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Tu Sancho

Chapter 2: Caperuza

Summary:

—¡Diego, qué…!

—¿Eso quieres? —preguntó el alfa, mirándolo directamente a los ojos su voz sonaba ronca. Tenía la respiración descompuesta y una tensión evidente en la mandíbula, como si cada palabra le costara un esfuerzo enorme—. ¿Que deje de hacerme pendejo y acepte tu ayuda?

Jordan se quedó callado.

De pronto, toda la seguridad con la que había estado discutiendo pareció abandonarlo. Tenía a Diego demasiado cerca, las manos del alfa firmes en su cintura y aquella mirada que conocía desde hacía años, pero que nunca había visto dirigida hacia él de esa manera.

—Sí, cabrón —respondió, aunque la voz le salió más baja—. Eso te estoy diciendo.

Notes:

Uff me tarde un madral alv, yaaaa se vienen cositas en el próximo cap (aguántenme q ando muriendo)

Chapter Text

Jordan llevaba un buen rato despierto cuando decidió que, definitivamente, odiaba las putas mañanas.

No porque tuviera entrenamiento temprano. A esas alturas de su carrera ya estaba acostumbrado a levantarse a horas en las que cualquier persona decente seguía dormida. Tampoco porque le doliera el cuerpo por la carga de trabajo del día anterior.

Era su cabeza.

Le pesaba un chingo.

Y no precisamente por falta de sueño, aunque tampoco había dormido una mierda. Llevaba horas dando vueltas en la cama, cambiando de posición, acomodando la almohada y revisando el celular con la esperanza de encontrar algo que, a esas alturas, ni siquiera sabía cómo esperaba que llegara.

Un mensaje.

Una pendejada.

Cualquier cosa que le diera una razón para dejar de pensar en Diego.

Porque el muy cabrón tenía que ir a salir justo con ella, con Paola.

De todas las morras que había en Guadalajara, de todas las omegas que podía haber conocido por medio de Bryan, tenía que ser precisamente esa.

Jordan soltó un gruñido contra la almohada y se cubrió la cabeza con ella, como si así pudiera apagar de una vez los pensamientos que llevaba toda la noche alimentando.

Trataba de relajar su mente, pero la verdad es que le encabronaba que el alfa no le hubiera dicho nada de esa cita y seguiría sin saber si no hubiera sido por aquella historia de Close Friends en el Instagram del Cotorro.  

Y si lo pensaba más, qué pinche ridículo se sentía.

Diego podía salir con quien quisiera.

No eran novios. Ni siquiera habían hablado alguna vez de tener algo más que una amistad. Campillo podía invitar a cenar a una morra, llevársela a bailar, besarla si se le antojaba y, si las cosas salían bien, empezar a salir con ella.

¿Cuál era el pedo? Ninguno.

Absolutamente ninguno.

Jordan lo sabía. Lo entendía perfectamente.

Entonces, ¿por qué putas le calaba tanto imaginarse a Diego sentado frente a alguien más, dedicándole esas sonrisas que solía reservar para la gente con la que se sentía cómodo? ¿Por qué le molestaba pensar que aquella morra podía conocer una faceta del alfa que él llevaba años creyendo exclusivamente suya?

Porque no se trataba solamente de una cena.

Era el tiempo que Diego iba a compartir con ella. Las conversaciones que tendrían, las bromas que intercambiarían, las cosas que descubrirían el uno del otro. Era la posibilidad de que, poco a poco, alguien más empezara a ocupar un espacio en la vida de Campillo que Jordan nunca había tenido que disputar con nadie.

Hasta ahora.

—No mames —murmuró, apartando finalmente la almohada de su cara.

Se quedó mirando el techo.

Qué manera tan pendeja de empezar el día.

Lo peor era que la morra ni siquiera le caía mal. De hecho, se conocían desde hacía tiempo. Habían coincidido en antros, fiestas y un par de pedas donde Jordan había terminado platicando con ella hasta que alguno de los dos decidía que ya era hora de irse.

Era parte de su círculo social, de las personas que recurres para salir o para platicar, porque están disponibles siempre, por alguna razón. 

Y, por desgracia, también era la misma omega que meses atrás le había preguntado si Diego estaba saliendo con alguien.

Jordan todavía recordaba la conversación.

Ella había sacado el tema como quien no quiere la cosa, preguntándole si Campillo tenía novia o si estaba interesado en alguien. Él, que conocía de sobra las intenciones detrás de aquella curiosidad, había contestado que el cabrón no estaba interesado en ninguna relación.

Que Diego era así.

Que prefería andar en lo suyo y que no se tomaba esas cosas demasiado en serio.

Una respuesta bastante conveniente, considerando que ni siquiera le había dado oportunidad a la omega de acercarse.

En aquel momento le había parecido lo más natural del mundo. El defensa no buscaba una relación, Jordan lo sabía y, por lo tanto, no tenía sentido que ella perdiera el tiempo intentando algo que probablemente no iba a llegar a ninguna parte.

Eso se había dicho.

Eso se seguía diciendo.

Pero ahora la misma morra iba a salir con él.

Y Campillo, el muy hijo de la chingada, no parecía tener ningún problema con eso, tanto que ni siquiera se había tomado el tiempo de escribirle y comentarle sobre esa cita. 

Jordan se incorporó de golpe y lanzó las cobijas hacia los pies de la cama.

—Ya, al chile. Qué hueva contigo.

No supo si se lo decía a cierto Duranguense o a sí mismo.

Probablemente a los dos.

Se levantó, recogió la ropa que había dejado tirada la noche anterior y caminó hacia el baño arrastrando los pies. Necesitaba una buena ducha, café y, sobre todo, dejar de pensar en una cita que ni siquiera era suya.

Abrió la llave de la regadera y esperó a que el agua alcanzara una temperatura decente. Mientras tanto, se quitó la playera y la dejó caer en el cesto de la ropa sucia. Después entró bajo el chorro, dejando que el agua caliente le recorriera los hombros y la espalda.

Cerró los ojos.

Por fin, un poco de paz.

O eso creyó.

Porque bastó con que su cabeza se quedara sin nada más en qué ocuparse para que volviera a aparecerle la imagen de Diego frente al espejo, arreglándose para salir con ella.

La camisa que se había puesto, o su cabello acomodado, la manera en que probablemente sonreiría cuando la viera llegar.

Jordan apretó los ojos con fuerza.

Ni siquiera sabía qué ropa iba a llevar Diego. No había estado ahí para verlo arreglarse, ni tenía por qué saberlo. Sin embargo, su imaginación se había encargado de completar los espacios vacíos con una facilidad que empezaba a darle vergüenza.

Lo peor era que podía imaginarlo perfectamente.

Campillo siempre se tomaba su tiempo para arreglarse cuando iba a salir. Se hacía el desinteresado, decía que cualquier camisa estaba bien y luego terminaba probándose tres antes de decidirse. Después se miraba al espejo, se acomodaba el cabello y preguntaba si se veía bien, aunque en realidad ya hubiera tomado la decisión desde hacía rato.

Jordan conocía esas pequeñas manías porque llevaba años viéndolas de cerca.

Y ahora otra persona iba a tener la oportunidad de conocerlas también.

 No le agradaba, hasta cierto punto le daba cólera que alguien descubriera todo eso, y justo con alguien a quien él llama amiga.

El omega abrió los ojos y miró hacia el azulejo frente a él.

—Pinche Campillo.

El agua siguió cayendo sobre su cuerpo mientras permanecía inmóvil, con una mano apoyada contra la pared y la cabeza en otro lugar por completo.

Ni siquiera se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado hasta que el agua empezó a perder temperatura.

Fue entonces cuando reaccionó.

—¡No mames! —se apartó del chorro, cerró la llave de golpe y buscó la toalla a tientas. Salió de la regadera todavía refunfuñando, se secó como pudo y se la amarró a la cintura antes de salir del baño.

El vapor había empañado el espejo. Jordan lo limpió con la palma de la mano y se encontró con su propio reflejo: el cabello mojado, la cara de pocos amigos y unas ojeras que no necesitaban explicación.

Parecía que había estado de piste toda la noche.

Técnicamente, no.

Aunque quizá habría sido más sencillo. Por lo menos tendría una excusa para andar de malas.

Se vistió a toda prisa, se puso desodorante y buscó sus cosas mientras repasaba mentalmente lo que tenía que hacer antes de salir. El entrenamiento. La mochila. Los audífonos. Las llaves.

El celular.

Tomó el aparato de la cama y desbloqueó la pantalla.

Nada.

Ningún mensaje de Diego.

Jordan frunció el ceño y entró al chat de Guapillo, como si el cabrón fuera a aparecer mágicamente por haber abierto la conversación.

El último mensaje seguía siendo el de la noche anterior donde le había comentado una pendejada de sus chistes internos… seguro a la misma hora que salía a cenar con Paola.

Pero aún así, n era ninguna sorpresa. Diego había estado ocupado, probablemente preparándose para su cita, y tampoco tenía obligación de escribirle.

Pero una parte de Jordan había esperado que lo hiciera.

Quizá un “¿Ya estás despierto?”. O un “¿Vas a ir a entrenar o te vas a hacer pendejo?”. Cualquier estupidez de las que se mandaban casi todos los días.

Algo que le permitiera comprobar que, a pesar de la cena, de la morra y de todo lo que llevaba horas imaginando, las cosas entre ellos seguían exactamente igual.

Que Diego todavía pensaba en él al despertar.

Que seguía siendo el primero al que le escribía para contarle cualquier pendejada.

Jordan se quedó mirando la pantalla un par de segundos más.

Después bloqueó el celular con un movimiento brusco.

—Ay, sí, cómo no. Ahora resulta que necesito que me mande mensajes.

Se echó la mochila al hombro y salió de su cuarto. Mientras buscaba las llaves, volvió a revisar la hora.

Mierda.

Ya iba tarde.

—¡Gaatumadre! —salió del departamento casi corriendo, cerró la puerta y bajó las escaleras con el celular apretado en la mano. Todavía tenía tiempo de llegar al entrenamiento, pero tendría que dejar de hacerse pendejo si no quería aparecer cuando los demás ya estuvieran calentando.

Guardó el teléfono en el bolsillo y aceleró el paso.

No iba a escribirle a Diego.

Ni a preguntarle cómo había dormido.

Ni a mandarle un mensaje para recordarle que le apartara lugar en el entrenamiento, no era del todo necesario entrenar a su lado.

Y mucho menos iba a preguntarle cómo había sido su cita, que hiciera lo que quisiera. Era su vida, muy su pedo.

Jordan tenía cosas más importantes en las que pensar que en una cena entre dos personas que, hasta donde sabía, ni siquiera habían empezado a salir formalmente o era algo que tuviera más futuro —a pesar de que en la captura de la conversación que subió Bryan, Campillo confirmara que volvería a salir con ella—, había muchas otras cosas que tenía en mente: como el entrenamiento, como el partido del fin de semana.

Como cualquier otra cosa que no involucrara a Diego Campillo y a esa pinche omega.

Llegó al carro, dejó la mochila en el asiento del copiloto y se sentó frente al volante. Antes de encender el motor, sacó el celular una última vez.

Seguía sin haber mensajes. Sintió el coraje subirle hasta la garganta.

—Que te vaya bien, pues, cabrón —bloqueó la pantalla y la dejó caer sobre el asiento.

El celular vibró justo cuando Jordan estaba terminando de acomodar la mochila en el asiento del copiloto.

Por un segundo, se le fue el pensamiento directo a Diego.

Ni siquiera tuvo que mirar la pantalla para imaginarse qué podía decirle. Alguna pendejada sobre que ya iba tarde, una queja porque no le había contestado o, con un poco de suerte, cualquier mensaje que le demostrara que el alfa se había acordado de él esa mañana.

Desbloqueó el teléfono casi de inmediato.

¿Ya casi llegas al entrenamiento?

Guti 8:30 A.M

Jordan se quedó mirando la pantalla.

Ah.

Era Brian.

Se le desinfló un poco la emoción que había sentido al escuchar la notificación y dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento. Qué pinche ridículo. Ni siquiera tenía sentido que se decepcionara; Diego no le había prometido escribirle y, además, la noche anterior ni siquiera le había dicho que iba a salir con alguien. Seguramente estaba de camino a Verde Valle, hablando por mensajes con su amiga, riéndose de lo que se decían… o simplemente tendría cosas más importantes que hacer que mandarle mensajes.

Así como cualquier persona normal, como cualquier persona que no fuera Jordan, aparentemente.

Si no tuviera su parche de aroma, fácilmente su auto se hubiera inundado del olor picante de la pimienta rosa combinada con lo ácido que se había vuelvo su aroma a cereza, debía relajarse, no podía estar viviendo todo el día con ese estúpido pensamiento. 

Escribió una respuesta, la borró y volvió a escribir.

 Simón, ya voy en camino. ¿Qué pasó?

Yo 8:31 A.M

La contestación de Brian llegó antes de que pudiera guardar el teléfono.

 Nada, just wondering

 Te guardo lugar para calentar.

Guti 8:31 A.M

El omega leyó el mensaje un par de veces. No era nada del otro mundo, pero al menos alguien se había tomado la molestia de preguntarle dónde estaba.

Y eso le bastó para sentirse un poquito menos pendejo por haber esperado algo que nunca llegó.

Arre, ahorita te veo.

Yo 8:32 A.M

Dejó el celular en el asiento y encendió el carro.

No iba a pasarse toda la mañana pensando en Diego, mucho menos en su pendeja cita. Ni en la morra, tampoco en si el muy cabrón se habría puesto la camisa negra que tanto le gustaba.

Chingada madre, otra vez estaba pensando en eso.

—Ya, Jordan. Agarra el rollo pues —se regañó mientras salía del estacionamiento.

Milito no tardó en llamarle la atención en cuanto Jordan llegó a Verde Valle. Le soltó un comentario por la hora, recordándole que el entrenamiento no iba a esperarlo nomás porque se le hubiera pegado la gana dormir de más. Jordan se disculpó sin ponerse a discutir, todavía con la cabeza hecha un desmadre, y se incorporó al grupo con la intención de que nadie le preguntara nada. Lo último que necesitaba era explicar por qué llevaba toda la mañana de malas.

Por eso, cuando encontró a Brian cerca del resto de sus compañeros, decidió quedarse con él.

No era como si tuviera que esforzarse demasiado. Brian era fácil de tratar, siempre tenía alguna pendejada que contar y, sobre todo, sabía cuándo seguirle el juego sin ponerse a hacer preguntas incómodas. Jordan agradeció tener algo con qué entretenerse; entre bromas y comentarios sobre el entrenamiento, consiguió dejar de revisar mentalmente el celular cada cinco minutos.

O, al menos, eso intentó.

Porque, aunque se estuviera riendo de las mamadas que decía el pocho, una parte de él seguía pendiente del Duranguense. De dónde estaba, de qué hacía y de si, por una puta casualidad, se le ocurría acercarse.

No lo hizo.

Diego, por su parte, llevaba un buen rato intentando no mirar hacia donde estaban los dos. Una tarea bastante difícil cuando Jordan parecía haberse propuesto pasar todo el entrenamiento pegado al güero recién dejado. Se reían por cualquier cosa, se daban empujones cuando alguno decía una estupidez y, de vez en cuando, terminaban demasiado cerca el uno del otro.

Nada fuera de lo normal. Nada que justificara la molestia que le estaba creciendo en el pecho y la forma en la que su fastidio se estaba volviendo algo difícil de ocultar gracias a los matices que estaba teniendo su aroma a pesar del parche. 

Su lobo, sin embargo, parecía tener una opinión muy marcada.

El omega es tuyo.

Diego apretó la mandíbula y apartó la mirada. No, no lo era. Jordan no era suyo, por mucho que se hubiera acostumbrado a tenerlo siempre cerca, a que apareciera en su departamento sin avisar y a que lo buscara para cualquier pendejada. No tenía derecho a reclamarle nada, mucho menos cuando él mismo había decidido salir con alguien más.

—¿Y los esposos? —preguntó Piojo, apareciendo a su lado con una sonrisa burlona—. ¿Ahora por qué andan divorciados?

Diego soltó aire por la nariz.

—No estés mamando. Estamos bien.

—Ajá. ¿Y entonces por qué el Culichi lleva todo el entrenamiento con Brian y tú pareces perro abandonado apunto de aventarse al recién abandonado del gringo? 

—¿Qué chingados dices?

—Lo que escuchaste, Campi. Hasta se me hace raro verlos así. Ustedes siempre andan juntos hasta para ir al baño y se ve a lejos traes en salsa al Guti, el pobre está medio wey para procesar la situación, ¿agregó más? 

Diego le lanzó una mirada de advertencia, pero Piojo ni se inmutó. Al contrario, parecía estar disfrutando demasiado de la situación.

—¿Se pelearon o qué? —preguntó de nuevo mostrando una sonrisa pícara, alzando las cejas para castrar más al alfa menor.

—No nos peleamos —gruñó.

—Entonces, ¿qué traes?

Diego se quedó callado unos segundos. Podía inventarse cualquier cosa, decir que estaba cansado o que simplemente quería concentrarse en el entrenamiento, pero Piojo lo conocía lo suficiente para saber cuándo estaba evadiendo una pregunta.

—Psss, salí con una morra y quedamos de volver a salir—terminó admitiendo—. Congeniamos bien y a ver qué pasa, el pedo es que no le dije quién era, solo para evitar algún problema porque es una amiga suya. Y evitar, no sé, alguna idea rara, pero salió el tiro por la culata pues.

Piojo lo miró con una expresión que hizo que Diego se arrepintiera de haber abierto la boca.

—¿Ideas raras? ¿Desde cuándo le importa con quién sales?

—No le importa.

—Pues entonces, ¿cuál es el pedo?

Diego no contestó.

Porque esa era precisamente la parte que no sabía explicar. Jordan nunca había tenido problemas con que saliera con alguien. Al contrario, solía burlarse de él por llevar tanto tiempo sin una cita decente y hasta le daba consejos que Diego jamás le había pedido. No tenía sentido que ahora quisiera mantener cierta distancia por una mujer a la que apenas estaba conociendo o tal vez le importaba más porque era una amistad del omega.

Era así, debía convencerse de que podía hacer su vida sin tener a cierto omega chaparro metido en cada rincón de su vida. 

—Ya, déjalo —murmuró, dando por terminada la conversación.

Piojo no insistió, aunque la sonrisa que le dedicó antes de alejarse dejó claro que no le había creído ni una palabra.

Diego volvió a mirar hacia el otro lado del campo. Jordan acababa de soltar una carcajada por algo que Brian le había dicho y, por un instante, tuvo unas ganas absurdas de acercarse, interrumpirlos y recordarle al omega que él también estaba ahí.

Pero no lo hizo.

Tenía que olvidarse del tema. De Jordan. De Brian. De la maldita cercanía entre esos dos.

