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Atrápame

Chapter 2: Acto incompleto

Summary:

Recuerdos, recuerdos, recuerdos.
Dejar el pasado atrás suena sencillo… hasta que decide volver por su cuenta.
Un consejo de su servidor fabuloso Shadow Milk: no miren demasiado.

Notes:

Estoy cansada (╥﹏╥) estoy enferma.
Pero bueno aquí me tienen.

La muerte de Columbina ocurrirá en distintos momentos por razones del lore de este fanfic.
Shadow Milk será llamado Shadmik a lo largo de la historia.
Este fanfic está hecho únicamente para entretener, así que eviten comentarios respecto al canon. Dudo mucho que esto lo sea. Es un AU sacado de una idea algo caótica tras ver un “react to”, así que no esperen algo completamente fiel… solo disfruten..

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

 

Había una vez un grupo de monstruos que, tras años de sometimiento, finalmente lograron romper las cadenas que los mantenían atados a su tirano. No fue un acto limpio, ni rápido, ni misericordioso. Fue violento. Desesperado. Necesario.

 

Con dientes y garras, con cuerpos desgarrándose y sangre cubriendo el suelo que alguna vez habían pisado como prisioneros, destruyeron todo aquello que los había mantenido bajo control. No dejaron nada intacto. No hubo espacio para la duda ni para el arrepentimiento.

 

Solo para la libertad.

 

El hambre, ese impulso constante que siempre había habitado en ellos, no fue más que la chispa que encendió algo mucho más grande. La furia tomó el control, y con ella vino la masacre. Cada humano que se encontraba en aquel lugar fue eliminado sin distinción, sin piedad, como si su existencia misma fuera una ofensa.

 

Y cuando todo terminó... el silencio se asentó.

 

El lugar les pertenecía ahora.

 

Eran seis.

 

Seis monstruos que, después de tanto tiempo, finalmente pudieron alimentarse como era debido. Sin esconderse. Sin restricciones. Sin miedo. Y en esa satisfacción grotesca, en ese equilibrio retorcido, nació algo inesperado: un periodo de calma.

 

Un siglo entero de paz.

 

Pero incluso la paz más prolongada está destinada a quebrarse.

 

Con el paso de los años, los monstruos aprendieron a adaptarse. El mundo fuera de su dominio seguía cambiando, evolucionando, creciendo... y ellos no podían quedarse atrás. Adoptaron formas humanas, imitaron comportamientos, perfeccionaron máscaras que no solo ocultaban lo que eran, sino que les permitían atraer a su alimento sin levantar sospechas.

 

El tiempo pasó más rápido de lo que cualquiera de ellos hubiera imaginado.

 

Y con él, llegaron nuevos roles.

 

Como si de una obra se tratase o quizá de algo más cercano a un circo; cada uno asumió un papel dentro de aquella estructura cuidadosamente construida:

 

Un Jester.

Un recolector de entradas.

Un Pierrot.

Un Harlequin.

Un Doctor.

Y una Columbina.

 

No eran simples títulos. Eran funciones. Propósitos. Identidades.

 

Y, como en toda obra, no todo era armonía tras el telón.

 

Uno de los cambios más evidentes y peligrosos, fue la creciente tensión entre el Pierrot y el Harlequin. Ambos, de formas distintas pero igualmente intensas, habían depositado su atención... su interés... su obsesión, en una misma persona.

 

El conflicto era inevitable.

 

La tensión entre ellos era constante, casi palpable en el aire cada vez que compartían espacio. No necesitaban palabras; bastaban miradas, silencios demasiado largos, movimientos apenas contenidos. El resto del grupo lo sabía. Lo sentía. Y por eso mismo, siempre permanecían alerta.

 

Porque un error.

 

Un solo desliz.

 

Podría convertirse en un desastre.

 

Y los desastres... llamaban la atención.

 

Especialmente la atención de humanos.

 

Humanos que, poco a poco, comenzaban a sospechar.

 

Fue en medio del trayecto hacia el siguiente pueblo cuando ocurrió.

 

La noche había caído con una tranquilidad engañosa, cubriendo el camino con una oscuridad espesa y silenciosa. Todo parecía en orden... hasta que dejó de estarlo.

El Jester había desaparecido.

 

Sin aviso.

Sin rastro.

Sin explicación.

