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Sebastian estaba leyendo un manga tranquilamente cuando los golpes desesperados de su primo en la reja lo desconcentraron. Suspiró. Tristemente estaba acostumbrado a eso.
Bajó lentamente las escaleras para abrir la puerta, pero Martín no perdió ni un segundo, prácticamente arrastrándolo dentro de su casa de un tirón a penas la puerta se abrió. No alcanzó ni a acomodarse los lentes cuando el rubio más alto vomitó todo con desesperación.
— ¡Estoy saliendo con Manuel!
El uruguayo lo vió ligeramente fastidiado, preguntándose porqué su primo siempre tenía que hacer un escándalo de todo.
— Felicidades.
— ¿¡Felicidades!? No, Sebas, esto es malo, muy malo.
Martín soltó trágicamente en un solo respiro, sus manos posadas sobre su cabeza en un aire dramático. Sebastian solo se limitó a observar evidentemente confundido, se quedó en silencio un rato.
— … ¿Por qué sería malo?
— ¿Por qué?
Martín lo miró incrédulo.
— Es… Él… Y yo soy… Y él es tan… Tan… ¡Manuel!
Los balbuceos del argentino solo sirvieron para fastidiar más a Sebastian, que frunció el ceño aún más confundido que antes, fulminandolo con la mirada para que se aclarará.
— ¡Porque a mí no me gusta!
El silencio que siguió a esa declaración fue casi sepulcral. Martín se encogió ligeramente en su posición, siempre había acudido a su primo cada vez que algo ocurría en su vida, o más precisamente, cuando se mandaba alguna cagada, y en toda su actitud criticona que conocía de toda la vida, nunca antes lo había visto tan callado.
— … No te gusta.
— ¿No?
— No te gusta…
Sebastian repitió casi disociado. Martín ya se sentía desesperado por su situación y la actitud de su primo solo estaba empeorando sus nervios. Intentó buscar la mirada del rubio claro, intentando buscar algún tipo de respuesta de él que lo hiciera sentir más seguro, en cambio solo observó en vivo y en directo como la cara de Sebastian de repente palideció y lo miró fijamente como un condenado en vida.
—… Yo… Creí que te gustaba Manuel, Martín.
— ¿¿No?? Me gusta Luciano.
— ¿Quién?
— Luciano, de mi club de fútbol… Está en el mismo curso que Ma… Bueno, él…
Pero Sebastian no estaba prestando atención en realidad, se había cubierto la boca nervioso, hundido en sus pensamientos, finalmente juntando las piezas del puzzle, su expresión era severa, cada vez oscureciéndose más en lo que se acercaba a la conclusión.
— No te gusta…
Martín nuevamente dejó de balbucear sin sentidos cuando el de lentes volvió a hablar. No pudo evitar sobresaltarse cuando de repente pareció irritarse y se abalanzó sobre él, levantando el tono de su voz.
— Entonces ¿cómo mierda terminás saliendo con él si a vos no te gusta?
Martín se estaba preguntando lo mismo. Aún podía escuchar la voz del castaño, vocalizando palabras que de él no había imaginado ni en sus sueños más locos.
— Me gustai, Martín… Si quiero estar contigo.
La mente del susodicho había entrado en un cortocircuito mental. No tenía la más mínima idea de qué estaba pasando, una parte de sí mismo aún creía que estaba soñando, pero no importa cuantas veces pestañeara la imagen frente a sus ojos no se desvanecía.
Manuel, rojo hasta las orejas, mirándolo fijamente con una intensidad que solo servía para ponerlo más nervioso. Abrió la boca para casi intentar negar todo, aclarar el malentendido, pero volvió a encontrarse con los ojos castaños del chileno y se le cerró la garganta.
Una risa nerviosa fue todo el sonido que pudo emitir, y casi poseído asintió con la cabeza. Sintió una mezcla de alivio al ver la pesadez en el rostro de Manuel levantarse, porque ante la vista de un Manuel nervioso y vulnerable de una manera que se sentía prohibida de presenciar, Martín simplemente no hallaba el corazón para decir la verdad.
Sebastían lo miró incrédulo por unos largos minutos. Suspiró pesadamente en sus manos, su cuerpo de repente se sentía pesado con la responsabilidad de la cagada que se había mandado su primo.
— Tenés que terminar con él.
Martín respondió con una mueca.
— ¡No es tan fácil!
— Sí, sí es.
— ¡No! ¿Cómo querés que le diga? “Hola, perdón por aceptar ser tu novio, en realidad me confundí de persona y ahora que lo pienso tampoco me gustás”.
— Más o menos.
— ¡Es muy cruel!
— Es igual de cruel darle falsas esperanzas.
Abrió la boca para replicar, pero por casi doceava vez en el día se encontró sin habla. Sebastian tenía razón.
No podía salir con alguien por lástima, lo correcto era la verdad. Pero iba a ser incómodo, muy incómodo. Y si Manuel no lo odiaba antes —aunque resultara que literalmente no lo odiaba, sino lo contrario—, después de esto probablemente sí.
