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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-06-14
Completed:
2026-06-21
Words:
22,516
Chapters:
2/2
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17
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166
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1,317

La Mariposa en el Frasco

Chapter 2

Summary:

Si me aferro a ti, duele.
Pero si te dejo ir, duele aún más.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Habían pasado cincuenta días desde que la noche eterna cayó sobre la isla y Ash aún conservaba cada recuerdo con claridad. Solía ser una carga difícil de soportar, pero dudaba que alguna vez pudiera arrancarse aquellas imágenes de la cabeza. Tampoco era como si quisiera hacerlo.

A veces necesitaba tomarse un momento para recordar ciertas cosas. Tenía que repetirse que no existía una cabaña en medio de un campo de lavanda. Tenía que recordarse que jamás hubo una habitación colorida diseñada para convertirse en un estudio de pintura. Y, por encima de todo, tenía que recordarse que Juan había muerto.

Que estaba muerto y no volvería.

Algunos días resultaban más fáciles que otros. Había ocasiones en las que podía enfrentar el dolor y continuar con sus responsabilidades, aunque el vacío persistente le apretara la garganta cada vez que un recuerdo aparecía sin previo aviso. En esos momentos era capaz de sonreír, participar en conversaciones triviales y disfrutar de la compañía de los demás habitantes de la isla como si nada hubiera cambiado demasiado.

Sin embargo, también existían los días difíciles. Días en los que el peso de la ausencia se volvía demasiado evidente y la rutina más sencilla parecía exigirle un gran esfuerzo. En esos momentos no intentaba luchar contra ello, simplemente se alejaba.

Se refugiaba en los límites más peligrosos de la isla, donde los sonidos de las criaturas hostiles lograban ahogar, aunque fuera por un instante, todos y cada uno de sus recuerdos. Allí mantenía el cuerpo en movimiento y la mente ocupada, eliminando a cada criatura que se cruzaba en su camino. Era una tarea agotadora, pero necesaria. Mientras sus manos sostuvieran un arma y sus ojos permanecieran atentos al siguiente peligro, no tendrían oportunidad de buscar a ciegas algo que ya no podían encontrar. No tendrían tiempo de recordar la suavidad de una piel cálida ni la sensación de unos dedos entrelazándose con los suyos como si todavía pertenecieran al mismo mundo.

Había ocasiones en las que, en secreto, se permitía salir lastimado de forma deliberada, provocando aquellos reinicios de muerte que tanto intentaba evitar. Eran casos contados, porque no quería volver a tener a todos pendientes de él ni soportar las miradas preocupadas que aparecían cada vez que creían que estaba al borde de otro colapso mental. Lo hacía únicamente cuando la culpa se volvía demasiado pesada soportarla, cuando sentía la necesidad de reprenderse a sí mismo por haber permitido que su mente fuera tan frágil. Cada reinicio era un castigo que consideraba merecido, una forma de recordarse que había manchado el recuerdo de Juan con aquella fantasía egoísta en la que lo mantenía vivo, retenido en un lugar que nunca existió más allá de sus propios deseos.

Se culpaba por haber creído que era fuerte. Durante mucho tiempo había pensado que podía soportarlo todo, que era capaz de seguir adelante sin quebrarse, pero la verdad era que había sido lo bastante débil como para dejarse engañar por su propia mente. A veces se preguntaba si no debería hacer lo mismo que Vegetta, abandonar su puesto como líder del Régimen y marcharse lo más lejos que la isla permitirera, lejos de los recuerdos y de las responsabilidades. Sin embargo, en el fondo sabía que nunca podría hacerlo. Todavía quedaban demasiadas cosas por las que luchar y demasiadas amenazas que enfrentar. El brazalete que llevaba consigo, guardando la esencia de Juan, era un recordatorio constante de ello. Mientras existiera la posibilidad de que alguien más sufriera lo que ellos habían sufrido, mientras la isla siguiera siendo un lugar peligroso, no podía permitirse dar un paso atrás. Debían seguir luchando hasta que todos fueran libres.

También era consciente de que Juan seguía allí de alguna manera. No como Ash había querido creer durante aquellos momentos de debilidad, sino de una forma mucho más simple y real. Estaba presente en cada rincón de la isla, en las estructuras que había construido con sus propias manos o en aquellas que había reparado. Estaba en los recuerdos que cada habitante conservaba de él, sin importar si eran buenos o malos, felices o dolorosos. Juan ya no estaba allí físicamente y nada cambiaría ese hecho, pero había dejado una huella demasiado profunda para desaparecer por completo. De una forma u otra, seguía viviendo en cada persona que lo había conocido, y quizá por eso resultaba imposible caminar por la isla sin sentir que una parte de él continuaba acompañándolos.

Habían pasado cincuenta días y, por alguna razón, hoy Ash se sentía inquieto. No era un día bueno ni un día malo, simplemente... diferente. Quizá se debía a que la lluvia no había parado en varios días y, en aquella isla donde el clima parecía estar controlado por quienes los mantenían cautivos, que lloviera durante tanto tiempo solo podía interpretarse como un mal presagio.

Antes, en una situación así, habría enviado un mensaje o habría ido directamente hasta Miarte para asegurarse de que Juan estaba bien. No importaba si parecía exagerado; siempre existía la posibilidad de que Cucurucho o Aldo hubieran intentado secuestrarlo otra vez o hacerle daño. Ahora ya no había nadie a quien proteger, pero, tan débil como era en este aspecto, cada cierto tiempo su mirada descendía de forma automática hacia la esquina inferior izquierda de su visión, como si todavía esperara recibir alguna notificación o un mensaje. Cualquier cosa. Pero ya no volvería a ocurrir.

Era contradictorio y extraño, pero poco a poco se estaba acostumbrando a vivir de esa manera. A cargar con el deseo constante de que Juan siguiera vivo. A despertarse algunas mañanas creyendo, durante unos segundos, que todo había sido una pesadilla antes de enfrentarse a la dura realidad. A convivir con una ausencia que parecía acompañarlo a todas partes.

Ewroon había llegado hacía horas y, fiel a su personalidad, había comenzado a hablar sobre un nuevo plan para enfrentar a Multi. Sin embargo, conforme avanzaba la conversación, sus explicaciones se volvieron cada vez más rápidas y desordenadas. Saltaba de una idea a otra sin detenerse, construyendo teorías sobre la marcha y añadiendo detalles que solo tenían sentido dentro de su propia cabeza. Ash había intentado seguirle el ritmo al principio, pero en algún momento se perdió por completo.

Por eso, cuando Ewroon finalmente se quedó en silencio, comprendió que estaba esperando una respuesta.

—Estoy tratando de entender lo que me dices, pero sinceramente hace cinco minutos perdí por completo tu explicación.

Ewroon le dirigió una mirada de desaprobación, aunque no pudo reprocharle nada. Incluso él era consciente de que, cuando se emocionaba con algo, terminaba hablando demasiado rápido con tal de no dejar escapar ninguna de sus ideas.

Su atención se desvió entonces hacia el retrato de Juan que colgaba cerca de ellos. Aquel cuadro que había pintado para Ash seguía ocupando el mismo lugar desde hacía semanas. Durante un instante permaneció observándolo en silencio antes de exhalar profundamente.

—El Norte parece estar colapsando cada día más. —Ash soltó una ligera risa con cierta burla. Sabía que aquello iba a ocurrir tarde o temprano. —Sin embargo, Tina y Foolish siguen desaparecidos.

Ash apretó las manos sobre el escritorio. No había estado bromeando aquel día de la tragedia cuando, camino al laboratorio, le confesó a Tina que no le interesaba salvar al Norte. Sin embargo, después de la muerte de Juan, era como si hubiera heredado una responsabilidad que lo empujaba a mantenerse atento a lo que les ocurría a las dos personas que más habían significado para él dentro de aquella casa.

Sabía que Foolish había asumido el cargo de Rey del Norte después de que Vegetta decidiera exiliarse por voluntad propia. También sabía que Tina parecía perdida desde entonces, como si todavía estuviera intentando encontrar un lugar en un mundo que había seguido avanzando sin darle tiempo para recuperarse de cada tragedia que vivia. Pero, siendo sincero, ya no quedaba nada que rescatar. Había demasiados conflictos internos y demasiados resentimientos acumulados. La mansión se desmoronaba poco a poco con cada ataque, cada discusión y cada malentendido. Ash no podía hacer nada contra eso. Lo único que estaba a su alcance era intentar protegerlos de la Federación, de Aldo o de Multi cuando fuera necesario, porque estaba convencido de que eso era lo que Juan habría querido. No había nada más.

Decir que Tina y Foolish habían desaparecido tampoco era del todo correcto. De vez en cuando los veía atravesar la zona comercial o aparecer brevemente en el Régimen antes de volver a marcharse. Aun así, existía una distancia evidente entre ellos y el resto de la isla, una especie de aislamiento Ash podía entenderlo. Si él mismo seguía atrapado en un duelo que parecía no terminar nunca, era lógico pensar que ellos estuvieran pasando por algo parecido. De cualquier forma, no tenía intención de entrometerse en sus asuntos. 

—Eres un idiota dramático.

—Quiero pensar que no, pero resulta que cada día que pasa me demuestro a mí mismo lo contrario.

Ash dejó escapar un suspiro cansado. No era precisamente la persona más paciente del mundo, pero por alguna razón siempre terminaba soportando el interminable verborrea de palabras de Ewroon.

—Entonces, ¿por qué quisiste esta reunión como si la vida del resto me importara?

—Porque, aunque quieras negarlo, tomarías cualquier excusa para burlarte de la desgracia ajena. Y también porque te encanta que te mantenga informado.

Otro suspiro escapó de los labios de Ash mientras se reclinaba ligeramente en la silla.

Ya habían pasado las nueve de la noche y ambos seguían encerrados en la oficina del Panteón. Su mirada se desvió brevemente hacia algunos de los objetos que habían pertenecido a Juan. Permanecían a su vista. Quizá por eso nunca había intentado reorganizar la oficina ni hacerla más estética. Había demasiadas cosas allí que se negaba a cambiar.

—Ewroon, tú solo quieres meterte en los asuntos de todos, como la vil cucaracha que eres.

Ash se levantó de su asiento dispuesto a dar por terminada la conversación. El cansancio comenzaba a acumularse y ya no tenía paciencia para seguir escuchando teorías sobre personas que, en su opinión, tenían derecho a afrontar las cosas a su manera.

—No quiero involucrarme en ningún drama ni convertirnos en una especie de grupo de apoyo donde todos sanemos nuestro "trauma". Y más te vale que ellos no se hayan enterado de lo que ocurrió recientemente.

—Sé que lo extrañan.

Ash se quedó inmóvil.

La simple afirmación bastó para detenerlo a medio camino. Permaneció de espaldas a Ewroon, con los hombros tensos y las manos apretadas a ambos lados del cuerpo. Odiaba que, de alguna manera, siempre encontrara las palabras exactas para alterarlo. Odiaba todavía más que insistiera en comportarse como si pudiera ayudarlo.

Nunca se había permitido depender de nadie y no pensaba empezar ahora.

—Por supuesto que lo hacen —respondió finalmente, procurando mantener la voz firme—. Pero déjalos lidiar con la pérdida a su manera. No te metas donde nadie te llamó.

—Solo estoy preocupado.

—¿Lo estás?

La pregunta salió más cortante de lo que pretendía.

—Ash...

—Maldita sea, Ewroon. No voy a volver a colapsar. He estado bien estos días.

Finalmente se giró para encararlo. La expresión de Ewroon no cambió demasiado, pero negó ligeramente con la cabeza, como si no creyera una sola palabra de lo que acababa de escuchar. Aquello fue suficiente para que la irritación que Ash llevaba semanas reprimiendo comenzara a subir por su pecho.

