Chapter Text
–No hay forma de que yo pueda tocar eso. – había protestado Tsukishima Kei, hace muchos soles y muchas lunas atrás. Parado a la mitad del negocio familiar de los Yamaguchi lucía como una criatura de otro mundo, como un gigante quien decidió aventurarse en el mundo humano para analizar los artefactos primitivos con los cuales emitían melodías por diversión. Sus dedos largos y pálidos cambiaban de dirección el ukelele que sostenían con incomodidad, intentando encontrar la posición idónea. Envuelto dentro de una sudadera morada con una estrella, demostrando orgullosamente su afinidad por lo astral, lo superior a nuestro entendimiento mortal, lucía un ceño profundamente fruncido mientras su más reciente amigo, un niño humano con ávidos ojos café y una torpe y ancha sonrisa, le animaba a seguir con su extraordinaria lista de infinitos talentos posibles.
– ¡Claro que sí! Sólo tiene cuatro cuerdas, es súper sencillo. –replicó, permanentemente entusiasta, tomándose la libertad de tomar sus dedos entre los suyos y acomodarlos a su voluntad–Mira, inténtalo ahora. Sólo sostenlo así y…–
–Gracias, mi musa inspiradora. – intervino el dueño de la tienda desde el fondo, sentado en el usual banquillo del piano, una taza de humeante té de hierbas en sus manos recientemente traído por su esposa.
–No comiences frente a los niños, vamos. –replicó el torbellino humano quien había decidido casarse con el patriarca de la familia hace ya tantos años. Con una sonrisa ladeada que lograba ser afable y mordaz a la vez, chasqueó los dedos en señal de premura –Apresúrate, hay onigiri de salmón y sopa de verduras esperándonos en casa.
–Fantástico. Adoro el onigiri frito que preparas... –musitó el contrario, más para sí mismo que para su interlocutora, deleitándose anticipadamente por el futuro almuerzo. Los preadolescentes, por su parte, presentaban otro tipo de inquietudes más allá de las culinarias. Yamaguchi, obsesionado con introducir a la persona más genial que había conocido en su mundo de sinfonías, bandas y sonidos que ellos mismos podían crear con la infinidad de herramientas presentes en la tienda. Tsukishima, callado pero constantemente atento a sus alrededores, enarcaba una ceja rubia en dirección a los adultos.
– ¿Qué es una musa?
–Um…por favor, no preguntes. – intentó advertirle Tadashi pero, muy a su pesar, su padre tomó el control de la conversación prácticamente al instante.
–Me alegra que preguntes, Kei-kun.
–Ugh, papá…– jamás lograría que su nuevo amigo creyera que él era genial si sus padres estaban cerca.
–Verán, niños…–comenzó, su éxtasis evidenciándose en el brillo de los oscuros ojos castaños. Normalmente un hombre reservado, calmo como el mar mecido por el fresco viento, demostraba una energía ligeramente superior cuando se trataba de sus pasiones. Para sorpresa de nadie, tanto la música como su esposa entraban en esa lista –…Un gran número de músicos grandes han tenido una persona en su vida que les ha inspirado para componer obras sin precedentes. – explicó, tocando distraídamente teclas al azar. Sonidos suaves, que se difuminaban con tranquilidad en el aire cálido de la tienda, sonidos que resplandecían con pálidos tonos pasteles, probablemente ante los ojos de su padre. Él, que podía ver colores, a diferencia de Tadashi. –Estos artistas se enamoraban de mujeres extraordinarias y componían canciones para ellas. – De pronto, hizo una pausa y le dirigió una amistosa mirada al invitado –Kei-kun, ¿has oído hablar de una banda británica llamada Queen?
Como respuesta, sólo recibió un silencioso gesto por parte del rubio, quien sacudió su cabeza en negativa mientras le regresaba a su amigo el descartado ukelele.
–Pues el cantante de esta banda, conoció a una joven llamada Mary Austin. Hermosa, indómita, lo deslumbró por completo. –continuó, inspirado, sin permitir que el desconocimiento de una de las bandas que más había influenciado al rock le desanimara –Se convirtió en su pareja y su mejor amiga. Y le compuso una canción que resonaría universalmente; Love of my life. – finalizó, replicando los primeros tonos de la misma en el piano. Una balada triste, melancólica, una oda al amor incondicional pero también al dolor, a las dificultades que podían encontrarse al emprenderse en una aventura tan extraordinaria como enamorarse de alguien.
– Muy empalagoso, lo sé. – intervino Tadashi, un tanto desesperado por aún parecer el sujeto despreocupado y perspicaz que deseaba ser frente a su amigo.
–Sí que tienes talento para las palabras cuando quieres. – agregó la matriarca de la familia, salvando el día para las afligidas mejillas enrojecidas de su hijo, ardiendo en vergüenza por las cursilerías del mayor –No aburras a los niños, vamos.
– ¿Qué hay de Beethoven? ¿Lo han escuchado nombrar en la escuela? – continuó, realizando algo que pocas veces en su vida había logrado hacer; ignorar las palabras de su esposa.
–Sí, a veces. – repuso Tsukishima, con un leve encogimiento de sus huesudos hombros. Sus manos perdidas en algún sitio recóndito de los bolsillos de aquella holgada sudadera.
–Pues él…compuso esta tonada…– sus palabras vibraban con deleite, los hábiles dedos desplazándose sobre las teclas con facilidad, para así hacer su rendición de la famosa melodía–… llamada Para Elisa. Algunos historiadores dicen que la escribió pensando en una de sus alumnas, quien nunca supo corresponder a su amor. –explicó, la fascinación sobre el tema haciendo brillar sus normalmente opacos y serenos ojos café. La nueva información no pareció cambiar la percepción que los niños poseían sobre la música, los intérpretes o sus musas. Temáticas tan complejas y abstractas como el amor resultaban algo ininteligible para sus mentes inexpertas. Para sus mentes donde predominaban jugadas malas de voleibol, entre risas y burlas afables. Donde gobernaban videojuegos sobre monstruos de bolsillo, el próximo examen que se avecinaba, o qué tipo de peinado haría que se viera menos repugnante frente a las niñas de su clase. Ante esos problemas, fundamentales para la edad que atravesaban, cuestiones como el romance o las formas de dedicar afecto solían pasar a un segundo plano.
– Creí que lo impresionante sobre él era que podía tocar música a pesar de ser sordo. – agregó Tadashi poco después, intentando dejar salir su lado más mordaz para ganarse una risa por parte de su más reciente amigo. Sin embargo, tan solo obtuvo un par de estranguladas, torpes notas como respuesta, debido a los largos dedos de Tsukishima regresando tozudamente sobre el olvidado instrumento – ¡Eso sonó genial, Tsukki!
– No tienes que mentirme, Yamaguchi. – intervino entre dientes, el ceño profundamente fruncido mientras recordaba por qué había dejado el ukelele a un lado en primer lugar, demasiado desafiante para su cerebro lógico y teórico. Aunque le pesara, Yamaguchi era el pragmático entre los dos, y éste le dedicó una sonrisa compungida.
– Lo siento, Tsukki. ¡Pero en serio, vas muy bien!
– Tenía una pérdida auditiva que se volvió total en su adultez, es cierto, pero…él también tenía una musa. – agregó el patriarca nuevamente, interrumpiendo la conversación para retomar un tema que ya estaba comenzando a ser olvidado.
– Ya está bien, papá. – comentó débilmente el pequeño castaño, su voz temblando por la risa incómoda. ¿Cuánto tiempo iba a seguir hablando de lo mismo? ¿Acaso deseaba que Tsukki pensara que era un perdedor con padres empalagosos? Su padre solía ser, normalmente, su más grande aliado, la persona con la que sentía más afinidad en este mundo. No obstante, hoy parecía decidido a avergonzarlo.
