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Missio Salvatoris

Chapter 8: La caída de Ícaro

Notes:

Recuerden que las palabras en Negritas son en alto valyrio.
La palabra en Negrita que puse con el nombre de Percy es cambio de pov.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

"Tengo miedo de no poder salvar a nadie, mis hermanos, dioses mis queridos hermanos. Tus hijos e hija tía, ¿Como sera su vida una vez que no estemos junto con ellos? Estoy asustado de no poder cumplir con exito mi mision." - Lucerys a Helaena.

 

 

 

 

 

Todavía sentía la mano de Percy acariciándole la espalda mientras los últimos espasmos de su llanto se disipaban. Al principio, tanto Grover como Percy se habían quedado paralizados al verlo sollozar con una angustia tan profunda, como si estuviera guardando el luto por alguien querido (y, en cierta forma, así era). Sin embargo, no hubo tiempo para preguntas; Lady Annabeth les había gritado que corrieran, advirtiendo que las Furias -o como sea que se llamaran esas criaturas- estaban pidiendo refuerzos. 

-¿Estás bien? ¿Quieres que lleve tu mochila mientras te calmas? -la voz de Percy llegó a sus oídos con una suavidad inesperada.

Ese tono le recordó dolorosamente a Daemon hablando con su madre, Rhaenyra, cuando intentaba ayudarla durante los difíciles embarazos de Aegon, Viserys y la pequeña Visenya.

-No, no es necesario, gracias —respondió Lucerys, manteniendo la cabeza baja mientras seguía caminando-. Es solo que... los dioses me mostraron algo espantoso.
-Bueno, lo bueno de que los dioses existan es que siempre tienes a alguien a quien culpar cuando todo sale mal -dijo Percy con una sonrisa ladeada, hundiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros.

Lucerys pensó en lo útil que había sido aprender de Annabeth sobre las costumbres cotidianas para lograr adaptarse a ese extraño mundo. No pudo evitar soltar una pequeña risa al escuchar cómo ella regañaba a Percy por aquel comentario, aunque supiera que el chico solo intentaba animarlo.

-Andando, más rápido -apremió Annabeth-. Cuanto más nos alejemos, mejor.

-Nuestras cosas, el dinero, la comida... todo se quedó en la explosión del autobús -recordó Percy, sin soltar el antebrazo de Lucerys-. Lo único que nos queda son nuestras armas y lo que trajo Luke.-
Sin detener su marcha, Lucerys pasó la mochila hacia su pecho, la abrió y comenzó a repartir algunas de las provisiones que sus hermanos le habían empacado.

-Bueno, quizá si no hubieras decidido saltar en medio de la pelea... -empezó Annabeth.
-¿Qué querías que hiciera? ¿Dejar que te mataran?-
-No necesitaba que me protegieras, Percy. Habría estado bien.-
-Rebanada como pan de molde -intervino Grover- pero bien.-
-¡Cállate, niño cabra! -bufó ella.

Lucerys no tenía idea de dónde estaban; solo sabía que avanzaban entre árboles que despedían un olor rancio y desagradable. Tras unos minutos, notó de reojo que Annabeth se emparejaba con Percy para susurrarle algo.

-¿Somos un equipo, no? -fue la respuesta que alcanzó a oír de labios de Percy.

Sintiendo que era una conversación privada, Lucerys se adelantó para caminar junto a Grover.

-Latas de estaño... una bolsa perfecta llena de latas de estaño -murmuró el sátiro con nostalgia.
-No te preocupes, Grover -le sonrió Lucerys- Mis hermanos me dieron mucha comida enlatada. En cuanto las terminemos, puedes quedarte con el metal.-

Grover le devolvió la sonrisa con un brillo de agradecimiento en los ojos.

-Por cierto, ¿sabes por dónde vamos? -preguntó Lucerys, sintiendo el peso de la incertidumbre.
-Eso me recuerda... -Grover comenzó a hurgar en sus bolsillos hasta sacar un instrumento extraño. Se lo llevó a la boca y sopló.

