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Semana nueve.
Los entrenamientos se habían vuelto cada vez más duros para Julián, desde que debía suprimir su olor todo el tiempo para que sus compañeros no lo notaran con parches, la falta de constancia producto de la reducción discreta de ejercicios que Marcelo le había impuesto y, sus culposos permitidos de dulces cada madrugada lo tenían exhausto.
Estaba con una pechera de suplente sentado en la banca, hoy jugaban de local. Le parecía algo injusto el no poder entrar de titular y ser reemplazado en el segundo tiempo, pero su técnico había sido claro. Iba a entrar en las segundas mitades de los partidos porque ahí muchos jugadores ya se encontraban cansados y por ende, habría menos presión sobre él en el campo.
Al minuto 60, fue llamado.
— Álvarez, calentá que ya entras. — el omega no tardó ni un minuto en levantarse, quitarse la pechera de suplencia y empezar los ejercicios de calentamiento.
Gallardo observaba el campo, el juego no estaba agresivo en exceso y asintió para que anunciaran el cambio. Julián ingresó a la cancha después de abrazar a Nacho Fernandez que salía por él, algo nervioso pero con las ansias de siempre de comerse el lugar, de demostrar que estaba ahí por su esfuerzo y talento.
Enseguida comenzó a correr, perseguir la pelota, pasarla, cortar, rematar al arco. Estaban 1-1 con Flamengo y la tensión ya se sentía más fuerte en el aire. Ambos querían ganar y darían todo e incluso más para conseguirlo.
La presión del equipo brasileño aumentó de cara a los últimos quince minutos de partido. Lamentablemente para Julián, tuvo que recordar las palabras de Marcelo.
— Si te presionan demasiado, la pasas, toques cortos. No quiero que te expongas. ¿Quedó claro? —
Soltó un bufido antes de pasar la pelota. Sus toques se volvieron cada vez más cortos, pero no por eso menos precisos. Julián se encargó de que cada pelota llegara a alguno de sus compañeros.
Estaba agitado, sudado y el parche le picaba, pero ignoraba cada cosa por una meta fija: la victoria. Por buena parte de ese segundo tiempo, River manejó la pelota y tuvieron varias oportunidades que no se dieron. El partido estaba reñido.
Hasta que se dio.
Julián estaba solo, abierto de frente al arco. Le hicieron un pase hermoso que recibió como el profesional que era. Pudo avanzar un par de metros y estuvo a nada de patear.
El impacto llegó antes de que pudiera siquiera ser consciente. Un choque del lado derecho y una pierna desde la izquierda entre las suyas lo hizo caer de frente. No fue intencional, quiere creer, pero uno de sus rivales no llegó a frenar después de chocarlo y uno de sus pies dio de lleno entre su estomago y su pecho.
Sus manos actuaron casi por instinto, olvidándose de donde estaba y con quienes, cubriendo su vientre ante cualquier otro posible golpe. El dolor físico se mezcló con la alerta mental que su omega le mandaba casi a los gritos, sintiéndose profundamente perturbado.
Estaba asustado y paralizado, le había dolido y no quería moverse en caso de que fuera peor, en caso de que algo le pasara a su bebé.
Desde el suelo y aún algo aturdido por el golpe, veía a Marcelo gritándole a los médicos que se apuraran en verlo y a los árbitros que iba a hacer un cambio por Julián.
El olor a café amargo llegó a su nariz de golpe, revolviéndole el estómago por la intensidad. Tuvo que soltar su abdomen y llevar una de sus manos contra su boca para cubrirla antes de devolver frente a miles de personas lo que había almorzado más temprano.
— ¿Qué mierda te pasa animal? — la voz enojada de Enzo resonó en sus oídos, por lo que alzó la vista para verlo empujar con furia al jugador que lo había derribado. Se iba a levantar cuando al fin, un médico apareció a su lado a revisarlo.
En voz baja, se dirigió al omega. — ¿Te pegó en el abdomen? — Julián asintió y el mayor, un beta, hizo una mueca de preocupación. — Marce me dijo que te saquemos, hay que revisar que todo esté bien, van a anunciar el cambio. —
Con paciencia, el beta lo ayudó a levantarse y mientras lo dirigía fuera de la cancha, pudo ver al árbitro levantando una tarjeta roja. Estaba perdido, buscó con la vista rápido y vió a su pareja en el momento justo que estampó al extranjero contra el suelo mientras sus compañeros y el réferi intentaban separarlos.
Todo estaba siendo un desastre y una mierda.
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— Por suerte todo está bien Juli, fue un susto nomás. — comentó el mismo médico que lo había sacado del campo al retirar el ecógrafo de su vientre. Recién en ese momento, Julián se permitió respirar tranquilo.
Limpió los restos del gel que se utilizaba para el procedimiento de la ecografía y aprovechó a acariciar su vientre. Dos meses largos y su bebé aún se mantenía escondido en la planitud. No sabía si agradecerle porque gracias a eso podía seguir jugando, o ponerse triste por lo lento que pasaba. Él ya quería que su pancita creciera, hablarle a su bebé y sentir sus respuestas. La certeza de que estaba ahí con él más allá de los latidos que escuchaba cada vez que iba al médico.
