Chapter Text
Joseph no duda que el número de heridos y bajas sea considerable, a pesar de la brevedad de la batalla. Algo que ha descubierto es que la rapidez de una contienda puede ser tan perjudicial como una campaña de varios meses; hasta podría decirse que lo reconoce como una verdad innegable, sin embargo, no deja de ser desalentador... Todo este escenario es desalentador...
Para algunos otros oficiales, tal vez sea demasiado ingenuo e inexperto para su puesto, pero entiende los alcances de toda esa violencia; los ha visto reflejados en la profundidad de los ojos de los hombres que luchan a su lado, en los rostros cansados y temerosos de los locales, incluso en las facciones inciertas del enemigo; los ha visto en cada uno de los pueblos destrozados, en los campos arrasados, en los cuerpos esparcidos en la tierra como semillas de tristeza, ira, desamparo. Los ha visto tanto que ni siquiera imagina no poder verlos más. Se adhieren a sus pulmones con cada inhalación, a su piel con el calor del sol y el frío de la lluvia, a su corazón con cada segundo que pasa en esa guerra; se quedan grabados en su mente de manera indeleble.
Suspira; está cansado, pero no puede demostrarlo, no cuando el día aún no termina, no cuando la lucha aún no acaba. Está parado junto a los puestos de ayuda médica. No tiene ninguna instrucción médica formal, más que lo que ha aprendido por experiencia propia o por hablar con el personal de salud, pero al menos puede apoyar las labores de la tienda de triaje. Los ha visto tantas veces que puede decir que conoce bien los signos de la muerte en un hombre herido; a su pesar, sabe cuándo es demasiado tarde, cuándo lo único que queda por hacer es sostener la mano del que pronto se irá.
Antes de que comenzara ese infierno, su mayor apuro, en cuanto a heridas, había sido las que su hermano se ocasionaba en su imprudencia infantil. Como esa vez en que subió al árbol al final del sendero a su granja. La noche anterior había llovido y el lodo se adhería a sus suelas pesadamente, pero Tom alardeaba de que podría subir más alto que él -no es que Joe hubiera sido más sensato, en su momento-. Tom resbaló y cayó. Fue tan rápido que Joseph ni siquiera alcanzó a respirar. Afortunadamente Tom no cumplió su cometido inicial -llegar muy alto-, porque, si no, la caída habría sido peor; sin embargo, el estúpido no salió ileso: obtuvo tres dedos de la mano derecha dislocados y un golpe en la cabeza, que, por suerte, sólo dejó un chichón y una fuerte reprimenda de su madre a ambos... Habría deseado que esa lesión hubiera sido permanente y que hubiera evitado que Tom fuera reclutado, lo habría deseado tanto, pero se recuperó al cabo de unas semanas e incluso aprendió a valerse más de la mano izquierda en el proceso. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde eso?
Muy rápido, el tiempo ha pasado muy rápido. Tom ya no es un niño; si lo fuera, Joseph no tendría que cargar con esa constante preocupación. Quiere darle algo de crédito a su hermano menor, pero lo conoce, sabe cuán imprudente puede ser y, aunque su pasión y bondad le ayuden en ocasiones, no siempre sale bien librado; no obstante, también es inteligente, Joe le concede eso y en eso confía cuando piensa que, como él, tiene que vivir la guerra en carne propia... Carne tan frágil que en un segundo puede recibir mil daños: ser consumida por las llamas o envenenada por los gases, ser atravesada por las balas, ser desgarrada por los cuchillos, ser completamente destruida por la artillería... El teniente Joseph Blake parpadea y ve que unos camilleros transportan a un herido; el hombre ha recibido un balazo en la pierna, por fortuna, lejos de cualquier arteria vital, pero, aun así, parece que ha perdido mucha sangre. Joseph se lo hace saber y les insta amablemente a que se apresuren.
- ¿Teniente Blake?
- Sí - al voltear se encuentra con un soldado sin equipo ni armas; su voz y su rostro muestran el peso de un cansancio demasiado añejo. - ¿Necesitas asistencia médica?
- No, señor. Soy del octavo.
Joseph no ve la razón por la que no podría necesitar ayuda -todos la necesitan-, sino que se pregunta qué demonios hace tan lejos de su regimiento; sin embargo, pronto toma conciencia de que habla del mismo al que pertenece Tom. - ¿El octavo? Debes conocer a mi hermano. - Es poco probable, porque el octavo está compuesto de muchos hombres, pero se trata de Tom, es imposible que no se haga notar. Cuando Joe se acerca, se da cuenta de que el otro soldado lleva la insignia de cabo.
- Fue enviado aquí con él.
Algo se apaga en el semblante del cabo, pero Joe no se percata, emocionado por la posibilidad de volver a ver a su hermano menor y escuchar sus tontas historias. - ¿Tom está aquí? ¿Dónde está? - y lo busca en la periferia. No puede evitar sonreír y sentir que su corazón late veloz. El hombre tarda en responder y, en ese lapso, Joe lo entiende antes de escucharlo: la sombra que aparece en su mirada, su respiración que se agita, el modo en que pasa saliva, como si las palabras que está a punto de pronunciar fueran letales... y ciertamente lo son.
- Fue muy rápido - dice en casi un susurro.
Es todo.
- Lo siento - agrega y nada más. ¿Qué más podría decir?
