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La lluvia caía con una densidad implacable sobre el bosque, transformando la tierra en un fango oscuro que parecía querer devorar todo rastro de vida. Era un día cualquiera, uno de esos en los que el agotamiento finalmente dobla la voluntad. Ashwag, tras semanas de una búsqueda ciega y errática que no había arrojado más que callejones sin salida, había decidido claudicar. No sabía a dónde más ir, qué piedra levantar o a qué sombra interrogar para dar con el paradero de Juan. Con el corazón pesado pero la mente rendida, aceptó la invitación de Foolish para pasar un tiempo en el campamento que el otro habitante del Norte había erigido, buscando en la compañía y en las risas ajenas un bálsamo para su propia frustración.
Entre el bullicio de los presentes y los destellos de aparente normalidad, algo rompió la armonía del momento. Ashwag se separó del grupo, atraído por una fragancia que se abría paso entre el olor a tierra mojada; un aroma metálico, dulce y denso que golpeó sus sentidos con una familiaridad aterradora. A medida que se internaba en la espesura, el aire comenzó a vibrar de forma antinatural. Pequeños glitches de realidad, estallidos de estática visual y errores cromáticos reaccionaron en su dirección, como si el espacio mismo estuviera intentando ocultar o denunciar lo que yacía más adelante.
El arrepentimiento lo golpeó antes de que sus ojos procesaran la escena. Quiso retroceder, quiso no haber caminado jamás hacia ese rincón del bosque, pero sus dedos ya estaban enviando el mensaje desesperado a todos los presentes en el campamento: lo habían encontrado. Finalmente, la búsqueda había terminado, pero no de la forma en que el Norte hubiera rezado.
Allí, bajo el diluvio, yacía el cuerpo de Juan. No quedaba nada de la elegancia del protector de los príncipes ni del brillo de su lealtad. Estaba tendido sobre la hojarasca, con la ropa reducida a harapos empapados que dejaban ver una piel tatuada por cicatrices recientes y cortes que seguían un patrón de crueldad sistemática. Sus muñecas estaban amoratadas, como si hubieran sido sujetas por una fuerza mecánica hasta el último aliento.
Lo más desgarrador, sin embargo, era su rostro. A falta de sus lentes, sus ojos abiertos miraban hacia la nada con una fijeza espantosa, pero su expresión no era de alivio. Era una mueca lúgubre de agonía perpetua, una distorsión de dolor que parecía haber quedado congelada en el momento exacto en que el baile terminó y la soledad lo reclamó. Había muerto bailando un tango que nadie más escuchó, entregado a una devoción que lo había desmantelado pieza por pieza hasta dejarlo allí, como un desecho de la Federación, bajo la lluvia que ahora lavaba, demasiado tarde, la sangre de su sacrificio.
Porque en aquel rincón del mundo, la lluvia no era un símbolo de purificación ni de vida. Para los habitantes del QSMP, el agua cayendo del cielo se había convertido en el heraldo de la tragedia, un llanto fúnebre de la naturaleza que siempre precedía al horror. Siempre que el cielo se oscurecía y las primeras gotas golpeaban el suelo, era porque algo malo estaba a punto de ser revelado. La lluvia no limpiaba el pecado de la Federación; solo ocultaba el sonido de los gritos y enfriaba los cuerpos de aquellos que, como Juan, habían olvidado que el amor no debería doler tanto hasta apagarte.
