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Sigue la luz y volverás a casa
Cuando la orden del abismo ve en él un plan a seguir
Los dos niños corrían cogidos de la mano. Agazapados, sorteaban el camino entre el viñedo saltando de aquí por allá, vigilando con las vallas de madera y las uvas del suelo. Diluc iba primero, apartando las hojas de en medio, y Kaeya sostenía bien fuerte una bolsita. Los dos cruzaron el campo, donde los adultos estaban reunidos, y se metieron bajo una mesa con mantel. Kaeya abrió la bolsa, mostrando los caramelos y pasteles que había dentro. Los dos rieron.
Diluc sacó la cabeza por debajo del mantel. Delante de ellos tenían a un grupo de mayores, hablando de sus cosas, y al lado de una mujer había una niña rubia que intentaba con todas sus fuerzas mantenerse recta.
― ¡Jean! ― le dijo Diluc, susurrando. ― ¡Ven!
Jean miró a los lados antes de divisar a Diluc. Kaeya también asomó la cabeza y le indicó que viniera. Jean se lo pensó, mirando a su madre. La mujer parecía centrada en una conversación, así que Jean se alejó y se metió bajo la mesa con los chicos.
― ¿Qué hacéis aquí escondidos?
―Kaeya ha conseguido comida de la mesa de los adultos― dijo Diluc.
―Os vais a meter en problemas...
―No, si no se enteran ―dijo Kaeya, repartiendo los pastelitos. Jean acabó aceptando uno.
―Tiene un sabor raro…
―Porque tienen licor ―explicó Diluc, al probar su pastel.
―Pues a mí me gusta… ― mustió Kaeya.
―Diluc, ¿eso es tu Visión? ― dijo Jean, asombrada.
Diluc se puso orgulloso y mostró su Visión atada en el bolsillo. Kaeya ya la había contemplado todas las veces que Diluc se la enseñaba, pero no por eso dejaba de estar maravillado. Jean y él se acercaron a mirarla, su fulgor rojizo emanaba calor.
―Qué bonita… ― dijo Jean. ― ¡Me esforzaré para tener una también!
― ¡Seguro que sí!
― ¡Os pillé! ―dijo un hombre, descubriendo el mantel de la mesa. En un momento, ya tenía pillados a los dos niños. Ambos gritaron mientras el joven los sujetaba bajo los brazos. ―Con que aquí estabais, ¿eh?
― ¡Elzer, no! ¡Bájanos! ― gritó Diluc, enfadado.
―Os están buscando por todos lados y vosotros aquí, comiendo.
―Señor Elzer, si va a castigarlos, yo también me responsabilizo ― dijo Jean, educadamente.
― ¡Tranquila! El señor Crepus está buscando a este renacuajo ― Elzer sacudió el brazo que sostenía a Diluc, haciendo que el niño protestase. Los dejó a los dos en el suelo. ―Ya sabes, señorito, tienes asuntos que atender en la fiesta como heredero. Anda, tira, que tu padre está esperando.
Dicho así, Elzer se llevó a Diluc y Jean y Kaeya se quedaron solos. Kaeya se quedó mirando como los otros dos se alejaban mientras Jean volvió con su madre. Cuando Diluc tenía asuntos que atender, todo se volvía muy aburrido. Kaeya se quedaba solo y sin nadie con quien jugar, y empezaba a deambular por el viñedo, a veces comía un par de uvas a escondidas, otras veces solo caminaba.
Otras, empezaba a bajar el sendero de las farolas hasta llegar al río. No tenía miedo, Crepus les había dicho muchas veces que, si siguen el camino de las luces, regresarían a casa. Por eso, Kaeya siempre tenía las farolas a la vista mientras se sentaba a la orilla y jugaba con los lirios. Había descubierto que eran mejores que las lucettas, al menos los lirios no se apagaban si los arrancabas. También se ponía a hablar solo de sus cosas, aunque no tuviera a nadie que lo escuchara.
―La fiesta es un poco aburrida… Y ahora que Diluc está ocupado, todavía más. Siempre lo mandan a hacer tareas, pero a mí no… ― murmuró. Con la mano, empezó a dibujar ondas en el agua. ― ¿Cuándo vendrás, papá…?
Se le había vuelto costumbre llegar a la orilla y llamar a su padre, ahí dónde lo había dejado. Aún conservaba la esperanza de que su padre volvería, ya curado y estable, y los dos podrían vivir juntos en el viñedo. Seguro que al señor Crepus no le importaría, siempre es bueno y atento con él.
Iba perdido con sus cosas que tardó en darse cuenta que el agua se volvía fría por segundos. Apartó la mano cuando su reflejo se cubrió de hielo. Alzó la cabeza a tiempo de ver una figura enmascarada que reía vilmente. Vestía unas ropas azules y estaba rodeado de un campo de fuerza que lo protegía. Flotaba en el aire.