Y, sobre todo, de aquella parte de sí mismo que seguía insistiendo en que, por mucho que Diego se empeñara en negarlo, no soportaba la idea de que alguien más pudiera reclamar un lugar junto al omega.

Uno que él llevaba años ocupando sin atreverse a ponerle nombre.

El entrenamiento terminó sin que ninguno de los dos hiciera el menor intento por acercarse al otro.

Diego se mantuvo ocupado con sus compañeros incluso después de que Milito les dio permiso de retirarse. Se quedó un rato más, escuchando las bromas de Bryan y fingiendo interés en una conversación que había dejado de seguir hacía varios minutos. De vez en cuando, sus ojos buscaban a Jordan por pura costumbre, solo para encontrarlo ocupado con alguien más o con la atención puesta en cualquier cosa que no fuera él.

El omega tampoco parecía tener demasiada prisa por buscarlo.

De hecho, cuando Diego lo vio despedirse de Brian con un golpe amistoso en el hombro, tuvo que contener las ganas de poner los ojos en blanco. Era ridículo. Llevaba todo el día repitiéndose que necesitaba un poco de espacio, que no tenía por qué estar pegado a Jordan las veinticuatro horas y que salir con Paola no significaba absolutamente nada.

Entonces, ¿por qué le molestaba tanto que Jordan pudiera pasar un día entero sin dirigirle la palabra?

—¿Qué, mi Campi? ¿Te vas a quedar a dormir aquí o qué? —le preguntó Bryan, interrumpiendo sus pensamientos.

—Ya voy, cabrón.

—Pues apúrate. Yo sí tengo una vida aparte del fuchibol, pa.

—Qué bueno por ti.

Bryan soltó una carcajada, le dio una palmada en la espalda y se marchó sin molestarse en ocultar la sonrisa burlona. Diego recogió sus cosas, se colgó la mochila al hombro y finalmente salió hacia el estacionamiento.

No esperaba encontrarse con Carrillo.

O, bueno, sí lo esperaba. Era difícil no hacerlo cuando ambos tenían la costumbre de buscarse al terminar los entrenamientos, aunque fuera para ir por algo de comer o decidir si el omega quería que lo pasara a dejar a su departamento.

Lo que no esperaba era encontrarlo recargado contra su propio automóvil, con el celular en una mano y las llaves en la otra, como si llevara un buen rato esperando.

Diego aminoró el paso.

Jordan levantó la mirada al escucharlo acercarse. Por un segundo pareció que iba a decir algo, pero volvió a concentrarse en la pantalla de su teléfono.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Diego al llegar a su lado.

Jordan alzó una ceja.

—¿Cómo que qué hago aquí, pendejo? Es mi carro.

—Ya sé que es tu carro, wey. Te pregunto qué haces aquí parado.

—Pues esperando a que aparezca mi chofer, ¿no te jode?

Diego lo miró con una mezcla de fastidio y desconcierto. La respuesta era una pendejada, sí, pero conocía lo suficiente al omega para reconocer cuándo estaba usando el sarcasmo como una forma de no decir lo que realmente quería decir.

—¿Qué traes?

—O que verga, pss nada.

—Jordan.

—¿Qué?

—Que qué traes, cabrón. Llevas todo el día evitándome.

El omega soltó una risa seca y guardó el celular en el bolsillo de su pantalón.

—Mira quién habla.

—¿Yo qué?

—No, nada. Tú sigue con tus mamadas.

Jordan abrió la puerta de su automóvil, pero no llegó a subirse. Se quedó con una mano apoyada en el marco, mirando hacia el interior como si estuviera considerando seriamente largarse antes de que la conversación empezara.

Diego esperó unos segundos.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué, Campillo?

—¿Me vas a decir qué chingados te pasa o tengo que adivinar?

Jordan cerró la puerta de golpe.

—Pues pregúntale al Cotorro. A lo mejor él te explica mejor que yo.

Diego frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver el Cotorro?—Ah, no sé. Pregúntale también a Paola, ya de paso.

El nombre le hizo entender por dónde iba la cosa. Diego se acomodó la mochila en el hombro, sorprendido de que Jordan sacara el tema precisamente ahora, después de haberse pasado horas sin dirigirle la palabra.

—¿Qué tiene que ver Paola?

—No mames, Diego.

—¿Qué?

—Que si vas a salir con ella, mínimo podrías haberme dicho, ¿no?

Diego parpadeó, desconcertado por la seguridad con la que el omega le soltó aquello.

—¿Eso es lo que te tiene encabronado?

—¿Y qué quieres que me tenga, cabrón? ¿Que me alegre?

—Pues no sé, wey. Por eso te estoy preguntando.

El culichi chasqueó la lengua y apartó la mirada. La verdad era que había pasado buena parte de la mañana pensando en qué le diría si Diego se acercaba. Había imaginado varias respuestas, incluso había ensayado un par de comentarios sarcásticos para dejarle claro que no le importaba una mierda con quién saliera.

Pero ahora que lo tenía enfrente, no encontraba una sola frase que no lo hiciera quedar como un pinche celoso.

—Me vale verrrgaa que salgas con ella —dijo finalmente—. Haz lo que quieras. No es eso.

—Ah, bueno. Entonces, ¿cuál es el pedo?

—¡Que es mi amiga, Diego! —el grito salió más fuerte de lo que esperaba. Jordan se quedó callado un instante, molesto consigo mismo por haber perdido la paciencia tan rápido.

Diego lo observó con atención.

—¿Y?

—¿Cómo que y? —Jordan se pasó una mano por el cabello—. No sé, wey. Es incómodo, ¿no? Que tú salgas con alguien de mi círculo, que después yo tenga que verla y hacer como si nada. Y más porque… —Se interrumpió, apretando la mandíbula—. Porque tú y yo sabemos cómo somos.

Diego guardó silencio.

—¿Cómo somos? —preguntó al cabo de unos segundos.

Jordan lo miró como si acabara de decir la estupidez más grande del mundo.

—No te hagas pendejo.

—No me estoy haciendo pendejo. Te estoy preguntando qué tiene de malo que salga con Paola.

—¡Que no es normal, cabrón!

El estacionamiento parecía haberse quedado demasiado silencioso de repente. El menor se dio cuenta de lo que acababa de decir en cuanto las palabras abandonaron su boca, pero ya no había manera de recogerlas.

Diego se quitó la mochila del hombro y la dejó sobre el cofre de su automóvil. No parecía enojado exactamente; más bien tenía esa expresión seria que ponía cuando estaba intentando entender algo y la otra persona no le daba suficiente información.

—¿Qué es lo que no es normal, Jordan?

El omega tragó saliva.

—Nuestra dinámica, pendejo. Tú sabes perfectamente a qué me refiero.

—Pues explícame.

—¿Para qué? ¿Para que te hagas el sorprendido y me digas que somos amigos? No mames, Diego. Nos conocemos desde hace años. Sabes que esto es raro.

—¿Y qué quieres que haga con eso?

La pregunta lo descolocó.

Jordan esperaba que Diego se defendiera, que le dijera que estaba exagerando o que le recordara que su amiga era libre de salir con quien quisiera. No esperaba que le devolviera la pregunta con tanta seriedad, como si realmente estuviera dispuesto a escuchar una respuesta.

El problema era que Jordan no tenía ninguna.

No podía decirle que le molestaba imaginarlo con otra persona. No podía reclamarle que hubiera pasado la noche pensando en él, ni que le hubiera dolido despertar y no encontrar un solo mensaje suyo. Mucho menos podía admitir que, cuando se enteró de la salida, lo primero que pensó fue que Diego estaba dejando que alguien más ocupara un espacio que hasta entonces había sentido exclusivamente suyo.

Porque no era suyo.

Diego nunca había sido suyo.

Y, aun así, la idea le revolvía el estómago.

—No sé, wey —respondió, bajando un poco la voz—. Pero mínimo me lo hubieras dicho.

Diego soltó una risa breve, incrédula.

—¿Para qué? ¿Para que me dijeras que no saliera con ella?

—¡Ora! Escucha tus pinches piñas.

—Entonces, ¿qué querías que hiciera? Porque, neta, no te entiendo. Primero te molesta que salga con alguien, luego me dices que no te importa, después que es tu amiga y ahora que nuestra dinámica es rara. ¿Qué se supone que haga con todo eso, Jordan?

—¡No sé, cabrón!

—Pues yo tampoco. ¿Quieres que deje de salir con ella? Dímelo. ¿Quieres que te cuente cada vez que vaya a ver a alguien? También dímelo. Pero no me estés reclamando algo que ni tú sabes explicar.

Jordan sintió que algo se le atoraba en la garganta.

Porque Diego tenía razón en una cosa, y era precisamente la que menos ganas tenía de escuchar: no sabía qué estaba reclamando.

—Ya estás bastante grandecito como para saber qué hacer, ¿no, pa? —soltó, intentando recuperar algo de terreno—. No tengo que decirte todo.

—Y tú estás bastante grandecito como para decirme qué te molesta sin hacerme adivinar.

Se miraron en silencio.

Jordan quiso contestarle algo. Cualquier cosa que le permitiera terminar la discusión con la última palabra, como hacía casi siempre. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, no encontró una respuesta que no sonara estúpida incluso dentro de su propia cabeza.

Porque, si Diego le preguntaba qué quería de él, ¿qué se suponía que debía contestar?

¿Que quería seguir siendo la primera persona a la que llamaba? ¿Que no le gustaba que alguien más tuviera su atención? ¿Que le daba miedo que una cita cualquiera terminara convirtiéndose en algo serio y que, de pronto, ya no hubiera espacio para él?

No podía decirle ninguna de esas cosas.

No cuando había pasado años asegurándole que eran amigos.

—Ya, a la verga —murmuró, abriendo de nuevo la puerta de su automóvil—. Olvídalo.

—Jordan, no he terminado de hablar contigo.

—Pues yo sí, Diego.

—¿Entonces para qué me reclamas?

El omega se quedó quieto, con la mano sobre la puerta.

La pregunta le cayó peor de lo que debería. No porque fuera injusta, sino porque no tenía cómo defenderse de ella.

Había sido él quien se acercó a reclamarle. Él quien había pasado toda la mañana esperando un mensaje que nunca llegó. Él quien se había quedado pendiente de Diego durante el entrenamiento, aunque fingiera estar muy entretenido con Brian. Y ahora estaba ahí, en medio del estacionamiento, exigiéndole explicaciones por salir con una mujer cuando ni siquiera podía explicar qué lugar quería ocupar en su vida.

Se estaba mamando.

Lo sabía.

—¿Sabes qué? Tienes razón a la verga —dijo al fin, sin mirarlo—. No tengo por qué reclamarte nada.

Diego frunció el ceño.

—No dije eso.

—Pero es lo que hay, ¿no? Tú haces tu vida y yo la mía. Así de fácil.

—Jordan…

—Que te vaya bien con Paola, wey.

Lo dijo con una sonrisa torcida que no le llegó a los ojos. Después se subió al automóvil, cerró la puerta y encendió el motor antes de que Diego pudiera encontrar algo más que decir.

Campillo se quedó junto a su coche, observándolo acomodarse el cinturón y sacar el automóvil del espacio de estacionamiento. El culiacanense ni siquiera volvió la cabeza para despedirse.

Y Diego no intentó detenerlo.

Se quedó mirando cómo el carro desaparecía entre los vehículos, con la sensación de que la conversación había terminado justo cuando empezaba a entender que había algo más detrás del enojo de su mejor amigo.

No sabía qué era.

No sabía por qué Jordan había reaccionado así, ni por qué parecía dolerle tanto una salida que, hasta donde Diego recordaba, no tendría que haberle importado.

Lo único que sabía era que, por primera vez en mucho tiempo, se habían despedido sin arreglar las cosas.

Y eso le dejó un mal sabor de boca que ni siquiera supo cómo explicarse.

Jordan no tardó ni cinco minutos en llegar a su departamento después de salir de Verde Valle.

Tampoco tardó demasiado en arrepentirse de haber abierto la boca en el estacionamiento.

Pinche vergüenza.

No sabía qué había sido peor: reclamarle a Diego por salir con Paola o quedarse parado frente a él, intentando justificar su enojo con argumentos que ni siquiera él se creía. Porque, al chile, ¿qué chingados había sido todo eso? ¿En qué momento se le había ocurrido que tenía derecho a exigirle explicaciones a Campillo por una cita? 

Por Dios, reclamando cuando él tampoco le cuenta sobre su vida amorosa, pero pues es mejor ser discreto en ese ámbito ¿no? Tal vez no le decía directamente, pero creía que el alfa comprendía.

Realmente era diferente, ya que nunca había buscado algo serio. 

Se dejó caer de espaldas sobre la cama, todavía con la ropa que había usado para salir del entrenamiento, y se cubrió la cara con una almohada.

—Qué pendejo estás, Jordan —murmuró contra la tela.

Lo peor era que ni siquiera podía fingir que todo había sido una broma. Si hubiera querido molestar a Diego, como hacía tantas otras veces, le habría soltado alguna mamada sobre lo enamorado que estaba de Paola, se habría burlado de su cita y después le habría pedido que le llevara algo de comer para compensar el abandono. Campillo le habría contestado con alguna grosería y los dos habrían terminado riéndose.

Pero no.

Esta vez se había enojado de verdad.

Y Diego lo había notado.

Eso era lo que más le molestaba. La manera en que su mejor amigo se le había quedado mirando, esperando una explicación que Jordan no había podido darle. Como si hubiera estado a punto de entender algo y él mismo hubiera terminado cerrándole la puerta en la cara.

Se giró sobre el colchón y aventó la almohada hacia un lado.

No quería pensar en eso.

Ni en Paola, ni en la cita, ni en la pinche cara de Diego cuando le preguntó qué quería que hiciera. Mucho menos quería recordar que había terminado deseándole que le fuera bien con ella, como si fuera un novio despechado al que acababan de cambiar por alguien más.

Qué oso, neta.

Se acomodó de lado, abrazó otra almohada y cerró los ojos con la intención de dormir hasta que se le olvidara que tenía existencia.

El plan habría funcionado bastante bien de no ser porque, aproximadamente veinte minutos después, alguien comenzó a tocarle la puerta.

—¡Jordaaaan!

No contestó.

—¡Eh, plebe! ¡Ábreme!

Se tapó la cabeza con la almohada.

—¡Sé que estás ahí, cabrón!

—¡Pues qué bueno! —gritó desde la cama—. ¡Ya puedes irte!

La puerta se abrió unos segundos después. Su hermano mayor tenía una copia de las llaves de su departamento desde hacía tiempo y, por desgracia, no conocía el concepto de respetar la privacidad de su hermano menor cuando se le metía algo en la cabeza.

—¿Qué haces? —preguntó el beta, asomándose al dormitorio.

—Durmiendo. ¿No ves?

—No, pues perdón, su majestad. No sabía que ahora se dormía con los ojos abiertos.

Jordan le levantó el dedo medio sin molestarse en sacar la cara de la almohada.

Pedrin soltó una carcajada.

—Ándale, levántate. Vamos a comer a Andares.

—No tengo hambre —soltó con molestia hundiendo más su cara en la almohada.

—Pues te da hambre allá.

—Bro, vete a la verga. 

—Uy, qué carácter. ¿Qué te pasó? ¿Te dejó tu novio? —comentó inquieto el beta al instruir la causa de los dramas de su hermano. 

Jordan levantó la cabeza de golpe.

—¿Cuál novio, pendejo?

—Ah, no sé. Por eso pregunto. Aunque, viendo cómo estás, me imagino que sí —la risilla que sonó en la habitación solo le caló más en el coraje al omega.

—No mames.

Pedrin se acercó a la cama y le jaló una pierna por encima de las cobijas.

—Ya, levántate. Vamos a comer, damos una vuelta y te compro un helado para que se te quite lo amargado.

—No quiero salir.

—Bueno, entonces me voy a quedar aquí hasta que te levantes.

Jordan volvió a cubrirse la cara.

—Eres un pinche castre.

—Y tú eres un huevón. Ándale, cabrón, que ya tengo hambre.

Le tomó otros quince minutos, dos amenazas de quitarle las cobijas y un intento bastante miserable de Pedrin por convencerlo de que seguramente había promociones en sus tiendas favoritas. Al final, Jordan se levantó más por hartazgo que por ganas, se cambió la ropa y salió del departamento con su hermano.

Al menos, si estaba afuera, tendría otras cosas en qué pensar.

Eso creyó.

Andares estaba bastante concurrido cuando llegaron. Había familias paseando, grupos de amigos que iban de una tienda a otra y parejas que parecían haberse puesto de acuerdo para estorbar besándose o abrazándose justo en medio de los pasillos. Pedrin iba hablando de no sé qué restaurante al que quería llevarlo, mientras Jordan asentía de vez en cuando, con la mirada perdida en los aparadores.

Había salido para despejarse la cabeza.

Tenía que concentrarse en otras cosas, distraerse un rato y dejar de darle vueltas a una discusión que, vista desde afuera, ni siquiera tenía sentido.

Era una pelea pendeja. Punto.

Diego podía salir con quien quisiera. Podía invitar a Paola a cenar, comprarle flores, llevarla al cine o hacer cualquier otra cosa que se le pegara la gana. Jordan no tenía por qué meterse en eso.

Y, sobre todo, no tenía por qué importarle.

—¿Me estás escuchando? —preguntó Pedrin.

—Simón.

—¿Qué te acabo de decir?

—Que estás bien guapo y que me quieres mucho.

Su hermano lo miró con una expresión de absoluto desprecio.

—Qué mamón. Te pregunté si querías comer hamburguesas o ir por suchi.

—Lo que sea.

—Ah, no, pues qué ganas de salir contigo, cabrón.

Jordan se rio por lo bajo, más por costumbre que porque el comentario le hubiera hecho gracia. Intentó prestar atención al camino, a los locales y a cualquier cosa que no tuviera que ver con Campillo.

Hasta que pasó frente a la tienda de Nike.

Fue inevitable que mirara hacia el escaparate. Entre los anuncios de ropa deportiva y los maniquíes con uniformes de fútbol, había varios pósteres de jugadores. Uno de ellos mostraba a Diego con la camiseta de Chivas, mirando hacia la cámara con esa expresión seria que solía poner cuando le pedían posar para las fotografías oficiales.

Jordan se detuvo apenas un segundo.

Lo suficiente para reconocerlo.

Lo suficiente para que le diera coraje.

—Pinche mamón —murmuró, apartando la mirada.

Siguió caminando detrás de Pedrin, pero alcanzó a distinguir otro anuncio en el que aparecía la Hormiga. El número de su camiseta le llamó la atención y, de inmediato, recordó algo que Brian le había contado tiempo atrás.

Hormiga también había pasado por una situación parecida. O, al menos, por una de esas complicaciones en las que uno terminaba involucrándose demasiado con alguien y después pretendía que todo seguía igual.