—¿No crees que eres patético? —espetó—. ¿De verdad sigues esperando que algún día admita que te necesito para salir adelante?

Ewroon sostuvo su mirada durante unos segundos antes de apartarla. Aun así, fingió que aquellas palabras no le habían afectado.

—No es lo que espero.

—Entonces deja de meterte en mi vida. Estoy siguiendo adelante y no te necesito a ti ni a nadie más. Puedo resolver mis propios problemas.

El silencio que siguió resultó incómodo incluso para ellos.

Ewroon bajó la vista por un momento, consciente de que aquella discusión no era realmente sobre él. Durante un tiempo, Ash se había aferrado a la mínima esperanza de que Juan pudiera regresar. Había creído en posibilidades imposibles porque necesitaba creer en algo. Y parte de aquella esperanza había nacido de las teorías, los planes y las insistencias de Ewroon.

Cuando nada funcionó, cuando la realidad terminó imponiéndose una vez más, Ash pareció convencerse de que todo había sido una fantasía. Desde entonces era como si, en cierta forma, también lo responsabilizara por haberlo hecho creer durante un instante que existía una salida.

Aun así, Ewroon no podía rendirse con él. No cuando todavía encontraba rastros del mismo dolor en cada intento desesperado de aparentar que estaba bien.

Y, sobre todo, no cuando la vida de ambos seguía pendiendo de un hilo.

—Ash, escucha —soltó Ewroon, bajando ligeramente la mirada. Por primera vez desde que había comenzado la discusión parecía realmente afectado por ella—. No quiero que te conviertas en un infeliz amargado. Sé que lo que sucedió no fue cualquier cosa, y tampoco voy a fingir que puedes superarlo de un día para otro. Pero todavía hay personas que confían en ti y seguimos aquí, dispuestos a ayudarte. No hablo de psicología barata ni de discursos vacíos. Solo digo que sé que aún tienes motivos para seguir adelante, aunque ahora mismo ese motivo sea la venganza.

Ash dejó escapar una risa seca.

—Créeme que esos tres cabrones van a pagar por lo que hicieron.

Su mano se movió instintivamente hacia la empuñadura de la espada. No era una amenaza dirigida a Ewroon, sino un simple reflejo nacido de la rabia que todavía llevaba dentro. La ira era mucho más fácil de soportar que cualquier otra emoción.

—Pero seamos sinceros, Ewroon. Todo esto es porque no puedes enfrentarte a Multi tú solo. Y tampoco voy a mentirte... si hubieras estado allí ese día, habría intercambiado tu vida por la de Juan sin pensarlo dos veces.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que las palabras quedaran suspendidas entre ambos.

—Nos beneficiamos mutuamente y eso es todo —continuó Ash, sin apartar la mirada—. No tenemos que fingir que somos amigos ni mucho menos actuar como si existiera algo más entre nosotros. Sé perfectamente cómo funcionas. Eres un experto en manipular las situaciones para que todo termine favoreciéndote.

Una risa apagada escapó de Ewroon.

Retrocedió un par de pasos mientras observaba a Ash durante unos segundos. Quizá había intentado intervenir demasiado pronto.. Lo único que sabía era que cada día que pasaba sentía que el tiempo se les escapaba entre las manos, y esa sensación comenzaba a volverse insoportable.

Ash seguía de pie frente a él, furioso, a la defensiva y aferrándose con todas sus fuerzas a la idea de que podía cargar con todo por sí mismo.

Y Ewroon estaba empezando a comprender que ninguna conversación iba a cambiar eso.

—Muérete, imbécil.

Sin añadir nada más, sacó su warpstone. La luz envolvió brevemente su figura y, un instante después, desapareció de la oficina, dejando a Ash solo una vez más entre el silencio, los recuerdos y todas aquellas cosas que ninguno de los dos había sido capaz de decir en voz alta.

 


El insomnio se había convertido en una compañía constante para Ash durante aquellos treinta días. Sabía perfectamente cuál era la causa, cada vez que cerraba los ojos, su mente insistía en jugarle la misma mala pasada, mostrándole a Juan recostado a su lado, tranquilo y sereno, exactamente igual que en la cabaña. Era una imagen tan familiar que por momentos temía volver a dejarse engatusar por su mente. Ash terminaba dándole la espalda a aquella ilusión, obligándose a recordar que no era real mientras su propio cuerpo parecía buscar de forma automática el calor que ya no estaba allí. Algunas noches la sensación se volvía tan insoportable que abandonaba la habitación y recorría los pasillos del Panteón sin rumbo fijo, esperando que el cansancio terminara imponiéndose sobre sus pensamientos y lo obligara a dormir aunque fuera unas pocas horas.

Sin embargo, aquella noche no fue un recuerdo de Juan lo que lo despertó. 

Fue el sonido de unos pasos.

Sus ojos se abrieron de inmediato y toda la somnolencia desapareció en cuestión de segundos. Alguien se movía por el Panteón a esas horas de la madrugada y, fuera quien fuera, no estaba haciendo ningún esfuerzo por ocultar su presencia. Aquello bastó para ponerlo en alerta.

Ash tomó su espada y descendió a su oficina hasta localizar el origen del ruido casi en la entrada. Aprovechó la oscuridad para acercarse sin ser visto y, cuando encontró la oportunidad, se lanzó hacia delante dispuesto a inmovilizar al intruso. Lo que no esperaba era escuchar un agudo chillido femenino en el instante en que la hoja de su espada quedó peligrosamente cerca de su cuello.

Reconoció la voz al momento.

—¿Tina?

La tensión abandonó parcialmente sus hombros mientras bajaba la espada. Dio un paso atrás y la soltó, manteniendo cierta distancia entre ambos mientras intentaba controlar la irritación que le había provocado semejante sobresalto.

—¿A qué viene esta visita?

Tina parecía tan sorprendida como él. Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía sujetando su propia espada, probablemente más por reflejo que por verdadera intención de utilizarla. Ash observó el arma y luego volvió a mirarla a ella.

De todas las personas de la isla, Tina probablemente seguía siendo una de las que más reservas tenía hacia él. Habían compartido aquella última misión y habían atravesado situaciones que los obligaron a confiar mutuamente, pero incluso así seguía percibiendo cierta cautela en su comportamiento. Parte de ello seguramente era consecuencia de la influencia que Aldo había tenido sobre ella durante tanto tiempo.

No era algo que le molestara ni tampoco era algo que quisiera cambiar. Ash nunca tuvo la intención de agradarle a nadie, mucho menos a los habitantes del Norte. Sin embargo, tampoco tenía motivos para verla como una enemiga. Después de todo, Tina apenas representaba una amenaza para él.

—Yo... verás...

La joven bajó ligeramente la espada, aunque sus dedos seguían aferrados a la empuñadura.

—Necesito llevarte... Yo... Verás, Foolish y yo...

Ash frunció el ceño.

Esperó pacientemente a que terminara la frase, pero la explicación parecía atascarse una y otra vez. Era evidente que Tina estaba nerviosa, algo que solo consiguió despertar aún más su curiosidad.

Durante varios segundos la observó intentar ordenar sus pensamientos sin éxito, hasta que finalmente cerró los ojos, tomó una profunda respiración y logró recuperar algo de compostura. Cuando volvió a hablar, su voz seguía conservando cierta inseguridad, pero también había en ella determinación.

—Necesito llevarte conmigo.

Ash arqueó una ceja al escuchar aquello. Estuvo a punto de soltar una burla, pero terminó conteniéndose mientras cruzaba los brazos sobre el pecho y observaba a Tina con evidente desconfianza.

—Como comprenderás, no voy a irme sin una buena explicación.

La joven pareció dudar. Durante unos segundos desvió la mirada hacia la parte inferior de su visión, como si estuviera leyendo algún mensaje que solo ella podía ver. Ash no tardó en entender que probablemente estaba recibiendo instrucciones de Foolish, lo que solo consiguió aumentar sus sospechas sobre lo que fuera que aquellos dos estuvieran tramando.

—Dijiste... que si te necesitábamos, podíamos contar contigo.

Las palabras hicieron que Ash frunciera ligeramente el ceño. Técnicamente jamás lo había llegado a decir. Aquel día, después de la tragedia, apenas había logrado pronunciar unas pocas frases antes de que Foolish asegurara que comprendían lo que intentaba expresar. Todo había ocurrido en medio del dolor, de la confusión y de una pérdida que ninguno de ellos había sabido cómo afrontar. Por eso mismo nunca imaginó que fueran a tomarse en serio aquel ofrecimiento.

—Más vale que sea algo importante y que no me estén haciendo perder el tiempo.

Tina asintió varias veces con una rapidez casi nerviosa antes de sacar su warpstone y extender una mano hacia él. Ash ignoró el gesto. Simplemente apoyó una mano sobre el hombro de la chica y permitió que iniciara el teletransporte.

La sensación apenas duró unos instantes, pero cuando volvió a abrir los ojos, por puro hábito dirigió la vista hacia el mapa, un gesto que realizaba de manera automática cada vez que llegaba a un lugar desconocido porque le ayudaba a orientarse y a conservar cierta sensación de control. Sin embargo, aquella vez no pudo evitar sorprenderse. La distancia que los separaba del lugar donde todos vivían era tan grande que recorrerla por medios convencionales habría tomado semanas enteras. Resultaba evidente que quien hubiera elegido aquel lugar quería mantenerse lejos de cualquier mirada indiscreta.

Cuando levantó la vista terminó de comprenderlo. Frente a ellos se alzaba una enorme estructura que dominaba por completo el paisaje. Incluso desde aquella distancia era evidente que había requerido una cantidad ridícula de recursos, planificación y tiempo. Ash no necesitó pensarlo demasiado para saber quién era el responsable de algo semejante. Aquello tenía la firma de Foolish por todas partes.

—Tenemos que acercarnos —explicó Tina mientras saltaba de la plataforma y desplegaba su paraglider en dirección a la construcción.

Ash todavía tenía demasiadas dudas y ninguna respuesta, pero después de haber llegado tan lejos decidió seguir adelante. Desplegó su propio paraglider y la siguió mientras descendían hacia la estructura. Habían recorrido aproximadamente la mitad del trayecto cuando logró distinguir una figura esperándolos cerca de una de las entradas. Foolish levantó una mano para saludarlos, pero fue imposible no notar que algo era diferente. No había rastro de aquella expresión burlona que parecía acompañarlo incluso en las situaciones más tensas. Por primera vez en mucho tiempo se veía completamente serio.

—Bueno, me alegra que vinieras.

—Más les vale empezar a explicarse.

Foolish intercambió una rápida mirada con Tina antes de darse la vuelta y guiarlos hacia el interior de la estructura. Ninguno respondió de inmediato, lo que solo consiguió alimentar aún más la impaciencia de Ash.

—Lo que vamos a mostrarte debe mantenerse en absoluto secreto —advirtió Foolish mientras caminaban por un largo pasillo—. Nadie más que nosotros tres puede saberlo.

Aquellas palabras consiguieron captar toda su atención. Si lo habían llevado a cientos de miles de bloques de distancia, hasta una zona donde prácticamente nadie tenía motivos para aventurarse, era evidente que se tomaban la confidencialidad muy en serio. Incluso Tina parecía distinta. A pesar de conservar parte de su personalidad amable y emocional, había cierta tensión en sus hombros. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los de Ash, él alcanzaba a percibir cierta preocupación, como si temieran que su reacción no fuera la que esperaban.

Ash se obligó a mantener la calma. Una parte de él seguía desconfiando por costumbre, pero también era consciente de que Tina y Foolish no tenían motivos para tenderle una trampa. Desde la tragedia, los tres habían quedado unidos de una forma extraña. No eran amigos, ni mucho menos una familia, pero compartían una pérdida que ninguno había logrado superar del todo y, por primera vez en mucho tiempo, Ash decidió concederles el beneficio de la duda.

