Chapter Text
Cuando Sougo olvidó los días
O cuando Tamaki descubrió un método contra los (posibles) homicidas nocturnos y… algo más.
Tamaki ha pasado por más fases de las que recuerda haber pasado en su pubertad, y no es difícil, ¡no las recuerda para empezar! Pero que se note su alteración, molestia, pues agravado y estresado, la nuca se le enfría del mero cansancio. Desde la sorpresa a la mudez, así había iniciado. Las pestañas de Sougo se batieron abruptamente a su frente y, sí, era lindo, ¡sí que lo era! Lindo o no, no quitaba el grandísimo hecho de que estuviera viéndolo entre su ropa sucia, la misma que había prometido ir a dejar dentro de la canasta de lavandería y, en efecto, había olvidado; por ello el espanto número uno nació, ¿sería que el rencoroso espíritu del número cinco había venido a castigarlo por no obedecer a sus deberes de limpieza? Tragaría en seco el chillido y se dedicaría a pensar su mejor disculpa… hasta que la segunda fase dio inicio y el áspero aroma al sake llegaría justo a sus nervios. ¿Bebida? ¿Sou-chan y Yama-san habían bebido? ¡Aun sabiendo lo mal que se ponía el primero! Porque Sougo lo permitía, por no ser responsable cuando se suponía que era uno de los miembros responsables… y por no haber estado ahí, sobretodo eso. Estaba enojado.
Y quisiera Tamaki que aquello fuera el inicio. Pues una tercera y cuarta fase inician simultáneamente. Intentar sacar a su compañero del menjunje letal que por trampa había hecho y la que le siguió fue la vergüenza… Porque no estaba viéndolo muy enojado al respecto, ¡sonreía! Con es típica sonrisa beoda que no controlaba la temperatura facial y las comisuras parecían ser un ronroneo preparado para suspirar contra sus manos. En definitiva, hubiera preferido al Sou-chan que mordía su teléfono por atención, porque entre maniobra y tener la mejilla ajena frotándose contra cada falange, su corazón ya escapaba ante el nervio. Quería gritar. De hecho, pocas cosas le detenían de gritar a esas alturas.
—Taa-kun ha puesto una cara graciosa.
Y la risa. Esa endemoniada risa suave, ida, deleita sus oídos y le hacen airearse. Sou-chan era un intento de niño travieso a esas alturas. Una pantomima a su persona, pensaba, ¡y debería ofenderse! No caer en ese juego. Es difícil hacerlo, claro. Porque debe desordenarse al cabello, tragar todo el oxígeno necesario para bufar y fruncir el ceño. Inevitablemente cae tirando de la capucha que sigue bien atada a su remera de hace dos días.
— ¿Qué parte graciosa hay en mi cara, eh, Sou-chan?
—Esta—le responde, intentando alzar la mano, para señalarlo.
A Tamaki le molesta tanto saber que hay una parte graciosa como el que su propia ropa no le permita saber cuál. Vuelve a exasperarse, siendo víctima de un nuevo torrente de risillas, debiendo gruñir, armarse de paciencia para seguir intentando zafar al mayor con la equivocada razón a esas instancias. No se iría sin decirle lo gracioso. No lo dejaría marchar sin antes le dijese todo, hecho y derecho.
—Aquí—ha escuchado mientras estira un pantalón.
Sougo empieza a mecerse, de atrás hacia delante. Está jugando mientras que trabaja. Genial, ¿a quién le recuerda?
—Sou-chan, quieto.
Sin caso, Tamaki se acuclilla un poco más. La ropa parece más compleja ahora que en la mañana, cuando debe despertarse para ir a la escuela y realmente quiere replantearse la idea de no volver a ordenar en la vida, mas no basta eso ni lo demás, ni el esfuerzo ni su rabia. La calidez llega a su frente, patosa, y se va en un sonido gracioso. Sou-chan le ha besado y ahí está, volviendo a su sitio, con la garganta repleta de la sorna más inocentona.
—Ahí.
— ¿Ahí?—Debe inquirir Tamaki, confundido.
—Sí—y el tarareo escapa, tan dulce, tan sin culpa, que Tamaki enrojece—. Adorable.
Un segundo, dos segundos y… ¿Qué es lo que había dicho? Entre el escuchar y el procesar, Tamaki se tomó su tiempo antes de reaccionar.
—Espera, espera, espera, espera, ¡¿qué hay de malo con mi frente?!
Sougo escapó. Ni lejos, ni con proeza. Medio cuerpo delata que ha intentado meterse entre la ropa sucia, revolcándose y dando un par de vueltas por el tapiz del piso. Cuando se detiene, patalea, procurando –infructuosamente– tapar el carcajear. Realmente es un niño. Uno muy borracho, para variar, que ha ignorado todo su esfuerzo por desenterrarlo, enterrándose como si nada. Tamaki lanza un gemido al cielo, tragándose el berrinche.
— ¡Agh!—Grita, tan a calladas como es posible. Otra vez ha empezado a quitar ropa, pieza por pieza, rezongando—Sou-chan, ¿puedes comportarte un poco más como Sou-chan? Es hora de dormir, ¡dormir! No de jugar, ¿bien? Así que saldrás de ahí e iremos a dormir.
¡Ah!
Una mano, ¡puede ver una mano! Sougo intenta volver a taparse tirando de una capucha en dirección a su cara, y lo evita, sí, aferrándose a su mano con la suya, estrechándola contra el piso a favor de revelarlo al fin, ¡y lo logra! Tamaki sonríe al triunfo. Esa vista brillosa le contempla, admira. La tez pálida encendida por el licor y esa garganta ronroneando un tarareo, ese es Sougo y ya no hay más juegos. Como si Sou-chan le felicitara, se deleita de su sonrisa. Y sí que siente el estómago burbujear.