– Sé que lo entenderás algún día, Tadashi. – respondió, recuperando algo de su usual calma, el tono afable y adormecido de su voz regresando paulatinamente. Sus dedos, distraídos, tocaban notas al azar, que retumbaban con gracia en el aire antes de desaparecer –Tocar música homenajeando a los grandes no tiene sentido si no nos detenemos a pensar como ellos. – una melodía corta, lenta, melancólica, se arrastraba con delicadeza a través de sus oídos en las pausas que su padre escogía deliberadamente para hablar. Lo que estaba tocando sonaba muy bien, e incluso alguien tan escéptico como Tadashi no podía evitar quedarse quieto, fascinado, simplemente escuchando. La música simplemente lograba hipnotizarle – Algún día tocarás una canción para alguien. Alguien especial, alguien que te inspire a crear. – sin dejar de presionar teclas, con parsimonia, despacio, sus ojos (algo cansados, de párpados caídos, grandes pero poco expresivos) le buscaron con intensidad, con la intensión de atrapar su curiosidad –Y te prometo… que la forma en que sientes la música cambiará ese día.
Del piano danzaban destellos de colores pálidos, como pequeños fuegos artificiales sin sonido, que se perdían en la inmensidad de la tienda. Del piano se manifestó viento, mágicamente, era la única forma de explicar el escalofrío que recorrió su cuerpo y la forma en que sus cabellos cortos parecían danzar al compás de una brisa. Del piano parecían salir respuestas a preguntas que aún no había comenzado a plantearse, el instrumento parecía albergar toda la sabiduría de años venideros que su progenitor estaba intentando enseñarle. A veces, las palabras eran difíciles de comprender para él, las personas podían contradecirse o ahogarse en palabras. La música no. Era sorprendentemente sencilla de comprender.
– Suficiente. – intervino su madre, por fin, interrumpiendo el silencio de ambos niños. Los ojos de Tadashi habían estado pegados al piano hasta entonces, los de Tsukishima, sólo se fijaban en su amigo, confundido. ¿Qué era aquello que Yamaguchi era capaz de ver, pero él no? ¿Sería algo de familia? ¿Sería algo tan sólo perceptible para los fanáticos musicales? –Es hora de alimentar a estos niños y finalizar la clase de historia de la música. ¿No creen? – propuso, la sonrisa carismática comiéndole la cara. Ambas manos se hundieron en el cabello de ambos niños, revolviéndolos con dulzura – ¡Vamos, andando! Kei-kun, ¿Quieres conservar ese ukelele?
–No, gracias. –repuso el rubio con voz pequeña –Me lastima los dedos…
– ¡Te entiendo perfectamente, mi niño! – replicó, impostando su voz de forma teatral –Realmente nunca quise dedicarme a la música, este hombre me arrastró junto con él. – espetó, señalando al patriarca que apenas y había comenzado a incorporarse del banquillo del piano con el dedo pulgar, por encima del hombro –¡Yo estaba destinada a ser la mejor lanzadora de jabalina que este país haya visto! – extendiendo un brazo hacia delante, cerrándolo en un puño triunfante, como quien alcanza a tocar un sueño con las manos, su madre festejó entre risas su propia broma. Por momentos, podía ser extremadamente perspicaz, pero había ocasiones en que sus chistes simplemente no acertaban.
– Mamá…– musitó entre dientes, cubriendo sus avergonzadas facciones con la palma de su mano, pecas desapareciendo detrás de un molesto rubor.
– Tus padres son algo raros. – murmuró Tsukishima, cubriendo su boca con una mano para hablarle en confidencia.
– Dímelo a mí. – se lamentó el contrario. Y ambos rieron en una nueva encontrada complicidad. Si Tsukishima-kun continuaba pasando tiempo con él en la escuela después de conocer a sus padres, entonces verdaderamente habría entablado amistad con la persona más genial del mundo.
Hace unas horas atrás, el firmamento había presentado orgullosamente una acuarela de tonos pasteles; rosados, morados, azules y amarillentos que sangraron y palidecieron bajo el inexorable paso de la noche. Actualmente era la oscuridad quien, con su severa presencia, le regresaba la mirada a Yamaguchi a través de las ventanas de su salón. Las estrellas, tímidas, salpicaban la inmensidad del cielo como temiendo molestarle, con modestia suficiente como para apenas iluminar, reemplazando ese trabajo las múltiples lumbres amarillentas de las luces de la calle. Su reflejo le examinaba a través del cristal, pálido y con suaves pero acentuadas sombras debajo de los cansados ojos color miel.
La fluidez natural del revuelo que invadía la sala de música había mutado, mermado hasta transformarse en el alegre tintineo de una o dos conversaciones ocurriendo a la vez, mientras el joven se calzaba al hombro el estuche que contenía su fiel saxofón con pesadez, oyendo a la distancia cómo un par de amigos se molestaban con picardía, uno de ellos afirmando al otro que le dejaría caer en manos de un yurei si no se apresuraba en seguirle. Y Tadashi sonrió con pereza, porque le recordó ligeramente a Tsukki.
Tsukki, quien, horas antes, le había contactado por mensajes para hacerle saber que su escuela había salido victoriosa tanto en su partido contra Tokonami como contra Dateko. Y quien, probablemente, se hallaba camino a su casa, arrastrando los pies perezosamente luego de haber descansado en los brazos de Morfeo en el autobús de regreso a Karasuno.
– ¿Oíste eso? – una voz anónima resonó a través de los pasillos, haciendo eco en los oídos atentos del joven, más allá de que el mensaje no estuviese destinado para él –¡El equipo de voleibol masculino ganó sus primeros dos partidos!
–Lo sé, acabo de verlos en la televisión del laboratorio de computación. –le respondió con igualado entusiasmo una voz femenina. Su conversación vibró por las paredes un poco más, las palabras rozando en lo entendible antes de desvanecerse a medida que sus pasos avanzaban hacia el exterior. Realmente se alegraba por su mejor amigo, una victoria contra el muro de acero realmente no era algo menor, sobre todo para una institución cuya reputación consistía en glorias pasadas y mediocridad presente. Sonrió, entre la molestia en sus ojos irritados y los bostezos salvajes que intentaba reprimir, sonrió con orgullo para sí mismo y se prometió silenciosamente el continuar trabajando duro, para ser tan extraordinario como Tsukki en su propio campo de experticia.
No estaba durmiendo mucho últimamente, incluso con los elementos necesarios para insonorizar su habitación, clásicos en un hogar dedicado a la música, aun recibía visitas de madrugada cuando le pillaban tocando el saxofón en lugar de descansar. Su padre, comprensivo y gentil, le recordaba cómo no todas las personas demuestran su mejor potencial durante las pacíficas horas de la penumbra y cómo sería, más prudente y productivo intentarlo por la mañana. Su madre, con los ojos pegados y la forma de su almohada alterando la mitad de su cabello, le arrebataba el instrumento de las manos y apagaba la luz de su cuarto sin expresar palabra.
Ninguno de los dos lo comprendía. Vivían etapas completamente opuestas. Ellos ya lo habían logrado todo, habían llegado a un momento de satisfacción y orgullo de logros pasados. Tadashi no sólo debía probar su valor, demostrar los verdaderos remolinos de colores ocultos detrás de los sonidos más profundos y primales de su potencial, sino que, además, tenía el deber de igualar en unas semanas la experiencia y destreza que sus compañeros en la banda habían pulido durante años.
