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Bruno's Bizarre Slice of Life (Español)

Chapter 4: pet

Summary:

Leone sólo tenía una misión: hacer la despensa. Pero una o dos cosas pasaron entre el momento en el que salió del supermercado al momento de regresar a casa.

Notes:

warnings: ninguna, pero con este capítulo la cronología de estas historias cortas se fue por el caño jeje, pero bueno necesitaba escribir esto asap
post canon, everyone lives, domestic fluff, team as a family, etc.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

—¡Yo los ví primero! —se quejó Narancia. 

—¡Sí, pero a mí me gustan éstos! —respondió Fugo mientras lo empujaba, pero Narancia lo empujó de vuelta y le arrebató la bolsa de frituras color azul de las manos.

—¿Y ahora por qué tontería están peleando? —masculló Leone con el ceño fruncido, mientras entraba a la cocina a dejar un par de bolsas de tela llenas de comida enlatada, verduras y otras cosas. 

Fugo y Narancia se quedaron en la misma posición por un par de segundos, cada vez que Leone les llamaba la atención se sentían ligeramente avergonzados por las razones de sus peleas (Leone no siempre les llamaba la atención, pero cuando lo hacía les daba muchísimo miedo), sin embargo, dicha vergüenza les duraba muy poco, porque de inmediato alguno de los dos aprovechaba que tenían la guardia baja para seguir peleando. 

—Fugo quiere robarme la bolsa de Cheetos —respondió Narancia finalmente, gruñendo en cuanto Fugo volvió a jalonear la bolsa y empujarle la mejilla con la mano. 

—Compré una bolsa de los normales para ti —sentenció Leone una última vez, rodando los ojos y esperando que con eso dejaran de jalonearse. Pero al salir de la cocina, escuchó a Narancia cuestionarse "¿Cuáles son los Cheetos normales? ¿Los azules?" y, al Fugo responder "Obviamente son de los naranjas, imbécil", el mayor supo que nada más había empeorado las cosas, pues Narancia gritó "¿A quién le llamas imbécil, imbécil?" y lo siguiente que escuchó fue un golpe sordo contra el suelo y más quejas. Leone suspiró resignado y salió de la casa para terminar de sacar las cosas del auto. 

Bueno, que en realidad sólo le quedaba una última cosa por sacar, pero no quería que alguien lo viera. Al llegar al auto, volteó hacia todas las direcciones mientras había la puerta del pasajero del lado derecho. Al menos algo bueno tenía que ese par de niños (y sí, lo decía como un insulto) estuviese peleando, ya que estarían muy entretenidos con eso por los siguientes diez minutos, Leone podría escabullirse hacia su habitación sin problemas. 

—¿Qué tienes ahí? —preguntó Bruno detrás de él. Leone dio un pequeño salto sobre su lugar, los años podrían pasar, pero nunca iba a acostumbrarse a que Bruno saliera de la nada. 

—N-nada... —respondió con timidez, tragando en seco y con las mejillas sonrojadas. Se sintió más nervioso cuando Bruno se acercó a él y posó sus bonitos labios sobre su cuello. Sus manos, delicadas, se posaron sobre los lados de su cintura, empujándolo sutilmente para que le permitiera ver lo que tenía en los asientos traseros del auto. Bruno se inclinó un poco y sacó una pequeña jaula, que tenía una mantita encima para proteger al animalito que tenía dentro del sol durante el camino de regreso a casa— ¡N-no, no veas!

—¡Un conejito! —exclamó Bruno al alzar la manta mientras sostenía la jaula con una mano. 

—No le digas a nadie —se apresuró a pedir Leone. 

—¿Por qué? Es lindo —cuestionó su novio inspeccionando la jaula otra vez, sonriendo de inmediato al cruzar miradas con el conejito. Sus redondos ojos grises se encontraron con los azules de Bruno, mientras la pequeña nariz rosada se movía de arriba a abajo tratando de inspeccionar todos los aromas desconocidos que podía captar, como si de esa forma supiera si estaba en peligro o no—. ¿Cómo se llama?