Cuando llegaron a lo que pareciera ser un elevador, Foolish introdujo un código en el panel de acceso con tanta rapidez que Ash ni siquiera alcanzó a distinguir los números antes de que la puerta se abriera. Tina fue la primera en entrar y se colocó en una de las esquinas mientras entrelazaba nerviosamente las manos. Ash la siguio, manteniéndose en el centro de la cabina mientras Foolish ocupaba el espacio frente al panel y presionaba el último botón de abajo. Nadie dijo una sola palabra. El silencio era incómodo, casi pesado, y solo se veía interrumpido por el suave zumbido del mecanismo y la pantalla que indicaba cada nivel que dejaban atrás conforme descendían cada vez más profundo bajo la estructura.

Cuando finalmente el elevador se detuvo con un leve traqueteo y las compuertas se abrieron, Ash no pudo evitar sorprenderse. Había esperado algún tipo de instalación oculta, pero no algo tan elaborado. Las paredes, el techo e incluso el suelo parecían reforzados con gruesas placas metálicas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, creando un ambiente frío y completamente estéril. No había ventanas ni elementos decorativos, únicamente pasillos perfectamente iluminados y superficies metálicas que reflejaban la luz blanca de los paneles instalados en el techo.

Apenas dio un paso fuera del elevador cuando sintió una extraña vibración recorrer su cuerpo. Instintivamente reviso todo su inventario, solo para descubrir que el escáner instalado en la entrada acababa de confiscar cada uno de los objetos que llevaba consigo. La sensación de alarma fue inmediata. Se detuvo en seco, y durante un instante el impulso de sacar le recorrió el cuerpo de una forma que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

—Confía —susurró Tina a sus espaldas.

Ash giró ligeramente el rostro hacia ella y observó cómo la joven avanzaba hasta el escáner sin oponer resistencia. Incluso dejó su espada completamente visible para que él pudiera ver cómo era absorbida por el mismo mecanismo. Aquel pequeño gesto no eliminó su inquietud, pero sí logró contenerla.

Aun así, se sintió incómodo. Estaba acostumbrado a cargar con armas, armadura y cualquier herramienta que pudiera necesitar en una emergencia. Haberse quedado sin ninguna de ellas le provocaba una sensación de vulnerabilidad difícil de ignorar. Sin embargo, por primera vez decidió confiar. No era algo que hiciera con frecuencia. De hecho, ni siquiera Juan había recibido de él semejante beneficio.

Continuaron avanzando por el pasillo mientras el eco de sus pasos resonaba contra las paredes metálicas. El lugar parecía diseñado para amplificar cualquier sonido, haciendo que incluso el más leve movimiento resonara con fuerza. Atravesaron una puerta reforzada, luego una segunda y finalmente una tercera, cada una protegida por códigos distintos y sistemas de seguridad más complejos que el anterior. Con cada acceso que dejaban atrás, Ash tenía más claro que aquello no era un simple escondite ni una base improvisada. Lo que fuera que Foolish hubiera construido allí estaba protegido hasta la paranoia.

Finalmente se detuvieron frente a una última puerta.

Foolish apoyó una mano sobre el panel de acceso y permaneció unos segundos observando la superficie iluminada antes de introducir el código correspondiente. A diferencia de las ocasiones anteriores, esta vez no abrió la puerta de inmediato. Permaneció inmóvil unos instantes y luego dirigió la mirada hacia Ash.

—Por favor, solo ten cuidado.

Y entonces el sonido constante de las máquinas lo golpeó de inmediato.

No era estridente ni caótico. Era un murmullo continuo compuesto por decenas de pequeños ruidos que parecían fundirse en uno solo. El zumbido profundo de los servidores ocultos tras las paredes, el suave siseo de los sistemas de refrigeración y los pitidos ocasionales emitidos por las terminales creaban una extraña sensación de actividad permanente.

Ash se quedó inmóvil. La sala era enorme.

Paneles metálicos cubrían cada pared, interrumpidos únicamente por filas de pantallas que proyectaban gráficos, secuencias de datos y complejos diagramas que cambiaban segundo a segundo. Algunas mostraban modelos anatómicos girando lentamente. Otras desplegaban líneas de código imposibles de seguir con la vista. Indicadores luminosos parpadeaban por toda la habitación, reflejándose sobre las superficies de acero pulido.

Toda aquella tecnología convergía hacia el centro. Sobre una plataforma circular elevada descansaba una figura humana.

Alrededor de ella se alzaban múltiples estructuras mecánicas conectadas mediante cables y conductos que ascendían hacia el techo o desaparecían bajo el suelo. Brazos robóticos, sensores y módulos de monitoreo formaban un anillo incompleto alrededor de la plataforma, dejando libre únicamente el frente.

Una de las pantallas más cercanas mostraba la silueta de un cuerpo humano mientras una barra de progreso avanzaba lentamente. Otra analizaba actividad neuronal simulada, haciendo que miles de conexiones luminosas se encendieran y apagaran como constelaciones.

Por un instante, Ash olvidó respirar. Todo el aire pareció abandonar sus pulmones mientras observaba aquella figura inmóvil en el centro de la plataforma, porque aquel rostro era uno que conocía demasiado bien. Durante semanas había intentado convencerse de que estaba avanzando, de que poco a poco estaba aprendiendo a convivir con la ausencia, pero bastó una sola mirada para que todas esas mentiras se derrumbaran. Antes de darse cuenta, sus pies ya se estaban moviendo por voluntad propia. Ni Foolish ni Tina intentaron detenerlo. Ambos permanecieron en silencio, observándolo con una cautela evidente, como si hubieran esperado aquella reacción.

Ash avanzó lentamente hasta quedar frente a la figura. Con una mano temblorosa, casi insegura, alzó los dedos hasta rozar su mejilla. Esperaba encontrar metal frío o la rigidez artificial de una máquina, pero lo que sintió fue piel suave. Había calor. No era el calor de un cuerpo humano vivo, pero resultaba agradable al tacto. Aquella contradicción fue suficiente para que una parte de él, una parte que todavía se negaba a aceptar la realidad, quisiera aferrarse a una esperanza imposible.

Entonces los ojos se abrieron y Ash volvió a contener el aliento.

El color era exactamente el mismo que recordaba, un dorado brillante que durante todos estos días había sido incapaz de olvidar. Sin embargo, también había algo más. Una luz tenue e irregular recorría aquellas pupilas desde el interior, una luminosidad artificial que dejaba en evidencia la verdadera naturaleza de aquel cuerpo. No importaba lo perfecto que fuera su rostro ni lo idénticas que resultaran sus facciones.

Aquello no era Juan.

El rostro permaneció inmóvil mientras lo observaba. No había reconocimiento, ni sorpresa, ni afecto. No había absolutamente nada. Los ojos estaban abiertos, pero detrás de ellos no existía la chispa que Ash había aprendido a reconocer conforme convivía más con Juan. Era evidente que no había alma y por lo tanto, tampoco emociones. Solo una máquina observándolo con una calma vacía que resultaba inquietante.

Y aun así, no pudo apartarse.

Una parte de él sentía rabia irracional y dolorosa al ver a alguien utilizando el rostro de la persona que había amado. Le resultaba insoportable pensar que aquel cuerpo perfecto pudiera existir sin ser realmente él. Sin embargo, al mismo tiempo, otra parte de sí mismo se aferraba desesperadamente a la esperanza que acababa de nacer en su interior. Porque si Foolish y Tina habían sido capaces de llegar hasta ese punto, si habían logrado construir algo así y mantenerlo oculto durante todo ese tiempo, entonces quizá todavía existían posibilidades que él no había considerado.

Finalmente apartó la mano de aquella mejilla y giró el rostro hacia ellos. La incredulidad, la confusión y la necesidad de respuestas se mezclaban en su expresión de una forma que ni siquiera intentó ocultar.

—Explíquense —ordenó con voz tensa.

Foolish dio un paso al frente mientras mantenía las manos detrás de la espalda. Su expresión seguía siendo seria, aunque ya no parecía tan preocupado como cuando Ash había entrado a la sala. Probablemente tanto él como Tina habían estado esperando una reacción mucho peor. Después de todo, no era descabellado pensar que, al encontrarse frente a una máquina con el rostro de Juan, Ash terminara perdiendo el control y destruyendo todo aquello que claramente les había tomado demasiado esfuerzo construir en tan poco tiempo. Sin embargo, el hecho de que siguiera allí escuchando parecía haber disipado parte de aquella tensión.

—Si recuerdas el video que Juan nos dejó, él mencionó que me había dejado algo —comentó Foolish mientras sacaba un enderchest y comenzaba a buscar entre sus pertenencias.

Ash recordaba perfectamente aquella grabación, aunque nunca había prestado demasiada atención a esa parte. En su momento asumió que se trataba de instrucciones para el futuro del Norte. Con Juan siendo el segundo al mando de Delux y Foolish ocupando una posición similar dentro del Norte, le había parecido lógico que quisiera dejar algún tipo de plan de contingencia o recomendaciones para quienes permanecerían allí después de su muerte. Sin embargo, al observar los objetos que Foolish colocaba frente a él, comprendió que había estado equivocado.

Un libro y una pequeña caja metálica.

Movido por la curiosidad, Ash tomó primero el libro y lo abrió. Solo encontró una única frase escrita en la primera página.

Do science, bitch!

Por un momento no supo qué pensar. Aquella frase era tan absurda que sonaba exactamente como algo que Juan habría escrito. Sin embargo, cualquier pensamiento desapareció cuando Foolish abrió la caja metálica.

Ash sintió que el estómago se le contraía. Dentro descansaba la mitad de un corazón.

No estaba latiendo, pero tampoco parecía deteriorado. El tejido se conservaba en buen estado para algo que debería haber dejado de funcionar hacía mucho tiempo. Durante unos segundos fue incapaz de apartar la vista de él.

—¿Esto es...?

—Parece que Juan había previsto incluso el peor escenario posible —respondió Foolish mientras dejaba escapar una pequeña sonrisa, mucho más cercana a las expresiones que solía mostrar habitualmente—. De alguna manera estaba convencido de que encontraría una forma de traerlo de vuelta.

Ash desvió la mirada hacia la figura que permanecía inmóvil sobre la plataforma. Los ojos dorados seguían abiertos, aunque ahora parecían mucho menos brillantes, manteniendo una mirada fija hacia ningún lugar en particular. Cuanto más tiempo observaba aquel cuerpo, más extraña se volvía la sensación que le producía. Había demasiadas similitudes con Juan. El rostro, la forma de su cabello, las facciones e incluso ciertos detalles que por otros serían pasados por alto. 

No quería volver a cometer el mismo error. Ya se había permitido creer una vez. Había dejado que la desesperación lo convenciera de que existía una forma de recuperar a Juan y el resultado solo había sido más dolor. Por eso se obligó a apartar aquellos pensamientos antes de que echaran raíces. No importaba que aquel cuerpo tuviera su apariencia. No importaba que conservara parte de su corazón. No importaba cuánto esfuerzo hubieran invertido Foolish y Tina en construirlo.

Nada de eso significaba que fuera realmente él.

—Debo decirte que esto no fue nada fácil. Parte de su estructura está construida con un material que jamás conseguirías por métodos convencionales.

Mientras hablaba, Foolish bajó la mirada hacia uno de sus brazos. El gesto fue breve, pero suficiente para que Ash alcanzara a distinguir una pequeña abertura en la piel antes de que volviera a cubrirla. No necesitó demasiado tiempo para entender lo que aquello significaba. 

Foolish no explicó nada más al respecto y Ash tampoco preguntó. Ambos parecían comprender que aquella conversación podía esperar.

—Ahora bien —continuó mientras volvía a dirigir la atención hacia la plataforma—, ya tenemos una parte de su corazón y también sus recuerdos.

