Chapter Text
Shinichiro Sano era un alfa sin filtros.
Había criado solo a tres omegas después de que el bueno para nada de su padre abandonara a dos de ellos frente a su casa y dejara al tercero — Izana — en Manila abandonado en un orfanato.
Shinichiro había cruzado medio mundo para traerlo a Japón, con el dinero justo y una determinación que nadie más tendría a una corta edad como la del alfa.
Desde entonces, su vida había girado en torno a protegerlos, alimentarlos y asegurarse de que ninguno terminara en problemas que él no pudiera solucionar. Trabajaba en su taller de motos desde el amanecer, las manos siempre manchadas de grasa con el olor a metal y aceite impregnado en su ropa. Drake era su mano derecha, era el alfa de Emma y mejor amigo de Mikey, trabajaba ciertos días en el taller, arreglaban motores, discutían sobre piezas y, de vez en cuando, compartían una cerveza al final de un día agotador.
Pero Shinichiro no solo arreglaba motos; había visto crecer a tres omegas, había visto sus primeros celos, sus primeras crisis de feromonas, sus primeras confusiones sobre su cuerpo y la forma en que funcionaban siendo omegas, muy distintos al alfa que era Shinichiro.
Y el alfa, como no quería que ninguno de ellos saliera lastimado, se había tomado la tarea de investigar. Había leído libros, preguntado a médicos, memorizó síntomas de enfermedades de transmisión sexual como si fueran piezas de una motocicleta y era serio cuando se trataba de proteger a su familia, su pequeña manada de omegas. Demasiado serio, pero completamente sin filtro y vergüenza.
Por eso, cuando la facultad pidió apoyo de algún familiar de un estudiante que diera la clase de educación sexual para saber qué tan informados estaban los padres, Shinichiro apareció sin avisar.
La clase se impartiría en la cancha de básquetbol cubierta, dentro del edificio de deportes.
El lugar olía a madera barnizada, a pelotas de goma y un poco a sudor que había quedado del último entrenamiento del equipo de baloncesto y las gradas de metal estaban llenas de estudiantes de diferentes años: alfas, omegas y betas mezclados, cuchicheando, riéndose, abanicándose con cuadernos porque el aire acondicionado apenas funcionaba ahí y en medio de tanta gente, el calor se sentía aún más denso.
Mikey y Takemichi estaban sentados juntos en la tercera fila. El omega de cabello rubio tenía una pierna cruzada sobre la otra y jugueteaba con los dedos de su alfa mientras que Takemichi, todavía un poco cansado por los horarios pesados que tenía, se mantenía relajado a su lado, dejándose tocar por el omega, Emma se limaba las uñas con expresión aburrida y más allá, el grupo de omegas ocupaba el resto de la banca: Chifuyu discutía en voz baja con Inui sobre una tarea que no entendía, los gemelos Kawata compartían unos auriculares con música baja y Sanzu se quejaba en voz alta.
— Te bebiste mi jugo verde, Matsuno, era mío y lo necesitaba para bajar de peso, es parte de mi dieta.
— Estaba caliente y sabía a pasto — respondió Chifuyu sin mirarlo —. Además, ya estás muy flaco, te hice un favor.
— Te voy a matar.
Las bancas estaban a rebosar de estudiantes cuando la coordinadora entró, era una mujer de mediana edad, una beta calmada y con voz profesional que le había adjudicado los años que llevaba en la institución.
Dio dos palmadas secas para llamar la atención de los alumnos y cuando todos estuvieron en silencio, habló.
— Bueno, chicos, como sabrán, el día de hoy vendrá un padre de familia a darnos la clase de manera voluntaria, ya que estamos en medio de una evaluación para saber qué tan prevenidos están desde casa. Sean buenos, presten atención y por favor, no hagan preguntas… demasiado específicas hasta el final.
