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Espero Que al Imbécil lo Despidan

Chapter 3: ERROR: PAGE NOT FOUND

Notes:

eScuchen, solo revisé la tercera parte de este capítulo lmao tengo mucho sueño y ya me costó un chingo de energía terminar de traducir este capítulo (en realidad, solo me faltaba el epílogo porque el resot del cap lo terminé hace meses, pero por alguna razón no lo quería terminar) así que probablemente hayan muchos errores de redacción o incluso de ortografía porque word no quiere funcionar bien y a veces se desactiva la revisión ortográfica y yo, siendo una simple humana, soy muy floja y tengo sueño ahshshsh

Enigüeis, disfruten, quienes estén leyendo esto. Lávense las manos y no salgan de sus casas a menos que sea estrictamente necesario. Espero que haya hecho un trabajo lo suficientemente decente como para hacer más ameno este fin del mundo, gracias por leer.

HAHAHAHAHAHAHAHAHAH

No olviden pasarse por el fic original y dejar un kudo.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Antes de todo, nunca había apreciado la silenciosa calma que se encontraba en los métodos naturales de relajación; el ruido sordo que inundaba su cerebro y ahogaba el eco las complicaciones actuales de su vida; el suave confort de una sábana sobre su pesado cuerpo, existiendo como la única barrera que protegía su sueño.

Hajime suspiró y apretó un poco la almohada en la que estaba apoyado, giró la cabeza para alejarse del brillo del sol que se colaba entre las persianas. No se sentía preparado aun para enfrentarse al día.

Estaba todo tan silencioso que podía escuchar el latido de su corazón, acallando cualquier susurro de pensamiento que atravesaba su mente.

Respiró hondo, la mano que le acariciaba el cabello solo le inducía a un más profundo sueño.

Sus pulmones de repente dejaron de funcionar. ¿Una mano en su cabello?

Apretó ambos puños, llegando a la conclusión que ninguna de las dos estaba remotamente cerca a su cabello. Apenas abriendo un ojo, levantó la cabeza levemente para mirar a su alrededor.

Su almohada no era una almohada.

–¿Oikawa? –Graznó mientras su corazón intentaba hacer un salto mortal hacia afuera de su pecho. Y ahí estaba, el mismo Oikawa Tooru que había estado intentando evitar por semanas en un desesperado intento de reorganizar sus pensamientos. Estaba justo ahí, en la cama de Hajime.

Acomodado entre sus brazos.

Oikawa le sonrió desde su lugar sobre las almohadas, la mano que no estaba destruyendo su agarre a la realidad con cada caricia se encontraba predeciblemente ocupada con el teléfono.

El teléfono de Hajime, por supuesto.

–¡Buenos días, Iwa-chan! –Canturreó y le revolcó el cabello con una sonrisa cegadora– ¿Dormiste bien? –el cerebro de Hajime aun continuaba en proceso de comprender qué es lo que estaba sucediendo– Puedo ver que te sientes confundido. Verás, luego de esperarte mil años afuera sin tener señales de ti, supe que algo sucedía. Así que entré a echar un vistazo y te encontré durmiendo. Naturalmente, intenté despertarte, pero tu instinto de acurrucarte era muy fuerte, me tomaste del brazo y me arrastraste contigo a la cama, reusándote a despertar.

A Hajime le hubiera encantado decir que era una mentira, pero la verdad era que sí tenía fama de aferrarse a todo lo que se moviera cerca de él mientras dormía. Ese molesto hábito le había llevado a varias incómodas mañanas con sus compañeros de equipo durante los campamentos de entrenamiento.

–Te preguntaría qué calificación me das como almohada, pero ya sé que soy un diez de diez –una lasciva sonrisa y un guiño adornaron su rostro.

El cerebro de Hajime colapsó, emitió un quejido y se dejó caer sobre el costado de Oikawa. Ya era muy tarde para sentirse avergonzado y además, ni siquiera era la primera vez que esto sucedía. De hecho, pasaba todo el tiempo. Luego de que se reiniciara el día a medianoche, todo esto jamás habría sucedido.

Nada que hiciera Hajime tenía sentido ya.

La tercera vez que se despertó completamente libre de millonarias deudas en tarjetas de crédito lo comprobó.

Oikawa continuó acariciando su cabello mientras Hajime se daba cuenta que era realmente Oikawa quien estaba ahí en su habitación, luego de lo que debió ser el mayor tiempo que alguna vez pasó sin él. Escuchó el latido del corazón que ahora reconocía como el de Oikawa, no el suyo.

Era más rápido.

Hajime se preguntó si ponía nervioso a Oikawa. El ‘perfecto’ Oikawa Tooru, con todo su encanto y atractivo, se ponía nervioso por nada más ni nada menos que Hajime. No las encantadoras niñas que se arreglaban a diario específicamente para Oikawa, sino Hajime. El mismo Hajime que había visto embarrado por completo luego de caer en un charco cuando intentaba atrapar ranas, el mismo Hajime que le enseñó a atarse los malditos zapatos cuando tenía cinco años.

Era malditamente raro. Era halagador. Era embriagador.

Hajime siempre supo que Oikawa le hacía más caso que a los demás, pero nunca se hubiera imaginado que tenía tanto control sobre él. Pero ahí estaba, capaz de controlar el mismísimo ritmo de su corazón, la rapidez de su respiración con un toque, sin que Oikawa estuviera consciente de su reacción.

Recorrió el costado del torso de Oikawa, escuchando atentamente cómo se aceleraba su corazón y su respiración se aceleraba. ¿Se sentía inseguro? ¿expectante?

Hajime no sabía lo que estaba haciendo, nunca lo supo realmente, pero pensar en qué hacer no le había funcionado y tratar de no pensar qué hacer era insoportable. Y si Oikawa podía salirse con la suya siendo una pequeña mierda todo el tiempo, ¿por qué no podría hacerlo él?

A la mierda. El día se acabaría y todo se iría por el retrete a medianoche. Necesitaba comprender todo esto.

Estaba más que cansado.

Hajime se levantó y se apoyó sobre sus codos, su espalda y cuello tronaron grotescamente cuando se estiró, deshaciendo la energía nerviosa que le recorría el cuerpo. Oikawa hizo un gesto de disgusto, su rostro se convirtió en un manojo de pequeñas líneas mientras intentaba no mirar la piel de Hajime que se revelaba con sus movimientos.

–Makki y Mattsun me han estado escribiendo toda la mañana. O bueno, a ti técnicamente –Oikawa le informó, bandeándole el teléfono frente a la cara. A Hajime no le interesaba– Han estado inventando razones cada vez más vulgares para explicar porqué ninguno de los dos fue hoy. Les dije que nos escapamos juntos anoche y les mandé una foto como prueba.

Oikawa batió sus pestañas y Hajime quería tocarlas, sentirlas sobre su piel.

–Tal vez, –la voz de Hajime sonaba grave y ronca, un signo claro de que había acabado de despertar y probablemente no era lo suficientemente racional para estar tomando decisiones que podrían destruir su vida. El rostro de Oikawa estaba muy cerca, pero podía recordar perfectamente un momento en el que estuvo incluso más cerca. Se preguntó si los labios de Oikawa eran tan suaves como recordaba o si se había inventado ese detalle luego de pasar semanas tratando apasionadamente de negar cuando le había gustado en realidad. Se preguntó si llegaría a arrepentirse de lo que estaba a punto de hacer, pero es que ya no le importaba– Tal vez deberíamos juntar más pruebas –Ignoró la pregunta que estaba a punto de formarse en los labios de Oikawa y se inclinó para cubrirlos con los suyos, fallando un poco en la puntería, pero no demasiado.

Oikawa estaba quieto por el shock, mientras Hajime trataba de mover los labios de la manera en que recordaba a Oikawa haciéndolo. La misma forma en la que trató de no pensar por tantos martes. Escuchó como su teléfono cayó al piso y solo unos momentos después, sintió una mano que se apoyó en su espalda cuando Oikawa le besaba de vuelta tentativamente.

Trató de no pensar mucho.

Trató de no pensar en nada.

No era muy difícil con su cerebro aun entumecido por el sueño.

Necesitaba entender qué era esto que sucedía entre ellos, si era capaz de entregar una parte de suya a Oikawa.

Por él, lo intentaría.

Oikawa deliberada y delicadamente pasó las palmas de sus manos sobre la piel de Hajime, como si fuera alguna especie de artefacto valioso que se quebraría con el más mínimo toque inapropiado. Sus labios eran tan suaves como los recordaba Hajime y sabían a pan de leche. Dulce no era una palabra que usaría para describir a Oikawa en cualquier otra ocasión, pero últimamente nada en sus días era normal.

Una mano encontró de nuevo el camino a su cabello mientras Oikawa se pegaba a él con ambición, decidiendo aparentemente que el turno de Hajime había terminado y que ahora le tocaba dirigir a él, el muy bastardo impaciente.

Oikawa le besó profundamente, como si tuviera algo qué probarle, y Hajime no podía seguirle el paso cuando Oikawa simultáneamente lo atraía y se acercaba, cualquier vacilación que pudo haber sentido desapareció una vez tomó ventaja de la situación. Hajime no sabía que se podía estar tan cerca de alguien, cada punto de contacto encendía los nervios bajo su piel y, maldita sea, se estaba quemando vivo. No sabía si eso era normal, o si eran sus hormonas reprimidas cobrando vida, o si era solo Oikawa.

Oikawa le rozó el labio inferior con los dientes y luego le pasó la lengua por encima como una disculpa insincera, apretándole el cabello con la mano.

Las nuevas sensaciones encendieron las alarmas en la parte del cerebro de Hajime que controlaba qué tan lejos podía permitir que esto llegara, la parte que hasta ahora había estado perdiendo la batalla contra la curiosidad hormonal. No podía mentirse a sí mismo y decir que no se sentía bien. Se sentía fantástico. Oikawa claramente sabía lo que hacía y Hajime se hacía papilla en sus manos, listo para dejarse moldear en lo que sea que Oikawa quisiera convertirlo, porque así confiaba en él.

