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Chapter 2: babylon lovers hanging missed calls on the line, i gave you mine

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Lautaro estaba exhausto. Hacía dos noches que le costaba conciliar el sueño y él estaba seguro de por qué.

 

Al principio culpó al trabajo, a las reuniones, la falta de vacaciones y a la cantidad de horas extra que estaba haciendo hacía casi un mes. Pero después dejó de intentar convencerse a sí mismo de algo que sabía perfectamente cómo era. No podía mentirse ni renegar contra eso, estaba acostumbrado a funcionar cansado y llevaba años haciéndolo.

 

Hacía dos noches Manuel había entrado otra vez en su vida después de cuatro años sin verlo. Lo había visto tan él, tan reconocible y tan absurdamente lindo que todavía no entendía cómo había logrado terminar esa reunión sin quebrarse adelante de todos. 

 

Para él, Manuel seguía teniendo exactamente la misma presencia que hacía cuatro años. La primera vez que lo vio en persona, en el aeropuerto de Buenos Aires, había descubierto que solamente con verlo de lejos ya podía reconocer la energía que cargaba. Incluso después de tantos años, más cansado y un poco más serio, seguía teniéndola. Y a Lautaro le parecía injusto. 

 

Había notado que Manuel evitó sostenerle la mirada durante toda la reunión, que estaba tenso, raro. Y también que tenía la voz inclusive un poco más grave que antes, pero no podía distraerse con eso cuando había un pensamiento que lo atormentaba más: ¿Tanto lo odiaba que no podía ni verlo?

 

Algo dentro suyo seguía reaccionando a él de la forma más humillante posible ante él. Como si una parte de su cuerpo todavía no hubiese entendido que habían pasado cuatro años, distintos países y una vida entera entre medio, que ya no era el Lautaro de Buenos Aires. Dios, odiaba el sentimiento. Le molestaba porque no podía concebir que Manuel no sintiera lo mismo que estaba sintiendo él en ese momento, y, sobre todo, detestaba la humillación de seguir sintiéndose así.

 

Había pasado todos esos años convenciéndose de que lo había superado para descubrir, en menos de una hora, que todo su ser reaccionaba igual que la primera vez frente a él. El tiempo no había hecho absolutamente nada de lo que se suponía que tenía que hacer.

 

Suspiró agarrando las sábanas para acercarlas más a su cuerpo, acomodándose boca arriba mientras miraba el techo oscuro de su departamento. El reloj marcaba las tres y cuarenta de la mañana y Nueva York estaba más callado que nunca.

 

Cerró los ojos apenas un momento y volvió a verlo a él con la misma claridad. El pelo con casi el mismo largo que la última vez que lo vio, las ojeras debajo de los ojos, la camisa blanca y los labios secos, probablemente por el frío.

 

Y de repente se acordó: Manuel tenía una hija. ¿Cómo había pasado? ¿Cuándo y con quién? Sabía algunas cosas de él porque Santiago seguía hablándole de su mejor amigo incluso cuando intentaba evitar el tema. Sabía que había cortado con Florencia relativamente poco tiempo después de que él se fuera del país, sabía del crecimiento de su streaming en los últimos años y que su productora era una de las más exitosas de Argentina. Pero nunca había escuchado sobre una hija ni había visto nada en redes. Normal, pensó. Si había evitado Instagram y cualquier tipo de clip durante los últimos años. Deslizaba el dedo rápido cada vez que algo se le presentaba. 

 

Le resultaba desesperante intentar acomodar la imagen de Manuel con la realidad que se había sentado cerca suyo en esa sala de reuniones hacía menos de setenta y dos horas. En su cabeza, todavía existía una versión mucho más joven de él. Esa misma versión que seguía compartiendo departamento con él y con Santiago, prendiendo stream a las diez y hablando de cosas banales durante noches enteras. Y ahora tenía una hija que tenía la edad exacta para quedarse en la guardería de su empresa.

 

El tiempo había seguido avanzando incluso cuando él había intentado congelarlo todo en su cabeza. Por supuesto que sí, ¿cómo había podido ser tan idiota de pensar que Manuel iba a estar esperándolo en la ciudad con los brazos abiertos?

 

Giró otra vez sobre la cama, frustrado consigo mismo. Quizás le estaba dando demasiadas vueltas al tema. Quizás Manuel ya se había olvidado completamente de él y Lautaro solo se había encargado de estorbar en su vida una vez más.

 

La idea le revolvió el estómago apenas apareció. Manuel probablemente estaba haciendo su vida con total normalidad mientras él llevaba noches sin dormir después de habérselo cruzado media hora en una situación formal que ni siquiera le permitió preguntar algo de su vida. Sin contar que probablemente a Manuel no le interesaba saber nada de él.

 

Lautaro no tenía idea siquiera de cómo él lo recordaba. Probablemente como un pelotudo y un egoísta, alguien que se fue y no priorizó a sus amigos ni al único lugar que había podido llamar hogar durante tantos años. O capaz ya ni siquiera lo pensaba así. Quizás no lo pensaba de ninguna forma.

 

Para las nueve de la mañana, había logrado dormir solamente dos horas antes de abrir los ojos por el ruido de su alarma. Tenía poco tiempo para tachar los quehaceres de su lista mental de esa mañana: desayunar, bañarse, sacar a pasear a Tony e ir a la psicóloga.

