Chapter Text
Abrir los ojos el día de la cosecha se estaba volviendo costumbre. Ella estaba segura de que no saldría seleccionada, pero siempre existía la mínima posibilidad de que su único papel, metido entre los miles de otros niños del distrito, fuera tomado.
Salió de su cama y comenzó sus preparativos diarios. Hoy sería el único día del año en que si se veía bonita no sería juzgada.
Tomó el vestido rojo que su madre le había comprado el verano de su primera cosecha. Era su vestido favorito. Esta sería la segunda vez que lo usaría.
Al bajar las escaleras de su casa, olió el rico aroma que salía de la cocina: huevos fritos con tocino. Le encantaba su sabor, y como hoy era un día especial, se daría el lujo de comer cosas con grasa.
—Buenos días, querida —saludó su madre.
—Hola, mamá —entonó ella mientras se sentaba a la mesa.
—Te ves hermosa con ese vestido. Deberías usarlo más —elogió la madre mientras ponía un plato con el desayuno frente a Sakura.
—Bueno, solo lo uso en días especiales como hoy. Ya sabes, por la cosecha.
—Ah, sí. La cosecha —Mamá sonaba desanimada.
—Descuida, mamá. Este año mi nombre solo estará dos veces —sonrió Sakura, tratando de tranquilizarla.
—Sí. Lo sé.
El resto del desayuno continuó en silencio. Solo el sonido de los cubiertos sobre el plato lo rompía.
Ayudó a levantar la mesa y salió a pasear un rato. La conversación del desayuno la había puesto nerviosa. Necesitaba salir antes de ver llorar a su madre. Siempre pasaba en la mañana de la cosecha.
Caminó con desahogo por la plaza principal del distrito 7. Todo estaba impecable. Las banderillas de publicidad del Capitolio colgaban en todas las tiendas.
No sabía a dónde ir.
Nunca había tenido amigos. Sus compañeros de clase la odiaban. "La realeza", le apodaban. Solo había conocido a un chico. Uno que nunca la trataba mal.
Era un chico del pueblo. Lo había conocido la vez que sus padres la llevaron a su "gira de pueblos".
Konoha era la aldea Shinobi del distrito 7. Y estaba, como su nombre decía, escondida entre las hojas.
Los árboles que la rodeaban eran aterradores. Y los habitantes también.
Habían tardado dos días en llegar allí. La carcacha que todos codiciaban era demasiado lenta. Sakura había pensado que si caminaban habrían llegado antes.
Ella siempre había tenido más fuerza que las niñas de la ciudad, y también era más rápida. Eso solo la había marcado como "la noble rara" de la ciudad.
Siempre se había preguntado por qué era diferente, y por eso estaba allí ahora. La aldea natal de su madre, Konoha, se veía majestuosa. La montaña Hokage era, sin duda, el lugar más impresionante que había visto nunca.
Cuatro rostros tallados en piedra. "Los protectores de la aldea", le había dicho su madre. "Las sombras del fuego", le había explicado su padre.
Había rogado por subir a la cima para ver el paisaje, pero sus padres se lo habían negado. Papá tenía trabajo que hacer con el actual Hokage, y mamá quería visitar el cementerio. Así que la habían dejado sola en la vieja casa de mamá.
Estaba aburrida y deseosa de ver la aldea desde la cima del monte Hokage, y decidió ir sola. Ella era fuerte y podía ir y volver sin que nadie se enterara.
Pensó que subir las gradas la agotaría, pero no. Era divertido y era un buen ejercicio. En tan solo unos pocos minutos ya estaba en la cima. El viento le golpeó la cara, dejándola sin aliento. Caminó hasta el borde del acantilado y... Era hermoso. La escapada había valido mil veces la pena.
Quería quedarse allí arriba para siempre, pero como sus padres podían atraparla, decidió quedarse solo unos minutos.
Habían pasado como cinco minutos cuando escuchó pasos detrás de ella. Al darse la vuelta, lo primero que vio fueron mechones dorados, seguidos por el rostro de un niño con marcas en el rostro.
Cruzaron miradas, y luego el chico sonrió.
La sonrisa del chico era la más grande que Sakura había visto.
—Hola. ¿Eres nueva? Nunca antes te había visto por aquí —saludó el rubio.
—Hola.
—No hablas mucho, eh —bromeó mientras caminaba hacia el borde del acantilado.
—No te acerques mucho al borde. Podrías caerte —se asustó Sakura al ver que el chico se acercaba más al borde.
—No te preocupes. Sé lo que hago —dijo mientras saltaba.
—¡¿Qué?! —Sakura corrió hasta el borde para ver si el chico se había matado.
Grande fue su sorpresa al ver al chico ileso encima de una de las grandes cabezas que adornaban la montaña.
—¡Qué demonios haces, idiota! —gritó—. ¡Casi me matas del susto!
El niño volvió a sonreír. Tenía las manos entrelazadas detrás de la cabeza y sonreía a Sakura.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el niño, ignorando los gritos de Sakura.
—Ehh... Sakura Haruno. Un gusto —respondió por costumbre.
—Yo soy Naruto Uzumaki, y seré el próximo Hokage.
—¿Hokage, eh? —preguntó con curiosidad—. ¿No quieres ser vencedor?
