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No importó cuántas veces lavara aquella pulsera, ni las herramientas que usara. Ahí, en un ínfimo espacio entre el metal que abrazaba una de las gemas blanquecinas. Una mancha carmesí persistía indemne ante su limpieza.
Renia, sentada en el suelo, miraba su muñeca donde aquella mancha la regresaba una y otra vez a la armería. A la expresión del peliblanco y más que nada, al brillo limpió de unos ojos carentes de ira.
—Lo siento… — susurró.
Dejó caer su cabeza hacia atrás, hasta golpear en la pared y que el hormigueo del contacto erizara todo su cuerpo. Paseó la mirada por la habitación en penumbras.
Su ropa tirada por un costado, la cama desteñida, incluso su mesa de trabajo llena de papeles arrugados y piezas que dejaban manchas de aceite.
Después de aquel encuentro con Niran, aprovechó su falta de llamados a la acción, para encerrarse en su habitación. Como si de esa manera, los recuerdos de aquel hombre no pudieran irrumpir en su mente.
—Ya sé que no debo seguir encerrada
De nuevo, sus palabras fueron hacia la pulsera. Aquella costumbre era nueva, después de lo ocurrido en la base anterior y que lo único de su amiga ahora colgara en su piel, había contribuido a esa actitud.
Milán, una joven de cabello amarronado casi como el chocolate, sus ojos verdes persistían aun en los sueños de Renia. La voz de su amiga siempre fue como su conciencia. Desde que se conocieron, una fue el apoyo de la otra. Pero ahora…ahora todo era silencio.
—Limpiaré e iré por algo de comer — replicó.
Con esa premisa, se puso en pie y encendió la luz de la habitación. Lentamente comenzó la limpieza y reorganización de su dormitorio. El hecho de que fuera pequeño, daba la ventaja de que no era tardado poner orden.
Con la cama tendidas y la ropa en el armario. La joven apreció su primera misión cumplida. Suspiró y limpio una gota solitaria de sudor que rodaba por su frente.
—Ahora sí, a por un café
Tomó su chaqueta de cadete azulina, se la calzó y a paso raudo salió hacia el pasillo. El aroma agrio esta vez no le hizo arrugar la nariz, tal vez a esas alturas de su vida, su cerebro se había vuelto inmune a su olor y solo lo ignoraba.
Recorrió los pasillos, esquivando a otras personas y saludando a los pocos que ya iba conociendo. En todo el trayecto no vio a Lena o a Brigg, dos personas que no vendrían mal como compañía, pensó.
Con esa misma energía, casi forzada para no hundirse en sus penas, cruzó la puerta de doble ala de la cafetería. Al interior, no había mas de diez agentes, desperdigados en las mesas, ajenos a cualquier cosa que sucediera.
Suavizó su andar al percatarse que, en su apuro, que parecía más huida, hacia mas ruido de lo esperado. Dejó sus latidos calmarse y avanzó hacia la cafetera del lugar. Tomó una de las tazas en ella y sirvió aquel oscuro brebaje que nubló sus sentidos.
—Puede tomar uno si desea
La repentina voz de uno de los cocineros la obligó a voltear. Un hombre bajito de cabeza pelada, sonreía en su dirección mientras dejaba una segunda bandeja de panes en forma de media luna. El brillo encima de su corteza dorada, delataba la presencia del dulce en su masa.
—Gracias — replicó.
Con su bebida favorita en mano y un pan recién horneado, eligió una mesa vacía para disfrutar de aquel instante fuera de la ratonera que era su habitación.
El sabor dulce y amargo que se mezclaba entre ambas preparaciones, curvaron sus labios. El recuerdo de la mancha fue borrado, el dolor por su amiga se redujo y el frio del ambiente desapareció.
Por largo rato disfrutó de aquella calma, al menos eso fue hasta que la puerta de la cafetería volvió a abrirse y un par de voces conocidas resonaron hasta sus oídos.
—Renia — Lena llamó.
En cuanto su mirada conectó con la castaña, su sonrisa se dibujó. La mujer, dejó a su acompañante y se acercó hacia su mesa, ocupando el asiento al costado de ella.
