Actions

Work Header

Esto no es otro fanfic Brimiga

Chapter 3: Fingir demencia.

Summary:

Un poco antes de que todo estalle.
JASKJASJKJKSA seguí escribiendo gracias a los comentarios que me dejaron ayer, neta que muchas gracias.
ME LA ESTOY LLEVANDO TRANQUI, al menos el capítulo 4 y el 5 están planeados para que estos dos gays sean gays con tranquilidad, PEROOOOO se vienen cositas.
También estoy publicando en Wattpad, aunque ahí estoy más en flop y ps ya
AVISENME SI ENCUENTRAN ALGUNA FALTA DE ORTOGRAFÍA PLS
Denme sus opiniones y comentarios plssss
y escribí esto desde mi miserable trabajo de 9 horas y media, felicitenme

Chapter Text

Armando entró a su casa haciendo sonar el montón de llaves. Cerró la puerta a sus espaldas y se recargó contra ella, luciendo completamente derrotado.

Pensó uno, dos y tres minutos.

Finalmente, abrió los ojos y se levantó tan rápido que sintió un leve mareo recorrerle el cuerpo. Buscó su teléfono entre sus bolsillos y, cuando lo tuvo enfrente, llamó a Mateo, uno de sus mejores amigos... quien en ese preciso instante estaba durmiendo muy plácidamente en Países Bajos.

La videollamada se conectó al segundo intento. Mateo tenía el cabello revuelto, los ojos hinchados y lucía bastante desconcertado; la llamada lo había despertado de golpe. Se pasó una mano por el rostro y procesó las cosas por un par de segundos antes de responder.

—¿Qué pedo, hermanito? Me agarraste pero si bien jetón —dijo con la voz rasposa.

Armando se sintió repentinamente avergonzado. Lo miró con cierta culpa y respondió:

—Mateito... perdóname, pa. No sabía a quién recurrir. Pero te dejo, sigue durmiendo.

Antes de que pudiera colgar, Mateo pareció terminar de despabilarse y se sentó en la cama.

—No, no, ¿qué pasa, güey? ¿Todo bien en tu casa? Nunca me llamas a deshoras.

—Bueno... aquí apenas son las 5:00 p. m.

—Pues aquí ya es de madrugada, güey. Pero ya, ¿qué traes?

—Voy a ir a cenar con Brian.

La revelación hizo que Mateo frunciera el ceño, como si buscara dónde estaba el verdadero problema en eso.

—Ajá, ¿y?

—Necesito tu ayuda.

—¿Que vas a ir a qué, con quién? —Una tercera voz se escuchó del lado de Armando. Era Mariana, su hermana, quien venía bajando las escaleras.

—¡Marianaaaaaaaaaa! ¿Qué onda? —Mateo intervino de inmediato desde la pantalla.

Armando comenzó a sentirse olímpicamente ignorado. Luego de que Mariana le regresara el saludo a Mateo, se paró frente a su hermano y negó con la cabeza.

—Han ido a todos lados juntos. ¿Por qué ahora despertaste al pobre de Mateo?

Mateo asintió, totalmente de acuerdo con Mariana, regalándole una mirada lastimera a Armando, quien lo ignoró por completo antes de continuar defendiendo su punto.

—¡Porque no es cualquier cena, hermana! ¡Brian va a pasar por mí! —Armando se llevó una mano a la cabeza, alborotándose el cabello del puro estrés. En su otra mano, el celular mostraba a Mateo aguantándose la risa.

—Como siempre, ¿no? —Mariana obvió la situación, poniendo los ojos en blanco.

—¡Pero hoy hizo una reservación!

Ahora sí, Mateo y Mariana se quedaron en silencio absoluto. Se miraron —o lo intentaron a través de la pantalla— procesando las palabras de Armando.

—No, pues... qué cabrón, oye —soltó Mateo tras un par de segundos.

—A ver, a ver. Ya me perdí —Mateo volvió a hablar, acomodándose en la cama—. ¿Ya están saliendo? ¿¡Y no me dijiste, cabrón!?

—¡A mí tampoco me dijiste nada! —Mariana fue la más indignada.

Armando tuvo que alzar las manos para calmar las aguas.

—¡No! ¡No estamos saliendo!

Por un momento, Armando no supo cómo explicar las cosas sin sentirse un poco patético. Al final, decidió empezar desde el principio y les contó absolutamente todo. El hashtag, los videos, la forma de actuar de Brian, las coincidencias... Todo. Sin perder un solo detalle.

Para cuando terminó, ya estaba sentado en el sofá de la sala. Mariana se había acomodado a su lado y Mateo escuchaba en silencio desde la pantalla.

—¡Ya se me había bajado la ilusionada! Lo juro... —Armando soltó un suspiro pesado y se cubrió la cara con las manos—. Ya solo estaba esperando despertar un día y descubrir que, mágicamente, Brian ya no me gustaba. Para seguir siendo compas y, no sé, en un par de años decirle entre risas: «Ah, no mames. A mí me gustabas un vergo, ¿sabes?». Pero... ¡agh! Tal vez sí me ilusioné mucho hoy.