Se acomodó la ropa y mientras se sentaba en la camilla, la puerta fue abierta de golpe. Enzo entró agitado, sudado y con el aroma incluso más amargo que antes. Julián arrugó la nariz por un momento, ignorando nuevamente la nausea que le produjo, dejándolo acercarse.
— Mi sol, ¿estas bien? ¿el bebé está bien? — tomó sus mejillas inspeccionandoló con los ojos. Ante el asentimiento del omega, el alfa cayó de rodillas frente a la camilla y se abrazó a su abdomen.
Julián separó apenas las piernas para dejarlo acercarse, entendía perfectamente como el alfa se sentía. Con la mirada, le pidió al médico unos minutos a solas y este, captando enseguida su pedido, salió del consultorio cerrando la puerta detrás de él.
El amargor que antes destilaba enojo puro, se tornó triste en segundos. El agarre en su cintura se afirmó y el cordobés pudo sentir su camiseta mojándose. Enzo estaba llorando y eso le partía el alma.
Sus dedos se enredaron entre su cabello intentando consolarlo, pero no podía calmarlo. Sus hombros se sacudían a medida que cada sollozo salía.
— Nunca en mi vida me había asustado tanto. — confesó escondido en su regazo, con la frente contra su vientre. Una de las manos que estaba en la espalda baja de Julián viajó a su vientre y lo acarició con la mayor delicadeza que podía brindarle, como si fuese del vidrio más fino y delicado del mundo que al mínimo toque se partiría en pedazos. — Cuando te vi en el suelo casi me muero. Lo tendría que haber cagado más a trompadas. —
Un dejo de rencor se escuchó en su voz y Julián buscó su rostro. Le costó poder separarlo de su abdomen para que lo mirara, pero después de algunos intentos tuvo éxito.
— No fue a propósito, Enzo, son cosas que pasan en este deporte y que le podría haber ocurrido a cualquiera. — intentó calmarlo. Julián había estado sumamente asustado pero no iba a confesarle eso, no ahora que aumentaría el enojo del alfa contra el jugador extranjero. — No podes irte a las manos con todo el que me choque, gordo. Te van a vivir expulsando. Te sacaron una roja, ¿sabes lo que te va a re cagar a pedo Gallardo? —
El omega estaba preocupado por la represalia que el técnico fuera a tener con su pareja, pero a este poco parecía importarle.
— Ponele que no fue a propósito, pero si fue de mala leche. Te trabaron Julián, eso no pasa sin querer y lo sabes. — el ceño del morocho volvió a fruncirse al recordar a la par que limpiaba sus mejillas, eliminando las lagrimas. — Encima solo le dieron una advertencia, ¿podes creer? Te pudo hacer mierda una pierna y lastimar a nuestro bebé y solo una advertencia. Son unos hijos de puta. — dice volviendo a enterrar la cabeza en su abdomen. Olisquea, buscando el aroma dulzón de leche y galletitas de su pareja, encontrando la misma nada.
Gruñe por lo bajo al recordar que, estando en el club, Julián tenía que usar parches. En su lugar, buscó otra alternativa para calmarse. Repartir besos en el vientre del omega mientras lo acariciaba.
— Vos no te preocupes porotito, que papá va a estar acá y te va a cuidar de cualquier cosa siempre. — le habló, apoyando la mejilla en el muslo de Julian.
El omega volvió a acariciar su cabello y le dedica una pequeña sonrisa tímida. Su corazón y su omega interno se sentían calientitos cada vez que el alfa le hablaba a su cachorro. Algo que empezaba a pasar más seguido y lo embriagaba de ternura.
Enzo buscó a tientas el parche de Julián, observando al menor desde abajo, pidiendo permiso para retirarlo. Su alfa necesitaba olerlo, estar cien por ciento seguro de que su compañero estaba bien al igual que su cachorro. Con el asentimiento de Julián, lo retiró con cuidado para no lastimarlo.
Enzo no podía resistirse jamás al pucherito tierno de Julián, y el omega jamás se resistía a la mirada suplicante de su alfa.
— No me importan las sanciones, ni los retos de Gallardo, ni un carajo. Si les pasa algo yo me muero, Juli. — habló con honestidad el alfa, más relajado por las caricias de su pareja y ese aroma característico que Enzo comenzó a amar desde el primer momento que lo sintió.
— Mirá vos que no te importa, mejor, porque vamos a hablar seriamente en el vestuario. Mové el culo Fernández, vos también vení Juli. — se escuchó la voz del técnico en la puerta. Estaban tan encerrados en la burbuja de su intimidad que jamas escucharon la puerta abrirse, ni sintieron la presencia del mayor.
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Habían perdido. Después de que Julián se fue de la cancha y Enzo había sido expulsado, River intentó mantenerse fuerte pero fueron duramente aplastados por la desventaja de un jugador menos. El resultado fue Flamengo 2, River 1. En su cancha, con su gente. Qué vergüenza.