 

Y siendo él la figura que mantenía el orden dentro del grupo, su ausencia no era un detalle menor. Era un problema. Uno que comenzó a tensar los nervios de los demás más de lo que cualquiera estaba dispuesto a admitir en voz alta.

 

Las horas pasaron.

 

La inquietud creció.

 

Y entonces...

 

Regresó.

 

Pero no lo hizo solo.

 

La llegada del nuevo individuo no pasó desapercibida.

 

Los demás integrantes lo observaron en silencio, algunos con curiosidad apenas disimulada, otros con una sospecha más marcada, más difícil de ocultar. No hicieron preguntas de inmediato. No era necesario. Bastaba con verlo para entender que algo en él... no estaba bien.

 

La primera impresión fue compartida por todos, aunque ninguno la expresó en voz alta.

 

Se estaba muriendo de hambre.

 

No era solo una suposición, sino algo evidente en la forma en que su cuerpo parecía incapaz de sostenerse por completo. Su figura no era estable; las sombras que lo componían se movían constantemente, como si estuvieran luchando por mantenerse unidas, recomponiéndose una y otra vez en un intento fallido de formar algo sólido. Había momentos en los que partes de él simplemente... se deshacían, deslizándose como tinta líquida antes de volver a su lugar.

 

Y aun así...

 

Su actitud no coincidía en absoluto con su estado.

 

Demasiada confianza.

 

Esa fue la segunda cosa que varios notaron, aunque tampoco la mencionaron. Porque no tenía sentido. Una criatura en ese estado debería mostrarse cautelosa, incluso sumisa.

Pero él no.

 

Él se movía como si nada pudiera tocarlo.

 

Como si nada pudiera alcanzarlo.

 

Sin ningún tipo de vergüenza, su cuerpo inestable se inclinó hacia el Jester, casi apoyándose contra él, rozándolo con una familiaridad incómoda. Los múltiples ojos incrustados en su cabello se abrieron lentamente, uno tras otro, observando tanto al bufón como al resto del grupo con una atención inquietante, casi invasiva.

 

Jester, por su parte, no reaccionó.

 

O al menos, no de la forma que cualquiera habría esperado.

 

Parecía completamente inmune a las provocaciones, a los roces, a esa presencia invasiva que claramente buscaba incomodar. Su postura se mantuvo firme, su expresión intacta, como si ya estuviera acostumbrado... o simplemente no le diera importancia.

 

Fue entonces cuando trajeron a un humano.

 

El ambiente cambió.

 

La tensión, que hasta ese momento había sido sutil, se volvió más pesada, más tangible. Era un procedimiento habitual, casi rutinario... pero esta vez, todos estaban observando. Esperando.

 

Esperando ver cómo reaccionaba.

 

Pero lo que ocurrió no fue lo que esperaban.

 

Hubo resistencia.

 

Ligera, pero innegable.

 

El nuevo monstruo no se abalanzó sobre su presa como lo habría hecho cualquiera en su estado. Por el contrario, pareció dudar. Algunos de los ojos en su cabello se entrecerraron, y varios de ellos mostraron algo que no encajaba en absoluto con la situación.

 

Asco.

 

El Doctor fue el primero en notarlo con claridad. Y, como era su costumbre, lo registró mentalmente sin intervenir.

 

Aquello... era interesante.

 

El Jester, en cambio, pareció perder la paciencia.

 

Con una orden seca, cortante, mandó a todos fuera de la carpa. No hubo espacio para cuestionamientos. Nadie discutió. Nadie se quedó.

 

Y así, el resto solo pudo asumir lo ocurrido dentro.

 

Porque cuando finalmente volvieron a verlo...

Ya no era el mismo.

 

El cambio era evidente.

 

La alimentación (forzada, sin duda) había surtido efecto. Su forma ya no parecía desmoronarse a cada instante; las sombras se mantenían más firmes, más cohesionadas. Su silueta, aunque seguía siendo antinatural si se observaba con detenimiento, ahora lograba sostener una apariencia más... estable.

 

Más cercana a lo humano.

 

La máscara cubría su rostro, ocultando cualquier rastro de lo que realmente era, salvo por aquellos ojos imposibles que aún persistían. Había algo en su presencia que resultaba menos agresivo a simple vista, menos inmediatamente perturbador.

 

Después de Columbina, era quizás el único capaz de sostener una forma que no provocara rechazo instantáneo.

 

Claro...

 

Eso solo aplicaba mientras mantuviera cerrados los innumerables ojos que habitaban en su cabello.

