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Capitulo 2
Con un vacío inconfundible en su estómago y un horrible sabor en su boca, así es como Okuyasu Nijimura solía despertar de sus sueños más profundos y privados. No recordaba con exactitud de qué se trataba esta vez, pero si algo le indicaba el inconfundible calor en su pelvis y su acelerado ritmo cardíaco, era de que debió haberlo disfrutado un montón.
Restregó su enrojecido rostro y giró en su propio eje, resignándose a dejar su cómoda cama. El solo imaginar el penetrante frío matutino de Morioh calar en sus huesos le hacía temblar descontroladamente. Le habría encantado permanecer así, enrollado tras sus pesados cobertores y sumido en optimistas pensamientos. Recordó con añoranza una niñez lejana, cuando aún podía darse el lujo de dormitar en los brazos de su madre.
Mierda, como la extrañaba, (Y eso que apenas recordaba su rostro.)
De no ser por su mala suerte, Okuyasu habría cerrado sus ojos con calma, esperando continuar su sueño donde quiera que lo hubiese dejado.
Entonces fue cuando escuchó un fuerte estruendo venir de la planta baja, lo suficientemente fuerte como para despertarlo de golpe, disipando cualquier calidez y rastros de somnolencia en el acto. ¿Quién demonios se atrevía a interrumpir su preciada procrastina matutina?
Y es que si no fuese por la mala suerte.
Bajó al primer piso, The Hand materializándose a sus espaldas con tal de defenderse de cualquier posible amenaza; Aunque siendo realista, probablemente se tratara de algún animal salvaje probando suerte en su cocina o algún vago que pensó que la destruida residencia Nijimura estaba abandonada, es decir, eran situaciones que habían pasado con anterioridad sin importar lo mucho que se esmerara en re decorar la exuberante casa.
Okuyasu se encogió de hombros al recordarlo.
Saltó en dirección a la cocina, mano derecha en alto y con la mirada más atemorizante que podría hacer a tales horas de la mañana. Más constipada que terrorífica.
En su lugar sólo encontró la grotesca figura verdosa de su padre, quién encaramado tras las encimeras se abría paso a las galletas saladas que Okuyasu tanto se había esmerado en esconder. El ser monstruoso se giró con ojos llorosos y desorbitados, la mueca de lo que una vez fue su boca se torcía de forma errática, embarrado de migajas y otros rastros de comida. A sus pies yacían platos y vasos destrozados, producto de su propia ineptitud al moverse de un lado a otro.
Okuyasu pensó en molestarse, tomar a la bestia por el pescuezo y segregarlo al ático a punta de golpes e insultos. Tal como Keicho le había enseñado.
En su lugar el moreno lanzó un largo suspiro, aliviado de no tener que lidiar con gatos callejeros o vagabundos. Sintiéndose enormemente culpable al pensar en el hambre que debió sentir papá para que terminase atacando la alacena de tal modo.
— Despiértame cuando tengas hambre,— Gesticuló las palabras con fuerza, rogando para que su padre le entendiese de una vez y por todas. — Si me despiertas puedo cocinarte algo, papá. Es mejor que comer galletas saladas. — Dijo sacudiendo la vacía envoltura de frituras antes de botarla a la basura. Había planeado comerlas con Josuke en su próxima pijamada, mierda.
Okuyasu Nijimura exhaló con fuerza, armándose de valor para limpiar los rastros de porcelana de la cocina y las migajas del suelo. La masa viscosa que una vez fue su padre (No, que ERA su padre, Okuyasu se corrigió.) lo observaba nervioso desde el marco de la puerta, frotando sus deformes manos unas con otras, y es que acostumbrado a recibir golpes siquiera por respirar miró a Okuyasu expectante de una paliza de su parte.
Pero el no haría nada de eso, no, el no era como Keicho, se repitió una y otra vez.
— Huevos, a todos le gustan los huevos en el desayuno ¿No? Es decir, a mí me gustan … — Balbuceó una vez terminó de barrer, moviéndose divertido entre la estufa y el refrigerador, rogando porque su padre entendiera tal simple charla matutina, — Tonio siempre prepara un omelette especial, lo he estado mirando ¿Sabes? Creo que te gustaría probarlo.