―Aquí estás ― dijo la criatura, riéndose. Tenía la voz aguda, casi de burla.
― ¿Qué quieres? ― Kaeya se apresuró a levantarse y a ponerse en modo defensa. No tenía una visión como Diluc, pero sabía un par de cosas. Sobre todo, a desconfiar de seres extraños.
―Que mal, muy mal. Ya no sabes ni de qué bando estás ― la criatura giró sobre sí misma. Más que ofendida, parecía divertida. ―Tu padre te mantuvo alejado de nosotros… Pero ya ves, aquí estamos.
― ¿De qué conoces a mi padre…?
La criatura rió.
―Mírate. Ya no estás maldito. Es una muy, pero que muy buena señal. Si quieres volver a ver a tu padre, tendrás que ayudarnos.
― ¿Qué le ha pasado?
―Tu papá está herido. De ti, depende que se salve. Él y todos nosotros. Vas a ser nuestra pequeña esperanza. ¿Sí?
―Me estás engañando. Mi papá está bien, y vendrá a por mí. Lárgate.
―Oooh, ya hablas como ellos. Tan arrogante como un Ragnvindr. No deberías nunca olvidarte de tus orígenes… Y menos si estás con ellos…
―No hables así. El señor Crepus me cuida bien ― Kaeya cerró los puños, molesto.
―Ya veo… No quieres ayudar a tu papá ― el monstruo se encogió, dramático. ―Tu pobre padre, que enfermó para salvarte… Toda tu gente esperando por ti, y tú tan egoísta…
― ¡Basta! ¡Mi padre está bien!
― ¿Eso es lo que te han dicho…?
― ¡Aléjate de él! ― gritó una voz de niño, acompañada de una llamarada roja. La criatura dio un paso atrás, chillando. Diluc corrió a ponerse delante de Kaeya. ― ¡En guardia, monstruo del Abismo!
El mago del Abismo empezó a almacenar poder, mientras seguía riendo. Diluc se preparó, las llamas empezaban a rodearlo. Todavía no tenía control suficiente de la Visión, pero estaba dispuesto a pegar puñetazos de fuego a ese bicho.
―Recuerda de qué lado vienes… ― dijo el monstruo.
― ¡Silencio! ― gritó Diluc, lanzándose.
Kaeya cerró los ojos. Escuchó ruidos de espadas, gritos y el chillido de la criatura. Se encontró con unos guardias que atacaban a la criatura y a Crepus, sosteniendo a su hijo para que este no fuese detrás del monstruo. El mago del Abismo giró sobre sí mismo y gritó antes de desvanecerse.
― ¿¡Qué estabais haciendo!? ― soltó Crepus. Los dos niños se encogieron, nunca lo habían visto enfadarse así con ellos.
― ¡Kaeya bajó al río! ― dijo Diluc, algo ofendido. Se estaba llevando la bronca equivocada. ― ¡Y luego vi al mago del Abismo!
―Kaeya, ¿cómo se te ha ocurrido irte solo? Te he dicho muchas veces que es peligroso.
―Y-yo…
Kaeya estaba desorientado. Las palabras del Mago aún resonaban en su cabeza, le ponía nervioso ver a Diluc tan nervioso y, sobre todo, la preocupación que emanaba Crepus. No solo estaba preocupado por su hijo sino por él también. Los gestos, el tono de voz, la mirada, todo era igual que si su propio padre estuviera ahí, regañándolo. Recordar a su padre lo alteró más aún, empezó a sollozar y moverse de un lado a otro. ¿Su padre estará bien? ¿Estará vivo? ¿Vendrá a buscarlo?
―Vamos a casa ― dijo Crepus, viendo que el niño no estaba en condiciones de hablar.
Diluc, que también se dio cuenta del estado de Kaeya, le sostuvo la mano y lo ayudó a caminar. Con eso, notó que el niño temblaba.
― ¿Kaeya, tienes frío? ¿Te congeló el monstruo?
Kaeya no sabía qué responder. Era incapaz de poner en palabras todo lo que su mente le estaba gritando. Crepus aminoró el paso.
― ¿Estás herido?
Kaeya negó con la cabeza. Crepus lo cogió en brazos y siguió caminando con Diluc detrás. Estuvieron callados durante el camino hasta llegar a la mansión, Kaeya hacía rato que había escondido el rostro en el hombro de Crepus. No lloraba, pero la sensación era la misma. Había algo en él que lo apretaba por dentro, estrujando sus órganos y provocándole una desolación nunca antes sentida. Los brazos de Crepus eran fuertes, se sentía seguro, pero a la vez no.
