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02- Ocaso de Sangre
Jueves 06 de Octubre (Atardecer)
Después de aquella fatídica madrugada dos días antes, Annaisha ya no estaba segura de que creer. Había visto con sus propios ojos, el cómo los shikis eran capaces de alimentarse de una víctima inocente, sin importar si alguna vez ese alguien fue un familiar o alguien de importancia sentimental. El hambre era más poderosa. Casi como una adicción.
Después de eso, se negó a ir nuevamente a la clínica, asustada de la idea de que en cualquier momento el enemigo la atacase por la espalda. Ya no era seguro si incluso habían conseguido llevarse a una víctima más. No solo le significaba una impotencia fuerte al no poder haber hecho nada, sino que sus posibilidades de seguir investigando junto al doctor Ozaki ya eran casi nulas. Así que debería buscar pistas ahora con ayuda de sus otros aliados.
Por eso, cuando recibió el aviso de los hermanos Tanaka de que Natsuno deseaba verla, sintió una pequeña esperanza de que él llevase consigo alguna información valiosa para confrontar esta situación.
Caminando hacia el lugar donde la habían citado, y ya llevando varios minutos de retraso, Annaisha no pudo evitar escuchar desde distintos lugares algunos cuchicheos con respecto a una confrontación con la familia Kirishiki. No parecía tener cara de revelación, sino un antifaz de burla. Al parecer, la sola idea de mencionar en voz alta una probabilidad de rasgos desproporcionados y arrancados de una novela de Drácula o algo parecido, solo conllevaría a la burla de los demás habitantes. Solo unos pocos como ella misma, Natsuno o el mismo doctor Ozaki sabían la verdad detrás de esos macabros sucesos y sin importar su postura o importancia para la aldea, podrían tacharlos de locos por decir algo descabellado como culpar a los “Okiagari” de todas las muertes en Sotoba.
Así que estaban solos en esto y solos deberían resolverlo. Por las buenas o por las malas, esa cadena de muertes debía ser cortada de golpe.
Cuando llegó a su destino, notó que al parecer la charla grupal se había terminado. Natsuno se estaba alejando de Kaori y Akira, quienes conservaban una expresión de terror absoluto en sus caras ¿Qué les habría dicho el joven de ojos azules para que terminasen así?
- ¡Yuuki-kun! – lo llamó ella en voz alta mientras se acercaba a su persona que le ganaba en estatura. Sin embargo, un atisbo consternado se dibujó en sus ojos algo opacados al darse cuenta del estado macilento de su amigo; estaba demasiado pálido y tenía una marcadas ojeras.
- Llegas tarde, Annaisha – la regañó él con demasiado desgano, lo que activó aún más el estado de alarma de la joven adulta.
- Yuuki-kun… ¿Qué te pasó? ¿Por qué… te ves tan enfermo? – le interrogó la fémina, rogando con cada fibra de su ser y a todas las deidades que conociera y creyera o no, que no se tratara de un nuevo callejón cerrado por la presencia de los shikis.
- Se me acaba el tiempo – respondió él con voz culposa… y se descubrió la mordida que llevaba en el cuello.
Annaisha se quedó congelada en su sitio al observar las marcas de colmillos en el cuello de su amigo. Lo que menos quería que pasara… se había cumplido y solo se encaminaba a un desenlace letal. Empuñó sus manos, ya marcadas en dedos y uñas por heridas de ansiedad, y sus piernas la traicionaron, haciéndola caer de rodillas.
- ¡Annaisha! – se apresuró Natsuno de forma imprudente al acercarse a su amiga y quedar a su altura.
- ¿Por qué? – musitó esta, reflejando la desesperación en sus ojillos de ciervo herido – Primero Nii-chan… y ahora tú… no.
- Sus ataques son indiscriminados – le explicó Natsuno con actitud de rendición – Creo que su plan no es alimentarse, sino crear una aldea de Okiagaris. Ahora… ninguno se puede salvar. Todos iremos cayendo y eso te incluye a ti… a menos que huyas con tu familia…
- ¡No voy a dejarte solo, Natsuno-kun! – Annaisha alzó la mirada y la voz al dictar esa negativa, sujetando la muñeca delgada de su amigo – ¡No voy a dejar que vuelvan a hacerte daño!
- No tiene caso. Una vez te eligen solo te queda esperar la muerte.
- ¡Pues yo no haré eso!
- No seas terca…
- ¡No voy a ser una inútil como lo fui con Tooru Nii-chan!