Un chirrido agudo, similar al lamento de un búho siendo torturado, rasgó el silencio del bosque.

-¡Hey, mi lengüeta de caña todavía funciona! -exclamó Grover con entusiasmo-¡Si tan solo pudiera recordar una canción de "Ruta de Descubrimiento", podríamos salir de aquí!-

Lucerys estaba a punto de preguntar qué era eso de una "ruta de descubrimiento" cuando un golpe seco lo hizo sobresaltarse. Percy acababa de estrellarse de lleno contra un árbol. El joven príncipe soltó una carcajada mientras veía a Percy tropezar y soltar una sarta de maldiciones durante varios metros. El chico se frotó la frente, mirándolo con una expresión de mortificación que solo logró aumentar la risa de Lucerys.

De repente, el aire cambió. Al final de un claro donde la luz brillaba con más fuerza, comenzó a filtrarse un aroma delicioso que les abrió el apetito al instante.
-Por los dioses, no he probado nada grasiento desde que llegué al Campamento -murmuró Percy para sí mismo, con un tono casi reverencial- Lo que daría ahora mismo por una hamburguesa doble con queso.-

Continuamos caminando hasta dar con una carretera solitaria donde no se veía ni un alma. Frente a nosotros, un viejo pergamino de madera crujía con el viento, junto a un edificio que irradiaba una luz acogedora y un aroma que hacía que me rugiera el estómago. El lugar estaba rodeado de objetos extraños: algunos me resultaban familiares, pero otros me erizaban la piel. Había osos tallados en piedra con un realismo aterrador y figuras que parecían personas de madera atrapadas en un gesto de espanto.
-¿ATNYU MES GDERAN GOMEN MEPROUIM? -balbuceó Percy, entrecerrando los ojos frente al letrero.

-Percy, ahí dice: Jardín del Emporio de los Gnomos de la Tía Em -le señalé, preocupado de que el golpe contra el árbol le hubiera afectado el juicio- ¿Qué es un gnomo? ¿Y qué significa "emporio"?-
Grover, que parecía estar olfateando el aire con nerviosismo, señaló con la mano las dos figuras pequeñas que flanqueaban la entrada.

-Esos son gnomos, Luce.-

-¿"Luce"? -saltó Percy de inmediato, tensando los hombros y apretando la mandíbula- Grover, ¿desde cuándo le dices "Luce"?-

Lucerys se apresuró a poner una mano sobre el brazo de Percy para frenar su repentino arranque de celos. Al contacto, sintió una punzada de calidez; en momentos como ese, Percy le recordaba inevitablemente a Jacaerys. Jace siempre había sido así: un escudo humano, alguien cuya protección a veces rozaba la asfixia, pero que nacía de un amor incondicional.
-Tranquilo, Percy -murmuró Lucerys con suavidad- Es un apodo que usaba mi familia.

El recuerdo de una tarde en Dragonstone cruzó su mente como un relámpago. Recordaba a Jace siguiéndolo por los acantilados, advirtiéndole que no se acercara demasiado al borde. Lucerys, harto de que no lo dejara explorar a su aire, se había girado gritando: "¿Por qué tienes que cuidarme tanto?". Jacaerys solo lo había mirado con una seriedad impropia de su edad antes de responder: "Fuiste mi primer hermano, Luce. Jamás dejaría que te pasara nada".

Aquella misma mirada protectora, aunque más torpe y llena de impulsos, era la que ahora veía en los ojos verdes de Percy.

-Ya, bueno...-gruñó Percy, aunque relajó los hombros y evitó mirar a Lucerys a los ojos- Supongo que está bien. Solo que suena... privado. No dejes que nadie más te llame así, ¿vale? Solo nosotros.- Dijo antes de cruzar el camino hacie el lugar.