— Mañana.
…
Al día siguiente, Martín llega determinado, o tan determinado como podía estar alguien que casi no había dormido por imaginar distintas formas de terminar con su nuevo novio sin quedar como el mayor hijo de puta del mundo.
La primera hora de clases se le hace eterna, sumido en sus pensamientos, ni siquiera notó cuando sonó el timbre marcando el inicio al receso ni tampoco notó cuando alguien se acercó a su asiento, y solo fue cuando se dignó a levantar la cabeza que se fijó que ese alguien era Manuel.
— Hola.
El castaño estaba sonriendo, ajeno a su sarcasmo y burlas cotidianas, era una sonrisa diminuta y casi tímida, pero fue la aguja que reventó toda su valentía. Esto iba a ser horrible.
De reojo podía mirar a Sebastian que lo miraba fijamente en una mirada que sólo podía interpretarse como amenaza, por su paz mental decidió apartar la mirada volviendo a encontrarse con los ojos del chileno para arrepentirse de inmediato.
Martín devolvió la sonrisa lo mejor que pudo y se levantó de su pupitre.
Salieron del salón juntos para sentarse en una banca un poco alejada del bullicio. Estaban pasando el receso juntos, y por una vez no estaban peleando, lo malo es que eso era mucho más incómodo.
— Qué soleado está el día.
Manuel miró hacia arriba.
— Sí.
— Hace calor.
— Sí.
— Jaja…
Silencio. La tensión podía cortarse con un cuchillo seguramente. Se apresuró a buscar un tema de conversación en su alrededor, algo en común, después de todo, solo empezar la conversación con un “terminamos” le propinaría una bofetada.
— ¿Viste que…?
Martín inició pensando que sobre la marcha se le ocurriría algo, pero su cabeza estaba en blanco, un fenómeno cada vez más común cuando se trataba de Manuel.
— ¿Qué?
— Eh, nada.
— Ah.
Otro silencio, Martín quería tirarse por una ventana y ni siquiera había cerca. Inhaló intentando conseguir las fuerzas de solo acabar con esto, tendría que hacerlo directamente, pero antes de que pudiera organizar sus emociones Manuel habló.
— Y… ¿Ya sabes si vas a ser capitán?
Martín giró la cabeza de inmediato.
— ¿Qué?
— Del club. De fútbol… Escuché que están pensando en cambiar el capitán este año.
Inconscientemente Martín se sintió relajar, su expresión tintándose de entusiasmo.
— Ah, sí. Todavía no es oficial si, pero parece que estoy entre los candidatos.
Manuel sonrió ligeramente, mientras se posisionaba para prestarle más atención.
— Te pega.
— ¿Eh?
— Eres bueno jugando.
Martín esbozó una sonrisa con facilidad, evidentemente complacido, el rubio era débil por los halagos.
— ¿Tú has visto partidos míos?
— Algunos.
— ¿Cuáles?
— Un par.
— ¿Contra quién?
— No me acuerdo.
Martín por primera vez no se vió irritado por la picardía y las respuestas rápidas del castaño, no pudo evitar que se le escaparán unas carcajadas.
— ¿Cómo que no te acordás?
Martín se giró completamente hacia él.
— ¿Entonces qué viste?
La sonrisa del castaño se profundizó, divertido por la reacción del argentino.
— A ti.
Martín se sintió atragantarse con saliva.
— …Ah.
Sintió su rostro calentarse levemente, carraspeó intentando contener una sonrisa sin mucho éxito. Volteó la mirada, intentando cambiar de tema.
— Igual todavía no sé si me van a elegir. Hay otros buenos jugadores.
Ahora fue el turno de Manuel de reír.
— La modestia no te queda.
— ¡Oye! Pero bueno, si es probable que me elijan a mí… ¿Y tú cómo sabes?
— Eres un tema de conversación popular.
Martín parpadeó.
— ¿Sí?
— Para alguien tan creído subestimas bastante tu popularidad.
Martín pudo detectar ese tono burlón al que estaba acostumbrado, pero no halló que se sintiera molesto como de costumbre.
— Yo también creo que te van a elegir.
Y ahora estaba de nuevo ese tono de sinceridad que apenas conocía, y que sin embargo, no fallaba en desarmar completamente a Martín.
— Gracias.
El silencio regresó una tercera vez pero no se sintió tan pesado ni incómodo como las primeras. Martín bajó la mirada hacia sus manos hasta que una duda germinó en su cabeza y, antes de pensárselo demasiado, la soltó.
— ¿Por qué te gusto?
— Qué-
— ¿Por qué te gusto?
Manuel se le quedó mirando fijamente, sus ojos abiertos más que de costumbre en desconcierto. Martín se apresuró a aclarar.
— Digo, siempre peleamos. Nunca lo había imaginado.
El castaño bajó la mirada, pensativo, y antes de que los pensamientos de Martín espiraran en que la había cagado, murmuró lo suficiente alto para que el rubio escuchara.
— Supongo que era igual a ti…
— ¿Cómo?
