Chapter Text
Con un montón de maletas vacías y mucho material de embalaje, se embarcaron en un avión de la fundación Speedwagon en dirección a Estados Unidos.
—Esto es emocionante —dijo Kakyoin acomodándose en el asiento.
—¿Meterse a una casa de manera ilegal a robar todas las pertenencias de una menor de edad? —comentó Jouta.
—No es meterse de manera ilegal, es mi casa, yo entraré con mi padre, quien también tiene todo el derecho de estar en esa casa. Es mi tutor legal por elección mía. Mi madre leyó ese mensaje y no lo respondió en más de veinticuatro horas. El silencio otorga —sentenció Jolyne.
—Mamá, ¿empacaste tu bloqueador solar? —preguntó Jouta desde el asiento de atrás.
—Sí, hijo, lo hice.
—Jouta, ya cállate y siéntate, quiero dormir durante el viaje —reclamó Jolyne.
—¿Y yo qué tengo que ver con eso?
—Eres mi almohada, quieto.
El avión despegó una vez que todos tuvieron su cinturón puesto y emprendieron camino hacia América. Apenas las turbulencias pasaron, Jolyne ya estaba dormida. Estaba tan acostumbrada a viajar que ya era algo rutinario para ella.
Jouta pronto le siguió, durmiéndose con su cabeza apoyada sobre la de su hermana menor.
Kakyoin se quedó mirando por la ventana, dando miradas cada cierto rato a su esposo junto a él.
—Recuerdo nuestro viaje a Egipto… —mencionó Kakyoin, acercando su mano a la del pelinegro, dejando una caricia efímera en el dorso.
Jotaro volteó su mano de inmediato y entrelazó sus dedos con los contrarios. Por un momento, sujetó con fuerza la mano del pelirrojo, y luego pareció calmarse.
El recuerdo de haberlo conocido y haberse enamorado de él era maravilloso, pero siempre recordaba aquel momento en que pensó que lo había perdido para siempre.
—El viejo y Polnareff quieren una reunión.
—Eso sería emocionante.
—Claro, un anciano senil, un vampiro y una tortuga con un tipo aburrido. Suena como toda una fiesta.
—Tengo mucha curiosidad de ver a Polnareff tortuga —dijo el pelirrojo soltando una risita y apoyando su cabeza en el hombro de su esposo.
Pasaron el viaje entero pensando y recordando las cosas que pasaron durante ese viaje. Especialmente a aquella mosca que truncó su viaje en avión. Habían sido solamente cincuenta días, pero habían sido tan intensos, que parecía que toda su vida la vivieron en esos cincuenta días.
Bueno, para Kakyoin de cierta forma, casi lo fue. Estuvo muerto bastante rato antes de que le hicieran la transfusión de sangre de Dio y le devolvieran la vida.
Una vez que llegaron a su destino, se dirigieron a la que alguna vez fue la residencia Kujo o "Cujoh".
—De cierta forma, se siente extraño estar aquí de nuevo —dijo Jolyne cuando el auto se detuvo frente a la casa—. Estoy nerviosa, ¿y si mamá leyó el mensaje y no contestó porque estaba volviendo acá para impedir que me fuera? O sea, soy una molestia para ella, pero tal vez por eso, ella quiere ser una molestia para papá. No querrá perder el dinero que le envía.
—¿No pudiste pensar en eso antes? —reclamó Jouta.
—Me importa una mierda todo eso, Jolyne. Tú quieres vivir conmigo y estás en edad de decidir eso. Ella no tiene nada, y lo sabe. No quiere meterse con mis abogados.
—Jojo, suena como si la hubieses amenazado.
—Lo hice cuando se negó a firmar un acuerdo prenupcial. Era con todo separado o no era.
—¿De verdad? ¿Firmamos eso nosotros? —dijo Kakyoin intentando recordar.
—No. Si me dejas, me muero y todo lo mío será tuyo, de Jouta y Jolyne.
—¿Ya vamos a bajar del auto? —rezongó Jouta.
Todos se bajaron y caminaron hacia la entrada. Jolyne abrió la puerta y encontró todo como estaba cuando había salido.
De cierta forma, la muchacha se sintió un poco mal de saber que su madre no se había apresurado a volver por ella.
Se rehizo y guió a su familia a su habitación, donde todos comenzaron a llenar maletas con las pertenencias de Jolyne. Jotaro aprovechó y empezó a llevarse algunas de sus cosas que se habían quedado, antes de que su ex esposa las tirara o quemara.
Kakyoin siguió a Jotaro mientras Jouta y Jolyne discutían sobre si debían o no llevar algunas cosas que podían romperse. El pelirrojo se acercó por detrás y vio el estudio del pelinegro, ahora estaba casi completamente vacío, pero se notaba que había sido usado.
