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Español
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Anónimo
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Published:
2026-09-15
Updated:
2026-09-22
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5,977
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2/3
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En mi piel

Chapter 2: Sergio

Notes:

Advertencias: soy latina así que me disculpo si Sergio no suena muy sevillano ;-;
Referencias a Sernando también

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

1989.

Sergio sigue con la mirada los movimientos del doctor, acompañados con la voz de su madre explicando la situación. 

«Empezó hace poco.»

«Dice que no duele».

«Tampoco pican».

Sergio asiente cuando el médico repite sus síntomas y niega con la cabeza cuando insinúa otros.

No, las marcas rojas que aparecen en su cuerpo no pican, ni duelen. Solo están allí y Sergio disfruta encerrándolas con marcador hasta que su madre se da cuenta y lo regaña a la par que lo mete a la bañera. 

Sergio observa sus zapatillas, sucias por todos los charcos en los que decidió saltar pese a los gritos de su madre. ¿Para qué es la lluvia si no para crear charcos, mamá?

—No hay nada de qué preocuparse realmente —dice el médico, un hombre viejo y arrugado—. Son marcas de alma gemela.

Sergio da un saltito de sorpresa cuando escucha a su madre gritar. Es un grito ahogado, raro, algo que le ha escuchado en pocas ocasiones. Su primera reacción es abrazar a su madre, pero ella es más rápida.

—Ay, mi bebé —pronuncia ella, besando la coronilla de Sergio con intensidad—. Todo va a estar bien. 

Pero su voz no suena tranquilizadora, como cuando intenta calmarlo en las noches de tormenta.

La visita termina luego de una breve charla en la cual el médico explica con palabras complicadas algo que su madre, afortunadamente, le resume con simpleza una vez salen de la clínica tomados de la mano.

—En algún lugar del mundo, donde termina el arcoiris, hay una personita que nació solo para conocerte y quererte con todo su corazón. —Su voz es suave, agradable, nada comparado al grito en la clínica—. Por eso Dios te dio esas marcas, hijo, para que puedas encontrarlas.

Sergio levanta la mirada hacia su madre, con una sonrisa que lleva algo además de alegría. Ella se lo cuenta como si fuera algo increíble, pero él puede notar que hay algo raro. Su atención se concentra en el arcoiris trás ella.

—¿Tu también tienes un alma gemela?

Su madre lo lleva a comer helado en pleno invierno. 

Solo responde la pregunta cuando ya lo tiene arropado en la cama esa noche: ni ella, ni papá, ni sus abuelos tienen un alma gemela; Sergio es su pequeño milagro.


1995.

La maestra ha salido con unos de sus compañeros debido a una «emergencia», así que son solo ellos en el salón.

—Se te ha puesto la nariz roja, Sergio —señala uno de los chicos de su salón, interrumpiendo a Sergio—. ¡Es muy roja! ¿Va a sangrar?

Instintivamente, Sergio deslizó ambas manos hacia su nariz, cubriéndola. Sus dedos tocan con cuidado la piel, sólo para descubrir que no hay dolor. Al menos por su parte.

—Claro que no, imbécil —interfiere uno de sus amigos, poniendo ambas manos sobre los hombros de Sergio en un exagerado gesto de protección—. Mira el color, es una marca de alma gemela.

Las últimas palabras son prácticamente vociferadas y el resultado no se hace esperar: varios niños corren desde sus lugares al de Sergio, con ojos bien abiertos y cargados de curiosidad. La verdad, Sergio es el único chico de su salón en tener un alma gemela. Lo hace sentirse orgulloso y vanidoso en partes iguales.

Él es único y especial. Al otro lado del arcoiris hay alguien esperando conocerlo y Sergio sonríe como tonto pensando en eso. Cielos, un mejor amigo que lo acompañará en las buenas y en las malas y Sergio ya lo tiene solo porque Dios así lo quiso.

Las preguntas comunes empiezan a llegar, esas que Sergio ha respondido cientos de veces, pero que pareciera que sus compañeros jamás llegan a procesar. O quizá lo hacen, pero disfrutan del simple hecho de preguntar.

«¿Te duele?» No, no le duele.