Como era de esperar su padre lo miró confundido, moviendo la cabeza de un lado a otro. La masa verde asintió levemente después de largos segundo en silencio, demostrando su aprobación con asquerosos sonidos guturales. Para el moreno aquellos ruidos significaban un gran avance en su comunicación.
En un principio había querido odiarlo, resentirlo; sin embargo, cada vez que Okuyasu se encontraba con aquel desfigurado rostro al frente suyo no podía evitar sentir enorme lástima. Claro, su padre la había cagado, pero si Okuyasu pensaba con claridad, no es como si alguien en su familia estuviese exento de pecado.
Su estómago se revolvió al recordar cuanta gente había matado Keicho con esa flecha y arco, (Y como el, en total inutilidad, se limitaba a observarlo y seguirlo en silencio.)
Sacudió su cabeza, no necesitaba esos pensamientos tan temprano. Era un día demasiado hermoso como para arruinarlo con fantasmas del pasado, así que prosiguió a batir los huevos en silencio, cortar vegetales y prender la estufa.
Quizás no era excepcionalmente bueno, aún olvidaba muchas medidas y confundía la sal con el azúcar si es que no probaba con anterioridad; pero al menos lo intentaba, y más importante que nada, era algo que realmente disfrutaba hacer. Cocinar junto a Tonio había abierto una nueva puerta en su básica vida, incluso cuando aún se dedicaba en su mayoría a limpiar trastes y refregar la cocina.
Pero cuando Tonio le enseñaba una nueva receta, e incluso le ayudaba a prepararla, Okuyasu sabía que ahí residía su felicidad.
Fue cuestión de minutos antes de que su relajado ritual matutino se viera interrumpido por el brillante ruido del teléfono y el escandaloso sobresalto de su padre, quién asustado por el desconocido timbre no encontró mejor opción que ocultarse bajo la mesa.
¿Qué clase de persona llama a estas horas?
— ¿Diga? — Balbuceó desconcentrado, más preocupado en la estufa y en que su padre no se acercase demasiado a ella.
— ¿Qué hay con esa voz? Suena a que viste un fantasma o algo por el estilo,— La voz de Josuke resonó en sus tímpanos, y así como si nada, olvidó la cocina y su preocupación para centrarse en la cálida voz de su mejor amigo. — Tienes que conseguirte un identificador de llamadas, viejo, no deberías contestar así como así a cualquiera.
Okuyasu nunca había tenido muchos amigos en su vida, usualmente la gente se espantaba al verlo a él o a su hermano y les ignoraban. Aún así, estaba seguro de que no todas las amistades llevaban una dinámica parecida a la que Josuke y él compartían, tan genuinamente pura.
Tan especial.
— ¿E ignorar a tu madre cuando me llame desde un teléfono público?— Rió, sabía que a Josuke le disgustaban esas bromas en particular, pero era una oportunidad que no dejaría pasar por nada del mundo. — No lo sé Josuke, no sería capaz de romperle el corazón así a la señorita Tomoko.
Escuchó a su amigo quejarse del otro lado de la línea.
— ¿No habíamos superado los chistes de madres, Oku? Vaya madurez. — Suspiró de forma resignada, con el tiempo Okuyasu había aprendido a interpretar muy bien los sonidos que su amigo emitía por teléfono,— Escucha, tengo que ser rápido, si mi mamá me escucha me matará.
Hace ya casi una semana que Josuke y su madre habían discutido, y por lo que Okuyasu había escuchado, estaban muy lejos de reconciliarse. Al parecer ambos Higashikatas eran tan tercos como mulas y orgullosos hasta la médula, en su lugar Okuyasu no habría soportado un día bajo esa ley del hielo, (Lo sabía porque cada vez que Keicho y él peleaban, no pasaba ni una hora antes de que Okuyasu sucumbiera ante el aterrador silencio, pidiendo disculpas desesperadamente.) Sin duda Josuke era un caso especial.
— ¿Está todo bien? — Preguntó, cerrando los ojos con fuerza e intentando olvidar aquellos recuerdos junto a su hermano.
— Salí a trotar en la mañana, ya sabes, todo normal. — El moreno asistió, sabía que Josuke poseía una especie de obsesión por mantener su imagen siempre prolija y trabajada,— Entonces, cuando venía de vuelta me encontré con Koichi paseando a su perro, ¿Sabes?
— ¿Sólo con Koichi? ¿Seguro que Yukako no lo seguía desde la otra esquina? — Bromeó, era bien sabido que desde que su petizo amigo había conseguido novia era casi imposible verlo sin ella a su lado.
— ¡Eso mismo pensé! Es raro no verlos juntos en esas cosas mundanas, llegué a pensar lo peor. — Josuke susurró con fuerza, limitándose a no ser demasiado escandaloso, aun cuando la emoción del momento lo superase. — Pero siendo francos, si llegaran a terminar todo Morioh escucharía el escándalo.
Okuyasu mordió su lengua. Recordando la manera en la que Koichi hablaba de los más insignificantes atributos de Yukako, o cómo la chica siempre se preocupaba en desmedida en satisfacer cada capricho de su novio. El moreno no podía evitar sentirse enormemente celoso, ¿Qué se sentiría aquello? ¿Qué alguien se preocupe tanto por ti?
La última vez que alguien se había preocupado tanto por él había terminado calcinado bajo choques eléctricos, cuerpo tendido entre un manojo de cables y carbón.
El moreno se maldijo. ¿Hasta cuándo esas imágenes invadirían su mente?
— Ya no creo que terminen, Josuke. — Dijo intentando distraerse; Y es que, si Koichi y Yukako ya no habían terminado con todo el asunto de los stands, asesinos seriales y celos injustificados, mucho menos lo harían ahora. Se veían felices, quizás se casarían, a Okuyasu le gustaría ver eso.
— Mierda, nos desviamos del tema. — Josuke dijo en voz alta, y tras un largo ruido de lo que pareció ser él acomodando el teléfono en su hombro, el chico habló,—Koichi me contó que Yukako está cuidando aquella casa en la playa, ¿La recuerdas? Cuando intentó matarlo y todo eso.
De repente olvidó por completo sus celos hacia Koichi. Joder, esa chica estaba loca.
— No podría olvidarlo, ¿Qué mierda tenía en la cabeza?
Josuke rió por el otro lado de la línea, quizás un poco más fuerte de lo que tenía permitido.
— Bueno, resulta que Koichi la irá a acompañar el resto del día, y están planeando una reunión con amigos. — Okuyasu había escuchado esa excusa con anterioridad, era la misma palabra que Josuke y él usaban para colarse en las fiestas de compañeros de clase, incluso cuando estos apenas les dirigían la palabra.
— Eso suena a una fiesta.
— Es definitivamente una fiesta. — Respondió inmediatamente, casi como si ambos hubiesen pensado lo mismo,— Y, ¿Adivina quienes han sido invitados por el mismísimo anfitrión?
Okuyasu frunció el ceño, no es como que la idea le espantara del todo, pero la última vez que estuvo presente en un acontecimiento social había dejado mucho que desear. Ya fuese por las disgustadas miradas de las chicas al invitarlas a bailar o por el terrible dolor de cabeza que sintió tras beber tanta cerveza.
— ¿No sería Yukako la anfitriona?— Preguntó, intentando desviar la atención.
— Koichi, Yukako, a este paso son lo mismo Okuyasu.
El moreno dudó, la idea de compartir un poco más con Josuke, el cuál no veía tanto desde que comenzó a trabajar para Tonio, era enormemente tentadora. Extrañaba poder reír junto a él, bromear e incluso tenerlo cerca.
Recordó con nostalgia aquellos últimos meses en la secundaria, en ese entonces pasaban todo el día juntos, ya sea luchando contra usuarios de stand enemigos o bien escabulléndose de clases para comer sándwiches en el parque. Todo parecía ser tan simple a pesar de siempre estar poniendo sus vidas en peligro, la amenaza de Kira los perseguiría en pesadillas hasta el día de hoy, y sin embargo no podían evitar vivir su juventud con plenitud.