— Lo de esta noche fue impresentable, no hay lugar para que pase algo como esto otra vez. — hablaba el técnico frente a todos sus jugadores.
El vestuario, a diferencia de otras veces, parecía un velorio. Nadie reía, nadie cantaba a los gritos. La derrota los había afectado.
— Vos no te podes cagar a trompadas con un jugador a diez minutos de que se termine el partido, Fernández. Te expulsaron y están pensando sancionarte por andá a saber cuantas fechas por comportamiento anti deportivo. —
Enzo mantuvo la frente en alto, recibiendo el reto. Sabía que se había mandado una cagada y que, probablemente algunos de sus compañeros estaban enojados con él porque su expulsión desencadenó el desarme del equipo y por ende, la derrota. Se sentía un poco culpable, pero arrepentirse jamás.
— Su actitud fue una cagada sí, pero defendió a uno de los nuestros. No nos podemos quedar callados si fajan a uno del plantel como le pegaron al Juli. — salió el otro Enzo del equipo a respaldarlo. Enzo Perez, ojalá seas eterno, pensaba el alfa.
— Pueden defender, gritarse un poco, insultarse ponele. Este tarado le pegó una revolcada por el piso que es innombrable. — respondió Gallardo, más enojado al parecer al recordar lo acontecido.
— Como podes esperar que no lo haga cagar si casi hace mierda a mi omega embarazado Marcelo dejate de joder. —
Silencio.
Absoluto silencio en el vestuario.
Marcelo no tardó en darse un golpe en la frente, mientras que Julián, que había estado en silencio parado a su lado, sintió las miradas de todos sus compañeros encima. El calor subió por su cuello hasta hacer arder su rostro que estaba seguro, estaba encendido en un rojo que competía con los colores del club.
El omega miró a Enzo, y este le devolvió la mirada, como si no entendiera.
Hasta que entendió.
Había hablado de más por la calentura. Su lengua actuó antes que su mente y ahora todos y cada uno de sus compañeros y miembros del cuerpo técnico sabían que estaban juntos. Juntos y preñados.
— Si los hace sentir mejor.. ya nos habíamos dado cuenta que estaban juntos igual. No son tan discretos que digamos. — dijo el cachete Montiel para hacer más ligero el ambiente.
Sus compañeros mayores rieron dándole la razón.
— Estábamos esperando que ustedes tengan la confianza de decirlo nomás. — esta vez la voz que llenó el vestuario fue el capitán.
Julián cubrió su rostro con vergüenza y Enzo se mordió el labio con fuerza, asintiendo, aceptando las burlas de sus compañeros.
— Así que un bebé, ¿eh? Los pendejos no pierden el tiempo. — Enzo Perez se les cagó de risa, acercándose a Julián para acariciarle el pelo y pasarle un brazo por los hombros. — Felicidades a ambos loco, vamos a tener un millonario mini por los pasillos en algún momento. —
A sus felicitaciones le siguieron los demás jugadores, dejando el amargor y el enojo por la derrota atrás. Ahora al menos tenían algo que festejar.
— No les quiero cortar la jodita, pero más vale que no se repita. Ahora los que se tengan que bañar háganlo, hay un olor a culo impresionante acá. — dijo Gallardo, totalmente rendido porque sabía que con la nueva noticia del bebé millonario, ninguno iba a darle ni pelota.
— Si es nene ponganle Enzo jr — se escuchó un grito. Julián no pudo ni reconocer de quién fue. Estaba contento, se sentía libre. Ahora que el plantel sabía que estaba esperando un bebé, tenía un peso menos encima. Todo iba a estar mejor ahora que podía ser él mismo en su segunda casa, el club.
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Que equivocado había estado. ¿Todo iba a estar mejor? Los quería cagar matando a todos. Por insoportables.
"¿Juli queres agua?" "Juli hace mucho calor, no corras tanto que te puede hacer mal" "Juli te tropezaste, ¿es un mareo del embarazo?" "¿Juli queres descansar?"
Le iba a encajar los tapones de acero de los botines en la frente al próximo que le pregunte una pelotudez de ese estilo.
— Juli, ¿querés sentarte un rato en la sombrita? Estás agitado. — con su mayor cara de culo, Julián se voltea a responder con la peor de las ondas. La mirada dulce de Enzo lo detiene, haciéndolo suspirar y contar internamente hasta diez antes de responder.
— Estoy perfectamente, obviamente estoy agitado si estamos corriendo culiadazo. No necesito sentarme. — aclara con ya nula paciencia. El alfa asiente y se inclina a dejar un besito en su frente al verlo frustrado, antes de apartarse unos pasos para dejarlo seguir con sus entrenamientos. Aunque no tanto, manteniéndose en el radar por si el omega llegaba a necesitarlo.
— Juli leí que los embarazados tienen que alimentarse bien, ¿querés una barrita? —
El omega blanqueó los ojos. Iba a terminar matando a alguien.
