Chapter Text
No quería que sucediese de esa forma, no lo esperaban—ninguno de los dos.
Salían a pasear de noche.
El chico había adoptado la costumbre de tomar la mano que Jongin llevaba suelta—él lo notaba. A cualquiera le hubiese resultado aterrador de pronto sentir que alguien se sujetase de su mano, algo muy frío cuando en realidad no había nadie que se pudiese ver allí; pero para ese hombre era calidez y felicidad. Era Do Kyungsoo.
Kyungsoo continuaba sintiéndose cada vez más enfermo. Era su manera de envejecer, supuso en cierto momento; en cuanto la piel del humano se marcaba de arrugas sutiles, su resistencia para moverse o hacer cosas se debilitaba, como si se fuese haciendo polvo. Las tardes que pasaba sentado, observaba los restos de su ilusión de cuerpo haciéndose papel; sus ropas, las mismas que usaba esa tarde eran un trozo de imaginación—él por completo no era más que imaginación de Dios. Si es que Dios existía.
No había explicación, no había respuestas para una sola de las preguntas; pero Kyungsoo estaba dispuesto a descubrirlas con Jongin.
¿Qué hacía allí todavía? Ya se habían descubierto el uno al otro, y cada uno a sí mismo. La misión debía ser otra, entonces.
Esa noche, lo había notado desde la calle anterior. Para su mala suerte, las tiendas estaban cerradas, y justo por donde iban pasando estaba completamente vacío. No le gustaba para nada esa sensación—el escalofrío de la incertidumbre y el desconcierto al darse cuenta de que los estaban siguiendo. Estaban siguiendo a Jongin.
Hey.
Tratar de hablarle o tirar de su mano era imposible. Apenas lo alcanzaba, no era suficiente para hacerle darse cuenta de qué era lo que quería advertirle, qué era lo que quería que viese. Llegó un punto en el que fue demasiado; sabía que algo malo estaba a punto de pasar, sexto sentido o sentido paranormal, lo que fuese que le hiciera sentir ilusoriamente, como en ese entonces, así de frenético y acelerado.
¡Para!
Jongin se detuvo en seco, frunciendo su entrecejo y mirando a sus manos, de un lado a otro; Kyungsoo ya no sostenía ninguna, no estaba ese fantasmal soplo de frío en ningún lado cerca de su cuerpo. Se tensó de inmediato, procediendo a mirar a todos lados.
‘‘¿Fantasmita?’’ Silencio. El obvio y permanente silencio—solo por eso sabía que Kyungsoo estaba allí, todavía con él.
El chico sabía que para cualquier intento de hablar o comunicación oral para los de su tipo se requería una calma más que absoluta, un terror más horrible o, por ridículo que pareciese, que Kyungsoo simplemente soltase algún quejido o palabra y que por accidente Jongin lo hubiese escuchado. Esperando frente al hombre, Jongin pareció percatarse de que si Kyungsoo le soltaba así de pronto debía de ser por alguna razón—razón como la persona que venía siguiéndoles hace cinco minutos y se acababa de ocultar tras una esquina. Pero Jongin era humano; y los humanos no saben observar bien, les cuesta aceptar sus desaciertos si creen estar firmemente seguros de algo. Y la mente de Jongin esa noche ni siquiera habría imaginado que se encontraba en peligro por haber, de pronto, deseado refrescar su mente a las una de la madrugada.
Era valiente algunas veces.
No temía a quedarse solo, significando con eso otros humanos; no temía a la oscuridad ni temía a los ruidos en medio de la noche. Mucho menos al espíritu de un viejo amigo siguiéndolo por años, años y años.
Ten cuidado.
‘‘¿Pasa algo?’’
¡Jongin!
La frustración de ser así era tan pesada en su cabeza, en sus hombros, en su estómago y sus extremidades. Comenzó a llorar. Desde que había muerto, Kyungsoo no había llorado una sola vez—ni siquiera sabía si era capaz de hacerlo—pero podía. Por sus ojos caían lágrimas muy delgadas que caían al suelo, en cantidad, pero que por supuesto eran imposibles de captar porque la luz artificial del último poste estaba muy lejos, y porque la luna que se reflejaba en la calle mojada por la lluvia del día anterior era demasiado fuerte; o porque simplemente ya no debía existir en el planeta tierra.