«¿Te pica?» No, que no pica. ¡Ya lo ha dicho antes!

«¿Duran para siempre?»

—Uuuh, depende —dice Sergio, llevándose una mano hacia el mentón porque quiere verse como todo un pensador—. Duran lo mismo que la herida de mi alma gemela. ¿Va? A menos que le deje una cicatriz profunda, no va a durar. Mira como esta cicatriz en mi rodilla…

La chica que hizo la pregunta (y tres chicos más) se inclinan para ver la rodilla de Sergio, quien ha puesto su pierna sobre el pupitre 

—Mi alma gemela debe tener una mancha justo aquí —indica Sergio, presionando su dedo índice sobre su cicatriz—, pero en su propia pierna. 

—¿Y de qué color son sus marcas? ¿O lo sabrás cuando la conozcas?

Esa es la pregunta que siempre le da coraje y parece que la pregunta a propósito para arruinarle el ánimo. 

—No lo sé —responde Sergio de mala gana bajando su rodilla del pupitre cuando escucha la voz de la maestra anunciándose en el salón, ordenando a todos que regresen a sus lugares.

No sabe de qué color son las marcas de su alma gemela y no sabe cuándo va a conocerla. O si es que algún día va a conocerla. Y es que luego de una semana completa de Sergio pidiéndole a sus padres que lo llevaran al final del arcoiris, ellos lo sentaron para darle «la charla», sobre que existía la posibilidad de que él jamás conociera a su alma gemela. Claro que Sergio se tragó la explicación y las excusas para aplacar a sus padres.

¡Ja!

Lo que ellos no saben es que Sergio Ramos no se da por vencido y ya tiene un plan perfecto: seguir jugando fútbol, volverse famoso, volverse millonario y usar todo eso para dar con su persona especial que nació solo para él. ¿Simple, verdad?

Quién sabe, quizá sus marcas sean moradas, como el color favorito de Sergio.

(Aunque debe admitir, siempre le duele el corazón cuando piensa en que su alma gemela se ha lastimado. Marcas como moretones… ah, quizá no es tan bello.)


2000.

Su padre decía que en ciertas ocasiones, la línea entre impulsividad y pasión es realmente delgada, y que con catorce años, Sergio ya debería reconocer esa línea para no cruzarla. Después de todo, puede utilizar su  pasión para alcanzar sus sueños, para empujar sus propios límites cada vez más lejos y transformarse en alguien mejor, en esa persona que él quiere ser. Claro, que para eso tiene que mentalizarse bien, tener claridad de qué acciones ejecutar para obtener el resultado deseado.

(Véase su plan perfecto para darse a conocer internacionalmente y encontrar a su alma gemela).

¿Pero qué es la pasión sin un plan? ¿Sin detenerte a pensar en qué es lo que quieres lograr? Y es que cuando su conciencia (o su padre) no estaban para disciplinarlo, el resultado acababa en pura y caótica impulsividad, con consecuencias que terminan siendo aún más grandes de las que él pudo imaginar. O peor, consecuencias que ni siquiera pudo llegar a imaginar porque, recuerda, no se detuvo a pensar.

Verás, demostrar que tan lejos estaba dispuesto a llegar por el fútbol y lo mucho que amaba el balón, era un sentimiento que acompaña su pasión por el deporte, por la cancha, por el césped raspando las rodillas, los pulmones en llamas y la garganta destrozada luego de conseguir un gol.

En cambio… ¿El tatuaje? Ah, eso fue pura impulsividad.

A Sergio siempre le han gustado los tatuajes. ¿De acuerdo? El concepto de que algo quede grabado en tu piel para que todo el mundo lo vea, se grabó en su mente y corazón desde que supo que tenía un alma gemela, volviéndose este tipo de obsesión. Contando los días hasta que pudiera marcar con tinta su piel y crear algo que lo uniera con su alma gemela de manera inequívoca. 