En un rincón de la biblioteca, había un par de libros sobre Egipto. Quiso preguntar si se los llevaría, pero parecía ignorarlos como si negara su existencia.
—¿Recuerdas cuando nos enfrentamos al stand de “El Sol”? —preguntó—. Fue la primera vez que te escuché reír a carcajadas. Me enamoré más de ti en ese momento.
—Sí. Tu risa era extraña.
—¡Jojo! Eres malo conmigo —reclamó haciendo un puchero.
—Relájate, niño bonito… —respondió Jotaro acercándose a él—. Sabes que eres el más bello y que agradezco que salgas a la calle todo cubierto, así nadie ve lo hermoso que eres.
—Eso sonó posesivo y como si quisieras encerrarme en un sótano.
—No exageres. Había que probar si era tu estilo o tu fetiche.
—¡Jojo! No digas esas cosas. Sabes que Jouta tiene un radar cuando hablamos o insinuamos cualquier cosa sexual.
—Un resultado de que tuviéramos sexo se molesta si hablamos de sexo. ¿Solo yo veo lo estúpido?
Con esa charla, ambos recordaron aquella vez. Su primera vez juntos.
Tan errática, tan llena de nervios y esa emoción adrenalínica de estar haciendo algo incorrecto.
Vívidamente, los recuerdos de aquella noche quisieron pasar fugazmente, pero ambos decidieron retenerlos.
Jotaro cerró la puerta de su estudio con seguro, reteniendo también al pelirrojo. Kakyoin miró a los brillantes y penetrantes ojos verde contrarios y supo lo que iba a pasar.
Jotaro recordaba ese momento cada día de su vida. Y decidió recordarla nuevamente mientras recreaba cada cosa.
La manera en que sus manos se deslizaban con devoción por los muslos del más bajo, sus labios tanteando la suavidad de la piel de Kakyoin. Labios, mejillas, cuello, pecho; cada rincón del cuerpo del más bajo fue víctima de la boca de Jotaro.
Aun en la oscuridad de la noche, la luna resaltaba el brillo de aquellos ojos listos y dispuestos a devorarlo.
Ambos inexpertos, se provocaron dolor inintencionado, sobreponiéndose como pudieron y siguiendo adelante. Se deseaban con ardor insoportable y los jadeos lo demostraban.
Más temprano que tarde, la voz del pelirrojo comenzó a escaparse involuntariamente de su garganta. Inútilmente intentaba retenerlos, aferrando la punta de sus dedos y sus uñas en la espalda ajena.
La fricción y los roces solo incrementaban, mientras todo se volvía borroso, húmedo y caluroso. El brillo de la luna iluminaba como estrellas las pequeñas gotas de sudor que escurrían por sus pieles, bajo aquella calurosa noche en Egipto.
Jotaro, en solo aquella noche, desarrolló una fijación casi obsesiva con el pecho de Kakyoin, y lo demostró con el calor de su lengua y la presión de sus dientes incesantemente.
Kakyoin ya no intentaba contener su voz, solo buscaba aferrarse, envolviendo sus piernas alrededor del cuerpo contrario.
Poco a poco perdía el control, y Jotaro lo notó cuando unas cintas brillantes y verdes comenzaron a deslizarse y envolverse por su cuerpo como una enredadera. Kakyoin ni siquiera era capaz de controlar a Hierophant Green a estas alturas y, extrañamente, al pelinegro le agradó sentir eso. Poco a poco fue subiendo la intensidad, para ver más de esa faceta descontrolada de su furtivo amante.
No podía seguir negando cuánto amaba a ese hombre, y tenía la urgencia de que su cuerpo se lo comunicara, en caso de que luego no pudiese.
Sin prisa ni espera, derramó todo de sí en el interior del más bajo, mientras lo contenía con un beso que, en su momento, contó como el último.
Ahora, con más experticia y experiencia, sabía exactamente dónde tocar y besar para causar el descontrol de Kakyoin.
Ahí, sobre el mesón de su estudio, recreó aquella noche, añadiendo más caricias y besos. Sus manos y boca ahora se concentraban más en el vientre y abdomen del pelirrojo, aquella zona que, con dolor, recordaba estar ausente en esa fatídica noche.
Importándole poco la presencia de sus hijos, y el hecho que estaba bajo el techo de la mujer que alguna vez fue su esposa, envolvió y se apoderó del cuerpo de Kujo Noriaki.
Ahora, conociendo cada punto y cada aspecto del más bajo, logró incluso pasar desapercibido ante sus hijos, a unas cuantas habitaciones de distancia, tal vez discutiendo o riéndose.
Finalmente, salieron de aquel estudio con una caja con las pertenencias restantes del pelinegro, incluidos aquellos libros amargos sobre Egipto…