Pero el llanto era fortuito—Jongin lo escuchaba.
‘‘¿Kyungsoo?’’
Corre.
‘‘¿Estás… llorando?’’
Deja de hablarme y sal de aquí.
La persona se estaba acercando a Jongin desde atrás con pasos largos y manos en los bolsillos, la capucha de su chaqueta sobre su cabeza.
‘‘No llores’’
¡Vete!
‘‘No me voy a ir a ningún lado sin ti’’
Jongin lo había escuchado—había oído el eco que hacía la impotencia de Kyungsoo, su querido, tan querido fantasmita.
Debió haber obedecido lo que decía pero, por otro lado, quizá una parte muy interna de él lo sabía y lo sentía, lo que pasaría cuando aún estaba a punto de pasar. Quizá esa parte de él quería.
Jongin era… demasiado valiente algunas veces.
Los intentos de Kyungsoo de gritar no llegaron a ningún oído más que los de Jongin, la desesperación de estos no atravesaron una sola calle cuando su amigo intentó defenderse para que no le robaran lo único que llevaba en su bolsillo: una foto que había escogido entre varias, que había ido a desenterrar a las doce de la noche de una caja de tiempo que había justo junto al lugar en el que Kyungsoo había sido atropellado. Una foto de ambos cuando salieron de vacaciones con su familia, le había dicho. No llevaba nada de dinero, pero aún así no entregó su billetera que guardaba dicho recuerdo en papel fotográfico.
Jongin no merecía esas puñaladas en su estómago; no merecía ese cuchillo cortando sus intestinos repetidas veces ni su sangre manchando la calle.
Intentó asustar al hombre, jaló de su cabello, tiró de sus ropas, lo arañó y mordió hasta que finalmente se detuvo y se dio cuenta de que las defensas no venían de su víctima, sino que había alguien o algo más con ellos—que estaba siendo atacado por un ser que no podía ver.
Huyó aterrorizado y lleno de marcas en su cuerpo.
Kyungsoo continuó llorando toda esa noche junto al cuerpo de Jongin y pedía, rogaba que no se fuese porque no sabía si sería capaz de verlo de nuevo. Aunque pronto ambos estarían muertos.
Por favor no.
Pero Jongin tenía otras certezas. No estaba triste, dijo sin fuerzas que ya no dolía, que se calmara. Pero, ¿cómo podía pedirle eso? ¿Qué sucedía si Jongin no se quedaba en la tierra y Kyungsoo tendría que permanecer solo, buscando algo que sabía que ya no existía?
Tenía miedo. Tanto miedo.
Jongin lo pudo ver, escuchar y sentir claramente antes de desvanecerse; con una nitidez que nunca antes había tenido, con esa que se tiene solo con los objetos y personas reales. Kyungsoo volvía a estar vivo solo para él, por unos minutos—sus mejillas suaves, sus cabellos delgados cayendo hacia adelante, la ropa que le gustaba tanto porque, él no lo sabía, pero la habían ido a comprar juntos. Sus ojos que brillaban tan únicamente y sus labios que, a pesar de no tener su color rosáceo, seguían luciendo igual de dulces para Jongin. No se arrepentía de absolutamente nada; no se arrepentía de los años perdidos, o las miradas apenadas de los que solían ser sus amigos o las mujeres y hombres a los que detuvo a la entrada de su hogar porque no eran lo que su corazón anhelaba.
Y Kyungsoo recostó su cabeza en el pecho de su mejor amigo hasta que ya no subía y bajaba, acarició su mejilla hasta que supo que se había vuelto tan fría como la suya y sollozó hasta que él, también por primera vez, se volvió a dormir.
Abrir los ojos, sin embargo, no podría haber explicado lo que realmente sucedió después, porque fue mucho más que eso. Fue despertar para darse cuenta que él, Do Kyungsoo, no era capaz de existir sin Kim Jongin; que Kim Jongin no era capaz de seguir siendo una persona, un recuerdo o una existencia sin Do Kyungsoo—fue reencarnar para vivir uno junto al otro una y otra vez, recorrer la carretera de la mano desde cero, esperándose para comenzar en la siguiente vida de nuevo, de nuevo; amándose de infinitas formas distintas, una y otra vez, vamos, una y otra vez, amor, porque solo tú eres para mí, hasta el fin de los tiempos.
