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Los barcos de su tío llegaron por el mar más tarde de lo esperado. Ivar y Harald se empezaban a impacientar, pues sin sus hombres no podrían tomar Kattegat. Hvitserk y Astrid no parecían tener tanta prisa.
Los cuatro fueron a recibirlo al puerto de la ciudad.
“Mis sobrinos” los saludó Rollo con un apretón en el hombro a cada uno. Después, con una inclinación de cabeza, saludó a los reyes de aquel lugar, y los siguió a la sala donde discutirían las condiciones del acuerdo.
La reunión se alargó y, cuando el sol estuvo en su posición más alta en el cielo, Hvitserk suspiró pensando en Seren, que estaría esperando para la práctica de tiro con arco, nerviosa por su retraso.
Las celebraciones cuando se alcanzó un consenso se alargaron toda la noche y, con todo el alcohol que bebió, el hijo de Ragnar se olvidó de todo lo que le rodeaba que no fueran risas, cantos, bailes y besos.
Cuando iba hacia su cuarto, entre tropiezo y tropiezo, una sombra cayó sobre él. Hvitserk desenvainó el cuchillo que llevaba al cinto y situó la punta en el cuello de su atacante, para encontrarse con una mirada intensa por parte de un par de ojos de color miel.
- ¡Seren! – la borrachera se le pasó en un santiamén, mientras cogía por el brazo a la chica y la arrastraba a los establos, pese a sus protestas por tal contacto. - ¿Se puede saber qué haces?
- No fuiste.
- ¡Ya lo sé! ¡No pude! – intentó controlar la voz. Cuando comprobó el movimiento de manos de su amiga, el más frenético desde que la conocía, suavizó la voz – Hay veces que no puede ser todo exactamente igual, ¿lo entiendes? Los días no pueden ser una copia los unos de otros.
- ¿No?
- Y eso hace que la vida sea tan fantástica. Porque pasan cosas inesperadas.
- No me gusta lo inesperado.
- Cruzarnos en el bosque fue inesperado, ¿no?
- No me gustaste al principio.
- Vale, eso me duele. ¿Y ahora? – la chica se encogió de hombros, haciendo que su melena saltara sobre ellos levemente. Hvitserk sacudió la cabeza para alejar esa imagen de su cabeza. – Me lo tomaré como un “ya sí”.
- Hay mucha gente rara.
- Define rara.
- No son vikingos.
- Son franceses. Vienen a ayudarnos a conquistar Kattegat.
- ¿A quién?
- Pues… A Harald, mi hermano y a mi, supongo.
- Te vas.
No había sido una pregunta, sino un hecho. Los dedos de Seren comenzaron a moverse otra vez.
- Sí, me voy. Pronto.
- ¿Y la práctica?
- Creo que ya has mejorado lo suficiente como para practicar sola.
- Si me voy contigo, podemos seguir practicando juntos.
- No, de ninguna manera – lo dijo tan rápido y tajante que ambos se sorprendieron.- Tú te quedas aquí.
- ¿No quieres practicar juntos?
- Me gusta mucho practicar juntos, Seren. Pero el campo de batalla no es para ti.
Hvitserk ya lo había imaginado muchas veces. Esa paz y esa seguridad en lo predecible eran algo inconcebible en el campo de batalla. Ese lado de los vikingos no estaba hecho para Seren.
Dos días después, los guerreros se subieron a los barcos, bajo los ánimos de su rey. Hvitserk saltó junto a su hermano, que no cabía en sí de gozo y hablaba con el cristiano guerrero sobre lo que iban a esperar allí. Mientras se sentaba y esperaba a zarpar, alzó la vista y le pareció ver un movimiento entre los árboles que había en la ladera de al lado.
Sacó una manzana y, sonriendo en esa dirección, le dio un mordisco.
