Chapter Text
En la memoria falta un río
faltan afluentes/ hay apenas
un arroyito que es de sangre
Todo se borra/ por lo pronto
me desvanezco/ vuelvo al limbo.
Mario Benedetti, Soliloquio del desaparecido.
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La conciencia llega con la sensación de tela áspera bajo su mejilla, el aire estancado de una habitación demasiado tiempo cerrada, el olor a sangre como en los interminables campos llenos de cadáveres, la cera caliente de una vela en algún lugar, el acompasado latido de un corazón, una voz enfebrecida que continúa murmurando sin sentidos…
«Oscuro, agua, aire, ámbar, cielo estrellado, azul, piel cálida… él, él, quiero verlo, dejame verlo… sangre, mis manos, mi flecha en mi espalda… fuego, fuego…»
Hay otro sonido en la habitación que reverbera entre las paredes acompañando a los susurros, como pequeñas piedras chocando en la corriente cristalina de un arroyo. Tac, tac, tac, tac. Él conoce ese sonido, piensa, escarba en su mente con desesperación pero no puede encontrar lo que es. De pronto se pregunta si es importante saber; su mente le responde que no. Es inútil, un esfuerzo para no pensar en cosas terribles que asoman como depredadores esperando el momento de atacar.
—Shh. Tranquilo, amigo. Pronto terminará, todo esto terminara y volverás a levantarte. Cuando te recuperes te llevare a ese viaje por el mundo que te prometí un día. Pasearemos por las ciudades, conoceremos gente, comeremos tanta comida como queramos mientras nos reímos imaginando la cara enojada de Patrick al dar su discurso de «No contaminen sus cuerpos con cosas terrenales», pero todos saben que no lo dice en serio porque a él también le gustan los dulces que Tessa y Scott llevan como regalo desde este lado— una voz susurra sobre su cabeza. Algo húmedo es colocado contra su frente, un escalofrió recorre su cuerpo ante el repentino frío contra su piel caliente.
Intenta moverse.
Nunca se ha arrepentido tanto de hacer algo en su vida.
El dolor lo golpea rápido, cruel y espeso como aceite hirviendo.
Dedos amables se entierran en su cabello y tratan de brindar consuelo mientras el fuego en su espalda se extiende interminablemente haciéndolo convulsionar. Se pregunta si todo en la habitación es una alucinación y en realidad está en las llamas quemándose porque casi puede sentir en su lengua el regusto amargo de las cenizas que le hacen picar la garganta, y el olor a carne quemada invadiendo su nariz. Él conoce ese olor, muchas veces ha sido el responsable de encender el fuego.
Pesadillas de huesos carbonizados en medio de cúmulos de cenizas lo acompañan cuando la inconsciencia vuelve a reclamarlo.
En un último pensamiento tardío se da cuenta de lo que eran los sonidos de pequeñas piedras chocando.
Eran sus dientes castañeando.
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—Hola, Romeo— Javi desea esconder su rostro entre sus manos (y hundirse en el bonito piso de madera pulida) para ocultar el rubor en sus mejillas. Odia a Misha (no realmente) y su tendencia a avergonzarlo cada vez que se encuentran—. Un Moka para ti el día de hoy.
—No, yo realmente…
—Un Mochaccino he dicho. Necesitas variedad, mi amigo. No te preocupes, agregare una Yuzulieta a tu orden— le dedica un guiño y un movimiento de cejas y Javi quiere correr a esconderse en ese instante. Es vergonzoso. Se pregunta si de verdad es tan obvio en su atracción por el chico (Yuzu), también se pregunta qué pecado cometió en el pasado para merecer las burlas descaradas del hombre rubio frente a él.
Misha se ríe antes de guardar silencio abruptamente cuando el amable anciano Kikuchi le da una mirada que dice “deja de jugar y sigue trabajando”. Javi va y toma asiento en una de las mesas junto a los ventanales que le dan una gran vista de la calle. Se distrae mirando a la gente pasar, el viento meciendo el árbol al otro lado de la calle, y el interminable flujo de los autos que parece jamás detenerse, y…
—Su orden está lista, señor— su corazón salta con un doloroso latido en su pecho y contiene la respiración como si llevara días sin escuchar esa voz con su amable tono profesional que parece derretirse en los bordes con cariño cada vez que se dirige a Javi.
Hay timidez en la forma de sus hombros y un rastro de diversión en la curva de sus labios que Javi jamás se cansa de ver y piensa que podría pasar todo el día mirándolo y aun así no tendría suficiente.
(Deja de ser raro y habla)
«Deja de molestarme»
—Yo…eh, gracias— dice aun un poco aturdido y el chico (Yuzu) ahora se está riendo abiertamente ante el espectáculo que Javi seguramente está dando.
—De nada. Y perdón por Misha cambiando tu orden, sé que te gusta el Americano— levanta la mano para frotarse el cuello con una expresión avergonzada, seguramente pensando en Misha y sus comentarios no tan sutiles.
— ¿Cómo sabes que me gusta el Americano?— pregunta con curiosidad incapaz de ignorar esa pequeña pieza de información. Javi nunca ha visto al chico (Yuzu) en el mostrador en el mes que lleva frecuentando la cafetería.
—Te dije que trabajo mejor desde las sombras— susurra en tono de conspiración, como contándole un secreto que solo ellos dos conocen. Sus ojos negros brillan con diversión y algo más, siempre hay un “algo” en sus ojos que Javi no puede descifrar.
—El amor~— Misha canturrea desde el mostrador, lo suficientemente alto para que ellos lo escuchen, con los codos en la barra y la cara entre las manos en una expresión soñadora que hace reír a algunos de los clientes de las otras mesas. El chico (Yuzu) se aleja en dirección a la parte trasera de la cafetería, no sin antes arrojar un trozo de tela a la cara de Misha.
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En un momento Javi está cómodamente sentado en su lugar de siempre (felicidades, ya tienes un lugar) con el chico (Yuzu) de pie a su lado contándole algo sobre Misha resbalando en el piso la otra noche, y al siguiente uno de esos estudiantes, demasiado nerviosos con la falta de sueño y demasiada cafeína en su sistema, tropieza y golpea al chico en la espalda.
La taza y el pequeño plato que sostiene en sus manos se estrellan contra el piso con el sonido de algo rompiéndose. Una rápida exhalación escapa de los labios del chico (Yuzu), algo que está a la mitad entre un sollozo a medio formar y una risa silenciosa, se mantiene de pie aferrándose al borde de la mesa con los nudillos blancos y la cabeza gacha.
El estudiante se disculpa y promete regresar y pagar por la taza rota antes de correr diciendo algo sobre un examen de algún tipo. Javi no le presta demasiada atención y sigue mirando a su chico de rostro amable que en ese momento levanta la cabeza y se encuentra con su mirada. Sus cejas están fruncidas y hay una mueca de disgusto en sus labios.
—Lo siento, yo… creo que tengo una fisura en la columna o algo así— suelta una risa temblorosa ante su propia broma mientras se endereza, y el estómago de Javi se arruga con preocupación y hace esta cosa divertida como cuando estas a punto de caer de un lugar muy alto. Antes de poder decir algo el chico se agacha al lado del desastre en el piso y comienza a recoger los fragmentos de cerámica con fría eficiencia.
— ¿Estas bien?—Javi pregunta mientras lo ayuda a recoger los fragmentos rotos de la taza en el piso—.Olvidalo, no estás bien— corrige rápidamente cuando la sangre comienza a fluir de un corte en la mano del chico.
—No te preocupes, está bien. Es solo un pequeño corte…
—Debe doler— toma una servilleta de papel de la mesa y la presiona contra la herida, por completo en su papel de mamá gallina.
—El dolor no es nada— no puede evitar la forma en que sus músculos se ponen rígidos al escuchar esas palabras que se sienten tan mal, tan equivocadas, y Javi sabe que debe haber algo en su expresión porque un parpadeo de algo (dolor) pasa por los ojos del chico antes de que una gran sonrisa se extienda por su rostro haciendo que las esquinas de sus ojos se arruguen. Es la sonrisa ensayada que dedica a los clientes, esa que esta vaciá y que utiliza para ocultar su incomodidad—. Iré por una escoba.
