Chapter Text
La fragancia real de la maleza
Segunda parte: Lluvia
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Sucedió que cuando Meng Yao era joven, no fue ajeno a las malas intenciones de los hombres que lo rodearon. Si le preguntaban, la forma en que murió su madre había sido tan triste que sus ojos se cristalizaban y sus latidos se marchitaban mientras la gente ajena a su pequeño mundo susurraba.
“Una puta no se merecía una muerte mejor”
Su madre.
Meng Yao apenas y tuvo oportunidad de hacer un pequeño pozo al pie de una montaña y enterrar su cuerpo. Nunca se esperó que el desenlace de esa semana donde una fiebre feroz la había atacado y el salpullido se había esparcido por su cuerpo daría fin con el aliento de la mujer, quien en ningún momento dejó de recordarle lo mucho que lo amaba y lo grandioso que sería.
En murmullos proclamó que con su partida sería un estorbo menos para él, que no la extrañara. Meng Yao lloró aferrado a su mano, sollozó, maldijo y reclamó a los cielos su pérdida. Sisi, a su lado trataba de reconfortarlo dándole pequeñas palmaditas en la espalda como si su aflicción fuera a desaparecer en un parpadeo.
Su madre se había ido y con eso el único amor puro que conocía. Sucedió un otoño, el mismo otoño en dónde un año después el receso de las nubes fue quemado y al pie de la montaña mientras sus ojos derramaban lágrimas y el fuego consumió su pesar, se encontró con Lan XiChen.
La primera vez que sus pupilas se cruzaron el dolor parecía menguar.
En medio de un aire cálido y partículas de fuego, Meng Yao creyó presenciar la aparición de un ser celestial, de facciones de porcelana y cabellos tan negros como la noche. Sin embargo, este majestuoso cabello se encontraba lleno de hojas en las puntas, como si la divinidad hubiese corrido entre los árboles en la noche. Definitivamente había un motivo por el que no había usado su espada.
Había pasado un año desde la partida de su madre y como era costumbre quemaba incienso y fuego en su honor en donde residía su tumba llena de flores y ofrendas que Meng Yao había preparado meticulosamente.
—Yo no, yo...—Lan Xichen se quedó sin palabras. Los grandes ojos dorados al borde de las lágrimas lo miraban fijamente. —Tienes que irte.
Y no fue hasta que un sin fin de flechas llovieron del cielo cerca de su posición que el menor reaccionó. Lo primero que notó fueron los libros en su manos, luego, la banda blanca bordada de nubes que indicaba que esa no era una aparición celestial, si no que se trataba de un discípulo de la secta Lan. El sonido de los perros, los gritos y espadas hace que sin pensarlo dos veces lo tome de la muñeca.
Fue instinto, uno simple como la naturaleza humano lo marca, el sentido de la supervivencia de la que todos somos presos y que nos hace actuar sin pensar.
En un parpadeo se encuentran corriendo, con Meng Yao jalando al hombre de túnicas funerarias y hojas en el cabello hacía el único lugar seguro que conoce: El prostíbulo (su hogar)
Entra por las puertas principales, empujando a cuanta persona se encuentra, le dirige una mirada a Sisi y se encierra en el primer cuarto que se cruza.
—Joven maestro—Meng Yao hace una reverencia. Pide disculpas y jala la banda de su frente—Perdóneme por lo que voy hacer.
El sonido de gritos empieza en el burdel, ambos se miran a los ojos y Meng Yao lo empuja en la cama, deshaciéndose de las túnicas blancas con rapidez y tirándolas por la ventana. Lan Xichen se queda tieso, mientras el menor empuja los libros debajo del mueble junto a la banda blanca de nubes bordadas. Acto seguido de saca de igual forma la ropa, tomando una bata de seda que se coloca con delicadeza sobre el cuerpo y riega varia ropa en el piso de color café y negra. Un nuevo grito se escucha cerca y sin dudarlo dos veces se sube sobre el más alto —De verdad perdóneme—. Y justo cuando la puerta es abierta de una patada, Meng Yao gime descaradamente y finge mover las caderas mientras el rostro de Lan Xichen es ocultado entre sus manos y pecho.