 

Había partes de él que todavía no se acostumbraban a la idea de ir a terapia, ni tampoco a la de tener un perro. Pero todo en su vida había cambiado desde que se había mudado de continente otra vez, para perseguir una vida normal que ni siquiera estaba seguro de querer realmente. Ese había sido el motivo de su primera consulta con una terapeuta años atrás, y ahora había retomado casi con las mismas inseguridades y miedos de ese Lautaro que vivía en Buenos Aires y ya se había escapado a Dubai, aunque para ese momento ya estaba pensando en escaparse a Madrid. 

 

Era consciente de que cada vez que se sentía amenazado por sí mismo, con ansiedad o sin una certeza mínima de estabilidad, escapaba. Buscaba nuevos trabajos, casas, rutinas y conocía gente nueva, como si ese cambio constante pudiera dejar atrás las partes de sí mismo que no sabía cómo enfrentar. El problema era que nunca iba a poder escapar realmente de él. Siempre terminaba llevándose esas partes a todos lados, y lo terminaban agobiando y sofocando hasta que realmente no podía más.

 

Y, en el fondo, tampoco sabía vivir de otra manera. Nunca había permanecido demasiado tiempo en un mismo lugar. Madrid, Chile, miles de barrios distintos dentro de Buenos Aires, hasta terminar mudándose otra vez a Madrid y después a Nueva York. Su familia había vivido siempre así, saltando de un lugar a otro. Lautaro había aprendido que el hecho de quedarse en un lugar por mucho tiempo implicaba que algo malo podría pasarle mucho antes incluso de entenderlo conscientemente. No sabía quedarse ni tampoco había aprendido nunca a construir algo pensando realmente en el largo plazo.

 

Desayunó unas tostadas con mate mientras miraba una película de la que ni siquiera sabía el nombre, pero el ruido de fondo lo ayudaba a no pensar demasiado en lo mismo que llevaba consumiéndole la cabeza hacía días. Lavó los platos, se bañó y después fue directo a ponerle la correa a su perro.

 

—Gordo, ya tenés un año y medio como para seguir renegando tanto cuando te pongo la correa —dijo, sonriéndole apenas al animal.

 

Tony era un golden retriever típico. Tenía una felicidad inmensurable cada vez que veía a Lautaro o a cualquier persona que atinara a acariciarlo aunque fuera un segundo. Era cariñoso, bueno y compañero. Había estado al lado de su dueño incluso durante esos días donde Lautaro apenas tenía energía para levantarse de la cama o bañarse por la tristeza que cargaba encima. A él, Tony le había dado un propósito nuevo. Era la primera vez que tenía una mascota propia y alguien a quien cuidar que dependía de él. Desde que su perro apareció en su vida, se sentía más responsable, inclusive más adulto. Había algo tan extraño como emocionante en saber que siempre había alguien esperándolo en casa. 

 

Cuando era cachorro, había roto prácticamente todos los pares de zapatillas que Lautaro tenía guardados en el placard. También había llorado durante semanas cada vez que él salía del departamento. Le había costado muchísimo enseñarle a quedarse tranquilo y no desarrollar una dependencia absurda hacia él. Intentaba que no durmiera en su cama, pero todas las noches Tony terminaba apoyando el mentón sobre sus piernas hasta que Lautaro cedía, dándole unas palmaditas al colchón para invitarlo a subir. Y hoy por hoy ya no había noche que no durmiera a su lado, era rutinario.



El frío lo golpeó apenas salió del edificio. Tony, completamente ajeno al cansancio de su dueño, empezó a caminar moviendo la cola mientras olfateaba todo lo que podía y veía a su alrededor. La ciudad a esa hora era rara. Mucho más tranquila que de costumbre, como si nadie se hubiese despertado aún. Lautaro había elegido vivir en ese barrio justamente porque estaba lejos de todo el bullicio de la ciudad. Necesitaba la paz y la tranquilidad que tenía, los árboles y la naturaleza. Le había costado aceptar vivir en Nueva York solamente porque creía que la cuna del capitalismo no le iba a traer más que disgustos y dolores de cabeza, pero había terminado maravillado con su barrio y la ciudad en general.



Cuando se descuidó unos segundos, se dio cuenta que de nuevo estaba pensando en Manuel, sin ni siquiera querer hacerlo. Se preguntó si estaría despierto, cuánto tiempo más le quedaba en la ciudad, y si lo volvería a ver aunque sea de lejos. Dios, le molestaba muchísimo no poder dejar de pensar en él. 

 

 Se sentía todavía en las torres de Vicente López, angustiado por cosas que sabía que no tenían solución, ansioso y con ganas de gritarle a Manuel todo lo que callaba para no pelearse con él. Pero la realidad ya no era ese departamento y él no podía evitar preguntarse en qué momento exacto había vuelto a sentirse así de vulnerable solamente por verlo una vez más.

 

Volvió al departamento solo porque estaba muerto de frío y sabía que su perro ya había tenido suficiente paseo por la mañana. Tony se dejó caer automáticamente sobre el sillón mientras Lautaro agarraba las llaves del auto y revisaba la hora en el celular. Bufó apenas se dio cuenta de que iba tarde.

 

El trayecto hasta el consultorio lo hizo con música baja y la cabeza demasiado distraída como para concentrarse siquiera en sus artistas favoritos. Frenaba en los semáforos sin registrar realmente el camino, todo lo estaba haciendo de manera automática.

 

Finalmente estacionó frente al edificio de su psicóloga diez minutos más tarde, pero se quedó unos segundos sentado dentro del auto. Una parte de él no quería enfrentarse a esa sesión y lo sabía. Hablar de su semana implicaba admitir muchas cosas que llevaba años evitando poner en palabras. 



Lo peor era que ya ni siquiera sabía qué era exactamente lo que sentía. No sabía si estaba triste, angustiado o simplemente destruido por haber descubierto que Manuel seguía generándole exactamente lo mismo que cuando tenía veintidós años y compartían una vida juntos.

 

María Emilia lo recibió cálida, como siempre. Era una mujer de poco más de cuarenta años y Lautaro confiaba en ella solamente porque era argentina. Apenas se mudó y empezó a trabajar en el país, Matías se había encargado de pasarle su número, jurándole que le había salvado la vida en el momento más triste de la suya y que tenía que darle una oportunidad a la terapia otra vez. Después de tantas insistencias, Lautaro decidió probar. 



Por el momento le servía y sentía que el enfoque de ella era exactamente lo que necesitaba en esta etapa de su vida. Mucho más práctico, menos invasivo y más enfocado en entender y saber qué hacer con lo que le pasaba. 



—Lautaro, ¿cómo estás? ¿Cómo estuviste esta semana? —preguntó mientras agarraba el cuaderno y una lapicera—. Llegaste tarde. Raro en vos.



Lautaro dejó escapar un suspiro antes de sentarse frente a ella. Se acomodó apenas el abrigo y apoyó los codos sobre las piernas. Estaba sentado en el mismo sillón de siempre mientras su terapeuta lo observaba desde la silla de escritorio que, para su gusto, parecía muchísimo más cómoda que el sillón de él.

 

—Diez minutos, sí. Perdón por la tardanza.

 

—Dormiste poco también, se nota. ¿Estuviste con ansiedad otra vez?

 

Él asintió apenas con la cabeza.

 

—Sí. Me pasó algo que… —empezó, buscando las palabras correctas en su cabeza antes de levantar la vista—. ¿Te acordás de Manuel?

 

Ella no respondió enseguida, pero asintió despacio. Era algo que hacía frecuentemente para que Lautaro continuara hablando, y  él odiaba eso. El silencio siempre terminaba haciéndolo hablar más de la cuenta.

 

—Mi ex mejor amigo —corrigió rápido—. Bah… no sé qué éramos realmente. Lo vi el otro día, después de mucho.

 

—Sí, el chico con el que hacías streaming en Argentina. Lo recuerdo —respondió Emilia con tranquilidad—. ¿Por qué no sabés?

 

Lautaro soltó una risa corta, sin humor.

 

—Porque sinceramente es complicado y no sé si tengo palabras para explicarlo.

 

—Generalmente cuando alguien usa términos ambiguos para describir un vínculo es porque todavía no logró categorizarlo emocionalmente —explicó ella, apoyando la lapicera sobre el cuaderno—. ¿Hace cuánto no lo veías?

 

—Cuatro años.

 

—¿Y apareció de repente?

 

—No… no exactamente.

 

Lautaro suspiró otra vez. No sabía si estaba listo para hablar de esto. Ni siquiera sabía si quería admitir ciertas cosas en voz alta. Bajó la mirada hacia sus manos antes de continuar.

 

—Yo lo sugerí para la empresa. Vi que le estaba yendo muy bien y, cuando me transfirieron, propuse su perfil.

 

Emilia levantó apenas las cejas.

 

—¿Vos provocaste el reencuentro?

 

—Supongo que sí.

 

—¿Y por qué lo hiciste?

 

Lautaro abrió la boca, pero volvió a cerrarla al darse cuenta de que no tenía una respuesta lógica. Y eso lo desesperaba.

 

—No sé —admitió finalmente—. Santiago me contó lo bien que le estaba yendo. Ni siquiera lo razoné demasiado. Lo propuse en el área de marketing y después simplemente apareció. No creía que fuera a aceptar. Manuel es… bastante independiente. O al menos lo era.

 

María Emilia asintió despacio, observándolo en silencio unos segundos más de lo que Lautaro podía soportar.

 

—¿Y cómo reaccionó tu cuerpo cuando lo viste? No lo que pensaste, lo físico, ¿cómo te sentiste?

 

Lautaro soltó una risa cansada antes de apoyar la espalda contra el sillón. Durante el tiempo que había estado viniendo a las sesiones con ella, le había explicado que las emociones primero se sentían en el cuerpo, y después eso se trasladaba a lo mental. Siempre insistía con querer saber qué había sentido Lautaro físicamente ante cualquier situación. Debía poder categorizarlo y entenderlo para poder procesarlo.

 

—Me tembló el cuerpo y me sentía inmóvil, como la época en la que tenía parálisis de sueño y no podía moverme. Sentí que retrocedí años.

 

Emilia inclinó apenas la cabeza, como esperando que continuara.

 

—Como si todo lo que hice para superarlo no hubiese servido de nada —admitió finalmente—. Y esto me humilla muchísimo, no pasaron dos meses, pasaron cuatro años.

 

La mujer asintió despacio.

 

—La ansiedad suele funcionar así —continuó Emilia con calma—. Según lo que venimos hablando durante este tiempo, vos pasaste años evitando estímulos relacionados con él. Redes sociales, videos, conversaciones, recuerdos. Tu sistema nervioso entendió que Manuel era un disparador emocional y empezó a reaccionar evitándolo. El problema es que evitar algo no siempre significa procesarlo. Es el camino más fácil, y a veces, sirve muchísimo. Pero las cosas no se pueden evitar para siempre. Eran las herramientas que tenías en ese momento, y si bien son válidas, no significa que sean las que tenés que usar ahora.