Porque con Oikawa, no había nada que le asustara.

Se alejó un poco y abrió los ojos por primera vez desde que tan hábilmente se lanzó a Oikawa. Respiraba corto y seco, y si la manera en la que Oikawa le miraba era algún indicador, Hajime debe haberse convertido en la personificación del pecado.

Se veía intoxicado y mantenía su mirada sobre Hajime como si fuera su única salvación en medio de una tormenta que lo consumía.

Hajime debería haber sabido que Oikawa nunca haría algo como enamorarse a medias, Oikawa siempre daba todo de sí.

Se alejó un poco más, una sensación de profunda incomodidad lo invadió y tuvo que mirar a otro lado, dándose cuenta de que ahora era un buen momento para pensar en qué decir. Intentaba desesperadamente ignorar los dedos que le acariciaban lentamente pierna arriba.

Oikawa, no obstante, no parecía de humor para hablar; le pasó una pierna por encima, fácilmente invirtiendo sus posiciones y asaltándole con los labios. Con todo su peso sobre Hajime, le pasó una pierna entre las de él y ya no quedaba ni una puta pizca de inocencia en el beso cuando una mano empezó a bajar por su estómago hacia un lugar con el que ya no se sentía tan cómodo, que ya no era apropiado para un primer maldito beso, Oikawa, por Dios.

Se separó de él una vez más y lo empujó lo suficiente como para transmitir el mensaje.

Oikawa –el tono de su voz llevaba una advertencia.

Oikawa se detuvo y se dejó caer encima de él, hundiendo la cara en su cuello mientras devolvía su mano a un lugar más decente.

–Lo siento. Estaba casi seguro de que esto era un sueño. –Murmuró patéticamente, pero Hajime podía sentir su sonrisa desvergonzada en la piel del cuello, descarado hijo de puta.

–¿Te aprovechas de mí en tus sueños a menudo? –Trató de bromear, como si no acabara de redescubrirse a sí mismo y todo lo que sabía previamente de su mejor amigo en estos los últimos minutos, estas ultimas semanas. Ignoró el desproporcionado flujo de sangre entre su cerebro y la parte de su cuerpo que bien hubiera sabido disfrutar la mano de Oikawa que había estado deambulando por todas partes hace unos instantes.

–Créeme Iwa-chan, en mis sueños hay más consentimiento entusiasta de tu parte, que aprovechamiento de la mía.

Y wow, Hajime de repente desearía poder deshacer esa pregunta cuando una afluencia intensa de sangre llegó de golpe a su cara haciéndole sonrojar. Tragó saliva un par de veces, incapaz de encontrar una manera de responder. Oikawa solo se rió en su hombro mientras enredaba una de sus piernas entre las de Hajime, dejando muy en claro que podía haber aceptado dejar de –¿qué? ¿acosarlo sexualmente?– pero que no tenía intención alguna de dejarlo salir de ahí. Al parecer, capturarlo con una pierna no era suficiente, así que procedió a enredar sus brazos en su torso también. Hajime puede ser un monstruo de los abrazos mientras duerme, pero durante el día ese era Oikawa.

–Iwa-chan… –murmuró suavemente, sonando tan sombrío que Hajime pensó que esas dos palabras que habían estado resonando en su mente todo este tiempo iban a ser pronunciadas de nuevo– Creo que… he estado pensando, que, pues… nuestras universidades no están tan lejos, así que… si quieres… podríamos conseguir un lugar para vivir juntos. Justo a mitad de camino. Cuando llegue el momento.

Las palabras no fueron las mismas, pero bajo esas circunstancias, significaban lo mismo.

Hajime se encontró deseando escuchar esas palabras otra vez.

–Hah, besas a un tipo una vez y ya se quiere mudar contigo. –Trató de sonar casual otra vez, pero el temblor en su voz lo delató– Te mueves rápido, ¿Cuántas veces te has casado sin que yo lo sepa?

–Solo una vez. Pero no te preocupes, Iwa-chan. Es parte del pasado, ahora soy todo tuyo.

Hajime de verdad debería dejar de hacerse el gracioso porque Oikawa claramente tenía una baraja ganadora y Hajime solo estaba pasando vergüenza.

–Oikawa-

–Dime Tooru –insistió, levantando por fin el rostro y sonriéndole. Tenía los ojos bien abiertos y llenos de esperanza, pero sus pupilas dilatadas y labios magullados arruinaban el efecto inocente que probablemente intentaba transmitir. Aún así funcionaba, maldita sea, porque Hajime era débil.

Suspiró y rodó los ojos para hacer énfasis.

–Mierdakawa Tooru –se corrigió. Oikawa se dejó caer otra vez, bufando en su hombro y clavándole un dedo en las costillas– Ya sabes que donde vivamos depende de nuestros padres.

–Mis padres harían una fiesta si supieran que estaría viviendo contigo. Mi mamá lleva semanas quejándose de que voy a morir en la horrible, horrible ciudad sin nadie que me cuide.

–Es verdad, te morirías.

–Entonces supongo que no tienes otra opción, ¡está decidido!

–Lo único que tengo claro aquí, es que eres un mimado.

–No puedo evitarlo, soy el bebé de la familia.

–No, sólo eres un bebé. –Era tan terriblemente fácil volver a sus discusiones tontas, incluso con todas las preguntas que Hajime tenía atoradas en la garganta, queriendo entender cómo se sentía, cómo se sentía Oikawa. Solo quería-

Hajime –lloriqueó Oikawa, rodando en la cama y arrastrando a Hajime al suelo con él. Hajime estaba bastante seguro de que había caído sobre su teléfono, basado en el dolor punzante que sintió en un costado al caer al suelo.

–Ay, por favor –siseó Hajime y se levantó, le tiró el teléfono en el rostro petulante de Oikawa, el mismo con el que hace unos momentos estaba intercambiando saliva. El teléfono le golpeó directamente en la boca y Hajime obtuvo un vistazo de la expresión más horrenda de la historia de Oikawa, antes de acurrucarse y cubrirse el rostro mientras caía en la cuenta de todo lo que acababa de pasar. De verdad, no debería permitírsele tomar decisiones inmediatamente luego de despertar. ¿En qué mierda estaba pensando?

Ya nunca sería capaz de ver a Oikawa de la misma manera. Aunque no es que haya podido hacerlo luego de que se confesara. Se apretó los ojos con la palma de la mano.

–Oye, Hajime –Oikawa dijo, como si usar su primer nombre fuera un privilegio especial y no como si lo pudiera hacer regularmente cada que se le viniera en gana– Comamos afuera. Vamos a ese lugar viejo que te gusta, ¡yo invito!

Entonces así eran las cosas. Oikawa realmente quería tenerlo todo, ¿no es así?

–¿A comer? O sea, ¿Cómo una cita?

–Por supuesto que una cita –Oikawa replicó rápidamente, saltándose toda la semántica de la conversación, los pequeños detalles irrelevantes, asustado aun de escuchar algo que no quería escuchar– Es decir, creo que me lo merezco después de que me atacaras de esa manera. O sea, al menos avísame la próxima vez. –Hajime notó que Oikawa no le estaba dando ninguna oportunidad de negarse– Por cierto, te apesta la boca. Deberías ir a cepillarte los dientes.

Hajime lo miró incrédulo.

–Creo que ya estoy listo para terminar contigo.

Oikawa bufó mientras se levantaba, pero Hajime pudo ver la sonrisa que trataba de ocultar

–Ve a vestirte. Por muy bien que te veas ahora, no quiero que nadie se lleve una idea equivocada.

–Eres un dolor en el trasero.

–Ni siquiera hemos llegado tan lejos aún.

–Hijo de… te juro que te voy a tirar por la ventana, cierra la puta boca.

Levantó su teléfono del suelo para encontrarse con la pantalla nuevamente rota, y algo de eso intentó despertar algún recuerdo lejano antes de el Interminable Martes, pero no lo logró del todo. Esa línea de pensamiento se perdió cuando Oikawa se inclinó para besarlo una vez más y luego se alejó luciendo como si se hubiera ganado un gran premio.

Llegado a este punto, Hajime aun seguía confundido. No sabía si era gay o no, no sabía si le gustaba Oikawa o no, realmente no sabía.

Pero esa sonrisa le detuvo el corazón y no había nada platónico en la manera en la que de repente quiso tomarlo de la mano y traerlo hacia él para continuar con lo que habían interrumpido hace un rato y, wow, sus pensamientos se estaban saliendo terriblemente de línea.

El gusano del tiempo. Hajime seguía atrapado en el tiempo. técnicamente este día no era real. A menos que esa mierda que dijo Oikawa de que debía aprender una ‘valiosa lección de vida’ fuera cierta. Porque, a ver, darse cuenta de que probablemente era gay y que estaba desarrollando sentimientos más que platónicos por su mejor amigo eran lecciones valiosas, ¿verdad? ¿tal vez?

Lecciones valiosas o no, no eran la solución para hacer que llegara el miércoles.

Lanzó su teléfono hacia la tele cuando su alarma lo volvió a despertar. Fue terriblemente insatisfactorio que ninguno de los dos artefactos presentara daños, ya que al parecer estaban hechos de titanio ahora que quería romperlos.

Deshacerse del martes no era algo que iba a lograr él solo, después de todo. Hajime podrá ser bueno en los estudios, pero el encargado del pensamiento crítico y planear todo era Oikawa.

–Ya conoces el dicho; si no cambias lo que haces, no cambiarás lo que recibes.

