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Pero esa vez era distinta. Shinobu estaba comentándole a Aya sobre el tratamiento de piel que deseaba hacerse cuando la campanilla de la puerta la interrumpió. Tomoko cruzó la puerta con la idea de preguntarle a la estilista sobre tintes de cabello, sin notar la presencia de la pelirroja.
"¡Aya! Lamento llegar tarde, estaba terminando de revisar unos exámenes cuando vi la hora. Y para terminar, cuando venía para acá me topé con mi hijo y sus amigos, así que me entretuve más de la cuenta."-
Decía la pelinegra mientras revolvía en su bolso, al parecer buscando algo.
Ambas, Shinobu y Aya, voltearon a ver a la mujer que acababa de entrar, cada quién con una expresión distinta.
La rubia mostraba una sonrisa risueña, a la vez que su mirada viajaba entre Shinobu y Tomoko.
Por su parte Shinobu se notaba bastante irritada. Antes una cosa así poco le habría importado, pero desde que su esposo la había abandonado la vida se le había complicado mil veces más. Esta cita en Cinderella la había preparado con mucha antelación, pues entre su nuevo trabajo y su hijo, se podría decir que casi no tenía tiempo para darse éstos lujos.
"Eh, disculpa, probablemente tengas mal ajustado tu reloj, pues yo separé ésta hora. Así que te pido que vuelvas cuando sea la tuya."- Habló la pelirroja, intentando no sonar tan grosera.
Tomoko dejó de rebuscar en su bolso al escuchar hablar a la otra, y ahora dirigía su mirada hacía ella. Sus ojos ahora reflejaban fastidio.
"He tenido un día bastante agotador y apenas serán las 2 pm, así que creo que la que se debería ir de aquí eres tu, pues recuerdo muy bien que Aya me anotó a mi en la lista".
La sonrisa de la estilista se estaba desvaneciendo poco a poco. Esto no estaba sucediendo como ella había planeado. "Disculpen."- Dijo mientras se levantaba de su asiento para intentar calmarlas. "Hubo un... error. Accidentalmente las agendé a ambas para la misma hora, pero no es problema, para mi nunca es suficiente trabajo."- Suspiró, pensando que eso podría detener lo que apenas estaba comenzando.
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Tsuji Aya siempre había intentado mejorarle la vida a los demás, pues le gustaba verse a si misma como el "hada madrina de todas aquéllas chicas que la necesitaran". Y esta vez no había sido distinto.
En una de esas veces que se encontraba maquillando a una muchacha más de la ciudad, a Aya le mencionaron el "caso" de Shinobu, aquélla joven que su esposo la había abandonado de la noche a la mañana, dejándola sola con su hijo, sin dejar huella.
En ese momento sintió pena por la mujer, pues algo así afectaría a cualquiera en gran medida, sin embargo, eso hizo que su mayor plan comenzara a conjurarse en su mente.
Igualmente, un tiempo antes, una mujer de cabello azabache y corto había llegado con ella. En las visitas que hacia al salón le contaba sobre su vida y hasta cierto punto, sobre sus problemas. Tomoko, aquélla mujer, le llegó a comentar sobre los hombres que había perdido a lo largo de su vida, siendo uno de ellos el padre de su hijo, que de manera similar, la había abandonado.
Notando aquéllas similitudes entre ambas mujeres, pensó que si ambas se conocieran, podrían llegar a tener una amistad. O incluso algo más, que era sinceramente lo que ella esperaba, pues, ¿cómo podría hacerse llamar "hada madrina" si no reunía almas gemelas?