—Sí. Primero voy a ser el vencedor más fuerte del distrito 7, y luego seré tan popular que tendrán que hacerme Hokage —argumentó Naruto.
—Tiene sentido —coincidió Sakura.
Hablar con este chico era fácil. No había prejuicios escondidos detrás de palabras lindas. No se conocían, y eso lo hacía sencillo.
Hablaron de todo: el clima, el paisaje, las clases, la comida y su familia.
Al llegar a ese tema, sintió que la voz de Naruto se apagaba un poco. Era imperceptible, pero Sakura siempre había tenido los sentidos más desarrollados que toda su ciudad.
Naruto era huérfano y vivía solo en una casa otorgada por el Capitolio. Sus clases eran diferentes a las de Sakura, ya que Konoha era una aldea shinobi.
Y así, conversando, fueron pasando las horas.
El sol caía al borde del bosque, escondiéndose.
Fue entonces que Sakura se dio cuenta de que tenía que volver a su casa. Se levantó y sacudió su ropa, que había cogido algo de polvo.
—Me voy. Nos vemos luego, Naruto —se despidió, caminando hacia las gradas.
—Adiós. Fue un gusto conocerte, Sakura —respondió Naruto.
Sakura sonrió. Esa había sido la primera buena conversación que tenía. Bajó las gradas saltando. Se sentía renovada. La energía que siempre tenía en su cuerpo se movía viva.
Ese día había sido el mejor de todos. Ahora tenía un amigo, aunque solo lo conociera por un día. Y se sentía muy bien. Su cuerpo se sentía fuerte, como si fuera capaz de romper una roca de un solo golpe.
Llegó a su casa antes que sus padres, y durante el resto de la semana se escapó todos los días para ver a su amigo.
Cuando llegó el día de partir, Sakura lloró.
No quería irse. Allí tenía un amigo, y su corazón se sentía en casa. Rogó por quedarse, pero sus padres se mantuvieron firmes: debían volver a su vida de ciudad, lejos de Konoha.
Tal vez nunca volvería a ver a Naruto. Así que corrió a la cima del monumento, esperando verlo. Pero Naruto no estaba. No apareció. Y cuando su madre la encontró, Naruto nunca llegó.
Sakura nunca pudo despedirse de aquel chico que nunca la había juzgado ni envidiado.
Ahora, parada en la fila de registro, esperaba no volver a ver a Naruto, porque eso significaría que Naruto había sido seleccionado como tributo para los juegos del hambre.
El año pasado volvió a ver a Naruto y se sintió contenta, pensando que ahora serían mejores amigos. Hasta que el nombre "Naruto Uzumaki" salió de los labios de la mujer enviada por el Capitolio.
Sintió un nudo en el estómago que solo se soltó cuando un joven, con una cicatriz alargada en la nariz, de 18 años, se ofreció para reemplazar a Naruto.
Umino Iruka. Ese fue el nombre del salvador de Naruto. Un salvador que murió a manos de los mútos del Capitolio.
Esa muerte fue considerada la más brutal del ranking que el Capitolio había creado.
Ahora Sakura no quería ver a Naruto. No quería verlo morir, aunque eso borrara su sueño de ser el vencedor más grande del distrito 7.
Cuando Sakura llegó a su lugar en la sección de 13 años, sintió que sus nervios se calmaban un poco. Había buscado con la mirada un pelo dorado, pero hasta ahora no había rastro de ese cabello amarillo que Naruto portaba.
Ya casi era la hora de que empezara la cosecha, pero aún faltaban los buses de dos aldeas.
Sakura rogó a todos los dioses que existieran que Naruto no apareciera hoy.
Sus súplicas no fueron oídas. Cuando se abrieron las puertas del último bus, vislumbró el brillo de unos mechones dorados reflejando el sol.
Naruto estaba ahí. Hoy. En el día de la cosecha.
El corazón de Sakura se arrugó. Tenía un muy mal presentimiento. No podía ser. No era posible. No de nuevo.
Seraphina Vellum, la señora del Capitolio, sonreía mostrando sus dientes amarillentos fluorescentes. Antes, Sakura habría tenido muchos insultos ingeniosos para ofrecer. Ahora se sentía muy, muy débil.
No era posible. No había ni un por ciento de probabilidad de que Naruto fuera seleccionado de nuevo. Pero Sakura sentía que ese sería el futuro.
—Sean bienvenidos al día de la cosecha en estos 72° juegos del hambre —las palabras de su padre sacaron a Sakura de sus pensamientos más profundos.
El sonido del himno de Panem resonó por todos los altavoces del distrito. Luego papá empezó a leer el tratado de la traición. Sakura lo sabía de memoria, así como todos los libros de la pequeña biblioteca que papá tenía en su oficina.
Cuando terminó de leer, Seraphina fue presentada, así como los vencedores vivos del distrito.
Solo había cuatro, a pesar de que el distrito 7 había ganado 7 veces los juegos.
El actual Hokage de Konoha estaba ahí, y casi llegaba a los 80 años. Sus dos alumnos lo seguían. Y el más reciente: Kakashi Hatake había ganado los 60° juegos del hambre.
—Primero las damas —la escolta caminó con grandes zancos hacia la urna de las chicas. Removió los papeles antes de sacar uno y leerlo.
—Sakura Haruno.