Los estudiantes cuchichearon de inmediato. ¿Quién sería? ¿El padre de algún alfa popular? ¿La madre de alguna omega del equipo de porristas? Las bromas empezaron a volar entre filas, alguien soltó un “seguro es el papá de Kokonoi” y varios se rieron mientras el alfa los miraba mal. Inui se rió y cuando Koko lo miró, cerró la boca de golpe volviendo la vista al frente.
Entonces Shinichiro entró.
No llamó a la puerta y no esperó a que lo anunciaran, simplemente cruzó el umbral de la cancha con el porte serio de alguien que, en realidad, no lo era del todo y acompañado de una caja de cartón enorme entre los brazos; la caja tenía impreso el logo de una marca de preservativos en letras rojas brillantes, era tan grande que apenas le cabía en los brazos.
Emma soltó un chillido agudo y se hundió en la banca hasta casi desaparecer, Mikey se puso pálido, el color abandonó su rostro tan rápido que Takemichi sintió el cambio en su olor: las fresas se volvieron agrias de puro pánico.
— No — susurró Mikey —. No, no, no, no…
Shinichiro dejó la caja sobre la mesa improvisada que habían colocado en el centro de la cancha y el golpe del cartón contra la madera resonó en todo el espacio y luego se enderezó, sacudiéndose las manos antes de mirar a los estudiantes con una expresión de autoridad y una mirada que aseguraba traumas.
— Muy bien — dijo con voz clara, proyectada—. Hoy vamos a hablar del sexo. Y de por qué significa PELIGRO.
La palabra “peligro” salió como un grito. Varios omegas de las primeras filas se sobresaltaron y un alfa soltó una risita que murió en seco cuando Shinichiro lo miró.
— El sexo significa enfermedades y las enfermedades significan la muerte. ¿Quieren morir a manos del sexo?
Varios omegas negaron con la cabeza, asustados de verdad. Más que una clase de prevención parecía una sesión diseñada para hacer creer que el acto sexual era una sentencia de muerte, Takemichi sintió que el estómago se le encogía y Mikey a su lado, se había tapado la cara con ambas manos.
Shinichiro asintió, satisfecho con el silencio sepulcral.
— Bien. Porque la sífilis los va a matar, la gonorrea los va a matar, el VIH los va a matar y el VPH les puede dar cáncer. Si ustedes creen que “solo una vez” no cuenta, déjenme decirles que la clamidia tampoco pregunta cuántas veces lo hicieron antes de dejarlos estériles.
Abrió la caja con un movimiento rápido y dentro había cientos de paquetes de condones de todos los tamaños, colores y texturas, así que los sacó a puñados y los empezó a lanzar hacia las gradas como si fueran caramelos en un desfile para niños.
— ¡Agarren! ¡Uno para cada uno! ¡Y si ya tienen pareja, agarren dos, por si uno se rompe el otro queda de respaldo!
Los condones llovieron sobre los estudiantes. Algunos los atraparon entre risas nerviosas, otros los miraron como si fueran bombas y uno dijo “mi mamá me va a regañar si llego con uno de estos.”.
Un omega de primer año soltó un grito cuando uno le cayó en la cabeza. Sanzu atrapó tres en el aire y se los guardó en el bolsillo con una sonrisa torcida, Chifuyu recibió uno en la cara y lo miró ofendido antes de mirar a todos lados y guardárselo en el pantalón.
Emma, todavía hundida en la banca, murmuró entre dientes:
— Lo voy a matar… lo voy a matar y voy a esconder su cuerpo en el taller.
Mikey no respondió, tenía la frente apoyada contra el hombro de Takemichi y el olor a fresas cada vez más agrio, Takemichi, por su parte, había recibido un condón de color rosa chillón en el regazo y no sabía qué hacer con él porque la cara le ardía y su lobo se había hecho un ovillo de pura vergüenza.
Shinichiro no se detuvo.
— Ahora el nudo. — Señaló a un alfa al azar en la segunda fila—. ¡Tú! ¿Sabes lo que pasa si anudas a un omega sin protección y resulta que está en celo?