Jordan sacó el celular mientras caminaba, buscando su conversación con él por puro impulso. Quería preguntarle alguna estupidez, quizá burlarse de algo que hubiera publicado o mandarle un mensaje sobre el partido que había visto días antes.

Sin embargo, cuando entró al chat, se encontró con que ya no podía ver su foto de perfil como antes.

Frunció el ceño, entrando a su cuenta de Instagram.

Nada.

Volvió a intentarlo, escribió su nombre de usuario en el buscador y revisó el resultado una segunda vez, como si la aplicación fuera a cambiar de opinión si él insistía lo suficiente.

No podía encontrar su perfil.

—Ah, no mames —soltó.

Se quedó mirando la pantalla unos segundos más, hasta que terminó entendiendo lo evidente.

La Hormiga lo había bloqueado.

Sabía que a pesar de que el delantero nunca lo siguió en Instagram en el poco tiempo que compartieron en Chivas, no era señal de que tuviera mala relación con él, pero esto sí era nuevo. 

Jordan soltó una carcajada.

No una risa especialmente alegre, pero sí lo bastante genuina como para que Pedrin volteara a verlo.

—¿Qué traes ahora?

—Nada, bro. Nada.

—Estás bien raro hoy.

—Tú estás bien metiche —guardó el celular, todavía sonriendo por lo absurdo de la situación. 

Qué pinche cura. Primero Diego con sus citas, después él haciendo el ridículo en el estacionamiento y ahora la Hormiga bloqueándolo como si se tratara de los agentes del Coppel.

Se acordó de Brian diciéndole que al otro omega probablemente ni siquiera le habría importado que él saliera con alguien más.

Pues mira, a lo mejor sí le había importado algo.

O a lo mejor no tenía absolutamente nada que ver con eso. Jordan no sabía qué había pasado entre ellos y, en ese momento, tampoco le interesaba demasiado averiguarlo.

Lo único que consiguió fue una nueva excusa para seguir pensando en Diego.

Porque, si la Hormiga había terminado bloqueándolo por alguna pendejada relacionada con sus propias relaciones, ¿qué se suponía que debía hacer él con todo lo que acababa de pasar en el estacionamiento?

¿Bloquear a Campillo también? ¿Bloquear a Paola?

Las ideas le provocaron otra risa.

Qué estupidez.

Aunque, por alguna razón, terminó abriendo Instagram otra vez.

Quizá para distraerse, quizá porque quería ver qué había publicado Paola, quizá porque, después de pasar toda la mañana intentando no pensar en la cita, una parte de él seguía buscando cualquier información que pudiera encontrar.

Lo cierto era que no tardó demasiado en dar con ella.

Paola había subido una historia a mejores amigos.

Jordan la abrió sin pensarlo demasiado y, al principio, solo vio unas flores. Un arreglo bonito, de esos que parecían demasiado elaborados para ser una compra de último minuto. La cámara se movió ligeramente, mostrando parte de lo que había alrededor.

Entonces reconoció el automóvil.

No necesitó ver más, ni revisar dos veces el fondo. Conocía demasiado bien ese carro.

Era el de Diego.

Jordan dejó de caminar.

A su lado, Pedrin continuó hablando, ajeno al cambio repentino en el humor de su hermano. Jordan, en cambio, se quedó mirando la historia con el pulgar inmóvil sobre la pantalla, sintiendo cómo el poco buen humor que había conseguido recuperar se le iba a la chingada.

Flores.

El carro de Campillo.

Una historia en mejores amigos.

Y él, como un pendejo, todavía intentando convencerse de que no le importaba.

Sintió que la rabia le subía desde el estómago hasta el pecho, caliente y desagradable. No sabía si quería aventar el celular contra el piso, reírse de lo ridículo que era todo o escribirle al estúpido alfa para preguntarle qué chingados estaba haciendo.

Terminó haciendo lo tercero.

Abrió su chat.

¿Qué pedo contigo?

Borró el mensaje.

Volvió a escribir.

¿Desde cuándo le compras flores a Paola, cabrón?

Se quedó mirando la frase. La mandíbula se le tensó y, antes de poder pensarlo mejor, siguió escribiendo.

No que muy amigos.

¿Por qué no me dijiste que ibas a salir con ella otra vez?

¿Qué vergas estás haciendo, Diego?

El cursor parpadeaba al final del último mensaje. El omega tenía los dedos suspendidos sobre el teclado, con el corazón latiéndole demasiado rápido para una situación tan pendeja.

Todavía podía enviarlo.

Podía mandarle todo de golpe y obligarlo a contestar. Podía preguntarle por las flores, por la cita, por qué no le había dicho nada y por qué, después de tantos años de estar metido en su vida, de pronto parecía tan fácil dejarlo afuera.

Pero ¿con qué derecho después de hacer casi lo mismo?

La pregunta le cayó encima como un balde de agua fría.

Volvió a leer lo que había escrito y sintió que se le revolvía el estómago, esta vez de pura vergüenza. Parecía un pinche novio tóxico reclamándole a su pareja por comprarle flores a otra persona.

Y ni siquiera eran novios.

—No mames, Jordan —susurró.

Borró cada palabra, una por una, hasta que el cuadro de texto quedó vacío. Después salió del chat y, tras pensarlo un instante, lo archivó.

Como si esconder la conversación pudiera hacer que también desapareciera todo lo que acababa de sentir.

Guardó el celular en el bolsillo y se pasó ambas manos por la cara.

Definitivamente, necesitaba dejar de hacer pendejadas.

—¿Ya podemos ir a comer? —preguntó Pedrin, que por fin había notado que su hermano se había quedado atrás.

Jordan levantó la cabeza.

—Sí, wey. Vamos.

—¿Qué quieres? ¿Hamburguesas? ¿Suchi? ¿Unas alitas?

—No tengo mucha hambre, la neta. Aparte, ando en la dieta. —arrugó la nariz mostrando desinterés por la comida.

Pedrin lo observó con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Entonces para qué chingados te saqué de la cama?

—Pues no sé, tú eres el que anda de castroso. Yo te acompaño, pero pide lo que quieras.

—Qué pinche humor te cargas.

—Ya, pues.

Su hermano lo estudió unos segundos más, como si estuviera decidiendo si insistir o dejarlo tranquilo. Finalmente, soltó un suspiro y le pasó un brazo por los hombros para guiarlo hacia el restaurante.

Jordan se dejó llevar.

Intentó concentrarse en el menú cuando se sentaron, en lo que Pedrin le contaba sobre sus planes para el fin de semana y hasta en el ruido de las conversaciones a su alrededor. Pero la imagen de las flores seguía apareciendo en su cabeza cada vez que se quedaba en silencio.

Le daba rabia no entenderse.

Era un omega joven, atractivo, con una carrera que iba bien y un montón de personas que no le hacían el feo cuando les prestaba un poco de atención. No le faltaban alfas interesados en él. Si quería salir con alguien, podía buscar a cualquiera de sus ligues, mandar un mensaje, aceptar una invitación o conocer a alguien nuevo.

No tenía por qué estar pasándola de la chingada por un hombre.

Mucho menos por Diego Campillo.

Porque, al final del día, ese cabrón era su amigo.

Su mejor amigo.

Y nada más.

Tenía que ser suficiente. Tenía que poder verlo salir con alguien sin que se le hiciera un nudo en el estómago, sin ponerse a revisar las historias de Paola y sin escribirle un montón de reclamos que después tuviera que borrar por vergüenza.

No podía seguir así.

No quería seguir así.

—¿Seguro que no quieres nada? —insistió su hermano cuando el mesero se acercó a tomar la orden.

—Sí, wey. Ahorita veo que rollo.

Jordan bajó la mirada hacia el celular, que había dejado junto a su pierna. Lo desbloqueó sin pensarlo demasiado y se metió a WhatsApp, pasando de largo por la conversación archivada que sabía que no debía abrir.

Buscó otro nombre.

Uno que conocía de sobra.

Un exligue con el que había estado hablando hasta hacía poco, antes de que el muy cabrón dejara de contestarle hacía una semana. Jordan había decidido no insistir porque, sinceramente, tampoco era como si estuviera enamorado del bato. Habían pasado un buen rato juntos, se habían divertido y hasta ahí.

Pero ahora mismo necesitaba pensar en cualquier otra persona.

Abrió el chat y revisó el último mensaje que él le había mandado.

Una semana sin respuesta.

Jordan hizo una mueca.

—Ah, bueno, tú también vete a la verga, hijo de tu puta madre —murmuró mientras eliminaba el contacto. 

Volvió a buscar en sus chats hasta que recordó que jugaría ese fin contra Pumas y fue cuando una sonrisa malévola se formó en él.

Su pulgar se quedó suspendido sobre el teclado mientras analizaba cómo iniciar una conversación después de ghostear a su ex compañero de equipo. Alguien que sabía que a cierto alfa le cagaba su existencia, así que quizá sí.

Quizá le escribiría.

Quizá podía conseguir que alguien más ocupara el espacio que llevaba toda la tarde llenando con el nombre de Diego.

Porque eso era lo que necesitaba, ¿no?

Dejar de pensar en su mejor amigo.

Y demostrar(se), de una pinche vez, que podía hacerlo, pero como le constaba hablar con alguien más sin terminar acordándose del duranguense.

Pensó que los días se volverían más tranquilos conforme pasaran, pero esa semana se le hizo eterna al omega tratando de evadir la realidad, evitar su lluvia de pensamientos posesivos y de olvidar la ausencia de cierto alfa, pero cuando vio que ya era sábado, pudo respirar con normalidad.

La concentración en el hotel había comenzado hacía un par de horas y, para cuando Brian decidió que ya estaba harto de estar acostado viendo videos en el celular, Jordan llevaba demasiado tiempo encerrado en su habitación.

No era que tuviera sueño. De hecho, había pasado buena parte de la tarde durmiendo, intentando recuperar las horas que llevaba perdiendo desde su pelea con Campillo. El problema era que despertarse no había servido de mucho; seguía con el mismo humor de mierda y la misma sensación de tener algo atorado en el pecho.

Por eso, cuando Brian apareció en su puerta con una Nintendo bajo el brazo y una sonrisa que anunciaba problemas, Jordan no le hizo demasiadas preguntas.

—¿Qué traes ahí, gringo?

—La Nintendo, pa. ¿Qué no ves?

—No mames, ¿me traes el recuerdo de tu ex?

Brian le enseñó el dedo medio antes de entrar, cerrando la puerta detrás de sí.

La consola era suya y, por supuesto, estaba prohibido andar cambiando de habitación durante la concentración para hacer sus pendejadas. Por eso, desde que llegaron al hotel, Brian había estado buscando la manera de juntarse con Jordan sin que el cuerpo técnico terminara enterándose.

La solución había sido tan sencilla como estúpida: intercambiar habitaciones con Sandoval y Camberos, quienes, por alguna razón que ninguno de los cuatro se había molestado en explicar, habían aceptado el trato.

Así que ahora Jordan estaba oficialmente instalado en una habitación que no le correspondía, Brian tenía una excusa para visitarlo y los otros dos podían hacer sus propias cosas sin que nadie los molestara.

Un plan perfecto.

O lo habría sido si Jordan no estuviera jugando con tan pocas ganas.

—Fuck, te están aniquilando —comentó Brian, observando la pantalla.

—Cállate, pendejo. Estoy dejando que se confíen.

—Sí, cómo no.

Jordan apretó los botones con más fuerza de la necesaria, intentando concentrarse en la partida. Llevaban varios minutos jugando y, aunque al principio había conseguido distraerse, su cabeza volvía una y otra vez al mismo lugar.

Diego.

Diego y Paola.

Diego comprándole flores a Paola, saliendo con ella, abrazándola, dándole su tiempo.

Y él, como un pinche idiota, escribiéndole un montón de reclamos que al final había borrado.

—Really? ¡Te acabo de ganar otra vez!

—Si eres un pinche tramposo, a la verga —chasqueo la lengua frustrado. 

—¡Estamos jugando Mario Kart!

—Pues por eso. ¿Quién chingados pone una concha en esa curva? —gruñó mientras agitaba el control de la Nintendo. —También han de ser tus putos controles.

Brian se echó a reír, dejando el control sobre sus piernas.

—A ver, ya. Whats wrong with you?

—Nada —lo vio de reojo para regresar rápido su vista a la pantalla. —Sabes que me caga tu pinche spanglish, gringo.

—Jordan.

—¿Qué?

—Llevas como diez minutos jugando con una cara de culo que ni siquiera cuando te toca hacer peso muerto.

—Pues no me estés viendo, cabrón.

Brian lo observó unos segundos, hasta que una sonrisa lenta comenzó a dibujársele en la cara.

—Es por Campillo, ¿verdad?

Jordan soltó el control sobre la cama.

—¡Ay, no mames! ¿Otra vez con ese piñero?

—¡Yo qué! Tú eres el que lleva días de malas —soltó una risa. —. ¿Qué madres es piñero?

—Tupu

—¿Tupu? —ladeó la cabeza en duda ante la nueva palabra.

—Tu puta madre, váyase a la verga pues —y dejó escapar una pequeña risa al pendejear al Mexicoamericano.— ¿A ti qué te importa? Aparte ese cabrón es medio pendejo, wey. No sabe ni qué chingados quiere, ¿qué problema tendré yo con él?

Brian levantó las cejas.

—Ah, pues se nota que no lo querías contar. ¿Y ahora qué hizo?

El omega suspiró. Al final si necesitaba contarle su oedo mental a alguien, aunque no esperaba que esa persona terminaría siendo Brian Lelo Gutiérrez, el mismo que siempre pendejeaba ante su espanglish.

—Lo mismo de siempre. Un día parece que le importa una mierda todo lo que hago y al otro anda de mamón, como si me aguantara un vergazo, con el derecho a ignorarme y olvidar nuestra amistad, solo porque yo no le digo con quien verga salgo. Pero cuando se trata de él, ahí sí todos tenemos que entender que es libre de hacer su vida.

—¿Y no lo es?

Jordan giró la cabeza para mirarlo.

—No estés mamando. Ya sé que puede hacer lo que quiera.

—Bueno, pues entonces…

—¡Pero es que no entiendes, gringo! —lo interrumpió, frustrado—. No estamos en la misma sintonía. Yo no sé qué quiere de mí y, la neta, ya me cansé de estar intentando entenderlo. Ahorita estamos mejor así, cada quien por su lado y se acabó.

Brian se quedó callado unos segundos, después empezó a reírse. Jordan lo miró con una expresión de absoluto desprecio.

—¿Qué chingados te da risa?

—Nada, pa. Es que te escucho y siento que estoy viendo una repetición de mi propia vida, It feels like a rerun.

—Ah, no mames, ya te dije güero que me caga el inglés así de la nada —soltó un pequeño gruñido ocasionando una risa escandalosa en el alfa.

—Psss te aguantas —suspiró—. Te lo juro, yo también estuve ahí con cierto personaje que ahorita anda en Grecia.

Jordan puso los ojos en blanco y volvió a tomar el control.

—Pues dile a tu ex, novio, casi algo o lo que verga haya sido que me desbloquee, ¿no? A ver si así dejas de estar chingando con sus mamadas.

Brian soltó una carcajada.

—Primero, no es mi ex.

—Ajá.

—Segundo, no hablamos.

Jordan dejó de mover los botones.

—¿Entonces qué pedo?

—Pues no me contesta, cawn.

El omega giró lentamente hacia él.

—¿Cómo que no te contesta?

—Eso. Le mando mensajes y no responde. Pero yo le sigo mandando sus buenos días, sus reels y las pendejadas que sé que le gustan. —y la sonrisa suave y tranquila que mostró, confundió por completo al omega.

Solo lo miró con la boca entreabierta.

—No mames.

—¿Qué?

—¿Le mandas buenos días aunque no te conteste?

—Sí.

—¿Y reels?

—También. —soltó orgulloso, viendo con nostalgia la Nintendo.

Jordan dejó el control sobre la cama y fingió una arcada tan exagerada que Brian terminó empujándolo con el hombro.

—¡No estés mamando, cabrón! Todavía que te confieso la desnudez de mi alma —le gruñó al omega al ver que este lo veía con una cara de horror.

—¡Es que qué pinche perrada! —Jordan se llevó una mano al pecho—. Neta, odio escuchar a las personas migajeras. Qué necesidad de andar arrastrándose por un bato que ni siquiera te contesta.

—Ay, sí, perdón por tener sentimientos y no ser un tibio.

—Pues tenlos con dignidad, mínimo.

—Ajá. Tú muy digno.

—Obviamente.

Brian le lanzó una mirada de esas que parecían atravesarle la frente. Jordan intentó sostenerle la mirada, pero terminó apartándose para recoger el control y fingir que estaba más interesado en la pantalla.

El problema era que Brian no estaba equivocado.

Y eso era lo que más le cagaba.

Porque él también tenía ganas de escribirle a Diego. Llevaba días con el chat archivado, abriéndolo de vez en cuando para comprobar que seguía sin haber mensajes nuevos. Había pensado en mandarle una estupidez para romper el hielo, incluso en preguntarle cómo había salido todo con Paola.

Pero después recordaba la pelea.

Recordaba que había sido él quien se había marchado primero y que, si ahora le escribía, sentiría que estaba aceptando que había hecho el ridículo en el estacionamiento.

Y ni de pedo iba a darle esa satisfacción a Campillo.

—A veces desearía poder ser así —murmuró de pronto.

Brian dejó de jugar.

—¿Así cómo?

Jordan mantuvo la mirada fija en la pantalla, aunque el juego ya estuviera pausado.

—Pues… que me valiera madre verme pendejo. Poder escribirle a alguien aunque no me conteste, ¿sabes? No estar pensando todo el tiempo en quién tiene que hablar primero o quién va a quedar como el más idiota —se encogió de hombros, fingiendo que no era la gran cosa—. O que no fuéramos tan pinches orgullosos los dos.

La última frase salió tan bajita que casi se perdió entre el ruido de la televisión.

Brian lo observó un momento. Esta vez no se rio ni hizo alguno de sus comentarios sobre Diego. Simplemente dejó su control a un lado y se acercó para pasarle un brazo por los hombros.

Jordan se tensó de inmediato.

—¿Qué haces, pendejo?

—Abrazándote, pa. ¿Qué no ves?

—Quítate, cabrón. Me vas a dejar con tu aroma y no quiero dar explicaciones. 

—Uy, perdón. No sabía que tienes que darle a alguien explicaciones.

Jordan le dio un empujón, pero Brian no lo soltó.

—No estés mamando, Guti.

—Ya, wey —la voz de Brian perdió parte de su tono burlón—. No tienes que ganar todas las peleas, Jord.

Jordan se quedó callado.

—Y tampoco tienes que hacerte el que no te importa todo. A veces puedes hablar con alguien sin que eso signifique que perdiste.

