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Desde el principio habían empezado a tener ciertos gestos entre ellos, pequeños y simples, los mismos que de a poco fueron evolucionando a lo largo de su relación y se transformaron en unos más sinceros, más significativos.
Cuando tenían una muy mala carrera, ya sea por la mala posición o por haber quedado fuera, si tenían la suerte de cruzarse entre las entrevistas y las obligaciones que tenían, así sea simplemente sus miradas encontrándose por un corto y rápido momento, siempre había una sonrisa que acompañaba ese breve reconocimiento sobre el otro junto a una expresión de disculpa, de lástima por lo sucedido.
A veces Franco alzaba su puño e intentaba animarlo a la distancia, a veces él simplemente rodeaba sus ojos, negaba con la cabeza y hacia un ademán con su mano restándole importancia, lo hecho hecho está, no valía la pena hacerse la cabeza ahora que ya terminó y no se podía cambiar nada.
Esos eran los primeros gestos que habían tenido entre ellos en forma de apoyo silencioso, luego una mirada se transformó en un cruce, una suave palmada en el hombro o espalda, unas palabras cortas de ‘estuviste bien igual’ o ‘a veces pasa’ y seguían sus caminos separados. No eran gestos grandes, eran simples, cortos, pero de todas formas ayudaban a que el peso y los errores de ese día se sientan un poco más ligeros.
La distancia que había entre ellos siguió acortándose cada vez más, palmadas breves en el hombro cuando se cruzaban se transformaron en esta extraña necesidad de detenerse cuando a una o dos de esas palmadas le seguía la sensación de la palma cálida del otro quieta, apoyada por unos segundos más contra el traje ya sea de Alpine o McLaren, silenciosamente preguntando si podían hablar un rato, tanteando las aguas con cautela, temiendo estar sobrepasándose con ese simple gesto.
Palabras que eran por simple cortesía evolucionaron a conversaciones más largas, a frustraciones y quejas que ambos dejaban salir, a hablar mientras caminaban a la par en un intento de buscar algún lugar más privado para seguir la charla tranquilos.
Ambos eran autocríticos, a veces demasiado consigo mismos, por lo que poder soltar y comentar cosas con el otro sobre carreras, calificaciones o decisiones de sus equipos que habían sido frustrantes fue un buen descubrimiento de esta cercanía. Tanto Franco como él ofrecían una mirada más imparcial y fría sobre lo que le pensaba al otro, cómo había salido en todo, también de esta forma era más fácil notar cuando se estaban castigando demasiado por algo.
A veces deseaba que se hubiesen acercado de esta forma antes, en la temporada pasada, pero habían avanzado bastante desde ese entonces. Amigos, confidentes, algo más, la relación que mantenían no se podía definir pero había algo en la forma en que a veces, en esta temporada, se escabullían y buscaban un lugar tranquilo, solitario, donde sentarse uno al lado del otro con la espalda en la pared, ahí charlaban libremente y, de vez en cuando, apoyaban su cabeza en el hombro del otro o entrelazaban sus dedos, era un apoyo silencioso, necesario para ambos, uno del que estaban acostumbrados y sabían que podían buscar en el otro.
Pero había algo curioso en esto, Franco era el que mayormente empezaba el contacto, el que se acercaba firme y decidía qué hacer, aún más cuando tenía una mala carrera, el argentino parecía querer distraerse de cualquier forma posible mientras que él simplemente estaba a su disposición para lo que necesite, siempre.
Por eso, cuando en Monza vio de reojo su estado en la rueda de prensa después de la carrera, se quedó en blanco y no supo qué hacer, cómo reaccionar. Obviamente, ambos debían terminar sus responsabilidades primero, pero cuando encuentren la forma de cruzarse, ¿qué iba a hacer? ¿cómo lo iba a ayudar cuando se veía tan destrozado, decepcionado de sí mismo?
Quizás esto era porque, cuando él se sintió lo suficientemente mal como para llegar a notar, tarde, la forma en la que su vista se volvía borrosa por las lágrimas y como los sonidos de festejos se volvían un simple ruido de fondo mientras que sus manos sostenían el trofeo que se suponía que tenía que hacerlo sentir feliz y satisfecho por su resultado en vez de ese extraño vacío y malestar que había sentido, Franco no había estado ahí, en ese momento todavía no eran lo suficientemente cercanos para cruzarse y tener una charla larga sobre lo que pasó.
En ese momento no eran cercanos, no lo suficiente para escuchar sus palabras de ánimo o sus chistes malos en un intento de sacarle una sonrisa, o las palabras sinceras que le seguían después a estos, ver esa sonrisa gentil. Tampoco eran lo suficiente cercanos para poder sentirse rodeado por esos brazos de forma fuerte, en un intento de hacerlo sentir anclado a tierra, para después sentir unas caricias suaves en su espalda como consuelo.
No lo eran pero de igual forma, a pesar de que su resultado podría considerarse como una buena carrera, ese día cuando se cruzó con el argentino este le dedicó una sonrisa, unas palabras cortas y una palmada en su espalda, y de esta forma su malestar pareció aliviarse un poco, se sintió conforme.