En un lapsus en que se miran, quizás no es tan malo, o es lo que intenta pensar. Es cómodo, y lentamente Tamaki deja caer su peso a un costado, amainando el agarre y posando esa pequeña unión entre ellos sobre el pecho de su mayor. El cansancio no se ha marchado, sin embargo empieza a generar paz ante esa sonrisa fácil, al candor de esas falanges enredándose contra las suyas. Es raro tener la oportunidad de ver a la otra mitad de MEZZO” así, y quiere aprovechar, aunque sea, un par de minutos… o lo que dure. Por ello apoya la cara sobre el dorso, y aspira, ya sin más que las ganas de ir a favor del ambiente.
—Sou-chan—llama, y recibe los orbes púrpuras y debe tragar, preparándose para seguir—, debes ir a dormir. A tu habitación.
Puchero, lo ha visto.
—No quiero.
Tamaki quiso ofenderse. No es tan fácil ante esa cara. Desiste rápido.
—Eeeeeh…, Sou-chan, no hagas berrinches—dice, lo más suavemente que puede—. No puedes dormir aquí.
¿Cómo hacerlo entender? No hay repuesta. De hecho, Sougo le ha dado la espalda, abrazándose a todo su brazo, estirándolo más de lo que sus huesos permiten. Tamaki necesita pensar rápido: hacerlo razonar no debe ser tan imposible. Encontrar el lado racional de Sou-chan es la posible solución.
—Mañana harás un alboroto por no estar en tu cuarto, ¡te querrás hacer eso de haka-algo!
—Harakiri.
Genial, incluso ebrio usa sus dones intelectuales para corregirlo. Decide ignorarlo.
— ¡Eso, eso! Así que no hagas más berrinches y acepta, ¿bien, Sou-chan?—No evita pedírselo, amainando la voz, dando intento de encontrar esa cara, esa misma que le esconde, refunfuñando graciosamente—Sooou-chan, escúchame.
Tamaki se sabe bueno con los niños, le agradan. A veces fáciles de tratar, otras no tanto, ¡la mayoría de las veces son honestos con sus sentimientos! Al contrario de esa bestia, aquella que ahora bate las pestañas tal y como si lograra sacarle algo; y no, señores, Tamaki es un sujeto fuerte, maduro. No podría caer ante semejante truco así, tan fácil.
Sougo abre los labios y la maldición inicia, muy al interior de Tamaki.
—No iré sin Taa-kun—declara y algo estalla. Quizás su corazón o tal vez la temperatura de su integridad. Tamaki se siente atorar mientras que Sougo parece estirar su mano, llevándosela a los labios. Un guiño, un suspiro, y Tamaki siente el suave tacto de esos labios sobre sus nudillos. Cuando ve la sonrisa, ponzoñosa sonrisa, lo descubre: venganza. ¿No había hecho él algo similar hace días en la sesión para la revista? ¡Oh, por Dios! ¿Por qué era que Sou-chan tenía que ser así de rencoroso?
Respingando, Tamaki se sentó e inclinó por encima de su mayor quien no tardó en extender ambos brazos y cruzarlos torpemente tras su nuca. El agarre se vuelve un peso al que se ha acostumbrado a cargar, ya sea furtivo o sin que se note, a cada abrazo, Tamaki lo confirma. Porque teme que ese peso disminuya y desaparezca, e involuntariamente lo juzga a calladas. Sougo parece no ser ávido controlando su salud, y… puede percibirlo. Quiere pensar que es su imaginación, pero está más delgado y cuando lo alza contra su cadera, puede sentir más huesos que carne; ¿cuántas preocupaciones deben estar agobiándole? Tamaki quisiera contarlas y sabe bien que, incluso así, le costaría entender algunas. Le resta hacer fuerza para dar los primeros pasos, maniobrarse con un brazo mientras que siente cómo un mentón reposa sobre su hombro. Cuando Sou-chan sopla su oreja, se come el escalofrío y el calor: solo avanza hasta su puerta, procurando no tropezar con su propio desorden al encontrar el pomo.
Es exitoso y la luz del pasillo le evoca la calma. Incluso desde ahí puede escuchar la voz de Yamato murmurando quizás qué cosas con Mitsuki. Tamaki supuso que eran regaños. Porque en lugar de Mikki, también hubiera regañado a Yama-san, ¡se lo merecía! Por no dejar que se quedara. Por haber estado con Sougo en su lugar. Y muchas cosas más que podía recalcar y terminarían con el simple no mundano hecho de haber sacado de su Ousama pudding cuando no recordaba haberlo cedido.
Un solo ronroneo es la manera de mantener a Tamaki atento. Porque esa mejilla contra su cuello empieza a darle más cosquillas de las que pretendería y más cuando el candor se acumula, se vuelve tan húmedo como para empezar a sentir, ¡¿dientes?! Santo cielo. Preso del pánico, pateó la ya abierta puerta de su compañero de unidad y cerró tras de sí, ¿por qué si usualmente le daba igual lo que le vieran y no hacer? IDOLiSH7 era su familia. Sin pudores y procurando –en lo posible– no tener secretos, su pecho se hendía del solo pensar que estaba tapando algo…, pero solo por esa vez estaría bien. Por el bien del Sou-chan que despertaría en la mañana, que no necesitaría una resaca y el saber que hizo más cosas vergonzosas que de costumbre.
No, no, no.
Aunque, a decir verdad, entre la oscuridad y la seudo piraña que está cómodamente mordiendo el cuello de su pijama –baboseándole como todo un bebé, por cierto– sí que se siente mucho más responsable (avergonzado también, muy avergonzado) y, ¿qué haría un hombre responsable tipo Sou-chan en sus condiciones? Guiado por eso y de muchas referencias, prendió la luz. Ordenado para Tamaki, pero posiblemente todo un desorden a perspectiva Sou-chan. La habitación no estaba muy distinta a la última vez que la vio, pero no debía ser muy listo para entender que algo mal andaba; basura de borrador por el escritorio, la ropa con la que le había visto en la mañana desperdigada por todas partes, bolas de papel apiladas en el basurero y más allá, y un libro de notas abierto sobre la silla. Tal y como si hubiera estado trabajando antes de irse de polizón a su habitación. ¿Es que acaso la otra parte de MEZZO” no podía darse un descanso? La respuesta estaba sobre sus narices.
