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Language:
Español
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Published:
2026-07-28
Updated:
2026-07-29
Words:
4,013
Chapters:
2/?
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235

Dos mundos, una querencia

Chapter 2: Capitulo 2

Summary:

Ambos chicos llegaron al rancho

Notes:

Si tienen alguna queja o alguna corrección no duden en poner en los comentarios!!

Gracias por los kudos 🫶🫶

Chapter Text

Valen se había levantado antes de que cantara el gallo. Tenía todo preparado para el viaje, el día anterior ya había vaciado toda su pieza. Quería preparar el desayuno para disfrutarlo con sus papás antes de irse, pero su mamá ya se le había adelantado y su papá también.

—Yo quería prepararles el desayuno— se rio tomando asiento y recibió el mate que le cebó el padre.

 

—Bueno amor, quería hacerte un último desayuno antes de que te vayas— respondió su mamá. Guardaba algunos tarros de varios alimentos en una bolsa de viaje. —Quiero que te lleve' esto, es dulce de leche, queso, bastante pan. Me niego a que compres en cualquier lugar—le entregó la bolsa llena de frascos y tarros. Al fondo había verduras de la última cosecha y una conservadora con comida que había preparado su mamá, congelada.

 

—Gracias ma... igual sabe' que puedo venir para acá— se rio mientras dejaba la bolsa cerca de sus otras cosas.

 

—Bueno colo, pero es para que no tengas que venir tanto—

Mientras debatían el tema de la comida, el papá solamente se reía de la situación. Estaba contento con su hijo.

 

Nicolás no había podido dormir. Al final terminó metiéndose en la discusión que tuvieron sus padres. Su mamá no quería de ninguna manera que se fuera sin supervisión y su papá le recriminaba que lo mimaba mucho. Se puso del lado de su padre y le reclamó todo. Todavía podía escuchar los gritos.

—¡No puedes controlarme todo el tiempo mamá! ¡Ya soy grande y estoy harto de todo esto!— había exclamado ya sin paciencia el rubio. Estaba escuchando todo lo que decía su mamá. "¡Él no tiene permitido irse! ¡Yo decidí que nos íbamos a volver a España y se acabó!" —¡No me volveré a España porque yo soy argentino y no quiero trabajar en este club! ¡Quiero trabajar como papá y lo voy a hacer con o sin tu permiso!— y volvió a su habitación enojado. Quería pedirle disculpas a su madre, pero ni siquiera sabía por dónde empezar...

 

—Hijo, ¿ha despertado?— la voz de su madre se escuchó a través de la puerta.

 

—Sí mamá, pasó— se incorporó en su cama. Todavía estaba oscuro afuera, parecía de noche.

 

—Perdón...— dijeron simultáneamente y se miraron fijamente con sorpresa.

 

—Perdón mamá, no tenía que gritarte así ayer— el rubio se disculpó primero, apartando la mirada.

 

—No hijo, discúlpame a mí. He sido muy egoísta: su madre se sentó en su cama. —Es que... tengo miedo de que algo te pase, aquí tienes todas las comodidades y estás seguro conmigo. Somos una familia en un puesto económico muy alto, no veíamos razones para que vayas a trabajar en medio de la nada...—

El rubio no podía apartar la mirada de la ventana.—Pero esto no es por nosotros... es por mí, mamá— soltó mientras se acomodaba de frente a ella. —No quiero depender de nuestro apellido, quiero soltarme del privilegio y ser reconocido por mi trabajo. Quiero ser útil en la sociedad, quiero vivir de esto, tal y como papá lo hizo—se giró hacia su madre. —Déjame hacer esto, déjame vivir de esto... cuando sea el momento me encargaré del club... pero ahora quiero esto.—

Sujetaba con fuerza las manos de su madre, implorando con la mirada.

 

—...No me puedo resistir a tu linda mirada— se rio y le sujetó la cara, estirándole los cachetes. —Vayamos a desayunar, que ya te he preparado tus favoritos, venga.—

Se levantó y se fue de la habitación. Suspenso aliviado. Tenía miedo de marcharse de casa enojado o, peor... ser encadenado y llevado a la fuerza a España.

Un escalofrío le recorrió de la cabeza hasta los pies.

 

 

Mientras su padre le ayudaba a cargar lo último en la albarda de su caballo, su mamá no lo soltaba del abrazo.

—Bueno ma... no me voy a otro país...— el colorado se rio por lo bajo.

 

—Bueno... pero no te vamos a ver en un tiempo hijito, te voy a extraña' muchísimo— presionó más el pequeño cuerpo de su hijo. —¡Vo' no me va' a extrañar!?— exclamó enojada.

 

—Obvio ma, te voy a extrañar muchísimo, te quiero— la abrazó y le dio un beso en el cachete. —Ya me voy, que el viejo se impacienta— se rio y soltó a su madre para ir hacia su caballo y montarlo.