 

El color que ahora lo definía no dejaba lugar a dudas.

Azul.

Un tono profundo, frío... inquietantemente vivo.

 

Con la incorporación del nuevo integrante, el circo continuó su recorrido como si nada hubiese cambiado.

 

Pero sí lo había hecho.

 

Las carpas se levantaban y caían en distintos pueblos, los caminos se repetían bajo ruedas gastadas y pasos silenciosos, y el espectáculo seguía atrayendo miradas curiosas... sin embargo, algo en la dinámica interna había comenzado a desplazarse, apenas perceptible al inicio, pero imposible de ignorar con el paso del tiempo.

 

Porque un nuevo integrante no solo significaba una nueva pieza.

 

Significaba nuevas grietas.

 

Shadmik (como fue presentado) no tardó en dejar clara su presencia. No era discreto. No lo intentaba. Su personalidad era tan escandalosa como su propia existencia, una mezcla incómoda de burla constante, curiosidad invasiva y una necesidad casi infantil de provocar reacciones.

 

Parecía encontrar entretenimiento en el caos.

 

Y, más específicamente, en avivar el que ya existía.

 

La tensión entre el Pierrot y el Harlequin, que antes era contenida, silenciosa, peligrosa en su quietud... ahora tenía un catalizador. Shadmik intervenía sin motivo aparente, insertándose en conversaciones que no le incumbían, dejando caer comentarios ambiguos, insinuaciones, pequeñas chispas diseñadas para encender algo más grande.

 

No siempre funcionaba.

 

Pero cuando lo hacía... el ambiente se volvía insoportable.

 

Y él lo disfrutaba.

 

Era, de una manera retorcida, su forma de entretenerse.

 

Con el Doctor, en cambio, la relación era distinta. Más simple.

Lo evitaba.

 

No por desagrado personal (o al menos, no del todo) sino por lo que representaba. Las consultas, las observaciones, el análisis constante... Shadmik las esquivaba como si fueran una enfermedad en sí mismas. No le interesaba ser entendido, mucho menos estudiado.

 

El Doctor, por su parte, no insistía.

Solo observaba.

Tomaba nota.

Esperaba.

 

Con el recolector de entradas, la dinámica era... neutra. Tan neutra que rozaba la inexistencia. Shadmik lo consideraba demasiado aburrido como para invertir tiempo en provocarlo, y el otro no mostraba interés alguno en interactuar más allá de lo necesario. Era una relación funcional, carente de conflicto... y, por lo mismo, carente de importancia.

 

Pero con Jester...

 

Ahí era distinto.

 

Ahí había algo.

 

Shadmik se mostraba extrañamente cómodo a su alrededor. Lo buscaba, lo seguía, lo invadía con esa cercanía que bordeaba lo inapropiado, pero que, de alguna manera, nunca era rechazada del todo. Jester sabía cómo manejarlo. Sabía cuándo ignorarlo, cuándo responder, cuándo devolverle el juego sin dejar que este escalara demasiado.

Incluso cuando Shadmik intentaba manipularlo porque lo hacía, constantemente, sus intentos terminaban fallando de formas casi predecibles. De la misma forma en la que Jester trataba de convertirlo en uno de sus adorables ''muñecas''.

Y aun así...

 

No parecía aburrirse.

 

Si acaso, lo encontraba más interesante.

 

Claro que no todo era... agradable.

 

Si había algo que Shadmik consideraba genuinamente molesto, era la insistencia de Jester en asegurarse de que comiera lo suficiente. No como una sugerencia, sino como una obligación disfrazada. Era una atención constante, difícil de esquivar, que lo ataba más de lo que le gustaría admitir.

 

Pero incluso eso...

 

Se transformaba en parte del juego.

 

Porque entre ambos existía una dinámica extraña, casi coreografiada. Un tira y afloja constante, una serie de movimientos medidos donde ninguno cedía del todo, pero tampoco se alejaba. Como si estuvieran bailando alrededor del otro, probando límites sin romperlos.

 

Todo un espectáculo en sí mismo.

 

Todo un... encanto, si alguien se atrevía a llamarlo así.

 

...

 

Y luego estaba Columbina.

 

...

 

Con ella, Shadmik no tenía una relación definida.

 

Solo contradicciones.

 

Débil.