La atención de Hajime se desvió inmediatamente hacia donde estaba Matsukawa ayudando a Kindaichi durante la práctica después de clase, las palabras le resonaban por su simplicidad. Frunció el ceño. Luego de un par de semanas desperdiciando el tiempo en cosas que de otra manera nunca haría, esas palabras sonaban como uñas en un pizarrón. Luego de… maldita sea, luego de besar a Oikawa y salir con él en una puta cita, (que la verdad no fue tan diferente a lo que normalmente hacen cuando salen juntos) y soportar su estúpida expresión petulante, las sonrisitas dulzonas y todo ese contacto físico, todos esos malditos toques…

Mantente en la línea, mantente en la línea.

Si había alguna razón por la cual esto le estaba sucediendo a él, tendría sentido que la respuesta a todo la encontrara en su vida diaria. Así que abrió la puerta esa mañana con el único propósito de solicitar la ayuda de Oikawa, sólo para que todo su entusiasmo se derrumbara en el momento en el que se encontró de frente con un Oikawa que nuevamente no recordaba nada del día anterior.

Murmuró un saludo torpe y dejó que Oikawa llenara el vacío con su charla usual, aunque los fantasmas de sus manos y sus labios continuaran causándole cosquilleos en todo el cuerpo.

Matsukawa notó la atención extra que Hajime le estaba prestando a Oikawa, e hizo que Kindaichi se fijara en lo mismo para hacerlo ruborizar y que se halara el cuello de la camisa con incomodidad. Ups, estando en medio del torbellino reciente de emociones, Hajime había olvidado que al parecer Kindaichi también sentía algo por él, según Oikawa. Y Oikawa casi siempre tenía razón. Se sacudió esos pensamientos cuando Kunimi se acercó a él, escapando de Oikawa y Yahaba al otro lado del gimnasio que intentaban meter algo de técnica en el cerebro de Kyoutani (fallando estrepitosamente).

–Son muy ruidosos. –Anunció Kunimi, refiriéndose a los colocadores que se suponía debían estar colocando pases a los rematadores.

Hajime rio un poco.

–Ve con Watari, es más fácil lidiar con él que con esos dos –Kunimi hizo suspiró y asintió mientras se sentaba junto a Hajime– O toma un descanso. La verdad no tengo ganas de regañar a nadie hoy –Kunimi probablemente ya había notado eso. Si se hubiera sentado en otra parte, el entrenador le hubiera caído encima en seguida. Hajime era actualmente una zona segura para perezosos.

Estuvieron unos minutos en paz antes de que Kyoutani al parecer se hartara del acoso y se les uniera en el suelo, ambos colocadores a sus talones. Hajime tomó una botella de agua que estaba cerca y les lanzó sus contenidos a los dictadores que se acercaban.

–Dejen a mis rematadores en paz. Declaro esta una zona libre de colocadores. Ya sufrieron su tortura lo suficiente.

Iwa-chan, –Oikawa jadeó esquivando el ataque ágilmente. Yahaba no tuvo tanta suerte, tuvo que limpiarse el agua de los ojos– ¿de qué sirve un rematador sin un colocador?

Hajime se encogió de hombros.

–¿Dentro de la corte? Para nada. ¿Afuera de ella? Capaz de obsequiarles una dolorosa palmada en la cabeza. Y vaya, miren donde estamos ahora.

Hajime hizo un dramático gesto con las manos para señalar el entorno. Oikawa ignoró la amenaza directa, inclinó un poco la cabeza sonriendo juguetonamente, al parecer dispuesto a dejar que Hajime conservara la victoria tan solo para conservar su inusual buen humor (es decir, que recurre a las amenazas en vez de a la violencia inmediata).

–Ve a enseñarle a Yahaba tu jugada maestra, tengo el presentimiento que le sale perfecta.

Yahaba lo miro desde donde se encontraba escurriendo su camisa mojada.

–Oikawa-san ya me ha estado ayudando con mi saque elevado. Queríamos trabajar en algo con los rematadores, pero se escaparon.

Hajime miró a Kunimi que parecía estar tratando de hacerse invisible en el suelo, detrás de una pared de botellas de agua y a Kyoutani que parecía haberse sumergido en las profundidades de su propia mente ahora que estaba libre de los tiranos.

–Yo trabajo con ellos hoy, –insistió Hajime– además esa no era la jugada de la que estaba hablando. La jugada maestra de Oikawa es hablar mierda a la cara de la gente. Te corresponde a ti continuar con su legado, Yahaba. –Ni siquiera el respeto que Yahaba siente por Oikawa fue capaz de detener la sonrisilla que se formó cuando Oikawa boqueaba cual pez fuera del agua.

Discúlpate, Iwa-chan. Pero para que lo sepas, mi jugada maestra es hablar mal de la gente a sus espaldas, seguido muy de cerca de la de hablar a sus caras.

–Ah, lo siento. Es que siempre las confundo, porque hablar a sus espaldas generalmente significa que lo haces a todo volumen y asegurándote de que lo escuchen. –Oikawa parecía estar tratando de no reír, ni siquiera se molestó en negar lo que decía Hajime– Ahora, váyanse. Estamos tomando un descanso.

–Hmph, está bien. Pero estás loco si piensas que te voy a dejar pasar el día haciendo pereza como si nada. No creas que no lo noté, Iwa-chan.

Hajime emitió un sonido de mofa, pero dejó que sus ojos lo siguieran mientas se alejaba con Yahaba, charlando animadamente y luciendo más feliz en general. Solo Oikawa se energizaría cuando le hacen burla.

Devolvió su atención a los rematadores.

–Tomen, coman pan de leche. Les va a dar energía.

 

***

–Iwa-chan, estás a miles de kilómetros de aquí –dijo Oikawa otro martes. Hajime no ha sido capaz de contarle lo del gusano de tiempo hace ya varios días, la vista de Oikawa en las mañanas siempre lo saca de onda. Si así se sentía tener un puto crush, se alegraba de no haber pasado por esto antes.

Hajime observó la tímida sonrisa que se formaba en el rostro de Oikawa, recordando como se sentía escondida en su cuello. Se estremeció.

–A miles de kilómetros no. Más bien a un mes de aquí. –Contestó y miró el lápiz en sus manos. Golpeó el libro que tenía en frente un par de veces con la goma del lápiz, ni siquiera se había molestado en abrir la página correcta. Cuando se forzó a mirar arriba de nuevo, Oikawa seguía mirándolo con la misma expresión.

–Deberías tener más cuidado, si te quedas mirándome así en tus viajes astrales, siento que me estás mirando a mí.

Hajime asintió levemente y desvió la mirada una vez más.

–Lo siento, estoy tratando de entender algo.

–Estoy bastante seguro de que no tengo un problema de matemáticas escrito en la frente, Iwa-chan –canturreó Oikawa, Hajime tomó un sharpie que había en la mesa y lo apuntó a el. Oikawa se rió y se alejó de un brinco– Y preferiría que siguiera siendo así, gracias.

Hajime se encogió de hombros y miró por la ventana, al otro lado de la calle se veía su habitación. Oikawa siguió la línea de su mirada antes de preguntarle:

–Dime, ¿qué te sucede hoy? Has estado un poco raro.

Hajime continuó tamborileando el libro con el lápiz y apoyó la cabeza sobre su mano al otro lado.

–Llevo varias semanas pensando sobre algunas cosas. O bueno, traté de no pensar en eso, pero no funcionó.

Cuando no continuó, Oikawa bufó y se robó el marcador para lanzárselo de vuelta.

–¿Y? ¿en qué pensabas?

Ignorando el asalto, Hajime desvió la mirada deliberadamente. Si no cambias lo que haces, no cambiarás lo que recibes, la estúpida cita de Matsukawa pasó por su mente. Tal vez era tiempo de que Hajime enfrentara a él verbalmente. Besarlo era una cosa y, está bien, vaya cosa, pero aun no habían hablado directamente de ello. No habían resuelto nada.

–En ti, sobretodo –murmuró. Luego de un prolongado silencio, se atrevió a mirar nuevamente a Oikawa que estaba en cambio mirándolo a él con una expresión de shock.

Con aire vacilante, replicó:

–Sí… sí sabes cómo suena eso, ¿verdad?

–Sí. –Sabía que su falta de respuestas estaba empezando a molestar a Oikawa, pero un Oikawa molesto era un Oikawa honesto, así que no le siguió el capricho.

–¿Y bien? –Preguntó Oikawa ansiosamente, apretando los puños en su regazo.

–Te ves bien cuando usas lentes.

Hajime esquivó la pregunta, aun no se sentía listo para decir las palabras que necesitaba decir o hacer las preguntas que necesitaba hacer. Es que él era un hombre de acción, ¿vale? Las palabras son muy aterradoras. Las palabras te hacen vulnerable, dejan un hoyo en el corazón donde cualquiera puede meter las manos y arruinar todo. Empezaba a entender por qué Oikawa había sido incapaz de confesarse como un ser humano normal, él era tan malo a la hora de hablar las cosas como lo era Hajime.

Irónico, considerando cuanto le gustaba escuchar su propia voz.

Oikawa parpadeó antes de intentar acomodarse las gafas, luciendo molesto cuando se dio cuenta que no las llevaba puestas, maximizando su atractivo. Tosió mientras le dio una mirada discreta a toda la habitación, apoyándose en sus manos atrás casualmente.

–Así que… ¿te gusta el look nerd? –Preguntó.

Oh, tan casual como siempre, por supuesto.

Cuando Hajime no le dio más que una mirada inexpresiva, Oikawa empezó a morderse el labio inferior, lo que era muy malditamente irritante porque le causaba ternura. Oikawa se levantó repentinamente, su libro de inglés cayó al suelo con un ruido sordo.

–Oh, mira, qué horror, de repente tengo los ojos muy secos, ¡ya vuelvo!