Parecía una burla que una vida tan cómodamente tranquila comenzara a volverse tan monótona.
— No lo sé Josuke, ¿Y qué si quieren coger y nosotros los interrumpimos? ¿O si llegamos y están, ya sabes, en eso? — Aprovechó el momento para reír, necesitaba alejar sus pensamientos de lugares lúgubres que le recordaran esa vez que casi murió.
Por unos segundos no hubo más que silencio.
— Viejo, esa era una imagen mental que no necesitaba,— Ambos explotaron en carcajadas, sin duda era un escenario en el cuál ninguno querría estar. Josuke calló casi de inmediato, corroborando que probablemente lo llamaba a escondidas — Será hoy a eso de las nueve, pero puedes venir después de tu turno con Tonio, ¿Recuerdas cómo llegar?
— Claro que lo recuerdo, ya conozco Morioh como la palma de mi mano. — Exageró, la verdad es que aún se perdía en camino al centro y aún confundía los autobuses unos con los otros. Recordar cosas con exactitud era demasiado pedir para una cabeza como la suya, pensó. —Mierda, no puedo creer que me llames a las ocho de la mañana para hablarme de una fiesta, ¿Qué hay de aprender a priorizar Higashikata?
Escuchó por el otro lado de la línea un jaloneo, como si Josuke reacomodara el teléfono entre su hombro y su rostro. Quizá Tomoko lo había descubierto después de todo.
— Oku, de qué hablas, son las diez y media de la mañana. —Dijo después de un rato, Okuyasu se atragantó con su propia saliva.
Observó el reloj al lado contrario de la cocina y sus miedos fueron confirmados, ¿Cómo había dejado que la hora se pasara tan rápido? Mordió su labio, esto de vivir una vida totalmente independiente aún lograba confundirlo.
— Mierda, voy tarde. — Se excusó, quizá debía olvidarse de desayunar para apresurar las cosas.
— ¿Tarde? ¿No que hoy comenzabas a las doce?— El moreno guardó silencio, ¿Cómo pudo ser tan tonto? Se distrajo con cálidos sueños y torpes pensamientos idealistas. — ¿Okuyasu?
Y es que técnicamente, si, comenzaba su turno a las doce del día, sin embargo, hoy era el día de Keicho y necesitaba cerciorarse de que su tumba se encontrara en buenas condiciones, era lo menos que podía hacer por su hermano mayor, aquél que lo crió desde pequeño y el mismo que aterrorizaba cada una de sus más recientes pesadillas.
No podía insultar a su hermano de esa manera, y es que, si él no lo visitaba, ¿Entonces quién?
— Te veo allá, — Balbuceó con rapidez, si realmente quería visitar a Keicho y llegar a su turno a tiempo necesitaba moverse, — No hagas el ridículo sin mí.
Y segundos después de colgar, se vio con la bizarra escena de su padre devorando no sólo los restos de omelette quemado que había preparado, sino también las mismas partes del sartén chamuscado en el que lo cocinó. Abriendo la ventana para expulsar el humo, Okuyasu lanzó un largo suspiro.
Un día más sin desayunar.
El clima de Morioh era castigador. Unos días amanecía con el sol en lo alto y prometiendo un calor agradable, sin embargo, era cuestión de horas para que todo eso se fuera al carajo si una nube gigante aparecía en los cielos, ráfagas de viento obligando a todos a buscar refugio. Para su desgracia, hoy era uno de esos días.
Okuyasu abrazó sus desnudos brazos, protegiéndose del creciente vendaval que iba y venía de la ciudad. Sacudió sus botines del barro que lo rodeaba, salpicando así el nombre inscrito en piedra de Keicho Nijimura, quién en vida había sido su hermano mayor, el hombre más confiable que conocía y la única familia que alguna vez tuvo.
En cuclillas limpió con sus manos desnudas aquel fragmento de granito, acercando la varilla de incienso a sus pies.
Recordaba que Keicho odiaba los cementerios, y él siendo su misma sangre no era la excepción. No podía evitar sentirse deprimido y observado, cómo si el alma de su hermano lo regañase con sólo visitarlo una vez más.
Aunque siendo franco, Keicho estaba en todo su derecho de regañarle, era lo que se merecía, (O eso pensaba cada noche, torturándose cada día antes de dormir.)
— Discúlpame, sé que te disgusta el lodo… Y las flores. — Cabizbajo, prosiguió a sacudir la lápida, ordenando los brotes de claveles que había comprado. Ahogó un estornudo, el olor a agua estancada e incienso era sin duda mucho más asqueroso de lo que recordaba,— En realidad creo que todo este lugar te habría disgustado.
Ignorando el leve temblor de sus piernas, el moreno intentó hablar. Había visto que en películas era lo que el héroe hacía, entablar una conversación con una fría tumba que de una forma u otra resolvía todos sus problemas con nada más que silencio. Se veía demasiado fácil, por lo que probablemente se tratara de una estafa, y la verdad es que hablar sin recibir ninguna respuesta no hacía más que ponerlo nervioso.
Pero tenía que intentarlo.
— Papá ha estado algo delicado, al parecer aún le molestan los ruidos fuertes, se sobresalta por todo... — Esperó no llamar la atención de nadie más en el cementerio, no quería que alguien lo viese siendo un manojo de nervios y hablando de su padre como si de una perro se tratase.
¿A quién engañaba? No era bueno conversando con gente viva y esperaba tener suerte con los muertos.
Okuyasu suspiró rendido, ¿Siquiera a Keicho le habría gustado verlo así? Probablemente su corpulento hermano mayor se habría limitado a rodar los ojos e ignorarle en silencio. El moreno se sorprendió al realizar que, a pesar de haber vivido toda su vida junto a Keicho, no conocía mucho sobre él. Claro, recordaba aquellas cosas que le decía y obligaba a hacer, recordaba verlo recostado sobre la pared, inspeccionando con cuidado su alrededor mientras sus callosas manos limpiaban la flecha que con tanto esfuerzo había conseguido.
En su lugar Okuyasu comenzaba a olvidar cuestiones más banales, como el timbre de su voz o el aroma de su habitación, y es que la verdad nunca había sido muy bueno recordando pequeños detalles. Lo que recordaba no eran más que malos tiempos, gritos y sangre.
Lamentó el no haber tenido una vida normal junto a Keicho, no había día en que no lo pensara así.
Aguantó grandes lágrimas en sus ojos y exhaló con fuerza tal como Josuke le había enseñado hace unos meses, dijo que así podría calmarse y darle el tiempo a su cerebro para pensar con más claridad.
Pero a la mierda, no iba ni en su tercer respiro y el agua ya corría por sus mejillas.
— Creo que ya no vendré tan seguido, Keicho. — Admitió mientras mordía su labio inferior, conteniendo el llanto en su garganta. — Mierda, si me ven llorando espantaré a todo el Restaurante. — Escondió su rostro tras su brazo, las lágrimas escurriendo por su piel. Era una mala costumbre esa de llorar por todo, no era su culpa sentir tanto.
No le gustaba pensar de sí como alguien depresivo, por el contrario, si había algo que lo caracterizaba era aquella cualidad de ver maravillas en lo más básico de la vida. Sin embargo, era en momentos como estos en que Okuyasu se sentía totalmente perdido, sin ningún modelo a seguir emocionalmente, le costaba mucho admitir que a pesar de vivir solo y llevar sus finanzas, Okuyasu Nijimura no era más que un optimista niño asustado en un mundo que no toleraba a gente lenta como él.
Quizá si hubiese tenido una infancia normal, quizá de no haber tenido que vivir en necesidad y violencia, quizás entonces habría logrado ser alguien que no lloraba con la más pequeña nimiedad.
Acarició aquél nombre grabado en granito. Al igual que él, Keicho no era más que una víctima de decisiones que no habían tomado. No podía culparle, su hermano había hecho lo mejor que había podido; Y es que a pesar de su pasado manchado en sangre, Okuyasu había logrado graduarse, tener un empleo que le hacía feliz y codearse con el corazón más puro de Morioh, Josuke Higashikata.
Palmeó aquella inscripción y aunque aún entre lágrimas, no pudo evitar sonreír. Si no fuese por la mala suerte, no tendría nada de lo que tenía hoy.
— ¿Una fiesta, dices? ¿Hay algún cumpleaños? ¿Debí preparar un pastel?
Los brillantes ojos celestes de Tonio lo miraban con preocupación, su cabeza ligeramente ladeada mientras se encargaba de ablandar un gran trozo de carne. Okuyasu admiraba mucho al chef de Trussardi, sin embargo cuando no se trataba de comida en general, Tonio aún parecía confundirse con las costumbres propias de Morioh, o Japón en general. Quizá debería aprender italiano, hablando en su idioma podría entenderlo mejor.
Claro, cómo si alguien con su inteligencia pudiese aprender más de un idioma, se corrigió molesto.
— No, no. — Negó con la cabeza, volviendo su concentración hacia la pila de platos sucios que le tocaba lavar,— Es sólo una fiesta cualquiera, ¿Sabes? Koichi estudiará en la Universidad de Ciudad S el próximo semestre, creo que quiere aprovechar el tiempo en Morioh, ya sabes, festejar.
Koichi era parte de su grupo, y en lo que a Okuyasu respectaba, siempre fue el que más proyecciones futuras poseía. La idea de que su pequeño amigo tuviese que alejarse con tal de perseguir sus sueños le había asustado de principio. Morioh era un pueblo pequeño y tranquilo, y usualmente cuando la gente se iba no tendía a volver en un largo tiempo, o eso le había dicho Josuke; Sin embargo, cuando Koichi les aclaró que vendría de visita cada mes cualquier atisbo de duda se disipó con facilidad.
Dejar de lado amistades era parte de crecer, lo sabía, aún así le dolía cada vez que consideraba aquella posibilidad.
Siempre pensó que Josuke seguiría los mismos pasos de Koichi; heredero de la fortuna de Joseph Joestar y poseedor de una gran inteligencia a sus ojos, si había alguien que decantaba por un futuro profesional, ese alguien era Josuke Higashikata. En su lugar (Y para sorpresa de muchos,) su extravagante amigo había elegido la vida de policía provincial.
Quizá era su egoísmo hablando, pero Okuyasu no podía evitar sentirse enormemente aliviado por aquella decisión. Koichi era su amigo y lo extrañaría, claro, pero Josuke era su hermano, su mejor amigo, y la sola idea de perderle no hacía más que reducirlo a las lágrimas.
Su mejor amigo, si.
— Koichi es el pequeño, ¿No?— Siguió preguntando Tonio, el cuál con delicadeza procedía a cocinar el perfecto corte de carne.
El moreno asintió con su cabeza. Eso de sumirse en sus pensamientos se estaba convirtiendo en una mala costumbre.
— Probablemente sea Yukako quién organizó todo. — El agua helada salpicaba en sus manos hasta el punto de no sentirlas. — A lo que voy es, que no creo poder quedarme a cerrar el Restaurante, Tonio.
Frunció el ceño con fuerza. Mierda, no llevaba ni un mes trabajando junto a él y ya sentía que estaba abusando de su confianza. El italiano frenó el contoneo de su sartén y lo miró arqueando una ceja.
— Poder es una palabra muy poderosa, Okuyasu, — Respondió con elegancia, moviéndose de un lado a otro por la cocina buscando el emplatado perfecto. A Okuyasu siempre le llamó la atención aquella gracia con la cual el chef se movía, le gustaba pensar que con los años incluso alguien tan torpe como él podría adquirir confianza con sus movimientos.
Los platos en sus manos sonaron al chocar unos con los otros. El moreno sonrió nervioso en dirección a su jefe.