 

—¡Portate bien!— su madre le gritó a lo lejos mientras él la saludaba con la mano.

Hoy iba a ser un día largo...

 

 

Se compadecía de sus caballos. Su mamá había insistido en que se llevara a sus otros dos caballos y no pudo ganar la discusión... intentó verle el lado positivo, podría compartir con este chico.

Ojos acaramelados...

Por alguna razón ese chico había estado rondando por su mente. La única justificación que encontró fue: ¿nunca había visto a un colorado...?

 

Suspiro y terminó de atar sus bolsas al caballo.

Su mamá se despidió como si estuviese por morirse. Le dio muchas cosas para que tuviera todo asegurado en la casa: frazadas y mantas de sobra, toda la ropa que tenía y muchas otras cosas que no sabía con certeza si eran necesarias.

—¡Te voy a extrañar hijito!— le gritó su madre, que parecía estar... ¿llorando? Qué exagerada.

Aunque él también los extrañaría.

 

El viaje con su padre fue divertido. Le dio muchos consejos sobre el trabajo, " No hagas esto... pero haz aquello... no vayas a pelear...

—Y si tenés dudas, le preguntás a tu compañero. No seas tímido, el trabajo en equipo es mejor—se rio dándole unas palmadas en el hombro a su hijo.

 

—Sí papá... igual ni sabemos quién es...—

 

—Bueno, ya lo vamos a conocer, ¿no?— señaló hacia adelante, donde dos personas estaban esperando.

Cuando finalmente se acercaron, sus miradas se encontraron. Verde y marrón, tierra y pasto... algo que combinaba muy bien. Ninguno de los dos dijo una palabra. Nico abrió apenas los ojos al reconocer al colorado de la cantina, mientras Valentín arqueó una ceja, como si recién entendiera por qué ese rubio andaba dando vueltas por el pueblo. Así que él iba a ser su compañero.

 

—¡Pablo!?—

—¡Walter!?—

 

Los dos chicos se miraron con sorpresa y confusión ante las reacciones de sus padres.

—Nosotros trabajamos juntos, ¡qué buenos tiempos!— comenzó el papá de Nico.

—Éramo' jóvene', la edad de ustede'— continuó el viejo Barco. —No creí verte por acá. ¿E' tu hijo? E' igual a la madre.— Se rio.

 

Y mientras esperaban al dueño del rancho, los dos hombres hablaban totalmente encantados. Los dos jóvenes no se atrevían a soltar una palabra entre ellos. Al llegar la hora acordada, el viejo dueño del rancho hizo acto de presencia.

 

—¡Muy buen día muchachos!— saludó alegre mientras llegaba con su caballo. —Al parecer hice buena elección— se rio dichoso mientras miraba a los chicos, que no estaban entendiendo.

Don Juan se acercó, quedando frente a ambos.

 

—Don Juan— se presentó y, antes de que los chicos pudiesen decir sus nombres, el anciano volvió a hablar.

—Barco y Paz— los miraron en ese orden y ambos chicos asintieron en silencio. —Esto es fácil. Mi granja se dedica a la exportació' de lana, huevo' y leche. Ustede' se van a encargar de to' eso— les explicó. —Lo' voy a venir a visitar en do' semana'. Si veo que e'tá to' bien, lo' dejo to' el año.

 

Los chicos intentaban guardar la emoción.

 

—Ustede' se van a encargar de vender. A primera mañana ya segunda tarde viene un camión a buscar la leche. Todo' lo' miércole' tienen que llevar do' cajones de huevo' para acá, al almacén—dirigido en dirección al pueblo. —Y, por último, cada cierto tiempo van a veni' uno' chico'. Uno e' sobrino mío, cura los animale' y to' eso. El otro solo viene a ayudarte.

 

Nicolás ya no podía seguirle el ritmo al señor. Era demasiado temprano y ni siquiera sabía ordenar una vaca. Se estaba poniendo nervioso de solo pensar en tener que pedirle ayuda al colorado. Tenía cara de no tener paciencia y menos con él.

 

—Igual tienen un librito donde dice to'— se rio mirando al rubio.

Luego de toda la charla, el anciano les dio indicaciones, un mapa y mucha confianza de que llegarían solos al rancho.

 

 

Era obvio que Valentín sabía por dónde iba. Tampoco era tan difícil, pero, a juzgar por la cara del rubio, estaba más perdido que chancho en mansión, realmente estaba sintiendo pena por... ni sabía su nombre. Pero realmente le daba cosa hablarle. No por nada, pero se notaba que no era de aquí, algo que quizás le irritaba. Iba a tener que socializar con él, iba a pasar por lo menos dos semanas con el... además de que hacía una hora que no hablaba, no podía quedarse callado tanto tiempo.