—¿Sus recuerdos? —preguntó Ash, incapaz de ocultar la incredulidad en su voz.

Foolish levantó ambas manos en un gesto tranquilizador y, para sorpresa de Ash, parte de aquella seriedad que había mantenido desde su llegada desapareció, permitiendo que regresara algo de la actitud relajada que normalmente lo caracterizaba.

—No te alteres —pidió con una pequeña sonrisa—. La Federación tiene un registro mental de todos nosotros. Es como una grabación permanente de todo lo que vemos, vivimos y experimentamos.

Ash frunció el ceño de inmediato.

—¿Te refieres a las grabaciones que los trabajadores llevan haciendo todo este tiempo?

La idea le resultaba desagradable, pero al menos no era una novedad. Desde hacía mucho sabía que la Federación vigilaba cada uno de sus movimientos. Sin embargo, Foolish negó varias veces antes siquiera de que terminara de hablar, como si la realidad fuera mucho peor de lo que Ash imaginaba.

Fue Tina quien dio un paso al frente en aquella ocasión. Con cierta vacilación, sacó una pequeña memoria USB de color blanco y la sostuvo entre ambas manos como si se tratara de algo extremadamente valioso.

—No son simples grabaciones —explicó con una mezcla de rabia y disgusto que resultó imposible de ignorar—. Es un registro mental completo. Todo lo que vemos desde nuestro punto de vista, todo lo que experimentamos, todo lo que recordamos. Está registrado desde nuestros propios ojos.

Las palabras provocaron una inmediata sensación de rechazo en Ash.

Durante un instante olvidó incluso el proyecto que tenían delante. La sola idea de que la Federación hubiera sido capaz de llegar tan lejos le revolvía el estómago. Siempre había sabido que ejercían un control enfermizo sobre la isla y sus habitantes, pero descubrir que ni siquiera sus propios recuerdos les pertenecían terminó de confirmar cuanto deseaba destruir a la Federación.

—¿Y cómo conseguiste eso? —preguntó finalmente mientras observaba la memoria USB con evidente escepticismo—. No es que dude de ti, pero cuesta creer que la Federación permita que algo así termine fuera de sus manos.

Tina bajó la mirada hacia el pequeño dispositivo y apretó los dedos alrededor de él.

—No fue fácil...

Su voz sonó mucho más baja que antes. Durante unos segundos pareció debatirse entre explicar todo lo que había ocurrido o guardar silencio, pero finalmente negó suavemente con la cabeza.

—Pero Juan lo vale.

Ash observó primero a Tina y luego a Foolish. Ambos lucían agotados. No físicamente, sino de esa manera que solo aparece después de perseguir un objetivo durante demasiado tiempo. De pronto comenzó a comprender que nada de lo que estaba viendo había sido producto de una idea impulsiva. Habían invertido dias, quizá sin tomarse un minutos de descanso, trabajando en secreto mientras el resto de la isla intentaba seguir adelante.

—Entonces los dos están realmente decididos a continuar con esta locura.

No había burla en sus palabras ni tampoco un reproche. La posibilidad que tenía delante era demasiado grande para ignorarla, pero también demasiado peligrosa para aceptarla sin reservas. Ya se había permitido creer una vez y todavía recordaba perfectamente cómo había terminado aquello. Sabía lo fácil que era aferrarse a una esperanza cuando el dolor se volvía insoportable y también sabía cuánto podía destruirlo una nueva decepción.

Por eso permaneció inmóvil, observando el rostro sin vida de aquella réplica de Juan mientras intentaba poner orden a todo lo que acababa de escuchar. Una parte de él quería rechazar la idea por completo antes de que fuera demasiado tarde. Otra, mucho más débil y mucho más difícil de silenciar, comenzaba a preguntarse qué ocurriría si, por primera vez, aquella esperanza resultaba ser real.

Antes de que Foolish pudiera continuar con su explicación, una de las pantallas emitió una serie de pitidos insistentes que llamaron la atención de todos los presentes. El monitor que mostraba un modelo anatómico girando lentamente había desplegado una nueva ventana cubierta por múltiples advertencias en rojo. Entre ellas destacaba un mensaje que señalaba un fallo en el brazo derecho acompañado del código de error 374.

Foolish soltó un suspiro cansado, como si aquella clase de problemas se hubiera vuelto demasiado habitual, y se dirigió inmediatamente hacia la consola principal. Casi al mismo tiempo, varios brazos mecánicos descendieron desde la estructura que rodeaba la plataforma. Uno de ellos sujetó con firmeza el brazo derecho del androide mientras otro acercaba una herramienta que proyectaba un fino haz de luz. El procedimiento comenzó de inmediato.

Ash observó la escena apenas unos segundos antes de apartar la vista.

Sabía perfectamente que aquello no era una persona. Sabía que solo estaba viendo una máquina sometida a mantenimiento. Sin embargo, por alguna razón que no lograba explicar, le resultaba incómodo observar cómo desmontaban una parte de aquel cuerpo. Tal vez se debía al rostro. 

Por eso permaneció en silencio mientras el brazo era retirado y trasladado hacia una mesa cercana donde Foolish comenzó a trabajar sobre él. Desde su posición apenas alcanzaba a distinguir fragmentos de circuitos, piezas metálicas y una compleja red de componentes que no comprendía del todo.

—¿Sigue sin aceptar completamente el tejido? —preguntó Tina mientras se acercaba un poco más, aunque sin invadir el espacio de trabajo de Foolish.

La pregunta consiguió que Ash volviera a prestar atención.

—Sigue siendo demasiado para que se mantenga estable —respondió Foolish sin apartar la vista de la reparación—. Funciona durante un tiempo, pero tarde o temprano termina rechazándolo.

Aquellas palabras hicieron que Ash frunciera ligeramente el ceño. Había demasiadas cosas ocurriendo en aquella sala y cada respuesta parecía traer consigo nuevas preguntas. 

Fue entonces cuando Foolish levantó la mirada. Lo único que Ash encontró en sus ojos fue cansancio y una especie de súplica que no esperaba ver en él.

—Ash, necesito que entiendas que lo que voy a pedirte probablemente te parezca una locura.

El silencio que siguió fue breve.

Ash no quiso cuestionar, una parte de él ya comenzaba a sospechar hacia dónde se dirigía aquella conversación. Había visto la mitad del corazón que Juan dejó atrás y ahora veía que el cuerpo rechazaba ciertos tejidos. Había comprendido que todavía faltaba una pieza fundamental para completar el proyecto.

Por eso simplemente esperó.

—Necesito la mitad de tu corazón.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos. Durante unos segundos, Ash permaneció inmóvil, incapaz de reaccionar. No porque no hubiera entendido lo que acababa de escuchar, sino porque era complicado de procesar.

Su mirada descendió instintivamente hacia la caja metálica que contenía el corazón de Juan y después regresó hacia el androide inmóvil que seguía esperando sobre la plataforma. No hacía falta ser un genio para comprender qué era exactamente lo que Foolish estaba proponiendo. Si Juan había dejado atrás la mitad de su corazón y el proyecto seguía incompleto, entonces la intención era unir ambas partes para regenerar el corazón.

La idea era absurda. Y, sin embargo, mientras observaba aquel rostro tan familiar, Ash descubrió que lo que más miedo le provocaba no era la locura del plan. Lo que realmente le aterraba era que, de nuevo podía caer en una obsesiva ilusión por recuperar a Juan.

Las palabras seguían repitiéndose en su mente mientras intentaba encontrar una respuesta lógica a todo aquello. Durante los últimos días había imaginado incontables escenarios. Había llegado a aferrarse a fantasías que casi terminaron por romperlo por completo. Sin embargo, aquello era diferente. No se trataba de una teoría o de una promesa vacía sostenida por el dolor. Todo cuanto veía a su alrededor era tangible. El cuerpo estaba allí. El corazón estaba allí. Los recuerdos estaban allí. Podía observarlo todo a unos pocos metros de distancia y, precisamente por eso, le resultaba mucho más difícil querer arriesgarse.

—Necesito un minuto— La voz le salió más baja de lo que esperaba.

Sin esperar una respuesta, se alejó de la plataforma y comenzó a dirigirse hacia la salida con pasos apresurados. Ninguno de los dos intentó detenerlo. Foolish simplemente volvió a concentrarse en la reparación del brazo mientras Tina permanecía inmóvil observándolo. Había comprensión en su mirada, que por alguna razón consiguió irritarlo más de lo que debería.

Ash abandonó el laboratorio y, al descubrir que no podía alejarse demasiado debido a las múltiples puertas de seguridad y a que no conocia los códigos de acceso, terminó caminando de un lado a otro por el pasillo. Cada pisada producía un eco seco que se extendía por la estructura metálica, aunque apenas era consciente de ello. Toda su atención estaba concentrada en el caos que se había instalado dentro de su cabeza.

Lo extraño era que, pese a todo, no estaba pensando en la tragedia.

No estaba recordando el humo llenando el cilindro. No estaba reviviendo la desesperación de ver cómo Juan se quedaba sin aire. No estaba pensando en la última vez que lo vio con vida.

Su mente había tomado un rumbo completamente distinto.

Recordó una tarde cualquiera en la que ambos terminaron riendo sin control mientras Mango trasladaba el Panteón de regreso al Régimen. Recordó lo absurdo de aquella situación y la facilidad con la que Juan conseguía convertir cualquier desastre en algo divertido. Recordó las discusiones interminables que comenzaban por cualquier tontería y que, inevitablemente, acababan arrancándoles carcajadas incluso cuando ambos intentaban mantenerse serios.

También recordó la forma en que Juan invadía su espacio personal sin pedir permiso. Lo hacía con una naturalidad, como si jamás hubiera considerado la posibilidad de que alguien pudiera molestarse por ello. Durante mucho tiempo Ash había fingido que aquello lo irritaba, aunque la realidad era muy diferente. Poco a poco se había acostumbrado a su presencia hasta el punto de dejar de retroceder cuando se acercaba demasiado, de aceptar algunos abrazos y de permitir ciertos gestos que jamás habría tolerado de otra persona.

Incluso recordó los bailes.

Las veces que Juan insistía una y otra vez hasta convencerlo de participar, ignorando por completo todas sus negativas iniciales. En aquel momento siempre le parecía una pérdida de tiempo, pero ahora descubría que esos recuerdos ocupaban un lugar mucho más importante de lo que había imaginado.

Durante todo ese tiempo había creído que aquellos recuerdos eran insignificantes. Al final, no eran las batallas, las discusiones con la Federación ni los peligros que habían enfrentado juntos lo que regresaba una y otra vez a su mente, sino aquellas pequeñas cosas que en su momento parecían irrelevantes. Recordaba conversaciones absurdas que no llevaban a ninguna parte, tardes enteras desperdiciadas entre bromas sin sentido y momentos de tranquilidad que ni siquiera había valorado cuando ocurrieron. Y junto con esos recuerdos llegó el arrepentimiento.

Durante años había vivido convencido de que confiar en alguien era un error. Se había aferrado con tanta fuerza a esa idea que terminó construyendo una distancia entre él y el resto del mundo, una barrera que consideraba necesaria para sobrevivir. Por eso nunca se permitió analizar lo que Juan significaba realmente para él. Resultaba más sencillo fingir que solo era una especie de amigo, alguien que estaba allí porque las circunstancias los habían obligado a compartir el mismo camino. Sin embargo, cuando lo vio morir, cuando comprendió que ya no quedaba nada que pudiera hacer para cambiar lo ocurrido, se vio obligado a enfrentarse a una verdad que llevaba demasiado tiempo evitando. El sentimiento que ahora lo consumía no había aparecido aquel día. No había nacido en el laboratorio ni durante sus últimos momentos juntos. Había estado allí desde mucho antes, creciendo silenciosamente en cada conversación, en cada discusión y en cada momento compartido, mientras él se empeñaba en ignorarlo.