—Bien—murmura, con cierto tono de victoria. Acostar a Sou-chan e irse: suena a un plan. No, es un plan, y uno bueno. Considerando que el mismo Sou-chan ya había facilitado el labor del pijama, después de todo.
Si la pregunta era, ¿qué tan difícil podía ser? Apenas se inclinó en la cama con la intención de acostarle, fue apresado. Sou-chan no era solo una piraña, ¡era un mono! Tamaki se afirmó en la cama con tal de no aplastar a su mayor, ese que se empeñaba en no soltarlo, en llevarlo a la cama junto a él en una no muy sutil fuerza. Incómodo, se quejó en voz alta. Lo único que recibió fue una mejilla contra su boca y un mimo que lentamente empezaba a nublar su mente entre latido y latido. No era tiempo para sentirse débil.
—Sou-chan, es hora de dormir—murmura. Acomoda las rodillas a cada uno de los costados, con tal de no matarse del esfuerzo—, ¿por qué no puedes ser un Sou-chan normal ahora? ¡Ah! Dormir, es hora de dormir. Debes soltarme...
Apenas terminó de hablar, Sougo le soltó, dejándose caer, viéndole desde abajo con un puchero. Ofendido e indignado, en el momento que pestañeó, Tamaki supo que tendría un problema más. Tragó en seco. Enfrentar al infantil Osaka Sougo no era un logro que hubiera desbloqueado, no, no, pero, ¿qué tan imposible sería? Sou-chan siempre le mimaba cuando rezongaba, así que… se inclinó apretando los labios, rozando esa nariz y volviendo a mantener distancia, ya sentándose en la cama, a esperas de la respuesta. Si había funcionado o no, temió por la reacción. Con Sougo nunca sabía qué esperar y a eso debían de sumarle que… ¡ebrio era mil veces peor! Como un arma mortal para su corazón, desvió la cara, no estando listo para fallar, desilusionarse de su pequeño intento…, pero ahí estuvo, un suspiro que llamó su atención y le mostró una de las sonrisas que sí reconocía: Sou-chan estaba tranquilo, con los dedos sobre la tez, casi como si intentase tapar la dicha con la suerte de rozar el intento. Ah…, sí que Tamaki amaba eso.
— ¿Mejor?—Murmura.
Sougo ha asentido tan solo un poco y se queda quieto, haciéndose el pensativo.
—Uhm…—y ha negado al acto—. Otro.
Consentido. Sou-chan se convertía en un consentido. Uno que empezaba a enloquecer sus ganas de evitarlo, de hacer vana intención de ser el racional dentro de la habitación. Tamaki se deja llevar por el querer alimentar a esa bestia, a ese mismo mal solapado en pestañas pálidas que estira el brazo con tal de alcanzar su rostro. No fue quién para alejarse, menos cuando su propia mejilla buscó encajarse dentro de esa pequeña palma. La sostuvo luego, para besar su interior y quedar ahí, admirando el ligero candor que nacía y se acumulaba. Sougo entrecerraba los ojos, respingando tan grato, tan pianísimo, que algo despertó en Tamaki. Esa dulzura la reconoce y le fascina, y no tarda en acercarse, juntar sus labios y separarse con el gusto de que viera su sonreír. Lo que gusta y no, ¡que se notara en su cara! Porque es el sentimiento que brota y quiere reflejar, y quiere que Sou-chan no olvide.
Sin esperar más, Tamaki besa a Sougo, rociando tantos roces en sus mejillas como risillas silenciosas escapan en réplica. Como si fuera demasiado dulce, Sougo se estremece, queriendo carcajear y no lo hace del todo, porque pronto esconde la mitad del rostro en su almohada dejándose amar por cada respiración, sintiendo el aliento escapársele. Y no es suficiente. Al menos no para Sougo, quien toma una bocanada de aire y se aferra al cuello del pijama más cercano; y que solo el tirón delate su intención, esa que deja a Tamaki expectante, deteniendo sus atenciones. Lo ve alterado, perlado ante la temperatura, del contacto. No tarda en preocuparse.
—Sou-chan—llama, tan cerca, tan silencioso como para que sus palabras rocen sobre sus labios—, ¿estás sintiéndote bien…? ¿Necesitas agua…?
Es probable que la borrachera esté haciendo mella en él, ¡Claro! Tamaki está a punto de hacer el ademán de levantarse cuando un nuevo tirón le hace quedar. El ceño de Sou-chan tiembla.
—Taa-kun—comienza, exigiendo algo mucho antes de decirlo, como si debatiera en decirlo o callarlo; Tamaki se queda quieto, porque esos ojos lo embrujan, llenan de adrenalina—. Bésame.
¿Era eso? Dar rodeos para decir algo simple es típico de Sou-chan.
— ¡Pero si ya lo estoy haciendo!
A juzgar por el ligero gruñido y el furtivo robo a su boca, logra comprender –un tanto tarde– la orden. Quiere ruborizarse, dejar que su pecho se altere. Tiene más cosas por las que preocuparse, sin embargo. No, no es tiempo para dejarse llevar. Madurez, Tamaki, madurez, y aunque se lo auto exija, algo dentro de sí duda, contradice.
— ¿Estarás bien?—Se asegura. Sougo asiente— No deberías esforzarte de más, Sou-chan…
La otra mitad de MEZZO” lanza una mirada que Tamaki reconoce al instante: es peligro. Molesto, aunque no lo demuestre.
—Tamaki-kun—dice, tan modulado, tan amable, como si el alcohol no hirviera en su sangre—. Está bien.
