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Sueño neón de una noche de verano

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El clima de Vancouver fue el gran némesis de Gambit. El día anterior había pasado a la historia climática de la ciudad al registrar una temperatura máxima de apenas 11 °C, convirtiéndose en el día de junio más frío en los últimos cincuenta años. Para Remy LeBeau, acostumbrado al calor de Nueva Orleans, aquello no era precisamente una bienvenida agradable a Canadá.

El zumbido ensordecedor de los reactores del Blackbird comenzó a disminuir de intensidad a medida que el imponente jet supersónico de los X-Men se asentaba sobre la plataforma del hangar privado. El aterrizaje había sido impecable, casi quirúrgico, gracias a la coordinación de Jean Grey y Kurt Wagner, quienes habían compartido las tareas de pilotaje durante el vuelo. Mientras Kurt comprobaba los últimos indicadores de la cabina, Jean desconectó los sistemas principales y se quitó los auriculares.

Una vez en tierra, Jean se giró hacia los mutantes que terminaban de recoger su equipaje y revisar sus uniformes. Se acomodó un mechón pelirrojo detrás de la oreja y observó a Remy con una sonrisa cansada, aunque afectuosa.

—Bueno, Gambit, ya estás en Canadá y todos hemos sobrevivido al viaje sin que nadie vomite sobre los controles. Considero que eso merece una celebración. Kurt y yo regresaremos a Westchester. Scott me pidió que te recordara que lo llames esta noche. Sé que todo saldrá bien; vas a hacerlo excelente.

Remy sonrió de medio lado mientras se acomodaba el cuello de su chamarra. Luego, les dio un abrazo afectuoso a Jean y a Kurt para despedirse.

—Se agradece el aventón, bella. No se preocupen por nosotros, mantendré todo bajo control. Además, cuatro meses no son nada cuando uno tiene buena compañía, buena música y una cama de hotel esperándolo al final del día.

—Me alegra que mantengas el optimismo —respondió Jean, divertida—. Intenta conservarlo cuando tengas que explicarles a Scott y al profesor cualquier decisión cuestionable que tomes durante la gira. Y, por favor, no confundas ser encantador con ser invulnerable. Una cosa es que puedas salirte con la tuya y otra muy distinta que creas que siempre puedes ganar.

—No, yo sé bien que no puedes ganar todas las partidas. Además, ¿cuándo me has visto tomar una decisión cuestionable, chère?

Jean lo miró en silencio durante dos segundos.

—¿Quieres que te responda ahora o prefieres que prepare una lista?

Kurt soltó una carcajada desde el asiento del piloto.

—Creo que será mejor que nos marchemos antes de que Jean empiece por orden alfabético.

—Buena idea, Kurt. Por favor, Remy, cuida de todo el equipo y, sobre todo, cuida de ti mismo. No tomes decisiones difíciles a la ligera; date un tiempo para pensar en todas las posibilidades antes de apresurarte a elegir una. Y recuerda que el resto de los X-Men estamos a solo una llamada de distancia.

—Descuida, Jean. Volveremos sanos y salvos, con souvenirs para todos en la mansión.

—Eso espero. Nos vemos pronto.

La rampa trasera del Blackbird terminó de desplegarse y los mutantes descendieron en fila. Durante el vuelo todos se habían cambiado y ahora llevaban con orgullo el uniforme oficial de la escuela: trajes azules y amarillos bajo imponentes chaquetas de cuero marrón con el logotipo circular del Instituto Xavier bordado en el lado izquierdo del pecho. Storm caminaba al frente con su porte majestuoso al lado de Gambit, seguidos por Coloso, Roberto y Kitty Pryde, quienes observaban el hangar con curiosidad.

Un hombre de traje estrechó la mano de Remy y le pidió al equipo que lo acompañara hacia una sala privada del aeropuerto. Justo en el centro, rodeada por un séquito de productores, estilistas y asistentes que corrían de un lado a otro, se encontraba ella: Alison Blaire, conocida mundialmente como Dazzler, la estrella mutante del momento. Vestía un atuendo deslumbrante que parecía capturar y reflejar cada partícula de luz del lugar.

Al ver llegar al grupo, se separó de sus asistentes con una sonrisa radiante que iluminaba el espacio por sí misma.

—¡Bienvenidos a Vancouver, mis X-Men! —exclamó, extendiendo los brazos con una energía desbordante—. Justo a tiempo. La conferencia de prensa internacional empieza en unos minutos en el salón principal del complejo. Supongo que ustedes son el regalo que me envía Charles para mantener las cosas seguras durante esta gira.

Storm le dio un leve empujón a Remy para que tomara el liderazgo. Él dio un paso al frente con elegancia felina, asumiendo su papel de inmediato. Se quitó los lentes de sol y extendió la mano. Alison soltó un «wow» al notar sus particulares ojos negros de iris rojas. Gambit ya estaba acostumbrado a esa reacción, así que continuó de largo sin darle importancia.

—El profesor Xavier le envía sus saludos, mademoiselle.