El omega apretó los labios. Odiaba cuando el pocho se ponía serio porque, de alguna manera, siempre terminaba diciendo algo que le hacía pensar más de la cuenta.

—Ya sé, cabrón.

—Bueno, pues deja de hacerte pendejo.

Jordan soltó una risa breve y le dio un golpe en el brazo.

—No te emociones, pinche terapeuta. No te estoy pagando.

—Pues deberías, porque te estoy dando un servicio de calidad.

—Iinguesuu.

Brian se rio y, finalmente, lo soltó.

Durante un rato se quedaron así, sentados en la cama, con la Nintendo olvidada entre ambos y el juego pausado en la pantalla. Jordan volvió a tomar el control, pero ya no tenía demasiadas ganas de jugar. Se limitó a mover al personaje por la pista mientras Brian revisaba su celular, sin insistir más en el tema.

Hasta que el gringo soltó un suspiro.

—Por cierto, ¿sabías que todavía tengo sus audios de buenos días guardados? Los escucho en las mañanas que es cuando más lo extraño. 

Jordan giró la cabeza lentamente, otra más y acabaría reventándole la Nintendo Switch en la cabeza al güero.

—Te voy a aventar por la ventana o mínimo un madrazo te daré, a ver si ya le bajas de huevos wey —le dijo seriamente ocasionando una carcajada escandalosa en el menor —. Te lo juro, Brian. No vuelvas a decirme esa mamada.

Otra carcajada llenó la habitación, y Jordan terminó riéndose también, aunque intentó disimularlo con una queja.

Por unos minutos, pudo olvidarse de Diego. De la discusión, de las flores y de la sensación de que algo entre ellos se había roto sin que ninguno supiera cómo arreglarlo.

Pero cuando Brian se levantó para buscar algo de tomar, Jordan volvió a mirar su celular.

El chat de Campillo seguía archivado.

No había mensajes nuevos.

Y, por más que le molestara admitirlo, lo que más deseaba en ese momento era que Diego tuviera el mismo impulso estúpido de escribirle que él llevaba días intentando ignorar.

Después de un rato de intentos de Brian para convencer a Jordan de que jugara otra partida, salieron de su ambiente cuando los primeros gritos comenzaron a escucharse desde el exterior del hotel.

Al principio, ninguno de los dos les prestó demasiada atención. En concentración siempre había ruido: compañeros corriendo por los pasillos, personal entrando y saliendo de las habitaciones y alguno que otro cabrón que parecía incapaz de hablar a un volumen normal.

Pero aquello era diferente, algo que ya conocían bien.

Se escuchaban tambores, trompetas y un montón de voces coreando canciones que Jordan reconoció casi de inmediato.

—No mames —dijo, dejando el control sobre la cama—. ¿Ya llegaron?

Brian se incorporó de golpe.

—¡La Irre!

Los dos se miraron y, sin necesidad de ponerse de acuerdo, abandonaron la Nintendo para asomarse hacia la ventana. Desde ahí alcanzaron a distinguir a varios integrantes de la batucada de Chivas reunidos frente al hotel, acompañados de aficionados que habían ido a mostrarles su apoyo antes del partido.

El sonido de los instrumentos se mezclaba con los gritos de los jugadores que ya habían comenzado a salir de sus habitaciones. Por los pasillos se escuchaban puertas abriéndose, risas y pasos apresurados; en cuestión de minutos, la tranquilidad de la concentración había quedado completamente olvidada.

—¡Ándale, pa! —Brian le dio un empujón amistoso—. Vamos a ver qué pedo.

—Espérate, wey. Déjame guardar esta madre.

—¡Que se quede ahí! ¡Nadie se va a robar la pinche Mario Kart!

—Pss la otra vez tu querido ex casi se le avienta al Santi por guardarle un joystick que dejó tirado el wey…

Brian solo rodó los ojos, saliendo primero y Jordan lo siguió después de guardar la consola como pudo. Solo se pasó rápido la mano por su cabello, tratando de acomodarlo. Hacía días que no se sentía con ganas de hacer algo que no fuera dormir o distraerse a la fuerza, y quizá aquello le vendría bien.

Lo que no esperaba era encontrarse con Diego al salir al pasillo.

Campillo estaba unos metros más adelante, conversando con Tala mientras ambos se dirigían hacia las escaleras. Llevaba el cabello ligeramente despeinado y una sonrisa que Jordan no había visto de cerca en varios días.

Por un instante, sus miradas se encontraron.

Ninguno dijo nada.

Jordan estuvo a punto de seguir de largo, dispuesto a fingir que no lo había visto, pero Brian lo tomó del hombro y lo arrastró hacia el grupo de jugadores que ya se estaba reuniendo.

—¡Eh, Campillo! ¡Muévete, cabrón, que ya empezó el desmadre! —gritó el alfa.

Diego volteó al escuchar su nombre. Sus ojos pasaron de Brian a Jordan y se detuvieron en este último apenas un segundo más de lo necesario.

—Ya voy, cabrón.

Jordan fingió estar muy ocupado acomodándose la manga de la sudadera.

No iba a ser él quien se acercara primero.

Sin embargo, cuando bajaron y llegaron al área donde se habían reunido los jugadores, la música terminó por arrastrarlos a todos. Los integrantes de la batucada comenzaron a tocar con más fuerza al reconocerlos, y los cánticos de la afición hicieron que varios de sus compañeros se sumaran de inmediato.

El ambiente era imposible de ignorar.

Había jugadores saltando al ritmo de los tambores, otros levantando los brazos mientras recitaban las porras y alguno que otro que se había puesto a grabar todo para subirlo a sus historias. Bryan apareció con el celular en alto, narrando alguna estupidez mientras Piojo intentaba quitarle el teléfono para que dejara de grabarlo.

Jordan terminó riéndose.

Y fue precisamente cuando estaba distraído, gritando a todo pulmón una de las porras de la afición, que cierto alfa apareció a su lado.

—A ver grita “Ogala gane Chivas, Ogala” —le soltó el alfa.

Jordan giró la cabeza, sorprendido por la interrupción.

Durante un segundo, se quedaron mirándose. Era la primera vez en días que Diego le hablaba directamente, sin necesidad de que hubiera alguien más de por medio.

Entonces Jordan frunció el ceño al recordar que cierta imagen de su Facebook se había viralizado.

—Pues dilo tú, pendejo.

Diego sonrió.

—Te estoy hablando de un mantra muy poderoso, así como dicen, y me respondes con ese tono —chasqueó la lengua.

—Chinga tu madre, Campillo.

—La tuya primero.

Y ahí estuvo.

Esa facilidad de siempre. La manera en que una sola respuesta bastaba para que la conversación fluyera como si no hubieran pasado días evitándose, como si no se hubieran dicho cosas que ninguno sabía cómo arreglar.

Jordan soltó una carcajada y le dio un empujón en el brazo.

—No estés mamando, wey.

—Tú empezaste.

—¿Yo? Si tú viniste a chingar.

—Ah, sí, perdón. Se me olvidaba que ahora tengo que pedir cita para hablarte.

La frase salió en tono de broma, acompañada de una sonrisa ladeada, pero durante un instante ambos parecieron recordar por qué llevaban días sin hablarse.

El omega sintió que la risa se le atoraba un poco.

El defensa también pareció darse cuenta de lo que acababa de decir, porque apartó la mirada y señaló hacia el grupo de compañeros que estaba cantando frente a ellos.

—Mira nomás a la Cotorra. Ya se cree integrante de la batucada.

Jordan agradeció el cambio de tema más de lo que habría querido admitir.

—Ese pendejo no necesita instrumentos para hacer ruido.

—Eso sí.

Volvieron a reírse.

Y, por primera vez en varios días, Jordan dejó de preguntarse si debía seguir enojado.

No era que el problema hubiera desaparecido. Seguía ahí, en alguna parte entre las palabras que se habían dicho en el estacionamiento y los mensajes que ninguno había enviado. Pero las porras, los cuetes, todo estaba demasiado fuerte, sus compañeros estaban demasiado cerca y todos empezaron a reírse al encontrar a un aficionado con una similitud a Brian que daba duda para hacer un examen de ADN, uniendo un nuevo personaje al Brian Universe. 

—Ese wey tiene clones en todas partes. Ojalá él caiga uno a cierto omega que anda con los dioses griegos, ¿no?

Jordan le dio un golpe en el pecho, todavía riéndose, y Diego aprovechó para revolverle el cabello como hacía siempre.

El omega le apartó la mano de un manotazo.

—¡No me despeines, cabrón!

—Pues deja de tener el cabello bonito, dan ganas de acariciarte como si fueras un chihuahua. 

—¡Vete a la verga!

Pero no se apartó.

Tampoco Diego.

Se quedaron juntos el resto de la serenata, intercambiando comentarios sobre sus compañeros y burlándose de los que intentaban seguir el ritmo de los tambores. En algún momento, Jordan terminó con un brazo alrededor de los hombros de Diego mientras cantaban una de las porras, y el alfa ni siquiera pareció darse cuenta de que había vuelto a colocarse exactamente en el lugar que había ocupado durante años: pegado a su mejor amigo, como si no supiera estar de otra manera.

O quizá sí se había dado cuenta.

Quizá por eso, cuando Jordan se inclinó hacia él para decirle algo al oído porque la música no les permitía escucharse, Diego sintió que se le aflojaba algo en el pecho.

Lo había extrañado.

Extrañaba las bromas, los insultos sin importancia, la facilidad de hablar de cualquier cosa sin tener que pensar demasiado en lo que significaban sus palabras. Extrañaba tenerlo cerca sin esa tensión constante que lo había acompañado durante los últimos días.

Y, por la manera en que Jordan volvió a reírse de una de sus estupideces, quiso creer que el omega también lo había extrañado.

Por un rato, los dos se permitieron fingir que todo estaba bien.

Cuando finalmente los hicieron regresar a sus habitaciones, la euforia de la serenata todavía se sentía en los pasillos. Algunos jugadores seguían comentando los videos que habían grabado, otros discutían sobre quién había bailado peor y el personal del equipo iba recordándoles que debían descansar porque al día siguiente tenían partido.

Jordan regresó a su habitación con una sonrisa que no se había quitado del rostro en toda la caminata.

Incluso se permitió pensar que quizá las cosas podían volver a la normalidad sin necesidad de que ninguno tuviera que disculparse. Tal vez lo único que necesitaban era dejar de darle tantas vueltas a una discusión que, después de todo, había empezado por una pendejada.

Bueno, no exactamente por una pendejada.

Pero tampoco iba a ponerse a pensar en eso ahora.

Entró a la habitación y dejó caer el cuerpo sobre la cama, todavía riéndose de algo que Diego había dicho mientras subían. El alfa había terminado acompañándolo hasta la puerta, como hacía antes de que todo se fuera a la chingada, y se había quedado un momento más para seguir molestándolo.

—Ya vete a dormir, cabrón —le había dicho Jordan.

—¿Me estás corriendo?

—Sí. Mañana tienes partido y no quiero que andes de pendejo porque te desvelaste.

—Mira quién habla. El que se quedó dormido toda la tarde.

—Chinga tu madre.

Diego se había reído antes de despedirse, y Jordan había cerrado la puerta con una sonrisa estúpida que desapareció solo cuando se dio cuenta de que llevaba varios minutos recordando la conversación.

Se incorporó para buscar su celular.

Tenía que distraerse un poco antes de dormir. Podía revisar Instagram, contestar los mensajes que le habían llegado durante la tarde o buscar alguna serie para ver, aprovechando que el gringo se había desaparecido después de la serenata. 

Hacer cualquier cosa.

Fue entonces cuando escuchó que llamaban a la puerta.

Jordan ni siquiera tuvo que preguntar quién era.

—¿Qué quieres ahora, Campillo?

Diego entró con el celular en la mano y una expresión tranquila.

—Nada, bueno si. Préstame tu cargador carga híper rápida —sonrió para mostrar confianza ante la excusa barata, el omega solo le alzó la ceja viéndolo seriamente desde abajo. 

—¿Carga híper rápida?

—Tú sabes cuál, pues.

Jordan lo miró unos segundos antes de señalar la mesita junto a la cama.

—Ahí está. Agárralo y lárgate.

—Qué amable.

Diego recogió el cargador y, en lugar de marcharse inmediatamente, se sentó en el borde de la cama. Jordan no le pidió que se fuera. Tampoco le preguntó qué hacía ahí.

Por un momento, aquello se sintió tan familiar que le dolió un poco.

Campillo desbloqueó el celular y comenzó a escribir algo. Jordan intentó no prestar atención, pero la pantalla estaba lo suficientemente cerca como para que alcanzara a ver el nombre que aparecía en la parte superior.

Paola.

La sonrisa se le borró despacio.

Diego seguía escribiendo, con los pulgares moviéndose sobre el teclado y una expresión concentrada que Jordan conocía de sobra. De vez en cuando se detenía a leer lo que había escrito antes de continuar, como si estuviera pensando bien cómo responderle.

Y Jordan sintió que toda la tranquilidad que había conseguido recuperar durante la serenata se le iba de golpe a la mierda.

Ahí estaba otra vez.

Paola.

La misma Paola de la que había intentado no pensar durante días. La misma que había aparecido en las historias con las flores y el carro de Diego. La misma que, en ese preciso momento, estaba recibiendo la atención de Campillo mientras Jordan se encontraba sentado a su lado, intentando convencerse de que podían volver a ser los de antes.

Qué pendejo había sido.

Por un rato, entre la música y las bromas, había olvidado que nada había cambiado realmente. Diego seguía haciendo su vida. Seguía saliendo con ella. Seguía escribiéndole, buscándola y dedicándole tiempo, mientras Jordan tenía que conformarse con robarse unos minutos de normalidad cada vez que coincidían.

Y lo peor era que Diego no estaba haciendo nada malo.

No le había prometido exclusividad. No le había dicho que iba a dejar de salir con Paola. Ni siquiera le había pedido a Jordan que se quedara a su lado aquella tarde.

Había sido Jordan quien, por unos minutos, se había permitido creer que estar juntos otra vez significaba algo.

—¿Qué? —preguntó Diego de pronto, sin levantar demasiado la vista—. ¿Por qué me ves así?

Jordan apartó los ojos de la pantalla.

—Por nada.

—¿Seguro?

—Sí, wey. ¿Qué chingados quieres que tenga?

Diego lo observó un momento, como si intentara descubrir si había hecho algo para molestarlo. Después volvió a mirar el celular y terminó de escribir su mensaje.

Jordan escuchó el pequeño sonido que anunciaba que lo había enviado.

No necesitó mirar para saber a quién.

—Bueno, ya me voy —dijo Diego, levantándose de la cama—. Descansa, Jordi.

Jordan asintió sin mirarlo.

—Sopas. Tú también.

El alfa guardó el teléfono en el bolsillo, recogió sus cosas y salió de la habitación sin sospechar que, en cuestión de segundos, Jordan había pasado de sentirse feliz por volver a tenerlo cerca a querer mandarlo a la chingada.

La puerta se cerró.

Jordan permaneció sentado, con las manos apoyadas sobre las rodillas y la mirada fija en un punto cualquiera de la habitación.

Qué pinche coraje.

No con Paola. Ni siquiera con Diego, no del todo.

Estaba enojado consigo mismo por haber bajado la guardia tan rápido, por haber disfrutado de su compañía como si no hubiera pasado nada y por haber olvidado, aunque fuera durante unos minutos, que seguían sin resolver absolutamente nada.

Se dejó caer de espaldas sobre la cama y tomó el celular.

Abrió Instagram por inercia, pero no llegó a revisar ninguna historia. Terminó bloqueando la pantalla con un movimiento brusco y aventando el aparato a un lado.

No iba a escribirle.

No iba a buscarlo.

Y mucho menos iba a volver a cometer la estupidez de reclamarle por hacer su vida.

Si Diego quería hablarle, que lo hiciera.

Si quería seguir saliendo con Paola, que lo hiciera también.

Jordan podía soportar eso.

Lo que no iba a hacer era quedarse sentado junto a él, fingiendo que no le dolía verlo prestándole a otra persona una atención que él llevaba días extrañando.

Porque una cosa era extrañar a su mejor amigo.

Y otra muy distinta era tener que recordarse, cada vez que lo tenía cerca, que no podía pedirle que se quedara. Así se le fue la noche, agradecía que por lo menos esa noche, su mente si lo dejó dormir. 

[…]

El trayecto hasta el Akron se le hizo una pinche eternidad a Diego.

Y eso que no había pasado nada particularmente malo.

Bueno, nada que justificara el humor de la chingada con el que había amanecido, al menos.

Desde que se subieron al autobús, todo parecía molestarle. El ruido de los compañeros hablando a gritos en los asientos de atrás, el celular vibrándole a cada rato, el cabrón de Piojo que llevaba como diez minutos tarareando la misma canción con su pinche bocina y hasta el jodido sol tapatío que se colaba por la ventana justo en su cara.

Todo.

Y, por supuesto, Jordan.

Porque si había algo que le estaba terminando de joder el día era tener al omega sentado unas filas más adelante, riéndose de alguna mamada que le había dicho Brian, como si no llevaran días sin dirigirse la palabra más allá de lo estrictamente necesario.

Diego apretó la mandíbula.

La noche anterior había sido diferente. O eso había querido creer.

Con la llegada de la batucada, la convivencia había fluido de una manera tan natural que, por un rato, se le había olvidado que estaban peleados. Había vuelto a tener a al omega cerca, escucharlo entonar las porras, burlarse de sus compañeros y sentir su brazo sobre los hombros como si nada hubiera pasado.

Había sido suficiente para que el alfa se fuera a dormir un poco más tranquilo.

Incluso se había permitido pensar que, a lo mejor, las cosas estaban empezando a acomodarse entre ellos.

Pero entonces había llegado la hora de volver a las habitaciones y Jordan había vuelto a ponerse esa pinche coraza, dejándolo con la sensación de que había imaginado todo lo demás.

Y ahora estaban otra vez en las mismas.

Ni una mirada, ni una broma dirigida a él, ni siquiera una de esas patadas discretas que el omega solía darle por debajo de la mesa cuando quería llamar su atención sin que los demás se dieran cuenta.

Nada.

Era como si la convivencia de anoche no hubiera significado una mierda.

—¿Qué traes, wey? —preguntó Bryan desde el asiento de al lado, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿Qué? —le respondió de mala gana. El alfa prefería no entablar una conversación justo en ese momento. 

—Que qué traes. Llevas todo el camino con una cara de que te quieres madrear al chofer.

—No traigo nada.

El beta lo miró unos segundos, sin creérselo ni tantito.

—Ah, bueno. Entonces esa cara es tu estado natural.

—Chinga tu madre, Bryan. 

—Eso, cabrón. Ya decía yo que todavía sabías hablar.

Diego le lanzó una mirada de pocos amigos y volvió a fijarse en la ventana.

