Actions

Work Header

Tale as old as time

Chapter Text

Desde lo alto de la torre más alta, la bestia siguió con la mirada al jinete que se alejaba al galope. Nunca había sentido un dolor como aquel. Reprimió un gruñido, mezcla de risa y grito de frustración. Se agarró al alfeizar de la ventana con tanta fuerza que sus uñas se marcaron en la piedra.

―Yo que lo tenía todo… Que no creía en nada ni dependía de nadie. Ahora cierro los ojos y ahí estás. ¿Qué me has hecho? Ya no vas a irte, ¿verdad? Eres una maldita infección, y nos has condenado a todos. Me has condenado a mí. El que no tenía arreglo, el cínico, el que se reía de todo. Irónico ¿no? Si esto es amor, es algo terrible. ¿Cómo puede alguien desear esto? No lo soporto. Estás lejos, y aun así te he dado el poder de seguir atormentándome. ¿Y lo peor? Que no voy a poder evitar soñar que vuelves, por mí. Noche tras noche ―miró la rosa de reojo―. Por lo menos no tengo muchas por delante.

En el pueblo, la actividad se había concentrado frente a la casa de Enjolras y Cosette. El rumor de lo que estaba sucediendo se había extendido por toda la aldea, y pocos vecinos se habían resistido a perderse lo que parecía que iba a ser el escándalo del siglo. Cuando llegó Enjolras, la gente, que empezaba a aburrirse, comenzó a murmurar de nuevo. Enjolras saltó del caballo y se lanzó hacia la puerta, sin hacer caso a todos los que preguntaban.

En el interior de la casa, Montparnasse sonreía, seguro de su victoria. Sentado en el escritorio de Valjean, con los pies sobre la mesa, se limpiaba las uñas con una pequeña daga.

―A ver, preciosa ―repitió Thenardier―. Decídete. Por las buenas o por las malas. O te casas con Montparnasse, nos quedamos con todo el dinero y encerramos a tu padre en el manicomio, o tu padre nos lo da sin rechistar y desaparecéis los dos para siempre.

Cosette no contestó.

―O también podéis largaros vosotros y dejar a mi familia en paz ―dijo Enjolras desde la puerta. Las cabezas de todos los presentes se giraron hacia él.

― ¡Enjolras! ―gritó Cosette, intentando ir hacia él pero sin poder zafarse del hombretón que la tenía agarrada― ¡Diles que papá no está loco! ¡Igual te hacen caso, a ti que eres un hombre!

― ¿Por qué no iban a creernos a ninguno de los dos? Padre no está loco, nunca lo ha estado. Y vosotros, ya basta. Soltad a mi hermana ―vestido como venía, del baile, y con la actitud regia que siempre le había caracterizado, parecía un príncipe. El hombre que sujetaba a Cosette, Babet, hizo ademán de soltarla, pero Montparnasse, levantándose, se interpuso e hizo un gesto para detenerle.

― ¿No? Pues casi todo el pueblo afirma lo contario. Le vieron venir suplicando a pedir ayuda porque “un monstruo horrible” te había secuestrado. A la vista está que no es cierto, o no estarías aquí, ¿no?

La puerta había quedado abierta tras Enjolras, y todo el pueblo se agolpaba para tratar de ver lo que ocurría en el interior. Enjolras se mordió el labio, dubitativo. Se arriesgaba a exponer a Grantaire ante todo el mundo, pero si no, quién sabe lo que sería de ellos.

―No. Estoy aquí gracias a él. El monstruo existe y puedo demostrarlo ―sin pararse a observar las reacciones de los presentes, sacó el espejo de entre los pliegues de su abrigo y le susurró―muéstrame a Grantaire… ―Cuando la imagen se formó, acarició la superficie suavemente, antes de alzar el espejo para que todo el mundo lo viera―. Así que es cierto, ya podéis iros. Aquí está. Pero no es temible, es bueno, amable y generoso…

E inoportuno porque, como si hubiera sentido la caricia de Enjolras, la bestia emitió un rugido al aire nocturno, teñido de rabia y furia, un rugido que helaba la sangre. Thenardier sonrió. Había visto el oro detrás de la bestia y la riqueza del pequeño espejo, y ahora el botín de Valjean le parecía calderilla. Montparnasse pensó lo mismo y sonrió a su vez, mirando a su compinche.

― ¡El viejo tenía razón! ―exclamó Thernadier―. ¡Hay que acabar con esa bestia…!

― ¿Qué? ¡No! ―trató de impedirlo Enjolras, pero la masa sólo atendía al tabernero, que siguió hablando sin hacerle caso.

― ¡…O vendrá para destruirnos a nosotros! ¿Quién está conmigo?

La multitud vitoreó. Enjolras se vio arrastrado por Montparnasse y atado junto a su hermana, a quien Babet estaba terminando de inmovilizar.

― ¡NO! ¡Esperad, no lo entendéis! ¡Thenardier, para, maldita sea, estáis cometiendo un error!

― ¡Vámonos!

