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COLMILLO

Chapter 15: Calor

Notes:

ADVERTENCIA: El capítulo contiene escenas explícitas, si no eres fanática de esto te recomiendo saltar al siguiente capítulo.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

El sonido de la cerradura electrónica de la habitación 214 del CAR emitió un pitido verde, seguido de un clic seco.

Ya no estaban en el pasillo, ya no había cámaras, ni utileros, ni "Teo" acechando. Estaban solos. Y Brian Gutiérrez llevaba aguantando la respiración desde que Mateo Chávez le había puesto las manos encima a su novio.

Antes de que Armando pudiera siquiera encender la luz principal o quejarse del cansancio del viaje, unas manos heladas lo agarraron por la cintura y los hombros.

El gringo lo giró con una facilidad aterradora y lo estrelló contra la puerta de madera gruesa que acababan de cerrar. El golpe fue sordo, sacándole el aire a Armando.

—¿Qué chingad...? —intentó decir el tapatío.

We need to celebrate —lo cortó Brian. Su voz era ronca, oscura, completamente desprovisto de su habitual tono altanero.

Brian no le dio tiempo de procesar nada. Se le fue encima y lo besó con una posesividad salvaje, luchando por el territorio que le pertenecía. El gringo le abrió la boca a la fuerza, metiendo la lengua con una intensidad que rayaba en lo violento, saboreándolo, tragándose el aliento del humano. El cuarto se llenó de ruidos húmedos, de dientes chocando contra dientes, de lenguas enredándose con una desesperación que delataba toda la frustración que el vampiro había sentido en el pasillo.

Gutiérrez pegó su cadera contra la de Armando, presionándolo contra la puerta, mientras una de sus manos frías se colaba por debajo de la sudadera de la Selección, arañándole el abdomen y subiendo hasta apretarlo. Armando soltó un gemido ahogado en la boca del gringo, respondiendo de inmediato a la fricción.

Pero González sabía reconocer cuando su novio estaba perdiendo los estribos. La fuerza de Brian estaba empezando a dejarle marcas rojas en la cintura, y el recuerdo de la paliza física de aquel día le cruzó por la mente como un rayo.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, Armando empujó los hombros de Brian, logrando separar sus bocas con un jadeo húmedo. Un hilo de saliva unía sus labios antes de romperse.

—¡Es-espérate, Brian! —jadeó Armando, con la respiración acelerada, apoyando ambas manos en su pecho para mantenerlo a raya—. ¡Frena, güey, frena!

Brian lo miró. Se había quitado las gafas oscuras y sus ojos eran dos soles dorados, con los colmillos ya completamente extendidos, rozando su propio labio inferior. El vampiro respiraba agitado, ciego de celos y de deseo.

You're mine, Armando. Mine. —siseó Brian, intentando volver a besarlo, bajando el rostro directo hacia el cuello pálido de Armando, buscando esa vena palpitante que olía a lavanda.

—¡Que no, pendejo! —Armando le puso una mano firme en la frente, deteniéndolo en seco, aunque el roce de los colmillos en su palma lo hizo temblar—. Escúchame bien. Estamos en el pinche CAR. Empezamos los entrenamientos de alto rendimiento mañana a las seis de la mañana. ¡Un dolor de espalda o de cadera como el del otro día no lo voy a soportar aquí! Si me dejas caminando como pingüino, el profe me da de baja del Mundial por lesión. ¡Y ni de pedo me vas a arruinar esto!

Brian gruñó, frustrado, pero la lógica aplastante de Armando logró atravesar la neblina densa de sus celos. Aflojó un milímetro su agarre, aunque no se separó de él.

—Entonces déjame morderte —exigió Brian, con los ojos fijos en el cuello de Armando, tragando saliva. Necesitaba probarlo. Necesitaba borrar cualquier rastro del olor de Mateo Chávez con su propia marca.

—No. En el cuello ni madres —sentenció Armando, cubriéndose la zona con la mano—. La excusa de la avispa mutante no va a colar dos veces. Los doctores de la Selección me van a mandar a urgencias si me ven con otro puto boquete en la yugular.

Brian soltó un bufido de frustración y apretó la mandíbula, listo para replicar, Armando suspiró y extendió su brazo derecho frente al rostro de Brian. Se subió la manga de la sudadera, dejando expuesta la cara interna de su muñeca. Las venas azules resaltaban bajo la piel blanca, latiendo con fuerza.

—Aquí —dijo Armando, mirándolo a los ojos con una mezcla de desafío y entrega—. Date aquí. Mañana me pongo una venda elástica, y digo que me falseé la muñeca cargando la maleta. Nadie me va a cuestionar.