 

Esa era la única palabra que venía a su mente cada vez que la observaba, como un reflejo automático, inmediato, imposible de contener. Débil.
Aunque, si se detenía a pensarlo (lo cual evitaba), sabía que había muchas otras formas de describirla.

Tonta. Ingenua. Estúpida. Excesivamente sentimental. Palabras que se amontonaban en su cabeza sin orden, sin filtro, formando una cadena de desprecio que crecía cada vez que su presencia se hacía notar.

 

Y aun así...

 

Nada de eso era lo que realmente le molestaba.

 

Era lo que representaba.

 

Porque Columbina no era solo Columbina.

 

Era un recordatorio.

 

Uno que no había pedido.

 

Uno que no quería.

 

Cada vez que esos ojos rosados se posaban en él, algo en su interior reaccionaba antes de que pudiera detenerlo. No los veía como eran. Su mente... los reemplazaba. Los distorsionaba. Los convertía en algo más.

 

Algo peor.

 

Más cálido.

 

Unos ojos distintos.

 

Heterocromáticos.

 

Y entonces...

 

La ira lo consumía.

 

No era un enojo superficial ni momentáneo. Era algo más profundo, más antiguo, algo que nacía desde un lugar que ni siquiera él quería explorar. Se extendía por su cuerpo como un veneno lento, tensando cada parte de su ser, volviendo inestables las sombras que lo componían.

 

Por eso el Pierrot y el Harlequin no lo toleraban.

 

No después de lo que había pasado.

 

Porque bastó un gesto simple, un saludo, apenas eso para que Shadmik reaccionara de una manera que ninguno de ellos olvidaría. Por un momento, perdió el control. Sus manos, sus sombras, su mirada... todo se volvió hostil, dirigido hacia ella con una intención demasiado clara.

 

Demasiado cercana a la violencia.

 

Y aun así...

 

No sentía culpa.

 

Ni remordimiento.

 

Nada.

 

Solo mirarla era suficiente para revolverle el estómago. Había algo en su sonrisa aunque no fuera lo suficientemente sincera, en esa expresión amable y constante, que le resultaba insoportable. Quería borrarla. Arrancarla de raíz. Destruirla.

 

Eliminar ese gesto.

 

Ese maldito gesto.

 

Ese gesto de aquel maldito sanador Columbina que no dejaba de aparecer en su rostro.

 

Jester lo sabía.

 

Por eso se aseguraba de mantenerlos separados. No de forma evidente, no lo suficiente como para levantar sospechas dentro del grupo... pero sí lo bastante para evitar otro incidente. Era una vigilancia silenciosa, constante, que Shadmik notaba... pero no confrontaba.

 

Porque, en el fondo, entendía la razón.

 

Pero evitar algo no significa eliminarlo.

 

Y aquello que se evita...

 

Siempre encuentra la forma de alcanzarte.

 

Shadmik no era ajeno a lo que ocurría entre el Pierrot y el Harlequin. Era evidente. Tan evidente que resultaba casi aburrido. Ambos orbitaban alrededor de Columbina como si fueran atraídos por una fuerza inevitable, compitiendo de formas distintas, pero con el mismo objetivo.

 

Era... predecible.

 

Y lo predecible, para él, era aburrido.

 

Así que intervino.

 

No por malicia directa (o al menos, no únicamente por eso), sino por simple entretenimiento. Porque podía. Porque quería ver qué pasaba si alteraba algo que ya estaba destinado a romperse.

 

Y fue fácil.

 

Demasiado fácil.

 

Bastaron unas palabras, algunas insinuaciones bien colocadas, pequeñas presiones en el momento adecuado... para inclinar la balanza. Columbina eligió. O al menos, creyó hacerlo.

 

Pierrot.

 

No era ninguna sorpresa.

 

La preferencia siempre había estado ahí, apenas oculta tras gestos suaves y miradas prolongadas. Shadmik solo... aceleró lo inevitable.

 

Nada más.

 

Nada menos.

 

Pero hubo algo que no calculó.

 

La estupidez de Harlequin.

 

...

 

No supo exactamente en qué momento todo comenzó a salir mal.

 

Tal vez había sido su culpa. Tal vez había hablado de más, provocado demasiado, llamado una atención que no debía. O quizá simplemente era inevitable. Las cosas... siempre terminaban así.

 

Pero de un momento a otro, sin aviso real, los humanos comenzaron a seguirlos.

 

Primero fueron miradas demasiado largas.