-Oye... -advirtió Grover, retrocediendo un paso.
-Las luces están encendidas adentro -observó Annabeth, ignorando el miedo del sátiro- Tal vez esté abierto.-
-Cafetería -pronunció Percy con una voz cargada de anhelo y melancolía, como si estuviera nombrando un reino perdido.
Lucerys ladeó la cabeza, confundido. ¿Qué demonios era una "cafetería"? Sonaba a algún tipo de salón de banquetes, pero el tono de Percy le hacía pensar en algo mucho más sagrado.

-Cafetería -asintió Annabeth, compartiendo por una vez el mismo deseo que Percy.
-¿Están los dos locos? -exclamó Grover, dando un saltito nervioso- Este lugar es extraño.-

Lucerys asintió, y no pudo evitar lanzar una última mirada a una de las estatuas de piedra. Tenía los ojos muy abiertos, como si hubiera visto el fin del mundo justo antes de convertirse en roca. Por un segundo, sintió que el aroma a carne asada no era suficientemente tentador como para quedarse en el frío de ese jardín.
Le ignoraron mientras caminaban mas adentro, animales y personas talladas en piedra, incluso un satiro al igual que Grover.

-¡Bla-ha-ha! -baló Grover, con el sonido rompiéndose en su garganta- ¡Se parece a mi tío Ferdinand!-
-No lo toques-le imploró Lucerys, sintiendo una punzada de aprensión mientras observaba los detalles de la piedra.
-Huelo a monstruos -insistió el sátiro, olfateando frenéticamente el aire.
-Tu nariz está obstruida por el azufre de las Furias -le replicó Annabeth con impaciencia-. Lo único que yo huelo son las hamburguesas. ¿Es que no tienes hambre?-
-¡Carne! -dijo Grover con desdén-. Soy vegetariano, por si no lo recordabas.-
-Pero si comes enchiladas de queso y latas de aluminio -le recordó Annabeth con una pequeña sonrisa, tratando de aliviar la tensión-. Mis hermanos decían que el metal no era parte de una dieta equilibrada.-
-¡Eso cuenta como verdura! -se defendió Grover-. Vamos, salgamos de aquí. Estas estatuas... me están mirando.-

Lucerys sintió un escalofrío. Grover tenía razón; había algo en la disposición de aquellas figuras de piedra que se sentía mal. Sin embargo, el hambre y la determinación de Percy y Annabeth eran fuerzas difíciles de detener. 

La puerta rechino al ser empujada y una mujer con un vestido de color negro junto a un velo como los que usaban en Dorne de tela vaporosa aunque esta no dejaba que pasara ni un solo rastro de su imagen, tenia ademas una postura desafiante y elegante. -Niños es muy tarde para estar afuera solos, ¿Dónde están sus padres?- 

-Ellos están... ummm... -Annabeth comenzó a decir, dudando por primera vez mientras miraba a la extraña mujer de los velos.
-Somos huérfanos -intervine yo, dando un paso al frente con una expresión de fingida tristeza que habría enorgullecido a mi madre.
-¿Huérfanos? -repitió la mujer. La palabra sonó alienígena en su boca, como si fuera un concepto que no terminara de comprender-. ¡Pero, mis amores! ¡Seguramente no!-

Percy me miró de reojo, sorprendido por la facilidad con la que soltaba la mentira, pero le hice una pequeña seña para que me siguiera la corriente.

-Nos quedamos separados de nuestra caravana -continuó Percy, dejando que su voz flaqueara un poco-. Nuestra caravana del circo. El director de pista nos dijo que lo encontráramos en la gasolinera si nos perdíamos, pero... tal vez se le olvidó, o quizás se refería a una gasolinera diferente. De cualquier manera, estamos perdidos y muy lejos de casa.-

La mención del "circo" pareció convencerla, o al menos la entretuvo.

