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Dos Mundos, Un solo Destino (Jacaerys Velaryon x Draco Malfoy)

Chapter 4: Capítulo 4: Niños Bendecidos: Marcas Unidas

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Alas De Plata

 

Aposentos de la Princesa Rhaenyra Targaryen, Kings Landing.

Durante las primeras semanas tras el nacimiento de Jacaerys Velaryon, la vida de Rhaenyra se dividía entre la ternura de la maternidad y la sombra política que la seguía como una segunda piel. La corte parecía calmarse ante el recién nacido, pero Rhaenyra lo sentía: esa tranquilidad era frágil, un hilo que podía romperse con un simple susurro.

Pero nada la preparó para lo que descubrió una mañana.
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El sol apenas asomaba en la torre de la Princesa cuando Rhaenyra decidió bañar ella misma a su hijo. Quería un momento de calma sin nodrizas, sin miradas, sin protocolos.

Jacaerys pataleaba, contento con el agua tibia. Las pequeñas burbujas se deslizaban sobre su piel rosada, y Rhaenyra sonrió, agotada pero feliz.

Entonces lo vio.

Al sacarlo del agua, mientras la luz clara de la mañana caía sobre su espalda, algo brilló.

Una forma plateada.
Delgada.
Definida.
Irradiando un reflejo que no debería existir en un bebé recién nacido.

Rhaenyra se quedó paralizada.

—No… —susurró con un hilo de voz.

Acercó al niño a su pecho, con el corazón golpeándole las costillas. Separó con cuidado la mantita para mirar mejor. La marca estaba ahí, en la parte alta de la espalda: dos alas plateadas, simétricas, perfectas, casi luminosas.

No era un moretón.
No era una mancha.
No era natural.

Y sin embargo, parecía completamente parte de él.

Rhaenyra sintió que el mundo se volvía más pesado, como si la corona que aún no tenía ya presionara su cabeza.

Pasaron largos minutos antes de que lograra recomponerse. Miraba a su hijo dormir en sus brazos, completamente ajeno a la preocupación que nacía en ella.

Quiso creer que era una simple marca de nacimiento.
Quiso creerlo… pero no podía.

No después de ver cómo brillaba.
No después de sentir la calidez suave que irradiaba.

Sus pensamientos volaron a la corte, a Alicent, a los maestres, al Rey. A los rumores que la seguían como un enjambre.
Un detalle así, en el momento político en que se encontraban, podría destruirlos.

Y entonces tomó una decisión:

No podía llevar este secreto sola.
Pero tampoco podía compartirlo con cualquiera.

Tenía que decírselo a Laenor.

 

Lo llamó cuando el castillo aún no había despertado por completo. Laenor entró con rostro curioso, preguntándose qué urgencia podría tener Rhaenyra tan temprano.

Ella no dijo nada. Simplemente tomó a Jace, lo colocó entre ambos, respiró hondo… y apartó la manta de su espalda.

Laenor abrió los ojos como si hubiera visto un dragón aparecer en su habitación.

—Por los Siete…

Rhaenyra no lo miró. Seguía observando a su hijo.

—Apareció esta mañana —murmuró—. No estaba antes. Lo habría visto. Lo habría sabido.

Laenor se inclinó, casi sin atreverse a tocar la marca.

—¿Es… una deformidad? ¿Una señal valyria? Rhaenyra, yo… ni en los registros antiguos hay algo así.

Ella cerró los ojos por un instante, deseando que una respuesta surgiera de la nada.

—No sé qué es. Pero no pertenece a nada de lo que conocemos.

Laenor tragó saliva. La tensión en su rostro se volvió evidente.

—Si Alicent se entera… si los maestres empiezan a hablar…

—Lo sé —respondió Rhaenyra con voz baja pero firme—. Por eso te lo muestro a ti. Y solo a ti.

Hubo un silencio, profundo, cargado.

Laenor se enderezó y la miró con seriedad.

—¿Qué quieres hacer?

La decisión

Rhaenyra acarició la cabeza del pequeño Jace. Su hijo suspiró y, al hacerlo, las alas plateadas vibraron un instante, como si respondieran a su respiración.

Laenor se quedó helado.

—Eso… —jadeó—. Eso no es normal.

—No —coincidió ella—. No lo es.

Y finalmente, levantó la vista. Sus ojos, oscuros y determinados, no temblaban.

—Lo ocultaremos. Pase lo que pase. Hasta que sepamos qué es.
Nadie puede verlo. Nadie puede saberlo. Ni mi padre. Ni los maestres.
Ni siquiera Rhaenys.

Laenor asintió lentamente. No por obediencia, sino por lealtad. Por miedo. Por amor a ese pequeño que ni siquiera entendían aún.

—Lo ocultaremos —repitió él—. Y lo protegeremos.

Rhaenyra exhaló, liberando la tensión que la había acompañado desde que vio la marca.

Por primera vez desde el amanecer, no estaba sola con el peso del secreto.

Juntos, cubrieron la espalda de Jace con la manta más gruesa.
Juntos sellaron un pacto ninguno de ellos hablaría por qué los susurros en Kings Landing corrían a la par del viento.