 

Susurros.

 

Rumores.

 

Y luego, persecución.

 

Ya no podían quedarse. Ya no podían fingir. El espectáculo dejó de ser una fachada segura y se convirtió en un riesgo constante. Tuvieron que huir, abandonar rutas, desaparecer antes de ser descubiertos por completo.

 

Volver a lo de antes.

 

A esconderse.

 

A sobrevivir.

 

El tiempo volvió a pesar.

 

Y con él... regresó la escasez.

 

El hambre.

 

Esa presencia constante que nunca los había abandonado del todo, pero que ahora se hacía más evidente, más insoportable. Se arrastraba entre ellos como una sombra adicional, tensando el ambiente, desgastando lo poco que quedaba de estabilidad dentro del grupo.

 

Fue entonces cuando la estupidez de Harlequin dejó de ser una posibilidad... y se volvió inevitable.

 

Aunque, si era honesto, Shadmik lo había visto venir desde mucho antes.

 

Lo había notado en su mirada.

 

Esos ojos.

 

Siempre fijos. Siempre cargados. Observando en silencio a la pareja frente a él, como si cada gesto entre ellos fuera una herida nueva. Columbina... ya no era un "quizá". Ya no era una posibilidad.

 

Ahora pertenecía a alguien más.

 

A Pierrot.

 

Y Harlequin lo sabía.

 

Shadmik reconoció esa mirada.

 

La había visto antes (en el mismo).

 

Demasiadas veces.

 

Era envidia, sí... pero no solo eso. Era algo más profundo, más sucio. Traición. Reemplazo. La sensación de haber sido dejado atrás, de convertirse en una segunda opción... o ni siquiera eso.

 

De ser desechable.

 

Y por eso...

 

No lo juzgó.

 

No cuando todo finalmente se rompió.

 

Porque fue tarde.

 

Demasiado tarde.

 

Cuando Columbina murió.

 

El hambre había alcanzado su punto más alto, devorando cualquier rastro de lógica, de control, de límites. Ya no eran un grupo organizado. Ya no eran roles. Ya no eran una estructura.

 

Eran monstruos.

 

Y él lo vio.

 

En primera persona.

 

Sin poder apartar la mirada.

 

El Harlequin ya no era el mismo. Su cuerpo se movía de forma errática, desesperada, como si cada acción estuviera impulsada por algo más allá de su voluntad. Sus manos temblaban... pero no se detenían.

 

Comía.

 

De la persona que alguna vez había amado.

 

Y lo hacía con una expresión que no tenía nombre.

 

Sus ojos estaban desquiciados, abiertos de más, brillando con una mezcla imposible de hambre, dolor y algo roto. Lágrimas resbalaban por su rostro, mezclándose con lo que quedaba de Columbina, cayendo sin control mientras su cuerpo seguía moviéndose, mecánico, inevitable.

 

No había consuelo en eso.

 

No había redención.

 

Solo necesidad.

 

Shadmik no dijo nada.

 

No intervino.

 

Ni siquiera se movió.

 

Permaneció allí, como un espectador atrapado en una escena que no le pertenecía... pero que entendía demasiado bien. El olor, los sonidos, la tensión en el aire... todo se le clavaba en la mente sin posibilidad de escape.

 

Y aun así

 

No comió.

 

No porque no quisiera.

 

Sino porque no podía.

 

En una esquina de la carpa, lejos de todo pero lo suficientemente cerca como para no ignorarlo, el Pierrot se había derrumbado. Sus sollozos eran bajos, rotos, casi ahogados, pero constantes. Un dolor que no intentaba ocultarse, que simplemente... existía.

 

Y nadie lo detenía.

 

Nadie hacía nada.

 

Ese día...

Fue realmente jodido.

 

...

 

El tiempo pasó más rápido de lo que cualquiera de ellos hubiera esperado, arrastrando consigo los restos de aquel incidente hasta convertirlos en algo que ya no se mencionaba en voz alta. Las cosas, como siempre, volvieron a cambiar. Y al pensarlo ahora, Shadmik no podía evitar encontrar cierta ironía en ello. Porque, al final, todo terminaba reduciéndose a lo mismo: caos, adaptación... y consecuencias que tarde o temprano dejaban de importar.

 

Al menos ahora podía entender mejor a un viejo amigo...

 

Claro que no todos compartían esa indiferencia.