—Bigotes.

—¿Es niño? —Leone asintió, apretando los labios. Estaba genuinamente avergonzado y Bruno pensó que jamás lo había visto de una forma más adorable que aquella.

—Si alguien pregunta, tú lo adoptaste —insistió de nuevo. Bruno soltó una risita. 

—¿Qué? ¿Qué tiene de malo que Leone Abbacchio haya adoptado un conejo? —preguntó burlón. Por la expresión de Leone, Bruno supo que — Oh, vamos. No arruinará tu estilo. De hecho, su pelaje hace juego con tu conjunto. 

Y Bruno no estaba mintiendo. El pelaje de Bigotes era blanco con unas manchas de color gris oscuro alrededor de los ojos que se extendían hacia las orejas y una mancha más grande hacia sus patas traseras que le hacía ver como si usara pantalones. Definitivamente iba a juego con los conjuntos de ropa monocromáticos que Leone solía usar. Al principio Leone se negaba a aceptarlo, pero luego de reflexionarlo un poco, y con la insistencia de Bruno de compararlos constantemente en lo que regresaban a la casa, el mayor lo aceptó, casi a regañadientes. 


Que los demás se enteraran que Leone había sido débil y no pudo pasar de largo una campaña de adopción de un refugio de animales, patrocinada por una tienda de artículos para mascotas, al salir del supermercado con la despensa no fue tan malo como el gótico había imaginado.

Es decir, Narancia prácticamente ignoró ese detalle y dejó a un lado su bolsa de Cheetos azules para tirarse al suelo con el conejito que apenas estaba saliendo de su jaula, temeroso, con la respiración más agitada de lo normal y las orejas bien paradas para estar atento a cualquier ruido de amenaza. Fugo, por su parte, sólo estuvo pendiente de que Narancia no asustase al animalito con alguna de sus estupideces. También tuvo que regañarlo y dejarle en claro que los conejos no pueden comer Cheetos y que no debía darle uno por más que el orejón se acercase a olfatear sus dedos cubiertos de polvo de Cheetos.

—Cielos, qué triste debe ser la vida sin Cheetos —comentó Narancia, alejando su mano y riendo en cuanto el conejito saltó hacia sus muslos y se paró en dos patas, apoyando las delanteras contra su pecho. 

De mientras, Bruno y Leone decidieron acondicionar su propia habitación para que también fuera la habitación de Bigotes, aunque de todos modos tenían planeado permitir que el pequeño anduviera libre por toda la casa bajo supervisión. Así, colocaron un par de mantas en el suelo para que Bigotes pudiese dormir, acomodaron un esquinero con sustrato para que lo usara como baño y le dejaron un plato lleno de heno con un tazón de agua por ahí cerca. 

—¡Abbacchio, Bucciarati! —escucharon la voz de Narancia desde la sala. Ambos mayores salieron corriendo preocupados. 

—¿Qué sucede? —preguntó Bruno. 

—¡Esta bola de pelos me orinó encima! —vociferó el menor, levantándose del suelo y provocando que el conejo saltara y saliera corriendo a esconderse por ahí, debajo de uno de los sillones. Fugo, en contraste, cubría sus labios con la mano, incapaz de contener las risas. Bruno y Leone tuvieron que esforzarse para no reír también. 

Bruno entonces le dijo a Narancia que fuera a cambiarse y que el podía lavar su ropa de inmediato. Leone, en cambio, estuvo buscando a bigotes por un buen rato hasta que lo encontró hecho bolita debajo de una de las sillas del comedor. 

Y así pasaron las siguientes semanas. Está de más decir que fueron semanas muy caóticas. Todos habían pensado que tener un conejo sería fácil, pero era más difícil de lo que pensaban.