-¿Es eso comida lo que huelo? -preguntó Percy, olfateando el aire con una curiosidad que no era del todo fingida. El hambre estaba empezando a nublar mi juicio tanto como a Annabeth.
-¡Oh, mis pobres niños! -exclamó ella, retrocediendo para dejarnos pasar-. Pasen, pasen. Tengo hamburguesas, batidos y todo lo que unos pequeños artistas de circo puedan desear.-

Entré con cautela, sintiendo la mirada de las estatuas en mi espalda. Me acerque al oído de Percy y susurré:
-¿Circo, en serio? ¿Y qué se supone que hacemos nosotros?-
-Tú pareces el que limpia los elefantes, Percy -le respondió Annabeth en voz baja con una sonrisa traviesa-. Solo camina y no mires atrás.-

El almacén estaba lleno de más estatuas: personas en todas las poses diferentes, llevando puesto todo tipo de trajes diferentes y con expresiones diferentes en sus caras. Pensaba que tendría que tener un jardín bastante enorme para encajar una de estas estatuas, porque eran todas de tamaño natural y pensé directamente en el jardín de Rhaenys de la Fortaleza Roja.

-Por favor, siéntense -dijo la Tía Em con una voz que pretendía ser maternal, pero que me erizaba el vello de la nuca.
-Estupendo -respondí, tratando de sonar como un niño agradecido.

-Ummm... -intervino Grover a regañadientes-. No tenemos nada de dinero, señora.
Antes de que Percy pudiera golpearlo en las costillas por arruinar nuestra fachada de víctimas desamparadas, la Tía Em soltó una risita seca.
-No, no, niños. Nada de dinero. Este es un caso especial, ¿sí? Es mi regalo para unos huérfanos tan agradables.-
-Muchas gracias, señora -dijo Annabeth.

Su voz sonaba educada, pero sus ojos grises no dejaban de escanear la habitación, analizando cada rincón sombrío y cada cortina pesada. Nos sentamos a una mesa larga mientras el olor a carne asada inundaba mis sentidos, recordándome a los grandes banquetes en el salón de mi abuelo, aunque allí las paredes no se sentían tan... opresivas.

-Es muy generosa -añadí, sentándome al lado de Percy-. En mi hogar, la hospitalidad es una ley sagrada, pero no esperaba encontrarla en mitad de un bosque extraño.-
Percy, que ya estaba prácticamente salivando ante la idea de la comida, me dio un ligero empujón con el hombro.
-Ves, Luce, te dije que este lugar no podía ser tan malo. Comida gratis y un techo, es casi como el Campamento, pero con mejor menú.-

La Tía Em se dio la vuelta para dirigirse a la cocina, sus largos velos arrastrándose por el suelo como escamas de serpiente. Me quedé observándola, sintiendo que un nudo en mi estómago se retorcia, sino de una advertencia que los dioses, o quizás mi propia sangre, intentaban susurrarme al oído.

-Muy bien, Annabeth -dijo ella con una voz que goteaba una dulzura artificial-. Tienes unos ojos grises hermosos, niña.-

En ese momento, el hambre era un rugido sordo en mi estómago que me impedía pensar con claridad. Solo mucho más tarde, cuando el peligro ya nos pisaba los talones, me preguntaría cómo demonios supo ella el nombre de Annabeth, si ninguno de nosotros se había presentado. Antes de que nos diéramos cuenta, la mujer regresó con bandejas cargadas hasta los topes. Todo era comida que jamás había visto pero que olia delicioso.

-¿Qué es... esto? -pregunté, señalando las papas fritas con una mezcla de fascinación y desconfianza. En casa comíamos raíces y legumbres, pasteles de carne, pasteles dulces, pan y queso, vino y frutas, pero nada que brillara tanto bajo la luz de las lamparas.

-Es la gloria, Luce -respondió Percy, que ya le había dado un mordisco monumental a su hamburguesa. Parecía haber olvidado por completo sus sospechas. Y, mientras comia contra todo pronostico me ofrecio papas fritas y un batido.

Annabeth, aunque seguía alerta, no pudo resistirse más y comenzó a comer con una elegancia que contrastaba con la desesperación de Percy. Yo tomé una de esas tiras amarillas y saladas; estaba crujiente y caliente. Era una explosión de sabor que nunca había experimentado en los banquetes de la Fortaleza Roja.

-Está... realmente bueno -admití, sintiendo cómo el batido de vainilla me congelaba la garganta de una forma placentera-. Casi me hace olvidar que estamos en un jardín lleno de gente de piedra.

La Tía Em se quedó de pie a un lado, observándonos comer. Sus manos estaban entrelazadas bajo sus velos y, aunque no podía verle los ojos, sentía que nos pesaba encima como una red.

-Coman, mis amores, coman -susurró ella-. Necesitan estar fuertes para lo que viene después.-

Estaba a la mitad de mi batido cuando vi como Percy se tensaba. Annabeth sorbió su batido con parsimonia, mientras Grover picaba algunas papas fritas con desgano; observaba el papel encerado de la bandeja como si tuviera más ganas de comerse el envoltorio que la comida, pero se veía demasiado nervioso para morder nada.

-¿Qué es ese ruido de siseo? -preguntó Grover de repente.

Presté atención, pero no oí nada más que el viento colándose por las rendijas. Annabeth negó con la cabeza, impaciente.

-¿Siseo? -preguntó la Tía Em-. Quizá escuchas el aceite de la freidora profunda. Tienes oídos agudos, Grover.-
-Tomo vitaminas. Para mis oídos -balbuceó él.
-Eso es admirable -dijo ella-. Pero por favor, tranquilo.-

La Tía Em no probó bocado. No se había quitado el tocado ni siquiera para cocinar, y ahora permanecía sentada frente a nosotros con los dedos entrelazados, observándonos comer. Era inquietante tener a alguien clavándote los ojos sin poder verle el rostro, pero me sentía satisfecho tras las papas fritas y un poco soñoliento. Pensé que lo mínimo que podía hacer era intentar charlar con nuestra anfitriona.

-Entonces, usted vende gnomos -dijo Percy, intentando sonar interesado.
-Oh, sí -respondió ella-. Y animales. Y personas. Cualquier cosa para el jardín, hechas por encargo. La estatuaria es muy popular, sabes.-
-¿Hay mucho trabajo por esta vía?-
-Ni tanto, no. Desde que construyeron la carretera principal... la mayoría de los autos ya no pasan por aquí. Debo apreciar mucho cada cliente que consigo.-

Mi nuca sintió un hormigueo, como si alguien más me estuviera vigilando desde las sombras. Me di la vuelta, pero solo era una estatua de una jovencita sujetando una canasta de Pascua. El detalle era increíble, mucho mejor de lo que uno suele ver en las estatuas de jardín, pero algo estaba mal en su expresión. Lucía alarmada, casi aterrada.

-Ah -dijo la Tía Em con tristeza-. Notaste que algunas de mis creaciones no salen bien. Están estropeadas. No se venden. La cara es lo más difícil de lograr. Siempre la cara.-
-¿Hace estas estatuas usted misma? -pregunté, sintiendo una extraña compasión.
-Oh, sí. Hace un tiempo tuve a dos hermanas para ayudarme en el negocio, pero han fallecido y ahora la Tía Em está sola. Solo tengo mis estatuas. Por eso las hago, ¿entiendes? Son mi compañía.-

La tristeza en su voz sonó tan intensa y real que no pude evitar sentir pena por ella. Me recordó a la soledad que a veces veía en los ojos de mi madre cuando hablaba de la abuela la reina Aemma, siempre viéndome a los ojos. Sabia que eso era por que (según Daemon) me parecía demasiado a ella. Sin embargo, Annabeth había dejado de comer. Se inclinó hacia delante, con los ojos grises brillando por la sospecha.

