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Entre líneas
Capítulo 3. Culpas. =FBI S02E14 "Studio Gangster"=
—No vamos a echar a perder el caso por un par de puñetazos.
Durante toda aquella operación, Isobel había notado que Jubal no era él mismo. Se lo veía tenso, empecinado, excesivamente involucrado.
Cuando a su informante le empezaron a llover los golpes, ordenó firmemente a Maggie y OA permanecer en su puesto y no acudir en su ayuda. Tuvieron que ser testigos de cómo al tipo le pegaban una buena paliza. Era cierto que nadie había sacado un arma, y todo no duró más de treinta segundos, pero eran varios tipos contra uno y la situación podría haberse ido al infierno demasiado rápidamente. Incluso como para que no les hubiera dado tiempo a actuar de haber sido necesario.
Isobel nunca había visto a Jubal proceder de un modo tan implacable, tan despiadado. Fue profundamente perturbador. Cuando la situación se calmó, le echó una mirada interrogativa, pero él la evadió de manera evidente.
Mientras con un suspiro lo veía salir del JOC, Isobel pensó que era obvio que le estaba faltando parte del contexto. Indagó primero, y luego lo llamó a su despacho.
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Jubal tocó en la puerta un par de veces y se asomó sin entrar.
—Hola, ¿querías verme?
—Sí, hola. Solo quería ponerme al día.
—Vale, sí. ¿Sobre qué?
Era curioso cómo Jubal intentaba ser casual y a la vez seguía pareciendo reticente. Entró en el despacho, pero como si no quisiera hacerlo.
—Maya Depriest —fue al grano Isobel. Era mejor no andar dando rodeos—. Me he enterado de que fuiste tú el que se lo notificó a su familia.
Maya era una de las víctimas del doble asesinato que intentaban resolver. Una chica muy joven de tan solo 19 años.
—Sí. Sí, bueno, de todos modos, iba a ver a mis hijos a Westchester, así que me hice cargo yo —intentó seguir disimulando él.
Isobel inclinó la cabeza hacia un lado y esperó un segundo. Jubal no añadió nada más, esforzándose todo lo que pudo por aguantar su mirada y hacerse el inocente.
Pero no dejó a Isobel conforme. Intuía que Jubal estaba pasando aquel trance reaccionando por instinto. Como el que cojea porque le duele un miembro lesionado. Era preocupante. No iba a dejarlo enfrentándose a aquello sin hacer lo posible por que lo procesara al menos.
—Entonces, ¿esto no tiene nada que ver con el hecho de que también conocías a Christina Depriest? —dejó caer Isobel con solo un leve deje de ironía.
Y Christina era la madre de Maya...
Incómodo porque lo había pillado, Jubal carraspeó. Por la expresión de Isobel, ella ya sabía que había bastante más detrás de aquello.
—Si te soy sincero... sí —reconoció, su tono desprovisto de la ligereza de antes—, tiene todo que ver con eso. La detuve en 2014.
Isobel alzó ligeramente las cejas, pero con empatía, invitándolo a explicarse. Percatándose de que no lo iba a dejar irse simplemente con eso, él transigió. Aunque no era algo que se sintiera ansioso de hacer.
—Ella era correo de un cartel de cocaína... Hacía entregas en Hartford, Boston. —Se acercó a la mesa y se sentó en el brazo de una de las butacas de visita, ladeado, sin querer encararse completamente con Isobel—. Y... y ella sabía lo que estaba haciendo, pero solo intentaba complacer a su novio —explicó, echándole una mirada furtiva. Se sentía mal si lo hacía directamente—. En fin, la detuvimos por unas pocas onzas. Le dije que necesitaba cooperar, pero no- No cedió —Tragó con dificultad—, sin importar lo mucho que presionamos.
Para Isobel fue evidente lo que le costaba hablar de ello. Intentó ayudarlo a continuar.
—Así que la acusaste —concluyó por él.
—Sí. Y terminó cumpliendo cinco años —dijo, pesaroso.
Seguía sin dirigirle la mirada, mientras que la de ella no lo abandonaba ni un instante, escrutadora pero solícita.
