Chapter Text
—Te cortaste el pelo. —Aegon giró a mirar a Rhaenyra, con vestido violeta y su cabello trenzado, se detuvo a su lado. A lo lejos veía a Sunfyre lanzándose en picada al mar.
—Digamos que necesitaba un nuevo look. Se encogió de hombros, y Rhaenyra sonrió apenas.
—¿Sabías que Daemon lo trajo corto un tiempo? Cuando eras pequeño, cuando regreso de los peldaños.
—Con lo mucho que cuida su sedoso cabello, no es algo que te pueda creer hermana.
Rhaenyra lo abrazó por los hombros; ahora estaban a la misma altura. Aegon dudaba que fuera a crecer más. Había heredado la estatura de su madre, y estaba seguro de que Daeron lo superaría en un año.
—Jayne me escribió muchas cosas sobre ti. —dijo sin soltarlo. Aegon suspiró esperando la reprimenda.
La Dama del Nido apenas le había dirigido la palabra durante su estancia, y cuando lo hacía, era como si evaluara si valía la pena arrojarlo por la Puerta Lunar. —Me dijo muchas cosas buenas sobre ti.
Aegon la miró alzando una ceja. No le creo.
—¿Muchas cosas buenas?
La mujer rodó los ojos. —¿Por qué pareces sorprendido?
—Vamos, la mujer me detesta; si Alton no me hubiera seguido como sombra, creo que habría probado el vacío.
—Pues aunque no lo creas, Jayne me dijo que fuiste un príncipe muy respetuoso y servicial; me habló de cómo entrenaste con los escuderos…
—En contra de mi voluntad.
—...y de cómo ayudaste con los clanes de la montaña…
—Admito que disfruté verlos correr en cuanto vieron a Sunfyre.
—...y tambien de como rastreaste a Dreamfire.
El plateado miró a la mujer; esta lo veía fijamente. Aegon sabía que era el momento de comenzar la mentira.
La garganta se le secó.
—Se me escapó. La seguí hasta las Tierras de los Ríos, pero la perdí en Oldstones... Alton cree que se dirige a Casterly Rock, pero yo creo que va a las islas del Hierro… —negó restando importancia. —...pero no me creas mucho, no soy bueno rastreando.
Rhaenyra apretó los labios y miró hacia el mar, mientras que Aegon la miraba a ella en busca de alguna señal de que le estuviera creyendo y, en cuanto la vio suspirar, sintió que un peso se desvanecía.
—Esperaba que tuvieras mejores noticias…
—Mmm, no suena a que haya buenas noticias.
—Lord Corlys recibió una carta de uno de sus informantes: vieron a una mujer con las descripciones de Helaena en un puerto de Lys… en un burdel.
Aegon sintió que el estómago se le encogía. Rhaenyra limpió una lágrima antes de que cayera.
—Pero tenemos una pista, ¿no? —intentó decir, su voz más tensa de lo que esperaba—. Occidente. Si Dreamfyre fue hacia allá, Helaena podría estar cerca.
Ella asintio con una sonrisa temblorosa.
—Esperemos noticias de Corlys y, después de que descartemos, mandemos a alguien hacia allá. Aegon torpemente le dio una palmada en la espalda.
—Los vamos a encontrar… —dijo en voz baja y sintió como si comiera arena. Mentiroso. —Ella estará bien, los niños también; Hel es terca, los protegerá.
[...]
Alicent
Las rodillas entumecidas y la garganta en carne viva por la sed, manos invisibles trepando por su columna hasta su cuello, apretando con fuerza, el estómago revuelto y el sudor deslizándose por su nuca.
La cera caía en hilos gruesos; las velas morían una tras otra, demasiado deprisa.
Cada chispa extinguida le arrancaba otro suspiro, otra oración atropellada que no alcanzaba a terminar.
—Oh, dioses… perdonen mis ofensas. Madre, libérame de la codicia, te lo ruego. Extraño, ten piedad de mis errores y castígame a mí. Guerrero, dame fuerza para soportar esta travesía sin fin.
¿Por qué rezas?
Para pedir protección a todos sus dulces niños, para que no sufran donde están, para que estén a salvo.
¿Por qué rezas?