Sergio quería enviarle un mensaje, uno que también fuera esta pista, este mapa del tesoro con la X bajo un tatuaje, algo que les dejara saber que la persona cargando el mismo tatuaje es tu alma gemela. Sí, quizá era algo que debía pensar con mayor detenimiento, pero cuando uno de los chicos de su club insinuó que su hermano mayor había aprendido a hacer tatuajes y le ofreció uno si anotaba cierta cantidad de goles… Tener un tatuaje a los catorce años era una oportunidad de uno en un millón, así que Sergio no lo pensó más.

Horas más tarde, en su casa, recibiendo la reprimenda de su vida por su padre, consideró que sí debió pensarlo más.

—¡Y además está horrible! —añade su padre, como si fuera la cereza sobre el pastel—. Tienes catorce años, Sergio, por el amor de Dios. ¿En qué estabas pensando?

Su padre tiene el rostro rojo y Sergio jura que le han salido más cabellos blancos durante esta discusión. Sergio está de brazos cruzados en el sofá, recargándose contra este aunque su espalda duele. No responde ninguna palabra, sabe que lo que sea que diga va a añadir leña al fuego. 

Y aún así, la lengua de Sergio funciona antes que su cerebro.

—Porque necesita saber que me gusta jugar fútbol. —Nada más que la pura y santa verdad—. No puede no saberlo, no puede.

Si su alma gemela no sintoniza un partido de fútbol. ¿Cómo llegaron a conocerse? Todo es parte de su plan.

—¿Y si le gustan los caballos en vez del fútbol? —responde su madre, entrando a la habitación, con una extensión de que lo ha escuchado todo—. ¿Y si le gusta ver carreras en vez de fútbol? ¿Crees que el tatuaje le hará feliz?

Solo entonces, Sergio recuerda el aspecto más importante de tener un alma gemela: tu piel ya no es solo tuya.


2005.

Una tarde, una amiga de Mirita los visitó para cenar. La mirada de Sergio cayó sobre el intrincado diseño que decoraba su mano derecha. Fue así como descubrió lo que sería la henna, su mayor aliada en los años venideros.

Sergio ama los tatuajes, sin embargo, su corazón se hace un nudo cuando piensa en hacer algo sin considerar la opinión de la otra persona que tendrá que llevarlos. Y es que sí, no a todas las personas les gustan los tatuajes. Además de haber muchos trabajos donde directamente te discriminan por tener tatuajes visibles. Si bien Sergio siempre ha tenido esta sensación de que su alma gemela también juega al fútbol, no quiere arriesgar el futuro laboral de su alma gemela. Esté dónde esté, haga lo que haga, Sergio la quiere lo suficiente para desearle lo mejor, se conozcan o no. 

A veces le entran dudas. ¿Y si su alma gemela no es una buena persona? Las dudas comenzaron un par de años atrás, cuando su lóbulo frontal se desarrolló lo suficientemente como para reconocer que es un ser humano completamente diferente de él y que esas cosas pueden pasar. La misma sombra de preocupación que ha atormentado a su madre durante tantos años. Ah, bueno. Uno siempre puede decidir al final, pero para eso Sergio tiene que conocer sus opciones.

(Hay opciones que no implican marcas y que aún así son hermosas.)

Así que deja el duende, nada más que cubierto con un parche. No es tan grande afortunadamente y si todo sale bien, quizá pueda cubrirlo oficialmente con otro tatuaje. El tiempo dirá. Mientras tanto, Sergio se ha perfeccionado en el arte de la henna. Sí, en un inicio gastaba una cantidad estúpida de su sueldo en conseguir una artista de confianza que retocara el tatuaje con trazos limpios y pulso de relojería, para que todo quedara perfecto cada vez. Pero con el paso del tiempo, se dio cuenta de que si le ponía las suficientes ganas, era algo que él también podía hacer.

Le ayuda a centrar su mente también, un tipo de meditación podría decirse. Repasar las líneas intrincadas que él mismo diseña. A veces en su muñeca, a veces en sus costados. En su hombro es más difícil, así que allí si necesita un poco de ayuda si es que anda en un apuro. 

Afortunadamente, esta noche no está en un apuro, pero si es importante que haga su trabajo artístico sea impecable: pasado mañana será presentado oficialmente como parte del Real Madrid. Tan solo pensarlo hace que se le acelere el pulso y una sonrisa boba se apodere de sus labios. Es el segundo equipo por el cual todos los niños españoles quieren jugar algún día.