Porque en algún punto imposible de identificar con exactitud, la amistad había comenzado a transformarse en algo más. No supo cuándo ocurrió ni qué momento marcó la diferencia. Quizá había sido una acumulación de pequeñas cosas, de gestos que por separado no significaban nada pero que juntos terminaron construyendo algo que ninguno de los dos llegó a comprender por completo. Lo único que sabía era que, cuando finalmente fue consciente de ello, ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto.

Ash apoyó una mano contra la pared metálica y permaneció inmóvil durante unos segundos. Estaba cansado, más de lo que jamás admitiría en voz alta. Cansado de perder personas importantes. Cansado de fracasar cuando intentaba protegerlas. Cansado de sentir que, sin importar cuánto se esforzara, siempre terminaba llegando tarde. Pero, por encima de todo, estaba cansado de la esperanza. Durante semanas había permitido que esta lo arrastrara de un lado a otro, aferrándose a posibilidades imposibles y negándose a aceptar una realidad que le resultaba insoportable. La esperanza había sido la responsable de mantenerlo atrapado en una fantasía que terminó haciéndose pedazos frente a él y también era la razón por la que la ausencia de Juan seguía doliendo con la misma intensidad que el primer día.

Por eso sabía perfectamente cuál era la decisión lógica. Debía regresar al laboratorio, negarse a participar en aquel proyecto y aceptar de una vez por todas que algunas personas no regresan. Era lo más sensato y lo más sano. Lo que cualquier persona en su situación debería hacer para evitar volver a romperse. Sin embargo, mientras intentaba convencerse de ello, lo único que conseguía recordar era la sonrisa de Juan y todos los momentos que habían compartido. Y cuanto más pensaba en todo ello, más evidente se volvía una realidad que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.

Quizá el verdadero problema nunca había sido la posibilidad de fracasar, sino que lo que realmente le aterraba era descubrir que todavía estaba dispuesto a intentarlo.

Una risa amarga escapó de sus labios mientras bajaba la mirada hacia el suelo. Después de todo, si había sido capaz de desafiar a la Federación, de enfrentarse a enemigos mucho más fuertes que él y de aferrarse durante semanas a una esperanza que rozaba la locura, entonces tal vez la respuesta había estado decidida desde el mismo instante en que cruzó las puertas de aquel laboratorio. Porque, siendo completamente sincero consigo mismo, ¿qué importancia tenía entregar medio corazón cuando llevaba demasiado tiempo sintiendo que le pertenecía a Juan?

Se incorporó con decisión y emprendió el camino de regreso al laboratorio. Para cuando las puertas se abrieron nuevamente frente a él, Tina levantó la vista de inmediato, como si hubiera estado pendiente de cualquier sonido proveniente del pasillo. Foolish, por el contrario, parecía completamente concentrado en el trabajo que realizaban los brazos mecánicos alrededor de la plataforma. El brazo que habían retirado anteriormente ya estaba siendo colocado de nuevo en su sitio.

Ash avanzó sin decir nada hasta detenerse frente al androide. Durante unos segundos se limitó a observarlo en silencio. Aún le resultaba extraño contemplar aquel rostro tan familiar y, al mismo tiempo, tan vacío. Había algo inquietante en ello, algo que le recordaba constantemente que Juan no estaba allí, que todo cuanto veía era una construcción elaborada con piezas, recuerdos y una esperanza que todavía no se atrevía a aceptar por completo. Sin embargo, antes de darse cuenta, terminó acercando una mano hasta la del androide. El movimiento fue casi involuntario.

Los ojos dorados se desviaron hacia él por un instante, siguiendo el gesto gracias a los sistemas que lo mantenían activo, aunque apenas unos segundos después regresaron a su posición original. No hubo nada más allá de una respuesta programada. Y aun así, mientras observaba aquel rostro inmóvil, Ash no pudo evitar preguntarse cómo sería verlo despertar de verdad. Se permitió imaginar una sonrisa dirigida hacia él, una de esas sonrisas capaces de irritarlo y tranquilizarlo al mismo tiempo. Imaginó escuchar nuevamente aquella voz insistente que siempre parecía encontrar una forma de atravesar sus defensas. Imaginó, por primera vez en mucho tiempo, una segunda oportunidad.

—Lo haré.

Las palabras abandonaron sus labios antes de que pudiera reconsiderarlas.

No sabía si funcionaría o si es que todo aquello terminaría en otro fracaso. Ni siquiera estaba seguro de que fuera posible recuperar a alguien de esa manera.

Pero quería intentarlo.

Tina soltó una pequeña exclamación que sonó demasiado parecida a un suspiro de alivio. Incluso creyó verla llevarse una mano al rostro para ocultar unas lágrimas que habían aparecido sin previo aviso. Foolish, por su parte, permaneció en silencio durante unos segundos antes de acercarse y apoyarle una mano sobre el hombro. Cuando Ash levantó la vista hacia él, encontró algo que no esperaba ver: gratitud. 

—Entonces no perdamos más tiempo.— Con un simple gesto, Foolish le indicó que lo siguiera.

Detrás de la plataforma había una puerta que Ash no había notado antes. En cuanto abrió la puerta, lo primero que le vino a la mente fue un quirófano. Las paredes metálicas, la iluminación intensa y la disposición de los equipos creaban una sensación inevitable de asepsia. Varios brazos mecánicos permanecían suspendidos sobre una mesa quirúrgica ubicada en el centro de la habitación, rodeada por monitores y equipos cuyo funcionamiento apenas podía imaginar. 

El ambiente era tan frío y ordenado que le produjo cierta incomodidad, pero la ignoró. Había tomado una decisión y ya no tenía sentido detenerse a cuestionarla.

—Retira tu camisa y recuéstate, por favor —pidió Foolish mientras se dirigía hacia una serie de gabinetes metálicos y comenzaba a sacar distintos suministros.

Ash obedeció sin discutir. Aunque la situación le resultaba extraña, sabía que no tenía sentido prolongar las cosas más de lo necesario. Se quitó la camisa y se acomodó sobre la superficie de la mesa quirúrgica. El metal estaba frío bajo su espalda y las luces del techo brillaban con tanta intensidad que se vio obligado a entrecerrar los ojos durante unos segundos.

Poco después, Foolish regresó acompañado por una pequeña mesa auxiliar donde había colocado varios instrumentos médicos. También llevaba consigo un monitor para registrar sus signos vitales. Mientras conectaba cada sensor, fue explicándole brevemente lo que haría. Ash apenas prestó atención. Su mirada permanecía fija en el techo mientras intentaba mantener la mente en calma.

Cuando sintió la aguja atravesar su piel, volvió la vista hacia Foolish por puro reflejo. El líquido descendía lentamente por el suero y desaparecía dentro de su brazo.

—Intentaremos traerlo de vuelta.

La promesa quedó suspendida en el aire mientras Ash cerró los ojos.

Sabía que no debía ilusionarse demasiado. Intentarlo no significaba que fueran a lograrlo. La lógica seguía diciéndole que las probabilidades estaban lejos de ser favorables y que existían demasiadas formas en las que aquel proyecto podía fracasar. Sin embargo, mientras la anestesia comenzaba a extender una agradable sensación de pesadez por todo su cuerpo, descubrió que ya no tenía fuerzas para seguir luchando contra aquella posibilidad.

Quizá Foolish estaba equivocado y quizá todo terminaría exactamente igual que las otras veces.

Pero al menos podrían decir que lo intentaron.

Y por primera vez desde la muerte de Juan, esa idea fue suficiente para permitirle cerrar los ojos y dejarse llevar por la oscuridad.

 


 

Cuando Ash abrió los ojos, lo primero que sintió fue una extraña presión en el pecho. Había dolor, pero era soportable. Su mano se movió casi por instinto hacia la cicatriz que atravesaba su torso y, al palpar las vendas, descubrió que debajo de ellas apenas quedaba una línea rosada que ya comenzaba a cerrarse. Su capacidad de regeneración estaba haciendo su trabajo una vez más, borrando poco a poco las huellas de una operación que habría mantenido a cualquier otra persona postrada durante semanas. Aun así, la anestesia seguía aferrada a su organismo. El techo sobre él parecía ligeramente desenfocado y una desagradable sensación de pesadez recorría sus extremidades, obligándolo a permanecer inmóvil durante unos segundos mientras intentaba orientarse.

A pesar de ello, la necesidad de respuestas terminó imponiéndose. Con impaciencia, intentó incorporarse.

—No te levantes tan rápido.

La voz de Tina llegó desde una esquina de la habitación. Ash giró la cabeza y la encontró sentada, entre sus manos sotenia un cuaderno y un lapiz.

—¿Cuánto dormí?

La pregunta salió acompañada de un leve gesto de incomodidad mientras lograba sentarse sobre la camilla. El mareo apareció de inmediato, obligándolo a permanecer quieto unos momentos antes de intentar cualquier otro movimiento.

—Casi doce horas.

Ash asintió lentamente mientras procesaba la información. Sinceramente esperaba sentirse mucho peor. Después de todo, le habían extraído la mitad del corazón. Sin embargo, teniendo en cuenta todo lo que había visto dentro de aquellas instalaciones, comenzaba a sospechar que Foolish era absurdamente competente cuando se obsesionaba con algún proyecto.

Permaneció sentado hasta que el mareo se volvió soportable y entonces se arriesgó a ponerse de pie. El intento no resultó nada bien.. Después de tantas horas acostado, sus piernas parecían haberse olvidado de cómo sostenerlo correctamente y terminó tambaleándose apenas un instante antes de recuperar el equilibrio. El movimiento fue suficiente para que Tina se levantara de inmediato de su asiento, claramente preparada para ayudarlo si era necesario, aunque Ash agradeció que no invadiera su espacio ni intentara sostenerlo sin permiso.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

La respuesta fue automática.

Mientras recuperaba por completo la estabilidad, comenzó a buscar con la mirada su camisa. Tina pareció comprender lo que buscaba porque se acercó hasta una mesa cercana y regresó con la prenda perfectamente doblada entre las manos. Se la ofreció sin decir demasiado y le explicó que lo esperaría afuera para que pudiera vestirse con tranquilidad. También mencionó, casi de pasada, que después irían al laboratorio.

Por culpa de su impaciencia terminó siendo más torpe de lo habitual mientras se colocaba la camisa. Sus dedos seguían algo entumecidos por los efectos residuales de la anestesia y tuvo que repetir un par de movimientos antes de lograr abotonarla correctamente.

Cuando finalmente estuvo listo, salió de la habitación y encontró a Tina esperándolo en el pasillo. La joven no dijo nada. Simplemente comenzó a caminar y Ash la siguió. A cada paso sentía cómo la anestesia iba perdiendo fuerza y cómo la claridad regresaba poco a poco a su mente, aunque todavía persistía una ligera sensación de cansancio en su cuerpo.

Ninguno de los dos habló durante el trayecto y Ash lo agradeció porque ya su mente era un caos. Por más que se hubiera repetido una y otra vez que aquello podía fracasar, resultaba imposible ignorar la ansiedad que comenzaba a crecer en su interior.

Lo único que le importaba era averiguar si todo aquello había servido para algo.

En cuanto cruzaron la puerta y la plataforma estuvo a su vista, Ash analizo todo a detalle.

Nada parecía haber cambiado durante el tiempo que estuvo inconciente. Los equipos continuaban funcionando exactamente igual y, ñor un instante, aquello despertó cierto pesimismo en Ash. Había esperado encontrar alguna señal evidente de progreso, algo que le permitiera saber de inmediato si todo aquello había valido la pena. Sin embargo, se obligó a no sacar conclusiones precipitadas. Por eso recorrió la sala con la mirada hasta encontrar a Foolish, que permanecía sobre la plataforma revisando varios monitores mientras supervisaba el trabajo de los sistemas automáticos.