—Tú eres Gambit, ¿cierto? Nos enviaron información de todo el equipo y, cuando vi tu fotografía, me dio mucha curiosidad ver tus ojos en la vida real. No quise ser grosera, solo que, ya sabes, conocer a otros mutantes siempre es interesante.

—No te preocupes. Yo soy Remy LeBeau, aunque en el campo de batalla me conocen como Gambit. Seré el líder del equipo de seguridad durante toda la gira. Permítame presentarle al resto: Ororo Munroe, Storm; Peter Rasputin, Coloso; Roberto da Costa, Sunspot; y la señorita Kitty Pryde. Estamos a su completa disposición.

Dazzler clavó su mirada en Remy, visiblemente impresionada. El magnetismo natural del cajún pareció surtir un efecto inmediato en ella. La cantante sonrió de una manera mucho más personal y ladeó un poco la cabeza mientras se acercaba un paso más, ignorando por completo las miradas de sus representantes.

—Mucho gusto, Remy —dijo ella, utilizando deliberadamente su nombre verdadero con una voz suave y una sonrisa sugerente—. Es un alivio comprobar que el líder de mi guardia personal no solo es competente, sino también... sumamente encantador. Creo que nos vamos a llevar muy bien durante estos meses.

Remy estaba a punto de responder con uno de sus habituales comentarios ingeniosos cuando la puerta de la sala se abrió de golpe. Dos figuras delgadas entraron corriendo mientras agitaban las manos hacia el grupo. Eran Jubilee y Tabitha (Boom-Boom), quienes llevaban mochilas de viaje colgadas a los hombros, repletas de ropa y pines de bandas de rock.

—¡Hola, equipo! —exclamó Jubilee, respirando con dificultad una vez que se reunió con ellos.

—¡No siento mis piernas! —dijo Tabitha, inclinándose para recuperar el aliento antes de dar un par de brincos—. Le doy un diez al piloto, pero un cuatro a la cabina de equipaje. Había muy poco espacio, nada de comida y ningún entretenimiento.

—¿Poco espacio para las piernas? —Jubilee la miró con incredulidad—. Había poco espacio para todo el cuerpo. ¡No vuelvo a pasar por ese tormento!

—Te hace falta flexibilidad, Jubes.

Remy se quedó congelado durante una fracción de segundo. El gran ladrón de Nueva Orleans, el estratega asignado por Cíclope, se sintió completamente avergonzado. Se llevó una mano a la nuca y miró a las dos jóvenes con una mezcla de frustración y reproche; no sabía cómo justificar que dos menores de edad se hubieran infiltrado en una misión de alta seguridad bajo su propio mando.

Pero antes de que pudiera abrir la boca, Roberto se adelantó. Al reconocer a Jubilee, sus ojos se iluminaron; fue a abrazarla con cariño, rodeándola con los brazos y levantándola ligeramente del suelo.

—¡Jubilee! —exclamó, aliviado y sorprendido a partes iguales—. ¡Creí que te habías quedado dormida y que por eso no te habías despedido de mí!

Roberto la dejó de nuevo en el suelo sin dejar de sonreír. Jubilee soltó una carcajada y le devolvió el abrazo, aferrándose a sus hombros. Luego, le susurró:

—No, viajamos de polizones. ¿Crees que me iba a perder la oportunidad de pasar cuatro meses contigo? ¡Por favor, Roberto!

—Sabes que las van a enviar de regreso en el próximo vuelo a Nueva York, ¿verdad? —respondió él, alzando una ceja.

—Quiero ver que lo intenten —desafió Tabitha.

Jubilee le dio un beso rápido en la mejilla antes de apartarse. Roberto la miró con una expresión tan contenta que Kitty, quien había presenciado toda la escena, no pudo evitar sonreír. El resto del equipo caminó hacia ellas. A pesar de estar molesto, Gambit no pudo evitar admirar las agallas de las dos adolescentes; habían viajado como polizones desde Nueva York, escondidas en los compartimentos traseros del jet sin que nadie descubriera su presencia, y habían aguantado todo el vuelo en un espacio sumamente incómodo. Aquello requería talento.

Dazzler también se acercó. Una vez frente a ellas, la cantante arqueó una ceja mientras miraba a las dos jóvenes, que la contemplaban con evidente emoción.

—¿Quiénes son ustedes y qué hacen aquí? ¿Cómo burlaron los controles de seguridad? —preguntó, dirigiéndose luego a su propio equipo, cuyos integrantes se miraron entre sí, confundidos—. ¿Alguien va a explicarme qué está pasando?

—Esto va a ser interesante —le murmuró Jubilee a Tabitha.

Afortunadamente para todos, la experiencia y la mente fría de Ororo Munroe salvaron la situación. Storm dio un paso al frente, colocándose entre las adolescentes y la cantante con una expresión de absoluta calma y autoridad.

—No se preocupe, señorita Blaire. Ellas también pertenecen al Instituto Xavier. No están en sus informes porque forman parte de una operación encubierta. Van a monitorear cualquier anomalía desde el público; se harán pasar por fanáticas y asistentes del concierto para pasar desapercibidas. Su anonimato les permitirá detectar posibles amenazas entre los asistentes.