Para la protección de sus aliados. Por la estabilidad del reino. Por cumplir con su deber
¿Por qué… rezas?
Por su niña descarriada. Para que encuentre el camino a casa.
¿Por qué rezas?
Por… por… la salud de mi rey y por el bien del reino.
¡¿Por qué rezas?!
Las palabras se hicieron cuchillo.
El aire le ardió en el pecho.
¡¿Por qué rezas?!
Ella apretó las manos hasta sentir los nudillos crujir.
¡¿Por qué rezas?!
Por el pecado.
¡¿POR QUÉ REZAS?!
Por la culpa.
—Mi reina… —una voz suave. —¿Se encuentra bien? —Demasiado suave. Demasiado presente… que la irritaba.
Pedí que nadie entrara, Sir Criston. —respondió sin mirarlo.
—Lloraba, mi reina. —Respondió con preocupación y devoción, apretó los labios con fuerza, aún arrodillada y con las manos juntas apretadas con fuerza, viendo la vela consumirse.
Suspiro.
—Rezo, Sir Criston. —Respondió. No para buscar consuelo, sino castigo. Alzó la mirada hacia la estatua de la Madre. Ninguna respuesta. Ningún alivio. No lo merezco. No lo merezco.
—El gran maestre la busca. —añadió Criston—. Es el rey.
Alicent cerró los ojos un instante, en busca de paciencia… o resignación.
Se puso de pie con movimientos medidos, rígidos.
Y antes de irse, inclinó la cabeza ante la Madre: un gesto de reverencia hacia lo único ante lo que estaba dispuesta a doblarse.
Cuando salió del Septon, el frío aire la recibió; apretó el chal sobre sus hombros y subió a la timonera con su dama más leal y Ser Criston a sus espaldas. La Fortaleza Roja los recibió con su eco de piedra, y bajo sin mirar a nadie más, dirigiéndose a los aposentos de su marido, donde sabía estaba el gran maestre. Al llegar, lo recibió su padre.
Otto Hightower la observaba con expresión pétrea, los hombros tensos y la mirada fría hacia ella; se detuvo por un momento al sentir el conocido escalofrío.
—¿Qué sucede, padre? —preguntó en voz baja.
—Vieron a tu hijo llegando a Dragonstone después de meses de perderle la pista.
Alicent hizo una mueca al pensar en Aegon, quien hace casi dos meses había sido visto salir de la isla en su bestia; nadie sabía a dónde se dirigía, nadie sabía con qué propósito se iba, nadie había sido informado en la fortaleza, nadie le pudo seguir el rastro, se movía rápido y por encima de las nubes, según palabras de su padre.
—Ya veo… le escribiré… —murmuró, más para sí que para Otto.
Averígualo. —Le exige, seco.
—Padre.
—Mantén el control sobre tu hijo. —La interrumpió. —No es nada difícil, Alicent, recuérdale su propósito.
Alicent bajó los ojos. El estómago se le tensó.
Otto nunca necesitaba elevar la voz para hacerla sentir pequeña.
—Ya fallaste una vez con Helaena —continuó él, como si simplemente enunciara un hecho—. No permitas que ocurra otra tragedia por tu falta de firmeza.
Aquello hizo que bajara la mirada y de nuevo aquellas manos apretaban su cuello.
—Eres la madre del futuro rey, —sentenció—. Compórtate como tal. Guíalo. Vigílalo. Evita que vuelva a actuar por impulso.
Alicent apretó los dedos contra la tela de su falda.
—Si no lo haces —añadió Otto, inclinando apenas la cabeza—, Rhaenyra se encargará de recordarle al reino quién está realmente en control.
La amenaza estaba envuelta en seda, pero seguía siendo un cuchillo. Alicent respiró hondo.
No protestó.
No tenía fuerzas para hacerlo.
Otto la observó como quien evalúa un instrumento que necesita afilarse.
—Encuentra a tu hijo —dijo finalmente—. Antes de que sus errores nos cuesten algo más que la corona.
—Si padre. Asintió en voz baja.
Las cadenas del gran maestre tintinearon al inclinarse ante ella. Alicent volvió a colocarse la máscara de reina.
—Mi reina.
—Gran maestre, me dijeron que me buscaba.