Ese “está bien” sí que lo sintió como uno de verdad. O una amenaza, sí, también. Ambas eran válidas considerando que trataba con Sougo, y si no se movía, ¿realmente quería correr ese riesgo? Tamaki bufa, no tan convencido como gustaría. Le preocupa. El alcohol no es bueno y Sou-chan no tiene la mejor de la salud. Así que en ese estado de semi-responsabilidad, acepta, se controla. Alguien debe ser el controlado, mas no promete que a la próxima no sea al revés.
—Si te sientes mal—comienza. Como el menor responsable –ah, qué bien sonaba, se jactó Tamaki– miró directamente a Sougo, y esperó. Ser receptado, ¡que lo escuchara!—, nos detendremos, ¿bien?
A juzgar por la sonrisa, el término fue aceptado y el ronroneo secundó todo. Pero para Tamaki no bastaba.
—Esa no es una respuesta, Sou-chan.
Antes que los labios de su mayor le tocaran como protesta, posó la mano entre ellos. El bramido de molestia fue evidente, mas no tanto como la gracia que le dio. Serio, se dijo Tamaki. Recto como para controlar a ese ebrio Sou-chan que empezaba a sosegársele en pucheros y suspiros. Aunque las ganas de reír fueran mucho mayores a esas alturas.
— ¿Entonces?—Volvió a insistir— ¿Entendido?
Alejó la mano, cruzándose de brazos.
Sougo se mantuvo al margen, un tanto atónito, ido. La tez se nublaba en un tenue rosa que acaloraba hasta la punta de las pálidas orejas.
—Entiendo…—Tamaki oyó el balbuceo, el mecer. Su pijama fue nuevamente zarandeado con un débil agarre, tan trémulo, tan tímido, que sintió cómo sus mejillas se encendían; y el aire se le fue. Sou-chan estaba mirándole tal y como estuviera pidiéndole permiso, ¿cuándo era que había adquirido tanto poder?—Taa-kun…
Cualquier gallardía había huido. Tembló para sujetar los pómulos de su mayor, también cuando tuvo que acercarse, dar el primer paso. Era costumbre el tocarse, el besarse. Un hábito que Sougo había permitido y Tamaki aprovechado a cada oportunidad a modo de recompensa. Ahora era Sou-chan quien lo esperaba. Sou-chan era el consentido. Involuntariamente fue patoso, dejando que sus narices chocasen y la suavidad inundase su tacto. Cerró los ojos, armándose de valor. Quería ser un adulto, apurarse en serlo. Mas no necesitaba ver para sentir la sonrisa de Sou-chan, en cómo parecía gustoso del roce, de sus nervios, incluso de esos endemoniados temblores; Tamaki aspiró con fuerza, aun teniendo más voluntad, sentía que volvía al inicio y es que tampoco podía ser muy duro, no cuando el ligero tarareo se volvía una melodía y el tenue aroma al sake se volvía un recuerdo dulce. Se dejó guiar por las ansias suaves y calidez, por esas manos que empezaban a enredarse en su cabello con tal suavidad que tuvo que suspirar ante el mimo. Fue lento, gradual. Como ese vals, Tamaki se amoldó al lado de Sougo, abrazándole, cerniéndole hasta que pudo sentir cada necesidad de esos pulmones, y le gustaba, sí que le gustaba, en cómo sus manos ahora tenían el permiso de pasear, rozando tentativamente los bordes de la camisa de pijama, sintiendo cómo la fría piel de Sougo iba entibiándose ante sus caricias. Llenar a Sou-chan de calor. Quería hacerlo, debía hacerlo, y su boca arremetió con un poco más de fuerza sintiendo un suspiro angustiado aceptándolo, siempre aceptándolo. Sougo no podía decirle que no a Tamaki. No cuando ninguna de sus acciones le disgustaba.
El aire fue un enredo, una cosa absurda. La saliva entremezclándose, hirviendo mientras que las caricias se volvían cada vez más necesitadas, como si no hubiera más que eso, y así era. Cuánto más hubiera, menos se hacía. Las manos de Tamaki se sentían medio vacías y se empezaba a desesperar, regañar. No podía pedir más de lo que Sou-chan podía darle en esos momentos. No cuando el aliento fue precario y húmedo, y esos párpados parecían querer cerrarse. Mierda, ser el racional no era tan fácil como parecía.
—Sou-chan…—llamó, respirando. Lento, agitado, acalorado—, ¿quieres parar…?
Hubo un negar de cabeza. El corazón de Tamaki latió con fuerza.
—Más—pidió Sougo, inclinándose a sus labios y deslizando las manos hasta las suyas. Fue poca la fuerza que utilizó, pero Tamaki dejó que le guiara, intrigado y pronto, todo fue turbio. Para su pecho, su respiración. Jadeando, sintió cómo sus palmas tocaban el abdomen por bajo la ropa e hirvió, todo lo hizo cuando el tacto conectó con ese Sou-chan acalorado, violentamente agitado, mirándole de tal forma que no quedaba duda de nada.
¿Estaría bien? ¿Qué debía hacer? Sin haber llegado más allá que a las caricias superfluas, se quedó dudando, paralizado mientras que los orbes púrpuras refulgían sobre su sien sudada. Fue seco el trago y el relamerse inevitable porque sus dedos tantearon y presionaron la piel a modo de prueba y sus ojos, sin dejar de repasar los ajenos, buscaban una clave, algo que le dijese que no hacía nada mal: que no lo rompería. Y quién lo diría, el suave exhalar fue paralelo a su toque y fue la respuesta que necesitaba, esa aprobación que le llevó a extender sus dos palmas sobre el vientre mayor. Era cálido, delgado, siempre demasiado delgado, y cuánto más lo estrechara, más seca encontraba la garganta, y le gustaba. La piel de Sou-chan, su cuerpo. Quizás era un deseo suave, sigiloso, que iba conociendo y desconociendo, desbordándose y silenciosamente volviéndose algo más.