 

—Soy Valen... Valentín Barco— se presentó. Quiso sonar amable, pero parecía que lo estaba amenazando.

 

—E... soy Nicolás Paz— vaciló un poco, se había puesto nervioso.

El silencio volvió, acompañado por el golpeteo de los cascos, hasta que el colorado decidió hablar otra vez.

 

—No so' de acá, ¿no?— preguntó sin dudar.

—Soy argentino...— Escupió el rubio.

—Bueno... no parece— respondió brusco.

 

El rubio suspiro.—Nací en España. Mis papás se conocieron ahí, después vinimos para aquí por petición de mi padre, no quería mencionar el club ni los establos.

 

—Mhm... y...— el colorado giró la cabeza en dirección a Nico. —¿Por qué trae' do' caballo' ma'?— ojeó a los otros dos caballos que iban atados y dirigió la mirada hacia los ojos del rubio, entrecerrándolos ligeramente, como si pudiera detectar cualquier mentira que se le ocurriera.

 

Los ojos marrones penetraban su mirada, casi como una amenaza, como si lo estuviese obligando a decir la verdad.

No podía resistirse a esos ojos.

 

—Mi mamá... es dueña del club... de polo... y del establo...— se le caía la cara de la vergüenza. ¿Por qué? Ni él lo sabía.

 

—Mirá vo', so' de plata, ¿eh?— se burló. —Y ¿qué ma' traji'te? ¿Un mayordomo?—No podía evitar bolacearlo, aunque le picaba un poco la curiosidad.

 

—Ey...— hizo un puchero involuntario. Aunque no se sentía afectado, es más, le daba risa.

 

Ya estaban a medio camino. Eran recién las 10 de la mañana. Ambos chicos decidieron hacer una parada para estirar las piernas.

 

Mientras Valentín arreglaba el mate, Nico se fijaba si sus tres caballos estaban cómodos. Claro que estarían cómodos, entrenaba dos veces al día con cada uno. Solo se sintió nervioso de entablar algún tipo de conversación con el colorado.             

Mientras seguía fingiendo estar ocupado, no se había dado cuenta de que el petiso estaba atrás suyo.

 

— ¿Qué buscás? ¿Tene' algo para picar ahí?— se asomó chusmeando.

 

—Ehh...— rebuscó en uno de sus bolsos y sacó una bolsa con bizcochos caseros que hizo una de sus nanas para él. —Tomá— le ofreció la bolsa llena.

 

—¡Eh! ¡Gracias! ¡Estoy cagado de hambre!— casi le arrebata la bolsa de las manos.

 

El viaje se había vuelto un poco más animado. Solo un poco. Ahora el colorado le convidaba mates... amargos y súper calientes, pero eran mates y eran compartidos, lo que lo alegraba un poco.

 

Habían llegado justo a las 12 en punto. Como Valentín se había ofrecido a abrir la tranquera, él se ofreció a cargar las cosas del colorado cuando llegaran a la casa.

Era grande, no más que su casa, cosa que lo aliviaba.

 

Él y el Colo se pusieron a investigar cada habitación. Todo estaba polvoriento, sin rastro de que hubiera estado habitado en bastante tiempo. En la granja parecía estar todo bien. Al parecer el anciano había venido para hacer un último trabajo.

Valentín vio cómo lo que parecía ser una huerta estaba totalmente abandonada. Más tarde se lo plantearía al gallego.

Por lo demás, estaba preciosa. Había muchas vacas, ovejas y gallinas. Todas parecían bien alimentadas, así que hoy no habría trabajo. Mientras miraba el rancho, buscaba la caja eléctrica para subir la térmica de la casa.

Cuando ya se acomodaron y cada uno había elegido su pieza, pactaron limpiar después de almorzar algo. En la cocina había bastante mercadería. Valentín propuso hacer unas milanesas que su mamá le había mandado, prometiendo que eran las mejores. El rubio aceptó e hizo el acompañamiento.

 

Cuando terminaron de almorzar.

—Esas milanesas estaban muy buenas— exhaló satisfecho mientras se levantaba para juntar los platos.

 

—See, mi mamá hace las mejores— acompañó a Nicolás levantando los vasos. —Eh... si quere', andá lavando y yo voy limpiando el comedor— propuso el colorado.

 

—Bueno... yo limpio toda la cocina... si quieres, digo...— dijo con cierta timidez en su voz.

 

—Sí, sí, está bien.—

El rubio le dio una sonrisa como respuesta y no podía parar de pensar que sus ojos tenían el mismo color que el pasto del rancho.

 

Brillante, cómodo y vivo.

Notes:

No entiendo el Word que tiene este teléfono oqjfoqfjbs
Se me separa o se me junta todo ayuda