Sus pasos se parecen demasiado a correr, y Javi no sabe qué es este sentimiento en su pecho y ese extraño nudo en su garganta. Últimamente no se conoce a si mismo con todos estos sentimientos sin nombre abrumándolo y diciéndole cosas que por su vida no puede entender.
Misha está en la barra observándolo con el rostro en blanco y con sus ojos agudos que parecen mirar a través de Javi.
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Es tarde en la noche de un sábado. Está nevando, está cansado y se pregunta por milésima vez por qué aceptó salir con Alex y Maia cuando podría estar cómodamente acurrucado en su sofá con una manta, café caliente y Effie en su regazo mientras ven cualquier cosa que haya en la tv, (o podrías haberte quedado con ellos como querían). Cierra los ojos por un momento, ignorando esa molesta voz en la parte posterior de su cabeza, y se permite sólo estar ahí, simplemente existiendo. El sonido de las charlas y las risas de los otros pasajeros se desvanece en un ruido de fondo que le recuerda que no está solo, aunque se siente de esa manera.
Debe haberse quedado dormido en algún momento porque el suave «No me olvides» que alguien susurra en su oído lo despierta con un sobresalto. Se gira en el asiento buscando el origen de la voz, que sonaba sospechosamente igual a la del chico (Yuzu), pero solo encuentra a unos cuantos pasajeros que están demasiado lejos e igual de aletargados que él. Se pasa una mano por el rostro borrando lo último del sueño y mira por la ventanilla en un intento por ubicarse. No reconoce el paisaje que lo saluda.
Cierra los ojos con fuerza y se concentra en recordar el recorrido que ha grabado en su mente. Sí. Todo está ahí. Suspira con alivio al darse cuenta de que no olvido nada y sólo se quedó dormido. Puede bajar en la siguiente parada y tomar otro autobús para regresar.
Baja en un lugar desconocido, una parte de la ciudad en la que jamás ha estado. Los edificios parecen estar en mejores condiciones que el suyo, arboles de ramas desnudas después de perder sus hojas del color del atardecer se encuentran esparcidos a lo largo de las calles, la luz de las farolas se derrama sobre el concreto iluminando los callejones sin permitirle a algún ladrón acechar en la oscuridad, y Javi piensa que debe ser agradable vivir en ese lugar sin temer ser golpeado en un callejón oscuro.
Cruza la calle a toda prisa y camina en dirección a la pequeña caseta donde tomá asiento, el metal frío es desagradable, y espera pacientemente. Todo está en silencio a excepción del ocasional auto que pasa por su lado. Saca sus guantes del bolsillo de su abrigo y comienza a ponérselos mientras empieza a recitar su mantra de cada día, ese que le permite ser una persona normal, ese que lo hace sentir como un muñeco al que necesitan darle cuerda para que siga funcionando.
«Hoy es quince de diciembre. Mi nombre es Javier Fernández. Tengo veintiséis años. Trabajo en los muelles, mi jefe es Brian y le molesta que llegue tarde. Tengo una gata llamada Effie. Hay un chico en la cafetería al que me gusta visitar. Vivo en… vivo en…en…»
Las garras del miedo se cierran sobre su corazón y trata de seguir respirando con normalidad pero el pánico amenaza con dejarlo sin aire. Se recuerda desesperadamente que esto ya ha sucedido antes (muchas veces), que debe guardar la calma porque la última vez pudo regresar y ahora lo hará de nuevo. Solo debe meter la mano en su bolsillo y sacar su teléfono y revisar sus notas, porque las notas están bien, las notas son seguras, las notas…
Su teléfono no está.
Entierra la cara en sus manos y quiere gritar por la frustración y la pura injusticia de la situación porque si esto es un castigo de algún tipo ya ha pagado más que suficiente.
Tiene ganas de culpar a alguien, a dios, al universo, a sí mismo, a su estúpido cerebro que parece incapaz de recordar algo tan sencillo como su maldita dirección. Y es todo tan, tan jodido que comienza a reírse hasta que le duele el estómago y las lágrimas corren por sus mejillas, aquí está él, sintiéndose tan patético mientras llora sentado en un frío banco de metal en medio de la noche, esperando un autobús que lo lleve a un lugar que ni siquiera puede recordar.
Javi está perdido.
Se siente perdido.
Ha estado perdido durante toda su vida.