—Lo que suena bastante justo... —sugirió ella. Esta vez sí, Jubal giró la cabeza, los ojos atormentados—. Estaba vendiendo cocaína... —argumentó suavemente Isobel, casi con dulzura, intentando que él se diera cuenta de que estaba llevando demasiado lejos su consternación.
—Sí, lo sé. —Jubal volvió a apartar la cara, con ojos humedecidos—. Pero... —forcejeó con las palabras— esta vez —negó con la cabeza— no parecía lo correcto, ¿sabes? —Encogió un hombro. Se sentía perdido—. No era realmente una criminal. Sólo estaba enamorada del tipo equivocado.
Mientras, ella lo contemplaba en silencio, dejándolo desahogarse. Parecía que era la primera vez que Jubal hablaba de aquello con alguien. Su aflicción invocó una presión dolorosa en el corazón de Isobel imposible de ignorar. Todo lo que pudo hacer fue disimularlo.
—Y la verdad es que si... —continuó él, pero de nuevo las palabras se aferraron a su garganta. Se llevó la mano al rostro y se rascó un momento el ceño, intentando poner sus sentimientos bajo control—. Creo que dejé que mi ego se interpusiera. Y estaba la bebida. Estaba bebiendo mucho en aquel entonces. —Volvió a girarse hacia ella—. Si no hubiera acusado a Christina, su hija no habría crecido sin madre. No habría empezado a salir con pandilleros —expuso por fin lo que lo torturaba.
—No. No hagas eso —dijo Isobel cuidadosa pero firmemente—. No te culpes.
Pero al parecer, era una tendencia propia y frecuente. La sombría mirada de Jubal parecía preguntar silenciosamente: "¿Cómo demonios no?".
—El asesinato de Maya no ha sido culpa tuya —abundó ella.
No ocurrió inmediatamente, pero la compasión en su voz, la comprensión en sus ojos se abrió paso con dificultad entre las tinieblas del corazón de Jubal, como un haz de luz de sol entre nubes plomizas. Duró solo un momento, pero algo dentro de él se estremeció por lo que Isobel estaba intentando hacer.
—Sí —se obligó a admitir él, pero aún lejos de estar convencido.
—Sí —insistió ella.
—Lo sé —concedió Jubal con una leve sonrisa triste que no alcanzó sus ojos y que le provocó a Isobel una aguda punzada dentro del pecho—. Lo... No sé. Es que... estamos siempre tan centrados en... en ganar, ¿sabes? En ayudar, que... nunca nos paramos a pensar realmente en todas las consecuencias de nuestras nobles decisiones. En todas las personas a las que hacemos daño. En todas las vidas que arruinamos...
Abrumada por aquella reflexión, y porque Jubal la cargara como una penitencia, Isobel casi se levantó para ir a abrazarse a él. El esfuerzo de reprimir aquella conducta impropia la paralizó. Quería refutar, argumentar que tenían que contrapesar en el otro plato de la balanza todo el mal que evitaban, todas las vidas que salvaban de la muerte o el sufrimiento. Y que Jubal sin ninguna duda tenía mucho que poner en aquel plato. Montones. Desgraciadamente, de pronto él empezó a parecer muy abochornado.
Por su parte, Jubal malinterpretó su silencio. Simplemente se sentía a cada instante más consciente de cómo de absurdos y rebuscados podían estar sonando aquellos temores en los oídos de otra persona. En los oídos de Isobel.
—Ya me centraré —soltó sin más, dando muerte bruscamente a la conversación e impidiéndole a Isobel que llegara a decir nada.
Ella pensó en añadir lo que le quemaba en la lengua, pero lo último que quería era que ahora Jubal se sintiera humillado, así que asintió, dejándolo estar.
—¿Puedo volver al trabajo? —preguntó él, cada vez más avergonzado.
—Sí —dijo Isobel intentando hacerle un gesto de ánimo.
Jubal volvió a sonreír de aquella forma desgarradora, y se fue, dejando a Isobel con la desagradable sensación de que, callándose, no le había hecho ningún favor.
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