—Es el rey… —Vaciló. Miro a Otto, quien solo asintió. —Me temo que la infección de uno de sus dedos ha… ha provocado que uno de ellos se pudra, mi reina.
Alicent parpadeó.
—¿Van a cortar los dedos?
—El gran maestre me comentó sus temores al rey y a mí durante su ausencia, su gracia, y se llegó a la conclusión de que lo mejor para la calidad de vida de su majestad fue amputar; en este momento el rey debe estar bajo los efectos de la leche de amapola.
Alicent lo miró con incredulidad; sabía que no podía desafiar a su padre, pero sí al maestre.
—¿Y lo hicieron sin consultarme? ¿Quitándome el derecho de acompañarlo?
—Mi reina, la mano y yo consideramos que... —Intento apaciguar a la mujer, quien levantó la mano para que se callara.
—Ninguno de ustedes puede revocar mi autoridad; yo soy su esposa y su reina, mi deber es cuidar de él. —dijo con firmeza.
Les dirigió una última mirada antes de dirigirse con pasos rápidos a los aposentos del rey.
El olor amargo la golpeó apenas cruzó la puerta. Los sirvientes se inclinaron mientras ella avanzaba hasta la cama. Se sentó y tomó la mano buena del rey.
—Mi amor. Llamó con suavidad, puso una mano en su pecho y dibujó círculos buscando despertarlo.
Viserys abrió los ojos con lentitud. Estaba pálido, sudoroso, casi perdido. Cuando fijó la vista en ella, sonrió débilmente.
—Gracias a los siete, ¿estás bien, esposo? El gran maestre me comentó lo que pasó. Apretó su mano buena. —No te preocupes, estaré aquí y te cuidaré.
Con la mirada brillosa, el hombre le sonrió. Él pareció querer hablar. Sus labios temblaron.
—M-mi a-amor…
—Aquí estoy, esposo.
—A-Aemma. —dijo.
Alicent se quedó inmóvil.
—Aemma, Aemma… Aemma. Con cada llamado su voz se iba haciendo más baja, como si el nombre de la mujer muerta fuera un hilo que tiraba de él… lejos de ella.
Hasta que volvió a caer en la inconsciencia. Miró a su alrededor humillada; los sirvientes miraban al suelo y a la pared. Alicent sintió cómo el calor subía desde su estómago: primero vergüenza, luego un pinchazo de dolor agudo… y finalmente, algo más oscuro.
—Largo —ordenó, la voz fría como vidrio—. El rey necesita descansar.
Obedecieron sin levantar la vista.
Cuando la puerta se cerró, soltó su mano con suavidad, pero sin cariño. Se levantó, abrió el balcón y dejó que el aire frío entrara hasta helar la habitación.
Se giró.
Miró al hombre que la llamaba por el nombre de otra.
Y no dijo nada.
Simplemente lo observó, con ese silencio espeso donde solo viven el resentimiento y el deber.
Otto Hightower vio a los sirvientes salir con rapidez, murmurando entre ellos mientras pasaban a su lado. Cuando se quedaron solos, miró al maestre.
—¿Todo está como lo indiqué?
El maestre inclinó la cabeza, nervioso.
—La preparación fue administrada a su excelencia Lord Mano, como ordenó.
Otto entrecerró los ojos.
—¿Existe algún riesgo de que alguien… note algo inusual?
—Incoloro, insípido… y lento. Como lo ordeno.
Otto asintió, satisfecho.
—Bien.
[...]
Alys
—¡Alys! —Gritaron con alegría. Cuando los brazos se envolvieron alrededor de ella con fuerza, se permitió sentir el calor que emanaba de aquel cuerpo con una sonrisa.
Hasta que un grito interrumpió el momento; con una sonrisa se separó y movió un poco la vista a su espalda, donde una pequeña mano salía de entre las pieles.
—Mi pequeña capullo florece cada día más con este frío invierno. —dijo acariciando su regordeta mejilla, antes de dirigirse a la rubia que aún tenía entre sus brazos. Espero y estés estudiando. —dijo dandole un golpe cariñoso en la nariz a Helaena.
Helaena suspiró con una sonrisa tímida.