 

No tardaron en descubrir quién había sido el responsable de atraer la atención de los humanos aquella vez. No fue difícil. Las piezas encajaban con demasiada facilidad.

 

Shadmik.

 

Y, aun así, su reacción no fue más que un leve encogimiento de hombros, como si se tratara de un detalle insignificante, algo que no merecía ni defensa ni excusa. No negó nada. Tampoco lo justificó. Simplemente... no le importaba.

 

Pierrot no lo tomó igual.

 

El resentimiento que ya cargaba se deformó, encontrando un nuevo objetivo. Ahora, además de Harlequin, también dirigía parte de su odio hacia él. No era algo que ocultara demasiado; bastaban miradas largas, silencios tensos, una presencia que se volvía incómoda cada vez que compartían espacio.

 

Shadmik, por su parte, no reaccionó.

 

O, mejor dicho, no de una forma que cambiara algo.

Estaba acostumbrado.

 

Harlequin, en cambio, era otra historia.

 

Consumido por la culpa, incapaz de sostener el peso de lo que había hecho, tomó el camino más sencillo... y el más predecible. Desviar la responsabilidad. Empujarla hacia alguien más. Convertir a Shadmik en el culpable conveniente de algo que, en el fondo, sabía que le pertenecía.

 

Y Shadmik lo permitió.

 

Aceptó el papel sin discutirlo, sin defenderse, sin mostrar interés alguno en cambiar la narrativa. No porque fuera justo. No porque estuviera de acuerdo.

 

Sino porque le resultaba irrelevante.

 

Cuando el circo finalmente retomó sus funciones, tras un tiempo prudente de ausencia y silencio, lo hizo con una estabilidad frágil, apenas sostenida. Desde fuera, todo parecía haber vuelto a la normalidad. El espectáculo seguía. Las máscaras seguían en su lugar.

 

Pero dentro...

 

La tensión era peor que años atrás.

 

Se había vuelto más densa. Más constante. Ya no era un conflicto aislado, sino algo que impregnaba cada interacción, cada mirada, cada silencio compartido. Nadie lo decía, pero todos lo sentían.

 

Y eso... desgastaba.

 

Pasaron los años.

 

Y fue en una noche particularmente fría, en una de esas pausas breves entre funciones, cuando ocurrió algo que, en otro momento, habría pasado desapercibido. Shadmik se encontraba recostado con aparente comodidad cerca de uno de los sofás, compartiendo el espacio con Jester, en una de esas cercanías que ya se habían vuelto habituales entre ambos.

 

Todo estaba en calma.

 

Demasiado, quizá.

 

Entonces lo sintió.

 

Un escalofrío.

 

Breve. Sutil. Pero lo suficiente para hacerlo detenerse.

 

No era algo físico, no del todo. Era una sensación más profunda, algo que se deslizaba bajo la superficie, como un aviso. Como una advertencia que no venía acompañada de palabras.

 

Y eso...

 

Podía significar muchas cosas.

 

Ninguna especialmente buena.

 

Fue ese mismo pensamiento el que terminó empujándolo a tomar una decisión.

 

Irse.

 

Las peleas dentro del grupo ya no eran esporádicas; se habían vuelto constantes, inevitables, agotadoras. La tensión no solo afectaba la convivencia, sino también el funcionamiento del circo en sí. Era evidente. Incluso para él.

 

Y aunque no lo admitiera en voz alta...

 

Sabía que era parte del problema.

 

Así que, bajo el pretexto más conveniente que pudo encontrar, anunció que se marcharía por un tiempo. Dijo que tenía asuntos pendientes, algo que recuperar de un lugar que alguna vez había considerado suyo. No dio más detalles.

 

No los necesitaba.

 

Jester no reaccionó bien.

 

La molestia fue inmediata, evidente en su postura, en la forma en que su voz perdió ese matiz controlado al que estaba acostumbrado. No le gustaba la idea. No confiaba en ella. Pero aun así... terminó aceptando.

 

Con una condición.

 

Que regresara.

 

Que no desapareciera sin más.

 

Que volviera en un tiempo determinado.

 

Shadmik aceptó sin dudarlo, con esa sonrisa suya que nunca dejaba claro si hablaba en serio o si simplemente estaba jugando.

 

Aquel acuerdo quedó entre ellos.

No fue discutido con el resto.

 

Y cuando finalmente se marchó...

El cambio fue inmediato.