Los brazos mecánicos se movían con precisión alrededor del androide, realizando los últimos ajustes en la zona del pecho. Ash no podía distinguir exactamente qué estaban haciendo, pero la forma en que reparaban la piel sintética y acomodaban las capas externas le hizo suponer que la intervención principal ya había terminado. 

—¿Funcionó?

La pregunta salió antes de que pudiera contenerla.

Foolish terminó de escribir algo en un documento abierto en una de las pantallas y solo entonces levantó la vista hacia él. La seriedad en su expresión bastó para que Ash sintiera una incómoda presión en el estómago.

—Todavía no podemos saberlo.

La respuesta fue tranquila, pero no consiguió aliviar ninguna de sus preocupaciones.

—¿Qué significa eso?

—Significa que debemos esperar.

Aquella palabra le desagradó de inmediato. Ash frunció el ceño mientras volvía la mirada hacia el cuerpo inmóvil sobre la plataforma. Después de todo lo que habían hecho, después de la operación, de los recuerdos recuperados y de todo el esfuerzo invertido durante semanas, le resultaba difícil seguir teniendo paciencia.

—Ya tiene el corazón.

—Y también tiene tejidos que jamás debieron coexistir en un mismo cuerpo —explicó Foolish con paciencia, señalando algunos datos que aparecían en una de las pantallas—. Ahora mismo tiene la mitad de tu corazón, la mitad del corazón que Juan dejó atrás y parte de mi tejido manteniendo la estructura estable. La sangre debe comenzar a circular correctamente para alimentar todas las zonas regeneradas y permitir que el proceso continúe por sí solo, pero todavía existe la posibilidad de incompatibilidad. Aunque todo parece estable, no podremos saber si el organismo aceptará la integración completa hasta que pasen varias horas.

Ash permaneció en silencio mientras procesaba aquella explicación. No necesitaba entender cada detalle técnico para captar la idea general. Habían llegado tan lejos como podían llegar. A partir de ese momento, el resultado dependía de algo que ninguno de ellos podía controlar.

—¿Y no podemos hacer nada más para asegurar la compatibilidad?

La pregunta sonó casi como una exigencia.

—No —respondió Foolish con firmeza—. Si intervenimos ahora o intentamos acelerar el proceso, podríamos provocar exactamente el resultado que estamos intentando evitar. Todo necesita tiempo para estabilizarse.

Tiempo. Otra vez tiempo.

Ash apartó la mirada y dejó escapar un suspiro contenido.

—¿Cuánto?

—Cuarenta y ocho horas deberían ser suficientes para saber si funcionó.

Ash asintió lentamente. Sobre el papel no parecía demasiado. Dos días eran insignificantes comparados con todo lo que habían vivido durante las últimas semanas. Sin embargo, sabía perfectamente que cada una de esas horas sería una tortura. Siempre había odiado esperar. La espera le daba demasiado espacio a sus pensamientos, demasiado tiempo para que la esperanza y el pesimismo comenzaran a enfrentarse dentro de su cabeza. Una parte de él quería creer que todo saldría bien, que por primera vez las cosas podían funcionar. La otra seguía preparándose para el fracaso.

Aun así, entendía que no podía hacer nada más. Ya había tomado una decisión y había aceptado la operación. Ya había entregado lo que Foolish necesitaba para completar el procedimiento. 

Con esa idea en mente, terminó ocupando una de las sillas libres del laboratorio. Desde allí observó en silencio cómo Foolish continuaba supervisando los monitores y cómo los brazos mecánicos completaban los últimos detalles del procedimiento. 

Desde ese momento, Ash apenas abandonó el laboratorio. Tina y Foolish sí lo hacían de vez en cuando, regresando al Norte para asegurarse de que todo continuara funcionando con normalidad y para mantener la apariencia de que sus vidas seguían adelante. Ambos intentaron convencerlo en más de una ocasión de hacer lo mismo, aunque fuera por unas horas, pero Ash ignoró cada sugerencia. Siempre respondía que no tenía a nadie esperándolo ni personas que fueran a preocuparse por su ausencia durante un par de días, y aunque Tina parecía querer discutirle aquello, al final terminaba guardándose cualquier comentario.

Con el paso de las horas, fue ella quien comenzó a aparecer regularmente con comida. Simplemente dejaba los recipientes cerca de él y se aseguraba de que al menos probara algo antes de volver a ocuparse de otras cosas. Ash le agradeció el gesto más de una vez y también intentó convencerla de que no era necesario, pero ella jamás pareció escuchar esas objeciones. Con el tiempo dejó de insistir. Había algo en ese gesto que le resultaba familiar. No porque Tina se pareciera a Juan, sino porque ambos compartían esa costumbre irritante de preocuparse por los demás incluso cuando nadie se los pedía. Aun así, Ash seguía sin considerarse parte de su círculo. Agradecía la compañía y la ayuda, pero continuaba sintiéndose como alguien que observaba desde fuera, incapaz de comprender por qué seguían esforzándose en incluirlo.

Contrario a lo que cualquiera habría esperado, no llegó a aburrirse. Cada minuto parecía estar cargado de una tensión constante que le impedía relajarse por completo. La mayor parte del tiempo permanecía sentado observando los monitores, atento a cualquier cambio en los datos que aparecían en pantalla. Había llegado al punto de memorizar algunos de los indicadores más importantes y de reconocer los sonidos habituales de las máquinas. Por eso, cada vez que alguno de los equipos emitía un pitido diferente o una gráfica fluctuaba más de lo normal, sentía cómo el cuerpo se le tensaba de inmediato mientras esperaba ver aparecer algún código de error que indicara una incompatibilidad o un fallo en el procedimiento.

Sin embargo, las horas continuaban avanzando y nada de eso sucedía.

Foolish tampoco parecía preocupado. Seguía revisando constantemente los registros y tomando notas sobre el comportamiento del sistema, pero jamás mostró señales de alarma. Aquello era lo único que conseguía mantener a raya el pesimismo de Ash. Si alguien en aquella sala era capaz de reconocer el menor problema antes de que se volviera grave, era Foolish, y hasta el momento no le había dado ningún motivo para pensar que las cosas estuvieran saliendo mal.

A veces, incapaz de permanecer sentado por más tiempo, se levantaba y comenzaba a caminar alrededor de la plataforma. En esos momentos terminaba observando al androide durante largos periodos de tiempo, estudiando detalles que antes había pasado por alto. Todavía existía cierta incomodidad en él. Una parte de su mente seguía rechazando la idea de ver el rostro de Juan en un cuerpo que no era realmente suyo. Sin embargo, había cierta fascinación en observar cómo funcionaba.

Los ojos dorados seguían sus movimientos cuando pasaba frente a la plataforma, reaccionando a su presencia mediante los sistemas de reconocimiento instalados en el cuerpo. De vez en cuando también parpadeaba de forma automática o realizaba pequeños movimientos involuntarios que formaban parte de las pruebas de funcionamiento. Eran gestos mínimos, carentes de intención o consciencia, pero resultaban suficientes para que Ash permaneciera allí observándolo.

Le resultaba difícil imaginar que aquel cuerpo inmóvil pudiera convertirse algún día en el contenedor de la persona que había perdido. Quizá era precisamente por eso que seguía observándolo durante horas. Cuanto más tiempo pasaba allí, más intentaba comprender cómo sería el momento en que todo aquello dejara de ser una máquina y comenzara a parecerse realmente a Juan.

Sin darse cuenta, empezó a imaginar algunos escenarios. Se preguntó cuál sería su primera reacción al despertar, cuánto tardaría en comprender lo ocurrido y qué pensaría al descubrir que ya no poseía un cuerpo humano. Por alguna razón, siempre terminaba llegando a la misma conclusión. Lo imaginaba nervioso, haciendo preguntas sin descanso mientras exigía explicaciones a Foolish y a Tina, incapaz de quedarse quieto incluso después de haber regresado de la muerte. La imagen resultaba tan fácil de visualizar que, en más de una ocasión, terminó sonriendo sin darse cuenta.

Sin embargo, también existía el otro escenario.

El fracaso.

A medida que las horas avanzaban, aquella posibilidad seguía apareciendo en su mente de forma inevitable. Si todo salía mal, si el corazón terminaba rechazando los tejidos o si surgía algún problema que ninguno de ellos había previsto, ¿qué ocurriría entonces? Se preguntó si Foolish y Tina abandonarían el proyecto o si volverían a empezar desde cero. Después de todo, si habían llegado tan lejos una vez, probablemente podrían intentarlo de nuevo.

Y fue precisamente ese pensamiento el que despertó algo incómodo dentro de él. Si existía otro intento, entonces también podía existir otro donador. Alguien más compatible.

Ash negó varias veces con la cabeza, no quería darle muchas vueltas a ese pensamiento. Sentía una irritación extraña que crecía cada vez que imaginaba a otra persona ocupando el lugar que ahora le pertenecía dentro del proyecto. Era absurdo. Porque lo único importante era que Juan regresara. No importaban los métodos, ni los sacrificios y tampoco importaba quién hiciera posible el resultado final.

Entonces, ¿por qué aquella posibilidad le desagradaba tanto?

La pregunta permaneció sin respuesta.

Tal vez porque, por primera vez desde la tragedia, sentía que todavía podía hacer algo por Juan. Tal vez porque aquella mitad de corazón era lo único que podía ofrecerle después de haber llegado demasiado tarde para salvarlo. O quizá porque existían sentimientos que todavía no terminaba de comprender del todo.

Fuera cual fuera la razón, decidió no seguir pensando en ello.

Cuando aproximadamente treinta y seis horas habían transcurrido desde transplante, su comunicador comenzó a llenarse de mensajes de Ewroon. Lo que lo sorprendió un poco. Después de la última discusión, había asumido que ambos permanecerían sin hablar durante bastante tiempo. Considerando las cosas que se habían dicho mutuamente.

Sin embargo, conforme fue leyendo los mensajes, comprendió rápidamente el motivo de aquella insistencia.

Ewroon seguía preocupado.

Las preguntas se acumulaban una detrás de otra. Quería saber dónde se encontraba, por qué había desaparecido y, sobre todo, si estaba bien. Ash supuso que era imposible separar aquella preocupación de lo sucedido días  atrás en la cabaña. Después de haber presenciado el estado en el que se encontraba entonces, era normal que asumiera lo peor cuando dejaba de responder durante tanto tiempo.

Al principio ignoró cada mensaje.

Pero finalmente, cuando la insistencia comenzó a volverse insoportable, terminó respondiendo de la única manera que consideró necesaria. Le aseguró que estaba bien, que no se encontraba en ningún peligro y que podía dejar de actuar como si hubiera vuelto a perder la razón. También añadió que solo lo contactara nuevamente si surgía una verdadera emergencia.

La respuesta de Ewroon llegó casi de inmediato. Ash ni siquiera se molestó en abrirla. Fuera lo que fuera que tuviera que decir, podía esperar.

Después de todo, en aquel momento había algo mucho más importante ocupando cada uno de sus pensamientos. Por eso guardó nuevamente el comunicador y volvió a dirigir la mirada hacia la plataforma. El androide seguía inmóvil, los monitores continuaban mostrando datos estables y el reloj seguía avanzando con lentitud. No podía hacer nada para acelerar el proceso, pero tampoco era capaz de apartarse de allí.

Así que continuó esperando.

Fue cuando el tiempo ya había superado las cuarenta y ocho horas que Foolish regresó finalmente al laboratorio acompañado por Tina. Ambos acababan de llegar del Norte y apenas tuvieron oportunidad de dirigirle un breve saludo a Ash, quien continuaba sentado junto a la plataforma, vigilando los monitores como si apartar la vista pudiera provocar que algo saliera mal. La ansiedad que había intentado mantener bajo control durante todo ese tiempo llevaba horas acumulándose en su interior y bastó una exclamación ahogada al otro lado de la sala para que toda su atención se concentrara en los dos recién llegados.