Sentía esta necesidad, esta pesadez en su pecho que le subyugaba, le obligaba a demostrarle a todos; a sus padres, a Tsukki, a Nakamura-san, a sus compañeros del club quienes ya habían participado de un sinfín de competencias en su breve existencia, incluso a Kageyama…que él era valioso, era talentoso y prodigioso, tanto como cualquiera. Que incluso él podía destacar, si lo intentaba lo suficiente.
– ¡Yamaguchi! –de pronto, materializándose a la mitad de sus cavilaciones obsesivas, la voz de Hinata se transformó en realidad, dibujando su figura menuda a mitad de la noche, seguido de cerca por la alta y circunspecta silueta de su habitual acompañante, su ceño profundamente fruncido desentonando por completo con la ancha sonrisa y el vibrante entusiasmo del rematador, quien le saludaba agitando uno de sus brazos y arrastrando la última vocal de su nombre.
– ¡Hey, chicos! – saludó, sintiéndose momentáneamente recargado por la energía del pelirrojo. – ¡Escuché que ganaron sus primeros dos partidos! – agregó con renovada alegría, la suave brisa nocturna columpiando distraídamente las copas de los árboles cercanos mientras hablaba – Incluso salieron en la tele y…– de pronto se vio obligado a detenerse cuando las miradas de ambos interlocutores se ensombrecieron de una forma tenebrosa –…um, ¿chicos? –intentó, recibiendo tan solo un silencio espectral que intentó desesperadamente llenar con titubeos y risillas nerviosas –En fin, eh… ¡Felicitaciones! ¿Y qué sigue ahora?
– Jugaremos contra Aoba Joshai. –replicó Hinata, flexionando uno de sus brazos mientras en sus iris llameaban las flamas de su usual avidez por el triunfo –El Gran Rey jugará esta vez pero…– hizo una pausa, creando expectativa, dirigiendo una mirada cómplice a su taciturno acompañante –¡con nuestra arma secreta súper rápida será imposible perder!
Las palabras, vociferadas con confianza como si se trataran de fuegos artificiales estallando con ímpetu e iluminando el firmamento, se perdieron en la inmensidad de la noche, suavemente acunadas por el viento que se las llevó a otro sitio, dejándoles a solas con el cantar de los grillos para musicalizar su encuentro. Y Yamaguchi no pudo evitar la forma en que sus cejas se arquearon en una expresión de ingenuidad.
– ¿El Gran…?
– No vamos a perder. – interrumpió Kageyama, súbito y firme. Convencido hasta lo más hondo de su enraizada convicción. Existía algo en ese momento que desentonaba en absoluto con el entusiasmo infantil y genuino de Hinata, había una tensión palpable, tangible, alrededor de la figura del armador. Seijoh era uno de los titanes de su prefectura, alzándose indiscutidos desde un pedestal superior. ¿Acaso estaba nervioso? ¿Acaso era posible, para un prodigio en su campo, para alguien que demostraba semejante destreza y control sobre sus habilidades, sentirse nervioso? ¿Acaso era justo para Tadashi, quien estaba intentando remar por su cuenta en las mareas embravecidas del destino en una situación mucho menos favorable?
–Me agrada esa confianza. –replicó simplemente, con una sonrisa un tanto fingida, en cuanto se agotó de la ensordecedora vibración de los búhos ululantes desde árboles lejanos –…ugh, mierda. – chasqueó la lengua de pronto, en cuanto una repentina ligereza sobre sus hombros normalmente tensos y sobre exigidos llamó su atención –Olvidé mi mochila. Espero que ningún yurei intente atraparme. – bromeó con ligereza, intentando barrer así la tensión del ambiente.
– ¿Yu-yurei? –repitió Hinata, en un hilo de voz. El contrario se sintió sorprendido al ser la primera vez en que escuchó su voz ser tan…pequeña, frágil, en lugar del típico estallido sonoro al que estaba acostumbrado, las lumbres anaranjadas que su padre vería flotar alrededor del armador deberían ser tenues ahora, como la temblorosa luz de una vela a punto de extinguirse.
–Sí, mis compañeros estaban diciendo tonterías al respecto antes de irse. Era sólo una broma. Iré por mi mochila y…
– ¡¿Pero qué tal si realmente hay un yurei ahí dentro?! –insistió, ojos abiertos y tono pálido debajo de las luces doradas que resguardaban la entrada de la escuela –Te arrastrará por los pies y te llevará a su reinado fantasmagórico y…
– Esas cosas no existen, idiota. – volvió a interrumpir, con una voz estruendosa y vehemente. Mientras tanto, el pobre muchacho que había sido arrastrado inconscientemente al repentino espectáculo se hallaba dando su mejor esfuerzo por no demostrar qué tanto deseaba estallar en carcajadas. Debía tomar una nota mental de cada frase y expresión para recreárselo a Tsukki al día siguiente, le fascinaría.
– ¿Ah, sí? No te veo entrando a la escuela, Bakageyama. – le espetó el pelirrojo con tono burlón.
– Porque es una estupidez.
– ¿O porque tienes miedo? – insistió y a medida que su sonrisa crecía, la vena palpitante en el cuello del armador también lo hacía.
– Um… ¿Chicos? – intentó, en vano, abstraerles de la lucha encarnizada. Sin embargo, sus vociferaciones, de un lado jocosas y del otro extremadamente iracundas, chocaban cual espadas rebanando el aire y la voluntad de Tadashi de quedarse a oír más.
– No tengo miedo, Hinata idiota. – zanjó el asunto con la delicadeza de un martillo estampándose contra la vitrina de un auto, dándole la espalda a su compañero para adentrarse de nueva cuenta en la desierta escuela –Vamos a buscar tu estúpida mochila.
–Wow, gracias…– murmuró, con evidente sarcasmo. Sus ojos castaños buscaron al alegre faro de esperanza entre las tinieblas de la noche, sonriéndole con amabilidad – ¿Hinata, vienes?
– ¡Oh! Yo…tengo que ir a buscar mi bicicleta, ya se está haciendo tarde y…– las palabras se atropellaban unas sobre otras, resultando en un torrente errático que temblaba ante la simple idea de ingresar al oscuro y abandonado edificio. Al encontrarse sin más excusas a las cuales aferrarse como un salvavidas, simplemente hizo alarde de su destreza física y rapidez al abandonar la situación entre amplios trotes – ¡Sí, adiós!
La noche prontamente se encargó de devorar la figura del rematador fuera del alcance de ojos ajenos, dejando detrás de sí un aura de nerviosismo e inseguridad. Al fin y al cabo, la última vez que se había encargado de entablar una conversación a solas con el presuntuoso armador, este había huido del lugar posteriormente a unos sólidos cuatro segundos de contacto visual.
– ¿Viste eso? – musitó, entre risas débiles, intentando con todas sus fuerzas reprimir los vergonzosos recuerdos de la fogata, donde había accedido a convertirse en el centro de atención con la condición de recibir el menor atisbo posible de una sonrisa, una demostración positiva de su parte. Por supuesto, tan solo la ancha espalda del contrario le proporcionó una silenciosa respuesta a su pregunta –Ah, claro…Gracias por esperarme. – refunfuñó, llevando las manos nerviosas a la correa que sostenía el instrumento contra su hombro, adentrándose en la penumbra de la escuela vacía.
– Como sea. – replicó el otro, mordaz – ¿Dónde dejaste tus cosas?
–En la sala de música.
–Huh. Creo que nunca he estado ahí.