 

La tensión dentro del circo no desapareció por completo (eso ya no era posible), pero sí disminuyó lo suficiente como para que el ambiente se volviera... más soportable.

 

Al menos, por un tiempo.

 

 


 

 

— ¡Volverá!

 

El golpe resonó con fuerza sobre la mesa, haciendo vibrar levemente las cuentas ordenadas que el Ticket Taker revisaba con meticulosa precisión. La madera crujió bajo el impacto, pero no cedió. Nada en aquella carpa parecía hacerlo con facilidad.

 

El aludido no respondió de inmediato.

 

Sentado en su lugar, con la espalda recta y la mirada baja, continuó pasando página tras página como si nada hubiera ocurrido. Como si el estallido frente a él no mereciera atención. Ese silencio, prolongado de forma deliberada, terminó por tensar aún más el ambiente.

 

Harlequin apretó los dientes.

 

— ...

 

El silencio se alargó lo suficiente como para volverse incómodo.

 

Finalmente, el Ticket Taker alzó la vista. Su expresión no cambió; seguía siendo tan plana, tan difícil de leer como siempre. Observó al otro durante unos segundos, evaluándolo sin prisa, como si estuviera midiendo la magnitud real de su berrinche.

 

— Sé más específico.

La respuesta cayó con un peso seco, sin emoción.

 

Harlequin dejó escapar un sonido de irritación, casi un gruñido.

— No te hagas el idiota. Hablo del estúpido de Shadmik.

 

Hubo una breve pausa.

— Ahh...

Fue lo único que dijo al principio, como si aquello apenas confirmara algo que ya sabía.

— Lo hará.

 

Y nada más.

 

No hubo explicación. No hubo duda. Solo una afirmación sencilla, dicha con la misma indiferencia con la que había ignorado el golpe inicial.

 

Eso pareció ser suficiente para empujar a Harlequin un paso más cerca del límite.

 

Sus manos se tensaron sobre el borde de la mesa, como si realmente considerara volcarla. La frustración se le notaba en cada pequeño gesto: en la rigidez de su postura, en la forma en que su respiración se volvía más pesada, más irregular.

 

Pero antes de que pudiera hacer algo...

 

Una mano se apoyó sobre su hombro.

 

La presión fue inmediata.

 

Firme.

 

Lo suficientemente fuerte como para obligarlo a sentarse sin necesidad de mayor esfuerzo.

 

— ¿Cuántas veces te he dicho que aprendas a controlarte, Harlequin?

La voz de Jester no fue elevada, pero sí lo suficientemente fría como para cortar cualquier impulso restante. No había enojo visible en ella... pero eso solo la hacía más peligrosa.

Harlequin cerró la boca.

 

Su expresión se endureció, amarga, contenida.

 

— Si no recuerdo mal — continuó Jester con calma —, en ningún momento expulsé a Shadmik del circo.

 

Hizo una breve pausa, lo justo para que sus palabras terminaran de asentarse.

 

— ¿Ahora cuestionas mis decisiones?

No fue una pregunta.

Fue una advertencia.

 

El aire dentro de la carpa pareció volverse más pesado.

 

Harlequin no respondió. No podía hacerlo sin cruzar una línea que claramente no estaba dispuesto a enfrentar en ese momento. En lugar de eso, se levantó de golpe, apartándose con brusquedad y saliendo de la carpa sin mirar atrás, dejando tras de sí un rastro de tensión que tardaría en disiparse.

 

El silencio que quedó fue distinto.

 

Más denso.

 

— ...

 

— ¿Estás seguro de eso?

 

La voz del Ticket Taker llegó después de unos segundos, baja, casi ajena, como si la pregunta no fuera realmente necesaria... pero aun así mereciera ser formulada.

Jester dejó escapar un leve resoplido antes de sentarse en la silla que Harlequin había abandonado.

 

— Ha pasado suficiente tiempo como para que superen esto — respondió, apoyando el codo sobre la mesa — Y aun así... siguen comportándose como niños.

 

No hubo respuesta.

 

El Ticket Taker no insistió.

 

Simplemente desvió la mirada hacia el exterior de la carpa, donde la actividad continuaba como si nada hubiera ocurrido dentro. Los nuevos "muñecos" humanos trabajaban en silencio, levantando una estructura que destacaba incluso entre el resto.

 

Una nueva carpa.

 

De tonos azules, blancos y dorados.