Tamaki suspira, bajando a mandíbula hasta el espacio entre el hombro y el cuello de Sougo y lo besó lentamente, despejándolo de la camisa de pijama. Quería verlo, apreciarlo, y mientras más lejos llegara, más sentía que estaba dando con nuevos rostros, nuevos sonidos. Quizás no era un fortísimo, sin embargo Sou-chan expresaba, se afligía ante los roces de la manera más candorosa que habría recordado. De una manera u otra, Tamaki estaba arriba, saboreando esa piel, incorporándose a cada momento con la remota moción de encontrar reacciones; y lo hizo, ¡sí que lo hizo! Cuando sus labios bajaron hasta el escote desbotonado, sintió velocidad, fricción. El calor lo reconocía tan bien que la cabeza empezaba a nublarse, calentarse, y no abandonó, no. Su lengua jugó por el espacio de las clavículas, bajando hasta el pecho a medio exponer. Era dulzón, tibio y tuvo que masticar sin más fuerza que la de tantear, comprobar qué tan melifluo sería el toque y dándose al certeza que, cuánto más indagara, más era el estremecer que recorría el cuerpo de Sou-chan.
En algún momento dolió. Tamaki jadeó sobre esa piel, sintiéndose todavía más caluroso. Hormigueo que bajaba y se almacenaba en su estómago bajo, asolando su pantalón, dejándolo sin aliento; no debía ser genio para saberse excitado. Era vergonzoso. Quería avergonzarse. Pero… Sou-chan estaba ahí, respirando con dureza abajo y le besaba, lo hacía otra vez, alzando la cintura con vana fuerza, friccionándose contra él tortuosamente y lo supo, hervían más que nunca, y no quería dejar de hacerlo.
—Sou…-chan…—llama, apenas, con los labios pegándose en ese cuello, alejándose a favor de verlo.
No necesita que le responda, tampoco hablar más. Una simple sonrisa le sentencia y les hace compartir nuevamente oxígeno, jugando con esa temperatura en ascenso y abandonándose a acariciar sus lenguas entre sí en un arremeter que quita todo el aire. Que si pica, arde o el sabor del sake hace mella en Tamaki, no importa, solo muerde esa boca hasta que Sougo jadea ahogado y se entrega a peinar su cabello con sus falanges pálidas; es relajante, delicioso, y por lo mismo es que Tamaki empieza a sonreír, a volver a besar ese pecho, sintiéndose abrazado por su calor, invadido de un vértigo amable. Podría dejarse consumir por esas sensaciones, arder todavía más de ser posible y no se cansaría, porque es nuevo, y si es con Sou-chan, puede hacerlo todo. Es esa su confianza. La razón por la que sonríe y hunde la nariz sobre su piel.
¿Podrá aprovechar tanto como quisiera? Se pregunta, sin esperar. Es su naturaleza el ser imprudente y medir las consecuencias luego es parte de su andar y agrava sus gustos y quereres. Hay tanto que no conoce en el cuerpo de Sou-chan, que debe investigarlo; primero con la vista, certero, captando puntos de interés, y luego ataca, satírico a ese juego que ha llamado por amor, a esa diversión insana por la que se guía libre de culpa. Paulatino al estremecer de su mayor, Tamaki ha encontrado divertido dar con esos puntos rosas; mordiendo uno de los pezones con tal travesura que un salto ha dado el escuchar una melodía brotar en reacción. A Sou-chan le ha gustado, y eso es suficiente para atacar, lamer. Los grados desvariando, subiendo y subiendo. Juega con su lengua y muerde quedamente, casi a tientas de comprobar su textura. Sou-chan se encorva en un momento, lo necesita, y Tamaki siente cómo su cabeza ha sido acogida, presionada y, sin más, acurrucada en medio de un par de remezones. Pero no se detiene. No cuando está a gusto.
Con dejes de juego, absorbe y acaricia, llenándose del sabor y sintiéndose como un niño que busca pecho, uno que se calma y acaricia con sus manos todo lo que puede alcanzar. Tamaki se pierde y reacciona. Ha sido acogido dentro de esa respiración que ha pasado de errática a un silbido sigiloso, a un toque que empieza a volverse carente de fuerza y hay duda. El juego ha acabado y el húmedo sonido marca su separación, o algo así, porque con medio cuerpo arriba de Sougo y su oreja siendo la más próxima a medir latidos, ya no siente el mismo movimiento que antes. De hecho, se ha calmado y teme.
—Hey—susurra—. ¿Sou-chan…?
No hay respuesta.
— ¡So-So-Sou-chan!—Vuelve a hablar, intentando incorporarse de golpe; hay un murmullo, tan silencioso que le hace evitarlo, quedar a medio camino, incrédulo.
Ha pasado lo que su calor no ha presupuestado: con los ojos cerrados, Sougo estaba silbando en un sueño del que parece no querer despertar. Se ha dormido. Aun entre todo el calor, ¡lo ha hecho! Tamaki hace se debate entre berrinchar o irritarse. Su puchero tiembla y solo le resta suspirar, aceptarlo mientras se vuelve a estrechar dentro de ese abrazo agotado. La piel desnuda contra su mejilla amaina su ansiedad, y percibe un ligero aroma. Huele a Sou-chan. Es obvio, es Sou-chan pero… ¡pero no puede explicarse! Como si solo respirar su esencia bastara para tranquilizarlo, anestesiarlo, es característico. Lo ha olido a menores cantidades, en roces, en sus escasos toques pasados y ahora… nuevamente puede encontrar consuelo, refugio. Quizás es el amor de Sougo, o quizás algo más, pero es inalterable que su aliento se vuelva una brisa ligera, y sus pensamientos se apilen en aceptaciones y uno que otro respingo.
¿Qué más da? Hay muchas cosas que le molestan en esos momentos. Su propia agitación, el haberse entusiasmado o esa vergüenza que iniciaba desde su pantalón hasta su cara, ¡¿qué había estado a punto de hacer con Sou-chan?! Sin embargo no se arrepentía. No podrían hacerle arrepentir. Jamás. Eventualmente terminó acurrucado, no resistiéndose a esa pelusa de sueño que aparecía en medio de la calidez. Durmieron, y las luces nunca se apagaron en la habitación, aun cuando en el pasillo ya la noche hacía paso como de costumbre.