Los comentarios áridos y secos desentonaban con el sereno ambiente que les rodeaba de camino al salón. El sonido acompasado de sus pasos musicalizando el ambiente mientras el pálido brillo lunar se filtraba a través de las ventanas desnudas, proyectando una tonalidad azulada contra las facciones duras del muchacho que había decidido darle la espalda al mundo entero y jamás mirar atrás para avanzar hasta rozar sus sueños con las yemas de los dedos. Las sombras juguetonas bailaban y se deslizaban en los cortos cabellos del chico que amaba oír melodías en sonidos cotidianos, que amaba tan intensa y ferozmente que no podía verse a sí mismo organizando sus melodías, aquellos pedazos de su propia alma, dentro de cajas estructuradas, herméticamente selladas, preparadas para exhibir y calificar su calidad. Tan radicalmente diferentes, aquél que buscaba la perfección día a día y aquél que la detestaba. Aquél que buscaba colores en las sinfonías y aquél que cazaba constantemente el cosquilleo tan peculiar de sentir el balón calzar a la perfección contra la piel de sus dedos, caminando hombro con hombro, bajo la misma luna. Apasionados y embriagados por sus pasiones, absolutamente incapaces de mirarse a los ojos.
– Sí, bueno… ¿Por qué irías, verdad? – replicó Yamaguchi, jugueteando con un tono burlón –¿Qué crees? ¿Hay espíritus por aquí? – añadió luego, sus pies guiándolo por inercia misma por aquél camino que conocía demasiado bien. Como respuesta, el chasquido de su lengua hizo eco a través de los pasillos desiertos, mientras la suave oscilación al subir las escaleras movía con delicadeza las normalmente flácidas hebras de lacio cabello negro de Kageyama.
–Esas tonterías sólo podrían asustar al idiota de Hinata.
–Pues…–comenzó el contrario, acariciando levemente su barbilla con la palma de la mano, pensativo–…cuando era niño, realmente creía que ese tipo de cosas existían. Por una semana creí que mi casa estaba embrujada porque escuchaba lamentos y gritos desde mi habitación. Resultó que un gato se había colado por la ventana de la cocina y…– una vez más, rechazo. No era un rechazo explosivo, nadie estaba vociferando en su cara lo mucho que no le interesaban sus palabras. No, era un rechazo silencioso, indiferente, demasiado perezoso para requerir palabras. Solía tener ese efecto en las personas, similar a ser invisible. Normalmente, no podía importarle menos, pero cuando se trataba de Kageyama…no pudo evitar fruncir el ceño–…sí, no me estás escuchando.
– Así que esta es la sala de música. – comentó, con cierto deje de asombro en la voz estoica e impasible. Y el costado de Tadashi se recargó cómodamente contra el marco de la puerta abierta. Había estado en esa misma sala, sentado en una de esas sillas vacías por tres horas, pero realmente no se había detenido a verla. No hasta que él estuvo ahí, de pie, observando todo por primera vez, con ojos nuevos y hambrientos. El suelo de madera se hallaba decorado con franjas de lumbre blanquecina proveniente del exterior, el cantar de los grillos y el ulular de los búhos al otro lado de las paredes le brindaban una serenata privilegiada. Y el piano, enorme, imponente, silencioso, parecía haber cautivado la atención del armador, aquél que solo tenía ojos para las altas redes y los balones de caucho. El joven músico dejó escapar una sonrisa leve, contenida, sintiéndose intensamente sometido debajo de la ternura que le ocasionaba la situación, atrapado dentro del puño de su propia atracción hacia el otro joven. No había forma de batallar, no había forma de ganar; simplemente no podía hacer nada respecto a sus gustos; por más que demostrara, una y otra vez, lo grosero, arrogante y simplón que podía ser, sólo se requería eso…sólo se requería un segundo de silencio de su parte, donde observara un piano embelesado infantilmente y Tadashi estaba rendido una vez más.
– Sí, bienvenido a nuestro mundo. – musitó, resignado a su frustrante destino, decidiendo finalmente avanzar dentro del salón –No es tan grande como el gimnasio.
–…hay un piano. – habló finalmente.
–Sí, bueno…duh. – replicó simplemente, con una risita nasal, recogiendo su olvidada mochila del lugar donde había sido abandonada, en medio de un torrente sofocante de pensamientos catastróficos y existenciales.
– ¿Sabes? – comenzó, de pronto, ojos casuales y serenos encaprichados en el piano, negándose a mirarle – Cuando tocaste en la fogata, hace unos días. Jugamos un partido luego de eso y ganamos.
– ¿Ajá? – respondió, con cuidado.
– Mañana jugaremos contra Aoba Josai. – explicó, con calma. Dio un par de pasos lentos hacia la pared cercana al piano, sentándose en el lustrado suelo de madera e ignorando la multiplicidad de sillas cerca de Tadashi, pareció relajar sus tensos hombros al dejar caer su cuerpo –Es una de las mejores escuelas de la prefectura.
– Ya veo…– comentó entre dientes, cargando su mochila en ambos hombros y acercándose perezosamente al lugar donde el otro se hallaba –…aunque Tsukki dijo que ya ganaron contra ellos una vez.
– Esta vez es diferente. – espetó, con sencillez pero, además, un innegable sentido de urgencia. Luego, se formó una pausa, donde al armador pareció haber agotado todas sus palabras y Tadashi, confundido y desorientado, no se atrevía a decir más. Era como si cualquier sonido fuera de término pudiera romper esa peculiar armonía, ese ambiente tan sereno que se había producido de repente. Tal vez, si hablaba, Kageyama se levantaría y recordaría que debían irse, vería su espalda alejarse en el pasillo y jamás podría volver a inventar una excusa lo suficientemente buena como para hablarle a solas –No estoy preocupado por mí. Sé jugar bien, confío en mis decisiones. – explicó de pronto, sorprendentemente verborrágico, tomando extrañas curvaturas en el camino para evitar llegar a un punto que el joven músico desconocía por completo– Nuestro equipo no es malo. Pero está Hinata, que juega mal. Y Tsukishima, que apenas aguanta un set sin agotarse.
– ¡Oye! – se quejó el contrario, alzando la voz desde su lugar. El muchacho cuyos cabellos hacían juego con la oscura noche aguardándoles detrás de las ventanas, decidió ignorar su comentario
– El punto es…– sus implacables ojos azules, clavados en el suelo, se alzaron hacia un punto muerto detrás del hombro de Tadashi, pensando, organizando las palabras en su cabeza–…que tal vez necesitemos algo de suerte extra. Como la de la fogata.
Por un momento, el ambiente pareció tragarse todos los sonidos posibles; las frases atoradas en la garganta del castaño, el eco tímido de las explicaciones de Kageyama, los grillos, los búhos, el silbido del viento, todo pareció callarse. Todo pareció desaparecer a la espera, expectante, de una respuesta por parte de aquél aturdido muchacho, cuyos hombros se quejaban por el peso extra, cuyo corazón resguardado por lanzas y escudos parecía bajar las armas y arrojarlas lejos, prendado por la mera idea de lo que el otro le estaba ofreciendo.
– ¿Estás diciendo que…quieres que toque algo?
El adolescente, lánguido, cuya larga sombra acechaba en la pared ensombrecida, siempre serio, siempre con un extraño aire de rectitud, asintió con la cabeza, ceño profundamente fruncido, a la espera.
–Um…pero…– se llevó una mano a la nuca, dedos largos jugando nerviosamente con los cortos cabellos de su nuca. ¿Cómo era posible escuchar y creer en una propuesta semejante después de la reacción que recibió en la fogata? Kageyama había huido de él como si fuera un enfermo mortal, temeroso de contagiarse su fatal condición. ¿Realmente la buena suerte a la hora de jugar un partido significaba tanto para él? A pesar de que algo así lo haría lucir extraordinariamente ingenuo (no, estúpido. La palabra que Tadashi buscaba era estúpido), podía ser posible. Todo era posible con una persona tan extremadamente difícil de leer –…es algo tarde. ¿No estás cansado? ¿No deberías ya estar en tu casa?