—Tanto como mi comprensión me lo permite. —Respondió. La miro un momento antes de relamerse los labios. —Alguien me encontró…
Alys ya sabía quién había sido, y también quién era el siguiente, pero no podía interferir, por lo que solo asintió.
—Aegon. —dijo. La muchacha frunció el ceño y, antes de preguntar, Alys se dio un ligero golpe en la frente.
—Entiendo. —Murmuro.
Ambas mujeres (y una bebé) entraron a la pequeña y cálida taberna, desde el otro lado de la barra una pelirroja se acercó con una bandeja llena y una sonrisa.
—¿Cómo estuvo tu viaje, querida?
—Como siempre, Mar. —Respondió Alys encogiéndose de hombros, sentándose en la mesa próxima. —El valle comenzó a cubrirse de escarcha y niebla; era un bello paisaje.
—¿Cómo está?
Alys se encogió de hombros mientras tomaba un par de semillas:
—Menos catastrófico y un poco más dispuesto.
Helaena miró a ambas mujeres, hasta que Mar le sonrió.
—Alys tiene un paciente en el valle, un poco huraño y nada hablador; lo conocí en una ocasión. —dijo, mientras que Alys continuó.
—Un hombre traicionado puede convertirse en un huraño Mar, y más si la traición llega de un familiar. —Respondió mirando a Helaena.
Y ella sintió que le quería decir algo, como si hubiera un mensaje oculto por debajo de aquellas palabras.
—¿Lo visitas seguido? —decidió preguntar mientras mecía a su hija. La bruja asintió.
—Voy unas cuatro o cinco veces al año. —Alys se enderezó y dispuso a levantarse. —Basta de preguntas, vamos, tenemos cosas que estudiar y practicar.
—Pe-pero acabas de llegar…—respondió con sorpresa.
—Andando, princesa. —le dijo con una sonrisa.
Sin mucho más que hacer, la rubia suspiró y con cuidado sacó a la niña, entregándosela a Mar, quien soltó una risilla.
[...]
El ocaso se reflejaba en el horizonte y el frío le llegaba a sus desgastados huesos. Resopló, acomodando el peso del ciervo en su hombro; un macho joven, quizás tendría unos tres años a lo mucho. Era pesado y sus músculos dolían, pero el hambre también le hacía doler el estómago.
Mientras cruzaba las grandes puertas de la fortaleza, se ajustó una vez más el peso muerto del animal en el brazo, con su arco clavándose en un punto doloroso de sus costillas.
—Ah cazador, creí que te habías congelado. —dijo una voz, Harwin levantó la mirada y vio a Lord Corwyn Corbray.
—No podía fallar, le prometí un buen ciervo a la casa Corbray y yo cumplo mis promesas. —Aseguro Harwin, dejando al animal sobre una carreta cercana, hizo una mueca al sentir un tiro sobre su hombro y el dolor fantasma en donde deberían estar sus dedos, eso es lo que provocaba el frio.
—Vaya, es un buen animal…—aseguró el pelinegro a espaldas de Harwin. —¿Por qué no entras a calentarte y a comer algo, cazador. —Propuso. Harwin sabia que negarse era una causa perdida habia descubierto hace dos años que no era buena idea discutir con un Corbray y no por alguna mala actitud de parte de estos si no porque era tercos.
—Bien, no estaría mal un poco de sopa. —respondio y el otro hombre sonrio.
Además, tengo una propuesta para ti, cazador. Pero primero come, mi hermano nos espera mas tarde en su solar.
Harwin lo miró de reojo, nunca habia conocido en persona al Lord Leowyn Corbray, señor de estas tierras, ni una sola vez se había interesado en hablar con él, ni siquiera en el pasado, cuando era Harwin Strong el heredero y su padre comerciaba con ellos. Por un momento dudo. ¿Qué querría el señor de Hogar con él?
Sin muchas ganas, siguió al menor de los Corbray por la fortaleza hasta las cocinas, un poco pequeñas a las de Harrenhall y a las de la fortaleza, pero lo suficientemente cálidas para entrar en calor y con un buen olor para que se le abriera el apetito. Comió su sopa y su pan con calma, sintiendo el calor bajando por su garganta, para después beber de su hidromiel.