— Yo tampoco sabía que te gustaba.
— Ah, sí, verdad.
Martín pudo sentir físicamente como se le bajaba el estómago, recordando finalmente qué se suponía que tenía que hacer ahora, pero toda esta conversación solo sirvió para matar aún más su valentía, una parte de él maldició ligeramente a Manuel por elegir ser un ser humano agradable justo ahora.
Su martirio mental no duró mucho cuando la campana volvió a tocar. Permitiéndole volver a su salón y despedirse del castaño. Corrió a su asiento ignorando completamente los ojos expectantes de Sebastian, no podía lidiar con él ahora.
A Martín le hubiera gustado decir que en el resto de la jornada había finalmente puesto un fin a todo el asunto, pero la verdad es que no se había atrevido en ningún momento, no encontraba la situación donde decirlo, y ya era la salida. Podía sentir la mirada de su primo atravesarlo mientras caminaba junto a Manuel.
Finalmente pasó a su lado, empujándolo ligeramente, con una sonrisa adornando su rostro, que si no lo conocías parecía inofensiva, pero como sí lo conocía sabía detectar como una amenaza disfrazada.
Sebastian levantó la mano a modo de despedida y se fue, finalmente dejándolos solos y a Martín con la sensación horrible de que tenía que hacerlo ahora.
Miró a su alrededor, estaban en medio de la calle. Este no era el lugar, había… mucha gente, si, necesitaba ser en un lugar más tranquilo, más digno. Martín respiró profundamente, intentando acumular todo el valor que podía.
— ¿Qué tal si pasamos al parque?
Manuel pareció sorprenderse, sacó su celular para revisar la hora, parecía ligeramente nervioso al verla pero sacudió la cabeza y asintió.
Se desviaron unas calles y llegaron al pequeño parque que se encontraba cerca de la casa de Sebastian y de Martín, él había estado aquí muchas veces y a esta hora siempre estaba más relajado pese a que la cancha estaba siempre llena de niños jugando. Guío hábilmente al castaño a una banca donde sabía que llegaba la sombra y en la que acostumbraba sentarse desde niño.
Durante unos segundos nadie dijo nada, Martín miró sus manos mientras jugueteaba con ellas, ahora era el momento, respiró hondo una vez más pero antes de poder hablar Manuel se le adelantó.
— Me habías preguntado antes…
— ¿Eh? ¿Qué cosa?
— Por qué me gustabas.
— Ah…
Martín sintió físicamente su determinación desinflarse, Manuel parecía nervioso nuevamente, el rubio se apresuró a salvar la situación.
— No tenés que-
— Eri egocéntrico.
Martín se tragó sus palabras.
— ¿Qué?
— Testarudo. Impulsivo. Extremadamente simplón.
— Oye.
Sintió su cara calentarse, su mente trabajando a alta velocidad para devolver los comentarios cuando Manuel sonrió.
— Se pueden ver tus emociones plasmadas en tu cara, eres increíblemente leal a ti mismo, y esa simpleza tuya me parece fascinante.
Manuel lo miró fijamente, y Martín ya no pudo distinguir si el calor en su cara era por el enojo anterior o la vergüenza ahora por la repentina sinceridad del castaño.
— Eris… Alguien brillante, atraes a las personas. Y, en todos tus defectos, eres de las personas más reales que conozco.
Martín no había esperado una respuesta así. Estaba acostumbrado a ser el sujeto de insultos de los labios de Manuel y sin embargo, ahora era el objeto de palabras tan bonitas que lo desestabilizan. Se rascó el cuello nervioso, mirando a otra parte mientras una risa nerviosa se le escapaba.
— Jaja, pensé que era porque era guapo.
Manuel sonrió ligeramente.
— Eso también.
Su rostro se calentó más, el chileno era mucho más lanzado que lo que su corazón estaba preparado. De por sí era débil a los halagos, pero de parte de él se sentían mil veces más demoledores.
De repente se inclinó, levantándose de la banca, mirando nuevamente su celular.
— Ya me tengo que ir, es tarde.
El gesto lo impulsó a mirar su propio teléfono, no consideró que fuera realmente tan tarde, pero se inclinó para levantarse también.
Pero antes de que pudiera ponerse de pie, Manuel se inclinó sobre él. Había depositado un suave y rápido beso en su mejilla, fue un instante tan corto que apenas se sintió un roce. Martín se congeló completamente a mitad de levantarse, observó fijamente a Manuel que se alejó con esa mirada nerviosa y las orejas tan rojas como la tarde anterior.
— Chao.
Martín pudo reconocer que asintió levemente, o quizá agitó su mano, no estaba seguro, se quedó en esa banca congelado una desconocida cantidad de tiempo.
Se llevó una mano a la mejilla donde había sentido los labios del castaño, aunque apenas lo había tocado, podía sentir como quemaba la parte que lo había tocado.
Ya se había ocultado un poco el sol cuando finalmente frunció el ceño.
— Mierda.
Se había olvidado terminar con él.