Salió torpemente de la habitación intentando quitarse los lentes de contacto, estrellando su hombro contra el marco de la pared. Desapareció de su vista con un pequeño ‘auch’. Hajime sintió que tal vez debería estar avergonzado por los dos, pero como sea. Si el día se iba a reiniciar por siempre, bien podría sacar provecho y decir estupideces, sólo para ver las estupideces que hacía Oikawa en respuesta. Tendría que trabajar en las cosas más serias. Aprender a hablar sobre las mierdas que pasan era una lección de vida valiosa, ¿no? Tal vez ese era el secreto para esto.

Con ese ultimo pensamiento, Oikawa entró de nuevo a la habitación, con los lentes puestos y una sonrisa fijada en su rostro.

–Entonces así me veo bien, ¿eh? –preguntó, mirando a Hajime lascivamente, cualquier indicio de nervios estaba escondido profesionalmente.

Hajime le obsequió una mirada poco impresionada, levantó una ceja.

–No con la cara que estás haciendo –Oikawa se dejó caer al suelo cruzando las piernas y haciendo un profundo puchero, tocando la rodilla de Hajime con la suya– Espera, esa cara es mejor.

–Eres un sádico –Oikawa rezongó y se subió los lentes.

–¿En serio? Porque yo me siento como un masoquista por aguantarte todo este tiempo –bromeó Hajime.

Oikawa levanto la cara en un gesto de insolencia, pero falló en esconder una diminuta sonrisa que amenazaba sus labios mientras lo miraba sobre la nariz.

–Debería ser un honor para ti haber pasado tanto tiempo conmigo, Iwa-chan.

–Algo así, sí. –Contestó Hajime con mucha calma, observando cómo se regaba el rubor sobre las mejillas de Oikawa, que intentaba encontrar las palabras apropiadas para responder.

–Iwa-chan, voy a ser honesto contigo, –Oikawa miró a un lado, viéndose un tanto incómodo, antes de enfocar sus ojos en los de Hajime– No sé si estás coqueteando conmigo o si estas… –hizo un gesto incomprensible hacia Hajime– ya sabes, siendo tu mismo. –Remató miserablemente.

Hajime se sintió encoger un poco con la palabra “coquetear”, y luego otro poco más cuando Oikawa frunció el ceño, arrepentido de haber hecho la pregunta.

–Yo también estoy tratando de averiguarlo. –Era una media-verdad.

Ya había admitido a regañadientes que definitivamente sus sentimientos no eran platónicos, pero sabía que algo como empezar una relación sería un desastre en múltiples niveles. Algo tan intrínsecamente inofensivo como una relación gay tenía sus repercusiones, especialmente en los deportes. No quería ser la razón por la que Oikawa tuviera que trabajar aun más duro de lo que ya lo hacía para alcanzar sus sueños. También sabía que Oikawa querría tomar el riesgo.

Siempre, siempre tomando el riesgo.

Oikawa se enderezó un poco y se movió para retomar su libro abandonado, tratando disimuladamente de esconder el rubor en su rostro.

–Oh, bueno. –Se aclaró la garganta mientras pasaba las páginas del libro– Puedes continuar mirando si eso te va a ayudar en algo. Tanto como quieras. Mi cara es mi mejor atributo y al parecer, me veo bien en lentes.

–Oye… –Es Tooru– Tooru.

Oikawa se sobresaltó un poco, sus lentes casi se caen cuando se giró para mirarlo, con los ojos muy abiertos.

–¿Sí? –Y era patético, porque Oikawa en realidad sí se veía bien con los lentes y ese estúpido pensamiento le hizo olvidar lo que iba a decir.

–Mierda. Uh… –se encogió un poco y tamborileó nerviosamente la superficie de la mesa con sus dedos, el color de su rostro subió para igualar el de Oikawa. Cuando Oikawa tuvo la audacia de lucir enternecido, Hajime escupió: –¿Cómo lo supiste?

Con un parpadeo desconcertado Oikawa replicó:

–¿Cómo supe qué?

Ahora fue el turno de Hajime de gesticular incomprensiblemente.

–El cómo te sentías. Acerca de mí.

Mierda, se suponía que iba a preguntarle sobre el gusano del tiempo, ¿no? Eso definitivamente no era lo que quería decir, pero la pregunta había estado quemándole atrás en la garganta desde el momento en que Oikawa le dijo te quiero. ¿Cómo lo supo? ¿Hace cuanto lo sabe? ¿Cuándo comenzó todo? ¿Cómo pudo Hajime no notarlo? Hajime nunca habría siquiera considerado la posibilidad de una relación si Oikawa no hubiera dado el primer paso, pero todo parecía muy real y muy increíblemente natural, maldita sea.

Realmente esperaba que el gusano del tiempo tuviera algo que ver con Oikawa o estaría atrapado en el martes para siempre.

Oikawa empalideció mientras miraba a Hajime con la boca abierta, y Hajime suponía que si estaba siendo un poco hijo de puta al preguntarle tan directamente.

–Um… pues… yo, eh…. No sabía que lo habías notado. –Murmuró Oikawa, su voz se desvanecía. Sí, tal vez Hajime disfrutaba un poco hacerlo sentir incómodo.

–Alguien me lo dijo.

Oikawa brincó nervioso.

–¿Qué? ¿Quién fue? Fue Mattsun, ¿no es así? Siempre se anda metiendo en los asuntos de los demás. Pequeño chismoso, pero ya verá cuando lo encuentre, le borraré esa sonrisita del rostro y me va a escuchar. No, espera, ¡lo haré ahora! ¿Dónde está mi teléfono?

–¿Matsukawa lo sabe? Si él lo sabe, Hanamaki lo sabe. ¿Quién más se ha enterado? ¿Es que te la pasas por ahí pregonando tu amor por mi cuando no estoy cerca?

Oikawa estaba vaciando los contenidos de su mochila en la cama, buscando el teléfono que Hajime podía ver reposado encima del escritorio a plena vista.

–¡No haga eso! –Exclamó Oikawa, girándose para apuntarle con un dedo muy enojado– ¡Simplemente lo supieron! ¡Y luego empezaron a molestarme con eso todos los días, luego empezaron a hacerlo cuando tu estabas presente, así que les seguí el juego para hacerlo parecer todo una gran broma y que tu no te dieras cuenta! –Cerró la boca con fuerza cuando notó la expresión atónita de Hajime, repentinamente consciente de cuanto había acabado de revelar.

–Pero… pero empezaron con esas bromas en primer año, Tooru, ¿¡qué diablos!? –No había mejor manera para describir la expresión de Oikawa más que mortificación– ¿tres putos años!? ¿Por qué no dijiste algo? –Hajime había pensado que evadir el asunto por unas semanas había sido malo, pero Oikawa era simplemente ridículo.

–¡Porque nunca mostraste interés en nadie, Iwa-chan! ¡nadie! ¿Cuáles eran las posibilidades de que te sintieras de la misma manera por mí? Quiero decir, somos…. No somos…

‘Somos hombres’, ‘no somos gays’, el estigma seguía siendo fuerte, por más progresistas que se creyeran. La etiqueta estaba ahí, y era pesada.

–Somos idiotas, querrás decir –dijo Hajime y se levantó del suelo para alcanzar a Oikawa– Tooru, te quiero. –Mierda, ¿cómo pasó eso? Esas palabras no deberían haber sido tan fáciles de pronunciar cuando hace diez minutos ni siquiera sabía lo que sentía– Te quiero –repitió, solo para estar seguro– Oh… –Oh. Era verdad. Oikawa Tooru con su estúpida cara y su pésima personalidad, era un desastre a punto de suceder, pero no había nada qué hacer, Hajime de verdad lo quería– Mierda, de verdad te quiero –iba a pasar el resto de su vida con un egoísta cabeza hueca y no se iba a arrepentir de eso. De repente se encontró con los brazos llenos de Oikawa que se le lanzó encima, casi tumbándolos al suelo– ¿estás llorando?

–Es tu culpa, –murmuró en su pecho. Hajime no podía ver su rostro, pero lo conocía lo suficiente para saber cómo se veía por intuición, horrible. El tipo de horrible que la gente a veces confunde con tierno– Iwa-chan es tan tonto.

–Es Hajime –lo corrigió viendo como se limpiaba la cara con su camisa. Oikawa sollozó en su camisa y Hajime confirmó que sí, ahora tenia mocos en su camisa– Espero que planees comprarme una camisa nueva.

–Te lo mereces.

–Si tuvieras la más mínima idea de lo que he pasado-

Oikawa no le dejó terminar lo que iba a decir y le cubrió los labios con los suyos. Hajime lo dejó, era el primer beso de Oikawa, de Tooru, con Hajime. Otro beso que él no recordaría.

Pero había empezado a aceptar que eso estaba bien, todo estaba bien, cuando las manos de Tooru le acariciaron el cabello y su cuerpo se pegó a él de una manera que suplicaba por más, mucho más de lo que Hajime podía siquiera empezar a comprender, ¿cómo pudo Oikawa mantener el velo sobre los ojos de Hajime por tanto tiempo? Tres malditos años.

Hajime sí que era tonto.

–Hajime, –Oikawa suspiró, tenía los lentes un poco torcidos sobre la nariz y Hajime jamás se había sentido tan consciente de su diferencia de altura como en este momento, que tenía que inclinar la cabeza hacia atrás para poder verle a los ojos. Aun había un rastro de humedad en los ojos de Oikawa, acompañado de parches rojizos por toda su cara y Hajime se rindió ante el impulso de limpiarte las lágrimas, solo para que Oikawa pusiera su mano sobre la de él en su mejilla y se inclinara ante el contacto.

–Qué pegajoso –Hajime lo acusó con una sonrisilla calmada, la mano en su espalda lo acercó descaradamente en venganza.

–Hajime –repitió Oikawa, mucho más firmemente. Sus ojos se entrecerraron un poco, pero el pulgar que le acariciaba suavemente la mano a Hajime le distrajo de la tormenta que se aproximaba– Hajime, ese no fue tu primer beso. Yo sé como son los primeros besos, y ese definitivamente no fue uno. ¿Te has estado escapando por ahí a mis espaldas? –Hajime resopló una carcajada y no logró aguantar la risa que subía por su garganta, para indignación de Oikawa– ¡No te rías! Yo quería enseñarte.

–Ha pasado, ¿qué? ¿un minuto? ¿Y ya me estás celando?

Oikawa enrojeció rápidamente evitando su mirada, arrugando los labios horriblemente.

–¿Quién fue?

–Solo tu.

–Me parece que recordaría haberte besado antes –esas palabras despiertan un sentimiento de culpa en el pecho de Hajime. Tal vez él haya aceptado su situación, pero Tooru ni siquiera podía recordar lo que le estaba sucediendo– A menos que… ¿me has estado besando mientras duermo? Iwa-chan, qué vulgar.

Olvídalo, se fue la culpa. Tooru era un idiota.

–Eso suena a un nivel de desesperación al que tu llegarías, no yo. –Cuando Tooru no respondió y le dedicó una sonrisa deliberadamente forzada, Hajime lo entendió. Empujó a Tooru de encima y se cubrió el rostro con una mano– ¿Me estás tomando el pelo? ¿Cuántas veces?

Tooru trató de acercársele, pero se detuvo cuando vio la mirada que le lanzó Hajime. Las comisuras de los labios le temblaban nerviosamente mientras agitaba una mano frente a él.

–Solo fue una vez, solo una, ¡te lo juro! Bueno, tal vez dos. Quizás tres, si contamos aquella vez, pero esa no cuenta. O la vez antes de esa. –Continuó musitando. Hajime se sentó recostándose de la pared y suspiró. La culpa definitivamente se había ido.

Tooru se tensó, puso las manos sobre sus caderas y ladeó ligeramente la cabeza, como si su honestidad fuera suficiente para exonerarlo de cualquier crimen.

–Solo fueron unos besitos de nada, ¡no es la gran cosa! Le he dado mejores besos a mi abuela, ¡y es tu culpa! ¡duermes como una piedra! ¿sabes qué tan difícil es no besarte cuando me estás apretujando toda la noche?

Hajime le tiró un borrador.

–¡Debería demandarte por acoso sexual! Además, eres tu el que siempre decide dormir junto a mí a pesar de saber que tengo ese hábito y en los campamentos de entrenamiento también.

–Pero eso no te impidió que te agarraras de Makki esas otras veces –rezongó por lo bajo.

Hajime lo ignoró.

–¿Cuándo empezó todo esto? ¿En primero?

Esa sonrisa plástica de nuevo, esta vez acompañada por una necesidad repentina de canturrear terriblemente fuera de tono.

Mierdakawa.

–¡Vale! ¡Está bien! En el último año de escuela media, ¿va? ¡Solo fue una vez en la frente! ¿Ya podemos volver a besarnos en vez de hablar sobre besos? Creo que eso era mucho más interesante –se sentó en el regazo de Hajime y enredó los dedos tras su cuello. Hajime le puso la mano sobre los labios antes de que pudiera besarlo.

¿La escuela media? ¿En serio piensas que voy a dejar pasar esto así nada más?

–No, –Tooru aceptó finalmente la derrota y se desinfló sobre Hajime, su voz amortiguada por la mano que aun le cubría la boca– por eso intentaba distraerte.

Hajime rodó los ojos.

–Tooru, ¿Cuándo comenzó todo esto?

–¿De verdad tenemos que hablar de esto? ¿Qué tal tu? No creo que simplemente te hayas despertado un día y hayas pensado, “vaya, ese es un rostro con el no me molestaría despertar cada mañana por el resto de mi vida”. Aunque yo sé que sí tengo un rostro con el que cualquiera quisiera despertarse todas las mañanas por el resto de su vida. Fue un mal ejemplo.

Hajime se contuvo para no estrangular a su -lo-que-sea-que-Tooru-se-haya-convertido y decidió que era ahora o nunca para este martes.

–Estoy atrapado en un gusano de tiempo hace unas semanas y tu, siendo el imbécil que eres, decidiste aprovecharte de eso y te confesaste una noche antes del reinicio. –Hajime se permitió disfrutar un poco la confusión que pintaba el rostro de Oikawa antes de continuar. De todo lo que esperaba escuchar de Hajime, eso definitivamente no era una opción– Luego, en otro martes, cuando estaba intentando encontrar una manera de rechazarte, hicimos una estúpida apuesta que terminó contigo besándome. –Solo recordar el estrés y la confusión que le acecharon luego de esa noche le ponía de humor sombrío– Eso me jodió bastante, Tooru. En serio eres un idiota egoísta, ¿sabes?

La expresión de Tooru aun estaba en blanco, pero sus ojos eran críticos y parecía estar analizando toda la información subministrada.

–¿Qué pasó luego? –Inquirió, tan cerca que respiraban el mismo aire, sus labios rozaban los de Hajime.

Hajime se estremeció, ignorando el brillo de victoria que pasó por la expresión de Tooru y continuando con un tartamudeo.

–Est… um… estuve evitándote un tiempo. Luego me desperté un día en el que dormí sobre la alarma y tu estabas ahí, en… en mi cama. Después te besé.

Hajime dejó salir el aire entre dientes cuando Tooru subió una mano por debajo de su camisa.

–Así que me besaste en la cama, ¿eh? ¿Y luego qué? –Su voz era baja y un poco ronca, atrapó el labio inferior de Hajime entre sus dientes.

–Um… –Hajime trató de hablar, pero los labios de Oikawa descendieron por su cuello y luego pasó la lengua de vuelta hacia arriba lentamente, mientras sus dedos fríos bailaban en la espalda de Hajime, enviando una corriente eléctrica que pasó por todo su cuerpo– Luego pasó esto, básicamente. –Dijo tratando de no ahogarse en su propia saliva. Solo esperaba que sí le hubiera escuchado, porque ahora mismo lo único que él escuchaba era el sonido del silencio que silbaba en sus oídos en un tono altísimo cuando Oikawa mordía la piel donde empezaba su cuello.

Tooru le mordisqueó la oreja mientras pasaba una mano por el elástico de los shorts de Hajime.

Detalles, Hajime –suspiró en su oído, su otra mano bajó y bajó hasta que Hajime lo empujó con fuerza y lo tiró al suelo– Okay –dijo con voz un tanto estrangulada, le había sacado el aliento– Claramente no llegamos tan lejos.

Hajime estaba seguro que entre su vergüenza, enojo y las otras cosas que sentía, también le estaba brotando humo de las orejas.

–Estoy tratando de contarte que estoy atrapado en el maldito tiempo y todo lo que puedes pensar es- es- es…

Sexo, Iwa-chan. –Soltó una risa ahogada cuando Hajime intentó lanzarle un libro a la cara– Es broma, es broma. Más o menos. Solo digo que, si otro yo se las arreglara para llegar ahí primero…

–Mañana, tu vas a ser otro tu, a menos que me ayudes a encontrar una manera de salir de aquí.

–Ah. Buen punto. –Tooru murmuró, se sentó y se acomodó los lentes– ¿Sabes? En una película vieja, la forma de salir del bucle era a tracés del sexo. –Esquivó una patada a la cara– Sólo digo, Hajime. Quiero decir, nada se pierde con intentar, ¿no? ¿hoy?

–Me voy. –Hajime se levantó y solo alcanzó a dar un par de pasos antes de que Tooru lo agarrara de las piernas, forzándolo a caer al suelo.

–¡Lo siento! Lo siento, lo siento. Ya voy a dejar de molestarte. Es que yo… Es sólo que…

Hajime lo entendía.

No le dio tiempo a Tooru para procesar lo de te quiero y ya le estaba lanzando una historia que parecía de película. Realmente debía empezar a pensar mejor las cosas.

–Te quiero. –Confesó Tooru una vez más mientras enlazaba sus manos, la sonrisa en su rostro era tan insoportablemente dulce, que Hajime estaba seguro de que moriría si estuviera expuesto a ella mucho tiempo. Tooru se pegó a su lado, al parecer contento con el contacto y nada más, permitiéndo que el silencio les ayudara a recolectar sus pensamientos.

–No quiero que lo olvides más, –la voz de Hajime se sacudió. Tooru le acarició la mano con el pulgar, y el simple gesto le calmó más que el mes de vacaciones que se dio Hajime– te extraño.

–Ya lo arreglaremos.

***

Mentira.

–¿Estás seguro de que no son los aliens? –Otro Tooru le dijo otro martes mientras se empujaba en un columpio, pateando la arena.

–Si hubiera visto un alien, estoy seguro de que lo recordaría

–No lo sé. ¿Qué tal si no es tu gusano del tiempo sino el de alguien mas, pero por alguna razón empezaste a recordarlo, pero antes eras igual que nosotros y no lo sabías?

–Entonces literalmente no abría nada qué pueda hacer.

–En una película vieja, el personaje principal se liberaba del bucle cuando conquistaba al amor de su vida y sellaban el trato –dijo Tooru con un sugestivo movimiento de cejas.

No voy a dormir contigo.

–Ups, esa ya la intenté, ¿no es así? Espera, ¿yo soy el amor de tu vida?

Hajime le vació una cubeta de arena en la cabeza.

Esperaba que tuviera popó de gato.

Luego de varios días siguiendo más o menos esa misma línea, Hajime se tomó otro descanso. Tooru lo intentó, de verdad que sí, pero la ciencia ficción en la realidad estaba claramente fuera de su alcance. El problema de Hajime no se iba a resolver con la lógica de las películas o con buenos deseos.

Ya estaba cansado de estresarse por esto, trató de convencerse mientras le miraba el trasero a Tooru descaradamente un día en el entreno de la mañana. A penas si había tocado a Tooru desde el día en el que le dijo que lo quería, porque sabía que era una distracción y también muy injusto para los dos.

La cosa más aterrorizante que le podría ocurrir es que Tooru se vuelva predecible.

–¿Disfrutando la vista?

Hajime brincó un poco cuando Matsukawa parecía haber aparecido de la nada, dejó salir un silvido por lo bajo cuando Oikawa se levantó la camisa para refrescarse.

–¿No se supone que estás ayudando a Kindaichi?

–Está practicando algo con Kunimi ahora mismo. Bueno, cuando no se distrae viendo cómo miras a Oikawa.

–Dios, Oikawa tenía razón. Realmente sí eres un metiche, ¿no es así? –replicó Hajime, dirigiendo su atención a Kindaichi, quién efectivamente estába mirandole fijamente. Kindaichi se giró rápidamente con las mejillas coloradas, solo para recibir un balonazo en la cara. Hajime no sabía si había sido o no intencional por parte de Kunimi. Matsukawa vio todo con mucha diversión– ¿Qué debería hacer con él?

–¿Con Oikawa o con Kindaichi?

–Kindaichi, –aclaró Hajime– ya sé como manejar a Tooru.

–Ahhhh, ahora es Tooru, ¿huh?

–Lo he llamado Tooru prácticamente desde que aprendí a hablar, imbécil.

–Sí, pero no frente a nosotros –Hajime tenía que reconocer que eso era verdad. Usar los apellidos se había convertido en un hábito en algún punto de la escuela media, en un intento de sentirse mayores. Algo que Tooru eventualmente había arruinado con su estúpido habito de usar sobrenombres, pero que Hajime había mantenido nada más para molestarle– En cuanto a Kindaichi, es inofensivo, no creo que tengas que hacer nada. Sin embargo, puede que aprecie uno que otro cumplido de vez en cuando, tan solo por el bien del equipo. Siempre juega un 5000% más motivado cuando le das uno. Ahora, si tan solo pudiéramos encontráramos una manera de motivar a Kunimi.

Hajime mantuvo eso en mente, incluso hasta que Oikawa notó su pequeña reunión y se apresuró a unirse, deteniendo la conversación.

Mientras limpiaban decidió intentarlo.

–Oye, Kindaichi. –Mierda, quizá debió pensarlo mejor antes de abrir la boca. Se pasó la mano detrás del cuello cuando 1000 watts de los más poderosos ojos de perrito le dispararon directamente al rostro.

–¡Iwaizumi-san! ¿Necesita algo? –Kindaichi soltó un montón de balones que tenía en los brazos y revoloteó hasta llegar a él, abandonando a Kunimi en el deber.

–Ah, no. No necesito nada, solo que… uh… quería decirte que… has hecho un buen trabajo hoy –Hajime le dio una suave palmada en el hombro y se giró para escapar.

–¡Gr-gracias, Iwaizumi-san! –Gritó Kindaichi le gritó desde atrás, sonando demasiado entusiasmado.

Ahora fue turno de Tooru de aparecer de la nada junto a él, cuando Hajime miró atrás por una milésima de segundo, sólo para chocar su nariz contra la mejilla de Tooru en el momento en el que se giró de nuevo.

¿Qué mierda? –Se pinchó la nariz, agradecido de que no hubiera sangre, pero dolió como la mierda. Las manos de Tooru le enmarcaron el rostro mientras lo inspeccionaba, arreglándoselas para lucir genuinamente preocupado, aunque Hajime sabía que se estaba riendo por dentro. Lo espantó con un gesto de la mano.

–En serio, Iwa-chan, deberías prestar más atención a tu alrededor.

–Te voy a tirar por las escaleras –ruigió Hajime.

–Yo te llevaría conmigo, y así podríamos compartir una habitación de hospital.

–Preferiría morir.

–Aw, no te preocupes, podemos compartir la cama si quieres. Estoy seguro que podemos encontrar una que sea suficiente para ambos.

–Pero no existe una lo suficientemente grande para tu ego.

–Ouch, Iwa-chan. –Dijo, pasándole los brazos por encima de los hombros y apoyando todo su peso sobre Hajime.

El tema de Kindaichi se olvidó hasta la hora del almuerzo.

–Oh, miren, es el único fan de Iwa-chan. –Dijo Tooru con la boca llena de pan de leche apuntando hacia Kindaichi, que se encontraba en la puerta, asustándolo.

–Oh, miren –le imitó Hanamaki– es la reacción natural a recibir la atención de Oikawa.

–¿Debería ir a ver qué quiere? –Preguntó Hajime, sosteniendo a Oikawa que intentaba estrellarle un pan de leche en la cara a Hanamaki.

–Creo que todos sabemos qué quiere. –Murmuró Tooru en lo que pensó que era un tono bajo.

–Vas a tener que correr antes de que se escape. –Le aconsejó Matsukawa, ignorando la existencia de Tooru. Tooru le agarró el brazo a Hajime cuando se levantaba.

Tuvo que arrastrarlo por todo el salón y estrellarlo contra varios escritorios, pero Hajime finalmente logró soltarse antes de seguir el camino que tomó Kindaichi. Lo encontró en las escaleras luciendo muy nervioso, acompañado de un muy irritado Kunimi.

–Hola, uh, ¿todo bien, chicos? –Preguntó cuando vio que no lo habían notado.

–¡I-Iwaizumi-san! –Chilló Kindaichi.

Kunimi empujó a kindaichi hacia Hajime.

–Queríamos hablar con usted, senpai –anunció sin más ceremonias antes de bajar las escaleras. Kindaichi lo observó alejarse en absoluto terror.

–¿Pasó algo? –Preguntó Hajime.

–¡No! No, lo siento. Solo quería decirle que, uh, queríamos decirle antes de la graduación que aprendimos mucho de usted este año- quiero decir, ¡aprendimos mucho de todos en el equipo!, de Oikawa san también, por supuesto… pero Iwaizumi-san siempre hizo tiempo extra para nosotros, como ayer… así que quería… decirle… –se pasó las manos por el cabello y frunció el ceño hacia el suelo– Gracias –su expresión se agravó, como si no fuera lo que quería decir realmente.

Hajime, gracias a ciertos soplones, ya tenía idea de lo que Kindaichi probablemente quería decir. Se acercó un par de pasos y le dio una palmada en el brazo con una sonrisa.

–No te preocupes por eso. Yo sé que Oikawa puede ser una molestia a veces, así que me encargué de compensar sus faltas cada que pude. Pasar un poco de tiempo extra con ustedes realmente no fue la gran cosa.

–Ah, bueno… aun así. Incluso en la escuela media siempre nos ayudó mucho. Es que realmente quería que supiera que… yo… realmente lo agradezco. Mucho.

–Como dije, no te preocupes por eso. Solo asegúrate de no aflojar cuando no esté, espero verlos de nuevo en la corte cuando estemos en la universidad. Aunque sea en el lado contrario.

–¡Por supuesto! El próximo año… el próximo y el que sigue, ¡no perderemos!

–Espero ver eso.

Y puede que Hajime haya sido un poco muy alentador o que Kindaichi haya estado un poco muy determinado, pero el caso es que se lanzó encima de Hajime y presionó sus labios contra los de él en un casto beso. Apenas y se había alejado, su expresión completamente horrorizada, cuando Hajime fue halado por la parte de atrás del cuello de su camisa y arrastrado lejos de las escaleras y de Kindaichi.

No le sorprendió saber que había sido Oikawa el que lo llevaba a tropiezos cuando, al girar en una esquina, se detuvieron de golpe.

–No puedo dejarte solo un mimnuto, Iwa-chan. –Su tono era ligero, pero su expresión le delataba.

Hajime le dio una palmada atrás de la cabeza.

–¿Siempre has tenido esa costumbre de seguirme como a un esposo infiel o es esta una nueva evolución?

Tooru lo dirigió una mirada de absoluta furia.

Relájate, Tooru, maldición. Solo fue un besito. Sabía que no iba a ningún lado aun antes de que sucediera.

–No fue solo un beso. –Siseó Tooru.

Hajime se sintió mal por la repentina sonrisa que le atravesó los labios, pero Tooru era tan hipócrita que Hajime no pudo evitarlo. Se acercó un poco más para susurrarle.

–Supongo que tendrás que hacerme olvidar todo esto más tarde.

Tooru se quedó congelado en su lugar, Hajime escapó a clase justo a tiempo para la campana.

Kindaichi no se apareció durante la práctica, pero Tooru siguió al pie de la letra la sugerencia de Hajime. Agresivamente.

Pasó algunos días tratando de encontrar las palabras apropiadas para Kindaichi. Palabras que lo animaran a seguir entrenando, pero que no le dieran esperanzas de algo más. Falló un par de veces, fue invitado a una cita una vez luego de un muy torpe intento, y más de una vez fue rescatado por un Tooru muy molesto.

Eventualmente se dio cuenta de que mencionar a Tooru y a sí mismo en su discurso inspiracional ayudaba a mantener a Kindaichi a raya. Usar el nombre de Tooru en vez de su apellido incrementaba la efectividad y sabía que estaba enviando el mensaje de “no disponible” con bastante claridad, pero no afectaba el desempeño de Kindaichi en el club. Luego de que por fin consiguió llevar la conversación con la medida exacta de todo, encontró a Tooru que habia estado espiándolos a la vuelta de la esquina, posando contra la pared con una sonrisa relajada en su expresión.

–Mírate, Iwa-chan. Motivando a los niños.

Alguien tiene que hacerlo. –Respondió enfáticamente mientras Oikawa le pasaba un brazo sobre los hombros. Hajime portaba el aire del vice capitán responsable, pero sabía que su expresión no concidía cuando a Tooru se le atoró la respiración y sus orejas se tiñeron de rojo.

Pasó una semana estudiando, cuando la idea de liberarse del bucle repentinamente y encontrarse con que llevaba más de un mes de atraso en la escuela lo asustó hasta casi provocarle un maldito infarto.

Pasó otro par de días buscando posibles locaciones para un apartamento que pudiera compartir con Tooru en la universidad, encontrando eventualmente uno con un precio razonable, que parecía estar bien mantenido, y que se encontraba convenientemente cerca de la estación de tren. Se tatuó la locación en la memoria con la desesperada esperanza de que algún día le fuera útil.

Pasó un montón de tiempo escapando de clases con Tooru para jugar voleibol o cualquier otra cosa que él quisiera hacer ese día, ya que antes del martes interminable jamás habían faltado a clases a propósito ni una sola cez, y Tooru parecía sentirse muy emocionado haciéndolo. Hajime descubrió que disfrutaba viendo la sonrisa rebelde que pasaba por su rostro cada vez que checaba la hora en su teléfono, mientras deberían haber estado en clases.

Pasó unos días tratando de averiguar qué era lo que le gustaba acerca de Tooru a pesar de que era un cabezahueca.

Escribió una lista cuando estaba sentado en la habitación de Tooru, pretendiéndo escuchar cómo se quejaba de odiar química, pero descubrió que todo lo que escribió eran insultos.

–¿Me estás prestando atención, Iwa-chan?

–Nope –contestó, ni se molestó en levantar la mirada. El papel fue repentinamente arrebatado de sus manos y Tooru lo observó con expresión descontenta, probablemente preguntándose qué contenía que le arrebataba toda la atención.

–¿Qué es esto? –Preguntó inexpresivamente, sus ojos reducidos a líneas.

–Estaba pensando en titularlo Una Oda a Tooru

Y oh, también le gustaba muchísimo la manera en la que Tooru de repente se hacía más atento cada vez que Hajime usaba su primer nombre. Suponía que uno de los beneficios de el bucle de tiempo era que Tooru nunca se acostumbraría a ello.

Se preguntó si debería reservárselo únicamente para ocasiones especiales cuando por fin se liberara.

–Iwa-chan.

–¿Sí?

–¿Por qué dice aquí que no tengo buenas cualidades y que debes tener el síndrome de Estocolmo?

–Si ya has descartado todas las posibilidades, cualquiera que quede debe ser la verdad. –Bromeó, lo que resultó en un ataque que terminó con Hajime atado a una silla con cinta y una clase en la que aprendería algunas cosas sobre el verdadero síndrome de Estocolmo.

Amaba al idiota. No necesitaba una razón tangible para ello.

Perdió la noción de cuantos martes habían pasado en algún punto luego del primer mes, pero un vago conteo se mantuvo en el fondo de su mente que le dijo que llevaba tres o cuatro meses antes de mencionarle el bucle a alguien que no era Tooru.

A Kunimi, entre todos los demás.

Fue un día en el que dejó que Tooru lo arrastrara al instituto a pesar de que había planeado navegar la red de PlayStation para jugar cualquier cosa que se viera interesante.

Trajo su PS Vita consigo de todos modos y fingió un dolor de estómago para sentarse en la banca. Kunimi, tan listo como siempre, no tardó en imitarlo.

–Odio las mañanas. –Fue el sustituto de saludo de Kunimi. Hajime le dio una sonrisa rápida antes de tener que esquivar un balón que Hanamaki “accidentalmente” remató en su dirección, probablemente molesto de tener que encargarse de la práctica en reemplazo de Hajime.

–Yo odio las mañanas de los martes específicamente. –Respondió Hajime– Son las peores. Tampoco ayuda mucho que ultimamente todos los días son martes. –Y por primera vez en todo el año la expresión de Kunimi cambió de apatía a confusión. Pensando que no haría ningún daño, Hajime le explicó– Estoy atrapado en un gusano de tiempo. Llevo meses en este martes. –La expresión perpleja de Kunimi no cambió mucho, pero parecía estar haciendo lo más cercano que podía a quedarse boquiabierto. Hajime se encogió de hombros y continuó jugando.

Unos minutos de silencio transcurrieron entre tanto y Hajime supuso que Kunimi había decidido creer que había escuchado mal.

–¿Cómo has quedado atrapado en un gusano de tiempo? –Preguntó Kunimi, y fue tan inesperado que hizo que Hajime muriera en el juego.

–Uh… –Hajime parpadeó– No lo sé, solo pasó.

–Pero algo debió suceder. –Dijo Kunimi, apartando la mirada justo a tiempo para ver como Kindaichi caía de bocas al suelo– Algo ocurrió en el primer día que causó todo eso.

Hajime no perdió el tiempo preguntándose sí Kunimi le creía o no, perplejo por el hecho de que Kunimi de verdad estaba prestando atención a algo y recordando lo centrado que era y cómo podría ser de ayuda para ofrecer algún consejo que al aficionado de la ciencia ficción, Tooru, no se le ocurriría jamás.

Se sentía como años atrás, pero vivir el eco del mismo día le impedía olvidarlo por completo.

Fue un día normal. Despertó, trató de no destrozar su mierda de teléfono cuando sonó la alarma, fue al voleibol y al instituto, luego fue a casa de Tooru.

Kunimi iba a preguntarle algo más cuando Kindaichi se dejó caer de golpe en medio de los dos, con hielo sobre la nariz. La expresión de Kunimi cambió a algo que parecía lo más cercano posible a la exasperación cuando Kindaichi soltó una disculpa apresurada y completamente innecesaria para Iwaizumi por ser tan torpe.

Hajime pasó el resto del día tratando de recordar qué sucedió ese primer día.

Pasó el día siguiente recreando el día original, tratando de hace y decir las cosas que hubiera dicho y hecho antes de que todo empezara, encontrándolo difícil alrededor de Tooru, pero arreglándoselas para lograrlo. Fue luego de clases, en casa de Tooru, cuando se dio cuenta de que no recordaba la última parte del día.

¿Se quedó en casa de Tooru? ¿se fue a su casa? ¿salió a correr?

¿Se metió un pase de alguna droga súper fuerte que le hizo desmayarse y todo esto era un maldito viaje extendido de ácidos?

Aun si tuviera alguna idea de dónde venden drogas, probablemente seguiría sin ser una opción viable. El cuerpo es un templo y toda esa mierda.

Pero en serio, ¿qué hizo ese primer martes?

Mandó al carajo toda esa estupidez de recrear el día junto a su presión arterial que subió hasta el techo y llegó hasta la galaxia de Andrómeda. Cuando Tooru empezó a lanzarle miraditas de preocupación, Hajime se encogió a su alrededor y se durmió al ritmo de una mano acariciándole el cabello.

Unos días después, luego de intentar recrear su día varias veces en distintas posibilidades, sacó a Kunimi del gimnasio durante la práctica de la mañana para hablar con él.

–Necesito tu ayuda.

Kunimi frunció el ceño mirando los rostros de varios compañeros de equipo que les miraban antes de que se cerrara la puerta y Hajime tuvo que arrastrarlo lejos cuando notó que la misma puerta se abría levemente, probablemente para espiarlos. Probablemente Tooru.

–¿Se trata de Kindaichi? –Preguntó Kunimi– Porque ya he intentado hablar con él.

–¿Qué? Ah, no. Esto es, uh, algo diferente. Traté de que Tooru me ayudara ya, pero creo que eres más listo que él para ciertas cosas. No le digas que dije eso, o se va a comportar como un imbécil el resto del día.

Un rastro de humor pasó por la expresión de Kunimi por un segundo, antes de que Tooru brincara de atrás de un maldito arbusto.

¿Disculpa? ¿Acabas de decir que Kunimi es más listo que yo?

Hajime rodó los ojos y volvió su atención a Kunimi.

–Estoy atrapado en un bucle temporal. –Como era predecible, su audiencia se quedó en silencio. Bueno, momentáneamente.

–¿Por qué le pedirías ayuda a Kunimi con eso? –Preguntó Tooru, saltándose la etapa de escepticismo directo hasta la ofensa.

–¡Porque tu método para ayudar es utilizar argumentos de películas! –Le gritó– Se lo conté a Kunimi una vez y la verdad fue muy racional al respecto, aunque no me creyera.

–¿Por qué siquiera intentarías contarle? –Murmuró Tooru, aun dolido por no haber sido incluido en la pequeña reunión.

—Estábamos sentados pretendiendo estar enfermos para saltarnos la práctica y pensé bueno, ¿por qué diablos no?

Una pausa.

–¿Te estabas saltando la práctica? ¿Cómo pudiste, Iwa-chan?

–He estado viviendo el mismo maldito día por meses. –Se volvió hacia Kunimi nuevamente, que había estado en silencio durante todo el intercambio. Como esperaba, había reacomodado su rostro para verse nuevamente inexpresivo– La ultima vez dijiste que algo debió suceder durante el primer martes, así que intenté recrearlo tan bien como pude, pero no logro recordar cómo comenzó. Ni siquiera recuerdo lo que hice después de clases, lo que significa que o algo muy raro pasó o absolutamente nada pasó.

Kunimi solo lo observó por un rato y casi podía escuchar las tuercas moviéndose en la cabeza de Tooru, pensando en algo que sonara definitivamente más inteligente que lo que fuera que iba a decir Kunimi. Kunimi probablemente estaba preguntándose si Hajime olvidó tomar su medicación esa mañana.

–¿Cómo funciona? –Preguntó Kunimi al fin– El bucle.

–El día se reinicia exactamente a medianoche y me despierto a las 5 am cuando mi alarma suena –O, para su eterna frustración, inmediatamente antes de que suene. Pero ya lo aceptó, a regañadientes. No es que tuviera más opción.

–¿Exactamente a medianoche? –Preguntó Tooru.

–Sí –Respondió, y podía sentir como Tooru se encontraba ya organizando su estúpido plan para confesarse, en vez de pensar en formas de ayudarle.

–Qué raro, –dice Kunimi– ¿porqué pasa justo a medianoche? No entiendo porqué un bucle de tiempo se regiría por la zona horaria de Japón.

–Es un bucle de tiempo, no se supone que tenga sentido. –Tooru explicó, rodando los ojos.

–Si no tiene sentido, solo significa que tenemos que buscarlo. –Contestó Kunimi suavemente, para la ira de Tooru. Probablemente porque él nunca sería capaz de decir algo tan profundo en su vida.

Hajime empezaba a creer que Kunimi era el tipo de personas que era tan listo que la escuela no le suponía un reto, he ahí la razón de su perpetuo desinterés.

Eso, o era un nerd aun mayor que Tooru.

De cualquier manera, Hajime agradeció el hecho de que Kunimi le siguió la corriente calmadamente con toda la mierda que le contó. A fin de cuentas, Hajime supone que esperó demasiado. Toda esta ciencia ficción llevada a la realidad también era más de lo que Kunimi podía manejar. Pero al menos le había dado algo en lo qué pensar.

¿Qué sucedió ese primer día? ¿por qué a media noche?

Fue un día en el que se saltó las clases con Tooru que por fin recordó.

–Espera, ¿trece mensajes sin leer? Le pongo amor y cuidado a esas fotos, ¿y tu ni siquiera las abres? –Se quejó mientras buscaba en el telefono de Hajime.

Estaba a punto de darle un sermón por su narcisismo por millonésima vez, cuando Tooru se tropezó sobre una roca y al levantar los brazos para estabilizarse, catapultó el telefono de Hajime por los aires, cayendo por el costado del precipicio por donde hacían senderismo. Observó con fascinación mórbida como el aparato golpeaba cada piedra que se encontraba en su camino abajo, hasta que por fin le golpeó el recuerdo.

Se giró rápidamente hacia Tooru, quien levantó las manos en forma defensiva y dio unos pasos atrás, tratando de pensar en una ruta de escape.

–Por favor no me tires abajo a mi también –suplicó.

Hajime lo tomó de los hombros y lo besó.

–Te quiero –le dijo al estupefacto Tooru, arrastrándolo de vuelta camino abajo.

Tooru se las arregló para recrear el final de ese primer martes siendo un torpe imbécil. Hajime dejó caer su estúpido teléfono en el camino a casa, arreglándoselas para olvidarlo completamente cuando despertó y era martes otra vez.

No tenía sentido, excepto que sí lo tenía. El reinicio ocurría en el segundo exacto en el que daba la media noche según marcaba la hora su teléfono. Le había roto la pantalla y causado daños mínimos muchas veces a lo largo de este bucle del infierno, pero nunca lo había dejado completamente infuncional, nunca había apagado el aparato.

Se separó de Tooru cuando llegaron a sus casas, ignorando la esperanzada confusión y las vacilantes preguntas que le dirigió, para poder encerrarse en su habitación y dormir. Una hora después, Tooru entró por la puerta como un rayo de determinación con la intención de resolver todo lo que Hajime no había dicho.

Hajime lo arrastró a la cama con él, prometió que hablarían el día siguiente, y se durmió envuelto en los posesivos brazos de Tooru.

***

Sus ojos se abrieron precisamente tres segundos antes de que su alarma gritara como el infierno en su oído, alguna canción pop de mierda que Oikawa había descargado en su teléfono y que Hajime había aceptado porque era lo suficientemente horrible como para hacerlo levantar de la cama (aunque fuera solo para odiar el mundo en el que vivía).

Se sentó calmadamente, resignado ya a tener que levantarse con esa mierda. Tomó su teléfono, lo sacó de la carcasa protectora y bajó las escaleras para buscar un martillo.

***

Una mano en su frente y una ligera sacudida de hombros lo despertaron. Se dio la vuelta con un gruñido, doblando las rodillas hasta el pecho.

–Iwa-chaaaaan –Un lloriqueo muy familiar le llegó a los oídos– Ya casi es hora de la práctica y aun tratas de dormir.

Parpadeó pesadamente ante el mundo borroso que tenía en frente antes de enderezarse, encontrándose con la cabeza de Tooru en el camino. Ignoró el dolor y las quejas de Tooru mientras tanteaba la superficie en búsqueda de su teléfono, no lo encontró donde siempre estaba, o en cualquier otro lugar al que podría haberse deslizado.

–¿Qué estás haciendo? –Preguntó Tooru agarrando su nariz.

–Es martes, ¿verdad?

–Siiii.. ¿?

–Márcale a mi teléfono. –Cuando Tooru solo parpadeó, Hajime buscó en sus bolsillos hasta encontrar su teléfono.

–Un poco inquieto esta mañana, eh. –Preguntó Tooru, demasiado divertido para esta hora de la mañana.

–No tienes la más mínima idea. –Contestó. Encontró su número en la lista de contactos y marcó.

Directo a buzón de mensajes. Su mirada se desenfocó mientras miraba el teléfono, escuchando su propia voz en miniatura decirle que dejara un mensaje.

–¿Qué sucede? ¿Dónde está tu teléfono? –Escuchó preguntar a Tooru, su voz sonaba a kilómetros de distancia.

¿Funcionó?

¿El maldito teléfono era la clave de todo?

¿Por qué? ¿cómo?

No importa, maldición, se había acabado. Su teléfono estaba arruinado y este sería el último martes que tendría que sufrir. Probablemente. Solo estaría completamente convencido cuando llegara el miércoles. Con todo lo que vivió, el maldito aparato podría continuar aterrándolo desde la tumba.

–Iwa-chan, vamos a llegar tarde a la práctica.

–Si… si, lo siento. Un momento. –Dijo, y le entregó el teléfono a Tooru. Se levantó de la cama y saboreó la manera en la que los ojos de Tooru se iluminaban ante la vista de su piel cuando se estiraba.

El miércoles, se prometió. El miércoles le contaría todo. Todo.

–¿Qué le pasó a tu teléfono? –Preguntó Tooru, observando descaradamente como Hajime se vestía.

–Lo perdí cuando estaba haciendo senderismo.

–¿Entonces no recibiste mis mensajes de anoche?

–Yo no, pero tal vez un oso sí.

–No me tomé todas esas fotos para que las viera un oso, Iwa-chan. Te las voy a mostrar en el camino a la práctica.

–Estoy bien, gracias.

–¡Pero puedes estar más que bien! Mientras ves como yo estoy más que bien. –Excamó con una sonrisilla traviesa.

Fueron a la práctica, fueron a clase. Molestó a Tooru junto a Hanamaki y Matsukawa en el almuerzo, motivó a kindaichi antes de práctica, le agradeció a un desconcertado Kunimi por su ayuda, hizo su tarea en la casa de Tooru y se fue a dormir.

Se despertó con su nueva alarma: Tooru.

–¿Es martes? –Preguntó, tratando de no dejar que su ansiedad se reflejara en su tono.

–Es miercoles, Iwa-chan. Ayer fue martes.

–Ah, –dijo y se dejó caer hacia atrás otra vez en la cama– Es miércoles. –Repitió. La monotonía en su voz ocultaba el caos en su cabeza.

–Sí que lo es. –Se rió Tooru y se inclinó a su lado.

Fue el sonido más hermoso que Hajime haya escuchado.

Sonrió.

–Tooru… oye, he estado pensando… nuestras universidades no están tan lejos entre sí. Tal vez podríamos conseguir un lugar juntos, en algún lugar en el medio.

***

A 820 millones de kilómetros a la distancia, el astrofísico a bordo de la brillantemente nueva nave espacial intergaláctica de una especie originaria de la Galaxia Andrómeda, trató de disimular su angustia mientras el capitán apretaba furiosamente sus dos filas de dientes.

–Esto es un desastre –escupió y cada escama de su cuerpo se levantó en irritación– ¿Tienen alguna idea de las repercusiones que esto podría tener si se enteraran en casa? Tenemos que hacer un inventario inmediato y revisar los accesos para verificar quién ha ingresado resientemente al Oscilador Kiandriev-Orso.

El pobre astrofísico estuvo completamente de acuerdo, deseando al mismo tiempo haber rechazado la invitación de último momento que le habían hecho para unirse al equipo de exploración en el planeta PNF-404. Se había sentido mal por haber hecho tropezar a aquel terrestre, se veía tan molesto entonces por el aparato que se había roto en la caída. Era un dispositivo era embarazosamente simple, arreglarlo había sido pan comido, ¿y qué si le hizo una pequeñísima mejora? Solo se suponía que iba a recibir una mejor señal telefónica e invalidar cualquier necesidad de recargar la energía en el futuro.

¿Era realmente su culpa el haber olvidado desactivar el estabilizador entrópico? Se suponía que era un modelo obsoleto, de todas formas. Ellos habían estado usando esa cosa como palillo de dientes por eras.

–Supongo que deberíamos agradecer que no haya pasado nada de mayor magnitud mientras el artefacto estaba activo, pero quien sea responsable de esto lo pagará. Voy a dejar la investigación en sus manos, considerando su experiencia y familiaridad con el dispositivo y con quién haya tenido acceso a él. No me fallé. –El capitán se esfumó iracundo.

Ugh. No sé por qué el capitan está haciendo tanto alboroto por esto –iba diciendo alguien a su amigo mientras pasaban por un lado–. Ni siquiera lo recordábamos.

–Quién sea que lo dejó ahí lo recuerda. Además, dejar tecnología abandonada en planetas subdesarrollados es una ofensa capital, tú lo sabes.

–Bueno, espero que al imbécil lo despidan.

–Verdad que sí.

Cuando lo miraron a él, el astrofísico agregó nerviosamente:

–S-sí, en efecto. Qué idiota.

Notes:

cualquier error o incongruencia o redundancia que pillen, me avisan plis.

Notes:

LMAO