Mariana lo miró con cierta pena. Armando era su hermano menor y verlo tan afectado por un hombre le daba una ternura agridulce. Le pasó un brazo por los hombros y lo apretó un poco.

—Hormi... —Mateo, con los brazos cruzados al otro lado de la llamada, intentó decir algo. Buscó las palabras correctas durante unos segundos, frotándose la nuca con torpeza—. Mira, voy a sonar un poquito ojete, pero... tranquilo, güey. Mira. No es el fin del mundo. Ni siquiera es una cita como tal. Sentir algo así de fuerte por alguien es bien chingón. Duele, y un vergo, pero neta que es bien chingón. ¿Y sabes algo? Tú tienes que vivir ese sentimiento por más ojete que sea; tienes que procesarlo, digerirlo...

—Y apurarte, porque ya son cuarto para las seis —terminó Mariana, poniéndose de pie de un brinco.

—¡Vamos, te ayudo! —Lo jaló del brazo, obligándolo a levantarse del sillón.

Y así, Armando consiguió dos perfectos consultores de moda.

⋅ ∙ ∘ ☽ ༓ ☾ ∘ ⋅ ⋅

Del otro lado de la ciudad, Brian Gutiérrez llevaba un buen rato parado frente al espejo de su recámara, dándole los últimos toques a su outfit.

Traía un suéter blanco de cuello redondo, tejido y ligeramente holgado, sobre el que resaltaba una fina cadena de oro. Lo había combinado con un pantalón de vestir negro, de corte amplio y con bolsillos a los lados, que caía con caídas limpias sobre unos tenis de gamuza blancos con un par de discretas franjas verdes al costado. Se ajustó el reloj en la muñeca izquierda, se acomodó un anillo en el dedo medio y se pasó la mano por el cabello, asegurándose de que el peinado no tuviera ni un solo pelo fuera de lugar.

En la pantalla de su teléfono, apoyada contra la lámpara del buró, la cara de su mamá lo observaba con una devoción silenciosa.

—Esa cadena te queda muy bien, güero —habló la mujer desde Chicago, acomodándose los lentes—. ¿Con quién dices que vas a salir? —cuestionó, intentando ocultar cierto tono de esperanza.

Brian la miró, reflejando una sonrisa que solo guardaba para ella.

—Con Hormi, má. Armando.

La mujer asintió, un poco decepcionada. Luego, volteó la mirada hacia la derecha, desde donde se asomó su papá.

—Pues vas muy arregladito, eh —afirmó su papá, quien de inmediato se ganó un ligero golpe en la cabeza por parte de su esposa.

—¿Y qué tiene? Mi güero es guapo, ¡deja que se presuma!

—Nada, mujer. Nada... pero se parece a ti el condenado —el papá le dio una mordida al pan que tenía entre las manos—. Más te vale conquistar a ese muchacho, ¿eh?

—¡Papá! Hormi es solo un amigo.

—Sí, claro. Y yo soy pendejo.

Brian bajó la mirada, fingiendo buscar el perfume que Armando le había halagado.

—No le hagas caso a tu papá, mi amor.

—No, sí hazme caso a mí.

Brian soltó una leve risa mientras se aplicaba un poco de perfume.

—Ya me tengo que ir, pá, má —tomó el teléfono, regalándoles una modelada rápida de su outfit. Ambos padres dieron el visto bueno entre sonrisas y halagos, se despidieron bendiciendo su camino y colgaron la llamada.

—¿Es muy excesivo? —se encontró preguntándose a sí mismo cuando por fin el departamento se quedó en silencio absoluto.

Se miró al espejo por un par de segundos, afirmándose a sí mismo que simplemente era lo suficientemente guapo como para poder lucir así de bien. Tomó las llaves del departamento, las de la camioneta y se dispuso a salir.

Ya en la Bronco, Brian no se olvidó de acomodarse el outfit una última vez. Puso la camioneta en marcha y colocó algo de música para matar el silencio. Un silencio que no existiría si Armando estuviera ahí, en el asiento del copiloto que prácticamente ya le pertenecía.

El solitario trayecto obligó a Brian a pensar en las palabras de su padre, y por fin pudo refutarlas, a pesar de que él ya no lo escucharía.

—No lo quiero conquistar... —empezó, aunque le costó decirlo a pesar de estar completamente a solas en su propia camioneta.

—Salir con un amigo no me vuelve automáticamente gay —repitió, aunque su pensamiento terminó por irse al otro extremo.

¿A Armando le gustaban los hombres? No, imposible. Había escuchado por ahí que había tenido novia. Pero... ¿y si sí?

Lo pensó. Armando se llevaba bien con todos, era amable, carismático, tenía una personalidad atrapante, además de ser muy talentoso, centrado, guapo, disciplinado, con una risa hermosa, músculos marcados, alto, tenía unos labios muy...

Frenó de golpe, encontrándose con el semáforo en rojo.

Su rostro se sentía caliente y, cuando se vio a sí mismo por el espejo retrovisor, notó sus mejillas ligeramente rosadas.

Era culpa del calor.

Dio un trago a la botella de agua que tenía en el portavasos, le subió un poco al volumen de la música y siguió su camino, esta vez tarareando al ritmo de la canción para intentar no pensar tanto. Su corazón latía descarriado, pero eso era cosa de Mercurio retrógrado y así. Definitivamente no tenía que ver con Armando ni nada de lo que sus padres dijeron.

Quince minutos después, justo a las 6:58, la Ford se detuvo frente a la casa de los González por tercera vez en menos de veinticuatro horas.

Brian se acomodó el cabello, colocó un poco de aromatizante en el auto, tomó otro trago de agua y levantó el teléfono, dispuesto a enviarle un mensaje al otro para hacerle saber que ya estaba ahí.

Sin embargo, eso no hizo falta, pues escuchó un par de golpes ligeros en la ventanilla del copiloto. No necesitó asomarse para saber quién era; simplemente quitó el seguro de la puerta y esperó.

Armando entró a la camioneta con una tranquilidad que en realidad no sentía. Cerró la puerta, giró apenas la cabeza y se permitió admirarlo por un segundo extra.

Sí.

Eso iba a doler, y un chingo más.

Pensó Armando, mientras sonreía con cierta amargura, intentando disimular el desastre que era su mente.

—No manches, cabrón. Neta que sí cambias cuando te bañas.

Brian giró el rostro, dispuesto a responder el comentario mordaz. Pero lo primero que lo recibió fue un respingo en el corazón cuando vio bien al otro.

Contuvo la respiración.

Tal vez no era culpa de Mercurio retrógrado.

Armando traía puesta una sudadera lisa de cuello redondo en tono crema, de corte ligeramente holgado, sobre una playera blanca cuyo cuello se asomaba perfectamente alineado. Lo había combinado con un pantalón negro de corte recto y un par de tenis blancos. En su muñeca llevaba un reloj de correa negra, sin ningún otro tipo de accesorio. Su cabello estaba bien peinado (cortesía de su hermana) y desprendía un leve aroma a loción (también cortesía de su hermana).

Era un conjunto sencillo, casual, pero que extrañamente dejó a Brian procesando por un par de segundos antes de que pudiera poner el motor del auto en marcha.

Armando no estaba mejor. Le sudaban las manos, evitó mirar a Brian un segundo más de lo permitido y sacó su teléfono en cuanto este vibró con un mensaje de Mateo:

«Dale, güey. Vas con todo.»

Armando apagó el teléfono y lo guardó en el bolsillo de su pantalón, notando la mirada de Brian sobre sus manos.

—¿Y eso?

—Era Mateo.

—Oh.

El camino comenzó en silencio, algo completamente extraño entre ellos. Sin embargo, no hicieron amago por intentar corregirlo. Parecían demasiado perdidos en sí mismos.

Pero, cuando estaban cerca del dichoso restaurante, Brian rompió el silencio.

—¿Todo bien con Mateo? —Armando no supo qué decir y se disculpó internamente con Mateo antes de soltar una pequeñísima mentira piadosa.

—Sí, ya sabes. Con el tema de su "prima" y todo, pero todo normal —Brian asintió después de recordar el asunto.

Cuando por fin entraron, ambos quedaron algo sorprendidos por el ambiente del lugar.

Era un sitio de paredes olivo, iluminado por luces cálidas, con varias plantas colgantes que hacían el ambiente sorprendentemente íntimo. La música sonaba en un volumen bajo, moderado, que permitía que el murmullo de las conversaciones se mezclara con naturalidad. Mientras tanto, las mesas cubiertas con manteles blancos terminaban de darle un aire elegante al lugar.

—Se ve... demasiado bien —admitió Brian.

—Muy bien —coincidió Armando.

Parece una cita.

Los dos llegaron exactamente a la misma conclusión al mismo tiempo.

 

⋅ ∙ ∘ ☽ ༓ ☾ ∘ ⋅ ⋅

 

 

Notes:

JURO Y SUPER JURO que quiero escribir un fanfic pequeñito, PEROOOOOOO ADKJDASDSAD siento que estoy escribiendo un slow burn demasiado slow, U KNOOOOOOOW?

De que en el capítulo 100 se toman de la mano, en el 500 se confiesan y en el mil se casan

Yo había planeado esto para ambos:

Hormi sabe que está enamorado de Brian, lo acepta y convive con ello. Es más, más adelante va a intentar tomar la iniciativa para hablar las cositas pq mi nene tiene mucha inteligencia emocional.

Brian por su parte prefiere racionalizar todo. Lo medio sabe, pero le da miedo. Es por eso que cada vez que se le viene el más mínimo pensamiento de amor, se reafirma a sí mismo "somos amigos, muy buenos amigos" DSKJDASLJDSLA. Aún así, de jotear no se salva pq, dah.

Quiero profundizar acerca personalidades que les planteo para el fanfic PORQUE aquí su servilleta los stalkeo y creó todas unas personalidades un poquitoooo alejadas de lo que yo misma he leído en muchos fanfics de estos dos (fanfics hermosos, por cierto, ñomñom gracias por la comida)

EN FIN.