Una vez en casa, Crepus echó a Diluc, a regañadientes del niño, y sentó a Kaeya en la cama. El niño miraba al suelo, las manos juntas arañándose ligeramente, los pies balanceándose.
―Suerte que llevaban rastreando al mago de antes… No sé si comprendes lo que podría haberos pasado, si no hubiésemos aparecido. ¿Qué hacías ahí solo?
―Me gusta ir…
― ¿De noche? ¿Solo? No me parece razón suficiente. Tendrás que explicarme más, Kaeya.
Kaeya lo miró a los ojos.
―Papá va a volver a por mí… ¿verdad?
Crepus suspiró y se sentó con él. Se tomó un momento para encontrar las palabras correctas. Kaeya ya estaba afectado, lo que venía podría alterarlo todavía más.
―La noche en que te encontramos, pude hablar brevemente con tu padre. No…, no se veía muy bien, Kaeya. Él lo sabía más que nadie, por eso me pidió que te ayudara.
―Papá necesitaba ayuda. ¿No lo salvaste…?
―Te dejé en casa para que te atendieran. Cuando volví, tu padre ya no estaba. Lo busqué durante días y noches, pero no hubo rastro.
― ¿Por qué lo dejaste solo…? Estaba herido… Tenía que curarse…
―Porque me lo suplicó. Tú eras más importante.
― ¡No!
―Sé que no lo entiendes. Es todo lo que puedo explicarte ahora. Solo puedo prometerte que aquí estás seguro. ―Crepus le tomó la mano. ―En mi casa, nunca te faltará nada.
Ese hombre que le hablaba, tocaba, abrazaba, le provocaba muchísima confusión. Y más ahora. Su forma de cuidar y te ayudarle, le recordaban a su propio padre. Pero ese hombre no era su padre.
Crepus insinuaba que había muerto. Pero el mago del Abismo dijo que Kaeya podría salvarlo. Quizá su padre estaba escondido. Herido. Si es así, tenía que ayudarlo. Pero si alguien fuerte y listo como Crepus no supo hacerlo, ¿qué podía hacer él?
¿Qué significaban sus orígenes? Él solo conoció el subsuelo, oscuro e inestable. Mondstadt le parecía una ciudad bonita, la gente lo trataba bien. ¿Dónde estaba su casa, entonces? ¿En el viñedo, bajo tierra o en un lugar escondido que nadie excepto un monstruo se ha detenido a explicar?
Crepus lo dejó a solas, suponía que era una información difícil de digerir. Kaeya se quedó en silencio, había una nube oscura en su mente que batallaba entre escuchar una vocecilla burlona a las palabras seguras de Crepus. ¿A quien hacer caso?
Diluc no era tan paciente y lo fue a buscar al cabo de unos días. Le había hecho caso a su padre, sobre dejarlo a solas, pero ya estaba harto. Kaeya no hablaba con nadie, ni quería jugar ni quería practicar con él con las espadas.
―Ese bicho no va a volver. Y si lo hace, lo quemo otra vez. ¿Vale?
Kaeya no se sentía muy bien con eso. El mago no lo había atacado en ningún momento. Fue molesto, pero no peligroso.
―Kaeya, ¿qué te pasa? ¿Te dijo algo?
Había dado en el clavo sin querer, pero Kaeya no se sentía animado para contárselo. Ni él entendía qué había pasado, mucho menos lo hará Diluc. Kaeya se abrazó, alejándose de él. Pero Diluc no se dio por vencido.
― ¿Padre te regañó mucho? No suele enfadarse así.
―Déjame, Diluc…
―No voy a moverme hasta que estés mejor ― Diluc se subió a la cama con él. ―Vamos, Kaeya. Tenemos mucho que hacer. Tienes que mejorar con la espada y yo necesito ayuda con los deberes.
―Mi padre no va a volver… ― soltó de repente. ―Lo he esperado siempre, en el río, y quizá no vuelva…
― ¿Qué le pasó a tu padre?
―Estaba herido… y tu padre lo dejó solo. Y… y yo no lo busqué más. Solo esperé. Y no viene. No va a venir…
―Lo buscaremos juntos ― le aseguró Diluc. Kaeya sollozó. ―Kaeya, si te unes conmigo a los Caballeros, lo encontraremos entre todos. Siempre hacen expediciones, seguro que encontramos alguna pista y damos con él.
―Crepus ya lo buscó…
―Pero Padre no es un caballero. Nosotros lo seremos y lo encontraremos. Lo prometo.
―Vale…
Con Diluc se podía confiar, se dijo. No hacía promesas en vano y era sincero. Jamás le ocultaría algo ni le hablaría con tono misterioso. Diluc era su amigo. Se dejó abrazar, ahora que tenía una visión Pyro Diluc era muy cálido. Así se estaba bien, tranquilo y en calma. Y las pesadillas se mitigaban un poco.