Remy giró lentamente la cabeza hacia Ororo con los ojos abiertos por la sorpresa. «¡Demonios, Storm es realmente buena mintiendo!», pensó.

A Dazzler se le iluminó el rostro. Dio una palmada, genuinamente fascinada por la explicación.

—¡Eso es absolutamente brillante! Una estrategia de infiltración perfecta. Me encanta cómo piensa el profesor Xavier.

Las dos adolescentes se acercaron a Dazzler con la emoción desbordante de dos fanáticas frente a su mayor ídolo musical.

—¡Dios mío, eres Dazzler! —exclamó Jubilee, agitando las manos—. ¡Tengo todos tus discos! El de Sounds of Light lo escuché tantas veces que el CD quedó completamente rayado.

—¡Tu estilo es asombroso! —añadió Tabitha, dando pequeños saltos—. ¡Los efectos de tu último video musical fueron lo más mutante y genial que he visto en toda mi vida! Y eso que conozco a una chica que puede hacer explotar cosas con los dedos.

—Gracias, supongo —respondió Jubilee, divertida—. Siempre es agradable que alguien reconozca mi talento artístico.

Peter Rasputin avanzó con paso pesado pero amable. Con sus enormes brazos, tomó suavemente a ambas chicas por los hombros y las apartó un par de pasos para devolverle a la cantante algo de espacio personal.

—Pequeñas, por favor, denle un poco de espacio a la señorita Blaire. Acabamos de llegar y tiene una agenda muy apretada que cumplir.

—Tranquilo, Coloso —respondió Tabitha—. No vamos a arrancarle un mechón de pelo para venderlo por internet.

Jubilee abrió mucho los ojos.

—¡No había pensado en eso!

—Ni se te ocurra —advirtió Gambit.

Dazzler soltó una carcajada cristalina, contagiada por el entusiasmo de las jóvenes.

—No te preocupes, grandullón —dijo Alison, guiñándole un ojo a Coloso—. Vamos a viajar juntos por tres países durante los próximos meses. Prácticamente ya somos una familia. Por favor, acompáñennos, nuestro transporte espera afuera. Los llevarán al hotel para que se instalen y por la tarde nos volveremos a ver en la conferencia de prensa internacional.

Dazzler se dio la vuelta y comenzó a caminar; enseguida, su equipo volvió a rodearla. Gambit se quedó de pie frente a las dos adolescentes. Sus sonrisas desaparecieron de inmediato al notar la mirada seria del cajún.

—Esto no es un juego, niñas. No son parte de este equipo. Piensen en lo que hicieron: pudieron habernos hecho quedar muy mal a nosotros, a los X-Men y a toda la escuela del profesor Xavier —murmuró Remy, cruzándose de brazos—. Y me parece que Scott va a estar bastante molesto cuando descubra que ustedes dos se han colado en esta misión.

Jubilee y Tabitha se miraron durante un instante. Después, ambas estallaron en carcajadas.

—Scott siempre está molesto por algo —dijo Jubilee—. Si respiramos demasiado fuerte, probablemente nos asignará una rutina de entrenamiento para mejorar nuestra capacidad pulmonar.

—Yo apuesto a que nos hará correr veinte vueltas —añadió Tabitha—. Treinta si se entera de que nos divertimos durante el viaje.

—Cuarenta si descubre que me comí su última barra energética esta mañana —confesó Jubilee.

Remy soltó una larga exhalación y se dio media vuelta.

—Vamos, equipo y fangirls, tenemos un día ocupado.

Jubilee y Tabitha intercambiaron una mirada cómplice y volvieron a reír, aliviadas al comprender que no serían enviadas de vuelta a Nueva York, al menos no en ese mismo instante. Tabitha le pasó un brazo por los hombros a Kitty, mientras Roberto y Jubilee comenzaban a caminar con las manos entrelazadas.

—Americanos... Están completamente locos —murmuró Peter, siguiendo al grupo.

Camino a la camioneta que los llevaría al hotel, Remy avanzaba al lado de Ororo manteniendo una expresión seria.

—’Ro, ¿en qué estabas pensando? Esas dos niñas deberían regresar a Westchester. Esta es una gira peligrosa. Si Summers se entera de que permitiste que se quedaran...

—Scott no está aquí, Remy, y Jean y Kurt ya han emprendido el regreso a Nueva York. Son menores de edad, no pueden viajar solas. Necesitaríamos autorizaciones, firmas, burocracia... Enviar ahora a las chicas en un vuelo comercial expondría sus identidades y complicaría nuestra seguridad. No sabemos si el grupo extremista está planeando un ataque en la primera fecha. Es mucho más sensato mantenerlas vigiladas, bajo nuestra protección directa. Además, mi explicación a Alison no deja de ser válida: podemos aprovechar su presencia para vigilar a parte del público. Scott sabrá qué hacer con ellas cuando todos regresemos a la escuela a salvo; ahora no es nuestro asunto. Camina, tenemos una conferencia de prensa que atender.

Remy suspiró.

—Espero que tengas razón, Ororo.

—Yo también, Remy. Yo también.

Notes:

Gracias por leer y comentar!

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