Los ojos de Brian se clavaron en la muñeca ofrecida. El pulso ahí era rápido, errático, delicioso. El vampiro no se lo pensó dos veces.

Agarró el brazo de Armando con ambas manos, acariciando la piel con sus pulgares helados. Lo miró a los ojos una última vez, y sin previo aviso, hundió los colmillos profundamente en la carne suave de la muñeca.

—¡Agh, Brian! —Armando soltó un quejido, apretando los dientes y echando la cabeza hacia atrás contra la puerta.

Brian estaba hambriento y muerto de celos. Succión tras succión, el gringo bebió con desesperación. El sonido de los labios de Brian chupando y lamiendo la sangre caliente llenaba el silencio de la habitación. El sabor de la sangre de Armando era el mejor festín que el vampiro hubiera probado. Brian gruñía suavemente por la nariz cada vez que tragaba, aferrándose al brazo de Armando como si fuera su única fuente de vida, succionando con tanta fuerza que a Armando le temblaron las rodillas por la repentina baja de presión y el subidón de endorfinas le inyectaron directo al torrente sanguíneo.

—Br... Brian... —suspiró Armando, completamente drogado por la mordida, sintiendo que un calor líquido se le acumulaba en el bajo vientre.

El vampiro levantó la vista, con los labios manchados de rojo brillante, lamiendo la herida con la lengua para que comenzara a cicatrizar. El sabor de la sangre y la total sumisión de su novio terminaron por calentarlo.

God, you taste so fucking good —murmuró Brian, relamiéndose, con la voz vibrante.

Soltó la muñeca de Armando, que ya empezaba a mostrar los dos agujeritos característicos, y volvió a acorralarlo. Esta vez, las manos de Brian no fueron violentas, sino cuidadosas, devotas. Bajó por el abdomen de Armando, agarró el dobladillo de la sudadera deportiva y la tiró por encima de la cabeza del tapatío en un solo movimiento fluido, arrojándola al suelo.

Armando jadeó al sentir el frío del aire acondicionado chocar contra su pecho desnudo, pero ese frío no se comparaba con el que emanaba el cuerpo de Brian. El gringo comenzó a besarle el cuello, lamiendo la piel, bajando por la clavícula hasta el centro de su pecho. Al mismo tiempo, la mano derecha de Brian descendió sin pedir permiso, bajando el pants de Armando con un tirón seco.

—Si no te puedo romper la espalda... —susurró Brian contra la piel del pecho de Armando, deslizando su mano por debajo del resorte de su ropa interior, tocando piel caliente y provocando que el canterano se arqueara contra la puerta con un gemido grave—, entonces me voy a encargar de que no puedas pensar en nada más que en mí en toda la noche.

—No… espera, Brian.

Pero antes de que Armando pudiera articular una sola palabra, antes de que sus labios pidieran clemencia, el mundo a su alrededor se volvió gélido. Sintió una ráfaga de aire helado ascender por sus muslos. Y entonces, el contacto.

Los labios de Brian, fríos y suaves, rozaron la punta de su miembro.

La reacción de Armando fue violenta e instintiva. Su columna se arqueó con un chasquido contra la madera dura de la puerta, buscando escapar y, a la vez, entregarse. Su cabeza cayó hacia atrás, golpeando la superficie con un sonido sordo, mientras sus manos volaban a su boca, hundiendo los dedos en sus propias mejillas en un intento desesperado por asfixiar sus gemidos.

Desde abajo, Brian lo observó. Sus ojos hazel, tenían una vista preciosa del rostro de su novio, deleitándose en cada espasmo, en cada rastro de resistencia que se desintegraba. Deslizó sus manos hacia arriba, acariciando y magullando cada centímetro de piel, hasta llegar a sus muslos, y reclamar lo que era suyo. Lo sujetó con la suficiente fuerza para que el sonido de sus palmas chocando con la piel sonará en todo el cuarto.

—Hmg…

Armando cómo pudo apretó más su manos, impidiendo que cualquier sonido vergonzoso escapara, pero la sensación fue tanta que terminó viendo borroso a causa de las lágrimas que comenzaban a formarse, en parte por el dolor, en parte por el placer.

La habitación se llenó del sonido obsceno, húmedo y rítmico, de la lengua de Brian. Succionando con un hambre voraz. A veces se separaba para dejar besos húmedos en por toda lo longitud, para acto volver a meterse todo el pene de su novio a la bosa y chuparlo de forma lenta y tortuosa, hasta dejarlo loco.

Brian tenía una meta clara: iba a reclamar lo que era suyo, iba a tomar cada gota de la energía del tapatío hasta dejarlo dócil y temblando, completamente relajado y listo para lo que vendría mañana.