-¿Dos hermanas? -preguntó ella, con un tono que me hizo despertar del letargo de la comida.
-Es una historia terrible -dijo la Tía Em-. No es una para niños, realmente. Verás, Annabeth, una mujer malvada estaba celosa de mí hace mucho tiempo, cuando yo era joven. Tenía un... un novio, sabes, y esta mujer estaba decidida a separarnos. Ella causó un accidente espantoso. Mis hermanas permanecieron junto a mí; compartieron mi mala fortuna tanto como pudieron, pero eventualmente fallecieron. Se desvanecieron. Solo yo he sobrevivido, pero a un precio. Un precio muy alto.-

No estaba seguro de a qué se refería, pero sentí una profunda pena por ella. Mis párpados pesaban cada vez más; el estómago lleno me sumía en un sopor adormecedor. Pobre anciana. ¿Quién querría lastimar a alguien tan agradable? Me recordaba a las historias de injusticias que se susurraban en los pasillos de Desembarco del Rey.

-¿Percy? -Annabeth lo sacudió para llamar su atención-. Tal vez deberíamos irnos. El director de pista nos estará esperando.-

Su voz sonaba tensa, aunque no entendía por qué. Grover estaba masticando el papel encerado de la bandeja ahora mismo, pero si la Tía Em encontraba aquello extraño, no dijo nada.

-Qué bellos ojos grises -le dijo la Tía Em a Annabeth otra vez-. Ay, sí... ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi unos ojos grises como esos.-

La mujer estiró la mano como si quisiera acariciar la mejilla de Annabeth, pero ella se puso de pie abruptamente, retrocediendo un paso.

-Nosotros... en realidad deberíamos irnos.-
-¡Sí! -Grover se tragó el trozo de papel encerado de un golpe y se puso en pie-. ¡El director de pista espera! ¡Es cierto!-

Yo no quería irme. Me sentía lleno y extrañamente contento. La Tía Em era tan amable... quería quedarme con ella un rato más, descansar de la huida y los monstruos.

-Por favor, amores -imploró la Tía Em-. Es tan raro pasar tiempo con niños. Antes de que se vayan, ¿al menos se sentarían para una pose?-
-¿Una pose? -preguntó Annabeth con cautela.
-Una foto. La usaré para modelar un nuevo set de estatuas. Los niños son muy populares, ¿saben? Todo el mundo ama a las estatuas de niños.-

Annabeth cambiaba el peso de su cuerpo de un pie a otro, visiblemente nerviosa.

-No creo que podamos, señora. Vamos, Percy, Grover, Luce...-

Despierta Campeon

El aire en el jardín de la Tía Em se volvió pesado, frío, y el olor a grasa frita fue reemplazado instantáneamente por el hedor a azufre, sangre y miedo. El siseo se transformó en mi mente en el rugido ensordecedor de una multitud enloquecida.

No estaba en un emporio de gnomos en un bosque extraño. Estaba en Desembarco del Rey, y el cielo estaba en llamas.

-¡No, Joff! ¡Baja de ahí! -grité, pero mi voz se perdió en el estruendo de miles de gargantas pidiendo sangre de dragón.

Desde mi posición en la Fortaleza Roja, vi a mi hermano menor, a Joffrey, el más pequeño y valiente de nosotros, trepando desesperadamente por el lomo de Syrax, la dragona dorada de nuestra madre. Joffrey no tenía su armadura, solo su túnica de seda, y su rostro estaba pálido por el terror, pero sus ojos brillaban con una determinación suicida. Quería salvar a su propio dragón, Tyraxes, atrapado en el Pozo.

-¡Syrax, arriba! -escuché el grito de Joff, una orden en alto valyrio que la bestia no estaba obligada a obedecer.

La dragona dorada se elevó, pesada y majestuosa, pero en cuanto sintió un peso extraño en su lomo, un jinete que no era su reina, se enfureció.

-¡Sostente, Joff! -bramé, mis uñas clavándose en la piedra del parapeto hasta hacerme sangre-. ¡Usa las riendas!-

A mil pies de altura, Syrax comenzó a retorcerse violentamente. Vi el cuerpo pequeño de mi hermano sacudirse como una muñeca de trapo sobre las escamas doradas. La dragona hizo un giro brusco, un giro de muerte, y el mundo pareció detenerse.

Mi corazón dejó de latir. Vi cómo Joffrey perdía el equilibrio. Vi sus manos desesperadas resbalar por el cuello de la bestia, buscando un agarre que ya no existía.