Ahora, ¿cómo podía replicar ese sentimiento con la cercanía que tenían ahora? Más aún cuando el de rulos era el que mayormente iniciaba el contacto físico de apoyo entre ellos mientras que él, bueno, lo seguía.
Primero, tenía que terminar con las tareas que urgentemente exigían su atención, las cuales no podía saltarse si quería encontrar después un hueco para escaparse. Afortunadamente, esto no le tomó mucho porque eran todas de media por lo que simplemente respondía de forma rápida, concisa y pasaba al siguiente, después estaba el debriefing pero podía atrasarlo, meter alguna excusa válida en el medio.
Ahora, conseguir una forma de meterse en Alpine sin que lo detengan o cuestionen, su única idea para poder lograr esto, muy a su pesar, fue mandarle un mensaje a Franco, sin nada más que un simple emoji de un oso de peluche, podía parecer boludo pero ambos sabían qué significaba. Su mensaje no tardo en ser leído, sabía que al argentino lo habían ido a ver varias personas famosas pero también fueron amigos, probablemente quería juntarse con estos lo más rápido posible.
A pesar de ser leído no recibió una respuesta inmediata y estaba bien, así se manejaban con ese emoji, mientras esperaba rodeó el motorhome de Alpine y se quedó esperando detrás de este, todavía no tenía un plan, no sabía qué iba a hacer. El emoji de un ‘check’ llegó y, contra sus propios nervios, abrió la puerta trasera y se aventuró dentro de Alpine, tuvo que esquivar a muy pocas personas para poder llegar a la habitación que le habían asignado a Franco, era pequeña pero suficiente para poder sentarse y… respirar.
Franco estaba sentado, sus hombros se encontraban decaídos, todavía tenía la gorra azul de Alpine puesta por lo que no podía ver sus ojos, menos ahora que parecía querer evitarlo y esconderse más, escuchó como este tomó un bocado de aire por la boca, como después intentó sorber por la nariz y pasó el dorsal de su mano por esta, cansado. Antes de hablar, el argentino aclaró su garganta.— ¿Qué pasó? ¿Qué necesitabas?
Era interesante escuchar eso de alguien que estaba a un paso de colapsar, como si se sintiese seguro de poder ignorar el dolor que sentía para sí consolar al otro si lo pedía. Hasta ahora no sabía qué hacer exactamente, cómo empezar sin soltar las cosas básicas de que le podía pasar a cualquiera, de que tenía que concentrarse en el hecho que había remontado de una forma increíble, antes de entrar se sentía completamente perdido pero ahora lo entendía.
De forma cautelosa se acercó al otro, se detuvo enfrente y decidió ponerse de cuclillas, una de sus manos, insegura de sus propios movimientos, se apoyó en la rodilla del menor para poder mantener su equilibrio mientras que la otra, todavía dudosa también, fue a retirar de a poco la gorra que este tenía dejando a la vista rulos desordenados, ojos y nariz rojos junto a una expresión exhausta, perdida.
Franco fuera de pista era impulsivo e instintivo, siempre iniciaba el contacto físico entre ellos, la mano de este siempre lo buscaba como si fuera una necesidad que tenía que llenar, el toque se mantenía por un tiempo hasta que este sentía la nueva necesidad de que debía explicarse usando sus manos pero incluso cuando pasaba eso, después que terminaba, la mano de este lo buscaba de vuelta.
Él había tenido un problema con esto al principio ya que el argentino siempre lo tomaba desprevenido, además que de por sí no estaba acostumbrado a ser tocado, la mayoría de personas en la grilla prefería mantener el contacto físico limitado o profesional pero Franco siempre tenía que hacer de su orden un caos, el atrevimiento de este era mayor que el respeto y profesionalismo que se suponía que debían tenerse. Aunque estaba bien, porque si Franco hubiese sido como los demás, dudaba que la relación que compartían hubiese pasado más allá de una simple mirada.
Franco necesitaba el contacto, era como su lenguaje de amor, y él, a pesar de no ser un experto en darlo, lo iba a intentar igual.
Esos dos orbes verdes seguían evitándolo, para solucionar esto apoyó su mano en la mejilla de este y vio como pasó de tensarse por un momento a cerrar sus ojos, no tuvo que hablar, a los pocos segundos lágrimas empezaron a acumularse en las pestañas temblorosas del menor, como si estuviese intentando evitar lo inevitable, débilmente, pero al final cada una cayó y se deslizó por su piel.
Usó la que todavía descansaba en la rodilla ajena para entrelazar sus dedos con la mano del otro para sí, gentilmente, guiarlo a abandonar la silla y sentarse en el suelo. Una vez con esta fuera del camino, el castaño mismo se dejo caer con desgano, su espalda golpeando contra la pared de la habitación, todavía tenía los ojos cerrados. Acto seguido se encargo de rodearlo con sus brazos, acercarlo a su pecho y dejar que este esconda el rostro en su hombro, cabe decir que el argentino no le correspondió el abrazo pero sí se relajo y dejo que todo el peso de su cuerpo caiga sobre él.
Y él planeaba quedarse en esta posición por todo el tiempo que Franco necesite, sin necesidad de hablar o de palabras de confort, simplemente estando ahí, sosteniéndolo cuando se sentía incapaz de poder hacerlo por sí solo.