2010.

—¿Crees que también cambian de color por dentro? 

Sergio abre uno de sus ojos de manera perezosa. Nadie puede tolerar más de veinte horas de celebración sin querer pegarse un tiro en la cabeza. Pero cuando Nando lo mira de esa manera, Sergio siente que el sufrimiento que acompaña la alegría, no duele tanto.

—¿Qué? —pregunta Sergio, voz ronca luego de la mejor celebración de la pura vida. Su cerebro sigue medio derretido, ¿de acuerdo?

Fernando suelta una risa nasal, encantadora, mientras cierra los ojos. Ah, pero qué bonitas pecas tiene. Cómo le gustaría que le pertenecieran.

—Las marcas, idiota —responde Fernando y Sergio le escucha la risa preciosa en los labios—. Pienso en lesiones internas, si estas cambian de color también. ¿Entiendes?

Ya sabes la respuesta, Sergio quiere decirle. Porque esta no es la primera noche que hablan sobre las marcas. Sergio recuerda con claridad la primera vez que Fernando sujetó su muñeca, inspeccionó su tatuaje de henna y luego soltó un casual: ¿cuándo uno de verdad?

En ese momento, Sergio ya sabía que Fernando le gustaba desde los dedos de los pies hasta el último cabello de su cabeza. Así que le enseñó como se hacía los tatuajes y le enseñó cada marca de color rojo que no le pertenecía a él. Le enseñó hasta el horrible tatuaje de duende que cubre religiosamente. En ese momento, Fernando las inspeccionó, sus marcas, con una inocencia fingida, antes de depositar un beso en el dorso de su muñeca. ¿Y no hay recuerdos sobre mí? Le preguntó y Sergio le quiso dar el mundo.

Fernando tenía marcas verdes sobre su piel, mientras que Sergio tenía rojas: ninguna era el reflejo de la otra.

—Idiota tú, si crees que no me doy cuenta de lo mucho que quieres tocarme. —Se burla Sergio, quien le revuelve el cabello, tratando de hacerse pequeño en la cama de su amigo, de su antiguo amante. De una boca familiar cada vez que Fernando tiene sus quiebres con su amor de infancia, la mujer a la que no puede dejar y Sergio, tienes que entender, ella es mi alma gemela.

Porque Fernando y Olalla son almas gemelas, algo que Sergio debería entender mejor que nadie. Y sí, debería ser más fácil, pero no lo es. Durante cuatro años, Sergio ha querido pedirle que ya, que se rinda, que a veces las marcas gemelas no funcionan así y que no deben dictaminar el futuro. Que a fin de cuentas, el corazón es el que manda. Pero Fernando es terco y Sergio un hipócrita. ¿Quién es él para decirle a Nando que las marcas no importan cuando se pasó todo el mundial pasado comparando sus marcas solo para ver si alguna coincidía? Porque sonaba perfecto, eh, que Nando fuera su alma gemela. Como salido de una puta película.

—Imbécil —murmura Fernando, antes de reírse contra su cuello y su cuerpo está tan cerca y se siente tan caliente. Pero la línea no se cruza, no esta noche al menos.

Sí, realmente hubo un tiempo, en que Sergio hubiera deseado que Nando fuera la persona esperándolo al final del arcoiris.

Pero ya lo dijo en el mundial pasado: «si ganamos la copa, terminamos esto, o esto vas a hacerme mierda la cabeza».

En fin. Sergio espera defender el título en el próximo mundial con la cabeza intacta.

Notes:

Muchas gracias por leer y a toda la gente que votó en el primer capítulo :) Son muy amables!
Mientras yo sigo siendo consumida por este mundo (se puso a ver el primer partido del mundial donde jugaron los Lukamos en el trabajo).

Notes:

¡Muchas gracias por leer y por los kudos! Por favor, comentarme si es que les gustó, se agradece mucho saber que no estoy hablando con el vacío <3 ;v;
Si el fic no flopea lo promuevo en twt a ver si encuentro moots <'3

 

P.d.: cuando investigaba para el fic, descubrí el Baledric, así que próximamente escribiré de ellos también