 

—No puedo dejar de pensar en él —dijo y, casi como si las palabras se le escaparan de la boca, agregó rápido—. Y tiene una hija.

 

Lautaro se quedó mirando un punto fijo del piso.

 

—No entiendo cuándo pasó ni cómo, ni siquiera con quién. En mi cabeza sigue existiendo la versión de él de hace años y, de repente, apareció siendo padre. El tiempo siguió sin mí, que es lógico, pero no puedo asimilarlo.

 

—Congelaste el vínculo y ahora la realidad rompió esa imagen que tu cabeza tenía.

 

Lautaro se pasó una mano por la cara.

 

—Y encima no puedo dejar de pensar que probablemente me odie.

 

—¿Te dio motivos para pensar eso?

 

—No me miró más de una vez, no se quedó hablando conmigo, ni siquiera me saludó como si me conociera.

 

Emilia soltó aire lentamente antes de responder.

 

—Lautaro, una persona puede evitar mirar a alguien por muchísimas razones. La ansiedad llena los silencios con interpretaciones negativas para protegerte antes de tiempo. Cuando vos venís a contarme que esperabas que algo fuera tal cual lo sobrepensaste, es porque tuviste tiempo para generarte esa ansiedad y construir un escudo antes de que algo pudiera dolerte de verdad.

 

Él apoyó ambos brazos sobre las piernas otra vez.

 

—No sé qué le pasa conmigo. No sé cómo me recuerda, cómo me percibe, qué sintió al verme —enumeró mientras intentaba obligarse a dejar de mover la pierna—. Me está matando no saber eso.

 

—Seguís buscando respuestas desde la incertidumbre —explicó ella—. Y tu cabeza está intentando cerrar una historia sin información suficiente.

 

Lautaro se quedó callado.

 

—Hay algo más también —continuó Emilia después de unos segundos—. Vos hablás de Manuel como alguien de quien huiste emocionalmente durante años. Cambiaste muchas veces el lugar donde viviste, construiste una vida extremadamente funcional. Pero nunca terminaste de enfrentarte a lo que sentías realmente.

 

Él soltó una risa corta, incómoda.

 

—Evitar tiene recompensa inmediata. Te da alivio rápido. El problema es que, a largo plazo, sostiene exactamente la misma ansiedad que intentás apagar.

 

Había algo del espacio de terapia que a Lautaro lo tranquilizaba. No sabía si era la posibilidad de hablar cosas que no sabía cómo exteriorizar, si era que María Emilia era extremadamente racional al momento de explicarle lo que le pasaba o si simplemente era el cansancio acumulado por haber dormido tan poco, pero de repente sintió cómo algo dentro suyo se acomodaba apenas. No demasiado, pero sí lo suficiente como para bajar un poco la intensidad con la que venía pensando todo.

 

—No sé si quiero volver a sentirme así —admitió en voz baja.

 

Emilia lo observó unos segundos antes de hablar.

 

—Lautaro, llevás años sintiéndote así. La diferencia es que antes lo hacías desde la distancia. Y ahora lo tenés acá. ¿Qué vas a hacer con eso? Yo creo que tenés que dejar de escaparle.

 

—¿Escaparle cómo?

 

—A la conversación pendiente, a lo que sentís y a la necesidad de entender qué lugar ocupa hoy en tu vida. Tu ansiedad no viene solamente de verlo, viene de todo lo que tu cabeza construyó alrededor de él durante estos años sin poder comprobar nada en la realidad. La única forma de que eso frene es darle respuestas concretas a tu cerebro.

 

Emilia apoyó la lapicera sobre el escritorio antes de seguir hablando.

 

—Hay algo que trabajamos mucho en este tipo de terapia, y creo que ya lo hablamos antes, incluso cuando hablábamos sobre Giuliana. El cerebro no tolera bien los vínculos inconclusos, especialmente cuando hubo un apego emocional intenso o fuera de lo común. La incertidumbre sostenida genera muchísimo más desgaste que una respuesta concreta, incluso cuando la respuesta no es la que queremos escuchar.

 

Lautaro tragó saliva despacio.

 

—No sé si él quiere verme.

 

—Bueno, eso no lo sabés. Ni lo vas a saber si no probás.

 

Lautaro se quedó pensando y el silencio volvió a instalarse en el consultorio.

 

—¿Qué perdés hablando con él? —preguntó Emilia finalmente—. Tomando un café, viendo qué pasa si dejan de hablarse como dos personas que todavía están intentando sobrevivir a algo que pasó hace años. No le hables desde la herida, Lautaro. Los dos son mucho más que eso y estoy segura de que pueden resolverlo a la altura también.

 

Lautaro no respondió enseguida.

 

Por primera vez en muchísimo tiempo, una parte de él estaba empezando a preguntarse seriamente si seguir escapando realmente lo estaba protegiendo de algo. Si valía la pena seguir huyendo o quedarse atrapado para siempre en la incertidumbre.

 

¿De qué le servía escapar si siempre terminaba estrellándose contra la misma pared?



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Había hablado con Guada para cenar con ella durante la noche porque sabía que Santiago iba a estar ocupado recorriendo y grabando la ciudad con Manuel. Ella le había contestado raro durante la llamada, pero aun así Lautaro necesitaba juntarse. No veía a sus amigos hacía poco más de ocho meses y necesitaba poder hablar de todo esto con alguien que realmente entendiera lo que estaba sintiendo o, al menos, pudiera empatizar un poco con él. No era precisamente el fuerte de Santiago, pero sí el de ella.

 

A veces él no podía creer que Guadalupe hubiese elegido a Santiago a pesar de todas las cagadas que se había mandado durante los primeros años desde que se conocieron. Supo, después de ese primer año donde dejaron de hablarse porque su amigo estaba completamente consumido por el stream y por la persona que creía que tenía que ser, que eventualmente iban a volver y probablemente quedarse juntos durante muchísimo tiempo. Agradeció no estar equivocado.

 

Lautaro había fantaseado con algo así desde que era chico. No con el amor de su vida, ni con una relación perfecta, sino con la idea de que alguien pudiera volver a encontrarlo incluso después de todo lo malo. De los errores. silencios, la vida de cada uno. Siempre había admirado la forma en la que Guadalupe y Santiago se elegían incluso después de todo lo que les había pasado. Como si al final, siempre terminaran eligiéndose y encontrando el camino de vuelta.

 

Nunca lo admitiría en voz alta, pero había fantaseado eso mismo con Giuliana muchas veces antes de entender, y antes de eso se había permitido soñarlo con Manuel. En un lugar muy escondido de sí mismo, había existido la fantasía absurda de querer comprobar que todavía podían reconocerse después de tantos años siendo personas distintas, con vidas distintas.

 

Cuando llegó a la puerta del Airbnb donde se estaban quedando, se sorprendió por lo lindo y nuevo que se veía el edificio. Incluso parecía más costoso que el departamento donde vivía él, aunque con la diferencia de que ellos estaban ahí de vacaciones mientras Lautaro todavía no terminaba de decorar ni la mitad de su propio espacio. Pensó, por un segundo, que quizás podía aprovechar esos días para pedirle ayuda a Guada con eso.



Lo que no esperaba era que, apenas ella abrió la puerta y lo saludó, una figura mínima estuviera sentada en el sillón del living.

 

—Por eso me hablaste raro en la llamada… —suspiró Lautaro, mirando a Guadalupe—. ¿Es…?

 

Ni siquiera necesitó terminar la oración. Ella ya había asentido despacio mientras murmuraba un “perdón” apenas audible.

 

Lautaro se quedó completamente helado cuando la vio. Era igual a Manuel.

 

Tenía el mismo pelo oscuro, inclusive mucho más largo y apenas despeinado, los mismos ojos verdes curiosos y la expresión particular que Manuel ponía cuando algo le llamaba demasiado la atención. Como si se hubiese clonado entero en una versión mínima de él

 

La nena lo miró fijo durante varios segundos. Lautaro no entendía por qué hasta que ella se bajó del sillón casi corriendo y se frenó justo enfrente suyo.

 

—¡Vos sos Moski! —sonrió, señalándolo emocionada.

 

Lautaro sintió cómo algo se rompía instantáneamente adentro. Nadie le decía así hace años, a excepción de Santiago que adoraba ponerle apodos y derivados a cada persona que conocía. 

 

—Hola, hermosa —dijo mientras se agachaba para quedar a su altura—. Sí, soy yo. ¿Y vos cómo te llamás?

 

—Gianna, pero me gusta que me digan Gia —explicó ella enseguida—. No sabía que eras real.

 

Lautaro se rió automáticamente, completamente sorprendido, ¿qué quería decir con que no era real?

 

Probablemente su cara de confusión fue demasiado evidente porque la nena siguió hablando casi de inmediato.

 

—Papá tiene algunas fotos tuyas en casa, pero pensé que no existías porque nunca te vi.

 

A Lautaro se le detuvo el corazón por un segundo y sintió que se le saltaba una respiración. ¿Manuel tenía fotos con él dando vueltas por su casa todavía? Algo de eso le generaba una mezcla rara entre ternura y desesperación. Quería y necesitaba saber absolutamente todo. En los detalles donde necesitaba que Santiago fuera chusma, nunca lo era. Y tampoco podía aprovecharse de una nena chiquita para seguir preguntando, mucho menos con Guadalupe ahí adelante.

 

No supo cómo responder a eso, pero Gianna parecía no necesitar demasiado tiempo para entrar en confianza porque enseguida le agarró una mano y empezó a tirar de él hacia la mesa de la cocina.

 

—¿Querés ver lo que estaba dibujando?

 

Lautaro levantó la vista hacia Guada, completamente descolocado, y ella solamente sonrió como si toda la situación le pareciera demasiado tierna.

 

La hija de Manuel se sentó de rodillas sobre una de las sillas mientras le mostraba varias hojas llenas de colores y todos los lápices, fibras y fibrones que tenía desparramados sobre la mesa. Lautaro no conocía ni la mitad de los personajes que le estaba enseñando, pero puso su mejor cara de interés y dejó que ella siguiera contándole absolutamente todo lo que quería.

 

—Ahora los voy a dibujar a todos —sonrió—. A vos, a papá, al tío Santi y a la tía Guada. ¿Me ayudás?

 

Lautaro soltó una risa corta antes de sentarse al lado suyo.

 

—Bueno, pero aviso desde ya que dibujo horrible, de verdad.

 

—¡Yo también! —respondió ella enseguida, como si eso solucionara completamente el problema.

 

Gianna se encargó de elegir quién dibujaba a quién mientras Lautaro la ayudaba a hacer algunas formas y corregir detalles mínimos que para ella parecían importantísimos. Santiago terminó teniendo una cabeza desproporcionadamente grande, Guada tenía un vestido rosa porque Gia decía que era una princesa y Manuel estaba dibujado con un buzo negro enorme porque, en su percepción, siempre se vestía con ropa grande. Lautaro, en cambio, estaba dibujado entre Manuel y Guada, siendo más alto que los dos, cosa que ocasionó que ambos adultos se rieran por la mentira evidente del dibujo.

 

Cuando terminaron, levantó la hoja orgullosa para admirar la obra de arte completamente desproporcionada que acababan de hacer.

 

—Se la voy a regalar a papá —anunció convencida.

 

A Lautaro pareció no gustarle demasiado la idea porque sentía que sería raro que Manuel tuviera un dibujo donde él estuviera incluido, donde formara parte de algo tan cotidiano de su vida cuando eso era completamente falso.

 

Pero no pudo pensarlo demasiado más porque Gianna cambió de opinión apenas unos segundos después. Bajó la hoja otra vez y lo miró directamente.

 

—No. Mejor es para vos. Tía Guada, ¿me ayudás a escribir que es para Moski?

 

Guadalupe soltó una risa mientras agarraba un fibrón de color verde y ayudaba a Gianna a escribir el mensaje enorme y torcido en una de las esquinas de la hoja. La menor estaba completamente concentrada en hacerlo, y Lautaro no podía dejar de mirarla.

 

Gianna terminó el dibujo orgullosa y se lo extendió con ambas manos y Lautaro lo agarró con muchísimo más cuidado del que probablemente necesitaba una hoja llena de colores y garabatos.

 

Por un instante mínimo, se permitió imaginar algo que no debería: Una vida en la que él no se hubiera ido. Donde las cosas no hubieran explotado de esa manera, una en la que él se hubiese quedado, y hubiera acompañado a Manuel en todos sus procesos, en cuidar a Gia, en ayudarlo en lo que necesite, en ser el amigo que siempre se había prometido ser. Pero el pensamiento desapareció tan rápido como apareció, cuando salió de sus pensamientos para concentrarse en poner la mesa y estar presente en el ahora.

 

La cena terminó siendo muchísimo más tranquila de lo que él esperaba. Gianna hablaba prácticamente sin parar y Lautaro descubrió que le resultaba demasiado fácil seguirle el ritmo. Era inteligente, tenía ocurrencias que lo hacían reír con una facilidad absurda y sabía destacar en cualquier conversación incluso siendo tan chica.

 

Había algo de Manuel en ella incluso cuando se emocionaba explicando cosas mínimas que le gustaban, o cuando se distraía en el medio de una oración para pasar automáticamente a otro tema completamente distinto. Era idéntica a él tanto en personalidad como en pequeños gestos, y Lautaro no sabía cómo sentirse respecto a eso.

 

Después de comer, Guadalupe logró convencerla de irse a dormir prometiéndole que la próxima vez que abriera los ojos Manuel ya iba a estar con ella.

 

—¿Vos venís mañana a pasear con los tíos, Moski? —preguntó Gianna, mirando a Lautaro desde el pasillo.

 

Era ridículo que le afectaran tanto las palabras de una nena.

 

Lo hacía sentir cómodo, querido y parte de algo, y apenas lo conocía hacía menos de tres horas. Pero tampoco podía disfrutarlo del todo porque sabía que nada de eso era realmente suyo. No creía que Manuel volviera a abrirle las puertas de su vida nunca más y tampoco podía sumarse a ningún plan por más que quisiera.

 

—No sé, hermosa. Capaz pueda ir un rato. Y si no, podemos vernos otro día, ¿sí?

 

Ella hizo una mueca triste, pero igual se acercó para darle un beso antes de irse. Y tomó la promesa de Lautaro como si fuera algo completamente inevitable.

 

Cuando Guadalupe cerró la puerta detrás de ella después de acostar a Gianna, sirvió dos copas del vino que venían tomando desde la cena y finalmente se dignó a hablar.

 

—Estás hecho mierda, amigo. Tenés cara de que te pasaron dos trenes por encima. —dijo entregándole la copa en mano.

 

—Ah no vayas a ser muy copada, forra —respondió él mientras se sentaba en el borde del sillón.

 

—Es que estás hasta las pelotas y se te nota, perdón que te lo diga. No te veo así desde que dejaste Argentina.

 

Lautaro bajó la vista hacia la copa unos segundos antes de responder.

 

—Fue horrible verlo, Guada. Ni nos hablamos, no supe qué decir y de hecho no le dije nada. No puedo dormir porque no dejo de pensar en todo. La sesión con la psicóloga fue toda sobre él.

 

—Al menos no fue sobre Giuliana, punto para Manuel —dijo, haciéndolo reír—. ¿Qué pensás hacer? Digo, tardaste demasiado en darte cuenta de que alguna vez te gustó.

 

Lautaro soltó aire lentamente por la nariz.

 

—Emilia me sugirió que lo invite a tomar algo, que lo vea y que charlemos. Me dijo que llevo demasiado tiempo escapando de esto, y le creo. Pero no hay manera de que lo hablemos. Pasó demasiado tiempo, es muy loco hablarlo ahora, ¿no?

 

Lautaro necesitaba encontrar la manera de bajar la ansiedad lo antes posible. Habían sido días difíciles y no dejaba de buscar respuestas a preguntas que ni él sabía contestar.

 

—Ni siquiera sé si está con alguien —continuó mientras tomaba un poco de vino—. Mirá si voy a hablarlo, es una estupidez pensarlo así. Capaz tiene una familia, alguien que lo espera en casa. Y esa criatura es muy buena y educada, Manuel no pudo haber hecho ese trabajo solo y…

 

Guadalupe lo interrumpió antes de dejar que siguiera haciéndose la cabeza con cosas que no tenían ni un poco de veracidad. Lautaro tenía que animarse, y  ella lo sabía perfectamente.

 

—Que yo sepa, no hay nadie que lo espere en casa. Manuel será muy pelotudo cuando quiere, pero no sabés lo bueno que es con Gia. Ella es así porque tiene padres geniales. Pero no, no está con ella ni lo espera en casa. —dijo mientras apoyaba los codos sobre la mesada—. Dejá de mirarme con esos ojitos de bambie, Lautaro, no te voy a dar más información. Andá y hablá con él.

 

—Pero… 

 

—Pero nada, gordo. El no ya lo tenés, andá y probá por si tenés un sí. No creo que le confieses nunca en la vida que te gustaba de esa forma. Creo que los dos siempre estuvieron cómodos en el papel de amigos, aunque siempre fue evidente que pasaba algo más. Empezá de cero, conozcanse otra vez. Ninguno está atado a nada en este momento. En una de esas dejás de cogerte a mujeres que no te generan nada y le dedicás tiempo a Manuel.

 

—No sé cómo haces para hablar tan naturalmente de esto, no es normal. Es raro, y quizás tengo que esperar a que se vaya y listo, Guada. Seguir igual. 

 

Guadalupe suspiró, dejando la copa sobre la mesada antes de mirarlo fijo.

 

—No, escuchame. Nunca fue raro. Nunca. Ustedes se pasaron años comportándose como novios enfrente de cualquiera que los conocía. Manuel lloró en cada programa que pisaba por vos y vos volviste solamente porque él te llamó diciéndote que te amaba. Me costó muchísimo que entendieras que nunca fue raro, no te tires para atrás ahora. Aunque no vayas a decirle lo que sentís de verdad, aunque quieras ser su amigo.

 

Lautaro se quedó completamente callado. Sabía que tenía razón en lo que le decía, no podía luchar contra eso. Su amiga volvió a agarrar la copa y tomó apenas un poco antes de seguir hablando. 

 

—Además, yo te vi después de que te fuiste. Vi cómo te apagaste completamente durante muchísimo tiempo. Y también vi cómo Manuel quedó hecho mierda aunque intentara esconderlo. Las relaciones de los dos… la tuya te apagó tanto que ya no te distinguía entre lo que habías sido y lo que eras. Madrid, la ciudad y todo lo que te pasó… vos sabés.

 

Lautaro estaba exhausto y ya no quería hablar. Su amiga le estaba diciendo demasiadas verdades que él no sabía si estaba listo para enfrentar en este momento. Quizás no estaría listo nunca, ni siquiera había podido ver un solo video de Manuel en cuatro años y ahora se suponía que tenía que convivir con él y con su versión más chica. 

 

Sabía perfectamente a qué se refería y aún así, se sentía incómodo cuando lo escuchaba. Había pasado tantos años intentando convencerse de que todo había sido parte de crecer, de estabilizarse por primera vez en su vida y de cambiar para mejor. Pero su amiga había estado ahí y lo había visto en primera persona, incluso en las partes más oscuras y tristes de él. Jamás podría contradecirla porque Guadalupe había sido testigo de todo. Pero sin embargo, Lautaro todavía no se sentía listo para enfrentar todo eso en este momento. Ni siquiera había visto un video de Manuel en años, ¿qué se suponía que tenía que hacer? 

 

Decidió que se había cansado de hablar después de decirle a Guada que prometía que iba a pensarlo, y agarró su teléfono casi por inercia. Necesitaba dejar de pensar.

 

La idea de revisar el perfil de Instagram de Manuel se le cruzó por la cabeza, y sin darse cuenta, ya estaba tecleando su nombre tan rápido como podía y con las manos temblando por la adrenalina y ansiedad que le causaba la situación. Guadalupe pareció notarlo casi de inmediato. 

 

—Lautaro, ¿lo estás stalkeando adelante mío?

 

—Callate.

 

Su amiga se rió y él tuvo que buscar alguna excusa tonta para lo que acababa de hacer. No se la debía a nadie, pero sin embargo, decirlo en voz alta hacía que una parte de él se lo crea.

 

—Estaba viendo la historia de Santiago, ¿qué culpa tengo yo de que sea justo con él?

 

Siguió viendo el perfil de él, con una ansiedad completamente ridícula y desmedida para una persona de su edad. Había fotos nuevas, algunas de su trabajo, otras con Gianna y alguna que otra de él solo.

 

Guadalupe no dijo nada, pero se sentó al lado de él y miró por encima de su hombro. Lautaro la miró con su peor cara en ese momento.

 

—¿Qué? Si te vas a humillar en el medio del living por lo menos dejame ver.

 

Lautaro bufó y siguió con lo que estaba haciendo, pero se detuvo particularmente en una foto de él con su hija. Estaba agachado a su altura y ella se veía algunos años más chica. Parecía ser su primer día de jardín, tenía dos colitas y Manuel la miraba con una sonrisa que Lautaro le había visto pocas veces en su vida.

 

Se quedó observando los parecidos entre ellos y no pudo evitar el dolor en el pecho cuando se dio cuenta de que él no formaba parte de nada de eso. Ni siquiera sabía que Manuel tenía una hija hasta hace días, pero no podía evitar que eso le doliera más de lo que debería. Lautaro había intentado congelar todos sus recuerdos mientras que Manuel había seguido viviendo una vida entera lejos suyo. Había tenido momentos importantes, cumpleaños, primeras palabras, primeros días de clases y miles de escenas cotidianas de las que Lautaro jamás sería parte, y él lo sabía. Aún así, la sensación que tenía seguía siendo ridículamente parecida a la de haber perdido algo.

 

Quiso entrar a leer los comentarios cuando de repente deslizó el dedo sobre el extremo izquierdo y tocó el botón de me gusta. El corazón rojo apareció abajo de la foto.

 

Sintió cómo el corazón empezaba a latirle violentamente contra el pecho. Le sacó el like instantáneamente y Guadalupe no hizo más que empezar a reírse enfrente de él.

 

—Decime que no le va a llegar la notificación si saqué el like rápido.

 

—Obvio que llega, boludo. Manuel tiene el celular todo el día encima, ¿te pensás que no lo va a ver?

 

Lautaro se levantó de golpe del sillón, revoleó el celular como si eso nunca hubiese pasado y empezó a caminar por todo el living mientras se agarraba la cabeza.

 

—Me quiero morir. ¿Qué mierda hice? ¿Cómo me vas a dejar hacer eso?

 

—Es un like, gordo, no podés ser tan exagerado.



Lautaro sintió que su vida podía terminarse en ese momento y él no tendría ningún problema. Estaba lo suficientemente grande como para estar stalkeando a su ex mejor amigo en redes, y sabía que Manuel lo había visto, por supuesto que sí. No recordaba haberlo visto sin el teléfono en la mano o cerca ni una vez en su vida. 

 

Empezó a caminar de un lado a otro del departamento con rapidez, mientras su amiga seguía riéndose de él, estaba frustrado y enojado con él mismo. Llevaba años sin stalkear y en menos de diez segundos había entendido por qué.

 

—Hablale –Suspiró Guadalupe– Si no querés que sea raro, hablale.

 

—¿Vos estás mal de la cabeza? —dijo Lautaro, mirándola apenas un segundo antes de seguir caminando por todo el espacio, incapaz de quedarse quieto.

 

—No podés estar así de ansioso por un like, y si no lo hacés, él te va a hablar, o peor, va a pensar que estás obsesionado con él.

 

Lautaro sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Sabía que su amiga lo estaba manipulando para que lo haga, porque ella siempre encontraba la forma exacta de empujarlo hacia las conversaciones que él no quería tener. Lo había hecho con Giuliana, y lo estaba haciendo ahora. Y justamente porque la conocía era que no pensaba caer. O al menos, eso intentaba repetirse mientras seguía caminando por el living. 

 

–Guada, hace años no hablamos, ¿qué se supone que tengo que mandar? Hola Manu, muy linda tu hija que de hecho está durmiendo en el cuarto de al lado, perdón por darte like a fotos con ella, ¿vos cómo estás? 

 

—No me entra en la cabeza cómo podés ser tan boludo con los mensajes, de verdad te digo. Mentí un poco, Dios. —dijo mientras le palmeaba el sillón para que se tranquilizara y volviera a su lugar.

 

Lautaro obedeció y se sentó al lado de ella otra vez, agarró su teléfono y tocó el botón de mensaje en su perfil de instagram. No entendía como podía estar considerando esta locura, no había ninguna manera de que él mande ese mensaje.

 

—Gordo, nunca vi a alguien ser tan cagón. Y te aviso, que los cagones jamás son felices, si no, miralo a Santiago. Si no fuese porque yo le hablé en pedo para vernos esa noche, ni siquiera estaríamos juntos hoy. 

 

—Santiago siempre hubiese vuelto a estar con vos, tarde o temprano. Es cagón, pero no es boludo. —suspiró mientras miraba la pantalla vacía de su celular. 

 

—Vos tampoco. Te quedan dos semanas para volver a amigarte con Manuel, mandá el mensaje. Nunca te va a decir que no, sos vos. 

 

Lautaro lo dudó. Una, dos, tres veces más. Estaba a punto de contradecir a Guadalupe e irse a su casa. Pero se acordó que cuando se mudó a la ciudad, se había prometido hacer las cosas que tenía ganas de hacer, y no privarse de absolutamente nada. Tenía un miedo al rechazo que hacía que todo su cuerpo sintiera unas repentinas náuseas y que las manos le temblaran. Pero tenía que hacerlo. Aunque sea para reírse de esto en unos años, aunque no saliera bien, aunque la chance sea mínima. 

 

Sin dudarlo más, abrió el chat de Instagram de Manuel y escribió

 

“Hola Manu

Sé que estás por Nueva York todavía, y el otro día no pudimos hablar.

Me gustaría verte, si tenés tiempo. Avisame :)”

Notes:

perdón tardé como 20 días en actualizar pero entro en crisis aproximadamente cada dos. las leo y quiero saber todo lo que piensan hasta ahora🥹💓

Notes:

holaaaaa, ya sé que dejé un fake dating a la mitad pero me surgió esta idea después de absolutamente todo lo que pasó estos meses y tenía que escribirlo (vivir en el mernoski es que pasen ochenta cosas en dos días) es un poco denso este capítulo pero les juro que se pone mejor.