Literalmente parecía haber agotado su capacidad diaria de palabras, debido a que le respondió con un indiferente encogimiento de hombros. A lo cual el contrario resopló, abandonando nuevamente sus pertenencias en el suelo y avanzando hacia el piano. Nunca había puesto un dedo sobre ese instrumento, no el de su escuela, casi se sentía como tentar a la suerte al tocar una reliquia prohibida, como esas películas americanas que su madre adoraba, donde arqueólogos propensos a los problemas se aventuraban en cuevas para apoderarse de todo artefacto antiguo que encontraran. Se sentó en el taburete, dándole la espalda a Kageyama, dedos flotando sobre las teclas, intentando decidir por dónde empezar.
– ¿Quieres una canción en particular? – aventuró, arrojando un salvavidas al profundo mar.
– No. Lo que sea está bien. – replicó, desenvainando una navaja para rasgar el salvavidas y dejarlo hundirse como un inútil pedazo de plástico.
De su nariz escapó una gran cantidad de aire que no sabía que estaba conteniendo, un suspiro poderoso que relajó sus tensas articulaciones. Comenzó a tocar una melodía suave, aleatoria, guiándose por el sonido y presionando donde se sintiera correcto, improvisando. Luego de años cobijado por un hogar donde las melodías abundaban, podía darse el lujo de dejar a su privilegiado oído tomar el control de las acciones automáticas mientras su mente registraba cada rincón, cada olvidado cajón lleno de telarañas y polvo, para encontrar una buena canción, para impresionar a Kageyama. De repente, se sentía en blanco, como si un incendio voraz hubiese arrasado con sus archivos que llevó años construir. Un incendio que flameaba en su pecho, apremiándolo para pensar en algo deslumbrante, un incendio que bramaba en su rostro, invadido por un repentino calor. El armador parecía estar tranquilo, lejos del fuego, su cabeza reclinada en la pared y ojos cerrados le proporcionaban un aura muy abordable, opuesta a su impetuosidad normal.
Tadashi le dedicó una mirada de soslayo, observándole ahí, tan relajado, sorprendentemente casual, dejándose llevar por el momento sin exigir nada y simplemente apreciando cualquier sonido que lograra descifrar de aquél viejo piano, que la respuesta pareció obvia. Estalló en su mente como un rayo, iluminando su organizado archivero de sinfonías, le proporcionó la claridad que necesitaba. Hace tiempo, cuando él era demasiado inexperto para tocar sus propias canciones pero, aun así, demostraba interés por la música, su padre le había dicho una frase sencilla. Una frase que escapó de sus labios, rodando por su lengua con absoluta sencillez.
– Hey, ¿quieres tocar tú también? – propuso, ofreciéndole una sonrisa afable. Sus dedos se detuvieron, en expectativa, y uno de los ojos gélidos del armador se abrió para mirarle, desconfiado.
– No sé hacerlo.
– Te enseñaré, ven. –insistió, repentinamente inspirado –Será divertido verte hacer algo en lo que no eres bueno, para variar. – frunciendo el ceño nuevamente, el muchacho se levantó, de mala gana, avanzando hasta el instrumento. Tomó asiento perezosamente junto a Tadashi. Ambos notaron que el espacio era reducido, que sus hombros se tocaban, ninguno dijo nada al respecto –Esta nota es Do. – pronunció el joven músico, presionando la tecla con firmeza, el sonido flotando alrededor de sus concentrados rostros, para luego desaparecer en el aire. Acto seguido, presionó la tecla a su derecho y el piano pronunció un quejido ligeramente más agudo que el anterior– Re. ¿Sabes qué sigue?
Silencio, silencio, silencio. El castaño intentó buscar sus ojos en un intento de entablar conversación, no tuvo éxito, encontrando solo una mirada evasiva y un par de labios profundamente fruncidos. Wow, de verdad odia no ser bueno en algo.
– Está bien, escucha. Es…Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si, Do. – explicó, una por una, tocando la escala hasta finalizar en un simpático chillido agudo al final, haciendo alarde de todas sus capacidades didácticas posibles.
– Ya dijiste Do.
– Lo sé, vuelve a comenzar. Se llama octava. Se repite hasta terminar las teclas.
– ¿Y qué hay de las negras? – preguntó entonces, mirando las teclas como si le debiesen dinero.
– Um, son notas intermedias. – musitó, intentando buscar términos simples para explicar un concepto complejo –Sirven para subir o bajar un tono. Es complicado, no lo veremos ahora. Pon tus dedos aquí. – en un impulso por ser dinámico, una de sus manos se extendió hasta encontrar la ajena, guiando sus dedos hasta el lugar indicado. Y ese leve roce, tan furtivo, tan casual, logró desprender una corriente eléctrica en su columna que fue escondida con una capacidad actoral sorprendente para alguien que presentaba un incendio en el pecho. – Toca esta tecla dos veces – indicó, gentil, escuchando la incómoda aflicción que emergió del piano mientras le guiaba nuevamente, cuatro notas más arriba –Ahora aquí, dos veces – siguió, ignorando la mirada hostil de su acompañante, ferozmente concentrado mientras se esforzaba por seguir su ritmo. Gradualmente, torpemente, la melodía característica de una canción de cuna infantil tembló con inseguridad a través de las paredes de la sala, como un bebé dando sus primeros y temerosos pasos.
– Más suave, ¿sí? Imagina que tienes un balón pequeño debajo de la palma.
– ¿Huh? – reaccionó finalmente aquél que cargaba la noche en sus cabellos oscuros, dedicándole una mirada escéptica –¿Para qué?
– Mi padre dice que esa es la postura correcta de la muñeca. – explicó, con un leve encogimiento de hombros. Las siete notas que había logrado enseñarle se repetían, una y otra vez, en un trabajoso bucle que parecía estar comenzando a dominar por sí mismo – ¿Qué te parece? ¿Divertido? – inquirió, sin ser capaz de contener la enorme y estúpida sonrisa que se dibujó en su rostro al estar compartiendo su mayor pasión junto a Kageyama.
– Algo…–musitó, apenas separando sus labios para responder, los habilidosos dedos ya se habían acostumbrado al orden que el otro había establecido y lo desarrollaban mecánicamente, sin comprender notas o significados, prácticamente sin escuchar el resultado.
– Así vas bien, toca Do dos veces, luego Sol y luego La. Y suena así…–amable, le guio nuevamente con sus propias manos, agregando letras a la melodía con un inglés extremadamente encerrado en un grueso acento japonés –Twinkle… twinkle… Little…star…– canturreó, lentamente, respetando el tiempo en que le tomaba deslizarse de una tecla hacia la otra y ganándose una mirada de soslayo por parte del armador– Bien, ahora irás en sentido contrario, hacia Fa, Mi y Re, dos veces cada una – explicó, guiándole una vez más, la electricidad que había provocado el roce de sus dedos contra los ajenos parecía haber disminuido hasta convertirse en una simple chispa que estallaba en su cerebro, dificultándole el concentrarse, estaba dando su mejor esfuerzo –How…I wonder…where…you are…–despacio, con delicadeza y calma, las notas fluyeron en tímidos colores que se enredaban armónicamente con sus torpes intentos de cantar en inglés, formando un sonido decente que giraba en tonos cálidos sobre las viejas teclas. Regocijado, los ojos castaños brillaban con fuegos artificiales cuando le dedicó una mirada de lleno – ¡Acabas de tocar una canción!