Tamaki dormiría, tranquilo y tan profundo como para permanecer acurrucado contra el pecho de Sougo. Dulces sueños le esperaban, de esos donde IDOLiSH7 y Aya podían estar juntos. Donde podían compartir como familia, incluso si eso significaba incluir a TRIGGER; quizás se sentiría un tanto celoso, porque TRIGGER parecía tener aprecios enormes de sus seres queridos, pero lo aceptaría, sí, o haría el intento. Porque siempre y cuando le convidaran Ousama pudding de tregua, estaría bien. Pero debían estar todos. Aya sonriéndole. Sou-chan también. De alguna forma se había convertido en su nuevo sueño.
Y no lo notaría, no. Que el sueño de Sougo quizás no estaría alejado. Que parte de lo que quiere de futuro es tener a Tamaki cerca; pero es difícil imaginarse juntos, porque lo desea sonriente, feliz, y a su lado no lo puede encontrar. Como una pesa de desdicha, Sougo no quiere arrastrarlo. Ebrio, somnoliento y un tanto ido, el calor repleta sus ojos y llora. En silencio y para sí, abrazándose a ese menor durmiente con tal de aliviar las penas con su calidez, su juventud despreocupada.
Quizás habían cosas que era mejor saber, otras no. Como esas lágrimas que debieron desaparecer, o como ese sueño que debió prolongarse hasta el nuevo amanecer. El destino pretendía extender una brecha que ya estaba rota, que se unía a piel y condescendencia.
Serían las tres de la mañana. Fue el cerrar de una de las puertas la que despertaría a Tamaki, quien somnoliento, haría lo posible para despertarse por completo y no caer en el estado sonámbulo. Medio consciente estaba y quizás por ello se tendió a levantar, relacionando automáticamente la habitación de Sougo con un problema en la mañana si lo encontraba ahí. No miró a u su espalda, solo avanzó. Y es que pudo no haber sucedido. Los ojos de Tamaki no debieron pasar hasta los apuntes sobre la silla del escritorio; pero leyó su nombre, y pasó. Fue inevitable el inclinarse, recargarse en la pared con tal de hallar comodidad.
Los minutos pasaron, y ¿quién lo diría? Hacía mucho que ambos habían despertado.
o-o-o-o-o
Lo que Sougo habría visto en Tamaki había sido desde un comienzo. Un buen chico, esforzado y repleto de un corazón tan puro como para contrastar de lleno con su farsa. Sougo no mentía al sonreír, no mentía cuando decía que deseaba lo mejor para el trabajo, pero sí suprimía. Ser libre sonaba a una bondad lejana que Tamaki poseía y lucía. Quizás fue envidia, ¡y sí que sabe pecador de ello! Más iba sintiendo a ese chico, conociéndolo, más descubría parte de sus males y también… los males propios. Estaba bien confiar en Tamaki. Tamaki era maduro, era bueno, siempre firme, con una gran espalda que cargaba una historia y sentimientos a flor de piel.
¿Cuándo era que había comenzado a confiar en él de esta forma? Porque lo ve, y sabe que lo que tienen, está por romperse, y él volará tan libre como debía. Porque el menor ha volteado y le ha dicho todo con esa corta mirada. Tamaki estaba rompiéndose, su corazón lo hacía. Él lo sabía, Sougo también, y aún así el menor se mantuvo de pie, con la aflicción nublando su vista ya repleta de ardor y, sin notarlo, se volvió un pequeño camino de lágrimas que acabó con la prontitud de un abrupto frote. Porque Tamaki no lo necesita. Ese dolor, esa muestra: eran simples reacciones a lo que ya sabía, y que dolía. Santo cielo, ¿cómo era posible que algo tan dulce fuera tan, pero tan doloroso? Incluso si quería rechazar la amargura, ¡ya no podía! Porque lo agridulce había calado hondo en su organismo. Con una promesa de dulzura, lo había tomado. Quizás más le dolía saber que para Sougo había sido así de amargo desde el principio. Que ese amor que le tenía fuera una hendidura peor que las de su estómago. Tamaki tragó saliva, deslizando la vista a la mitad de MEZZO”, encontrándose con ese semblante despierto, un parpadear doloroso. Sougo movió los labios con temor, dejándose temblar por la temperatura, por el ambiente, y a pesar de hacer intento de hablar, nada salió. Aunque no era necesario hablar fuerte, o siquiera decirlo: Tamaki lo leyó.
Un «lo siento», al que Tamaki quería hipar.
En esas notas que seguían en manos estaba todo: lo que Sougo pensaba, lo que creía de Tamaki. Todo era bueno, maravilloso pero, ¿cuándo saberse amado tenía tal tiniebla? Ah, ¡Sou-chan le amaba más que nadie! Le enojaba, frustraba. Que no pudiera contarle lo que le acomplejaba, ¡no quería su protección! Quería su amor, su tranquilidad, también sus sonrisas y lágrimas. Si el amor era grande, ¡maldición! Que los adultos dejaran de joder, porque por eso eran tan infelices.
—No quiero que me cuides, yo puedo hacerlo solo, ¡así que deja de hacerlo!
—Tamaki-kun, yo…
— ¡Nada de Tamaki-kun! Sé lo que quiero, sé que yo te quiero a ti, ¿entonces porque insistes en dar rodeos? Déjame amarte tanto como te dejo amarte, y sé feliz, ¡maldición! Sou-chan, solo sé feliz con algo que debe ser feliz, ¿cómo no puedes serlo?
Exasperado, molesto. Tamaki se ha acercado. Sus manos tiemblan, sus labios también. Ha querido sujetar a Sougo de la ropa, alzarlo de la cama; pero no quiere ser su padre. Se niega a ser violento con quien dice amar. Todavía así, se frustra, lanza un gemido al no saber qué hacer y debe caminar por la habitación, deslizar las manos por su cabeza intentando sacar ese colmado de rabia que emerge.
Sabe que no está enojado con Sou-chan.
Está enojado con sí mismo, por no saber leerlo. Porque cada vez que piensa que lo logra, Sougo le oculta más y más de su corazón y penas; va a desaparecer, como su madre, y no quiere que desaparezca. ¡No quiere que Sou-chan se extinga como ella! Sin lágrimas que llorar, se detiene y vuelven a mirarse.
No hay más que desconcierto en el rostro de Sougo. La resaca late, arde en su cabeza, pero jamás lo hará más que el pecho, su estómago. Ese insistente vértigo que empieza a marearle. Las emociones quieren escapar y quiere gritar en fortísimo todo lo que almacena. No estaría bien, no estaría bien. Están en los dormitorios. Tamaki ya ha gritado más que fuerte. Si lo hace, los escucharán.
— ¿Entonces la única forma para que no sufras más es parar esto?—Exclama— ¡Bien, Sou-chan! Lo prometí. Me marcharía si te volvía a hacer daño, así que me iré.
MEZZO” muere, se extingue. Esa unión ha empezado a temblar, amenazante de cortar en el próximo tirón y el ambiente se vuelve frío, penumbroso. Porque parte de Tamaki quiere escuchar que Sougo lo detenga y parte de Sougo desea no ser débil, hacer lo mejor para ambos en esos momentos, que la situación lo permitía.
Sougo ha luchado contra sí, contra las lágrimas. En ocasiones odia haber recuperado su humanidad, su vida. Odia que Tamaki le otorgara los sentimientos que había ocultado. Pero pasa lo que debe pasar. No lo mejor, no lo peor. Porque el silencio otorga. La voz que no salió de Sougo fue la decisiva, mas no así sus labios, esos que se abrieron en respuesta al hambre, la necesidad y del sello final que se brindaría a ese momento.
Tamaki está enojado, envilecido, mas sí acepta los brazos alrededor de su cuello. Sougo llora, y no puede decir que lo ama tanto que duele. Ninguno está dispuesto a decir en voz alta que será la última vez que se tocan. Se besan y todo se pierde. Olvidan que hay lágrimas y el oxígeno se vuelve precario, la pared ha chocado contra la espalda de Tamaki y debe sostenerse, enojarse. Desesperado, revierte la posición, para golpear la puerta, engullir su cólera en el frívolo calor que empieza a envolver a sus lenguas. Cuántas veces se han separado y vuelto a buscar, cuántas veces la pared a chillado ante el peso de ambos a medio caer. En algún momento la saliva ha perlado sus labios ya hinchados y las manos juegan, tan confiadas como aterradas.
Sougo ha temblado al sentir las palmas de Tamaki por su espalda baja, muy sobre la piel y no quiere quitarlo, pues entre su desesperación rasguña el pecho menor por sobre remera del pijama, acariciando, recordando las fortaleza de ese niño y sintiéndose más frágil y menos capaz de sostenerse sobre sus piernas; porque hay veces que ve a Tamaki como un niño, que debe apoyarlo sobre sí para evitar que caiga o haga daño, mas ahora rompe eso, porque quiere sentirse entre sus brazos como si fuera un adulto y dejarlo sentir todo el amor que se colma y ya no puede moderar.
Esos fragmentos explotan y se vuelven eufóricos, violentos. La colisión es eventual, se veía venir, y cuando los polos han dado por la misma intención, solo se potencian. Los miedos, los amores y el deseo, ¿hasta qué punto llegaría ese inmensurable sentimiento? MEZZO” se va rompiendo y desvaneciendo, llenándose de una distancia que apenas pueden compensar con la piel. Es por eso que se insisten y acarician. Porque cada segundo es temer, es distancia.
Tamaki no sabe contenerse y jadea ante la temperatura, a ese dolor que, sin ser nuevo, empieza a enloquecerlo y a volverlo un niño inexperto. Y Sougo no es tonto, no quiere hacerse el ciego, al menos no en esos momentos cuando el puchero es evidente. Tiende a agacharse y se miran. La vergüenza en el menor late, y cuando se tapa medio rostro, Sougo ha podido brindar una pequeña sonrisa. Es normal, quiere decirle. También le hubiera gustado dar una conferencia respecto a los cambios de su cuerpo y la edad, ¡porque tenía material para ello! Se limita a besar el vientre de su menor, bajar hasta que siente la reacción de Tamaki de intentar alejarse, pudoroso, siendo detenido por la pared y terminando por jadear forzosamente ante una respiración hirviendo sobre la erección atrapada dentro del pantalón.
Está bien, quiere decir Sougo.
De alguna manera, Tamaki siente que está bien, y relaja la espalda tensa.
En un momento, el candor supera la tez del menor de MEZZO”. Ha tenido fantasías, se ha tocado y pensado en situaciones análogas. La realidad supera la ficción, y se desea más confiado, para abochornar a su mayor tan solo un poco, ¡solo un poco!, mientras recibe una capa de besos húmedos sobre su entrepierna. Arde, duele, y la fricción empieza a lastimarlo, hacer que sus lagrimales ardan y su respiración se agite. Sou-chan parece confiado y le ha contemplado con esa sonrisa rara suya; Tamaki quiere hablarle, gritarle que es vergonzoso y no lo hace, porque no tiene la fuerza y menos la tendrá cuando siente la cálida lengua acariciándole por completo. Vertiginoso, el calor sube y sube, Tamaki sabe que se vendrá, porque las imágenes y la sensación colman a lo que había soñado y debe usar las manos para alejar ese rostro, ese mismo que parece colorado del esfuerzo y le mira con duda, como si no captara. Ah, Sou-chan podía ser tan tonto en ocasiones, pensó.
—Sou-chan—murmura, agachándose tan solo un poco, inclinándose hasta sus orejas—también estás duro.
Sougo ha tardado en receptarlo y tan pronto como lo hace, enrojece tan transparente como para querer separarse automáticamente. Tamaki se ha apurado en sujetarlo de la muñeca. Es delgado, está débil: ambos lo están, y se vuelven a mirar. Está bien, es lo que quiere decir Tamaki intentando consolarlo él. Está bien, y quiere que sigan.
—Hagámoslo juntos—dice, y el silencio ha quedado.
Es vergonzoso, pero están en el piso, con las piernas cruzadas entre sí y la temperatura radiando en mejillas y cuerpos. Es evidente para ambos, pero quien da el primer paso es Tamaki acercando su pelvis a la de su mayor. Se rozan y Sougo ha lanzado un gemido contenido tan solo por su cordura. Tamaki vuelve a hacerlo, porque parte de su gusto está en ello, en tener victorias personales en cada acción sobre lo que Sougo jamás le ha mostrado a alguien más y este mismo lo sabe, teniendo que mirarle con reproche, intentando contener el pudor con un suspiro hipado. No, no pueden quedar así. No cuando el corazón lo siente estallar. Sougo mueve las manos y las detiene, al acto. No, no, no puede ser tan descarado.
— ¿Puedo…?—Pregunta Sougo, con timidez.
Tamaki de pronto se siente todavía más avergonzado.
— ¡No es algo que debas preguntar, Sou-chan!—Es regañado, y otra vez le hace sentir confundido—Puedes hacerlo, ¿bien? No es necesario que pidas permiso para todo, ya sabes.
Aunque esos modales son algo que hace que el corazón de Tamaki lata con fuerza. Es impulsivo, sí, y la espera que siempre brinda Sougo ante cada acción, logra encantarle: matarle.
Es lento, pero los dedos de Sougo han expuesto su miembro, así lo siente Tamaki. Está latiendo, queriendo extasiarse y cuando lo ve llevándose una mano a los labios, lamiéndose la palma, debe tragar seco, porque es lo que le sigue a sentirlo otra vez. Esas manos más pequeñas se cierran en torno a sí y debe morderse el interior de las mejillas, intentar que la humedad de sus labios no se vaya. No puede quedar atrás, no cuando el propio rostro de Sou-chan parece sofocado. Inexperto y un tanto torpe, Tamaki desea hacerlo sentir bien, quiere intentarlo. Cuando sus manos tocan sobre el pantalón del pijama, siente la tensión, en cómo ese toque bastó para que las manos sobre su miembro se estrecharan; traga, vuelve a tragar, porque ha visto el rostro de Sougo y ha sido demasiado para él; pues la lágrimas secan siguen, mas los ojos rojos e irritados permanecen, esos labios hinchados parecen balbucear un par de sonidillos que no precisa y empieza a adorar. Le basta, se bastan, y Tamaki es la fuerza para inclinarse hacia él y besarlo mientras que buscaba revelar y acariciar esa entrepierna.
Es lento, un ritmo que se ha mantenido entre besos cortos y seguidos, como si el tiempo fuera de ellos y no hubiera más que la sensación y un latido compartido.
—Sou-chan—llama Tamaki, en un momento. Ha querido lloriquear, pero la voz sale gruesa, opacada de lo que necesita en esos momentos.
No se detiene a esperarlo. Tan simple como acercar sus pelvis, Tamaki ha atrapado las manos de Sougo contra las suyas, dejando que la fricción sea compartida. Es caliente, doloroso, gustoso. Su extensión contra la de Sou-chan. Su respiración haciéndose una con la de Sou-chan. Y para Sougo no es menos. Esas manos son grandes y a cada movimiento, empieza a sentir la mente nublar, llenarse de incoherencias; ha modulado y gemido incontables veces contra los labios de Tamaki, y Tamaki ha llamado muchas veces a Sougo, acercándose más y más al punto pique de la sensación.
Una vez que terminen, no habrá más, lo saben. Una vez que se vuelvan a mirar, no será lo mismo.
Sougo lo sabe tan bien que no evita sollozar sobre el hombro de Tamaki. Tamaki se refugia en el de Sougo, con los labios temblando.
El sudor, el éxtasis y el placer se vuelven una realidad a la que sus respiraciones cansadas se abstienen.
Es doloroso, porque cuando Tamaki ha querido mirar a su mayor, le ha volteado el rostro. Y cuando Sougo ha querido escapar de esas manos obligándole a mirar, ha cerrado los ojos. No le gusta ser el débil en esos momentos. No es evitable, para su mala suerte.
—Te amo, Tamaki-kun—susurra—. Lo siento.
Oh, se ha disculpado.
—Está bien—ha dicho Tamaki, y le sonríe—. Estaremos bien. Sou-chan, ya no te haré sufrir más.
Que se culpe, basta para que la garganta del mayor se aflija y atore. Los sentimientos están cantando un réquiem del que quiere escapar y la voz de Tamaki es dulce: demasiado para su culposo ser.
—Lo siento, Tamaki-kun—ha repetido Sougo.
En ese momento, la parte menor de MEZZO” solo pudo abrazar, acariciar esa espalda pequeña con tal de darle lo mejor de sí. La habitación se llenó de “te amo”, perdones y sollozos; Tamaki se jactó de ser el maduro, sin derramar más que suspiros y sonrisas. ¿Quién dijo que no podía ser el maduro y responsable? Aunque fuera triste, lo aguantaría.
Era lo mejor para ambos.
Para la salud de Sou-chan, pensó Tamaki.
Para el futuro de Tamaki-kun, pensó Sougo.
Pero, a decir verdad, MEZZO” era una unión y esa unión estaba rota.
Qué eventual, qué ruin: pero cuando lo mejor de sí mismos lo hacía florecer el otro, ¿cuánto duraría de tal forma? Pasarían días, semanas y… el llamado de emergencia explotaría dentro de los dormitorios de IDOLiSH7 y más allá.