Foolish se encontraba inclinado sobre una de las consolas principales mientras revisaba varias ventanas abiertas al mismo tiempo. Sus ojos recorrían los datos y, aunque Ash no entendía la mayoría de los gráficos que aparecían en pantalla, sí fue capaz de reconocer algo mucho más sencillo. Foolish estaba sonriendo.

Antes de darse cuenta ya se había puesto de pie.

—¿Qué ocurre?

Tina tampoco tardó en acercarse. Se colocó al otro lado de la consola y observó los monitores con la misma atención que Foolish. Ambos parecían incapaces de apartar la vista de los datos mientras el modelo anatómico que giraba constantemente en pantalla mostraba ahora una compleja red de vasos y tejidos atravesando el cuerpo del androide. En el centro de aquel esquema destacaba un corazón latiendo de forma constante, estable y perfectamente sincronizada con el resto de los parámetros.

—Está funcionando —afirmó Foolish sin ocultar la emoción en su voz.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Ash mantuvo la vista fija sobre el monitor. Por primera vez desde que había aceptado aquella operación, la tensión que había llevado sobre los hombros durante días comenzó a disminuir lentamente.

—Entonces... ¿lo logramos? —preguntó finalmente, incapaz de evitar que parte de su esperanza se filtrara en aquellas palabras.

—Lo logramos —confirmó Foolish mientras seguía revisando los resultados—. Tu corazón es compatible con el de Juan.

Aquella respuesta produjo una extraña sensación de alivio en el pecho de Ash. Había intentado convencerse de que estaba preparado para cualquier resultado, pero escuchar aquellas palabras le hizo comprender que en realidad había estado esperando exactamente eso durante las últimas cuarenta y ocho horas.

Sin embargo, Foolish apenas le permitió disfrutar del momento.

Casi de inmediato volvió a concentrarse en la consola y comenzó a escribir nuevas instrucciones. Los monitores respondieron desplegando más ventanas y varios sistemas del laboratorio se activaron al mismo tiempo. Tanto Tina como Ash tuvieron que apartarse unos pasos para dejarle espacio.

—Ahora tenemos que continuar con la siguiente fase.

La afirmación hizo que Ash frunciera el ceño.

Hasta ese momento había asumido que la compatibilidad era el mayor obstáculo. Habían conseguido estabilizar el cuerpo, unir los tejidos y evitar el rechazo entre componentes que jamás debieron coexistir. Desde su perspectiva, aquello era precisamente lo que determinaría el éxito o el fracaso del proyecto.

—¿Qué significa eso?

Foolish no respondió de inmediato.

Por el contrario, apartó lentamente la vista de los monitores y la dirigió hacia la figura inmóvil que descansaba sobre la plataforma. El androide permanecía exactamente igual que antes. 

—Significa que todavía falta la parte más importante.

—¿Y cuál es? —Ash volvió a mirar al androide.

Foolish no respondió. En lugar de eso extendió una mano hacia Tina.

La joven pareció entender de inmediato. Sin necesidad de recibir más instrucciones abrió su cofre de Ender y comenzó a buscar entre sus pertenencias hasta encontrar aquello que habían mostrado a Ash días atrás. Con movimientos cuidadosos extrajo una pequeña memoria USB blanca y la sostuvo durante unos segundos entre sus manos antes de entregársela a Foolish.

—El alma.

La voz de Foolish fue apenas un murmullo mientras conectaba la memoria al sistema principal.

Por un instante, Ash fue incapaz de apartar la vista de aquel pequeño dispositivo. Resultaba absurdo pensar que algo tan insignificante pudiera contener tanto. Allí estaban los recuerdos de Juan, cada experiencia que había vivido, cada conversación, cada error, cada decisión que había tomado desde que llegó a la isla. Todo aquello que había moldeado su personalidad, sus miedos, sus defectos y las pequeñas costumbres que lo convertían en alguien irrepetible se encontraba almacenado dentro de un objeto que cabía en la palma de una mano. La idea era tan extraña que le costaba comprenderla por completo.

Foolish no añadió ninguna explicación. En cuanto la memoria fue reconocida por el sistema, comenzó a activar distintos protocolos y los brazos mecánicos distribuidos alrededor de la plataforma central respondieron de inmediato.

Ash observó cómo una estructura circular descendía lentamente desde el techo.

Estaba formada por múltiples segmentos metálicos unidos entre sí y emitía una tenue iluminación blanca desde su interior. El mecanismo bajó con precisión hasta colocarse sobre la cabeza del androide, manteniéndose suspendido a escasos centímetros de distancia. Durante unos segundos no ocurrió nada más. Luego, una serie de luces comenzó a desplazarse por el interior del aro en movimientos lentos y constantes. Poco a poco fueron acelerando hasta formar un círculo luminoso continuo que permaneció girando sobre la cabeza del androide como una especie de halo artificial.

Ninguno de los tres apartó la vista del procedimiento.

Cuando la pantalla confirmó que el dispositivo había sido colocado correctamente, Foolish introdujo una nueva secuencia de comandos. Apenas unos segundos después, un pitido resonó por todo el laboratorio y un mensaje apareció en la pantalla principal.

ARCHIVO DETECTADO.

INICIANDO TRANSFERENCIA.

Ash observó inmediatamente la barra de progreso. Durante varios segundos permaneció inmóvil. Por un momento llegó a pensar que algo había salido mal, pero entonces el porcentaje avanzó finalmente hasta marcar un uno por ciento.

El alivio le duró poco ya que la transferencia volvió a detenerse. Los segundos continuaron pasando mientras el número permanecía exactamente igual.

Tina tampoco parecía demasiado tranquila. Permanecía observando la pantalla con los brazos cruzados y demasiada atención, como si mirar fijamente el monitor pudiera obligarlo a avanzar más rápido.

—Es más lento de lo que esperaba —comentó Tina intentando sonar paciente, aunque la preocupación era evidente en su voz.

—Lo sé —respondió Foolish sin mostrar ninguna señal de alarma mientras continuaba tomando notas en uno de los documentos abiertos—. Pero también estamos transfiriendo una cantidad absurda de información.

Aquella respuesta no pareció tranquilizar a nadie. Mucho menos a Ash.

La espera nunca había sido uno de sus puntos fuertes y las últimas cuarenta y ocho horas solo habían empeorado ese problema. Permaneció observando la barra de progreso como si pudiera obligarla a avanzar por pura fuerza de voluntad. Cada segundo que pasaba aumentaba su impaciencia y, cuando finalmente apareció el número dos en la pantalla, sintió una satisfacción ridícula para algo tan insignificante.

—¿Cuánto tardará? —preguntó, incapaz de ocultar la irritación que comenzaba a filtrarse en su voz.

Foolish levantó brevemente la vista del monitor y luego observó la velocidad estimada de transferencia.

Por primera vez desde que comenzó el proceso, pareció dudar.

—Si todo continúa funcionando correctamente... entre cinco días a una semana.

Ash lo miró con incredulidad.

—¿Una semana?

—Estamos cargando una vida completa —explicó Foolish con paciencia—. Su cerebro puede procesar cantidades absurdas de información, pero eso no significa que debamos forzarlo. Los recuerdos no son simples archivos que podamos copiar de un lugar a otro. Necesita tiempo para organizar la información, establecer conexiones y adaptarse a ella. Si intentamos introducir todo de golpe, podríamos dañar el proceso antes de que termine de formarse correctamente.

Ash dirigió la vista nuevamente hacia la pantalla. El porcentaje seguía avanzando a una velocidad desesperante.

—Así que debemos esperar otra vez.

No ocultó su frustración. De hecho, estuvo a punto de perder la paciencia por completo. Sin embargo, incluso él era capaz de reconocer que aquello no era culpa de Foolish. Desde el principio había visto el cuidado con el que realizaba cada procedimiento y la obsesión que tenía por evitar cualquier error. Si estaba siendo cauteloso era porque existía una razón para ello. Después de todo lo que habían conseguido, nadie quería arriesgarse a arruinarlo por intentar ganar unos cuantos días.

Aun así, la idea de esperar otra semana entera le resultaba insoportable.

Durante varios minutos contempló la posibilidad de permanecer en el laboratorio hasta que la transferencia terminara por completo. No era como si tuviera algo mejor que hacer y, siendo sincero consigo mismo, dudaba que pudiera concentrarse en cualquier otra cosa. Sin embargo, al final terminó descartando la idea. Permanecer desaparecido durante tantos días comenzaría a llamar demasiado la atención. Aunque insistiera constantemente en que nadie estaba al pendiente de él, sabía perfectamente que su ausencia prolongada despertaría curiosidad.

Cuando el porcentaje finalmente alcanzó el cuatro por ciento, informó a Tina y a Foolish que regresaría periódicamente para comprobar el avance del proceso y asegurarse de que todo continuara funcionando correctamente.

—No pienso quedarme lejos demasiado tiempo —aclaró.

—Lo imaginé —respondió Tina con una pequeña sonrisa.

Foolish simplemente asintió mientras seguía revisando los datos que aparecían en los monitores. Parecía haber entrado nuevamente en ese estado de concentración absoluta donde el resto del mundo dejaba de existir. Tina, en cambio, tuvo la amabilidad de acompañarlo hasta el waystone para evitarle el inconveniente de atravesar todos los sistemas de seguridad y las puertas reforzadas. Ninguno de los dos parecía preocupado por la posibilidad de que revelara la ubicación de las instalaciones. Después de todo, si algo había quedado claro durante aquellos días, era que Ash jamás pondría en riesgo el proyecto. Antes de irse le devolvió todas las cosas que el escáner le había quitado y sin más, activo el waystone.

Pero se sorprendió cuando apareció nuevamente en territorio del Régimen y descubrió que no estaba vacío. Ewroon al parecer lo estaba esperando y no venía solo.

A su lado se encontraba Funny News Guy, cuya cámara permanecía apuntando directamente hacia ellos. La escena fue suficiente para que Ash comprendiera la situación antes de que nadie dijera una sola palabra.

De inmediato adoptó una actitud mucho más relajada. No porque estuviera particularmente interesado en aparentar nada frente a Ewroon, sino porque sabía perfectamente cómo funcionaban las cosas cuando había cámaras de la Federación observando. Lo último que necesitaba era llamar la atención sobre su desaparición o dar pie a preguntas que no estaba dispuesto a responder.

Por eso se acercó con una tranquilidad, como si hubiera estado ausente apenas unas horas. Lo curioso fue que, pese a todo lo ocurrido durante su última discusión, ninguno de los dos pareció interesado en retomar la pelea.

No hubo una disculpa propiamente dicha por parte de ninguno de los dos, y tampoco parecía que alguno estuviera dispuesto a tener una conversación seria mientras la cámara siguiera presente. Por eso se limitaron a hablar de asuntos triviales, intercambiando algunas bromas y comentarios sin importancia hasta que Funny News Guy decidió marcharse para visitar a otro de los habitantes.

En cuanto se quedaron solos, Ash notó la mirada interrogante en el rostro de Ewroon. Había molestia en ella, aunque también cierta preocupación que intentaba ocultar. Sin embargo, era algo que a Ash le tenía sin cuidado.

—¿Dónde estuviste? —preguntó finalmente Ewroon, con un tono que era entre cauteloso y serio.

Ash soltó una pequeña exhalación antes de responder.

—Creo que me conoces demasiado bien como para saber que yo decidiré qué información compartirte y cuál no.

No añadió nada más. Simplemente continuó caminando por las vías en dirección a la zona comercial, dejando que el silencio se instalara entre ambos durante unos segundos.