Una mueca extraña, que definitivamente no fue una sonrisa pero fue algo se curvó en los labios del contrario, quien dejó reposar sus desorientadas manos sobre su regazo antes de regresar su mirada con aquél renovado sentido de solemnidad.
– ¿Puedo escuchar algo que toques tú? – insistió nuevamente en su ritual de buena suerte, que Tadashi había estado deseando querer evitar con su improvisada lección. Tal vez si él mismo sabía tocar algo, no buscaría su asistencia con el único propósito de ganar partidos de voleibol. Aunque estaba claro que se había equivocado. Como solía ocurrir cuando algo le confundía o le tomaba por sorpresa, el joven músico parpadeo en silencio; una, dos veces, hasta ser capaz de articular una palabra profundamente grácil.
– ¿Huh? – más bien, un sonido ronco atorado en su garganta, la cual aclaró con rapidez, cubriéndose el puño con la boca en un movimiento evasivo. Aún no tenía idea de qué demonios podía tocar para Kageyama – Yo…s-sí. – inseguro, ligeramente tembloroso, sus dedos callosos luego de sesiones infinitas de música se posicionaron sobre las teclas. Sus ojos se cerraron un instante, una especie de mecanismo de defensa en donde la respuesta se manifestó en la penumbra de su inconsciente. En el telón negro detrás de sus párpados se pintó el estudio de su padre. Extremadamente pequeño, una bodega donde acomodó sus instrumentos y un escritorio como si se tratasen de piezas de tetris. En las paredes blancas donde se asentaba cómodamente la luz dorada de la tarde, colgaban algunas fotografías familiares enmarcadas y, debajo de las mismas, el imponente piano que ocupaba casi toda la capacidad de la habitación. Su padre se dibujó poco después en la escena, sentado de espaldas, tocando una canción particularmente triste. Siempre le habían gustado las canciones melancólicas, mientras su madre disfrutaba de géneros más alegres o indómitos. Al ser lo único en que pudo pensar en ese momento, sus mortificados ojos se abrieron y sus dedos se colocaron en posición – No te burles, no puedo pensar en una canción mejor ahora mismo. –advirtió débilmente.
Con un hábil gesto de su muñeca, tocó la melodía inicial y dejó que entrenado oído le dejara continuar con el resto mientras entonaba la letra con voz levemente ronca, innegablemente tímido – Yume no tochuu de me wo samashi– cantó, haciendo énfasis en la última sílaba al agudizar levemente su voz. “Manatsu no Tooriame” o “Lluvia de verano” era una elección bastante deprimente y tanto su lenguaje corporal, tenso y ligeramente encorvado hacia delante, como si quisiera esconderse dentro del piano, como su voz ligeramente insegura se le hicieron notar de inmediato. La autora había creado la canción para plasmar los sentimientos de duelo luego de haber perdido un ser amado, con letras que describían a la perfección el clamor desesperado por ser capaz de dejar de sentir dolor y cómo el recordar a esa persona especial en sus sueños tan sólo incrementaba la miseria que sentía. Y, por un momento, maldijo internamente a su padre por tocarla en casa y lograr, accidentalmente, provocar una melodía pegadiza que apareció en su subconsciente en el peor momento posible.
– Mabuta tojite mo modorenai – continuó, arrastrando la última vocal una vez más, lanzando tentativas miradas a su costado tan solo para observar esos ojos predatorios fijos sobre él. Por lo menos, no parecía disgustado, se le veía relajado, extremadamente enfocado, como si todo lo demás a su alrededor hubiese restado importancia. Wow, realmente quería suerte para ganar ese partido, ¿huh?
Pero, al menos, la mirada de genuino interés por parte del armador logró derretir la dura capa de inseguridad alrededor de su sonido, liberando su voz y su usual postura casual para plasmar una melodía en el silencio de la noche, recobrando gran parte de la confianza que había demostrado la noche de la fogata, cuando se unió en canción con un grupo de desconocidos en el fulgor del momento. Eso era la música para él; magia, conexión, unión. Y, mientras entonaba con el mayor tacto posible una oda al sufrimiento, mientras las letras ronroneaban fuera de su boca como seda, mientras sus dedos se movían con gracia, danzando en su campo de experticia, mientras recuperaba su confianza, Kageyama le miraba. No miraba el piano, no miraba sus manos, observaba con impasible curiosidad los pequeños cambios, la forma en que su cuello parecía vibrar con las notas altas, la forma en que sus ojos se entrecerraban en los coros, como si se tratase de su parte favorita y tuviera que asegurarse de sentirlo con total intensidad, y sus sentidos mortales fueran un obstáculo para ese objetivo. La forma en que las comisuras de sus labios se curvaban en ciertas partes de la letra, genuinamente disfrutando la experiencia. Curiosamente, le recordó a la expresión estándar de gozo que muchos de sus compañeros mostraban durante los breves momentos de descanso de un partido.
Y la canción comenzó a alentarse, paulatinamente, hasta que las últimas notas, realizadas con suavidad y sentimiento, se perdieron haciendo eco en el vacío salón. Como si una presencia superior les hubiese abandonado, regalándoles su bendición, tan sólo quedaron ellos. Tadashi, con sus manos temblorosas regresando a su regazo y Kageyama, con sus ojos intensos examinándole en silencio. Por un momento, la canción pareció verse reemplazada por un par de rítmicos latidos, las palabras parecían haberse derretido, formando un pegajoso charco en el suelo y dejándoles indefensos, con la pálida lumbre lunar iluminando los expectantes ojos café del músico.
– Estás callado. – comentó, finalmente, luego de lo que se sintió como una eternidad. El aire se había vuelto más pesado, dificultoso en sus pobres pulmones, el sonido de la ciudad fuera de aquellos muros parecía haberse apagado de repente, dejándoles profundamente a solas.
– Sí, bueno…– comenzó, acomodándose en su lugar con cierta dificultad. Y, por un momento, eso fue todo. Había utilizado un grupo selecto de las pocas palabras que habían sobrevivido, antes de derretirse y perecer inútilmente a sus pies. Era como si la noche se lo hubiese tragado todo y sólo existieran esos irises azules, que le observaban con una sorprendente serenidad, una expresión que nunca creyó que el otro fuese capaz de hacer. Esos irises que eran del color de una canción tocada en un piano, con un inicio lento y melancólico y un puente que creciera progresivamente hasta llegar a un poderoso coro que demostrara la explosión de talento que ese simple muchacho encapsulaba. Esos irises que le susurraban que se acercara. ¿O acaso era Kageyama quien se había acercado…? –…estaba pensando que nos dará suerte. – musitó, por fin, y Yamaguchi no pudo reprimir un leve respingo al sentir sus palabras, materializadas en una exhalación de aire cálido, acariciarle debajo de la nariz.
– ¿Tú crees? – preguntó por mera inercia, tan solo por responder algo, ¿qué más daba la suerte cuando la sinfonía de su destino parecía estar a punto de llegar al punto cúspide de su partitura? Pero Kageyama asintió con la cabeza y tomó la drástica decisión de acercarse lo suficiente como para que sus delgados labios colapsaran contra los suyos, como un automóvil sin frenos, permanentemente intenso y comprometido con todo lo que hacía.