No tenía ganas de discutir con nadie. Mucho menos de explicarle al beta que llevaba toda la mañana sintiéndose raro, con una inquietud metida debajo de la piel que no conseguía sacudirse. No sabía si era el cansancio, la tensión acumulada de los últimos días o simplemente que se había levantado con el humor atravesado.

Lo único que sabía era que necesitaba que algo dejara de molestarle.

Y, por alguna razón que prefería no examinar demasiado, la única persona capaz de tranquilizarlo era también la que más estaba contribuyendo a ponerlo de malas.

Qué pinche ironía.

Cuando llegaron al estadio Akron, el movimiento habitual de los días de partido se apoderó de todo.

El personal iba y venía por los pasillos, algunos compañeros bromeaban mientras bajaban sus mochilas y el cuerpo técnico se encargaba de recordarles los últimos detalles antes de que comenzara la jornada. Era un ambiente que Diego conocía de sobra. Normalmente, esa energía le ayudaba a concentrarse, a dejar de pensar en cualquier otra cosa y meterse de lleno en el partido.

Ese día, en cambio, parecía que traía una piedrita en el zapato que no conseguía sacarse.

Y la piedrita tenía nombre y apellido.

Jordan caminaba delante de él, con los audífonos puestos y el celular en la mano, saludando únicamente al CM para seguirse de largo hasta una persona en el fondo del pasillo, Diego alcanzó a distinguir que era uno de sus antiguos compañeros, y el omega levantó una mano para saludarlo antes de seguir caminando.

El alfa desvió la mirada.

No iba a empezar otra vez.

No iba a pasarse el día pendiente de lo que el culichi hacía, con quién hablaba o por qué parecía tener toda la disposición del mundo para convivir con cualquiera menos con él.

No era su obligación buscarlo.

Si el omega quería seguir con aquella actitud, muy su pedo.

El podía hacer exactamente lo mismo.

Podía ignorarlo, concentrarse en el partido y dejar de comportarse como un pendejo al que le habían quitado su juguete favorito.

El problema era que, por más que se lo repitiera, no conseguía convencerse.

En cuanto entraron al vestidor y cada quien comenzó a preparar sus cosas, Diego buscó a Jordan casi por inercia.

Lo encontró a unos metros, de espaldas, dejando sus pertenencias sobre el lugar que le correspondía.

El omega se quitó los audífonos, revisó algo en su celular y después lo guardó. Ni siquiera había volteado hacia donde estaba Diego.

El alfa soltó el aire por la nariz y se sentó frente a su casillero.

Perfecto.

Otro día más de hacerse pendejos.

Cuando estaba terminando de acomodar sus espinilleras, un movimiento a su alrededor captó su atención.

Jordan se había quitado la sudadera y ahora llevaba las manos al borde de la playera, levantándola por encima de la cabeza con la misma naturalidad de siempre.

No había nada extraordinario en aquello. Compartían vestidor desde hacía tiempo. El alfa lo había visto cambiarse cientos de veces, lo había visto salir de entrenamientos empapado en sudor y había compartido con él suficientes concentraciones como para que la imagen de su espalda desnuda no tuviera por qué provocarle ninguna reacción.

Ninguna.

Y, sin embargo, se quedó quieto.

La mirada se le deslizó por los hombros del omega, por la línea de su espalda y terminó deteniéndose en los tatuajes que le cubrían buena parte del cuello. La tinta oscura resaltaba contra su piel y se extendía desde la nuca hasta los laterales, asomándose un poco por debajo de la clavícula.

Diego conocía aquellos tatuajes. Sabía cuáles se había hecho primero, cuáles había añadido después y cuáles le habían parecido una estupidez cuando Jordan le enseñó los diseños por primera vez, solo para terminar admitiendo que se le veían bastante bien.

Lo que no esperaba era que volver a verlos de aquella manera le provocara semejante reacción.

Su lobo levantó la cabeza.

Fue una respuesta inmediata, instintiva, que le recorrió el cuerpo antes de que pudiera detenerla. Algo dentro del alfa se desperezó con una atención repentina, concentrándose en el omega como si todo lo demás en el vestidor hubiera perdido importancia.

El duranguense frunció el ceño.

¿Qué chingados?

Sintió una presión extraña en el estómago, un vuelco incómodo que no tenía nada que ver con el hambre ni con los nervios previos al partido. Su lobo parecía haber reconocido algo familiar y, al mismo tiempo, estar reclamándole una cercanía que no tenía derecho a exigir.

Jordan era su mejor amigo.

Lo había visto sin playera infinidad de veces.

No había ninguna razón para que se quedara mirándolo como un idiota.

Aun así, tardó un par de segundos más de lo necesario en apartar la vista.

Y fueron suficientes.

El omega giró ligeramente la cabeza mientras terminaba de acomodarse la ropa de entrenamiento. Sus ojos se encontraron con los de Diego y la expresión del omega cambió apenas un poco: las cejas se le juntaron y la boca se le endureció, dejando clarísimo que lo había descubierto observándolo.

La mirada que le lanzó fue seria. Fría, incluso.

Una pregunta silenciosa que no necesitaba palabras.

¿Qué tanto me ves, cabrón?

Campillo reaccionó por fin, bajando los ojos hacia sus espinilleras con una rapidez que habría resultado sospechosa si no estuviera tan ocupado fingiendo que no había pasado absolutamente nada.

—Pendejo —murmuró para sí mismo, tan bajo que nadie pudo escucharlo.

No supo si se lo decía a Jordan o a él.

Probablemente a los dos.

Se obligó a continuar con su rutina. Terminó de ajustar las espinilleras, se puso la playera de calentamiento y revisó que llevara todo lo necesario. Intentó concentrarse en los movimientos mecánicos de siempre, en las indicaciones del cuerpo técnico y en cualquier cosa que no fuera la sensación persistente que le había quedado en el estómago.

Pero, incluso cuando dejó de mirar al omega directamente, seguía consciente de dónde estaba.

De sus movimientos.

De su presencia.

De la pinche distancia que había entre los dos.

Y eso lo irritó todavía más.

Porque no era justo que Jordan pudiera pasar de estar abrazándolo la noche anterior a mirarlo como si fuera un completo desconocido, mientras él seguía atrapado en aquella mezcla absurda de enojo y ganas de acercarse.

No era justo que le importara tanto.

No era justo que, después de tantos años, todavía no supiera qué hacer con todo lo que le provocaba ese cabrón.

Cuando el sinaloense terminó de cambiarse, tomó su celular y salió del vestidor sin dirigirle una sola palabra.

Diego levantó la cabeza justo a tiempo para verlo desaparecer por la puerta.

Se quedó inmóvil un instante.

Después soltó una maldición entre dientes y terminó de acomodarse las calcetas con más fuerza de la necesaria, guardando sus chicles en el proceso.

—No mames, Campi —se reprendió—. A lo que vienes, cabrón.

Como si fuera tan fácil.

Cuando Diego salió al pasillo, todavía estaba intentando convencerse de que lo único que necesitaba era entrar a la cancha, calentar y olvidarse de todo lo demás.

Entonces vio a Jordan.

El omega estaba a unos metros de la entrada, rodeado de varios jugadores con los que había coincidido antes de llegar a Chivas. Uno de ellos lo tenía abrazado por los hombros mientras le decía algo al oído; otro le revolvía el cabello y Jordan, en lugar de apartarse o quejarse como solía hacer cuando alguien se tomaba demasiadas libertades con él, se estaba riendo.

Riéndose de verdad.

Con esa sonrisa amplia que le arrugaba un poco los ojos y que Diego llevaba varios días sin conseguir sacarle.

El alfa aminoró el paso sin darse cuenta.

Jordan se volvió hacia uno de los muchachos y lo abrazó con fuerza, palmándole la espalda. Después hizo lo mismo con otro que acababa de acercarse, mientras los demás intercambiaban bromas y le preguntaban por su vida en Guadalajara.

Era una escena completamente normal.

Jordan había compartido vestidor con ellos. Habían jugado juntos, viajado juntos y construido una amistad antes de que el omega terminara fichando por Chivas. Era lógico que se alegrara de verlos. Era lógico que quisiera abrazarlos, ponerse al día y reírse con ellos antes del partido.

Diego lo sabía.

Lo entendía perfectamente.

No había absolutamente nada de malo en ello.

Entonces, ¿por qué carajos sentía que se le estaba revolviendo algo por dentro?

Su primer impulso fue seguir caminando. Pasar de largo, buscar a Bryan o acercarse al resto de sus compañeros para terminar de prepararse. Cualquier cosa que no implicara quedarse ahí, observando una escena que no tenía nada que ver con él.

Pero sus pies parecieron decidir lo contrario.

Se quedó mirando cómo uno de los excompañeros de Jordan lo estrechaba entre sus brazos, cómo el omega le daba un golpe juguetón en el pecho y volvía a reírse, cómodo, despreocupado, completamente ajeno a la presencia del alfa.

El mismo Jordan que llevaba días respondiéndole con monosílabos.

El mismo que la noche anterior había permitido que Diego se acercara, que se riera con él y que por unos minutos volviera a tratarlo como antes, solo para regresar a aquella distancia en cuanto el alfa había mencionado a Paola.

Diego apretó los dientes.

Ah, pero para estos cabrones sí tienes tiempo, ¿verdad?

El pensamiento apareció tan rápido que ni siquiera tuvo oportunidad de disimularlo ante sí mismo.

Y ahí estaba el problema.

Ya no era solamente el enojo que había cargado desde que se subieron al autobús. Tampoco era únicamente la frustración de no saber qué mierda pasaba por la cabeza de Jordan o de sentirse rechazado por alguien que nunca le había prometido nada.

Era algo más primitivo, más incómodo.

Su lobo llevaba rato inquieto, pero ahora parecía haberse puesto de pie por completo, atento a cada mano que se posaba sobre el omega, a cada abrazo que Jordan devolvía con esa facilidad que al alfa le estaba empezando a parecer insultante.

Como si tuviera que recordarle que existían otras personas capaces de hacerlo reír.

Como si quisiera empujarlo a acercarse, meterse entre ellos y reclamar una atención que no le pertenecía.

El defensa sintió que se le tensaban los hombros.

No tenía derecho.

Esa era la parte que más le encabronaba.

No podía molestarse porque Jordan abrazara a sus antiguos compañeros. No podía exigirle que lo buscara después de haber pasado días enteros sin hablarle. Ni siquiera podía reclamarle que fuera distante con él cuando, siendo honestos, Diego tampoco había hecho gran cosa para arreglar las cosas.

Y mucho menos podía sentir aquella punzada de celos por un omega al que llevaba años llamando su mejor amigo.

Su mejor amigo.

La frase le sonó hueca dentro de la cabeza.

Porque un mejor amigo no debería sentir ganas de apartar a los demás cada vez que alguien abrazaba al suyo.

Un mejor amigo no debería quedarse mirando el cuello tatuado del otro, sintiendo que algo en su interior se removía de una manera que no sabía explicar.

Y un mejor amigo, definitivamente, no debería sentir aquella necesidad absurda de que Jordan lo mirara a él.

Solo a él.

—¿Qué haces parado ahí como salero, wey?

La voz de Bryan lo sacó de sus pensamientos.

Diego parpadeó y giró la cabeza. Su compañero lo observaba con una ceja levantada, siguiendo después la dirección de sus ojos hasta encontrarse con el grupo que rodeaba a Jordan.

La expresión del beta cambió.

No demasiado. Apenas lo suficiente para que Diego supiera que había entendido.

—Ah —dijo, alargando la vocal—. Ya.

—¿Ya qué?

—Nada, cabrón. Yo no dije nada.

—Pues no estés mamando.

Bryan se mordió el interior de la mejilla para contener una sonrisa.

—Simón.

El alfa le dio un empujón en el hombro al pasar junto a él y siguió caminando hacia la salida del pasillo, decidido a dejar de mirar aquella escena antes de hacer alguna pendejada.

Pero, justo antes de doblar la esquina, no pudo evitar volver la cabeza.

Jordan seguía riéndose.

Y esta vez, cuando el omega levantó la mirada, sus ojos se encontraron por un instante.

Diego esperó, sin saber exactamente qué.

Quizá una sonrisa. Una señal mínima de que todavía quedaba algo de la noche anterior, de que no todo estaba tan jodido entre ellos como parecía.

Jordan simplemente lo miró.

Después volvió a prestar atención a sus compañeros.

Así, sin más.

Diego sintió que algo se le hundía en el estómago.

—A la verga —murmuró, apartando la mirada de golpe.

Su lobo seguía inquieto, arañándole por dentro con aquella necesidad irracional de acercarse al omega, de recuperar el lugar que siempre había ocupado a su lado.

Pero Diego no iba a hacerlo.

No iba a perseguirlo por un pasillo ni a interrumpir una reunión con sus antiguos compañeros para exigirle una atención que Jordan no estaba obligado a darle.

Si el omega quería mantenerlo lejos, perfecto.

Él podía hacer lo mismo.

Podía tragarse el mal humor, la incomodidad y aquella cosa extraña que le revolvía el estómago cada vez que Jordan sonreía para alguien más.

Podía fingir que no le importaba.

Lo había hecho durante años, después de todo.

¿Qué tanto más podía costarle?

Diego terminó de caminar de vuelta a los vestidores con la mandíbula apretada y las manos cerradas a los costados.

Apenas estaba empezando la jornada y ya tenía ganas de mandar todo a la chingada.

Y lo peor era que, por primera vez en mucho tiempo, ni siquiera estaba seguro de si quería que Jordan dejara de ignorarlo…

O si lo que realmente quería era que el omega se diera cuenta de que lo estaba haciendo.

Aún con la mente hundida en cierto omega culichi, se sentó en su casillero, tratando de ocuparse en otra cosa, como amarrarse los tachones, aunque realmente solo estaba evadiendo su realidad, tratando un buen rato de pensar en otra cosa que no fuera el partido y todo a su alrededor.

Su cabeza era un desmadre. Le molestaba querer evadir esos pensamientos, pero llegaban como espuma en el mar. Que Jordan siguiera distante, que no le diera ninguna explicación a su pinche actitud, para después haberlo visto abrazándose con sus antiguos compañeros y, sobre todo, estaba molesto consigo mismo porque se estaba dando cuenta de lo mucho que dependía del menor.

Estaba terminando el nudo de una agujeta cuando vio, por el rabillo del ojo, que alguien se detenía frente a él.

Levantó la mirada.

Jordan.

El omega llevaba un rato despidiéndose de sus compañeros, deseándoles suerte a los que iban de titulares y chocando las manos con los demás. Y, aunque seguía molesto con Diego, no pudo evitar sentirse un poco mal al darse cuenta de que estaba a punto de salir a la cancha sin siquiera haberle dirigido la palabra.

Así que se acercó antes de pensárselo demasiado.

El duranguense apenas tuvo tiempo de enderezarse cuando Jordan le extendió la mano. El alfa lo miró, algo sorprendido, pero terminó levantando la suya para estrechársela.

—Échale ganas —dijo el omega.

Y ya.

Sin reclamos, sin bromas, sin siquiera una sonrisa.

Jordan apretó su mano una última vez y, en lugar de soltarlo, tiró suavemente de ella para acercarlo hacia sí. Campillo, todavía sentado, se inclinó hasta quedar contra el hombro del omega, que lo rodeó brevemente con un brazo.

Fue un abrazo de apenas unos segundos.

Pero cuando Jordan acercó la cabeza del alfa a su hombro y su cuello, Diego cerró los ojos casi por reflejo.

Cereza negra y pimienta rosa.

El aroma le llegó de golpe, familiar y cálido, y su lobo pareció relajarse en cuanto lo reconoció. El mayor inhaló discretamente, aprovechando aquella cercanía fugaz antes de que el omega se apartara, con una sensación extraña aflojándole el nudo que llevaba en el estómago desde la mañana.

No necesitó más.

Jordan lo soltó, le dio un último apretón en la mano y se alejó sin decir nada más, siguiendo su camino como si aquel pequeño gesto no hubiera significado absolutamente nada.

Diego se quedó sentado, mirándolo marcharse.

El omega ya estaba de vuelta con sus compañeros cuando el alfa terminó de parpadear, todavía procesando lo que acababa de pasar.

No habían arreglado nada. Seguían sin hablarse como antes y Jordan no le había dado ninguna señal de que estuviera dispuesto a dejar atrás la discusión.

Pero se había acercado.

Había sido él quien había dado el primer paso, aunque solo fuera para desearle suerte antes del partido.

Diego bajó la mirada hacia sus tachones, intentando disimular la pequeña sonrisa que amenazaba con aparecerle.

—Chingada madre —murmuró para sí mismo.

Su lobo, por supuesto, estaba mucho menos complicado que él. Parecía satisfecho con aquellos cuantos segundos de cercanía, como si el abrazo hubiera bastado para recordarle que Jordan seguía ahí.

Diego terminó de amarrarse los tachones y se puso de pie.

Seguía sin entender qué mierda estaba pasando entre ellos.

Pero, al menos por ese momento, ya no sentía tantas ganas de mandar todo a la chingada. Ese fue el pensamiento con el que entró a la cancha a calentar y fue cuando por fin sintió que podía olvidarse aunque sea un poco de ese omega chaparro.

Mientras tanto, Jordan llevaba desde el inicio del partido siendo banca.

No era algo que le sorprendiera, esperaba que mínimo lo metieran en el segundo tiempo. Cosa que no pasó, aunque lejos de molestarle, la verdad es que se encontraba con una pinche sonrisa que ni siquiera se molestaba en disimular.

Y no, no era solamente porque fueran ganando tres a cero.

Bueno, sí tenía que ver. Ver a Pumas comerse aquella goleada estaba bastante chingón, pero había otra cosa que llevaba entreteniéndolo desde hacía varios minutos y que, honestamente, le estaba haciendo disfrutar el partido mucho más de lo que esperaba.

Diego Campillo.

O, mejor dicho, el pinche alfa cuando se le metía el fútbol en la cabeza y parecía olvidarse de que existía algo llamado tranquilidad.

Jordan lo observaba desde su posición, masticando chicle con la mandíbula relajada mientras seguía cada movimiento del defensa. Había algo particularmente atractivo en la forma en que Diego cambiaba cuando entraba de lleno en el partido. Normalmente podía ser bastante tranquilo, hasta paciente cuando se le daba la gana, pero bastaba que algún rival se pasara de listo para que le saliera aquel carácter de cabrón que Jordan conocía tan bien.

Y que, por alguna razón, siempre le había gustado más de lo que estaba dispuesto a admitir.

El alfa llevaba un buen rato jugando más a la defensiva, metiendo el cuerpo cada vez que un jugador de Pumas intentaba ganarle la posición y sin dejarse intimidar cuando alguno se acercaba a reclamarle. No era que estuviera haciendo algo fuera de lo normal para un defensa; era parte del juego. Pero había una diferencia entre defender con firmeza y tener esa pinche actitud de a ver, cabrón, inténtalo otra vez que Campillo parecía traer pegada a la piel.