A su espalda escuchó el suspiro cansado de Ewroon. Sonaba como el de alguien que ya había comprendido que insistir no serviría de nada. Después de eso, la conversación derivó hacia otros temas. Ewroon comenzó a hablar de cualquier cosa que se le ocurriera, saltando de un asunto a otro sin seguir una dirección concreta, y más tarde terminó uniéndose a las conversaciones del resto de los habitantes. 

Durante esos días también vio a Tina y a Foolish en varias ocasiones. Nunca permanecían demasiado tiempo cerca de él, pero bastaba una mirada o unas cuantas palabras discretas para entender que seguían pendientes del avance del proyecto. Entre los tres existía una forma de comunicación que los demás no parecían notar, y cada encuentro terminaba con alguna actualización sobre el estado del androide.

Ash decidió que las noches eran el mejor momento para permanecer en el laboratorio. La oscuridad le ofrecía algo parecido a la privacidad, alejándolo de las miradas indiscretas y, sobre todo, de cualquier intento de Ewroon por acorralarlo con preguntas. Lo último que quería era que alguien más descubriera lo que estaban haciendo antes de que el proceso terminara. Además, aunque dormir encorvado en una silla resultaba incómodo y cada mañana despertaba con el cuerpo adolorido, había algo que lo mantenía allí noche tras noche. 

Durante los días que transcurrieron, los ojos del androide permanecieron cerrados en todo momento. A simple vista parecía inmóvil, como si nada estuviera cambiando, pero Ash comenzó a notar pequeños detalles que llamaron su atención. Al principio los pasó por alto, creyendo que quizá solo estaba imaginándolos, pero con el paso de las horas se volvieron demasiado evidentes para ignorarlos. Había leves contracciones involuntarias en los dedos, movimientos apenas perceptibles bajo la piel sintética y cierta tensión que aparecía ocasionalmente en los músculos del rostro. Eran reacciones mínimas, insignificantes para cualquiera que no estuviera observando con atención, pero para Ash resultaban imposibles de ignorar. Cada uno de esos gestos era una prueba de que algo estaba ocurriendo, de que el cuerpo frente a él continuaba avanzando paso a paso hacia aquello que todos estaban esperando.

Pero después del tercer día comenzaron a aparecer las expresiones. Eran apenas fugaces, movimientos tan breves que cualquiera podría haber pensado que se trataba de una falla visual o de una simple ilusión, pero para Ash fueron suficientes para obsesionarlo. Durante todo el cuarto día prácticamente no abandonó el laboratorio, permaneciendo junto a la plataforma con la esperanza de capturar cada uno de aquellos pequeños cambios.

Todo comenzó cuando, tras haberse quedado dormitando unos minutos en la silla, abrió los ojos y alcanzó a distinguir el leve rastro de una sonrisa en el rostro del androide. Fue algo tan sutil que incluso llegó a preguntarse si realmente lo había visto, pero la expresión desapareció de forma gradual. Después llegaron otras. A veces era el ceño fruncido, otras una ligera tensión alrededor de los ojos o de la mandíbula. Siempre parecían gestos relacionados con alguna emoción, reacciones que surgían sin ninguna explicación aparente. Era imposible no pensar que estaba soñando.

Aquello abrió un nuevo debate en la mente de Ash, uno que lo acompañó durante los días siguientes y que no le permitió descansar. Intentaba comprender si detrás de esos movimientos comenzaba a existir realmente Juan o si todo era simplemente una consecuencia natural del proceso. Hasta ese momento, todo avanzaba exactamente como Foolish había previsto. El cerebro continuaba procesando recuerdos, estableciendo conexiones y reorganizando información de manera constante. Cada dato indicaba que el proyecto estaba funcionando.

Sin embargo, ninguno de esos resultados respondía la única pregunta que realmente importaba.

Porque al final no le preocupaba que el cuerpo dejara de funcionar ni que el proceso se detuviera. Temía que, incluso si todo salía bien, quien despertara dentro de ese cuerpo no fuera Juan. Temía encontrarse frente a alguien que poseyera sus recuerdos, que compartiera su corazón y hasta su misma voz, pero que aun así fuera una persona completamente distinta.

Y por más que intentó convencerse de que aquello no tenía sentido, descubrió que esa posibilidad lo asustaba mucho más que un fracaso absoluto. Si el proyecto fallaba, al menos sabría que había llegado al final del camino. Pero si funcionaba y el resultado no era Juan, entonces tendría que enfrentarse a una pérdida completamente diferente. Una que quizá sería incluso más difícil de aceptar.

Por eso no pudo hacer nada más que esperar.

Para el séptimo día, cuando el último tres por ciento de la transferencia comenzó a avanzar con una lentitud desesperante, la ansiedad dentro del laboratorio era casi palpable. Cada minuto parecía durar una eternidad. Ash había repasado tantas veces los mismos pensamientos que ya no sabía cuánto tiempo llevaba observando aquella pantalla.

Entonces, finalmente, una notificación apareció en el monitor.

TRANSFERENCIA COMPLETADA.

El mensaje permaneció allí durante varios segundos, iluminando la sala con un tenue resplandor azulado.

Ash sintió que el corazón se le detenía.

Se quedó inmóvil junto a la plataforma, incapaz de apartar la vista, mientras Tina y Foolish se apresuraban hacia el monitor para revisar los datos. Ninguna alerta roja apareció en la pantalla. Ningún indicador mostraba errores. Todos los sistemas seguían funcionando dentro de los parámetros esperados.

Por un instante, nadie dijo nada.

El silencio que se instaló en la sala fue tan pesado que Ash podía escuchar el zumbido constante de los equipos funcionando a su alrededor.

Finalmente, fue Foolish quien rompió aquel momento.

—Terminó.

Las tres miradas regresaron inmediatamente hacia la plataforma.

El halo luminoso que rodeaba la estructura comenzó a girar cada vez más despacio hasta detenerse por completo. La luz se apagó poco a poco. Sin embargo, el androide continuó inmóvil.

Ya no estaban aquellas expresiones involuntarias que habían aparecido durante los últimos días. No había sonrisas pasajeras ni ceños fruncidos. Era como si todo hubiera regresado al principio. La incertidumbre hizo que la impaciencia de Ash terminara por imponerse.

—¿Y ahora qué? —preguntó sin poder ocultar la tensión en su voz.

Foolish apartó la vista de la plataforma y volvió al panel de control.

—Ahora llega el momento de la verdad —aseguró mientras comenzaba a teclear.

Poco a poco, los brazos mecánicos retiraron el halo que rodeaba la plataforma. Mientras esta descendía hasta que los pies del androide tocaron el suelo, los sistemas auxiliares comenzaron a apagarse uno tras otro, dejando que el constante zumbido de las máquinas fuera reemplazado por un silencio expectante que parecía envolver todo el laboratorio.

—Ash, quiero que te pongas frente a él —pidió Foolish mientras los últimos soportes eran retirados.

Ash obedeció sin cuestionarlo. Sin embargo, a cada paso que daba, una sensación incómoda se instalaba en su pecho. Había esperado ese momento durante días, pero ahora que finalmente estaba frente a él, descubría que también le tenía miedo.

Porque si aquello salía mal, ya no habría una segunda oportunidad.

Cuando el último soporte desapareció, el cuerpo quedó completamente libre. Durante un instante, Ash creyó que iba a desplomarse, pero permaneció inmóvil y firme sobre sus propios pies.

Entonces los párpados se movieron.

El gesto fue tan pequeño que por un segundo pensó que lo había imaginado. Sin embargo, volvió a ocurrir, los ojos comenzaron a abrirse lentamente, como si estuvieran acostumbrándose a la luz después de haber permanecido demasiado tiempo en la oscuridad.

Ash sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.

Aquellos ojos color miel recorrieron la habitación con evidente confusión. Se detuvieron primero en el techo, después en las luces, en las máquinas que rodeaban la plataforma y finalmente descendieron hasta encontrarse con él.

Y fue entonces cuando todo pareció detenerse.

Durante días había intentado prepararse para aquel momento. Se había repetido una y otra vez que aquello podía no funcionar. Que incluso si funcionaba, quien despertara podía no ser Juan. Que tal vez solo encontraría una copia construida a partir de recuerdos ajenos.

Pero ninguna de esas posibilidades lo preparó para aquella mirada.

Porque no había vacío en ella. No había desconocimiento. Era exactamente la misma mirada que había visto cientos de veces antes.

La misma que lo observaba cuando discutían.

La misma que aparecía cuando Juan sonreía sin darse cuenta.

La misma que lo había acompañado desde que formaron una especie de amistad.

Y, por primera vez desde que todo había ocurrido, Ash sintió que la desesperación que había cargado durante semanas comenzaba a resquebrajarse.

—Ash...

Su nombre abandonó los labios de Juan con añoranza que hizo que algo dentro de él terminara por romperse.

Antes de que pudiera reaccionar, Juan se inclinó hacia adelante y rodeó su cuerpo con ambos brazos.

El abrazo fue torpe e inesperado.

Ash sintió el peso apoyarse contra él. Sintió las manos aferrarse a su espalda y el calor de aquel cuerpo, además del latido firme de un corazón que durante días había observado a través de una pantalla.

Y entonces comprendió que ya no estaba imaginándolo.

Juan estaba allí.

De verdad.

Toda la tensión acumulada durante esos sesenta días regresó de golpe. Los recuerdos del búnker. El humo verde. La impotencia de no haber llegado a tiempo. Las noches en las que se convenció de que jamás volvería a escuchar su voz. Todo aquello se mezcló dentro de él hasta que resultó imposible contenerlo.

Por un instante cerró los ojos y se aferró al abrazo con más fuerza, escondiendo el rostro contra su hombro como si temiera que, al separarse, todo desapareciera nuevamente.

—Estoy aquí —murmuró Juan junto a su oído.

Y aquellas palabras terminaron de derrumbarlo.

Porque durante semanas había sido él quien había repetido una y otra vez que debía seguir adelante. Él quien había fingido estar bien. Él quien había intentado convencerse de que podía soportar la ausencia.

Pero ahora Juan estaba allí.

Y Ash descubrió que ya no tenía fuerzas para seguir conteniéndose.

Se apartó apenas lo suficiente para verlo. Sus ojos recorrieron su rostro una vez más, como si todavía necesitara memorizar cada detalle para asegurarse de que era real. La curva de sus labios. El brillo de sus ojos. La forma en que lo observaba como si tampoco pudiera creer que seguían juntos.

Entonces llevó una mano hasta su mejilla.

Juan no se apartó, al contrario, se inclinó apenas hacia la caricia.

Y ese gesto tan simple terminó por romper la última barrera que quedaba.

Ash sintió cómo la emoción le cerraba la garganta. Había demasiadas cosas que quería decir. Demasiadas disculpas. Demasiados sentimientos que llevaba años guardando y que ahora resultaban imposibles de ordenar.

Pero ninguna palabra parecía suficiente.

Así que hizo lo único que fue capaz de hacer. Se inclinó hacia adelante y unió sus labios a los de Juan.

El beso nació de forma torpe, cargado de emoción contenida y de una necesidad desesperada de aferrarse a algo que creía perdido. No buscaba respuestas ni certezas. Solo necesitaba sentirlo allí, confirmar una vez más que no era un recuerdo ni una ilusión creada por su mente.

Y cuando Juan correspondió sin dudar, acercándose todavía más a él, Ash comprendió que por primera vez en mucho tiempo ya no estaba sosteniéndose sobre una esperanza imposible.

Habían pasado sesenta días y Juan al fin había regresado.

Notes:

Bueno, al fin pude darle un cierre a esta historia. De verdad espero que la hayan disfrutado. Sé que algunos esperaban más tristeza y sufrimiento, pero hay algo que deben saber de mí: soy una gran fan de los finales felices. Así que no esperen que todas mis historias terminen de forma trágica.

Notes:

Tengo un final alternativo, pero aun pienso si publicarlo o no jajaja creo que dependerá del apoyo de este pequeño fragmento