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Capítulo 4
Arthur tardó más de lo habitual en arreglarse. Escogió su ropa combinando los mismos colores de siempre para estar seguro que no desentonaba. Además, no quería darle la oportunidad a Francis de llevar la ventaja en su enfrentamiento sin nombre. Luego, después de dar a su cabello como un caso perdido, buscó su computadora y encontró lo que buscaba en el primer intento. La página le devolvió la imagen con la fecha y la hora. Si salían dentro de treinta minutos, llegarían con margen suficiente. Mandó el documento a la impresora, mientras regresaba al baño sin tener en mente una acción en concreto.
No había gran cosa en la repisa, y con todo, la revisó con gesto vago y nervioso a la vez. Descubrió un frasco olvidado, que había jurado que nunca usaría. Se lo había regalado Anne Marie la última vez que visitó Seychelles con motivo de su cumpleaños. La chica le había dicho que aquel aroma le recordaba a Londres, y él se había apresurado en cuestionar si es que el perfume olía a cañerías. Anne Marie se había reído, y pronto, cambiaron de tema, porque a Arthur no le gustaban los regalos ni todo el protocolo que generaban. Solo en las últimas horas del día, Anne Marie añadió que Francis había sido el que hizo la observación entre el olor del perfume y Londres.
Destapó el perfume. No olía a cañería, para su alivio. Sin embargo, Anne Marie había estado en lo cierto. Aquel perfume lo transportó a un Londres de antaño, entre la revolución industrial que se desarrollaba en cara al público y la magia que seguía impregnando la mente de cada inglés. Se echó un poco de aquel perfume, preguntándose si alguien más se daría cuenta de su olor.
Buscó en la impresora el documento que necesitaba, lo dobló y se lo metió en el bolsillo. Luego, ya por fin, se acercó a la cocina donde Francis hace mucho que había preparado el té prometido.
—Pensé que habías huido por la ventana —dijo al verlo.
Lo descubrió examinándolo de pies a cabeza, como esperando desentrañar qué secretos ocultaba. O, tal vez —y a Arthur no le acaba de aliviar aquella idea—, apreciando lo que había conseguido tras años intentando decidir por los mejores colores para vestirse, su rostro recién afeitado y pulcro, y el nuevo perfume que se había colocado solo para él.
Espera, no. “¡No es para él!” casi se gritó Arthur, envuelto en pánico. No había nada en sus acciones que hubiera realizado en honor a Francis.
—Me arrepentí a último minuto —dijo Arthur, mientras Francis le tendía la taza de té que había tenido que volver a calentar. No sabía igual. Entre sus dotes culinarias no destacaba crear el té perfecto.
—Te ves bastante guapo —dijo Francis, en un cumplido común y corriente que provocó que el rostro de Arthur ardiera—. ¿Tienes una cita? Digo, aparte de mí.
—Solo te tengo a ti —masculló Arthur, como si fuera un hecho al que se había resignado—. Vamos a salir.
Arthur le mostró el papel que había impreso. Se trataba de dos boletos para el teatro. La obra en cuestión estaba a punto de culminar su temporada. Arthur ya la había visto. Es más, había ido el mismo día de estreno y luego un par de veces más, solo y acompañado. Se trataba de una de sus obras favoritas.
Francis sonrió, sin sospechar sus verdaderas intenciones.
—¡Perfecto! —exclamó—. Tú sí sabes lo que me gusta.
—Indudablemente —dijo Arthur—. Te he sufrido toda mi vida. Algo se me habrá quedado.
Arthur procuró pasar desapercibido en la corte francesa. Se hizo pasar por el heredero de una familia noble de baja importancia que habitaba los límites entre el territorio francés y el inglés. De allí explicaba su francés adornado por un acento fuerte y casi inteligible para los oídos pocos habituados al inglés. Mezclándose entre ellos, se apresuró a escuchar lo que se hablaba acerca del conflicto de sucesión que ya había durado varios años.
No se encontró con Francis de inmediato. Le sorprendió no verlo en las reuniones de la corte, coqueteando con las doncellas y leyendo poseía llena de amor, honor y magia. Algunas mujeres de la nobleza se acercaron a él, y Arthur, que no estaba preparado para el galanteo, se inició en él con pasos tambaleantes. Había cedido más por curiosidad que a su deseo, pero el resultado había sido el mismo. Las doncellas lo consideraban como un caballero de sus romances, aunque Arthur se sintiera en su interior como un completo idiota.
Cuando no estaba probando suerte en aquellos terrenos, aprovechaba para observar la cotidianidad francesa. Repasó el castillo y descubrió sus recovecos, entre ellos, pasadizos que solo unos pocos conocían. Averiguó la habitación donde se encontraba Francis, y guiándose por aquellos pasillos ocultos, llegó a ella una noche de tormenta que solo presagiaba malos augurios.
No se molestó en llamar antes de abrir la puerta.
Francis se sobresaltó al verlo. Los documentos resbalaron de entre sus manos y dieron a parar al suelo. A Arthur le sorprendió verlo con ropas sencillas, tan diferentes a la pomposidad de su corte, a las telas exquisitas que ahora mismo Arthur vestía, como si él hubiera sido el señor durante todo aquel tiempo y Francis un mero impostor.
Le gustó la idea.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Francis, con un tono serio que nunca antes le había escuchado.
Arthur cerró la puerta con cuidado, sin querer llamar la atención y arruinar el motivo de su viaje. Recorrió la habitación como si le perteneciera, y en parte, así lo creía. Era cuestión de tiempo para todo lo que era de Francis ahora, fuera de él después.
¿Quién era el súbdito ahora? ¿Quién debía doblegarse ante el otro como un vasallo?
—Vine a visitar los territorios que proclamo —explicó Arthur, aunque se imaginaba que Francis ya sospechaba su respuesta.
—Lo que no tiene ninguna validez —repuso Francis—, por más que tu rey te haya comido la cabeza. Eduardo nunca será rey de Francia.
—Ya lo es —dijo Arthur—. La pregunta es, ¿cuándo vas a aceptar tu lugar? ¿Cuándo vas a reconocer que me has cedido tu corona? Eres tan estúpido que no te has dado cuenta.
—Te has aprovechado de un malentendido en la ley —explicó Francis—. Y no lo vas a dejar pasar, ¿cierto? Tienes que llevarlo a mayores. Tienes que arruinar lo que ya está bien.
Arthur caminó hacia él, intentando permanecer tranquilo. Por otro lado, quería gritarle que sería suyo, él y su territorio. Se lo había cedido sin que Francis se hubiera dado cuenta de su error de inmediato, mientras su gente arreglaba y desarreglada las leyes de sucesión. Arthur no hacía más que seguir las reglas que Francis había impuesto en su civilización, y en ella, el rey de Inglaterra había adquirido derecho al reino de Francia. Los demás eran impostores. Eran obstáculos que ya se las arreglaría de dejar a un lado.
Arthur ya no era el chiquillo al que Francis había visitado a menudo, bajo la falsa pretensión de que estaba por encima de él. Ya era capaz de mirarlo frente a frente. Ya tenía experiencia en todo tipo de áreas. Había luchado, incluso en contra de su sangre, y había aprendido.
Francis se echó hacia atrás cuando Arthur hizo el primer movimiento. Había sido un gesto inconsciente y traicionero, que Arthur saboreó como el vino en sus labios. La dureza en sus gestos era solo una mentira. Tal vez se debiera a su influencia en los territorios franceses, en su aspecto de ahora o lo que había visto durante el conflicto con James en Escocia, pero Francis se sentía intranquilo a su lado.
Arthur recogió los papeles del suelo bajo la mirada atenta de Francis, como si Arthur fuera una víbora a punto de soltar su veneno. Se tomó su tiempo para leerlos, sabiendo que el otro no se atrevería a hacer nada. Luego, los dejó en el escritorio.
—¿Se supone que es un informe oficial? —preguntó Arthur, con una media sonrisa—. Porque está lleno de fantasías.
—¿A qué te refieres?
—¿Es que no reconoces la mentira cuando la ves?
—Por supuesto, y la traición también.
—¿Cuál, bastardo? ¿Que has acabado donde siempre has debido estar? Te has hundido tú solo. Yo todavía no tengo nada que ver.
Arthur no pudo contenerse. Lo tomó del brazo, y Francis forcejeó al principio, pero luego pareció ceder ante lo inevitable. Ambos se quedaron quietos, intentando controlar sus respiraciones al mismo tiempo que sus deseos. Arthur no sabía lo que estaba pasando por la mente de su enemigo, pero él apenas contenía el flujo de sus pensamientos. Quiso probarle su superioridad. Quiso dejarle claro que él ganaría aquella disputa, que se apoderaría de sus territorios, de su corona, y que Francis se convertiría en un vasallo más.
O que tal vez desaparecía abrumado por su influencia.
Arthur lo tiró hacia la cama en un gesto tosco y violento. Francis soltó una exclamación, pero Arthur le tapó la boca con una de sus manos, mientras que colocaba otra mano en su pecho. Nunca antes lo había sentido latiendo tan rápido, pero claro, nunca antes lo había tocado de aquella manera. ¿Sería allí donde resolverían sus conflictos? ¿Lo reclamaría, lo volvería su rehén y se lo llevaría a su reino? Arthur no lo había planeado.
Así como no había planeado aquella visita de incógnito, ni enfrentar a Francis esa noche. La tormenta no solo se desarrollaba en las afueras del castillo. Su rey le había recomendado prudencia, que él se encargaría de los siguientes pasos. Pero Arthur no había resistido.
De repente, se encontró con un cuchillo rozando la piel de su cuello.
—Largo —dijo Francis, con los dientes temblando de ira contenida. Pero el cuchillo no se movió entre su mano, como si ya estuviera acostumbrado a aquellos encuentros—. Si te vas ahora, te perdonaré y no diré nada. Pero debes ir a tu rey y decirle que se retire.
—No hables como si todavía valieras algo.
Arthur lo soltó. Ya fuera porque la razón hubiera regresado a su cebrero, que hubiera comprendido que no conseguiría nada teniendo a Francis apresado en contra de la cama, o que aceptara que llevárselo de rehén en medio de la noche y sin más recursos que sus puños, sus armas y su magia no era una idea realizable. Se levantó de la cama y se apartó de allí, temiendo volver a ceder al furor de sus emociones.
—Ya es demasiado tarde —continuó Arthur. Francis se levantó también, sin apartar el cuchillo de entre sus manos.
Arthur recordó que se había marchado de la corte francesa aquella misma noche, amparándose de la tormenta para ocultar sus pasos. Relegó la memoria hacia un rincón de sus pensamientos, y estacionó en el primer puesto desocupado que encontró.
Quiso sacudirse la sensación de triunfo de aquella noche. Había sido joven e insensato al aparecerse al enemigo, pero lo había necesitado. Su sangre, su orgullo, había necesitado restregarle en cara a Francis que había comenzado a elevarse por encima de él. Poco se había imaginado de lo que ocurriría después.
Francis le abrió la puerta del auto en un gesto caballeroso. Arthur arqueó una ceja, sin pensar en agradecerle.
—Te has tardado mucho —le dijo a Arthur—. Tienes la cabeza en otra parte. ¿En qué piensas?
“En ti” se dijo Arthur, tragándose sus palabras.
—Vamos. Ya falta poco para que comience y hemos perdido mucho tiempo.
—¿Y de quién es la culpa?
Arthur había exagerado. Llegaron con tiempo de sobra para ir a la sala y acomodarse en sus asientos. A pesar de ser una obra que ya llevaba semanas en las carteleras, la función estaba tan atestada de personas como en el día del estreno. Francis se las arregló para echar hacia atrás el reposabrazos que dividía ambos asientos. ¿Lo había hecho inconscientemente, acostumbrado a aquel tipo de citas, o deliberadamente, esperando que Arthur estuviera de acuerdo?
Francis no dijo nada al respecto, y repasó el folleto que les habían entregado. Mientras leía, su mano viajó con naturalidad hacia el brazo de Arthur, como si temiera que Arthur se disipara en medio de la sala.
—Por cierto —dijo Francis—, ¿Enrique V? ¿De verdad?
—Es una obra excelente —se defendió Arthur. ¿Apartaba la mano? ¿O se alejaba él? No se animaba a tomar una decisión.
—Apuesto que es de tus favoritas. —Francis puso los ojos en blanco, pero no sonó molesto ni ofendido.
—Realmente, lo es. Me gustan las obras históricas.
—Y si es sobre cualquiera de mis derrotas, mejor, ¿cierto? —siguió Francis, y a Arthur le gustó el tono de su voz. Era como si lo invitara a acercarse y hablarle al oído. Se contuvo, en nombre de toda su reputación.
—No es como si —se obligó a conceder— yo hubiera salido mejor.
—Éramos tan jóvenes y sabíamos tan poco. —Francis suspiró, y en aquel suspiro liberó todos sus lamentos—. Hemos cambiado. Creo que yo más que tú. Me he vuelto viejo y me canso más rápido. ¿Te imaginas que hubiera venido a pedirte matrimonio de la misma manera en que tú me pediste que me rindiera aquella vez? ¿Cuando te colaste en mi corte? Cuando Eduardo…
—… reclamó su justo derecho. Sí. Me imagino —le interrumpió Arthur—. No creo que hubieras tenido suerte, ni en amenazarme ni en tirarme en la cama.
—Yo tampoco. Para empezar, no aguantaría el dolor de espaldas después. —Francis esbozó una sonrisa, y Arthur procuró evitar quedarse prendado de ella. Ambos habían crecido, pero Arthur no se sentía tan viejo. Y Francis tampoco lucía mayor. Era la imagen de un joven que no alcanzaba los veinticinco años.
Antes de poder responderle, la obra comenzó. Francis no quitó la mano de su brazo, y Arthur tampoco lo apartó.