Y fue como si todos los colores del mundo se unieran en una ráfaga violenta, arrastrando hojas y sillas a su paso, despeinando su cabello y haciendo temblar los anchos extremos de su uniforme holgado, como si todos los colores del mundo se unieran en una enceguecedora luz blanca que le permitió ver cómo el armador cerraba los ojos mientras sus manos se cerraban con fuerza sobre sus antebrazos. Fue como una melodía sencilla, bella, predecible fuese creciendo en intensidad; piano, violines, arpa y platillos explotando en su oído mientras el viento y la luz jugaban con sus sentidos, como si una melodía sencilla explotara al convertirse en una gloriosa sinfonía. Y Tadashi acunó el puntiagudo costado de su mandíbula cuadrada con una mano, deseoso de sentirle, mientras entonaban su propia canción entre choques inexpertos de labios, que jugaban entre roces delicados y afectuosos e intercambios bruscos, entre lenguas y dientes que estorbaban o ayudaban a la fluidez del momento, entre respiraciones contenidas y suspiros temblorosos que escapaban de su nariz.
Y parecía que todo podría ser así por siempre, que pasarían la eternidad escribiendo su propia sinfonía disonante mientras el calor invadía sus rostros y teñía de carmín las orejas de Tobio y escondía las pecas de Tadashi. Parecía que todo podría ser así por siempre, hasta que…el armador se inclinó hacia atrás. Y la luz divina pareció desintegrarse, poco a poco, partiéndose en pequeños trozos que flotaron hasta desvanecerse en el aire, abriéndole paso a la oscuridad propia de la noche. Y la impetuosa ráfaga pareció apaciguarse, depositándolo en el estrecho asiento, dejando sus hombros caer hacia delante, la sinfonía había cesado, tan repentinamente como empezó, dejando el camino libre para los sonidos naturales del ambiente. La magia se había ido y, frente a él, tan sólo se hallaba un adolescente con expresión hosca, entrecerrando los ojos en desconfianza como un sabueso que olfatea el aire en busca de algo sospechoso, su mirada fija en un punto lejano, en el horizonte.
– Oye, Kageyama, ¿Qué estás…?
– ¿Escuchas algo? – preguntó súbitamente, su voz rugiendo desde las profundidades de su garganta.
– ¿Eh? No, yo…– sin embargo, tal vez sí escuchaba algo. Tan absorto en la naturaleza idílica del momento, dejándose transportar dentro de aquél mundo onírico, que no reparó en el sonido de los pasos que se acercaban a través del pasillo sino hasta que fue capaz de retirarse de aquél hoyo que lo conducía a las maravillas – ¡Mierda! – murmuró, contrariado, tomándole con fuerza del antebrazo para levantarse de su asiento y tomar en un arrebato sus pertenencias.
Jamás había permanecido en la escuela hasta tan tarde como para cruzar su camino con los encargados de la limpieza, por lo que su mera existencia no había aparecido en su mente hasta aquél momento. Una voz gruesa y gutural exigía saber quién andaba ahí, haciendo eco a través del pasillo, hablándole directamente a la habitación vacía y oscura. Tan sólo existía una forma de salir, la misma puerta que habían utilizado para ingresar, y la adrenalina ascendía por su garganta como un ácido febril cuando simplemente atinó a refugiarse en la penumbra y esconder su cuerpo alto de extremidades largas detrás de una de las múltiples sillas alineadas para las prácticas de la banda. Por el rabillo del ojo, pudo ver que el adicto al voleibol imitó sus movimientos.
Atrapados ante la presencia del conserje, cuestionando a las tinieblas mismas de los rincones en búsqueda de intrusos, los adolescentes retuvieron el aliento en un intento desesperado de resguardar cada insignificante sonido. Ninguno de los dos tenía idea de qué podía ocurrir se les hallaban merodeando en la institución fuera del horario establecido, no obstante, no hacía falta ser muy listo para deducir que involucraría llamadas a sus padres y llamadas de atención que ni alguien que estaba a punto de jugar uno de los partidos decisivos de su juventud al día siguiente, ni alguien que estaba dejando de lado todas sus necesidades básicas para ser aceptado en el selecto grupo de su club, necesitaban.
Luego de unos instantes de inquietante silencio, apenas interrumpido por las preguntas ocasionales del sospechoso conserje, quien parecía decidido a no abandonar el lugar hasta averiguar el misterio detrás de la melodía de piano que había escuchado, Kageyama pareció hartarse. Mucho más impaciente y práctico que el joven músico, chasqueó la lengua con fastidio y le tomó de la muñeca bruscamente para disponerse a correr hasta la puerta apenas y la apertura que les proporcionó el hombre dándoles la espalda por unos segundos se abrió ante ellos. Por supuesto, escucharon exclamaciones indignadas tan pronto y como salieron, fallando en su propósito de pasar desapercibidos. No obstante, los alaridos del hombre desconocido comenzaron a perder su volumen, como el final de una ruidosa canción, a medida que su carrera les alejaba del salón, saltando los escalones de dos en dos, descendiendo a la planta baja con premura. Los dedos del armador apretaban su muñeca y le obligaban a mantener su paso ridículamente veloz. Y Tadashi había sido un joven activo durante toda su vida, practicando deportes regularmente, pero no había forma de que la velocidad de sus pasos pudiese compararse con aquél que tenía delante, quien se movía con la inercia y rigidez de un depredador, concentrándose en la salida como único destino.
Eventualmente, el aire fresco de la noche se manifestó como una suave caricia contra su rostro perlado de sudor, el repiqueteo incesante de sus pasos fue reemplazado por el silencio del exterior y los jadeos que escapaban de su boca abierta mientras dejaba, finalmente, reposar sus manos sobre sus rodillas, intentando recobrar el ritmo natural de su respiración.
Fue entonces cuando, incontrolable, emergiendo de su interior como un oleaje burbujeante, una carcajada emanó de lo profundo de su estómago, obligándole a cerrar los ojos y echar su cabeza hacia atrás, conteniendo las leves lágrimas producidas por el ataque de risa.
– ¡Eso fue…ridículo! – dijo, en un débil hilo de voz
– ¿De qué te ríes? – espetó el otro, observándole con una ceja alzada, incrédulo y confundido.
– ¡Su cara! ¿Viste su cara cuando empezamos a correr? – intentó preguntar, entre sacudidas violentas de nuevas risas que emanaban de su pecho, obligándole a cubrirse parte del rostro con una mano, sus hombros ascendiendo y descendiendo con cada risotada. Tal vez, en el furor del momento, había cometido el error de voltear hacia atrás, arrastrado por la corriente poderosa del trote de Kageyama, para visualizar por un efímero instante la expresión de completa perplejidad del conserje, la cual, dibujada a la perfección en su imaginario, le estaba provocando descostillarse de risa al punto que era difícil respirar –Fue…fue demasiado.
–S-sí. – admitió el normalmente estoico armador, uniéndose al vitoreo de risotadas nerviosas. Oír a Kageyama reír era extraño, sus facciones tensas se relajaban, sus ojos se cerraban, su cabeza y hombros descendían al contrario de Tadashi, quien se echaba hacia atrás para reír con todo su cuerpo. Él, por el contrario, parecía hacerse más pequeño mientras reía, contrastando con su usualmente grandiosa presencia.
Ah, quería recordar el sonido de esa risa para siempre, fusionándose con la suya en una canción nueva. Ah, quería quemar dentro de sus retinas esa imagen y no olvidarla jamás.
– Sin duda creíste que era un espíritu por un segundo. – le fastidió, inevitablemente sonrojado, ocultando su fascinación detrás con una sonrisilla mordaz.
– ¡Claro que no! – rugió con su usual tono de voz primal, rompiendo adrede el encanto bajo el cual había hechizado al joven músico hasta hace unos segundos atrás, reemplazando su sonrisa deslumbrante por una expresión de completa furia ante la insinuación de que pudiese tenerle miedo a algo tan infantil.