Bigotes podía entrar por todos los rincones y había ocasiones en las que entre los cuatro tenían que buscarlo por horas por toda la casa, hasta que lo encontraban acostado debajo de la cama de Fugo. Además, Bigotes mordía todos los muebles de madera. Absolutamente todos. Los sillones, las sillas, las mesas, las cajoneras, no había nada que estuviera a salvo. Incluso los cables del teléfono y el cable de la televisión cayeron víctimas de los letales dientes de la pequeña criatura. Sin embargo, debieron entender que el conejito lo hacía porque sus dientes nunca dejaban de crecer, o al menos eso fue algo de lo que les explicó el veterinario la última vez que lo llevaron a revisión. Nada barata por cierto. Lo que a Bruno no le pareció entendible es que Bigotes se comiera las plantas que había estado cuidando desde hace varios meses, desde que Giorno les había permitido a él y a Leone retirarse de la mafia. 

La buena noticia es que pudieron entrenarlo rápido para que hiciera todas sus necesidades en el esquinero y no sobre la cama de Narancia o en alguna esquina de la sala y era muy lindo cuando se paraba en dos patas y rogaba por que le dieran verduras o un pedacito de fruta como premio. Claro que varias veces casi les da un infarto al encontrar a Bigotes tirado de lado en el suelo como si hubiera muerto, para luego suspirar aliviados al darse cuenta que sólo estaba dormido. Cada vez que sucedía era muy gracioso y reían entre ellos al ver que Bigotes se levantaba y entrecerraba los ojos, como si estuviese molesto por haber sido despertado. Narancia entonces hacía algún comentario sobre cómo se parecía a Abbacchio cada vez que tenían que levantarlo para ir a una misión temprano en la mañana durante los fines de semana que se supone tenían libres. Leone bufaba y argumentaba que eso era una vil mentira, pero Bruno tenía muchísimas anécdotas para confirmar la aseveración del menor. 

Además de eso, Narancia estaba más que encantado con que podía darle a Bigotes su ración de vegetales a escondidas a la hora de la comida. Aunque eso le ganaba un pequeño regaño de parte de Fugo y una llamada de atención por parte de Bruno, quien incluso se tomaba el tiempo de darle un sermón sobre lo importante que era comer frutas y verduras y no sólo carne y frituras. 

Otra cosa buena, al menos para Leone, es que Bigotes había mordido a Giorno una vez que estuvo de visita con Mista para discutir ciertos asuntos de trabajo con Fugo. Giorno se había mostrado emocionado al ver a esa pequeña bola de pelos con orejas paradas merodeando por la cocina y se había arrodillado en el suelo con un pequeño pedazo de manzana en mano para ofrecérselo a Bigotes. Y Bigotes se había acercado igual de emocionado y había dado una primera mordida a la fruta, pero el pequeño se enojó cuando el Don de la mafia no le dejó llevarse la manzana pues quería alimentarlo en su regazo, por lo que se ganó una fuerte mordida en el dorso de la mano. 

—¡Auch! —se quejó Giorno, sobándose la mano en una zona enrojecida con dos pequeñas hendiduras en el centro— Qué desesperado... 

—Buen chico —murmuró Leone acariciando la cabeza de Bigotes, quien había corrido debajo de su asiento con el pedazo de manzana en la boca. Bruno le dedicó una mirada de reproche.

Pero, siendo muy honestos, ninguno de ellos podía enojarse con Bigotes, pues era la cosa más adorable del mundo.

A la pequeña criatura sólo le bastaba con saltar hacia sus muslos y alzarse sobre sus patas traseras y lamerles el rostro para recibir su perdón. Es decir, no hizo eso con Giorno, pero el rubio pronto olvidó el dolor de su mano al ver que el conejo se había acostado en el suelo con las patas estiradas e hizo un comentario sobre lo lindo y esponjoso que se veía. Todos los presentes soltaron gemidos de ternura al ver que Bigotes había bostezado.

Notes:

leone is a softie on the inside and you can't change my mind

Notes:

insisto esto no tiene un propósito en específico, puede que no llegue a nada con esta historia, sólo quería jugar un poquito con las dinámicas de bruno + leone y bruno + toda la pandilla en el canon, porque siento que únicamente escribo au's sin stands y también quería escribir un poco sobre mis headcanons jeje :]

cualquier kudo, bookmark o comentario se agradece un montón❤