—No te veía hace días cariño — murmuró —¿Acaso te escondías?
Renia vio de reojo como el peliblanco, continuó su camino hacia las bandejas de comida. El alboroto que se formaba en su vientre fue cediendo y el peso de la mancha en su muñeca también se redujo.
—No, nada de eso — mintió — solo estaba agotada.
—¿Aun no te acostumbras a las noches de eternas de aquí ¿Verdad?
La pelirroja asintió, era mejor pasar como una loca que sufre de insomnio a confesar que se escondía de un peliblanco pomposo.
—Chocolate y dulce de fresas — la voz de Niran interrumpió.
El hombre, quien se acercó en silencio, posó una bandeja en la mesa, donde llevaba dos tazas de chocolate y un par de postres de fresa. Como si fuera un obvio invitado, jaló la silla frente a Renia y se dejó caer con una sonrisa.
—Señorita Gellert — la voz de Niran acarició las letras de su apellido.
De pronto, el sabor rico del pan dulce que comía, dejó de ser bueno y el nudo en su garganta amenazó con ahogarla. Su mirada bajó a la mano de él, donde la piel tersa y sin marcas sujetaban con elegancia la taza humeante de chocolate.
—Gracias Niran —afirmó la castaña dando un sorbo a su taza humeante — Uy esto está muy bueno.
Renia, quien por unos instantes choco con aquellos ojos tranquilos del contrario. Huyeron hacia la mujer que ya tenia las mejillas llenas del postre.
—Ehh ¿Es tu día libre? —relamió sus labios.
—Ay claro que no, ya quisiera — Lena limpió sus labios —Winston no me da vacaciones a menos que sea navidad.
Su risa fue siguiendo a sus palabras.
—Menos la navidad pasada —interrumpió el hombre bebiendo de su taza.
—Cierto —chasqueó los dedos la castaña — La navidad pasada igual estuve aquí. Pero bueno…es solo mi hora libre.
Un nuevo bocado del postre interrumpió la charla. El silencio era interrumpió ocasionalmente por algún recluta al marcharse o el mismo ruido de las tazas al ser dejadas sobre la mesa.
Renia, que de pronto no movía los ojos de su taza de café a medio beber, tenia las nauseas abrazadas a su estómago. Incluso, notó que sus manos temblaban por alguna razón.
La sola idea de que fuera por causa del contrario la enojaba. Apretó os puños y escondió las manos bajo la mesa. Respiró profundo y se forzó a mirar a Niran por unos segundos. Este, ajeno a su lucha, bajaba la taza con cuidado a la mesa.
—En la base hay jardines muy bonitos — comentó inclinando su cuerpo hacia Lena.
Nunca fue buena para sacar temas de conversación, pero en ese instante sentía que, de no hacerlo, la falta de voces la ahogarían en el cumulo de sensaciones que ya era.
—¿Verdad que sí? — murmuró la contraria con la boca llena —Niran es el responsable de que siempre estén lindos.
Aquello fue como un golpe en el costado, incluso sus latidos temblaron al percatarse de la sonrisa renovada del mencionado.
—Si tiene una flor preferida señorita Gellert —murmuró — puedo sembrarla para usted.
Sus palabras melosas, junto a la inclinación de su cuerpo hacia ella, le recordaba que ese sujeto le hablaba así a todo lo que se le cruzara. La sola idea de la risa de muchas cadetes riendo al verlos pasar, hizo que sus dientes se apretaran con más fuerza.
—Es muy talentoso —añadió Lena — si necesitas ayuda, no dudes en pedírsela.
De pronto, sintió su brazo arder de nuevo como aquella tarde en la armería. Como si una enredadera invisible se aferrara a su piel erizándola con suavidad y alejando el dolor usual.
—No me gustan las flores — sentenció y bebió un sorbo de su café frio.
—No hay problema — replicó él — además de la jardinería… tengo otras habilidades.
Un repentino ataque de tos corto, pero con suficiente fuerza para hacer lagrimear sus ojos, la sacudió cuando noto el extraño tono que mantuvo con su frase final.
Lena, a su lado, intentaba abanicarla con las manos. El traicionero café que se coló por el lado equivocado, bastó para distraerla de todo. Con las mejillas ardientes intentó reponerse de aquel alboroto.
Aunque fue breve, su dignidad estaba mellada. Niran por su lado, dejó un vaso de agua frente a ella. No sonreía de nuevo, pero tampoco parecía tranquilo con lo sucedido. Renia por su lado, sentía la garganta quemarle.
—Ya estoy bien —susurró con un suspiro.
Con la calma recuperada y de nuevo cada uno concentrado en su bebida, fue Lena quien tomó la palabra.
—Sin pensarlo ya pasaron tres meses — comentó — Antes de que llegaras, Winston me habló mucho de ti.
Coloco la taza vacía sobre el plato manchado de dulce, y empujo estos al centro de la mesa. La castaña apoyó los codos en la mesa antes de seguir.
—Por cierto —continuó —¿Sabes ensamblar armas? Brigg me comentó que eres buena notando leves cambios en estas. Incluso dijo que si quisieras podrías ser parte de los ingenieros.
La pelirroja alejó su taza de café de sus labios antes de responder. A pesar de estar frio, le dolía pensar en dejar la taza semi llena.
—Es talentosa y centrada —murmuró Niran de pronto — se concentra mucho con armas al frente.
La mirada de ambas mujeres se volcó en el peliblanco, quien, apoyado en el respaldo de la silla, las observaba con relajo.
—Oh… no lo sabía —afirmó la castaña —las veces que fui a la armería no…
—Ella suele ir en las tardes — de nuevo interrumpió el hombre —le gusta trabajar en silencio.
Para cuando Renia pudo al fin tragar el sorbo de café. Lena pasaba su mirada desde ella hacia el peliblanco una y otra vez.
—Parece que la conoces — miró hacia el contrario —¿Trabajaron ya juntos?
—Si
—¡No!
La voz de Renia sonó más alta de lo normal. Incluso algunos reclutas que estaban entrando, voltearon sobresaltados hacia su mesa.
—¿No recuerdas nuestra tarde en la armería?
"Nuestra" Sus orejas se sumaron al ardor que ya dominaba sus mejillas. Los labios de Lena, curvados en una sonrisa solo se limitaba a observarlos.
—Nunca… —bajó la voz —hubo nuestra tarde —negó entre dientes.
—Incluso ahí me dijiste que te gustaba el silencio.
Niran inclinó su cuerpo hacia la mesa, hasta apoyarse sobre esta con los codos. Tenia la mirada relajada y una sutil sonrisa torcida en sus labios.
—¡No! —clamó de nuevo
—¿No te gusta el silencio? —interrumpió Lena captando su atención.
—No…digo si — mordió sus labios y respiró profundo —me gusta el silencio.
—Ves que no miento.
Sus palabras, sumada a la sonrisa ganadora de este, fue como clavarse una daga en el costado. Como cuando una astilla se filtra bajo la piel y se niega a dejar su lugar.
Lena por su lado, con su risa y gestos que iban de uno al otro, solo dejaba en claro las ideas que se iban formando en su mente, las cuales no decía.
—Tú…
Su puño golpeó la mesa. Los piquetes subieron por su piel hasta su hombro, pero no dijo nada. Empujó la silla y dejando atrás su taza sin acabar, se marchó.
Empujó la puerta sin mirar atrás y se lanzó sin rumbo fijo hacia los pasillos, dobló esquinas sin fijarse, mientras la conversación se repetía una y otra vez en su memoria.
Cuando se detuvo, su corazón golpeaba su pecho con fuerza. El sudor perlaba su frente y sus uñas habían dejado huella en la palma de su mano. Al percatarse, estaba en uno de los tantos jardines de la base.
—¿No había otro lugar Renia? —gruñó bajo.
Limpió el sudor justo cuando el sonido del viento siendo cortado por una flecha le hizo contener la respiración. Al voltear, se topó con la sombría mirada de un arquero, en cuyo brazo resaltaba un dragón tatuado.
—Shimada — susurró.