–Oh, no puedo esperar a contarle a Hinata lo asustado que estabas…
– ¡Idiota! ¡Nada de eso pasó! – protestó, alzando la voz para intentar ahogar las risotadas cantarinas del contrario. Avanzando con pasos pesados, uno de sus hombros rozó el estuche del saxofón de Tadashi, logrando accidentalmente que se balanceara hasta deslizarse por su antebrazo – ¡Casi nos atrapa porque llevas muchas cosas encima!
Sin embargo, no había protesta ni queja, no había exclamación ni reproche que pudiera estropear su diversión. Existía la posibilidad que incluso le gustara la faceta enfadada de Kageyama, esta situación sin duda estaba escapando a su control. Acomodando el instrumento firmemente una vez más, le siguió en silencio, acompasándose a las pisadas bruscas llenas de frustración que parecían dejar marcas de fuego a su paso. Eventualmente, la risa se apagó, el enfado se congeló y la brisa nocturna volvió a hacer acto de presencia, guiándolos a casa a través de las luces doradas de la calle. Y el tema sin tratar estaba allí, palpable, prácticamente tangible bajo la yema de sus dedos, interponiéndose en medio de sus cuerpos y forzando una distancia incómoda. Una distancia que Tadashi intentó disminuir con un suave carraspeo de su garganta para llamar su atención.
–…hey, um, ¿Kageyama? – intentó, observando cómo volteaba el cuello a su dirección y cómo las chispas doradas danzaban en lo profundo del océano de sus ojos. Demonios, esto será difícil…– Respecto a…lo que pasó. – murmuró, rápido, las palabras atropellándose unas sobre otras –Lo siento, yo…
– ¿Hm? No, está bien. – musitó el otro, en un tono sorprendentemente gentil, evitando contactar con los ojos café de inmediato, rascando distraídamente un costado de los lacios cabellos negros.
Y, por un momento, eso fue todo. No había necesidad de disculparse, porque todo estaba bien. Por un momento indefinido, extendido a través de los anónimos aposentos del tiempo, en el que avanzaron a través de las sendas pavimentadas con altos pastizales a su alrededor, árboles y la playa, allá a lo lejos, resguardada bajo la luz de la luna, todo estaba bien.
– ¿…nos dejamos llevar, eh? – agregó Tadashi, extrañamente decidido a que había algo más que decir sobre el tema. Algo que ambos estaban ignorando deliberadamente, un detalle invisible pero enorme, del cual escogían danzar a su alrededor, fingiendo que no existía.
– Sí. – repuso, hombre de pocas palabras. No obstante, esta vez parecía contrariado, escaneando en su mente por palabras que parecían no querer cooperar a la hora de expresar lo que deseaba comunicar –Quiero decir… era difícil no hacerlo…– continuó, gesticulando con una mano libre, la que no estaba cerrada sobre la correa de su bolso deportivo –…el ambiente, la canción…
Ahí estaba. El tema que habían estado intentando evitar, materializándose y rompiéndose a pedazos a merced de un golpe despiadado. Con él, también cayeron, inertes e inútiles, un millón de frases que habían estado zumbando como abejas frenéticas alrededor de un panal en la mente de Tadashi desde hacía días.
“Creo que me gustas. Creo que me gustas desde que vi tu saque esa vez. ¿Esto significa que yo también te gusto? ¿Recuerdas cuando toqué esa canción en la fogata? Fueporquemegustas. Fueporquequeríaimpresionarte. ¿Todo este tiempo sentías lo mismo? ¿Por eso me besaste? Porquemebesastetú, ¿verdad? ¿O estoy recordando mal? Quiero decir, estaba oscuro y todo, pero…Ah, esto es un alivio porque todo este tiempo creí que no te caía bien y ahora… ¿Estoy…estoy en lo correcto?”
Pisando sus esperanzas en el camino, desparramadas en las suelas de sus zapatos, avanzaron hasta dejar atrás la colina y transitar la larga avenida hasta los barrios residenciales. Tsukki le había compartido cómo corrían hasta ahí en sus entrenamientos, para calentar los músculos. Tsukki lo odiaba, por supuesto, pero a Kageyama parecía gustarle. Sobrepasando sus propios límites para deleitarse en el dulce sabor de la victoria contra Hinata. Por supuesto.
Por supuesto. A Kageyama le gustaba ganar, muchísimo. Le gustaba el voleibol, los pisos lustrados de madera, el específico sentimiento del peso del balón entre los dedos. Le gustaban los onigiri rellenos de atún en las fogatas comunitarias del equipo, le gustaba gritar y expresar su rabia de forma explosiva. Le gustaban algunas canciones, al parecer, mientras puedan otorgarle suerte en sus partidos. Pero no él. No le gustaba Tadashi.
– S-sí. Tienes razón. Sin duda fue la canción.
¿Cuánto tiempo llevaba sin hablar antes de soltar eso? Había perdido la noción. Y hubiese deseado que el rugido de los automóviles acercándose a sus espaldas a través de la avenida hubiese sido lo suficientemente fuerte como para ahogar sus palabras. Las cuales, lamentablemente, escuchó a la perfección.
– No hay que tomarlo tan en serio.
– Sí, es verdad. – asintió el músico automáticamente, sin siquiera pensar. Sólo dejando que las palabras escapen.
La señal de una parada de autobús se materializó paulatinamente, a la cual el armador se acercó, parco y silencioso. ¿Cómo era posible que un ambiente tan idílico, tan deliciosamente onírico como aquél que habían creado hace poco hubiese perdido su forma hasta convertirse en eso? En ese silencio tenso, físicamente incómodo, una especie de globo que se inflaba con cada paso hacia delante, con cara mirada esquiva, con cada intento de hablar que terminaba en un resignado fruncir de labios. Sabía que cualquier mención adicional del mismo tema podía causar la explosión de ese frágil globo. Ambos lo sabían. Y ninguno quería estar ahí cuando ocurriera. Sin embargo, un instinto gritaba en el oído del castaño cómo esto no era suficiente, que tenía que haber más, que no había forma de que lo haya malinterpretado todo, que…
– Como sea, yo…debería irme ya. – tajante, como el blandir de un cuchillo que corta el aire, su voz se hizo presente en la noche mientras su cuerpo se detenía en la parada de autobús. Tadashi no estaba cerca de su hogar, ni por asomo, pero aun así ese instinto, ese molesto zumbido vibrando en su interior, le obligó a clavar sus pies en el suelo.
– Ya…entiendo. – los ojos café observaron sus propios pies, la extensión de la carretera, los colores opacos y apagados de la parada, los ojos azules que le habían devorado vivo en la sala de música, escarbando desesperadamente por las palabras correctas que romperían con la maldición de aquél ambiente detestable. Humedeciendo con su lengua los labios resecos, lo intentó una última vez – ¿Kageyama? – no recibió respuesta alguna más que un gesto; alzó la vista con genuino interés hacia su dirección –No me quedaré atrás.
Porque tal vez a él no le gustara. Tal vez sus compañeros le superaban ampliamente en experiencia, tal vez su superiora lo consideró un caso perdido, un fracaso catalogado aun antes del inicio. Pero a Kageyama le gustaba ganar, ¿verdad? Y a todo el mundo le gustaban los ganadores.
Practicaría. Llevaría las bolsas bajo sus ojos como una medalla de honor. Practicaría para demostrarle a todo el mundo aquello de lo que era capaz, practicaría para demostrarse a sí mismo todo aquello de lo que era capaz. Practicaría para volver a sentir la ancestral, legendaria sensación de tocar música para alguien que te gusta.
Y el armador le sonrió con su usual sonrisa; predatorio, escalofriante, impiadoso.
– Hablas mucho. Demuéstralo.