El alfa tartamudeó.
— ¿Q-qué… un bebé?
— ¡Un bebé! — gritó Shinichiro, señalándolo con el dedo como si hubiera ganado un premio —. ¡Exacto! Un bebé que llora a las tres de la mañana, que necesita pañales y caga como si no hubiera mañana, que te impide dormir y que, si eres un alfa irresponsable, termina abandonado frente a la casa de alguien más. ¿Quieren ser ese alfa? ¿Quieren ser el padre que deja a sus crías tiradas?
Varios alfas negaron con desesperación, algunos omegas se abrazaron a sí mismos y entre ellos. La coordinadora, al fondo, tenía una expresión que era entre el horror profesional y la fascinación de ver a los alumnos auténticamente atentos aún si estos estaban llenos de terror.
Shinichiro caminó de un lado a otro en la cancha con las manos tras la espalda.
— Yo crié a tres omegas solo, tres. As que yo sé lo que cuesta y sé lo que duele, no pienso dejar que ninguno de ustedes cometa el mismo error, por eso hoy van a aprender a ponerse un condón como si les fuera la vida en ello.
Se detuvo frente a la caja y sacó un plátano enorme que había traído escondido debajo de los paquetes. El silencio se tan volvió absoluto que se oyó cuando Mikey chilló, Emma se tapó la cara.
— Observen.
Con movimientos exagerados y una seriedad que era ridícula para lo que el alfa hacía, Shinichiro abrió un condón y explicó cada paso en voz alta — revisen la fecha de caducidad, no usen los dientes, dejen espacio en la punta y desenróllenlo hasta la base — y lo colocó sobre el plátano como si estuviera desactivando una bomba.
Luego lo sacó, lo tiró y repitió el proceso con otro y otro, así hasta que tuvo una pila de plátanos envueltos en látex sobre la mesa.
Sanzu tomaba notas con la lengua hacia fuera y el ceño fruncido de auténtica concentración.
— Ahora ustedes. En parejas o solos, no me importa, quiero ver a cada uno de ustedes poniendo un condón en algo. Si no tienen plátano, usen los dedos y si no tienen dedos, usen la imaginación. ¡Muévanse!
El caos fue inmediato.
Estudiantes bajaron de las gradas entre risas nerviosas y caras de sufrimiento unidas a protestas.
Alguien gritó “¡esto es humillante!” y otro le respondió “¡mejor humillarme que muerto por sífilis!”.
Sanzu ya estaba ayudando a Nahoya a ponerle un condón a un bolígrafo con expresión de quien disfruta demasiado el sufrimiento ajeno. Chifuyu se negó a tocar nada, se quedó sentado con los brazos cruzados y con el condón aún guardado en el pantalón. Inui, siempre práctico, abrió un paquete con cuidado y siguió las instrucciones al pie de la letra con Kokonoi como compañero.
Mikey levantó la cabeza de golpe, pálido.
— No voy a hacerlo, no frente a todo el mundo, Shinichiro, te odio.
Shinichiro lo escuchó desde el centro de la cancha y sonrió amplió con un aura peligrosa que le puso los pelos de punta a Mikey.
— Manjiro Sano, baja aquí con tu alfa. Ahora.
Takemichi sintió que se le helaba la sangre y Mikey lo miró con pánico puro. Emma soltó un quejido y se tapó los oídos y ojos para no ver a su hermano menor poniéndole un condón a lo que fuera que Shinichiro planeaba obligarlo a ponerlo.
El resto del grupo los observaba con una mezcla de horror y diversión maliciosa.
No tenían opción.
Bajaron juntos y Shinichiro les entregó un plátano cada uno y dos condones. El de Takemichi era de color azul y el de Mikey, transparente.
— Demuestren lo que aprendieron — ordenó Shinichiro—. Frente a todos, para que también aprendan.
Takemichi tenía las manos tan sudorosas que el paquete se le resbaló dos veces, Mikey, rojo hasta las orejas, abrió el suyo con los dientes por accidente y recibió un regaño inmediato.