Cuando terminó, le hizo una señal a un escudero que estaba en la entrada de la cocina, quien lo dirigió a través del hogar hasta unas puertas donde se encontraba el solar del señor de la casa. Con incertidumbre, entró y vio a Corwyn junto a un hombre un poco mayor que él, ambos encorvados sobre un mapa. Este levantó la vista y lo miró.
—Espero que la comida fuera de su agrado. —dijo Corwyn con una sonrisa. Harwin, por su parte, asintió para después hacer una ligera reverencia como señal de respeto hacia Lord Leowyn.
Este lo miró de arriba abajo, alzando una ceja, lo que lo hizo removerse incómodo en su sitio. Escuchó cómo la puerta se cerraba y vio cómo Corwyn ponía los ojos en blanco, mientras que Lord Leowyn, caminaba con lentitud hacia él.
—Cazador. —dijo lentamente. Su hermano me ha contado de su habilidad y la casa Corbray está en deuda por sus servicios.
—No hay nada que agradecer, mi lord, solo hago mi trabajo.
El hombre asintió satisfecho de su respuesta.
—Es muy importante para mí conocer a los colaboradores de mi casa y agradecerles adecuadamente.
Harwin decidió guardar silencio esperando a que se revelaran las intenciones del señor del hogar. El hombre asintió hacia su hermano, quien sacó un rollo y se lo entregó; frunció el ceño mirando el papel.
—Sabemos que tiene una educación y la habilidad para leer, cazador. —le dijo Lord Leowyn con una sonrisa, que tensó a Harwin. Con duda tomó el rollo y lo leyó.
Sin poder creer lo que estaba leyendo, intentó controlar su expresión mirando a Leowyn. Quien, sin esperar ningún comentario del cazador, se levantó y comenzó a caminar por la sala.
—Tienes un don cazador, un don el cual no podemos desperdiciar. Al principio, Corwyn refutó que no aceptarías la propuesta que estoy a punto de hacerte, pero sé que eres un hombre de lealtad; lo puedo ver cuando te miro, no lo dudo.
—Esto va en contra de una orden de nuestra máxima autoridad. —Respondió en voz baja Harwin, Lord Leowyn.
—Lo sé, pero le debemos lealtad a nuestra futura reina y esta es una petición de nuestra reina y de nuestra señora feudal, cazador.
Harwin apretó con fuerza el papel y cerró los ojos y solo por un momento un roce fantasma de un sedoso cabello se sintió en su mejilla.
—Ayúdanos a traer a tres inocentes de vuelta a casa, mi señor. Eres un cazador, sabes rastrear, sabes encontrar.
—Ciervos, mi lord. No princesas y príncipes perdidos, no sabría por dónde comenzar.
El hombre sonrió ante aquello y Corwyn, quien estaba junto a su hermano, habló.
—Tenemos a su dragón en la mira.
Harwin frunció el ceño mientras el pelinegro se enderezaba. —Al norte, según la princesa, un vínculo entre jinete y dragón es tan fuerte como un hilo; donde se dirija ella, va a seguirla la dragona.
—Son conscientes de que no sabemos si los bebés están con ella, ¿no? —la mirada de Lord Leowyn.
—Lo sabemos, pero si tenemos a la niña, tendremos pistas de dónde están los bebés.
El señor del hogar se acercó hacia su escritorio y sacó un bolso de uno de los cajones, dejándolo caer sobre la mesa directo hacia el caballero.
—Esto es solo un adelanto, te daremos armas y equipo, un caballo fuerte y suficientes suministros para el viaje, así como dos caballeros del nido de águilas y tres de la casa Corbray. Harwin miró el saco de dragones dorados y sintió una molesta sensación en el estómago. “Lo hago por ella, por mi corazón”.
—Iré solo. —Anuncio Harwin tomando el saco de monedas a lo que Lord Leowyn nego.
—No puedes, son órdenes de Lady Jeyne.
El hombre parecía a punto de protestar antes de que Corwyn diera un paso adelante.
—Iré con él.
Ambos hombres se quedaron mirando al pelinegro por un momento. Harwin se enderezó y asintió.
—No seré considerado contigo, iremos rápido, dormiremos poco y tendremos días lentos.
Corwyn sonrió y se acercó dándole una palmada en el brazo.
—Soy un hueso duro de roer, cazador.
Paso a su lado con la intención de salir.
—Harwin. —Pero se detuvo mirando al cazador, con ropa que cubría su delgado y gran cuerpo, cara magullada, semblante cansado y cicatrices en su rostro, pero con fuego en la mirada. —Salimos al amanecer.
[...]
Rhaenys
Bastión de Tormentas no era Marcaderiva.
Y Marcaderiva no era Rocadragón.
Pero en los tres lugares tenía buenos recuerdos, mientras la nieve caía fuera, el castillo era tan cálido como siempre, húmedo, activo, tal como recordaba.
Apretó su capa buscando el calor; era un dragón, pero el invierno cerca del mar calaba en los huesos. Se alejó del ventanal y comenzó su camino hacia su cámara; cuando llegó, un par de criadas salían con bandejas.
Y cuando entró la calidez, la golpeó. Los intrusos que invaden su habitación estaban en distintos lugares de la habitación. Mientras se quitaba la capa, vio al príncipe Aemond viendo las llamas arder en la chimenea. El muchacho se parecía mucho a su padre; al principio poco, pero ahora que se convertía en un hombre lentamente y sus rasgos cambiaban, lo notó, pero también se parecía mucho a Daemon, demasiado para su gusto. Y después miro al ventanal a Jacaerys, que miraba la nieve caer. El muchacho era un caso aparte, uno doloroso para ella; recuerda la primera vez que lo vio, pequeño, rosado y sin ningún rastro de su Laenor en él y más de un rasgo del hombre que custodiaba la puerta.
Recuerda cómo se puso tensa mientras que todos admiraban al niño; solo su madre lo notó y lo tomó con cuidado. Ninguna de las dos dijo nada, ninguno de los dos hombres tampoco, pero un sentimiento extraño nació en ella ese día. Luego llegó Lucerys y el sentimiento que había silenciado dos años regresó. Corlys lo notó, pero sonrió e intentó silenciar aquel sentimiento y, con el paso de los años, los niños sabios como ellos solo sabían dejaron de intentar acercarse; la miraban con duda, Luke con vergüenza, Jace con aprensión y puso distancia; no volvieron a llamarla “abuela”, no volvieron a buscar su cariño, ni el juego con ella. Luego su Laena se fue y con ella su Laenor, y levantó muros; los niños levantaron muros a su alrededor. Solo la lealtad hacia la heredera la hacía quedarse, y se alejó. Las gemelas sustituyeron su lugar y fue diferente porque amaba a las niñas, y esos niños que Laenor había enseñado a nadar, a los que arrullaba con ternura, se fueron convirtiendo en desconocidos para ella.
Cuatro años después aquí estaba, conociendo al niño que había alejado; le dolió cuando vio a Laenor en ellos, en sus muecas, en sus reacciones, en sus valores, pero también vio a otra persona.
—Princesa Rhaenys. —dijo el muchacho con respeto haciendo una ligera reverencia y aquello molestó a la mujer e instaló un nudo en su garganta; lo ignoró y les dio una pequeña sonrisa.
—Lord Borros pregunta si un compromiso sería un buen trato comercial. Vio que ambos muchachos, quienes hasta hace un año no podían verse, se comunicaban con miradas, aquello casi la hizo sonreír. Se acercó a una silla y se sentó. —Le dije que una hija no podía sustituir el valor de su madera de alta calidad.
—Ese hombre es un fastidio. —Murmuro Aemond.
—Oh vaya que lo es, pero no puedes decir eso bajo su techo, príncipe Aemond, no queremos ofenderlo. El muchacho rodó el unico ojo que tenia.
—¿Tiene alguna noticia del otro tema? —preguntó el castaño, Rhaenys asintió y miró al peliplata.
—Tu querido abuelo se mueve rápido; tenemos algunos espías en Bastión de Tormentas.
Aemond se tronó la boca. —Mi abuelo no puede dejar que dos peones más se salgan de su tablero.
Rhaenys asintió; evidentemente, el hombre tenía espías en todos lados, y aquello estaba comenzando a resultarle un fastidio.
—Tienes razón, por eso es momento de regresar a Rocadragón. —Les dijo a ambos. —Aegon regresó; al parecer tiene noticias, así que prepárense, volamos en dos horas.