Y entonces, cayó.

-¡JOFFREY! -el grito me desgarró la garganta, pero no hubo sonido, solo un eco silencioso en mi alma.

Cayó como una estrella fugaz, una pequeña mancha oscura en un cielo de fuego. Tardó una eternidad en llegar al suelo. Mis ojos se negaban a cerrarse, obligándome a presenciar cada segundo de su descenso. Cerré los puños con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos, deseando con todas mis fuerzas tener alas para volar y atraparlo, pero yo estaba atrapado en la tierra, impotente, viendo cómo mi último hermano caia.

El impacto fue brutal. No hubo sangre derramada en el aire, solo el sonido seco y sordo de huesos rompiéndose contra los techos de la calle de la Seda.

El dolor en mi pecho fue tan intenso que me dejó sin aliento. Me derrumbé en el suelo, sollozando en silencio, mientras el cuerpo destrozado de Joffrey yacía solo y olvidado en medio del caos de la ciudad que su madre reclamaba, viendo como exhalaba su ultimo aliento y como las personas pasaban sobre el y otras, agarrando sus pertenencias de su cuerpo.

Empece a gritar y, Arrax lo sintió. 
Transformándose en medio de ese lugar a un dragon de cuerpo completo. 
Rugiendo fuego y quemando todo a su paso.

El fuego de dragon le llego a la anciana que nos había alimentado y probablemente alcanzaría a los demás. 

-¡Agáchate! -gritó Grover otra vez-. ¡Yo la golpearé!-

Eso finalmente me sacudió. Conociendo a Grover, estaba seguro de que fallaría a Medusa y me golpearía a mí. Percy, y yo nos tiramos hacia un lado justo cuando un golpe fuerte resonó en el aire. Al principio imaginé que era Grover chocando contra un árbol, pero entonces Medusa rugió con ferocidad.

 


Percy

 


-Miserable sátiro -gruñó ella-. ¡Te agregaré a mi colección!-
-¡Eso fue por el tío Ferdinand! -gritó Grover en respuesta.

Me alejé gateando entre las estatuas mientras Grover bajaba en picada para otra pasada. ¡Zas! Otro golpe. La anciana chilló, su pelo de serpiente siseando y escupiendo veneno.

Percy de un momento a otro salto y chillo.
-¡Cielos! ¡No hagas eso!-

Annabeth se quitó la gorra de los Yankees y se volvió visible. Tenía una mirada fría y decidida.

-Tienes que cortarle la cabeza.-

CORTAR QUE.

-¿Qué? ¿Estás loca? Salgamos de aquí.-
-Medusa es una amenaza. La mataría yo misma, pero... -Annabeth tragó saliva, como si admitiera algo difícil-. Tú tienes una mejor arma. Además, jamás me acercaría a ella. Me cortaría en trozos por ser hija de mi madre. Tú tienes una oportunidad.-
-¿Qué? No puedo...-
-Mira, ¿quieres que siga convirtiendo inocentes en piedra? -señaló a una pareja de estatuas abrazadas-. ¡Hazlo ya!-

Annabeth agarró una esfera verde de un pedestal.

-Sólo mírala a través del cristal. Nunca la mires directamente.-
-¡Hey, chicos! -gritó Grover desde el aire-. ¡Creo que está inconsciente!-

El grito de Medusa sacudió los cimientos del almacén.

-Puede que no -corrigió Grover mientras intentaba otro pase con su rama.
-¡Apresúrate! -me urgió Annabeth-. Grover chocará pronto.-

Saqué mi bolígrafo y lo destapé. La hoja de bronce de Contracorriente se expandió en mi mano. Seguí el siseo del pelo de Medusa a través de la esfera de cristal. Entonces, vi a Lucerys.

Estaba de pie, con los ojos inyectados en sangre, como si acabara de regresar de un infierno personal. Sus manos temblaban, pero su voz salió como un trueno antiguo.

-¡No tocarás a nadie más! -gritó Lucerys.