— ¡Sin dientes, Manjiro! ¿Qué te dije?
— ¡Fue sin querer!
Lograron ponérselo a los plátanos entre temblores y murmullos de la multitud, cuando terminaron, Shinichiro los inspeccionó como un comandante de una tropa.
— Aceptable apenas. Takemichi, más espacio en la punta la próxima vez, y Mikey… no mires a tu alfa con esa cara mientras lo haces o se va a distraer cuando los ocupen.
Varios estudiantes soltaron carcajadas y Sanzu asintió confirmando.
Takemichi quiso morirse, su olor a cedro se había vuelto tan denso de vergüenza que algunos omegas cercanos tosieron ahogados en el olor, Mikey le apretó la mano con fuerza, igual de mortificado, compartiendo sufrimiento juntos.
Shinichiro no terminó ahí.
Pasó los siguientes cuarenta minutos hablando de ciclos de celo, de nudos mal puestos, de omegas que quedaban preñados por “solo la puntita”, de alfas que no sabían retirar el condón correctamente y terminaban con fugas, mostró diagramas que había impreso en casa y habló de lubricantes naturales. Y sobre todo, habló de lo importante que era el consentimiento previo antes de que cualquiera de los dos — alfa u omega — entrara en celo o fuera de él. Habló también de cómo un omega en celo podía hacer que un alfa perdiera la cabeza y por qué, precisamente por eso, el condón era sagrado, además del uso de supresores.
Cuando por fin la coordinadora logró interrumpirlo con un “muchas gracias, señor Sano, el tiempo se ha agotado”, el ambiente en la cancha era una de puro trauma colectivo lleno de horror.
Shinichiro recogió la caja — ahora medio vacía — y miró a los estudiantes una última vez.
— Recuerden, el sexo no es el enemigo. La estupidez sí, así que usen condón y cuídense, si alguno de ustedes termina siendo padre antes de graduarse, no vengan a llorarme porque yo ya crié a tres y no pienso criar a los hijos de ustedes también.
Se giró y salió de la cancha con la misma calma con la que había entrado, dejando detrás un silencio atónito y cientos de estudiantes mirando los condones en sus manos como si fueran reliquias sagradas.
Mikey se dejó caer contra Takemichi en cuanto Shinichiro desapareció.
— Voy a cambiarme el apellido —murmuró —. Voy a emigrar y vivir en una cueva.
Emma se acercó, con la lima ya guardada y con una mano temblorosa.
— Yo te apoyo, porque después de esto, nadie en esta facultad va a mirarnos a la cara sin pensar en sífilis y plátanos.
Takemichi, todavía con el condón azul en la mano y soltó una risa temblorosa, derrotada.
— Al menos… ahora todo el mundo sabe cómo ponerse uno.
Mikey lo miró, los ojos entrecerrados.
— Takemitchy, no estás ayudando.
Pero a pesar de la vergüenza, del trauma y del video de Shinichiro lanzando condones grabado por diferentes alumnos desde distintas perspectivas… Takemichi apretó la mano de su omega en apoyo por haber sobrevivido a la vergüenza colectiva.
Otra vez.
Esa tarde cuando Mikey se acurrucó contra su pecho en la cama del alfa y murmuró un “nunca hablaremos de sexo frente a mi hermano y todos tienen rotundamente prohibido hacerlo”, Takemichi solo le besó en la frente y respondió, suave:
— La próxima vez que alguien mencione algo al respecto, le taparemos la boca con cinta.
Mikey soltó una risa cansada contra su camiseta.
— Hecho.
Y en la casa de los Sano, en el taller de motos, Shinichiro guardaba el resto de los preservativos sobrantes en un cajón etiquetado con un rotulador rojo:
“Para cuando mis hermanos se vuelvan a olvidar de que el sexo es PELIGRO…. y por si algún día llego a necesitar uno”.