No es que sea un experto, pero ha vivido tanto tiempo en ese mundo que fingir gemidos se le da tan fácil como respirar.
En la puerta, guardias con túnicas rojas gruñen y Meng Yao les mira, gimiendo aún más fuerte mientras su manos se enredan en el largo cabello de Lan Xichen y grita por más .
—Otra sucia prostituta—y cierran la puerta con la misma fuerza con la que la abrieron. Más gritos le siguen, sin embargo poco a poco el sonido cesa. Meng Yao se queda quieto, sin mover un solo músculo y no es hasta que siente el cálido aliento cosquillear en su pecho y la humedad de los labios ajenos rozar su piel que de forma lenta se separa del más alto.
Cuando están a una distancia prudente, Lan Xichen le observa con los ojos abiertos y expectantes, sin tener la mínima idea de lo que ha pasado. Sus orejas y nariz están rojas, su boca abierta y su pecho sube y baja agitado por la ligera falta de oxígeno de los últimos minutos.
Cuando Lan xichen está dispuesto a hablar (e hilar una frase coherente que no sean balbuceos) Meng Yao niega y coloca su dedo índice en sus propios labios, indicando con una seña que aún siguen en el prostíbulo y no deben hacer ruido.
El cuerpo del menor se recarga y llega hasta su oreja. Traga saliva y con voz suave susurra:
—Permanezca quieto por favor, se que es difícil dada la situación y lo virtuoso que probablemente este joven maestro es, pero en estas circunstancias es nuestra mejor opción. No se mueva y perdone mi vida por esta falta de respeto.
Lan Xichen asiente en silencio, y aunque quisiera no podría hablar, está congelado, atrapado en un vórtice donde hace menos de unas horas huía por el bosque para no ser detectado por la secta Wen. Ahora que lo pensaba, su hogar se había quedado en llamas y ahora estaba ahí, desnudo, tendido en una cama de una casa de citas con un jovencito sobre sus piernas ¿acaso el destino se burlaba?
Sus manos se cierran sin saber dónde colocarlas y sus ojos grises indagan con cuidado y con el tiempo congelado al chico que al parecer le estaba salvando la vida. Sus facciones son delicadas, de ojos grandes y almendrados, de piel trigueña y largas pestañas. En su cuello y hombros una oleada de pequeños lunares abrazan su blanca piel. Nota que sus manos y brazos son delgados, sin embargo, también puede sentir la rudeza del tiempo y acciones en el tacto contra su cuello que parece menguar con el paso de los minutos.
Pasa alrededor de media hora hasta que Sisi toca la puerta tres veces. Es señal suficiente para que Meng Yao no contenga más su aliento y su cuerpo se relaje ante la mirada que lo escudriña. Con lentitud se separa y con la cabeza gacha toma una a una las prendas de su ropa y las coloca en su lugar.
—Se han ido—Aclara—traga saliva y aún sin atreverse a darle la mirada del todo le ofrece dos túnicas y unos pantalones que para mala fortuna de Lan XiChen, son mucho más cortos de lo que hubiese imaginado.
Meng Yao se inclina en el piso.
—Perdone mi vida
Lan XiChen en pánico niega y lo toma de los brazos, alzandolo de nuevo y notando por primera vez la pronunciada diferencia de estaturas.
—No es necesario… —su voz es tranquila y serena, tan melodiosa que hace cuestionarse nuevamente al menor si lo que está viviendo no es un sueño con alguna figura divina. niega y hace una reverencia simple. —¿Puedo saber tu nombre?
—Meng Yao…—Lan Xichen alza la comisura de sus labios e inclina la cabeza.
—Meng Yao, gracias por salvar mi vida...—Y esta vez, quien hace la reverencia es Lan Xichen.
De alguna forma ambos terminan en el piso, disculpándose y agradeciendo alrededor de una hora.
Esa fue la primera vez que se encontraron y que el corazón de ambos experimento sensaciones que no podían nombrar.
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Fin de la segunda parte.
Continuará.