De repente, una sombra pequeña que siempre lo seguía comenzó a crecer. El aire se calentó de forma insoportable. Un rugido, mucho más profundo y aterrador que el de Medusa, sacudió el jardín. Una silueta escamosa se alzó tras las estatuas, extendiendo alas que parecían hechas de humo y ceniza.
El dragón de Lucerys abrió las fauces y soltó una llamarada de fuego ardiente. No era un fuego normal; era naranja y dorado, iluminando todo el lugar.

Medusa gritó de puro terror al ver las llamas envolviéndola. Se cubrió el rostro con las garras, tratando de protegerse del calor abrasador, olvidándose por completo de mí. Era la distracción perfecta.
Me acerqué a ella a través del reflejo verde. Medusa estaba de rodillas, con su pelo de serpientes chamuscado por el aliento del dragón.

-No dañarías a una mujer vieja, Percy -canturreó ella, intentando usar su voz mágica a pesar del dolor-. Sé que no lo harías.-

Vacilé. Sus ojos en el reflejo parecían quemar la tinta verde del cristal, debilitando mis brazos.

-¡Percy, no la escuches! -gimió Grover desde donde había chocado contra un oso de cemento.

Medusa se lanzó sobre mí con las garras extendidas. Aproveché el impulso. Acuchillé hacia arriba con mi espada. Oí un repugnante ¡shlock! y luego un siseo como el viento escapando de una caverna. El cuerpo del monstruo se desintegró en polvo.
Algo cayó al suelo junto a mi pie. Me costó toda mi voluntad no mirar. Sentí sangre cálida empapar mi calcetín mientras pequeñas cabezas de serpientes moribundas tiraban de mis cordones.

-Oh, asco -dijo Grover-. Mega-asco.-

Annabeth llegó a mi lado, mirando al cielo para evitar el suelo. Sujetaba el velo negro de Medusa.

-No se muevan.-

Con cuidado extremo, cubrió la cabeza con la tela negra. Estaba terminando cuando Lucerys se acercó, respirando con dificultad. Su dragón había vuelto a su tamaño pequeño, ocultándose entre sus ropajes como si nada hubiera pasado.

-¿Estás bien? -le pregunté a Lucerys. Él asintió en silencio, aunque sus ojos todavía guardaban el reflejo de las llamas.
-¿Por qué no se evaporó la cabeza? -pregunté a Annabeth.
-Es un botín de guerra. Como tu cuerno de Minotauro -respondió ella con voz temblorosa-. Pero no la desenvuelvas. Todavía puede petrificarte.-

Nos retiramos al almacén, exhaustos. Encontramos bolsas de plástico y envolvimos la cabeza. Las palabras en la bolsa decían: ¡APRECIAMOS SU NEGOCIO!

Tras una breve discusión sobre si la culpa era de Poseidón o Atenea, y después de que Annabeth y yo nos lanzáramos insultos por el cansancio, me levanté decidido. Fui a la oficina, tomé los dracmas, encontré la dirección del Inframundo en Hollywood y preparé una caja.

-¿Qué estás haciendo? -preguntó Annabeth.

Escribí la nota de envío:
A los Dioses. Monte Olimpo. Piso 600. Con deseos de felicidad, PERCY JACKSON.

-Pensarán que eres impertinente -advirtió Grover.

Coloqué las monedas en la bolsa de Hermes. Hubo un sonido de caja registradora y el paquete desapareció con un ¡pop!

-Soy impertinente -dije, mirando a Lucerys, quien por primera vez en todo el día, esbozó una sonrisa cansada.

Annabeth suspiró, resignada.

-Vamos. Necesitamos un plan nuevo.-

Notes:

Holaaaa se que me tarde y lo siento, pero les dejo este capitulo! espero les guste y muchas gracias por comentar en mis historias, gracias por dejar sus votos y kudos.

Notes:

ACTO ÚNICO
LOS OJOS NO SABEN GUARDAR SECRETOS.

 

“Eres lo más cercano al cielo de lo que estaré alguna vez.”