De repente, los labios del vampiro se separaron. Fue solo un milímetro, apenas un segundo de tregua que le devolvió a Armando un poco de su cordura. Como pudo tomó una bocanada de aire, pero antes de que pudiera exhalar, Brian lamió. Una lamida pausada, lenta y húmeda desde la base hasta la punta.

Armando colapsó mentalmente.

Brian se hundió por completo, tragándoselo de una sola estocada bucal. Las manos de Armando, que volvieron a su boca, se tensaron hasta que los nudillos se volvieron blancos; sintió que la sangre dejaba de fluir por sus piernas, que las rodillas cedían bajo el peso de un placer. En un movimiento reflejo, bajó las manos, no para apartarlo, sino para enredar los dedos con fuerza ciega en el cabello de Brian.

El vampiro soltó un jadeo al sentir el tirón brusco en su cuero cabelludo. Aquello solo encendió más su sed. 

Con las manos de Armando ancladas donde las quería, comenzó un bombeo despiadado, de abajo hacia arriba. Sus labios, inicialmente fríos, comenzaban a calentarse, abrasados por el simple contacto con la piel febril de su novio, creando un contraste térmico que hacía que Armando viera destellos de luz tras sus párpados cerrados.

Armando perdió la noción del tiempo, del espacio y de sí mismo. Hundió más las manos en el cabello de Brian, tirando con violencia cada vez que los labios se alejaban, obligándolo a regresar a la base con una brusquedad posesiva. Su cuerpo ya no le obedecía; inclinaba la cadera hacia adelante, buscando más profundidad y más rapidez. Y sin la barrera de sus manos tapando su boca, sus gemidos inundaron cada rincón de la habitación, rebotando en las paredes.

—Ah… Mgh... mierda, Brian. Siento que...

Los ojos cafés de Armando, nublados por la lujuria y el éxtasis, miraron hacia abajo en un último intento de control. Se toparon con la mirada fija del vampiro. Ya no era aquel hazel, entre el verde y el azul. Sus ojos brillaban en un dorado intenso.

—Brian, no... espera...

Armando trató de jalarlo del pelo para apartarlo, pero fue en vano. Brian, con la fuerza de su naturaleza, ni siquiera se inmutó. Lo dejó clavado contra la puerta, usando su cuerpo como un yunque. Lamió el frenillo de una manera tortuosa, rítmica, y luego lo succionó con fuerza, como si su boca hubiera sido diseñada para ese propósito. Extrañamente, así era.

Armando sintió un choque eléctrico, una sobrecarga sináptica que estalló en la base de su columna y se expandió por toda su espina dorsal. Sus ojos se volvieron blancos, perdiendo la vista por completo. Sus manos se aferraron espasmódicamente a los mechones castaños, tirando sin control, y un gemido, nacido desde el fondo de su garganta, llenó el aire de la habitación. 

Se deshizo.

Liberó toda su espesa y caliente carga dentro de la boca del vampiro en espasmos violentos. Brian no retrocedió ni un solo milímetro; al contrario, succionó con más fuerza durante cada contracción, recibiendo el chorro ardiente sin inmutarse, tragando rítmicamente, hasta la última gota.

Cuando el éxtasis comenzó a disiparse, dejando solo el temblor de su cuerpo, Armando logró recuperar un poco de su conciencia. Su respiración era un desastre, su pecho subía y bajaba frenéticamente. 

Al levantar la vista, vio que su novio se lo había tragado todo.

—¡Brian, no! ¡Escúpelo, ahora mismo!

Pero Brian no hizo caso. Lentamente, se incorporó lentamente. Pasó su dedo pulgar por la comisura de su labio inferior, donde un rastro blanco y espeso arruinaba la perfección de su boca. Miró el dedo, luego a Armando, y con una lentitud deliberada, se llevó el pulgar a la boca, lamiendo el fluido con un chasquido obsceno de sus labios.

Delicious, babe —susurró, su voz sonó más grave de lo usual.

Las mejillas de Armando se coloraron de un rojo hermoso, una mezcla de vergüenza, shock y excitación. Antes de que pudiera abrir la boca para rezongar, para reclamar la locura que acababa de hacer, Brian se movió.

Fue un parpadeo. En un movimiento fluido, Brian lo levantó del suelo como si sus sesiones de entrenamiento no significaran nada. Armando jadeó, envolviendo instintivamente sus piernas debilitadas alrededor de la cintura del vampiro. Gutierrez dio dos pasos y lo dejó caer con delicadeza sobre el colchón de la cama.

Brian se cernió sobre él, atrapándolo entre su cuerpo y el colchón, sus ojos dorados prometiendo cosas maravillosas.

—Okey, babe. —sonrió de medio lado, con los colmillos apenas visibles, adornando su hermoso rostro—. Te haré ver estrellas.

{...}

En la habitación 208, Mateo Chávez intentaba digerir su propia bilis. Estaba sentado en la orilla de una de las dos camas individuales perfectamente tendidas, con la mirada clavada en la alfombra genérica del CAR, repasando la mirada que le había lanzado el gringo en el pasillo.

La habitación de Mateo estaba en silencio, rota solo por el zumbido del aire acondicionado. Bueno, hasta que la puerta se abrió de par en par sin previo aviso, azotándose contra la pared con un ¡ZAZ! ruidoso.

—¡¡Qué onda, mi Tiloncitooooo!! ¡Qué milagroooo! —gritó una voz rota por la pubertad y llena de energía.

Mateo dio un brinco en el colchón, saliendo de su trance. Parado en el marco de la puerta, vistiendo la sudadera oficial de la Selección y con una sonrisa de oreja a oreja, estaba Gilberto Mora. El morrito de diecisiete años de los Xolos de Tijuana no traía maleta, ni mochila, ni nada útil; pero traía una bolsa transparente de papas, completamente ahogadas en una mezcla de salsa Valentina, Tajín, limón y salsa Maggi.

El olor a chile invadió el cuarto instantáneamente. Mora entró sin una pizca de vergüenza, masticando una papa, dejando caer migajas rojas sobre la alfombra limpia.

—¡Mora, hijo de tu madre! ¡Casi me matas del susto, cabrón! —reclamó Mateo, llevándose una mano al pecho, aunque no pudo evitar sonreír un poco al ver su cara de felicidad—. ¿Y tú qué haces aquí, güey? ¿No te tocaba en el piso de arriba?

—¡Ei! Pero vi tu nombre en la lista de la puerta y tenía que venir a verte si o si —respondió Mora, metiéndose otra puñada de papas a la boca—. ¿Cómo está la movida allá en la Eredivisie?

Mateo rodó los ojos, suspirando. Este niño era la promesa del fútbol mexicano, con una visión de juego que daba miedo, pero afuera era más despistado.

—Siempre hace frío, Morita. No se parece en nada a Tijuana —respondió Mateo.

Mora se sentó en la cama vacía, la que Mateo había soñado compartir con Armando, y estiró la bolsa hacia él.

—¡No te rajes, Tilo! Neta que aquí en el CAR la comida está bien de hueva, puro arroz hervido y pechuga de pollo asada —dijo el joven, lamiéndose los dedos llenos de chile.

Mateo agarró una papa con recelo, cuidando de no mancharse el pants. Estaba picosísima, pero deliciosa.

—Oye, Mateo —continuó Mora, con la boca media llena, completamente ajeno al drama amoroso del equipo—, ¿viste cómo quebró el gringo a Isra Reyes en su partido contra el Ame? ¡Neta que juega cabrón el vato de la MLS!

El comentario de Gilberto fue como echarle sal a la herida. Mateo apretó la mandíbula, sintiendo que los celos volvían a subirle por la garganta. ¿Hasta el morrito de Tijuana admiraba al gringo?

—Sí, bueno... juega bien —masculló Mateo, con la voz seca.

—¡Bien es poco, cabrón! —insistió Mora, entusiasmado—. Oye, ¿por qué no? ¿Y sí sí? ¡¿Y si sí ganamos el Mundial con el gringo?! Igual y nos llevamos la primera.

Gilberto siguió hablando de tácticas, de cómo soñaba debutar en el Mundial y de cuánto extrañaba Tijuana, todo mientras seguía devorando las papas con chile y dejando huellas rojas en el colchón. Mateo lo escuchaba a medias, pero la inocencia despistada y el entusiasmo ciego del chamaco por el fútbol, por un momento, lograron distraerlo del dolor que le causaba saber que, tres puertas más allá, Armando y Brian ya estaban celebrando el mundial.

Notes:

Si ya lo han leído en la plataforma naranja se darán cuenta que cambiamos unas cositas *giño*.

Notes:

Mi primera vez publicando en ao3 por si la app con la "W" se quiere poner sensible.
Aquí subirte los capítulos que ya están escritos, al igual que se verán algunos cambios que vea necesarios (solo en la redacción), la historia será la misma.

Pero aquí está la de:

⭕ YouTube

https://youtube.com/playlist?list=PLEs3tVej6Y8M&si=2CE_L-dkn7NfP_q8

Spotify

https://open.spotify.com/playlist/09oklHByHQFCnWW7100Bkw?si=lg6RYjSAQSu8vhJA759ZKg&utm_source=copy-link&pi=3_UfApDsTRqPR