Joe tensa la mandíbula y parpadea levemente, pero esta vez porque algo empieza a formarse en sus ojos. "Fue muy rápido". Él conoce el significado de esas palabras, la verdad detrás de esas palabras, él mismo las ha usado muchas veces... Apenas ve que el hombre busca en su bolsillo, pero extiende la mano cuando se le ofrece algo. Son los anillos y la placa de identificación de Tom... Por unos segundos, el mundo parece detenerse, ¿o es su corazón? No, no, tiene que ser el mundo, porque no puede sentir los rayos del sol, ni el ligero viento que sopla y mueve la hierba, tampoco puede oír el estruendo restante de la batalla ni la agonía de los heridos en la carpa médica, sólo puede ver la placa y los anillos de Tom en su palma... Sangre, tienen sangre. ¿Por qué tienen sangre? ¿Qué tan rápida fue su muerte si sus cosas están manchadas de sangre? ¿Fue más rápido que cuando cayó del árbol al final del sendero en su granja? Los anillos... Tom usaba los anillos en la mano derecha. ¿Esta vez también se dislocó algunos dedos? Seguramente dolió, siempre lo hace... No, nada se ha detenido, todo sigue fluyendo, como siempre, como la sangre. Todo es real.
- ¿Cómo te llamas? - dice automáticamente, sin verdadero interés, pero algo le debe a este sujeto, ¿o no? Ser mensajero de una noticia como esa no es algo agradable, conocer su nombre es lo único que Joseph se cree capaz de darle. Sin embargo, Joseph no escucha, completamente concentrado en el peso de su mano izquierda... - Tom, maldito idiota - piensa y, entonces, recuerda poner atención al hombre que está frente a él. - Perdón, ¿qué?
- Es Schofield, señor. William Schofield.
Joe asiente sin entender del todo, pero deseando asirse a algo, cualquier cosa que no sea la imagen de Tom muerto.
- Will - el otro hombre agrega suavemente al notar la conmoción en su rostro y Joe asiente otra vez.
- Bueno, necesitas algo de comida. Obtenla en la carpa comedor - pasa el trago más difícil de toda su vida y mueve la cabeza hacia un lado, haciendo acopio de todas sus fuerzas para contener las lágrimas. - Maldito Tom... - Piensa, mientras sus pulmones se esfuerzan por respirar. Su pecho se siente tan apretado, porque eso no tendría que haber sucedido. - Imbécil. ¿Por qué no te traje conmigo? Podría haberte cuidado... Seguirías vivo... - vuelve sus ojos a las pertenencias de su hermano. - ¿Cómo moriste? - no está seguro de querer saberlo.
- Si me lo permite - Joe levanta la vista cuando el cabo vuelve a hablar -, me gustaría escribirle a su madre, decirle que Tom no estaba solo.
Maldita sea... Su corazón se rompe un poco más. Su madre no tendría que pasar por eso. Su mandíbula tiembla y Joe afirma con dolor y se traga el llanto una vez más. - Por supuesto - logra responder a través del nudo que cierra su garganta. - ¿Realmente seguiría vivo? ¿Podría haberlo cuidado? - Joe se pregunta con amargura.
- Él era... -Schofield se ha acercado nuevamente - él era un buen hombre.
Sí, era un buen hombre, gentil y muy idiota... Joe baja la mirada.
- Siempre contando historias divertidas.
Tom y sus estúpidas historias... Joe observa a Schofield y parpadea, los ojos más húmedos... Ya no podrá escuchar esas historias, ni sus desafinadas canciones o sus desesperantes quejas en la temporada de recolección de las cerezas... ¿Podrá él siquiera volver a hacer eso? ¿Querría hacerlo sin Tom a su lado?
- Él salvó mi vida - finaliza Schofield.
Tom no estuvo solo, y su muerte fue rápida -sabe que es una mentira, pero se aferrará a ella con uñas y dientes-, y era un buen hombre, y contaba historias divertidas a sus compañeros, y salvó a alguien más... Tom, estúpido. Tom, su hermano. Tom... que ya no tiene que soportar esto, que se ha librado de esto. - Me alegro de que estuvieras con él - Joe dice con la voz aún temblorosa y estira la mano, porque este hombre se merece más de él que el simple hecho de conocer su nombre. - Gracias, Will - menciona con seguridad y certeza -las únicas que cree poseer en ese momento- y por fin cierra el puño, aceptando las cosas de Tom. El agarre de Will es firme y, al mismo tiempo, suave y Joe quisiera quedarse ahí más de lo habitual, pues todo lo demás se tambalea a su alrededor, pero Will se aparta lentamente. Y Joseph lo entiende, entiende la fatiga y el desaliento en el semblante de Schofield, entiende que necesita hacer una pausa para poder seguir, porque Joseph también lo necesita...
La batalla aún no termina y, aunque tiene que ser fuerte y guardar su desconsuelo y sus lágrimas para otro momento -¿cuándo?-, el teniente Joseph Blake se permite un breve instante antes de regresar a sus deberes, en tanto el cabo William Schofield se aleja con paso inestable hacia un roble que se alza solitario en la llanura.
~.~
¡A la chingada la muerte!, dije,
sombra de mi sueño,
perversión de los ángeles,
y me entregué a morir
como una piedra al río,
como un disparo al vuelo de los pájaros.