Jordan tronó el chicle entre los dientes.

—No mames, Campi —murmuró, divertido.

Lo peor era que el alfa ni siquiera necesitaba hacer demasiado para llamar su atención. Le bastaba con levantar la barbilla cuando un rival le decía algo, soltarle una respuesta que Jordan no alcanzaba a escuchar desde donde estaba, masticar su chicle con una sonrisa llena de sorna  y volver a colocarse en su posición como si el otro no mereciera ni dos segundos más de su tiempo.

Qué pinche mamón.

Qué pinche hombre es Diego Campillo.

Jordan tuvo que contener una carcajada ante el rumbo que estaban tomando sus pensamientos.

No, hombre. De verdad que estaba bien pendejo.

El partido continuó y, por unos minutos, pareció que todo iba a terminar sin mayores sobresaltos. Chivas tenía el marcador controlado y Pumas comenzaba a desesperarse, algo que se notaba en la manera en que sus jugadores llegaban más fuerte a disputar cada balón.

Hasta que Jordan volvió a fijarse en el mismo jugador que llevaba todo el partido buscando pleito con Campillo.

Y, entonces, recordó por qué.

Había ocurrido durante el primer tiempo. En un salto para disputar el balón, aquel cabrón había empujado al alfa con suficiente fuerza para hacerlo perder el equilibrio. El duranguense terminó cayendo de manera incómoda y recibió un golpe en el abdomen que lo dejó unos segundos en el suelo, con una mano apoyada sobre la zona adolorida.

Jordan todavía recordaba la expresión de Diego cuando se levantó: la mandíbula apretada, los ojos clavados en el rival y esa cara de pocos amigos que dejaba claro que se estaba aguantando las ganas de decirle hasta de qué se iba a morir.

Desde entonces, Campillo no había vuelto a buscarlo directamente, pero Jordan había notado cómo se endurecía cada vez que se cruzaban en una jugada. Cómo le cerraba los espacios, cómo le metía el cuerpo sin regalarle un centímetro y cómo lo seguía con la mirada cuando el jugador intentaba acercarse.

El alfa no había olvidado el golpe.

Y, por lo visto, tampoco tenía intenciones de hacerlo.

Jordan se acomodó mejor en su sitio, entretenido con la posibilidad de que aquello terminara mal.

No porque quisiera que Diego se metiera en problemas, claro que no.

Pero conocía al cabrón.

Y el jugador de Pumas, aparentemente, todavía no había aprendido eso.

Casi al final del segundo tiempo, volvieron a coincidir en una disputa. El rival se acercó a Campillo y comenzó a echarle algo en cara, probablemente por alguna jugada anterior. Diego le respondió sin apartarse, con una expresión cada vez más seria.

Jordan dejó de masticar por un instante.

—No mames, ya déjalo, wey —murmuró, aunque no estaba claro a cuál de los dos se lo decía.

El intercambio fue subiendo de tono hasta que el jugador de Pumas volvió a encararlo, demasiado cerca de su cara, como si quisiera provocarlo.

Y Campillo terminó de perder la poca paciencia que le quedaba.

Le soltó un cabezazo.

Leve, apenas un golpe seco que no tuvo la fuerza suficiente para hacerle demasiado daño, pero sí para dejar clarísimo que el alfa estaba hasta la madre de que le estuvieran buscando pleito desde aquella jugada del primer tiempo.

Jordan abrió los ojos echándose a reír.

Tuvo que taparse la boca con una mano para no llamar demasiado la atención de quienes estaban a su alrededor. El jugador de Pumas se llevó las manos a la cara y terminó tirándose al césped como si Campillo acabara de mandarlo al hospital.

—¡Pinche chillón! —murmuró Jordan, todavía riéndose—. No te hizo ni madres.

El árbitro llegó enseguida y separó a los dos jugadores. Diego seguía discutiendo, gesticulando con una mano, con una sonrisa exageradamente atractiva mientras el otro continuaba en el suelo, exagerando cada movimiento.

Al final, el árbitro le mostró la amarilla al alfa.

Jordan chasqueó la lengua, aunque la sonrisa no se le quitó.

—Te la buscaste, wey.

Lo dijo con una satisfacción que habría resultado bastante preocupante si alguien se hubiera molestado en preguntarle por qué estaba tan contento viendo a su mejor amigo ganarse una tarjeta.

Pero la cosa no terminó ahí.

Después de revisar la situación y esperar a que el jugador de Pumas se incorporara, el árbitro también terminó amonestándolo por lo ocurrido durante el enfrentamiento.

Jordan volvió a soltar una carcajada.

—¡Ándale, por hocicón!

Se acomodó mejor en su sitio, masticando el chicle con una sonrisa descarada mientras observaba a Diego regresar a su posición. El alfa todavía parecía molesto, acomodándose la playera y negando con la cabeza antes de volver a concentrarse en el partido.

Y fue justo esa última parte la que terminó de joderle la cabeza a Jordan.

Porque Diego no se quedó discutiendo eternamente ni buscó seguir provocando al otro jugador. Se sacudió el incidente de encima y volvió al juego, atento al balón, a sus compañeros y a lo que sucedía frente a él.

Como si nada.

Como si no acabara de darle un cabezazo a un cabrón en pleno partido.

Jordan se mordió el interior de la mejilla para contener otra sonrisa.

Qué pinche vergüero.

Qué necesidad de andar provocando a un alfa que claramente no estaba de humor para aguantar mamadas.

Y qué pinche necesidad tenía él de encontrarlo tan atractivo por eso.

Porque ese era el problema. No era la primera vez que veía a Diego ponerse serio durante un partido, pero aquella tarde había algo en su actitud que le estaba llamando demasiado la atención. La manera en que plantaba los pies, cómo encaraba a los rivales sin echarse para atrás y esa expresión endurecida que se le quedaba cuando alguien intentaba pasarse de listo.

Jordan conocía al cabrón desde hacía años.

Lo había visto recién levantado, despeinado y de malas. Lo había visto quedarse dormido en el sillón con el control de la televisión en la mano, ponerse insoportable cuando tenía hambre y discutir por pendejadas que al día siguiente ni recordaba.

Y, aun así, bastaba verlo jugar así para que algo dentro de él pareciera reiniciarse.

Como si su cerebro decidiera borrar temporalmente todas las razones por las que llevaba días enojado con él.

—Estás bien pendejo, Jordan —se dijo entre dientes, sin dejar de sonreír.

Porque una cosa era reconocer que Diego era atractivo. Eso nunca había sido un secreto, ni siquiera para él.

Otra muy distinta era estar ahí, viendo cómo el alfa se ganaba una tarjeta amarilla por no dejarse pisotear por un rival, y tener que contener las ganas de acercarse para decirle que se había visto bastante cabrón.

No. Ni de pedo.

Bastante tenía con el desmadre emocional en el que se había metido por culpa de ese wey.

El partido terminó con el marcador tres a cero a favor de Chivas.

Y, para cuando el silbatazo final resonó en el estadio, Jordan ya había recuperado su buen humor por completo. El ambiente era una fiesta: sus compañeros se felicitaban, algunos se abrazaban en la cancha y desde las gradas llegaban los gritos de los aficionados.

Jordan chocó las manos con un par de jugadores que pasaron cerca y se permitió disfrutar de la victoria. Había sido un buen partido, el equipo había respondido y, aunque todavía le daba vueltas a ciertas cosas que prefería no pensar, por lo menos tenía una razón legítima para estar de buenas.

Además, Campillo había jugado al estilo “te va a dejar pasar tu puta madre” 

Bueno, casi todo el partido.

La amarilla había sido una pendejada, pero Jordan no podía negar que la escena le había resultado bastante entretenida.

Y que probablemente iba a burlarse de él por eso durante los próximos días.

Si es que volvían a hablarse, claro.

El ambiente en el vestidor era muy distinto al silencio tenso que habían arrastrado durante los últimos días.

La victoria había levantado los ánimos y los jugadores hablaban todos al mismo tiempo, repasando las mejores jugadas, burlándose de los errores del rival y recordándole a Campillo que había estado a nada de complicarse el partido por andar de vergüero.

Jordan entró todavía con el chicle en la boca y una sonrisa que se le escapaba cada vez que recordaba el cabezazo.

Se dirigió a su casillero, dejó sus cosas y comenzó a quitarse la playera de juego.

—No, wey, pero sí te pasaste de verga —escuchó decir a Bryan unos metros más allá.

El omega no levantó la cabeza. Supuso que seguían hablando de la jugada, así que se concentró en buscar una playera limpia dentro de su mochila.

—¿Yo qué iba a hacer? El cabrón me estaba chingando desde antes —respondió Diego.

—Pues sí, pero le regalaste una amarilla al árbitro. Qué necesidad.

—Ya, Bryan. Tampoco nos costó el partido.

—No, pero luego andas llorando porque te suspenden.

Jordan sonrió para sí mismo.

Pinche Campi.

Estaba a punto de meter la playera limpia por su cabeza cuando escuchó que Bryan cambiaba de tema.

—Oye, por cierto, vi una historia de Paola. ¿Sí vino al Akron?

Las manos de Jordan se detuvieron.

Fue una pausa mínima, apenas un segundo, pero suficiente para que el buen humor comenzara a descomponérsele.

No volteó de inmediato. Se limitó a terminar de ponerse la playera, fingiendo que la conversación no le interesaba mientras el chicle se le movía lentamente de una mejilla a la otra.

—Sí —respondió Diego con naturalidad—. La invité al partido.

Jordan bajó la mirada hacia su mochila.

Ah.

—¿Y qué? ¿Vino con sus amigas? —preguntó el beta.

—Sí, creo. Habíamos quedado de vernos después, pero todavía no le digo a qué hora voy a salir.

El omega sintió que el calor le subía por el cuello.

Qué chingados.

Hacía apenas unos minutos estaba riéndose como pendejo porque Diego había puesto en su lugar a un jugador de Pumas. Había pasado buena parte del partido siguiéndolo con la mirada, disfrutando cada una de sus jugadas y pensando cosas que definitivamente no necesitaba pensar sobre su mejor amigo.

Y ahora estaba ahí, en el mismo vestidor, escuchándolo hablar tranquilamente de una cita con Paola.

Ya le estaba chingando la madre la existencia de esa morra. 

Jordan apretó la mandíbula.

No tenía derecho a sentirse así. Ya lo sabía. Se lo había repetido tantas veces que empezaba a parecer una pinche grabación atorada en su cabeza.

Diego podía invitar a quien quisiera al estadio. Podía quedar con Paola después del partido, llevarla a cenar o hacer cualquier otra cosa que se le antojara.

Era libre de hacerlo.

Y Jordan no podía reclamarle absolutamente nada.

Pero eso no evitó que el calor siguiera acumulándosele en la cara, ni que la sensación de hacía unos minutos —esa felicidad estúpida de verlo jugar, de encontrarlo atractivo y de imaginar por un instante que las cosas entre ellos podían volver a ser sencillas— se le convirtiera en una bola incómoda debajo de las costillas.

Qué pinche ridículo.

Se agachó para guardar sus cosas, intentando concentrarse en doblar la ropa sucia y acomodar sus pertenencias. El cierre de la mochila se atoró porque estaba jalándolo con demasiada fuerza, así que tuvo que detenerse y volver a intentarlo.

Detrás de él, Bryan soltó un comentario que no alcanzó a distinguir del todo.

Diego respondió algo sobre la hora a la que saldrían del estadio.

Jordan cerró la mochila de golpe.

Entonces se dio la vuelta.

Los dos amigos levantaron la mirada casi al mismo tiempo.

El cotorro fue el primero en callarse. Diego, que estaba sentado frente a su casillero con el celular en la mano, también interrumpió lo que estaba diciendo.

Por un instante, el omega se quedó mirándolos.

No hizo ninguna pregunta. No soltó una indirecta ni se molestó en fingir que no había escuchado la conversación. Simplemente sostuvo la mirada de Diego un segundo más de lo necesario, con la mandíbula tensa y una expresión tan seria que el alfa pareció quedarse esperando alguna reacción.

Pero Jordan no le dio ninguna.

Volvió a su casillero, recogió la mochila y terminó de acomodar sus cosas. Se aseguró de guardar el celular en el bolsillo, recogió la ropa que había dejado sobre el banco y revisó que no se le olvidara nada.

Todo con una tranquilidad que no sentía. Ninguno de los dos volvió a mencionar a Paola.

El vestidor siguió lleno de voces, risas y comentarios sobre el partido, pero entre ellos tres quedó un silencio incómodo que nadie pareció dispuesto a romper.

Jordan terminó de arreglar sus cosas y se colgó la mochila al hombro.

No miró a Diego al salir.

Y el alfa, que unos minutos antes había estado hablando de sus planes para después del partido como si nada, tampoco encontró una razón para detenerlo.

Porque esa era la mierda de todo aquello.

Jordan podía pasar el partido entero sintiéndose atraído por él, podía disfrutar de su carácter, de sus movimientos y hasta de su maldita manera de meterse en problemas por no dejarse de nadie.

Podía incluso quedarse con el recuerdo de aquel abrazo fugaz antes de salir a la cancha, como si todavía significara algo.

Pero bastaba escuchar el nombre de Paola para recordar que Diego estaba intentando construir algo con alguien más.

Y que él, por mucho que le doliera, seguía ocupando el lugar de siempre.

El de su mejor amigo, cosa que ya le estaba calando hasta la médula y ya no era solo él con sus ondeadas, sino también su pinche lobo que le reclamaba la ausencia del alfa, él ya no tener ese aroma para dormir o su simple presencia rodeándolo siempre.

Debía hacer algo, aunque le ardieran las entrañas por ser él el que tuviera que actuar.

El camino de regreso a Verde Valle fue bastante más tranquilo que el de ida.

La victoria por tres a cero había dejado al equipo de buen humor, pero entre el cansancio acumulado y las ganas de llegar a sus casas, la mayoría apenas tenía energía para seguir hablando. Algunos iban dormidos, otros revisaban sus celulares y de vez en cuando se escuchaba alguna conversación aislada desde los asientos de atrás.

Diego iba mirando por la ventana, con los audífonos puestos y el cuerpo más adolorido de lo que esperaba después del partido.

Al principio no le dio demasiada importancia. Había recibido varios golpes, había pasado buena parte del encuentro forcejeando con los delanteros de Pumas y todavía tenía presente aquel empujón del primer tiempo. Lo normal era terminar cansado.

Sin embargo, había algo raro en cómo se sentía.

Le pesaban los hombros, tenía una sensación incómoda extendiéndose por la espalda y llevaba un rato sintiendo demasiado calor, aunque el aire acondicionado del autobús estaba encendido. Se acomodó en el asiento, intentando encontrar una posición que le resultara más cómoda.

No funcionó.

Chasqueó la lengua y volvió a mirar por la ventana.

Lo único que quería era llegar a su departamento, darse un baño y tirarse a dormir unas cuantas horas. Si tenía suerte, al día siguiente se levantaría de mejor humor y dejaría de sentirse como si alguien le hubiera dado una putiza.

Y, con todavía más suerte, Jordan dejaría de traerlo de encargo.

Aunque eso último parecía bastante menos probable.

Cuando llegaron a Verde Valle, el autobús apenas había terminado de detenerse cuando algunos jugadores comenzaron a levantarse para recoger sus cosas. Jordan fue de los primeros en bajar, cargando su mochila al hombro y despidiéndose de un par de compañeros antes de desaparecer de la vista de Diego.

El alfa lo siguió con la mirada durante unos segundos.

Después soltó el aire, recogió su bolsa y bajó del autobús.

No tenía ganas de buscarlo.

Ni de preguntarle si iba a salir con Brian, si necesitaba que lo llevara a algún lado o cualquier otra cosa que normalmente habría hecho sin pensarlo dos veces.

Si Jordan quería mantener las distancias, adelante.

Esa noche, Diego no iba a ser el pendejo que anduviera detrás de él.

Con ese pensamiento en mente, cruzó el estacionamiento rumbo a su coche.

Llegó hasta su carro, dejó caer la bolsa junto a la puerta del conductor esperando a que el auto se abriera ante al cercanía de la llave dentro de su mochila. 

Pero no hubo nada.

Frunció el ceño y volvió a presionar el botón.

Seguía sin responder. 

Diego miró la manija, extrañado, hasta que se dio cuenta de que el coche ya estaba abierto.

Se quedó quieto.

Él estaba casi seguro de haberlo cerrado cuando llegó al estadio.

—¿Qué pedo?

Probó la manija otra vez y abrió la puerta. Entonces escuchó un movimiento en el interior, Diego dio un respingo y se echó ligeramente hacia atrás.

—¡A la verga!

Una figura se movió desde el asiento del copiloto y, cuando sus ojos se acostumbraron un poco a la oscuridad, distinguió una cabeza conocida recargada contra el respaldo.

Jordan.

Sentado cómodamente en su coche, con el celular en una mano y una expresión de absoluta tranquilidad.

Diego lo miró sin entender una mierda.

—¡No mames, wey! ¿Qué chingados haces aquí?

Jordan levantó la vista de su teléfono.

—¿Qué? —preguntó, como si el alfa fuera el que estuviera haciendo algo extraño.

—¿Cómo que qué? ¿Qué haces en mi carro, cabrón? ¿Y cómo entraste?

El omega se encogió de hombros.

—Bien fácil. Me robé tus llaves.

Diego bajó la mirada hacia su mano.

Después volvió a mirar a Jordan.

—¿Me robaste las llaves?

—Ajá.

—¿Y cómo vergas…?

—Campi, no mames. Siempre las metes en tu pinche bolso y estabas tan ocupado con el Santi y el Piojo hablando que no te diste cuenta que las agarré. Ponte trucha pues

El alfa se pasó una mano por la cara, incrédulo.

—Estás bien pendejo.

—Y tú bien distraído.

Jordan volvió a mirar su celular, dando la conversación por terminada, como si no estuviera sentado en el coche de un cabrón al que llevaba días ignorando.

Diego se quedó un momento junto a la puerta abierta, intentando decidir si tenía energía suficiente para discutir con él.

La respuesta era no.

Absolutamente no.

Pero, claro, Jordan todavía tenía que hablar.

—Oye, por cierto, hoy no quiero ir a mi departamento. —soltó con una tranquilidad, como si no llevaran días evadiéndose.

Diego lo miró.

—¿Y?

—Pues que me dejes quedarme contigo.

El alfa soltó una risa seca, sin una pizca de humor.

—Ah, no mames. ¿Ahora sí quieres hablar conmigo? —el tono en el que lo dijo mostraba la molestia que tenía guardada.

Jordan levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Que llevas días haciéndote el que no me conoce, wey. No me diriges la palabra, me ignoras en los entrenamientos y hoy ni siquiera te molestaste en despedirte de mí. ¿Y ahora vienes a meterte a mi carro para pedirme que te deje dormir en mi casa?

El omega dejó el celular sobre sus piernas y lo miró con el ceño fruncido.

—Ay, no estés mamando. Tú también me has estado ignorando. —le respondió con el mismo tono, mostrando así que el enojo era mutuo.

—Porque tú empezaste.

—¿Yo? ¡Tú eres el que se puso de mamón primero!

—¿Yo qué hice, Jordan?

—¡Ah, no sé, wey! ¿Qué tal hacerte el pendejo conmigo mientras andas quedando con Paola?

Diego cerró los ojos un instante. Ahí estaba otra vez, la misma discusión, el mismo maldito círculo del que ninguno parecía capaz de salir.

—No empieces.

—Pues no me preguntes.

El alfa rodó los ojos, recogió su bolsa y la aventó al asiento trasero.

—Hazte para allá.

Jordan se recorrió un poco, satisfecho de haber conseguido lo que quería.

Diego se sentó al volante, cerró la puerta y se quedó unos segundos con las manos apoyadas en él, intentando reunir la paciencia que le quedaba.

—¿Qué pasó con tu hermano? —preguntó finalmente, encendiendo el coche.

Jordan se cruzó de brazos.

—Me peleé con él.

—¿Por?

—Cosas.

Diego lo miró de reojo.

—Ah, bueno. Qué explicación tan completa.

—¿Quieres que me baje? —se giró encarándolo y al ver cómo el alfa rodaba los ojos, supo que esa pequeña pelea ya la había ganado.

—No, wey. Ya estoy aquí. Ponte el cinturón.

Jordan obedeció, aunque no sin antes dedicarle una mirada de fastidio.

El alfa arrancó.

Y así, como si nada, terminaron saliendo de Verde Valle juntos.

El camino fue en silencio durante los primeros minutos.

Diego tenía la vista fija en la carretera y una mano apoyada sobre el volante, mientras Jordan permanecía recargado en el asiento del copiloto, mirando por la ventana.

No era un silencio cómodo.

Era uno de esos silencios cargados de todas las cosas que querían decirse y que, por puro orgullo, ninguno estaba dispuesto a soltar primero.

Hasta que Jordan conectó su celular al estéreo.

Las primeras notas de una canción de Fuerza Regida llenaron el coche.

Diego reconoció el álbum casi de inmediato.

111XPANTIA.

Soltó un suspiro.

Por supuesto.

Porque si algo le faltaba a aquella noche era tener que soportar a Jordan cantando a todo pulmón mientras él intentaba no quedarse dormido al volante.

Al principio, el omega se limitó a acompañar las canciones en voz baja, moviendo la cabeza al ritmo de la música. Pero conforme avanzó el álbum, comenzó a cantar más fuerte en aquellas partes que parecían quedarle demasiado bien a su estado de ánimo.

Diego no necesitaba mirarlo para saber que lo estaba haciendo a propósito.

Sobre todo cuando llegó Caperuza.

Jordan subió un poco más el volumen y se puso a cantar con una intensidad que no tenía nada que ver con estar disfrutando de la música. Cada frase le salía como si estuviera reclamándole algo a alguien, enfatizando ciertas partes y golpeando suavemente el muslo con los dedos.

El alfa apretó los labios para no reírse.

Pinche ridículo.

Lo conocía demasiado bien.

Jordan tenía esa costumbre de usar las canciones para decir lo que no se atrevía a soltar directamente. Si estaba triste, elegía una canción triste y se encargaba de que todo el mundo supiera que estaba triste. Si estaba enojado, ponía algo que sonara a reclamo y cantaba como si el responsable de todos sus males estuviera sentado justo a su lado.

Lo cual, en aquella ocasión, parecía ser exactamente el caso.

—¿Puedes bajarle tantito? —preguntó Diego después de un rato.

Jordan giró la cabeza.

—¿Te molesta o qué verga pues? 

—Me estás dejando sordo, wey.

—Pues ponte tus audífonos —hizo un ademán simulando ponerse unos. —. Soluciona, cabrón.

—Voy manejando, pendejo.

—Esste, ingatu es cierto. No vaya a ser que te distraigas y nos mates a los dos. Van a poner en nuestra lápida que morimos porque nuestro amor era mucho para este pinche mundo. 

Diego soltó una risa incrédula.

—Eres un castroso de mierda.

—Y aun así me perdonas —soltó aquello ignorando por completo la reacción que generó en el mayor.

El alfa abrió la boca para responder, pero terminó cerrándola.

Porque sí.

Ahí estaba Jordan, instalado en su coche, cantando canciones de desamor como si quisiera hacerle llegar un mensaje clarísimo, después de haberlo ignorado durante días.

Y Diego lo había llevado con él de todas formas.

Qué pinche manera de hacerse pendejos.

No volvieron a discutir durante el resto del trayecto. Jordan continuó cantando y Diego fingió que no lo escuchaba, aunque en más de una ocasión se descubrió sonriendo cuando el omega cambiaba la letra para burlarse de algún compañero o hacía algún comentario sobre la canción.

Por momentos, el viaje se parecía demasiado a los de antes.

Y eso era precisamente lo que más le jodía.

Porque Diego podía estar molesto, podía sentirse desplazado y podía repetir hasta el cansancio que no tenía por qué seguirle el juego a Jordan.

Pero bastaba tenerlo sentado a su lado, escucharlo cantar aquellas pendejadas y sentir su presencia tan cerca para que una parte de él quisiera dejar de discutir.

Quería volver a lo de siempre.

Quería que Jordan dejara de mirarlo como si tuviera que pensarse dos veces cada palabra que le dirigía.

Quería que las cosas fueran sencillas otra vez.

Y, por supuesto, quería que dejara de cantar como si le estuviera dedicando cada maldita canción.

—¿Qué tanto me ves? —preguntó Jordan de pronto, sin apartar los ojos del celular.

Diego volvió la mirada a la carretera.

—No te estoy viendo.

—Ajá.

—Cállate y canta, wey.

Jordan sonrió para sí mismo y subió el volumen otra vez.

Cuando llegaron al departamento, Diego apagó el motor y se quedó unos segundos sentado, con la frente ligeramente apoyada contra el respaldo.

El trayecto le había resultado más pesado de lo normal.

Sentía el cuerpo caliente, los músculos tensos y una especie de presión incómoda extendiéndose desde el cuello hasta la espalda. También le estaba costando más de lo habitual respirar con tranquilidad, aunque no era exactamente falta de aire. Era una sensación extraña, como si su cuerpo estuviera reaccionando a algo que todavía no conseguía identificar.

Se frotó la nuca.

Había pensado que se le pasaría después de descansar un poco, pero ahora el malestar parecía estar empeorando.

—¿Qué traes? —preguntó Jordan, observándolo de reojo.

Diego retiró la mano de su cuello.

—Nada. Estoy cansado.

—Pues sí, pendejo. Jugaste noventa minutos.

—Gracias por la explicación, doctor.

—De nada. Son quinientos pesos la consulta.

Diego negó con la cabeza y abrió la puerta.

—Bájate, wey.

Jordan recogió su celular y salió del coche detrás de él.

Subieron al departamento sin demasiada conversación. Diego abrió la puerta, dejó las llaves en el mueble de la entrada y se quitó los tenis con una lentitud que no le pasó inadvertida al omega.

Jordan, sin embargo, tenía otras cosas en la cabeza.

En cuanto entró, se dirigió a la sala y dejó caer su mochila junto al sillón, como si aquella fuera su casa y no la de un alfa con el que llevaba días sin hablarse.

Diego lo observó desde la entrada.

—Oye, por cierto…

Jordan levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Quedé con Paola de salir después del partido.

El omega se quedó quieto.

Solo un segundo.

Después soltó una risa incrédula.

—¿Neta? —ya el omega no se inmuto en esconder su tono de molestia. 

Diego frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que le canceles.

El alfa lo miró como si acabara de escuchar la estupidez más grande de su vida.

—¿Cómo?

—Que le canceles, wey. No vas a salir a ningún lado.

Diego soltó una carcajada seca.

—¿Y tú quién vergas eres para decirme qué voy a hacer?

Jordan se incorporó del sillón.

—¡Ay, no mames, Campillo! ¡Vienes de un partido, estás cansado y mañana tienes que entrenar otra vez! ¿Qué necesidad de andar saliendo a estas horas?

—No es tan tarde.

—¡Me vale verga si son las ocho o las doce! ¡Cancélale!

—No. —la respuesta fue tan sencilla que Jordan se quedó mirándolo con la boca entreabierta.

Después soltó una maldición y comenzó a caminar de un lado a otro de la sala.

—Eres un pinche terco.

—Y tú un pinche metiche.

—¡Pues no me cuentes tus planes si no quieres que opine!

—¡Ni siquiera te estaba pidiendo una opinión, wey! Te estaba diciendo lo que iba a hacer.

Jordan se giró hacia él.

—¡Ah, claro! ¡Porque ahora resulta que tengo que enterarme de tus pinches citas como si fuera cualquier pendejo!

Diego sintió que algo le latía con fuerza detrás de las sienes.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que te pida permiso para salir con alguien?

—¡No estés tergiversando las cosas!

—¡Entonces explícame qué chingados quieres, Jordan!

El omega abrió la boca, pero no respondió de inmediato.

Porque esa era precisamente la pregunta que llevaba días evitando.

¿Qué quería?

Quería que Diego no saliera con Paola.

Quería que dejara de hablar de ella como si fuera cualquier otra omega, como si no tuviera idea de que Jordan llevaba días sintiéndose de la chingada por su culpa.

Quería que se diera cuenta de que algo entre ellos estaba roto y que no bastaba con compartir un abrazo antes de un partido para fingir que todo estaba bien.

Pero, sobre todo, quería que Diego lo eligiera.

Y no tenía ninguna manera de pedirlo sin terminar confesando algo que ni siquiera se atrevía a decirse a sí mismo.

—Quiero que dejes de ser un pendejo —soltó finalmente.

Diego se pasó una mano por el rostro.

—No mames.

—¡Es que neta no entiendes nada!

—¡Pues explícame, cabrón! ¡Porque llevo días intentando entenderte y cada vez que creo que estamos bien vuelves a hacer la misma mierda!

Jordan se quedó callado un instante.

La referencia al abrazo de aquella mañana le cayó como un golpe.

—¡Ah, perdón por abrazarte, entonces! —espetó—. ¡No vaya a ser que te confundas!

—¡Yo no dije eso!

—¡Pues es lo que parece!

Diego sintió que el calor volvía a subirle por el cuello.

Se jaló el cuello de la playera y respiró hondo, intentando controlar aquella sensación cada vez más intensa que le recorría el cuerpo. Tenía la impresión de que la ropa le estorbaba, de que el aire de la sala era demasiado pesado y de que cualquier ruido le llegaba con una intensidad insoportable.

El sinaloense seguía hablando.

Le reclamó que hubiera aceptado salir con Paola, que no le hubiera contado antes y que ahora pretendiera que todo era perfectamente normal entre ellos. Después volvió a sacar la discusión del estacionamiento, los días sin hablarse y la manera en que Diego parecía esperar que él simplemente olvidara todo porque habían conseguido reírse juntos durante una noche.

El alfa intentó responder un par de veces, pero las palabras comenzaron a enredársele.

No porque no tuviera qué decir.

Sino porque cada vez le costaba más concentrarse.

Tenía la piel demasiado sensible, el pulso acelerado y una inquietud que ya no podía atribuir únicamente al cansancio. Incluso el aroma de Jordan parecía haberse intensificado dentro del departamento, llenándole los pulmones de una manera que le dificultaba pensar con claridad.

Diego se quedó inmóvil.

Algo no estaba bien.

No era normal sentirse así después de un partido. Tampoco era normal que el olor de su mejor amigo le estuviera provocando aquella reacción tan intensa, ni que su lobo se hubiera puesto tan inquieto que apenas podía mantener sus propios pensamientos en orden.

El alfa tragó saliva.

Y entonces lo entendió.

No.

No, no, no.

—A la verga… —murmuró.

Jordan se interrumpió a media frase.

—¿Qué?

Diego retrocedió un paso, llevándose una mano a la frente.

La sensación que llevaba arrastrando desde el estadio, el calor, el malestar en todo el cuerpo, aquella inquietud que había ido empeorando a lo largo de la tarde…

Todo comenzaba a tener sentido.

Su rut.

Estaba entrando en rut.

Y, por la intensidad con la que le estaban golpeando los síntomas, parecía que su cuerpo había decidido hacerlo justo esa noche, sin previo aviso y en el peor momento posible.

Con Jordan en su departamento.

Ese omega, que seguía mirándolo con el ceño fruncido, esperando que terminara de responderle.

El culichi, cuyo aroma parecía haberse convertido de pronto en lo único que el alfa podía reconocer con absoluta claridad.

Diego apretó los ojos.

—No mames, no puede ser.

—Campi, ¿qué tienes?

—Nada.

—No te hagas pendejo. Estás bien raro. —le recriminó señalándolo desde abajo.

—Jordan, cállate un segundo, por favor.

El omega se quedó desconcertado ante el tono de su voz. El mismo instinto de sumisión agarrándolo y jalándole por alguna razón una sensación extraña en el vientre.

Diego casi nunca le hablaba así. Incluso cuando estaban peleados, incluso cuando se gritaban por alguna estupidez, había algo en la manera en que se dirigía a él que siempre dejaba claro que no quería hacerlo sentir mal.

Pero aquella vez había ocupado su voz de mando, aunque se escuchara tenso y agitado. Y, por primera vez en toda la noche, Jordan dejó de pensar en Paola.

—¿Te sientes mal? —preguntó, acercándose un poco.

Diego retrocedió de inmediato.

—No te acerques.

Jordan se detuvo.

—¿Qué?

—Que no te acerques, wey.

—¿Pero qué chingados te pasa?

Diego soltó una risa nerviosa y negó con la cabeza.

—Me está dando el rut.

El silencio cayó entre los dos.

Jordan parpadeó.

Una vez.

Dos.

—¿Qué?

—Que estoy entrando en rut, cabrón. No sé qué tan fuerte me va a pegar, pero necesito que te vayas.

La expresión de Jordan cambió.

Por un instante pareció que iba a soltar alguna de sus bromas habituales, quizá preguntarle si estaba seguro o decirle que no se hiciera el dramático.

Pero Diego no estaba bromeando.

Lo conocía demasiado bien para no darse cuenta.

Tenía la mandíbula rígida, respiraba con dificultad y parecía estar haciendo un esfuerzo consciente por mantenerse lejos de él.

Jordan sintió que el enojo se le desinflaba de golpe, sustituido por una preocupación que no había esperado sentir tan pronto.

—¿Quieres que te traiga algo? —preguntó, esta vez más despacio.

—No. Quiero que te vayas a tu casa.

—Campi…

—Por favor, Jordan.

Aquello último consiguió que el omega se quedara callado.

Diego casi nunca le pedía las cosas de esa manera.

No con aquella voz, ni con esa expresión de alguien que estaba intentando mantener el control mientras todo su cuerpo parecía estar haciéndole la vida imposible.

Pero Carrilo también estaba dolido. Llevaba días tragándose el orgullo, fingiendo que no le importaba y diciéndose que podía soportar cualquier cosa mientras no tuviera que reconocer lo que sentía por el alfa.

Y ahora Diego quería echarlo de su departamento.

Otra vez.

—No —respondió.

Diego levantó la cabeza, incrédulo.

—¿Cómo que no?

—Que no me voy.

—Jordan, no estoy jugando.

—Yo tampoco, wey.

—¡Chingada madre! —El alfa se llevó ambas manos a la cabeza—. ¡No entiendes! Necesito estar solo. No sé cómo me va a pegar esto y no quiero que estés aquí.

—¿Y por qué no?

Diego lo miró como si acabara de perder la razón.

—¡Porque estoy entrando en rut, cabrón!

—¡Ya te escuché!

—¡Entonces vete!

Jordan apretó los labios.

Una parte de él sabía que debía hacerlo. Diego le estaba pidiendo espacio, y no precisamente por una discusión cualquiera. El alfa estaba sintiéndose mal y necesitaba controlar lo que le estaba pasando.

Pero otra parte, la más orgullosa y la más estúpidamente enamorada, seguía escuchando todas las veces que Diego había hablado de Paola, todos los días en los que lo había ignorado y cada momento en que Jordan había tenido que recordarse que no tenía derecho a reclamarle nada.

No quería irse.

No quería dejarlo solo.

Y, sobre todo, no quería seguir discutiendo con él sin conseguir que entendiera una sola de las cosas que llevaba días intentando decirle.

—No voy a dejarte solo si te estás sintiendo así —soltó.

Diego negó con la cabeza.

—No necesito que me cuides.

—Pues qué bueno, porque tampoco te estoy preguntando.

—Jordan, por favor…

El omega se acercó un paso.

Diego intentó apartarse, pero estaba tan incómodo que terminó apoyando una mano en el respaldo del sillón para sostenerse. El gesto le provocó una punzada de frustración; odiaba sentirse fuera de control, odiaba no entender por qué su propio cuerpo parecía estar reaccionando de aquella manera y odiaba todavía más que Jordan estuviera ahí, mirándolo con aquellos ojos oscuros que no conseguía dejar de buscar.

—Vete —repitió, aunque esta vez la voz le salió menos firme.

Jordan lo observó en silencio, sintiendo a su lobo rasguñar por hacerle caso al alfa, pero algo en lo que se caracterizaba era en ser un omega muy terco.

Por primera vez desde que habían empezado a discutir, no parecía tener ganas de pelear.

Se quedó frente a él, a una distancia prudente, mirando cómo el alfa respiraba hondo y apartaba la cara cada vez que sus miradas se encontraban.

—Campi…

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Ya sé qué vas a decir.

—¿Ah, sí? A ver, ¿qué voy a decir?

Diego cerró los ojos.

—No sé, Jordan. No sé qué chingados quieres que te diga. Estoy cansado, me siento de la mierda y necesito que te vayas antes de que esto se ponga peor.

El omega se quedó quieto.

Aquella última frase le dolió más de lo que esperaba.

Porque, por un instante, sintió que Diego estaba hablando de ellos dos. De la discusión, de los celos, de todo lo que llevaban días arrastrando.

Como si su presencia fuera otro problema que el alfa necesitaba quitarse de encima.

Jordan tragó saliva.

—Pues perdón por estar aquí, ¿no? —murmuró, con la voz cargada de resentimiento—. Perdón por querer quedarme contigo.

Diego abrió los ojos.

—No dije eso.

—Pero es lo que parece.

—¡Jordan, no empieces otra vez!

—¡Pues deja de decirme que me vaya como si te estorbara!

El alfa soltó un sonido frustrado y volvió a llevarse una mano a la nuca.

Estaba perdiendo la poca capacidad de concentración que le quedaba. El calor seguía aumentando, su lobo estaba cada vez más inquieto y cada palabra de Jordan parecía exigirle un esfuerzo que no tenía.

Necesitaba que se fuera.

Necesitaba que dejara de discutir.

Necesitaba dejar de sentir que, si el omega se acercaba un poco más, iba a olvidarse de todo lo que estaba intentando decirle.

—Jordan, por favor —repitió, mirándolo directamente—. Te lo estoy pidiendo bien. Vete a tu casa.

El omega sostuvo su mirada.

Había tantas cosas que quería reclamarle todavía. Tantas preguntas que seguían sin respuesta y tantas palabras que llevaba días guardándose que podría haber seguido discutiendo con él durante horas.

Pero Diego parecía estar al límite.

Y Jordan, por mucho que quisiera ganar aquella discusión, no soportaba verlo así.

Se acercó despacio.

El alfa tensó los hombros.

—¿Qué haces?

Jordan no respondió.

Se detuvo frente a él, lo bastante cerca para que Diego pudiera distinguir cada detalle de su expresión. Por un instante, pareció que iba a decir algo; que finalmente iba a soltar alguna de aquellas verdades que ambos llevaban demasiado tiempo escondiendo.

Pero no lo hizo.

En cambio, levantó una mano, sujetó suavemente la playera del alfa a la altura del pecho y lo inclinó hacia él.

Diego apenas alcanzó a pronunciar su nombre.

—Jordan…

El omega lo besó.

Y, de pronto, todas las palabras que llevaban días arrojándose a la cara dejaron de importar durante aquel instante suspendido entre los dos.

Diego tardó un par de segundos en reaccionar.

No porque no quisiera apartarlo. No porque no entendiera lo que estaba pasando. Sino porque, por un instante, su cabeza dejó de funcionar por completo.

Tenía a Jordan demasiado cerca. Podía sentir una de sus manos aferrada a su camiseta, el calor de su cuerpo y ese olor a cereza negra con pimienta rosa que, en cualquier otro momento, le habría resultado familiar. Reconfortante, incluso.

Pero no en ese momento.

En ese momento era como si alguien le hubiera echado gasolina encima y luego hubiera acercado un cerillo.

Su lobo, que llevaba rato inquieto, terminó de perder la poca paciencia que le quedaba.

Diego correspondió al beso antes de darse cuenta de lo que hacía.

Fue apenas un movimiento, un instante en el que dejó de pensar y permitió que sus labios siguieran los de Jordan. La mano que tenía apoyada en el respaldo del sillón se cerró con fuerza y la otra terminó aferrándose a la tela de su sudadera, como si necesitara sujetarse de algo para no perder el equilibrio.

Y entonces, a la verga.

Porque una cosa era imaginarse besando a su mejor amigo cuando estaba solo, a las tres de la mañana, siendo un pendejo que llevaba años enamorado de él.

Y otra muy distinta era tenerlo ahí, besándolo de verdad, mientras su cuerpo comenzaba a reaccionar de una manera que apenas podía controlar.

Diego se apartó de golpe.

—No, no, no… —murmuró, llevándose una mano a la boca.

Jordan se quedó inmóvil frente a él. Tenía los labios entreabiertos y una expresión difícil de descifrar, como si tampoco terminara de creerse lo que acababa de hacer.

—¿Qué? —preguntó, intentando sonar desafiante—. ¿Ahora qué chingados?

Diego soltó una risa breve, sin una pizca de humor. Se pasó ambas manos por el rostro y después se las dejó apoyadas en la nuca, respirando con dificultad.

—¿Tú estás pendejo o qué te pasa?

—Ah, bueno. Perdón por intentar ayudarte, cabrón.

—¡No me estás ayudando!

El grito salió más fuerte de lo que pretendía. Jordan parpadeó, sorprendido, y Diego cerró los ojos con fuerza, maldiciéndose en silencio.

No quería hablarle así. Mucho menos a él.

Pero el calor que le recorría el cuerpo era cada vez más insoportable, y tener a Jordan a menos de medio metro no estaba ayudando en lo absoluto. Podía percibir cada cambio en su aroma, cada movimiento, incluso la manera en que el omega respiraba después del beso.

Era demasiado.

Todo era demasiado.

—Jord… —intentó de nuevo, esta vez con la voz más baja—. No entiendes.

—Pues explícame, wey. Porque hace rato estabas a punto de desmayarte, me dices que me largue y ahora te enojas porque te beso. ¿Qué quieres que haga?

Diego levantó la mirada.

Ahí estaba el problema.

¿Qué quería que hiciera?

Quería que se quedara. Quería que se acercara otra vez y volviera a besarlo, que le dijera que llevaba días extrañándolo tanto como él lo había extrañado, que todo lo de Paola le importaba una mierda y que no había sido el único idiota sufriendo por una pelea estúpida.

Quería demasiadas cosas que no tenía derecho a pedirle.

Y, sobre todo, quería poder besarlo sin tener que preguntarse si Jordan lo hacía porque también lo deseaba o porque lo veía como un alfa a punto de perder el control y había decidido calmarlo de la única manera que se le ocurrió.

—Quiero que te vayas —dijo al final.

La expresión de Jordan cambió.

Fue algo pequeño. Apenas un endurecimiento en la mandíbula, una mirada que perdió de golpe la poca suavidad que había tenido después del beso.

—Ah, chinga tu madre, Campillo.

Se apartó de él y dio media vuelta, dispuesto a caminar hacia la cocina, aunque no llegó muy lejos. Diego lo siguió con la mirada, sintiendo que algo dentro de su pecho se le retorcía.

—No te estoy diciendo que te vayas porque no quiera que estés aquí.

Jordan se detuvo.

—Pues no parece.

—Es que no puedo, wey.

La última palabra le salió casi como una súplica.

Jordan giró despacio. Por primera vez desde que había entrado al departamento, pareció reparar de verdad en su estado: el cabello húmedo de sudor, la respiración irregular, las manos que Diego mantenía cerradas a los costados para no hacer nada de lo que después pudiera arrepentirse.

La preocupación le borró un poco el enojo.

—¿Tan culero está?

Diego soltó aire por la nariz y asintió.

—Sí.

—¿Y no tienes nada para eso?

—Necesito encerrarme un rato, Jordi. Tomar lo que me toca y esperar a que baje. No necesito que estés aquí.

Jordan lo miró en silencio durante unos segundos.

Luego soltó una risa seca, incrédula, y negó con la cabeza.

—No, bueno. Eres un pendejo.

Diego apretó la mandíbula.

—No empieces.

—¿Que no empiece qué, cabrón? ¿A preocuparme porque mi mejor amigo está sudando como si tuviera fiebre y apenas puede mantenerse parado? ¿O a intentar ayudarte mientras tú llevas media hora diciéndome que me largue?

—Jordan, no sabes lo que estás diciendo.

—¡Pues explícame, a la verga! Porque hasta donde yo sé, el rut se puede sobrellevar con ayuda. No eres el primer alfa al que le pasa ni te vas a morir porque alguien se quede contigo.

Diego desvió la mirada. El simple hecho de escucharlo hablar de aquello con tanta naturalidad le estaba revolviendo todavía más la cabeza. Su lobo llevaba rato arañándole las entrañas, inquieto, desesperado por encontrar una salida a aquella sensación insoportable que parecía aumentar con cada minuto que pasaba.

Y Jordan seguía ahí.

Tan cerca que podía distinguir el olor de su piel por encima del perfume que solía usar. Tan cerca que, cuando se movía, Diego tenía que hacer un esfuerzo consciente para no seguirlo con la mirada.

—No entiendes —insistió, esta vez con menos firmeza.

—¡Pues haz que entienda, cabrón!

—¡Que no quiero hacerte nada!

La respuesta hizo que Jordan se callara.

Por un instante, el enojo de su rostro cedió ante algo más difícil de identificar. Después, el omega soltó el aire por la nariz y se acercó un paso.

—¿Y quién te dijo que yo no quiero?

Diego levantó la cabeza.

Se quedó mirándolo como si acabara de hablarle en otro idioma.

—¿Qué?

—Ay, no mames, Campillo. ¿Tengo que dibujártelo? —Jordan abrió los brazos, exasperado—. Estoy aquí, ¿no? Vine contigo, te estoy diciendo que puedo ayudarte y tú sigues con tu pinche discurso de que me vaya. Ya me tienes hasta la madre con eso de querer decidir por los dos.

—Jord…

—No. Escúchame tú ahora. Estoy hasta la verga de que seas tan pendejo, de que te hagas el mártir y de que quieras cargar con todo tú solo. Si necesitas ayuda, te ayudo. Si necesitas que me quede, me quedo. Pero deja de ponerte al tiro conmigo como si fuera a salir corriendo porque te encuentras mal.

Diego no respondió.

No podía.

Porque, entre todas las cosas que sinaloense podría haberle dicho, jamás habría esperado escuchar aquellas palabras de su boca. No después de las últimas semanas, de la pelea, de los días enteros sin mensajes y de haberlo visto marcharse de su lado una y otra vez para convencerse de que no lo necesitaba.

Su lobo, en cambio, pareció quedarse con una sola parte de todo aquello.

¿Quién te dijo que yo no quiero?

La frase se le instaló en la cabeza y comenzó a repetirse, mezclándose con el aroma de Jordan, con el calor que le subía por el cuello y con todos aquellos deseos que llevaba demasiado tiempo enterrando bajo la excusa de que eran amigos.

—No tienes idea de lo que me estás diciendo —murmuró.

Jordan puso los ojos en blanco.

—Y tú no tienes idea de lo mucho que me estás hartando.

—No juegues conmigo.

La advertencia salió más grave de lo que el defensa pretendía.

Jordan la escuchó. Por supuesto que la escuchó. Su expresión cambió apenas, y durante un segundo pareció comprender que el alfa que tenía enfrente estaba llegando al límite de lo que podía controlar.

Aun así, no retrocedió.

—No estoy jugando, cabrón.

Algo terminó de romperse dentro de Diego.

O quizá fue, sencillamente, que llevaba demasiado tiempo intentando mantener bajo llave algo que ya no cabía en ninguna parte.

Dio un paso hacia él.

Jordan apenas tuvo tiempo de levantar la mirada cuando Diego lo sujetó por la cintura y lo atrajo hacia sí. El movimiento fue tan repentino que al omega se le escapó una exclamación de sorpresa, y sus manos terminaron aferrándose a los hombros del alfa para recuperar el equilibrio.

—¡Diego, qué…!

—¿Eso quieres? —preguntó el alfa, mirándolo directamente a los ojos su voz sonaba ronca. Tenía la respiración descompuesta y una tensión evidente en la mandíbula, como si cada palabra le costara un esfuerzo enorme—. ¿Que deje de hacerme pendejo y acepte tu ayuda?

Jordan se quedó callado.

De pronto, toda la seguridad con la que había estado discutiendo pareció abandonarlo. Tenía a Diego demasiado cerca, las manos del alfa firmes en su cintura y aquella mirada que conocía desde hacía años, pero que nunca había visto dirigida hacia él de esa manera.

—Sí, cabrón —respondió, aunque la voz le salió más baja—. Eso te estoy diciendo.

Diego soltó una risa breve, casi amarga.

—Pues luego no me vengas a decir que no te advertí.

Y, antes de que Jordan pudiera contestar, lo condujo hacia atrás hasta que las piernas del omega chocaron contra el sillón. Jordan perdió el equilibrio y cayó sentado entre los cojines, llevándose consigo a Diego, que se inclinó sobre él para sostenerse con una mano en el respaldo.

—¡Verrga! —protestó Jordan, más por la sorpresa que por otra cosa.

—¿Qué? ¿No que muy dispuesto?

—No estés mamando.

—Tú empezaste.

—Ah, ¿yo empecé? ¡Tú llevas días haciéndote el difícil! —la acusación salió antes de que Jordan pudiera detenerla.

Ambos se quedaron inmóviles.

Por un instante, el rut, el calor y la discusión parecieron quedar en segundo plano, desplazados por algo mucho más familiar y doloroso.

Diego lo miró desde arriba.

—¿De eso se trata?

Jordan sintió que el estómago se le encogía.

—No cambies el tema.

—Tú lo cambiaste.

—¡Porque eres un pinche desesperante!

—Y tú no sabes ni lo que quieres.

Jordan abrió la boca, dispuesto a mandarlo a la chingada. Tenía varias respuestas preparadas, insultos que habría podido arrojarle con la misma facilidad de siempre. Sin embargo, ninguna le pareció suficiente cuando Diego volvió a mirarlo de aquella manera.

Porque la verdad era que sí sabía lo que quería.

Llevaba años sabiéndolo.

Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.

—Ahorita sé perfectamente lo que quiero —murmuró.

Diego bajó la mirada hacia sus labios.

Fue un movimiento mínimo, casi involuntario, pero Jordan lo notó. Claro que lo notó. Llevaba tanto tiempo imaginando qué pasaría si alguno de los dos se atrevía a dar el primer paso que, cuando finalmente ocurrió, no supo qué hacer con la realidad.

El alfa volvió a mirarlo a los ojos, como si todavía estuviera buscando una razón para detenerse.

—Jordi…

—¿Qué?

—Si hago esto, no quiero que mañana me digas que fue porque estaba en rut.

A Jordan se le borró la expresión burlona.

Ahí estaba, otra vez. La maldita costumbre de Diego de buscar una salida antes de permitirse entrar en cualquier cosa.

—No te estoy besando porque estés en rut, pendejo —contestó, sin apartar la mirada—. Te estoy diciendo que quiero ayudarte porque eres tú.

La respiración de Diego se atascó en su garganta.

—Y si mañana quieres hablar de esto, hablamos. Si quieres mandarme a la chingada, también. Pero ahorita deja de preguntarme veinte veces lo mismo, porque ya te contesté.

No hubo ninguna otra advertencia.

Jordan levantó una mano hasta la nuca de Diego y lo atrajo hacia sí, cerrando la distancia que todavía quedaba entre ambos.

El segundo beso no se pareció al primero.

Esta vez, Diego no se quedó paralizado por la sorpresa. Apenas sintió los labios de Jordan sobre los suyos, inclinó la cabeza y le devolvió el beso con una urgencia que llevaba años conteniendo. La mano que tenía en la cintura del omega se afianzó allí, mientras la otra buscaba apoyo junto a su cabeza.

Jordan soltó un sonido ahogado contra su boca, sorprendido por la intensidad con la que Diego respondió, pero no se apartó. Al contrario, sus dedos se enredaron en el cabello del alfa y lo acercaron un poco más, como si quisiera asegurarse de que aquello estaba pasando de verdad.

Diego había imaginado aquel momento tantas veces que, de haber tenido la cabeza despejada, seguramente habría reconocido la ironía.

Había pasado años conformándose con dormir junto a Jordan, con compartirle la comida, la ropa y hasta el espacio de su cama. Había fingido que no le importaba cuando otros alfas se acercaban demasiado, había soportado escuchar historias de sus ligues y se había convencido de que tenerlo como mejor amigo era suficiente.

Y ahora Jordan lo estaba besando en su propio sillón.

Jordan, el mismo cabrón que podía pasar días enteros sin escribirle por orgullo. El que lo había hecho sentir como una mierda con una sola historia de Instagram. El que se había sentado en su coche después del partido porque, al parecer, prefería discutir con él antes que quedarse en cualquier otro lugar.

El mismo al que Diego llevaba años queriendo besar.

Su lobo se aferró a aquella cercanía como si acabara de encontrar algo que llevaba demasiado tiempo buscando. El aroma de cereza negra y pimienta rosa se mezcló con el suyo, y por unos instantes el malestar dejó de ocupar toda su atención.

Pero no desapareció.

Seguía allí, recordándole que no estaba pensando con claridad, que su cuerpo reaccionaba con una intensidad que no podía separar por completo de sus instintos.

Por eso, incluso mientras correspondía el beso, Diego se obligó a no dejar que la urgencia decidiera por él. Se concentró en las manos de Jordan, en la forma en que el omega lo mantenía cerca, en cada pequeña pausa que le permitía comprobar que seguía queriendo aquello.

Cuando finalmente se separaron para respirar, apenas había unos centímetros entre sus rostros.

Jordan tenía las mejillas encendidas y el cabello revuelto bajo los dedos de Diego. Lo miraba con una expresión extraña, a medio camino entre la satisfacción de haber conseguido lo que quería y el desconcierto de descubrir que, quizá, había abierto una puerta que ninguno de los dos sabía cerrar.

Diego apoyó la frente contra la suya.

—Me vas a volver loco, chaparro —susurró.

Jordan soltó una risita nerviosa.

—Pues tú tampoco te quedas atrás, cabrón —dijo sobando con sus pulgares la nuca del mayor. — Quiero que acabando, le escribas a la morra que ni madres vas a ir, que tienes cosas más importantes que ir a una pinche cenita toda curada.

Diego cerró los ojos un momento, soltando una risa en el proceso.

Le encantaba la boquita mal hablada que tenía abajo suyo. Quería volver a besarlo. Quería preguntarle si aquello significaba lo que llevaba años deseando que significara. Quería olvidarse de Paola, de la pelea, de los mensajes que ninguno había enviado y de todas las estupideces que habían hecho para evitar una conversación honesta.

Pero, por encima de todo, quería que Jordan siguiera allí cuando el rut terminara.

Y esa era la única cosa que todavía no se atrevía a pedirle.

Jordan continuó con sus caricias distraídas en la nuca.

—¿Sigues queriendo que me vaya?

Diego abrió los ojos.

Lo miró durante un largo instante, atrapado entre la necesidad de tenerlo cerca y el miedo de confundir lo que deseaba con lo que su cuerpo le estaba exigiendo.

—No —admitió al fin, con una honestidad que le supo casi a derrota—. Pero necesito que me ayudes a mantener la cabeza en su sitio.

—Pues de que puedo mantener esa cabeza en su sitio, puedo. Ya que me especifiques cuál, es otra cosa. 

Pero al ver la cara de seriedad del alfa, Jordan dejó de sonreír.

Después asintió, despacio, sin apartar la mano de su nuca.

—Pues está chilo, Diego Campillo del Campo. Haremos lo que te haga sentir tranquilo.

Y, por primera vez desde que había comenzado el rut, Diego sintió que podía respirar un poco mejor.

No porque el calor hubiera desaparecido.

Sino porque Jordan seguía ahí, mirándolo como si no tuviera ninguna intención de salir corriendo.

Aunque ninguno de los dos supiera todavía qué demonios iban a hacer en esa situación lo que restaba de la noche, y muchos menos que harían con el límite que habían pasado cuando llegara mañana.

Notes:

Hay muchas personas a las que les dedicaré este pequeño fic de 3 capítulos, pero lo pondré más adelante, igual es mi proyectada porque me di lástima por extrañar un pendejo ok? Disfruten muejejej