— Es una situación especial, no todos los días se hacen fiestas así en este pueblo. — Se excusó con la mejor cara de lástima que creía poseer. Sacudiendo sus manos en el lavabo. Por su parte Tonio hacía caso omiso, siempre concentrado en que el plato se viese lo mejor posible, Pearl Jam materializándose a su lado. — Además, Josuke estará ahí y prometí ir con él. No quiero romper mi palabra.
La imperturbable mirada del hombre italiano lo inspeccionó con curiosidad, una leve sonrisa mostrándose en sus labios.
— ¿Josuke dices? — El moreno asintió confundido; no sabía porque cada vez que hablaba de Josuke, Tonio parecía sonreírse automáticamente. — Ah, entonces sí es una situación especial después de todo.
El chef guiñó uno de sus brillantes ojos celestes, Okuyasu sintió su corazón palpitar hasta en su garganta y entonces algo hizo click en su cabeza, ¿Acaso eso era una insinuación? Mierda. Por supuesto que cualquiera pensaría que sus intenciones iban más allá de la amistad, estaban todo el tiempo juntos, ¿Era normal que dos mejores amigos fueran a citas de esa forma? No lo sabía, sólo sabía que le gustaba estar cerca de Josuke...
Le encantaba estar cerca de Josuke.
Había algo sobre la actitud relajada y confianzuda del muchacho que le hacía sentir serenidad, sabía que junto a él podía conquistar el mundo si se lo propusiesen, (En su lugar, agotaban todas sus energías vandalizando minimarkets, pero esa era otra historia.) Añoraba pasar tiempo con él más que con cualquier otra persona, y no sabía si era por la interminable diversión que conllevaba estar a su lado, o por aquél cálido sentimiento que reclamaba a su pecho cada vez que lo veía sonreír.
No ayudaba en nada recordar que Josuke era más guapo que cualquier persona que antes hubiese conocido. Mierda, no era justo. Cada vez que veía esos ojos azules pensaba en morir, recordaba a su hermano a Keicho y no podía evitar sentir náuseas, ¿Qué diría si estuviese vivo?
Simplemente no podía gustarle Josuke, (Por mucho que quisiera.)
— A-algo así, — Atinó a decir balbuceante, aún sumergido en pensamientos sobre su amigo y él, de repente sintiéndose sucio.
— De acuerdo. — Sonrió Tonio, limpiando sus manos en una toalla. — Sin embargo, creo que la freidora necesita ser limpiada, esa grasa no se quitará sola.
Se encargó de la freidora en total silencio, cuando hubo terminado continuó con el piso, luego el refrigerador y por último la entrada. Encargado de quitar cada mancha y ápice de polvo del lugar, sincronizado por única vez con sus pensamientos llegó a una fácil conclusión.
No, no le podía gustar Josuke. Era su amigo, su hermano, ¿Qué pensaría si se enterase que Okuyasu lo veía con otros ojos? No podía acarrear con esa decepción. Por mucho que quisiera abrazarle cada vez que lo viera, consolarlo en sus rabietas y acompañarlo en sus aventuras. Y aún si pudiera gustarle, no podía arriesgar perderle; y si había algo en lo que Okuyasu era un experto, era en perder todo lo que alguna vez había querido. Keicho, su madre, su padre...
Mierda, hasta su motocicleta la perdió por su propia inutilidad, se recordó ahogando las lágrimas tras sus párpados.
Le gusta sentirse bien, le gusta sentirse querido y Josuke lo quiere, claro. Eso era todo.
Sí, eso debería bastar, pero, ¿Por qué pensar en ello duele tanto?
¡Disculpen por la tardanza! De hecho este capítulo era mucho más largo, pero lo he dividido en dos. Soltar mucha información en una sola lectura se me hacía un poco anticlimático. Viéndole el lado positivo, ahora esta será una historia de 4 partes, ¡Hurra! (?)
Acá un poco del punto de vista de Okuyasu, se me ha hecho un poco complicado escribir para él. Es un chico simple y yo ocupo quizás demasiadas palabras, espero no haberlos extenuado.
Muchas gracias por leer y por los comentarios, ¡Sin duda me motivan a seguir escribiendo! Dentro de la próxima semana debería subir la próxima parte,
¡Nos leemos!