La puerta se cerró de golpe, dejando solos y sumidos en la oscuridad a los dos hermanos. Enjolras se revolvió, intentando liberarse, cada vez más nervioso al oír cómo los gritos de la multitud se hacían cada vez más intensos y, al mismo tiempo, comenzaban a alejarse, sin duda, en dirección al castillo.

―Tengo que avisarle, tengo que decirle que van a por él… ―murmuraba, frustrado.

―Así que es bueno y generoso, ¿eh? ―susurró Cosette. Enjolras la miró, al borde de las lágrimas.

―Me dejó venir a por vosotros, vi que estabais en peligro y me dijo que viniera. Y ahora él está en peligro. ¿Cómo ha podido pasar todo esto? ¿Dónde está papá?

―Montparnasse le encerró en su habitación. No pudo hacer nada porque me estaban amenazando. Te hemos echado de menos, papá casi se vuelve loco de verdad. Queríamos ir a por ti, pero no nos atrevíamos. Perdónanos…

―No hay nada que perdonar, al final no sentía que estuviera retenido. Me salvó la vida, ¿sabes? Un día que intenté escaparme, casi al principio. Y desde entonces dejé de verle como un monstruo. Ahora es simplemente Grantaire. ¡Pero qué llevan estas cuerdas!

―Gírate, déjame ver si puedo soltarte ―dijo ella, apoyando su espalda contra la de él y apretando sus manos entre las de ella antes de ponerse a zarcear con los nudos―. Tienes que volver.

―No sé si me querrá a su lado.

―Tal y como hablas de él, estoy segura de que sí. ¡Ya está! ―exclamó, orgullosa, al notar que había conseguido liberarle. Enjolras se frotó las muñecas y la desató a ella. Ambos se abrazaron.

―Ve a buscar a papá y dile que estoy bien y que volveré cuando todo acabe. Y que os quiero a los dos.

―Oh, hermanito. Creo que es la primera vez que te pones tan tierno. ¿Quién nos iba a decir que iba a ser una bestia la que te enseñaría a amar?

Enjolras la fulminó con la mirada y ella se rio y volvió a abrazarle. Él le devolvió el abrazo.

―Debo irme. ¡Tened cuidado!

―Tú también…

***

Todo el pueblo caminaba hacia el castillo, alumbrado por antorchas y guiado por Montparnasse y Thenardier. La construcción se adivinaba en la oscuridad, cada vez más cerca. De vez en cuando, se escuchaban los aullidos de la bestia que la habitaba, mezclados con los de los lobos que habitaban el bosque.

―Tú acaba con el monstruo, y serás el héroe del pueblo ―iba diciendo el mayor―. No volverá a faltarte de nada.

En el castillo, ya habían advertido que algo se acercaba. Sus habitantes trataban de prepararse lo mejor posible, teniendo en cuenta que el amo los había abandonado. La bestia se había recluido en su torre y cuando intentaron ponerle al corriente de lo que ocurría, su respuesta había sido un triste “que vengan”.

El tercero en discordia, Enjolras, se acercaba galopando. El caballo resoplaba, agotado, pero él seguía espoleándolo, tratando de cubrir la distancia que le separaba de Grantaire en el menor tiempo posible. Cuando llegó al fin, y desmontó del pobre animal, se encontró con un panorama cuanto menos grotesco.

Los habitantes del pueblo peleaban, entre confusos, asustados y decididos, contra los del castillo. Armarios luchando contra hombres, alacenas contra mujeres. Los ignoró a todos lo mejor que pudo, y se lanzó hacia la puerta intentando buscar a la bestia.

***

Cuando llegaron, Grantaire seguía en el balcón. Los vio llegar, y no hizo nada. Vio a los suyos salir a defenderle, y no se inmutó. Escuchó a alguien entrar en la habitación, pero no se giró. Ni siquiera cuando el otro le instó a pelear, ni cuando comenzó a acercarse a él. Porque le había parecido ver algo acercándose por el camino, al galope. Un muchacho rubio vestido de rojo. No podía ser cierto, era imposible de creer. ¿Habría vuelto por él? Seguro que sus ojos le estaban engañando.

Pero no, ahí estaba. Desmontando de un caballo jadeante en el patio de su castillo. La bestia sonrió, lleno de felicidad. Había vuelto. Estaba ahí, no todo estaba perdido.

Una espada le atravesó el hombro, y Grantaire aulló. Esta vez, de dolor físico. Se giró y de un zarpazo, se arrancó la espada y lanzó a Montparnasse contra una de las columnas del balcón. El joven se maldijo por haber fallado una presa tan fácil, pero volvió a coger la espada y se puso en guardia.

―Muere, bestia horrible. Nunca debiste haber estado en este mundo.

― ¿Tú es que eres imbécil o te diste un golpe en la cabeza de pequeño? ¡LARGO DE AQUÍ! ¡Todo el mundo fuera!

La pelea pareció detenerse abajo. Hubo un relámpago, que iluminó la sonrisa de Montparnasse. Ahora era el centro de atención. Era su momento. Lanzó una estocada contra las patas de la bestia, que la evitó encaramándose a la baranda del balcón. Su contrincante volvió a atacar, pero Grantaire fue más rápido y pudo atraparle de la camisa y alzarle por los aires.