 

Llamativa. Elegante. Excesiva.

 

Igual de extravagante que su dueño.

 

Pero la mente de Ticket Taker se poso en otro lado.

 

Solo con ver la reacción de Harlequin, era fácil imaginar cómo estaría Pierrot.

 

Peor.

 

Mucho peor.

 

La diferencia era que Harlequin explotaba. Pierrot... no. Él se guardaba todo. Lo acumulaba. Lo dejaba crecer en silencio hasta que ya no había forma de contenerlo.

 

Y eso, en muchos sentidos, era más peligroso.

 

El pensamiento no tardó en arrastrar la atención hacia un detalle que, hasta ese momento, había pasado desapercibido.

 

Pierrot no estaba.

 

No en la carpa.

 

No entre los preparativos.

 

No en ningún lugar visible dentro del circo.

 

— ¿Dónde está Pierrot?

La pregunta rompió el silencio con una calma engañosa.

 

Jester alzó la vista, dirigiendo una mirada breve, ligeramente confusa, hacia quien había hablado.

— ¿Mm?

 

— No ha aparecido en toda la tarde.

 

La respuesta no fue inmediata.

 

Por un instante, Jester pareció repasar mentalmente la rutina del día, los roles asignados, los movimientos habituales dentro del circo. Su ceño se frunció apenas, lo suficiente como para marcar una leve incomodidad.

 

— Hoy se encargaría de repartir volantes por la mañana — respondió finalmente — Debería estar aquí.

Pero no lo estaba.

 

El silencio que siguió no fue el mismo de antes.

 

Este... era distinto.

 

Más pesado.

 

Más incómodo.

 

Como si algo hubiera encajado en el lugar incorrecto.

 

Jester no dijo nada más, pero su expresión cambió de forma casi imperceptible. No era preocupación evidente, ni mucho menos alarma... pero sí había algo. Una molestia. Una sensación que se deslizaba bajo la superficie, difícil de ignorar.

 

Un mal presentimiento.

 

Llevó una mano a su cabeza por un breve momento, como si intentara disiparlo, pero no desapareció. Al contrario, pareció asentarse con más fuerza, arrastrando consigo una idea incómoda.

 

Shadmik no era el único problema.

 

Algo más...

 

No estaba en su lugar.

 

Exhaló con fastidio, apartando la sensación con una frialdad casi mecánica.

 

Mientras no fuera un humano.

 

Mientras no se tratara de otro de esos estúpidos humanos metiendo la nariz donde no debía...

 

Entonces aún había soluciones.

 

Siempre las había.

 

 

 

 

Notes:

Espero que les halla gustado la continuación porque este en duda... tenia muchas manera de continuar la historia pero ninguna me llego a gustar al 100% así que fui por la que mas me convenció; que es esta versión así que bueno ( ̄ヘ ̄) asi queda.

A. Otra curiosidad que realmente no se si se noto en el capitulo es que la relación de Jester y Shadow Milk es mmmm... bueno no se ni como llamarlo, pero Jester podría ser lo mas parecido o cercano a como es el Recluso Sin Verdad (Truthless Recluse) por eso que nuestro Shadow esta algo maravillado.
Ó╭╮Ò
La cosa es que habrá tensión por ahí.

Una ultima cosa.. Mc lo prefieren hombre o mujer?? ૮₍˶Ó﹏Ò ⑅₎ა
Esto es algo que puede cambiar algunas dinámicas por eso pondré un sorteo para que decidan este tema. (Lo pondría sin genero o genero fluido pero me da pereza pensar en otras rutas).

Eso es todo por el capitulo, jajajajaja espero que les halla satisfecho su hambre de crossover bien random que uno no espera encontrar. (⌐■֊■)
Como sea, cuídense mis amores.
(づ ◕‿◕ )づ

Notes:

Llegaste al final? ≽^•༚• ྀིྀ≼
Genial (ദ്ദി˙ᗜ˙)
Aclaro otra vez no me conozco el lore de The Freak, así que estoy volando mientras invento todo esta cosa.
Cabe decir que cuando escribía esto no note que Shadow andaba de coqueto con el Jester ( ◕▿◕ )
Yo pensé que lo que escribía era intimidación, ahora que lo leo no parece.
(ノ´・ω・)ノ ミ ┸━┸

Mas tarde lo publicare por Wattpad, necesito hacer una portada para la historia. (´_`。) *sniff*