mano y el estómago en la garganta.
Y ambos se sumieron en el silencio. Uno al lado del otro escuchando la respiración del contrario sin saber que decir, que más decir.
Quizá no había nada que añadir, quizá fue suficiente para Juzo sentir la mano de Munakata sobre la suya antes de que sus dedos se enredaran en un fuerte apretón, quizá fue suficiente sentir las lágrimas silenciosas del albino sobre su hombro mientras sus manos permanecían fuertemente entrelazadas.
Quizá no.
Fue suficiente.
Al menos para él.
Juzo no necesitó más respuesta que aquello para saber la verdad.
Los besos y las caricias vinieron después, poco después, entre palabras de amor y promesas susurradas únicamente al otro.