―Tú eras el que estaba amenazando al padre de Enjolras. Dame una razón ―gruñó, los colmillos prácticamente rozando el rostro de Montparnasse― por la que no debería lanzarte abajo ahora mismo.

Montparnasse cerró los ojos con fuerza, incapaz de contestar, aferrándose a la garra que le tenía sujeto. Pero volvió a abrir los ojos al oír una voz que venía de la puerta.

― ¡Grantaire, no!

Ambos se giraron hacia Enjolras, que les miraba, sin atreverse a avanzar, despeinado y sudoroso pero igual de firme que siempre.

―Apolo…

―No lo hagas, Grantaire. No eres un asesino, y si le matas les estarás dando la razón, lo usarán de excusa para cargar contra ti ―al ver que Grantaire bajaba a Montparnasse, se atrevió a acercarse, per se detuvo al ver que el otro se revolvía para volver a atacar―. ¡Cuidado!

La advertencia llegó tarde, pero acrecentó el sobresalto de Grantaire, haciendo que bestia y hombre cayeran balcón abajo, y quedaran sobre las tejas. Enjolras bajó por el interior de la torre hasta llegar a una ventana por la que descolgarse para llegar hasta ellos. Cuando lo consiguió, pudo ver en primer plano cómo Montparnasse se abalanzaba contra la bestia, que había quedado tendida, inmóvil tras la caída. A Enjolras le bastó con empujar al joven para desequilibrarle y que cayera abajo. No se giró a mirarle, sino que corrió junto a Grantaire. Había empezado a llover y las tejas resbalaban, pero le dio igual. Como pudo, le arrastró hasta que consiguió llegar a una zona segura, y de ahí, entrar a otro balcón. Grantaire seguía sin responder. Enjolras se apartó el pelo de la cara y buscó el rostro de la bestia.

Entonces le besó, desesperado. Una y otra vez.

―No te mueras, ni se te ocurra morirte. Te quiero, ¿me oyes? No puedes morir ahora.

Pero Grantaire no se movió. Sobre la mesita, el último pétalo se desprendió de la rosa.

Todo el castillo contenía la respiración. Enjolras se negaba a soltar el cuerpo de la bestia. Se había abrazado a él con fuerza, y no le soltó hasta que, entre lágrimas, tuvo que rendirse a la evidencia. Acarició su mejilla, peluda, y tomó su mano con intención de besarla.

―No te he dado permiso…―susurró, antes de hacerlo.

Fue en ese instante, como en un parpadeo, cuando de pronto Enjolras se dio cuenta de que Grantaire ya no estaba a su lado en el suelo, inerte, sino envuelto en luz, a unos metros de él.

Contempló la escena, atónito. El brillo que desprendía le impedía ver su silueta, pero no tenía duda de que era él. De pronto, todo cesó. Enjolras no se había percatado de que Grantaire se hubiera despegado del suelo, pero así debía haber sido, ya que contempló cómo el cuerpo se posaba con suavidad. Volvió a su lado el segundo siguiente, buscando cualquier rastro de vida en el rostro de la bestia.

Pero ya no encontró un rostro peludo y de colmillos prominentes, sino el de un joven algo mayor que él, desgreñado y con la nariz torcida. Enjolras se apartó como si quemara, pero en ese momento, él abrió los ojos, y el verde que vio en ellos le transportó a conversaciones en la nieve y a salones de baile solo para ellos dos. Entonces él sonrió, dejando ver una hilera de dientes desiguales que combinaban con su nariz torcida, y el rubio reconoció a la persona que había aprendido a querer.

―Hola, Apolo…

Enjolras se lanzó a abrazarle, y Grantaire no pudo evitar reír y abrazarle.

― ¡No te rías! ―le recriminó él―. Me habías asustado.

― ¡Au! Perdona, perdona. Bueno. Sabes lo que viene ahora ¿no?

― ¿El qué?

―La pregunta del millón….

El otro le miró sin entender.

― ¿Qué pregunta?

―Enjolras…, ¿quieres casarte conmigo?

El aludido boqueó, atónito, sintiéndose estúpido. Obviamente, era el paso a dar. Y quería darlo, claro que quería. Y se estaba tomando demasiado tiempo para contestar, Grantaire iba a pensar que no quería. De hecho, le estaba mirando, tenía que darse prisa. Pero se le había olvidado cómo se hablaba, así que simplemente asintió. Muchas veces. Lo siguiente que supo era que estaba en brazos de Grantaire y que esta vez era él el que le besaba.

Enjolras se agarró a su camisa, con la certeza de que ya nunca le dejaría ir.

 

Notes:

Mil años después, he vuelto.

La verdad es que esto estaba escrito hace tiempo, pero no sé por qué, no llegué a publicar. Con esto del confinamiento, me he puesto a revisar cosas que tenía por ahí, y ha vuelto a salir a la luz. Vuelvo a poner el capítulo, porque había pequeños fallos y algún que otro cambio. Dentro de unos días subiré el segundo, y despúes, el tercero y último.

Y como siempre, gracias por leer! Y quién sabe, quizás ahora retome este viejo pasatiempo...

Series this work belongs to: