Chapter Text
No acabarán mis flores,
No cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
Se reparten, se esparcen.
Aun cuando las flores
Se marchitan y amarillecen,
Serán llevadas allá,
Al interior de la casa
Del ave de plumas de oro.
Nezahualcóyotl
Era primavera cuando el guerrero tigre se enamoró del príncipe de ojos verdes. Los arbustos florecías, vistosos, en los jardines del palacio del Emperador. Era, para todos los pueblos, tiempo de tregua. Los campos se vestían de verde y dejaban salir una cabellera multicolor en sus flores.
El guerrero tigre sólo había visto al príncipe de los ojos verdes de lejos, hijo del Emperador con la Esposa Real. Único heredero de todas sus tierras, pues era el único vástago que había engendrado y, la Esposa Real, la única pareja con la que oficialmente había contraído matrimonio. El príncipe de los ojos verdes no había dejado nunca la protección de los jardines que le proporcionaba el palacio imperial. Su destino no decía que fuera un guerrero y, como tal, no había sido educado en el arte del sable o del arco. Cuando el guerrero tigre ingresó a los cuarteles de la Guardia Imperial, todos hablaban de Su Alteza por lo bajo. Decían que sí, era muy hermoso, con un ensortijado y brillante cabello verde, pero que era también un inútil. ¿Cómo esperaba el emperador que más tarde se convirtiera en su sucesor, si no era un guerrero, como ellos? La tradición mandaba que los príncipes herederos debían probar su valía y aquel, decían por lo bajo, era tan sólo un inútil.
«Un Deku, entonces», había dicho entonces el guerrero tigre y con eso se ganó la simpatía del cuartel. El resto se rieron, alabaron la gracia. Deku era una palabra que, en los dialectos del sur, significaba «inútil, inservible». Así consideraban al príncipe de los ojos verdes.
Para el guerrero tigre o para el resto del cuartel no tenía más nombre que ese. Creían que su padre acabaría trayendo a un príncipe extranjero o nombrando a un heredero o heredera diferente a quien casaría con su hijo, para asegurar la continuidad de la dinastía en el trono. Para los soldados, el príncipe de los ojos verdes no era más que una figura a la que no se acercaban, siempre ataviado con las ropas de la realeza. Lo veían caminar entre los jardines solo o seguido de su séquito. Ajeno, diferente. «Un Deku», decían, cuando nadie podía oírlos.
Pero en primavera, con la tregua encima, nunca había mucho qué hacer. No había batallas que preparar ni prisioneros que preparar para los sacrificios. Apenas si había nuevos guerreros a los que entrenar. Era la época en la que los amantes cantaban fuera de las ventanas y se escabullían por las noches para encontrarse; se regalaban flores por doquier. No había mucho qué hacer.
Por eso, fue perfectamente lógico que el guerrero tigre se enamorara del príncipe de los ojos verdes.
Le bastó una mirada para hacer dudar a su corazón.
Rodilla plantada en el suelo y cabeza gacha, como mandaba el protocolo. Su Majestad Imperial había mandado que hubiera siempre un miembro de la Guardia Real cerca de su hijo. Los guerreros lo habían echado a suertes y él era quien había tenido la peor. Se rieron de él cuando supieron que había perdido contra el azar y era ahora «la niñera designada» de Su Alteza. Él había resoplado, pero se había dejado conducir por los jardines del palacio imperial hasta el árbol bajo el cual se encontraba sentado el príncipe.
Antes de verlo, escuchó su voz.
—Puedes levantarte.
Tenía una voz suave y amable. Un tono tranquilo, modulado, que sabía que decir en el momento perfecto y justo. Así, pues, el guerrero tigre, no ajeno al protocolo, había alzado primero la veza y había mirado a los ojos al príncipe de los ojos verdes. Estaban enmarcados por kohl negro y eso, si cabía, los hacía parecer incluso más brillantes. Su cabello ensortijado, que el guerrero tigre sólo había visto a lo lejos, era una mata adornada con algunas flores una diadema dorada que, al centro, llevaba el emblema de su dinastía. Su rostro estaba surcado por pecas que recordaban a un cielo estrellado; quizá en sus mejillas pudieran hacerse constelaciones. Tenía la nariz pequeña, respingada, que le daba un toque especial a aquel rostro infantil de ojos muy abiertos.
Las manos —delicadas, sin los cayos de los guerreros— estaban sobre su regazo. Sus muñecas estaban cubiertas de brazaletes dorados y con algunas otras piedras preciosas. Había algunos diseños más intrincados que otros y a Katsuki le costó no perderse en ellos. Llevaba el pecho desnudo, tan sólo cubierto por un tocado adornado con complicados bordados de hilo dorado —un material que sólo podía usar la realeza— y algunos otros colores. El faldón, atado a la cintura con un cinturón similar al tocado de su pecho, era de un color verde brillante y tenía algunos bordados más en la parte baja. En sus sandalias había cascabeles dorados que anunciaban su presencia. El príncipe era una obra de arte en sí mismo.
El corazón del guerrero tigre se saltó un latido.
Las manos del príncipe se movieron y extendió una, presentando el dorso.
Antes de levantarse, Katsuki la tomó para depositar en ella un beso.
—¿Cómo te llamas, guerrero tigre? —dijo la suave voz del príncipe.
Alzó la cabeza de nuevo, fundiéndose en sus ojos del otro; dejando que la mirada profunda del príncipe perforara su alma.
—Katsuki, Su Alteza.
Por supuesto, una mirada no bastaba para que el enamoramiento fuera un camino sin retorno, completamente irremediable. Era cierto que a veces, cuando acompañaba al príncipe por los jardines, el corazón de Katsuki esquivaba un latido y su cuerpo olvidaba tan sólo un momento cómo debía respirar. Pero costaba tiempo y esfuerzo cambiar la idea sobre alguien que en su cabeza había llamado «Deku» desde la primera vez que lo había visto.
El príncipe de los ojos verdes era una criatura interesante, cuanto menos.
Era delicado y amable. Trababa bien a los sirvientes y buscaba constantemente una soledad que le era negada todo el tiempo. Si Katsuki no estaba con él, era su séquito quien lo seguía a corta distancia. Katsuki había visto a sus damas, ataviadas con bonitos vestidos que llegaban hasta las rodillas, bordados de flores en las mandas y en los cuellos y en las faldas. Algunas llevaban complicados peinados de trenzas adornadas con listones de distintos colores. Eran un séquito ruidoso algunas veces, incapaz de ser ignorado. Todas hijas de ricos comerciantes o de otros miembros de la familia imperial que esperaban ganar el favor del emperador si es que entre sus hijas encontraba una Esposa Real —o quizá, tan solo una segunda o tercera esposa— para su heredero.
El príncipe se sonrojaba cuando le hacían cumplidos y los correspondía tan bien como era capaz, pero Katsuki terminó por notar que era tan solo una manera de ser educado. No parecía tener ningún interés en todas aquellas damas que seguían atentamente sus pasos.
Aquella primavera, Katsuki entró más veces en la biblioteca del palacio real de las que antes había tenido en su mano un códice. Los guerreros estaban bien instruidos en las artes, la historia, la política. No se podía ser un soldado del ejército imperial si no se tenía cerebro. Mucho menos podía uno llegar a ser un guerrero tigre o puma o leopardo de la Guardia Real si no se tenía una buena preparación. Así que Katsuki conocía muchos de los códices que el príncipe revisaba una y otra vez. Le sorprendió su intelecto. Preguntaba por temas de política y de historia tanto como preguntaba por historias populares que después hacía buscar a Katsuki en las estanterías. Nunca antes el sable de Katsuki había pasado tanto tiempo envainado, sin probar hierro o sangre. A cambio, el príncipe lo hacía pasear tras él en los jardines, en la biblioteca o en algunas estancias del palacio imperial.
En aquel momento, lo tenía sentado enfrente, con un códice en las manos.
—Katsuki —llamó—, ¿qué te parece este símbolo?
Se suponía que aquel príncipe de ojos verdes tenía un Guardia Real para que lo protegiera, pero lo usaba para aclarar sus dudas de lectura. También, nunca se dirigía a él con el título de guerrero tigre. Siempre usaba tan solo su nombre de pila. «Katsuki».
—No lo he visto antes, Su Alteza —musitó Katsuki, al acercarse al papel y comprobar que, efectivamente, el ideograma le era completamente desconocido—. Tendrá que consultar a los maestros.
Y el príncipe asintió.
—Es la historia de princesa que quería ser Emperador.
—¿No emperatriz?
—No tenemos ese título —dijo Izuku, quedamente—. Las mujeres que llegan al trono son Emperador, Su Majestad Imperial. Y sus consortes, sean hombres o mujeres, por consiguiente, Esposas Reales. —A Katsuki le costó no soltar un bufido burlón, porque no sería ningún trabajo extra ajustar los títulos de acuerdo con la persona que los porta, pero las dinastías del Imperio habían sido siempre rígidas en sus costumbres y en sus tradiciones—. La princesa quería ser emperador —repitió el príncipe— y también estaba enamorada. Pero no conozco ese símbolo. Puede ser muy antiguo. —Soltó un suspiro, dejando entender que más tarde le preguntaría a alguno de los maestros o quizá acudiría a los Sabios Ancianos—. ¿Te gustan las historias, Katsuki?
—Se cuentan algunas en el cuartel, Su Alteza —respondió él.
No aclaró de qué tipo. Solían ser historias de guerra, no de amor.
El príncipe se quedó callado y había un rastro de confusión en su rostro ante la respuesta ambigua del guerrero tigre.
—A mí me gustan mucho, Katsuki —dijo, finalmente—. Me gustaría saber qué es lo que cuentan en el cuartel. —Puso el códice sobre la mesa y voltea a verlo.
—Lo que usted desee, Su Alteza —dijo Katsuki de manera automática.
—Y…, Katsuki, cuando estemos solos, usa mi nombre. —El príncipe sonrió y Katsuki se dio cuenta de que nunca había escuchado su nombre. Fuera del palacio era tan solo «el príncipe heredero» o «el príncipe de los ojos verdes». Su nombre nunca se pronunciaba, nunca se decía, como si tuviera algo de sagrado—. Es Izuku, Katsuki.
—Sí, Su Alteza.
Era tan solo reflejo. El guerrero tigre conocía a la perfección el protocolo, era parte de sus venas.
—Mi nombre, Katsuki —dijo el príncipe, con cierto tono severo que suavizó después—, por favor. —Y esas dos últimas palabras dejaron sus labios con un tinte que parecía súplica.
Los príncipes no suplicaban, pensó Katsuki. Estaban acostumbrados a que sus voces, aunque suaves, dieran órdenes que no podían ser cuestionadas. Era interesante, se dijo, un príncipe capaz de imprimir aquel sentimiento a su voz.
—Sí, Izuku.
Los guerreros tigre juraban lealtad absoluta cuando les proporcionaban la piel de tigre que les servía de capa. Lo mismo para los guerreros jaguar o los guerreros puma. Entregaban el cuerpo y el alma por el imperio. Detrás quedaban sus familias y sus linajes. En los cuarteles eran todos iguales, sin importar de donde habían llegado. Detrás quedaban sus apellidos y por eso Katsuki no había escuchado el «Bakugo» desde la primera vez que habían empezado su entrenamiento.
Se les exigía dejarlo todo a cambio del deber y, aquella primavera, el deber de Katsuki era el príncipe.
«Izuku».
Era un nombre curioso como curiosos eran los ideogramas que se usaban al representarlo. El primero, que le daba el sonido izu, aludía a algo ajeno, venido de otra parte o lugar. Algo que no corresponde. El siguiente, ku, también aludía a algo extraño, pero tenía que ver con el tiempo. Una de sus traducciones o interpretaciones era «de hace mucho tiempo». Quizá, pensaba Katsuki, quizá a eso se debía el interés de Izuku por las historias.
Aquella mañana lo estaba esperando en los jardines, porque Izuku había mandado decir que allí se reuniría con él tras pasar un pequeño rato con su séquito. Lo vio llegar acompañado de un par de mujeres a las que Katsuki sólo había visto de lejos, con el códice que había estado leyendo días anteriores.
—Hola, Katsuki.
—Su Alteza. —Clavó una rodilla en el piso, como mandaba el protocolo. Nunca lo rompía cuando había otras personas cerca, aun si le resultaba molesto o extravagante: era aquel el precio que había pagado por ser un guerrero tigre.
—Puedes levantarte, Katsuki.
Nadie objetaba, en cambio, si era el príncipe heredero quien rompía el protocolo.
—Estuve con mi antiguo maestro —informó después, cuando las dos jóvenes que lo habían acompañado hasta allí se despidieron—, quizá podrías conocerlo. Toshinori. Fue un guerrero tigre, como tú, hace mucho tiempo.
Katsuki asintió. Cuando se retiraban, los antiguos guerreros a veces podían convertirse en maestros, con la formación adecuada. Otros volvían a sus pueblos natales, originarios de todas partes del imperio, y se perdían entre el anonimato. Él no sabía lo que haría después. Tan sólo estaba preocupado por la guerra y por sus treguas.
—Hablamos sobre este carácter —siguió Izuku, abriendo el códice y mostrándole, de nuevo, aquel dibujo desconocido para Katsuki—. Es, efectivamente, muy antiguo.
—¿Qué significa?
Tenía la impresión de que el príncipe estaba esperando aquella pregunta.
—Según los antiguos sabios, había cuatro caracteres para hablar de amor —dijo Izuku—; eran usados antes de las guerras y antes del Imperio y del tiempo mismo. Antes de nuestra dinastía. Mi maestro tiene un códice más reciente, casi olvidado, que los explica. Lo escribió la antigua Consejera Real, Nana Shimura.
Aquella mujer era una leyenda. Originaria de un pequeño pueblo en las montañas, la historia decía que le habían entregado un sable mítico. Había llegado al corazón del imperio prometiendo entregarle su corazón, su alma y su ser. Había dejado atrás una familia que más tarde se había vuelto contra ella. Primero se convirtió en guerrera leopardo y en los cuarteles la conocieron como «Nana». Todavía algunos guerreros le rendían una clase de culto extraño y ponían figurillas de Nana, Guerrera Leopardo en sus pequeños altares. Más tarde, se había convertido en la consejera principal, la mano del Emperador. Ese le había concedido un regalo por su servicio, tras tantos años y ella tan sólo le había pedido su linaje, su apellido de vuelta. Nana Shimura. Una mujer de ninguna parte que se había sacrificado por el Imperio.
—El primer carácter… Oh, no tengo como dibujarlo —musitó Izuku y mostró sus manos—. Muéstrame tu palma, Katsuki.
—Sí, Izuku.
Se la mostró y sobre ella, Izuku paseó sus dedos, haciendo los trazos de un carácter que Katsuki no conocía ni había leído jamás.
—El primer carácter, se refiere al amor ciego —dijo—. Por eso, uno de sus trazos recuerda a la silueta de un ojo cerrado. Es el amor naciente, cuando estás enamorado, pero todavía no conoces al objeto de tu amor.
Los dedos del príncipe de los ojos verdes eran suaves como los dedos de un niño. Katsuki sintió, de repente, unas ganas tremendas de atesorar las manos del príncipe entre las suyas y salvarlas de cualquier daño. Su corazón se saltó un latido. Le pasaba con demasiada asiduidad, tan cerca de Izuku.
—El segundo —siguió Izuku— es el amor bello y cortés. Es la emoción del cortejo, el poema, el amante incapaz de conciliar el sueño o tragar bocado si está lejos del objeto de su amor. Es un carácter intrincado y difícil, con muchos trazos que exigen atención, tanto como conquistar al ser amado, Katsuki. —Sobre su piel, los trazos intrincados se volvieron una confusa pero adorable telaraña que el príncipe depositó sobre su piel—. Es el amor de los poemas y los cantares, aquel que los cuenteros narran las noches de fiesta. Es un amor hermoso, Katsuki. —Y después, tras una pausa—: Creo. Todavía no lo he sentido.
—Yo tampoco, Su Alteza.
A veces, cuando sentía que su corazón era demasiado grande para su pecho, el guerrero tigre no podía reprimir aquel honorífico y protocolo.
—«Izuku», Katsuki, por favor.
—Yo tampoco —corrigió—, Izuku.
Decir «Izuku» tenía una cadencia diferente a decir «Su Alteza», una intimidad indescriptible. Uno podría contar la historia del guerrero tigre y el príncipe de los ojos verdes, enamorados ante el florecimiento de la primavera —aunque eso esté todavía por ocurrir— y sería, por supuesto, una historia bella. Podría cantarse una balada para las noches de verano, cuando el fuego de las hogueras crepita. Pero no tendría la misma cadencia que una balada mucho más intimista que hable de Izuku y Katsuki, tan solo.
—El tercero —siguió Izuku— es el amor divino. Ese amor que los amantes sienten en sus corazones, pero no pueden describir. Es mucho más que bello. Es ese momento en que los amantes se reconocen a sí mismos tal cual son. Iguales ante sí mismos y ante el cielo. Es el amor que se le atribuye a los dioses, el amor de las historias de los sabios. —Sus dedos volvieron a trazar otro ideograma sobre la palma de Katsuki—. Pero tampoco es ese el que aparece en el códice, Katsuki.
—¿Cuál es, entonces, Izuku? —preguntó—. ¿Hay algo más allá de lo divino?
Izuku suspiró.
—El cuarto y el último que Nana Shimura describe en su códice es el amor espontáneo —respondió—. Es un amor que no aparece sino tras muchos años, ese que llega a las parejas que lo han vivido todo y, sin embargo, todavía caminan agarrados del brazo y se ríen ante viejas y nuevas ocurrencias. —La voz de Izuku se fue volvieron apenas un murmullo, como si temiera que alguien fuera capaz de escucharlo—. Ese amor no se canta, porque nadie sería capaz de describirlo, Katsuki. Es, como su nombre dice, espontáneo. —Y sobre la palma de su mano fue trazando un ideograma que Katsuki ya había visto: aquel que estaba en el códice—. La princesa que soñaba con ser Emperador habla de él y dice: «me gustaría sentirlo».
—¿Cómo se pronuncia? —preguntó el guerrero tigre.
Izuku cae en el silencio.
—Nadie lo sabe —confesó—; tras tantos años, hay sonidos perdidos. Es una lástima, después de todo. No poder nombrar al amor en sus distintos nombres. —Alzó la vista, dejando libres un momento las manos de Katsuki—. También me gustaría sentirlo, Katsuki. ¿Tú no?
El guerrero tigre dudó. Aquellos como él no se preocupaban mucho por el amor. A veces estaba en sus cantares o en las historias en la forma del guerrero o guerrera que se despide de su amado o amada para volver a encontrarse tras una contienda. Pero casi nunca era su tema central.
—Quizá, Su Alteza.
Desprenderse de la duda le costaba.
—¿Quizá, Katsuki?
El príncipe buscó sus manos, un gesto íntimo a través del cual parecía tratar de comunicarle todo lo que él y Katsuki nunca decían. La razón por la que el corazón del guerrero a veces se saltaba algunos latidos al estar bajo los ojos verdes de Izuku.
Izuku. Izuku. Algo venido de lejos, de hace mucho tiempo. Qué nombre bello, Izuku.
Katsuki respiró hondo y buscó con sus manos las del príncipe, apretándolas entre las suyas, admirándose ante su suavidad. Aquel a quien antes, sin conocer, había llamado «Deku» había pasado a convertirse en Izuku. Katsuki era la única persona fuera de la familia real que podía pronunciar aquel nombre. La intimidad se escondía entre unas cuantas palabras, llenas de expresiones no dichas.
—Sí, Izuku.
—Me alegra.
Así empezaron a enamorarse, finalmente, el guerrero tigre y el príncipe de los ojos verdes.
Izuku había tenido a los mejores maestros y había aprendido de todos los sabios del Imperio. Conocía ideogramas que Katsuki nunca había visto y tenía una sensibilidad por las artes que resultaba extraña para el príncipe heredero de un imperio guerrero. Frente a otros era la perfecta imagen de la realeza que uno cabría esperar. Conocía el protocolo a la perfección y lo seguía. Inclinaba su cabeza con respeto ante los sabios y ante su padre —quien, por lo que notó Katsuki, no era alguien que le prestara demasiada atención—. Mandaba detalladas cartas a su madre, que pasaba sólo los veranos en el palacio imperial.
Pero no peleaba ni tenía la formación de un guerrero, lo que hacía que fuera constantemente menospreciado por la guardia. «Deku» era una palabra que se seguía diciendo, a pesar del nuevo desagrado que Katsuki sentía por ella. La había sugerido como un chiste, buscando hacerse popular entre los soldados y ahora le dolía escucharla, sobre todo cuando le recordaban que, durante aquella primavera, no era más que la «niñera» del príncipe.
Era época de tregua, no había mucho que hacer.
Las guerras floridas se peleaban en verano, buscando prisioneros y nuevos vasallajes. Durante el otoño, el Imperio recogía los tributos de la cosecha y, durante el invierno eran los festivales. La gente regresaba a sus hogares, los guerreros a sus cuarteles y todos se apiñaban a un lado del fuego para combatir el frío. Se ofrecían sacrificios a los dioses y aquello les aseguraba otro ciclo de estaciones pacífico y tranquilo.
La primavera, pues, era la tregua eterna. Los guerreros se aburrían y cuchicheaban, muchas veces demasiado cerca del príncipe.
Aquel día, Izuku estaba especialmente interesado en el grabado del mango del sable de Katsuki. Tenía forma de tigre y era refinado, común para un guerrero de su categoría.
—Es muy… elegante —murmuró, más para sí que para Katsuki, antes de devolvérsela al guerrero. Por sus gestos, fue obvio para él que Izuku no sabía cómo manejar un arma—. A veces me da curiosidad.
—¿Curiosidad, Izuku?
—La carta de mi nacimiento decidió que yo nunca podría ser un guerrero, Katsuki. Por supuesto, eso lo sabe todo el mundo. No es mi destino. Por lo tanto, como príncipe heredero, resulté ser una decepción. —Apretó los labios, en un gesto que escondía una frustración antigua—. Pero no hay otros, mi madre no pudo tener más hijos, así que yo…
—Su Majestad Imperial nunca volvió a casarse —apuntó Katsuki. Podría haberlo hecho y quizá habría producido otros herederos. Los hijos de las segundas, terceras y quintas esposas tenían tanto derecho al trono como los de la Esposa Real. Por eso, cuando un emperador moría sin designar a su heredero, se desataban largas y terribles guerras civiles donde todos olvidaban el honor de la guerra florida.
—Mi padre, Su Majestad Imperial, realmente ama a mi madre, Katsuki —respondió el príncipe—. Casarse otra vez…, para él eso sería traicionar a su amor. Poco ortodoxo, quizá, pero creo que puedo entenderlo. En cambio, no creo que tenga mucho aprecio por mí. Sólo soy su heredero a falta de un buen plan.
Izuku se quedó en silencio. En su semblante se ocultaba una tristeza antigua y una frustración de años anidaba en sus manos enredadas la una con la otra. Su pecho subía y baja y con él lo hacía el tocado con el que lo adornaba, con un colorido bordado lleno de hilo dorado. Se apreciaban en el bordado las flores que eran el emblema del imperio, llenas de hilos y cuidadosas puntadas. Al mover sus brazos, los brazaletes de Izuku titilaban, dejando escapar algunas notas melodiosas.
—Quizá podría haber sido un buen guerrero, si me hubieran entrenado —siguió, sin cuartel—; curioso cuando es el destino el que elige tus habilidades. Curioso —repitió y el resentimiento se coló por primera vez en su voz melodiosa. A Katsuki le dolía el tono, sin saber por qué—. No sé, de todos modos, si me hubiera gustado ser un guerrero, Katsuki. Una vez un maestro golpeó mis manos por cada vez que pregunté algo que él consideró una estupidez sobre nuestras guerras. —Las extendió, como buscando las marcas de unas cicatrices hacía mucho tiempo desaparecidas—. Mi padre le dio permiso, pues usualmente usan a alguno de los sirvientes más cercanos a ti. El castigo sobre su piel debe dolerte tanto como a ti, se supone. —Tragó saliva—. Eso me habría parecido más horrible, que alguien inocente sufriera por mi culpa directa; al menos mi padre le dio permiso. Tenía una vara larga. Me hacía extender las manos, mostrarle las palmas.
»Si yo preguntaba «¿Por qué debemos conquistar otros pueblos si la guerra es cruel y los inocentes mueren?» o si me atrevía sugerir que el Imperio no era del todo perfecto, puesto que no todos los hombres en él eran libres… Extendía mis manos y daba un golpe por cada pregunta. —Izuku contó aquello con naturalidad. Era, después de todo, lo normal en la educación del Imperio. Katsuki no se había escapado de aquellas reprimendas, ni del arroz en el suelo y sus rodillas sobre él. Sin embargo, concebir que aquello le había ocurrido al príncipe heredero era muy diferente. Katsuki extendió sus manos, buscando las de Izuku; estaban solos y no había nadie que impidiera aquel toque, aquel roce, como si Katsuki buscara sanar las heridas de muchos años atrás—. Sin embargo, yo preguntaba, persistía. Hasta que dejé de hacerlo.
—¿Por qué?
—Los ojos realmente arden cuando los ponen ante los chiles ardiendo, ¿sabes, Katsuki? —dijo Izuku. Su voz sonó insoportablemente débil y entonces Katsuki entendió a que se refería—. Unos momentos quizá sea soportable. Pero recuerdo el paso del tiempo. Se hace más lento entonces, con los ojos abiertos a la fuerza y el vapor…
No era un castigo poco común, pero como Izuku lo describía parecía inhumano.
Katsuki apretó sus manos.
—Aprendí —concluye Izuku—; es mejor no cuestionar al Imperio. —Miró hacia la nada un momento, sin encarar a Katsuki; no soltó sus manos, sin embargo—. Si te preguntara, ¿me contarías cómo es en verdad la guerra, Katsuki?
—Sí, Izuku.
Ya casi no se le escapa el «Su Alteza» en momentos como esos.
—Y si te preguntara cómo se siente manejar el sable y cómo es defenderse en una pelea, Katsuki, ¿me enseñarías?
Esa vez, la respuesta tarda más en llegar.
—Sí, Izuku.
No tenía forma de negarse. Cualquier cosa que le pidiera, era suya.
—Gracias, Katsuki.
En los labios de Izuku incluso podría creerse que el guerrero tigre era un hombre infinitamente gentil, por la manera en la que su nombre escapaba de sus labios, como si buscara retenerlo tan solo un poco más en sus cuerdas vocales y dejarlo allí, tan solo para sí. Aquel tono era diferente a la apariencia de Katsuki, con la capa de la piel del tigre y el tocado de su pecho y su sable a un lado.
Apretó las manos de Izuku, un momento más. Aquel era el único roce que, de momento, se permitía.
El príncipe seguía siendo el príncipe y él tan solo su guardia real. Aunque diciendo «Katsuki» e «Izuku» les gustara pretender que no había gran distancia entre ellos, en realidad estaban en mundos completamente diferentes.
Sus dedos entrelazados en los del príncipe de los ojos verdes. Así empieza un romance.
Con un príncipe constantemente vigilado, que no podía romper el protocolo rígido en el que vivía, aprender a usar un sable por la curiosidad de lo que implica ser un guerrero es complicado. Izuku no parecía tener interés alguno en las guerras, ni siquiera en las guerras floridas del verano, las guerras rituales, que proveían de nuevos prisioneros y ofrendas para las deidades que lo exigían. El Imperio descansaba sobre el culto a los dioses de la guerra y estos no perdonaban tributo.
Desde el albor de los tiempos el Imperio había sido Imperio. A todo lo que estaba antes se le conocía como antes del tiempo. Eran otras eras que no estaban embarcadas en su historia y se habían ido transformado, con el tiempo, en leyendas. El Imperio se lo había trabado todo, con viajeros venidos del norte que habían caminado hasta encontrar el lugar propicio para establecer sus palacios y sus altos templos. El tiempo había empezado cuando se había puesto la primera piedra. Y entonces, había empezado el Imperio.
Entonces no había guerreros tigre o puma o leopardo, ni tampoco guerras, ni tributos, ni vasallaje de ningún tipo. El Imperio era tan solo una aldea llena de gente muriéndose de hambre, porque los reinos grandes habían decidido establecerlos en las zonas pantanosas y gran parte de su terreno era el Lago de la Luna. Pero persistieron y se convirtieron en un pueblo guerrero capaz de declarar la guerra a los reinos que los mataban de hambre y ensuciaban el agua del lago de la luna. Y poco a poco, el Imperio se formó Imperio. Tanto Katsuki como Izuku habían aprendido eso en sus respectivas lecciones.
Entonces había empezado el arte de los guerreros tigre.
Izuku convenció a su antiguo maestro, Toshinori Yagi, para que los ayudara a encontrar un momento y un lugar para practicar. También lo convenció para que le prestara su sable, puesto que nadie jamás había hecho uno para Izuku. Las estrellas habían dicho que no estaba destinado a pelear.
Se veía aún más endeble que de costumbre con el sable de Toshinori Yagi en las manos. No tenía técnica para agarrarlo y, aunque parecía haber visto y estudiado de lejos a los guerreros en las justas y en las fiestas, tampoco tenía la postura adecuada. Katsuki gastó la primera hora de sus lecciones enseñándole cómo pararse y cómo sostener el arma. Parecía endeble, era demasiado flaco y se había quitado los brazaletes de las muñecas y los cascabeles de los tobillos, lo que hacía que Katsuki apreciada lo delgado de sus extremidades.
—Planta los pies bien en el piso —dijo Katsuki—, que un golpe no sea capaz de tirarte.
Ni siquiera lo había dejado desenvainar un arma. Eso tardaría. Si aquel día tenía el viejo sabre de Toshinori Yagi, el maestro que los veía a lo lejos, en las manos era simplemente porque le hacía ilusión.
—Creo que tú serías capaz de tirarme, Katsuki —respondió—. No te preocupes. Sé que es difícil y yo soy… Bueno. Sé cómo los soldados hablan de mí.
«Sé cómo los soldados hablan de mí».
—Sé la palabra que usan, Katsuki.
«Deku».
Se detuvo un momento, incapaz de confesar que él la había escupido frente a los otros guerreros al oír la primera descripción que le habían dado del príncipe de ojos verdes.
—Tú no tienes nada…
—Oh, pero tengo —cortó Izuku—, sé por qué lo hacen. Es cierto que valgo poco. ¿Cómo seré buen emperador si no puedo… si no entiendo…?
—Quieres ser emperador. —No fue una pregunta. Katsuki tan solo estaba constatando un hecho.
—¿Qué otro destino hay, Katsuki?
Izuku apretó los labios, como si dudara de aquel destino, pero no viera otro posible. Y era cierto que quizá no existía otro, pues había sido educado como un príncipe.
—Sé que tengo que ganarme a la guardia, sobre todo a los guerreros, Katsuki. Y no lo haré si no demuestro al menos… —Apretó los dientes y rompió la postura que había estado intentando mantener hasta ese momento—. Si no demuestro que soy más que esa palabra que usan…
Se resistía a decirla.
Así que Katsuki soltó tan solo un bufido y alzó las manos en son de paz.
—La primera vez la dije yo, Alteza. —Usó el título adrede, marcando distancia, dejando en claro que nunca estarán en la misma categoría, aunque pretendan estarlo—. Puede decirla. —Y aquel trato formal que hizo que Izuku se quedara mirándolo con una ceja medio alzada—. Pero quizá convendría que supiera, Su Alteza, que la primera vez que esa palabra fue pronunciada en el cuartel, salió de mis labios.
El silencio los rodeó en un momento. Izuku dejó caer el sabe hacia el suelo, aunque sin soltarlo, de una manera poco elegante. Katsuki dio un paso hacia atrás, esperando cualquier reacción. Pero Izuku no hizo nada, sólo lo miró como si estuviera evaluando un problema muy difícil de resolver. Katsuki le sostuvo a mirada, porque el honor indicaba que lo correcto era aceptar los errores de uno. Pasó un largo tiempo antes de que los labios de Izuku volvieron a abrirse y la pronunció por primera vez.
—Deku —dijo, tan solo.
Katsuki apretó los labios. Con los soldados podía comportarse todo furia e ira, en los cuarteles había un refugio para aquellos sentimientos que lo embargaban todo el tiempo. Por eso había decidido convertirse en un guerrero en primer lugar. Le enseñaron a controlar sus sentimientos y a enfrentarse a la batalla más sosegadamente, con el corazón latiendo con fuerza, valiente, pero con la cabeza fría y el cerebro presente. Sus instructores se aseguraron de grabar en él a fuego y a punta de castigos todas las lecciones del honor en las guerras floridas. No eran masacres, sino rituales necesarios. Los dioses de la guerra lo pedían. La furia era buena, pero no podía dominarlo. Si no, todo estaría perdido. Así, aprendió a controlar el fuego que siempre había ardido dentro de él; no era ya un prisionero de aquella furia, sino que podía usarla.
Con Izuku, en cambio, la sentía apagarse por momentos, redireccionarse. Desde la primera vez que lo había visto e Izuku había preguntado su nombre, Katsuki había conocido que en los sentimientos más fuertes también se escondía la calma.
Por eso no podía mentirle. Sería faltar a todos los juramentos que había hecho como guerrero tigre.
—Sí, Su Alteza.
—Llámame Izuku.
Esa vez no fue una súplica, como cuando se lo había pedido «por favor» la primera vez. Esa ves fue una orden fría, tensa, que el príncipe de los ojos verdes dio con los ojos entornados.
—Alteza…
—Ahora que has reconocido un pecado, Katsuki —cortó Izuku—, no puedes alejarte y tratarme como alguien diferente. Llámame Izuku cuando confieses. O no te molestes en confesar nada.
Katsuki no entendía el simbolismo que el príncipe Izuku le daba a los nombres y a las palabras. Para él tenían una importancia especial. Incluso en ese momento, que lo obligaba a decir «Izuku» para reconocer que él había llevado «Deku» al refugio de los soldados.
—Fui yo, Izuku —reconoció entonces, arrinconado—. La primera vez que te describieron, lo hicieron como si fueras un inútil. —Obligó a cada palabra a salir de su boca sin darse tregua a sí mismo, porque no la merecía—. Entonces la dije. «Deku». Del dialecto de mi pueblo.
—¿Te pareció adecuada, Katsuki?
A pesar de que usaban sus nombres de pila estaban por primera vez viéndose desde una distancia insalvable. Izuku no extendió sus manos para que Katsuki las alcanzara como hacía siempre. No hubo roces de las yemas de sus dedos en la piel del otro, como solía haber. Aquellos toques prohibidos entre un príncipe y su guardia.
—Sé sincero —pidió Izuku y, por primera vez, su tono frío de príncipe heredero se desvaneció, dando paso a lo que ya se asemejaba más a una súplica.
—En ese momento, Izuku, sí, me pareció adecuado.
Katsuki no mintió. Iba contra el código de los guerreros tigre.
—¿Ahora?
—Ahora, Izuku —empezó a hablar, midiendo sus palabras con cuidado—, creo que debo pedir perdón por haber traído esa palabra al mundo. No la mereces.
Y entonces, un suspiro de alivio.
Katsuki no le dijo al príncipe que lo habían obligado a aceptar que podía cometer errores a punta del látigo en su espalda, con disciplina militar. No le dijo que lo habían hecho arrodillarse en el arroz hasta que sus rodillas sangraron y había sido capaz de decir lo siento. No confesó lo difícil que había sido aprender a disculparse ni los golpes que había supuesto para su orgullo en aquel tiempo.
Pero había aprendido y ahora era capaz de hacerlo.
—Estás perdonado, Katsuki, entonces.
—¿No hay penitencia? —preguntó.
—Acércate —dijo Izuku entonces.
Y extendió sus manos, dejando caer el sable al suelo, que retumbó como un trueno en el cielo.
Katsuki cortó la distancia entre ambos, pero no se atrevió a tomar entre las suyas las manos del príncipe, no todavía.
—Quiero una promesa, Katsuki, tan solo eso.
—¿Alteza?
Se le salió el título por la mera costumbre, nada más.
—Izuku, por favor —corrigió el príncipe—. Es una promesa simple, realmente, ¿sabes? Quiero que prometas que me serás leal, pase lo que pase. Un futuro heredero al trono debe tener guerreros de su lado, ¿no, crees?
—Sí, Izuku.
—Promételo, entonces.
Katsuki colocó una mano sobre su corazón, indicativo del lugar en el que planeaba guardar para siempre las palabras que pronunció a continuación.
—Lo juro, Izuku.
A la mitad de la primavera se realizaban los rituales de purificación. Los guerreros se dirigían a los baños o a las lagunas. Era momento de honrar a las deidades que hacían florecer los campos para empezar a pedir por una buena cosecha de verano. Mientras los guerreros marchaban a las fronteras cuando caía finalmente el verano, los campesinos cuidaban los grandes sembradíos y las chinampas en las lagunas. Antes de ello, purificarse era un ritual obligatorio para todo el mundo.
Izuku anunció sin demasiadas ceremonias que debía dirigirse al Manantial de la Luna. «Eres mi guardia, por lo que debes acompañarme, Katsuki». Probablemente no pretendía que fuera una orden, pero el guerrero sabía cumplir un mandato cuando lo oía, así que sólo lo aceptó y se preparó para partir en los días posteriores. Fue un viaje con una comitiva muy pequeña. La purificación de un príncipe del imperio era algo extremadamente privado. Ni siquiera su séquito habitual lo acompañó. Apenas unos soldados que esperarían a las afueras del Manantial de la Luna. Katsuki, como el guardia imperial del príncipe heredero era el único que podía asistir a la ceremonia. Debía protegerlo a sol y a sombra, incluso en aquellos momentos.
Y pensar que su puesto había sido tan solo producto del azar.
Cuando llegaron, los esperaban las sacerdotisas de la diosa de la luna. Intentaron obligarlo a dejar su sable a la entrada del manantial, pero Izuku presentó el sello de su padre pidiendo protección al príncipe. Las sacerdotisas sólo le dirigieron miradas desconfiadas a Katsuki después de eso y le prohibieron acercar su arma al agua. «La diosa de la luna deplora esos instrumentos», informaron, muy ceremoniosas. Y después los acompañaron hasta la orilla del manantial, de perfecta agua cristalina.
—Gracias —musitó Izuku, en voz apenas audible, antes de que las mujeres vestidas de blanco se marcharan, dejando una túnica blanca detrás para él también.
Katsuki permaneció a lo lejos. Sopesó, por un momento, apartar la mirada para darle intimidad a Izuku, pero al final la curiosidad pudo más y lo vio, poco a poco, despojarse de los brazaletes de sus muñecas, de los adornos de su cabello y de su rostro, de los pendientes de pluma que colgaban de sus orejas, de los cascabeles de sus tobillos, de sus zapatos. Al final quedaba tan solo el tocado de su pecho, su cinturón y el faldón que le cubría un pedazo de las piernas.
Lo vio, con sumo cuidado, desde lo lejos, retirar el tocado de su pecho, junto con todas las joyas que cargaba con él. A lo lejos, la figura de Izuku parecía extremadamente vulnerable. Después de algunas sesiones de entrenamiento ya no se veía tan flaco y endeble como antes y para Katsuki era obvio que podría llegar a ser un gran guerrero si se lo proponía. Que se jodiera el destino.
Con sumo cuidado, se colocó la túnica blanca y retiró su faldón.
El príncipe dudó unos momentos a un lado del agua.
Y después dejó que el agua abrazara sus pies y caminó lentamente hacia el centro del manantial, hasta que el agua lo cubrió completamente.
Tardó un rato en volver a la orilla. Katsuki no se atrevió a acercarse más, pero lo vio nadar un poco y flotar sobre el agua. Parecía increíblemente pacífico. Todas las dudas y las preocupaciones que lo acosaban en el palacio imperial allí parecían haberse mezclado con el agua. Katsuki no se atrevió a romper aquella paz. Sabía que, lo que estuviera ocurriendo entre Izuku y el manantial no era su problema. La purificación, decían, era algo extremadamente íntimo y privado, especialmente en aguas como aquellas, sólo reservadas a la realeza, a los sabios, a los guerreros de más alto rango y a algunas sacerdotisas de la luna. Ni siquiera los sacerdotes del sol podían acercarse a ellas.
Cuando salió, mojado de pies a cabeza, Izuku estaba titiritando.
Se abrazó a sí mismo un momento y respiró hondo hasta que su respiración se normalizó.
—Katsuki —pidió.
—¿Izuku?
—Acércate.
—No creo que sea lo correcto…
—Por favor. —El príncipe no tenía por costumbre suplicar, pero cuando lo hacía era terriblemente efectivo.
Así, pues, Katsuki depositó su sable en el suelo y se acercó hasta el príncipe.
—Katsuki, le pedí algo al agua.
El guerrero tigre no dijo nada. Esperó. Con Izuku, se había acostumbrado a esperar y a vivir en medio de los silencios y de las palabras murmuradas con extrema rapidez que a veces dejaban los labios del príncipe.
—No sé si sea un deseo imposible, pero quiero averiguarlo —prosiguió Izuku, con calma. No era común en él hablar de esa manera tan pausada. Generalmente las palabras se atropellaban unas a otras o las frases se cortaban para dar paso a otras. O, simplemente el tema era tan apasionante para él que no podía mantenerse en silencio. Aquella manera pausada sólo salía a relucir cuando realmente había meditado un buen rato sobre lo que estaba a punto de decir—. Katsuki, eres un buen guerrero. No conozco a muchos, pero tú eres honorable. Cuando pienso en la victoria, pienso en ti y en tu furia calmada. Por eso le pedí al agua que nos mantuviera siempre juntos. Pero no puedo obligar a tu voluntad.
—Sabes que te debo mi lealtad completa, Izuku.
—No hablé de lealtad. La lealtad puede ser traicionada, en cualquier caso —señaló Izuku—. Hablé de algo más profundo.
—Juré lealtad con una mano en el corazón, ¿qué podría ser más profundo que eso?
—Katsuki, me refiero a eso que se siento cuando tus dedos se entrelazan entre los míos. —Y extendió sus manos, pidiendo las de Katsuki. El guerrero tigre no pudo, como nunca podía, negarle el roce—. A eso tan profundo que ocurre entre tus ojos y mis ojos cuando me miran.
—Izuku, eso es…
«… impensable».
Katsuki era tan solo un guardia imperial. Su rango tendría importancia mientras fuera el guardia de Izuku y siguiera al príncipe de los ojos verdes allá a donde fuera. Si aquello terminaba, volvería a ser tan solo un guerrero tigre como cualquier otro. No era lo suficientemente importante todavía.
—Lo sé, Katsuki, lo sé. Y sin embargo, lo deseo. No creo que se puedan dominar con facilidad estos asuntos.
—No puedo negarme a aquello que me pidas, Izuku.
Y entonces, por primera vez desde que lo conoció, el príncipe desvió sus grandes ojos verdes, como si temiera encontrarse con los de Katsuki por un momento. Como si aquella afirmación lo hubiera turbado y no supiera que contestar a ella. En las comisuras de sus labios, el guerrero tigre alcanzó a ver la sombra de una duda demasiado grande. Aunque usaran sus nombres de pila y por momentos hubiera entre ellos cierta sensación de familiaridad, seguían siendo el príncipe heredero del imperio y un guardia dispuesto a seguir sus órdenes, fueran cuales fueran. «Katsuki» e «Izuku» no se diferenciaban de «guerrero tigre» y «Su Alteza», aunque a Izuku le gustara pretender que sí.
—No es una orden —dijo, finalmente, todavía sin mirarlo a los ojos— ni lo será nunca. Lo que te pido no tiene que ver con mi estatus o con tu cometido. No des una respuesta pensando que el príncipe te la pide. —Apretó sus manos, mirando, ahora sí, a Katsuki. Sus ojos verdes brillaban como un campo al amanecer cubierto de rocío. Era un color hermoso con destellos que hacían que el guerrero tigre pensara en todos los poetas que antes habían hablado del romance. Su corazón se saltó un latido—. Katsuki, ahora mismo, sólo soy un joven suplicando a otro. —Y entonces hizo lo impensable: bajo la cabeza en un gesto de respeto sólo dedicado a aquellos de rango superior, como si así borrara un poco entre ellos las diferencias—. Sólo, eso, Katsuki. Un joven que suplica a otro que lo mire para ver en sus ojos un destello preguntándose si es que acaso su corazón también, a veces, late desbocado.
Arte por @klerdraws
Al principio el guerrero tigre no supo que decir. Hasta entonces se había contentado con mirar a Izuku a lo lejos, sin más. En tocar sus manos y sentir sus dedos en un cortejo que era imposible. Se había estado enamorando sin saber que era posible sentir de aquella manera y sobrevivir a una confesión como aquella que el príncipe había dejado escapar —quizá irreflexivamente— de sus labios. Había empezado el romance hacía muchas puestas de sol, pero para el guerrero tigre no había sido, hasta ese momento, más que un romance cortés, alejado del terreno de lo posible.
Y ahora tenía allí a Izuku. Con la cabeza gacha, como si se parara frente a alguien todopoderoso, aferrando sus manos calludas con sus dedos suaves.
—Izuku, si esto es realmente lo que deseas, te juraré mis sentimientos y no solo lealtad.
La cabeza gacha, todavía.
—No tienes que hacerlo por mi rango.
Pero su título siempre estaría allí, entre ellos. Katsuki no podía ignorarlo. Sin embargo, podía, por momentos, pretender.
—No lo estoy haciendo por eso.
No agregó más. Otros cuenteros quizá adornen la historia y digan que entonces Katsuki se arrodilló ante Su Alteza y le juró entregarle su corazón. Pero el guerrero tigre no era tan verbal con los sentimientos. Hablaba con la espada y con su honor. Así, pues, no agregó nada más. Tan solo puso un dedo bajo la barbilla de Izuku y, haciendo que alzara su vista, lo vio por primera vez como si se estuviera enfrentando a un igual. Es una imagen representativa, realmente. A los poetas les gusta.
El guerrero tigre junto al príncipe de los ojos verdes. Frente a frente. Mirándose a los ojos. Iguales el uno al otro.
Quizá serlo fuera tan solo una fantasía; pero fue allí, con esa mirada, que ambos comprendieron que estaban enamorados.
—Izuku…
—Bésame.
Y Katsuki, ni esa ni todas las siguientes, fue capaz de negarse.
Arte por @klerdraws
Los labios del príncipe eran delicados, pero sus besos eran más bien un gesto que estaba por todas partes. Besaba de una manera de se asemejaba a una pelea y Katsuki decidió entonces que no había mejor manera de besar que aquella, con el príncipe de puntitas para alcanzar sus labios, con las gotas de agua del cabello mojado bajándole por el rostro y las manos de Izuku que soltaron las del guerrero tigre para aferrarse a la capa de la piel del felino.
Nadie fue testigo de ese beso.
Quizá no sea como lo cuentan los poetas, los bardos o los cuenteros. Pero fue y eso es lo que importa. El guerrero tigre y el príncipe de los ojos verdes se besaron por primera vez en el Manantial de la Luna, sin más compañía que el agua.
Después, todavía solos, el guerrero tigre tomó con todo cuidado el tocado de Izuku para pasarlo por u cabeza y colocarlo en su pecho. Lo ayudó a ajustarse el cinturón y el faldón para quitarse la túnica blanca que le habían proporcionado. Con todo cuidado usó una tela que había quedado abandonada a la orilla del agua para secar su cabello tanto cuando pudo. Después, fue tomando de uno en uno los brazaletes de Izuku hasta colocarlos todos sobre sus muñecas. Finalmente, tan solo restaban los zapatos, que Izuku se calzó sin ayuda y los cascabeles que de estos colgaban.
Katsuki los tomó antes de que Izuku pudiera hacerlo.
—No es necesario —dijo el príncipe.
Pero el guerrero tigre lo ignoró.
Plantó una rodilla en el suelo y puso una mano sobre la pierna que había quedado alzada. Antes de hacer lo que Katsuki pedía sus mejillas enrojecieron, avergonzadas, pero finalmente subió el pie y lo colocó sobre su rodilla y con todo cuidado y la delicadeza que Katsuki no le dedicaba a nada más, le colocó aquellas pulseras, con sus cascabeles. Primero en un pie y luego en el otro.
Era, pues, oficial.
El guerrero tigre y el príncipe de ojos verdes se habían confesado su amor.
Los árboles de jacaranda estaban recubiertos de morado en las calzadas y las flores caían dejando un manto púrpura sobre el suelo. En el jardín de los cerezos, donde Izuku disfrutaba pasar el tiempo en los días más recientes, se había cubierto entero de pétalos color de rosa que llenaban los caminos, las bancas de piedra y el suelo entero. Lenta, pero inexorablemente, se acercaba ya la mitad de la primavera.
Katsuki seguía apostado como el guardia encargado de proteger a Izuku; lo que en un principio había sido un trabajo aceptado de mala gana se había convertido en algo por lo que estaría dispuesto a pelear. No dejaría que nadie le arrebatara aquella misión mientras le fuera posible.
En verano se marcharía con el resto de los guerreros y la protección de la familia real que se quedara atrás —Izuku entre ellos— estaría a cargo de otros. Los rituales de la guerra no podían esperar, después de todo.
Pero de momento, Katsuki permanecía a su lado.
Entrenaban dos días de cada siete, con la excusa de que Izuku visitaba a su antiguo maestro. Otras tardes Izuku las pasaba en los jardines, con su séquito o sin él y a veces pasaban horas en la biblioteca mientras Katsuki lo miraba leer. Hacía algunos días Izuku había tomado por costumbre leer algunos pasajes en voz alta, especialmente si le gustaban mucho. Así, Katsuki había conocido algunos pedazos de sus historias favoritas.
Los cantares y poemas que le gustaban. Los códices en los que pasaba más tiempo. Las leyendas que le gustaba oír.
Leía con la voz tenue y melodiosa. No se parecía a la entonación de los cuenteros y se había excusado diciendo que no conocía demasiados, pues su padre no los aprobaba demasiado. «Está demasiado por la guerra y los sacrificios», había dicho Izuku, excusando la falta de cuenteros en su vida. Si Katsuki hubiera podido llevarlo a ver los de las calzadas que tocaban a cambio de algún trueque, lo hubiera hecho, sin duda. Pero el mundo de Izuku era una jaula con jardines hermosos y decoraciones recargadas, no podía salir de aquellas paredes.
Aquel día estaba repasando de nuevo la historia de la princesa que deseaba convertirse en emperador. Se detuvo, de nueva cuenta, en el pedazo del papel donde se escondía aquel carácter que hablaba del último y más profundo estado del amor. Katsuki notó cómo sus dedos lo recorrieron, trazo a trazo.
—«… un amor espontáneo» —leyó y en su voz relució el lamento por no tener en su memoria el sonido adecuado a aquel carácter. Alzó la cabeza entonces y se volvió, buscando a Katsuki detrás de él—. Katsuki, ¿no te parece maravilloso lo espontáneo que resulta todo?
El guerrero oteó a sus alrededores. No estaban solos. Miembros del consejo de sabios del emperador estaban en alguna de las mesas contiguas, reclinados sobre algunos códices.
—Sí, Su Alteza —respondió Katsuki—, me lo parece.
A simple vista, uno pensaría que eran tan sólo un príncipe con su guerrero más fiel pero si alguien miraba con verdadero cuidado, comprendería que estaban enamorados.
—¿Te gustaría oír la historia en voz alta, Katsuki? —preguntó Izuku. Le pareció adivinar en él una sonrisa traviesa, como si el príncipe disfrutara aquella actuación en la que Katsuki hablaba con toda la cortesía posible cuando, en soledad, se acercaba a su oído y murmuraba su nombre «Izuku, Izuku» a falta de mejores palabras para hablar de lo que había en su corazón.
—Si usted lo desea, Alteza, por supuesto.
E Izuku entonó, desde el principio, con voz suave, la historia de la princesa que deseaba ser emperador y, de paso, sentir el amor un amor tan fuente que anidara en su interior y doliera por dentro. «Un amor espontáneo», leyó la voz de Izuku, «un amor tan grande que nos duela por dentro». Y luego una pausa en la que escondió todo aquello que no podía decir en público.
Luego siguió leyendo y deja que su voz inunde la estancia.
Sí, quizá no tenía la voz de los cuenteros, pensó Katsuki. Pero su entonación era hermosa de igual manera.
Al terminar, volvió a doblar el códice con todo cuidado. Katsuki fue el encargado de llevarlo hasta su lugar y luego, al volver con Izuku, le ofreció una mano para levantarse que el príncipe tomo diligentemente.
—Acompáñame al jardín de los cerezos, Katsuki —pidió Izuku.
—Como desee, Su Alteza.
Solía caminar detrás del príncipe, cada vez. No podían hacerlo agarrados del brazo como si lo hacían las parejas comunes y corrientes que se movían a través de las calzadas y los callejones. Su amor era uno que vivía entre líneas, en los márgenes de otra historia. Podrán pensar, quizá, al escuchar esta historia, que aquello creaba entre el guerrero tigre y el príncipe de los ojos verdes una barrera insalvable que no los dejaría nunca olvidar quienes eran. Pero en realidad, todos quienes cuenta su historia están de acuerdo en algo: durante aquellos días fueron tan felices que soñaron con tomar el mundo entre sus manos y entregarle todo su amor.
Al cruzar los arcos del jardín de los cerezos, el lugar al que no entraba nadie que Izuku no deseara, el príncipe se detuvo un momento.
—Katsuki —llamó.
—¿Izuku?
Y el príncipe ofreció su brazo como lo hacían las parejas.
—Tu mano —pidió.
Y Katsuki le dio su mano y caminó a su lado como no podían hacerlo cuando otros podían verlos. Entre los pétalos de color de rosa y todas las promesas escondidas entre sus dedos y la piel de Izuku.
Fueron tan felices como pueden serlo dos personas terriblemente enamoradas aquella primavera. Podría detallarse uno a uno sus besos y sus pequeños rituales. Las maneras en las que Katsuki en público pronunciaba «Su Alteza» para que se entendiera que en realidad quiere decir «Izuku». Podríamos llenar páginas y narraciones enteras de aquellos momentos con el solo propósito de demostrar que estaban muy enamorados —¡y lo estaban!—, pero no fue aquello lo que los convirtió en una leyenda. Fue rumbo al final de la primavera, cuando las flores de los cerezos empezaban a escasear para dar paso a la fruta y ya no quedaban demasiadas flores en las jacarandas de los jardines y de las calzadas. Cuando el cartel empezaba a prepararse para la guerra florida y Katsuki usaba sus tardes para explicarle a Izuku las técnicas de una guerra sin muertos en donde lo importante era tomar prisioneros. Una guerra ritual, dirigida a lo divino antes de a lo humano. Entonces empezó todo aquello.
Algunas damas del séquito de Izuku habían empezado a sospechar que el príncipe guardaba más secretos de los que ellas sabían. No estaban enteradas de qué, pero se ocuparon muy bien de que los chismes no azotaran a Izuku ni salieran de aquel espacio del palacio que le pertenecía al príncipe de los ojos verdes. Pero ni siquiera ellas pudieron detener al emperador.
Fue, por supuesto, en el jardín de los cerezos.
Casi nadie entraba allí sin anunciarse y sin el conocimiento de Izuku. Era el refugio que había elegido para depositar en él todo su romance, los abrazos y los besos de Katsuki.
Izuku, contra el tronco de uno de los árboles, al menos una palma más bajo que Katsuki. Y el guerrero tigre frente a él. Quizá lo hayan visto, a los artistas les gusta aquella escena. Los momentos felices antes de lo que fue. Los pétalos rosas en su cabello y en sus pies. Hay hoy en el palacio imperial un enorme tapiz que muestra aquella escena y así podemos imaginarlos. Quién sabe si esas representaciones son cercanas a la realidad. Sólo podemos imaginar.
—Katsuki, así te llaman tus compañeros, ¿cierto?
—Sí, Izuku.
—Pero sólo tú me llamas Izuku.
«Y su padre», pero el emperador le prestaba tan poca atención a su heredero que no cuenta.
—Sí, Izuku.
—Quiero un nombre tuyo que sea solo mío —dijo el príncipe—. Es un poco egoísta… —y alza su mano para acariciar sus mejillas—, quizá, pero quiero una parte de ti me pertenezca para siempre.
Katsuki no agregó nada más. Lo dejó hablar. Lo dejó pensar un nombre. Hasta que Izuku lo dijo.
—Kacchan…
Y esa fue la primera vez que el guerrero tigre fue llamado por ese diminutivo que más tarde quedó escrito en cartas jamás enviadas. Katsuki se inclinó para besar a Izuku y probar sus labios y entonces se abrió la puerta.
—¡Alteza…!
La voz de una de las damas del séquito de Izuku murió ante la escena y tanto el príncipe como el guerrero tigre alzaron la cabeza. Ante ellos, detrás de la dama de cabello castaño, a los hombros, con dos trenzas más largas que enmarcaban su rostro, se encontraba el emperador.
Ciertamente era parecido a su hijo. Su cabello era gris, pero tenía los mismos rizos medio crispados y algunas pecas en su rostro, tal como el príncipe. No podía negarse el parentesco. Era un más alto que Izuku y también que Katsuki. Además, el penacho que adornaba su cabeza lo hacía parecer en cierto modo omnipotente. Llevaba un tocado en el pecho mucho más adornado que el de Izuku y una capa de guerrero leopardo.
—Le dije que no era necesario anunciarme, señorita Uraraka —repuso el emperador, sonriente.
Y clavó sus ojos amenazantes en Izuku y Katsuki.
Primero reaccionó el príncipe cuando se separó del guerrero tigre y se aproximó hasta su padre. Bajo la cabeza, haciendo una pequeña inclinación en señal de respeto. El emperador era la única persona en aquel reino que estaba por encima del príncipe heredero. Katsuki terminó por seguir su ejemplo, con la sorpresa ya fuera del cuerpo; hincó una rodilla en la tierra e inclinó la cabeza, sin atreverse a ver a los ojos al emperador.
De haberlo deseado, el guerrero tigre hubiera podido sostenerle la mirada al emperador. Si no hubiera sido una absoluta falta de protocolo, hubiera sido capaz; pero conocía su lugar en la corte del Imperio. Era tan sólo un guerrero tigre.
—Puede marcharse, señorita Uraraka —dijo el emperador, al verlos allí, ante él.
No volvió a hablar hasta que los pasos de la muchacha se perdieron en el camino.
—Alza la cabeza, Izuku. —Sólo entonces reconoció a su hijo frente a él. Katsuki escuchó su manera de pronunciar el nombre; no se parecía a la suya. En los labios del emperador el nombre del príncipe salía y se estrellaba en mil pedazos en el suelo; no existía el mismo cariño y cuidado que el guerrero tigre le dedicaba a la palabra.
—Su Majestad Imperial —saludó entonces Izuku—. Padre.
El emperador no se dirigió a Katsuki. Ni siquiera lo miró entonces.
—¿Tendré que conseguir otro guardia para ti, Izuku? —preguntó su padre.
El corazón de Katsuki se saltó un latido.
—No lo aparte, Su Majestad Imperial —pidió Izuku—. Le prometo que cumpliré con mi deber, sea cual sea. No lo aparte.
—Tu deber es ser un heredero —le recordó el emperador. Katsuki no sabía su nombre tal como antes no conocía el nombre de Izuku. Era tan solo Su Majestad Imperial. Nada más.
—Lo sé, Su Majestad Imperial.
—Bien.
Una pausa. Katsuki no podía ver lo que ocurría. Su rodilla seguía en el suelo, su cabeza gacha. Se había acostumbrado a esa posición, pero le costaba.
—No lo aparte, por favor —suplicó Izuku—. No me quite a Katsuki.
—¿Por qué debería quedarse?
—Es el mejor guerrero que he conocido, Padre.
Y entonces, por primera vez, el emperador fijó su vista en Katsuki.
—Guerrero tigre —llamó y Katsuki alzó la cabeza—. Mi hijo dice que eres el mejor guerrero que ha conocido. ¿Es cierto?
—No puedo llevarle la contraria a Su Alteza —respondió Katsuki, midiendo sus palabras—, Su Majestad Imperial. Sería ir en contra de mi deber.
El emperador suspiró. Parecía estar sopesando las posibilidades. Podría apartar a Katsuki y enviarlo tan lejos que jamás volviera a ver a Izuku en su vida. Podría arrestarlo y lanzarlo a los calabozos, acusado de traición por atreverse a tocar al príncipe y no darle ni el honor de una muerte por sacrificio. O podría mirar a otro lado y esperar que Izuku cumpliera su palabra.
—¿Tu nombre es Katsuki? —preguntó el emperador.
—Sí, Su Majestad Imperial —respondió él.
—Supongo que conoces el precio de la traición.
—Sí, Su Majestad Imperial.
¿Qué más podía responder? No hay muchas cosas que un emperador desee oír cuando interroga a sus súbditos.
—Mi heredero necesita guardias leales a su lado, Katsuki —dijo el emperador entonces— y sólo por eso estoy dispuesto a no apartarte de su lado. No estoy dispuesto a ver a mi dinastía extinguirse, en contra de lo que crean los sacerdotes. —Apretó los labios y a Katsuki le costó leer aquella expresión—. Izuku será emperador. Aunque no tenga la educación de un guerrero.
Y en su mirada Katsuki encontró toda la decepción que le causaba no haber hecho de él uno, siguiendo los mandatos de los sacerdotes. Si las estrellas de Izuku no habían sido favorables, el emperador no podía ir contra ellas. Debía mantener felices a quienes lo mantenían en el poder.
—Sí, Su Majestad Imperial —respondió Katsuki.
—No perdonaré una falta de lealtad, guerrero tigre —dijo el emperador. Frente a él, Izuku soltó un suspiro de alivio.
Fue entonces cuando comenzaron los problemas.
El emperador los tenía en la mira.
Cuando se marchó, Izuku estaba temblando en los brazos de Katsuki, todavía creyendo que podían arrancárselo en cualquier momento. El guerrero tigre tan sólo atino a besarlo las sienes.
En ese entonces, el guerrero tigre pensaba que era un desperdicio que, por los designios de su nacimiento, no le hubieran permitido a Izuku entrenar como un guerrero. No tenía el corazón de uno: su primer instinto era extenderle la mano al enemigo para ayudarlo y evitarle la muerte o el sacrificio. Y sin embargo era justo por eso que hacía un buen guerrero: se tomaba el tiempo de amar tanto al enemigo que era capaz de ver todos sus errores y derrotarlo. El final de la primavera se acercaba cuando Izuku derribó a Katsuki por primera vez y lo derrotó justamente. Era una pena, realmente, que ni siquiera hubiera podido entrenar. Quizá nadie le hubiera dado una capa con los designios de su nacimiento, no sería nunca un guerrero tigre, ni un guerrero leopardo, pero si hubieran podido ver de lo que era capaz, el cuartel hubiera confiado en él. Katsuki no se hubiera sentido inspirado a llamarlo «Deku» aquella vez tantas puestas de sol atrás y los soldados no seguirían diciendo esa palabra por lo bajo, creyendo que el príncipe no podía oírlos.
El guerrero tigre y el príncipe de los ojos verdes estaban más enamorados que nunca cuando el emperador empezó a pensar en la sucesión. Tenía que asegurarla. Hizo que Katsuki tuviera más poder entre los guerreros, alegando que alguien que cuidaba a su hijo no podía ser cualquier guerrero salido de ninguna parte; Katsuki sabía que aquello también era una orden que había de seguir: gánate la confianza de los guerreros para que, cuando Izuku tenga que defender su trono, ellos te sigan. El emperador confiaba ciegamente en que el amor que el guerrero tigre le tenía a su hijo sería suficiente para lograr aquello.
También, por supuesto, ocurrió otra cosa.
Había que pensar en la sucesión, después de todo. Y el emperador empezó a buscar a una futura esposa real.
Al principio, ni Izuku ni Katsuki tuvieron noticia de aquello. El emperador no consideraba que fuera necesario informar a Izuku que estaba buscándole a la que quería su esposa principal. Quizá pensó que no le importaría, pues era libre de tomar otras parejas después. Una segunda o tercera esposa. Cuarta, si le placía. Podría casarse con Katsuki y hacerlo su consorte bajo cualquier título de aquellos, pensó. Pero la esposa real debería ser mujer, quizá se dijo, aunque no podemos saberlo. Es complicado meterse en la cabeza de alguien tan poderoso como él. Debería ser mujer por el asunto de la descendencia, era cuestión práctica, porque en el resto del imperio aquello no tenía importancia alguna. Hombres y mujeres podían casarse con quien desearan. Pero los emperadores habían de tener hijos para convertirlos en sus herederos.
Los enamorados, pues, gastaban su tiempo en los jardines y en la biblioteca y en todos los lugares favoritos de Izuku.
Hasta el día de la ceremonia que marcaba las fiestas del inicio del verano.
Fue la primera vez que Katsuki vio a Izuku con un penacho —mucho más pequeño que el de su padre— adornado en la base con un tocado de piedras preciosas en forma de flores; iba todo ajustado en su cabello, entre sus rizos rebeldes. Se veía hermoso cuando Katsuki acudió hasta sus aposentos. Plantó una rodilla en el suelo, sabiendo que todo el séquito de Izuku era su audiencia.
—¿Necesita ayuda, Su Alteza? —preguntó.
Izuku plantó su pie sobre la rodilla que había permanecido alta.
—Quizá, Katsuki.
Y le mostró las joyas que iban en sus tobillos.
Una de las damas se disculpó entre risitas con Katsuki, argumentando que el príncipe había insistido en esperarlo para aquello, aunque le habían dicho una y otra vez que todo eso era indigno de un guerrero.
Pero a Katsuki no le importaba.
—Por favor —añadió Izuku. Si alguien de su séquito se sorprendió ante aquel pedido, no lo demostró.
—Por supuesto, Su Alteza —repuso Katsuki y tomó las joyas titilantes entre sus manos y las fue ajustando en los tobillos de Izuku. Al terminar, depositó un beso en el dorso de su mano que hubiera deseado darle en los labios.
Pero Izuku entendió.
También quiso decirle que se veía hermoso, pero no podía con todo el público que tenían. Si todos los nobles que acompañaban a Izuku en ese momento sospechaban algo, Katsuki no quería confirmárselos. Así que se limitó a mirarlo a los ojos, intentando transmitirle aquello.
Izuku entendió, de nuevo.
—Vamos, Katsuki. Debemos encontrarnos con mi padre antes de la ceremonia.
No había todavía nadie en las calzadas cuando Katsuki las atravesó detrás de Izuku y subió tras él las escaleras que lo condujeron hasta el templo del dios de la guerra. Era aún demasiado temprano, pero el emperador ya estaba en lo alto, junto a los sacerdotes.
Izuku se inclinó ante él al verlo. Katsuki se arrodilló en señal de respeto.
—Izuku —dijo el emperador.
—Su Majestad Imperial —respondió el príncipe—; padre.
—Espero que hoy, más que nunca, estés a la altura de tu deber.
—Sí, Su Majestad Imperial —volvió a decir el príncipe, por reflejo.
—He conseguido un acuerdo con uno de los reinos vasallos. La hija del antiguo rey acudirá a nuestra ceremonia —informó el emperador. Ni Izuku ni Katsuki tenían idea alguna a dónde se dirigían sus palabras, pero cuando salieron de sus labios, rompieron el mundo de Izuku—: Espero que sea tu futura esposa.
Katsuki ni siquiera se inmutó. Esperaba aquello, realmente. Nunca había aspirado a ser alguien «oficial» en la vida de Izuku, por lo que la noticia ni siquiera le extrañó. Y desde la posición en la que estaba, no adivinó la expresión consternada de Izuku hasta que la oyó en su voz.
—¿La futura Esposa Real? —preguntó el príncipe, con un hilo de voz. Allí fue cuando el guerrero tigre empezó a intuir que algo estaba o estaría mal.
—Sí, Izuku, la futura Esposa Real.
La siguiente pausa fue demasiado larga. El emperador, por supuesto, no esperaba una respuesta. Katsuki tan sólo podía atisbar la espalda de Izuku y sus hombros que de repente parecían terriblemente débiles.
—Padre, no puedo… no puedo… —musitó. La voz se le fue rompiendo, quedito. Era la primera vez que Katsuki oía esa conmoción en inmediatamente lo asustó; quería proteger a Izuku, pasara lo que pasara—. No podría hacer de mi Esposa Real alguien a quien no… Padre. Esperaba llegado el momento, ese título pudiera ser para Katsuki. —Y allí se esforzó especialmente por mantener el tono serio y fuerte, pero el guerrero tigre, aun en medio de la sorpresa, reconoció lo débil que sonaba aquella petición que era, en realidad, una súplica.
—¿El guerrero tigre?
—Sí, Su Majestad Imperial.
—No puede darte descendencia, Izuku.
—¡Podría consolidar el poder! —insistió Izuku, con la voz más chillona, más desesperada. Nunca antes se había atrevido a ir contra el mandato de su padre o de los sacerdotes de la guerra—. Si los guerreros confían en él…
—Debes tener descendencia, Izuku. No dejaré el imperio en tus manos para que puedas acabar con nuestra dinastía.
—¡Haré lo que se espera de mí, entonces! —exclamó Izuku. Desde atrás, Katsuki no podía imaginarse su rostro consternado por más que lo intentara—. Siempre he hecho lo que se espera de mí. Tomaré a alguien más por consorte. Pero Katsuki… Katsuki tiene que ser… Por favor.
El guerrero tigre nunca esperó aquello. Se conformaba con un amor en los márgenes, lejos de cualquier pretensión y lejos del poder. No comprendió, durante los primeros momentos, porque para Izuku aquello que suplicaba era tan importante. Tuvo que concentrarse en su voz desesperada, que era lo único que tenía en ese momento, para comprender que era una cuestión de amor y en ese momento el amor fue tan grande que lo rompió por dentro. El príncipe de los ojos verdes estaba dispuesto a desafiar a su padre por el guerrero tigre.
—Su Majestad Imperial —siguió Izuku—, ¿acaso alguna vez no he hecho lo que se espera de mí?
No hubo ninguna respuesta.
—Cumpliré lo que sea si permite que Katsuki sea mi consorte —dijo Izuku—, el primero. De otro modo, estaría traicionando a mi corazón, Padre; usted entiende de esas traiciones.
Un silencio largo y calculado. A Katsuki empezaba a adormecérsele una rodilla, pero estaba acostumbrado a la incomodidad. No importó.
Cuando el emperador volvió a hablar, no se dirigió a su hijo.
—Guerrero tigre —llamó y Katsuki lo encaró—. ¿Le serás fiel a mi hijo todos y cada uno los días de tu vida?
—Sí, Su Majestad Imperial.
El emperador pareció sopesar algo, pensarlo. Miró de reojo a uno de los sacerdotes, que tenía los labios fruncidos.
—Izuku dijo que eras el mejor guerrero que había conocido.
—Sí, Su Majestad Imperial —respondió Katsuki.
—Si consigues la victoria en la próxima de nuestras guerras este verano —dijo el emperador entonces—, le concederé a Izuku su deseo y a ti, la mano del heredero, guerrero tigre.
No le estaba preguntando, ni siquiera estaba esperando a que accediera. Esperaba de uno de sus súbditos que simplemente atendiera sus palabras.
—Sí, Su Majestad Imperial —repuso Katsuki.
La voz de Izuku fue tan débil que apenas su se escuchó.
—Gracias, Padre.
Y entonces, la sentencia. El emperador clavó sus ojos en Katsuki y el guerrero tigre supo que lo estaba poniendo a prueba. Desde entonces, vigilaría sus pasos aun más y evaluaría si realmente iba a ser un buen consorte para su hijo. Katsuki estaba caminando por le borde de un precipicio muy alto y podía caer al vacío en cualquier momento.
—Partirás tan pronto como sea posible, guerrero tigre.
Tras las ceremonias del fin del verano, las puestas y salidas de sol de Katsuki e Izuku empezaron a estar contadas. Más que felices, eran un par de amantes desesperados que sabían que pronto no se verían más. Por supuesto, no había forma de evitar aquella partida, ni siquiera aunque el sable del emperador no pendiera sobre la cabeza de Katsuki.
Tardaron días en tocar el tema del matrimonio, un asunto sobre el que Katsuki no había sido consultado.
Lo hicieron durante la última noche.
Izuku le hizo llegar un mensaje, pidiéndole —y no ordenándole, esa era una diferencia grande— que acudiera a sus aposentos durante aquella luna. Katsuki, incapaz de negarle algo al príncipe, acudió a su encuentro. Estaban solos bajo la luz de la luna.
—Nos metiste en un aprieto, Izuku —musitó entonces, de pie todavía cerca de la puerta, con el príncipe tan solo iluminado por la luz de las velas.
—Lo siento —se disculpó el príncipe—, sólo espero… No, no es eso. Sólo deseo ser sincero ante lo que siento. No me casaré en primer lugar con nadie que no seas tú porque eso significaría una traición a mi corazón y… Tengo que casarme, Katsuki, no es algo de lo que pueda oír.
Katsuki permaneció en silencio, pero su en su rostro se veía la duda y todas las preguntas que tenía.
—Fue un impulso —añadió Izuku—, pero sabía que tenía que hacerlo. Si no era ese momento… Quizá debí de haber preguntado antes.
Katsuki, de nuevo, se entregó al silencio. No tenía nada qué decir. No podían volver el tiempo atrás y probablemente tampoco deseara hacer las cosas de manera distinta.
—Entonces, Kacchan, lo preguntaré ahora.
«Kacchan». Aquel nombre era importante porque les pertenecía tan solo a ellos. Por la manera en que rodaba en la lengua de Izuku se adivinaba la cercanía y el cariño. Katsuki tragó saliva al oírlo y al ver a Izuku acercarse hasta donde él permanecía de pie. Y entonces el príncipe, con sumo cuidado, plantó una rodilla en el piso y después la otra. Se arrodilló no como se hacía en el protocolo, sino como lo hacían los fieles ante sus dioses. Katsuki deseó detenerlo, porque era un príncipe y aquel era un gesto indigno, pero tan solo se quedó congelado frente a él. Izuku, el príncipe de los ojos verdes, se postró ante él en un gesto impensable y buscó su mano, que Katsuki le concedió.
—Kacchan —dijo—, ¿serás mi Esposa Real?
«Esposa Real».
En el Imperio los títulos nunca cambiaban y Katsuki sonrió porque ya había pensado eso y ahora le resultaba irónico.
Jaló un poco a Izuku para hacerlo ponerse de pie y tan sólo dijo.
—Sí.
¿Qué otra cosa podría responder?
Izuku sonrió y se puso de puntas para besarlo. Aquella era, de hecho, la última noche. Katsuki partiría por la mañana y no volvería hasta que iniciara el otoño, por lo menos. Así que el príncipe lo arrastra hasta su lecho y Katsuki se queda de pie incómodamente a un lado, sin saber qué hacer. El príncipe se sonroja.
—Kacchan, también tienes que prometerme que vas a volver.
—Sí.
—Jurarlo.
—Sí.
—Sobre su corazón.
El guerrero tigre colocó una mano sobre su corazón y clavó una rodilla en el suelo ante Izuku, sentado al borde de su lecho.
—Juro volver este otoño —dijo.
—¿Y si algo te retrasa?
—Entonces juraré volver en el invierno —agregó Katsuki—, tan pronto como me sea posible.
—¿Y si algo…? —Las palabras no terminan, se rompen allí.
El príncipe no pudo ocultar su preocupación como tampoco pudo olvidar sus miedos. El guerrero tigre deseó decirle que no tenía por qué temer, puesto que la guerra no era más que una suerte de desesperación por no convertirse en el prisionero del otro y él era realmente muy buen guerrero. Sabía manejar su ira, usarla a su favor.
En vez de eso, tomó la mano de Izuku entre las suyas, separando una de su corazón.
—Entonces, volveré en primavera —declaró— y nada es capaz de detener a la primavera.
Beso sus dedos, uno a uno, y después el dorso de su mano. Se puso en pie y, con una mirada, pidió permiso para acercarse todavía más. Izuku asintió y entonces, Katsuki lo ayudó a desprenderse del tocado en su pecho y de los brazaletes de sus muñecas, uno a uno, con lentitud. Y luego Izuku se tendió en la cama y Katsuki hizo lo propio con las joyas y cascabeles de sus tobillos y con los zapatos.
Antes de retirar el faldón, recorrió con sus dedos el pecho y el vientre de Izuku. Besó sus labios y, al acercarlos a su cuello, hizo tan solo una pregunta:
—¿Puedo, Izuku?
—Sí.
Y besó su cuello y su pecho y su vientre, y sus manos recorrieron sus muslos, también, hasta que Izuku tembló y se escondió en su cuello y le clavó las uñas en los hombros y soltó algo parecido a un gemido y a una súplica. Y Katsuki besó sus muslos y escuchó un «Kacchan» destruido, acabado, desesperado. Sus dedos se entretuvieron un momento más en sus piernas antes de hacer que Izuku se incorporara un poco. Lo sintió temblar en sus brazos y esconderse en su pecho.
—Kacchan… —Entre gemido y súplica, así salió su voz.
—¿Estás seguro? —preguntó Katsuki, con una mano sobre el cinturón del faldón—. Dime que sí y cuidaré de ti esta noche y obtendré una victoria absoluta para volver hasta ti y cumplir cada uno de tus deseos. Pero debes decirlo, Izuku. Nunca pondré sobre ti un dedo más de lo que tu estés dispuesto a aceptar.
El príncipe se abrazó a él.
—Sí, Kacchan. Estoy seguro.
Y Katsuki volvió a besarlo y en aquel beso escondió la promesa de siempre cuidar de él y de tratarlo con toda la delicadeza que merecía. La promesa de volver y reclamar su mano para convertirse en su Esposa Real. No eran cosas para las que tuviera palabras, pero esperaba que el príncipe las entendiera igual.
Le recorrió con los labios el cuerpo dejando en toda su piel un testimonio de su amor e Izuku gimió su nombre al amparo de la noche, la última noche, para que no quedara duda del amor que existía entre el guerrero tigre y el príncipe de los ojos verdes.
Eran hermosos entonces, divinos, incluso, el tiempo no podía cambiarlos.
Aquí es obligatorio considerar un preludio. Ni para Katsuki ni para Izuku acontecieron suficientes cosas dignas de mención durante el verano. Katsuki obtuvo victorias aplastantes y el Imperio consiguió nuevos prisioneros. El príncipe entrenó solo durante un tiempo, pero la vigilancia de una nueva guardia lo mantuvo un poco más quieto, más cauto. Esperaba a Katsuki y veía desde las ventanas del palacio imperial el mundo que se desarrollaba en las calzadas de la capital. Se lamentaba no poder experimentar aquella otra vida que parecía mucho más libre, sin un deber que lo encadenara al palacio. Esperaba, que no es a actividad más interesante del mundo. Quizá cuando fuera emperador, podría cambiar las reglas, recorrer las calzadas, ser capaz de defenderse. Pero debía ser paciente. Esperar.
Fue hasta el final del verano que ocurrió la traición. Los sacerdotes no querían que un guerrero tigre fuera la Esposa Real del futuro emperador. Les parecía que creaba problemas innecesarios. Se aprovecharon de que muchos guerreros no apreciaban al heredero para convencerlos de que lo mejor sería traicionar a Katsuki.
En el camino de vuelta, simularon una emboscada.
No pretendían matarlo, tan solo engañar el príncipe.
Lo dejaron tirado a un lado de la calzada, envuelto en su capa. No repararon que estaban en el sur, territorio del guerrero tigre.
Volvieron para contarle al heredero que su amado había muerto y así, Izuku languideció de tristeza. Pero Katsuki no había muerto. Y nada podría detener a la primavera.
Lo rescataron las mismas personas de su aldea. Lo primero que Katsuki vio al abrir los ojos fue a su madre y a su padre. Lo rescataron y lo cuidaron hasta que pudo moverse en el mismo taller donde había crecido. Masaru y Mitsuki Bakugo se dedicaban a las telas y a la costura. Tenían un taller de telares donde Katsuki había aprendido que no tenía paciencia para todo lo que fuera detallado y que las urdimbres perfectas en los telares de sus padres para él eran demasiado complicadas. Entendía la fuerza que era necesaria para manejar un telar, pero no el cuidado, ni la delicadeza. Por eso se hizo guerrero, buscando un lugar donde su fuerza bruta tuviera lugar y de todos modos tuvo que aprender a lidiar con la delicadeza en el arte de la espada.
Todo para acabar volviendo al lugar que había dejado atrás. Sus padres le curaron las heridas y una pierna rota. Lo hicieron con la misma fuerza que usaban los telares y y lo dejaron ir cuando fue el momento. La primavera había empezado y Katsuki recordaba su promesa. Nadie podría detener la primavera ni evitar que él volviera con Izuku. Acabaría con aquellos que lo traicionaron.
Su madre lo abrazó cuando su partida fue inminente.
Susurró algo en su oído.
«No olvides quién eres».
Después de tantos años de no verla y tan solo enviar cartas esporádicas, Katsuki recordó por qué había decidido convertirse en un guerrero. Aquel abrazo tan fuerte llevó hasta él la dura educación que le había dado su madre y el honor que siempre le habían inculcado. La pasión con la que hacía las cosas.
Así se puso en camino.
Dice la historia que el guerrero tigre, con su capa a la espalda y su sable en el cinto, caminó sin descanso por la calzada que llevaba hasta la capital del reino, prácticamente sin detenerse. A sus pies cayeron los pétalos de las flores de aquella primavera que florecía. Había pasado el tiempo. El otoño, con las hojas cayendo y los árboles desnudándose estuvo en el taller de sus padres y el frío invierno, con sus terribles lluvias y ventiscas fue imposible viajar. Pero con las flores nuevamente abriéndose paso hacia el sol, el guerrero caminaba.
Todas las versiones de la historia que llegó solo, con su capa y su sable y nadie se atrevió a negarle la entrada.
Si a Katsuki en ese momento le pareció que la capital parecía estar en un estado extraño de luto no dijo nada. Quizá el guerrero tigre ni siquiera lo vio, pensando tan solo en cumplir su promesa.
No vio las caras largas, las ofrendas, la preocupación. No entendió nada hasta que llegó al palacio y alguien gritó al verlo. A esas alturas, la figura del guerrero tigre se había convertido en algo mítico, pero Katsuki no lo sabía. Lo hicieron esperar hasta que acudió hasta él una sacerdotisa de baja estatura y cabello recogido.
—¡Oh, benditos sean los ojos que te ven! —dijo la sacerdotisa—. Ay, guerrero tigre…
Katsuki alza una ceja.
—¿Qué ocurrió?
—El príncipe está gravemente enfermo, guerrero tigre —informó la sacerdotisa.
Y el mundo de Katsuki se rompió en mil pedazos.
—Es la enfermedad de la tristeza. Cayó en ella cuando llegaron los guerreros y tú no estabas entre ellos. Le contaron que habías muerto, guerrero tigre —informó la sacerdotisa—. Al principio se lo negó incluso a sí mismo, pero no volvías. Me dijeron que Su Alteza decía que lo habías jurado… Pero no volvías, guerrero tigre. Y empezó a languidecer. Se lo llevó la enfermedad de la tristeza. Hace unas pocas semanas que duerme y nadie es capaz de despertarlo.
«La enfermedad de la tristeza»; Katsuki hubiera pensado que no eran más que patrañas salidas de viejas leyendas. Pero todo el mundo aseguraba que realmente existía y, cuando lo condujeron hasta los pies del lecho del príncipe, ya no pudo negarlo más.
Aún lo mantenían cubierto de joyas, digno incluso en aquel agónico estado, con su tocado. El cabello ensortijado estaba enredado. La piel la tenía extremadamente pálida; se veía débil y flaco. Katsuki hubiera jurado que era sólo un cadáver si su pecho no subiera y bajara al compás de su respiración.
Cayó de rodillas e, ignorando el agudo dolor del golpe, dejó allí su dignidad, buscando la mano de Izuku. No dijo nada. No fue capaz.
—Mandaré que venga el emperador, guerrero tigre —informó la sacerdotisa—; Su Majestad Imperial dijo que, si alguna vez cruzabas la puerta de este palacio, debíamos informarle.
Katsuki asintió de manera ausente.
No soltó la mano de Izuku hasta que oyó más pasos a su alrededor. Al levantar la vista un momento observó al emperador y, solo entonces, depositó la mano de Izuku en el colchón y él arregló su postura, subiendo una rodilla para hacer una reverencia cómo era preciso.
—Guerrero tigre.
—Su Majestad Imperial —dijo él.
—Así que no estabas muerto —repuso el emperador.
—No, Su Majestad Imperial —respondió—. Fui traicionado y herido. Pero he vuelto. Le prometí a Su Alteza que volvería, pasara lo que pasara, antes de la primavera.
Katsuki se atrevió a alzar un poco la vista. Pasó un pequeño rato antes de que el emperador dijera algo.
—Pensé que quizá sería mejor, cuando dijeron que habías muerto, guerrero tigre. No habría complicaciones porque Izuku deseaba escuchar al amor que sentía. Sería un golpe duro, sí, pero… Se recuperaría. Me equivoqué.
—¿Hay algo que hacer, Su Majestad Imperial? Contra…
El emperador se volvió hacia la sacerdotisa.
—¿Chiyo?
—Hay un manantial en lo alto de la montaña durmiente, guerrero tigre. Dicen que su agua puede curar el mayor de los pesares. Es la única oportunidad de Su Alteza el príncipe.
Katsuki tomó la decisión en aquel momento.
—Lo llevaré.
El emperador apretó los labios y entornó los ojos, sin decir nada. Pero ya no importaba, porque a Katsuki le daba igual su opinión.
Y, finalmente, este es el final de la historia del amor entre el guerrero tigre y el príncipe de los ojos verdes, ahora durmiente. Los conocemos porque durante años hemos escuchado hablar de cómo el guerrero tigre, ataviado con su capa y su sable en el cinto, salió de la ciudad con el príncipe durmiente en sus brazos. Quizá en la realidad los acompañó algún séquito, pero no lo sabemos. Todas las pinturas los representan solos.
Katsuki llevó a Izuku hasta lo alto de la montaña del durmiente. Durante puestas y salidas de sol, cuidó su sueño. No durmió durante días con tal de vigilar el sueño de aquel a quien amaba. Una traición no los iba a mantener separados.
Rezó a dioses a los que habitualmente ignoraba rogando que Izuku despertara. Subió la montaña durmiente con el príncipe en sus brazos y lo llevó ante el agua del manantial. Allí, volvió a cuidar su sueño durante noches y días enteros.
Cuentan que eventualmente el príncipe abrió los ojos y lo primero que vio fueron los ojos rojos del guerrero tigre. Sus pupilas verdes inundaron el mundo de luz. Carraspeó intentando buscar la voz que no había usado en semanas y Katsuki tuvo que darle un poco de agua para remojar sus labios; al final, habló.
—No te parece, Katsuki, ¿que la vida es muy espontánea?
—Sí, Izuku —respondió él.
—No quería dejar de creer —dijo entonces Izuku—; en mi mente, nada detendría a la primavera.
—Nadie detuvo a la primavera, Izuku.
Katsuki se inclinó un poco para besarlo.
Y ese, por fin, es el final de esta historia. Termina con un beso y un amor tan grande que la montaña durmiente fue incapaz de contenerlo. Tras esto, sólo queda creer que, en efecto el guerrero tigre y el príncipe durmiente fueron felices para siempre.
fin.