Sus palabras removieron el interior del contrario, obligándolo a bajar la mirada y apretar los labios. No podía confesarle la cruel realidad de que había sido el mismo Tooru quien lo estaba masacrando lentamente casi todas las noches. Si Annaisha se enteraba de eso… nunca podría recuperarse de ese golpe tan horrible y hasta podría llegar a odiar al que había considerado en vida su querido hermano. No podía hacerle ese daño permanente. No a quien consideraba su amiga a pesar de su ocasional inmadurez de actitud.
- No eres una inútil, Annaisha – le aseguró cuando pudo verla otra vez a los ojos. Aprovechó de deslizar sus dedos ya más fríos por las mejillas pálidas de la fémina y limpiarle las lágrimas que comenzaban a escapar – Pero no puedes pelear contra algo tan peligroso tú sola. Debes hallar la forma de salvarte de esto.
- Voy a estar bien, pero no voy a huir, Natsuno-kun – ella insistió en su abrupto cambio de comenzar a llamarlo por su nombre al ver que no había oposición al respecto – Quiero salvar a mi familia… y eso te incluye a ti.
Natsuno resopló resignado. No había podido convencer de lo contrario a los hermanos Tanaka, menos iba a convencerla a ella.
- Como quieras, pero te advierto que te estás metiendo a la boca del lobo – fue su último aviso antes de ponerse de pie junto con ella y marcharse, dándole la espalda. Annaisha sintió la ardiente tentación de seguirlo ante la activación de su instinto protector, mas se quedó adherida al suelo, soltando más lágrimas e incapaz de ordenar en su cabeza todos los motivos que ahora la estaban rompiendo cual cristal fino.
Ignoró olímpicamente las voces de los hermanos Tanaka que la llamaban por su nombre y se echó a correr por el mismo sendero que la había llevado a ese lugar, esta vez con la intención de llegar a su casa y sentirse menos expuesta a una muerte segura.
- ¡Hija! ¿Qué pasó? ¿Por qué lloras? – fueron esas las palabras con que la madre de Annaisha la recibió en su hogar al verla entrar de forma desequilibrada, quitarse los zapatos de forma desordenada y apoyarse contra la pared para intentar controlar su respiración.
- ¡One-chan! – la llamó su hermano Sotaro mientras corría a abrazarse a sus piernas cual bebé koala – ¿One-chan está triste?
La joven aspirante a universitaria solo pudo apretar sus labios en un intento último de controlarse y se agachó para abrazar a su hermanito y cogerlo en brazos. Se negaba a soltarlo.
- Hija… ¿Pasó algo malo? ¿Te peleaste con Natsuno-kun? – le interrogó su progenitora. Sabía bien de la amistad que se traían ambos jóvenes y a pesar de considerar al chico como alguien demasiado serio para su edad, también lo consideraba un buen amigo para su hija.
Annaisha no le contestó y deshaciéndose en un llanto silencioso, buscó refugio en los cálidos brazos de su madre, frustrada de no poder explicarle lo que realmente sucedía y asustada de la posibilidad cada vez más creciente de que ella o su familia fueran las siguientes víctimas.
- Son muchas muertes, mamá – se sinceró a medias, revelando uno de sus temores – Sotoba… Sotoba está desapareciendo… todos se van… o mueren… Nii-chan también…
- No va a ser así siempre, Anni – la intentó consolar en vano – Las cosas van a mejorar. Estas tragedias se terminarán en algún momento.
Demasiado optimismo. Pero nada raro viniendo de alguien que ignoraba el verdadero peligro en que se encontraban. No es mentira que digan que la ignorancia significa felicidad. Los habitantes de Sotoba eran ciegos y sordos a la horda de muertes y preferían seguir creyendo en una salida fácil o un milagro estúpido.
Pero Annaisha Kita no podía decir nada al respecto. No solo por la esperable incredulidad de su familia y del pueblo… sino porque no cuidar a quienes les confiabas la tenebrosa verdad te podía costar la vida. A ti o a tus seres queridos.
Y ella ya había tenido suficiente con Tooru. No quería perder a alguien más.
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Sábado 08 de Octubre
Una regla primordial cuando está sucediendo una catástrofe, es nunca creer que las cosas pueden ser peores. Pues eso se cumple más pronto que tarde.
O eso era lo que Annaisha comenzó a creer cuando tras hacer una llamada a Ritsuko para disculparse de no poder ir a la clínica a una de sus acostumbradas juntas amistosas después del trabajo, terminó por enterarse de que la esposa del doctor Ozaki estaba enferma y con los mismos síntomas epidémicos que habían causado las anteriores muertes en Sotoba.
Annaisha sintió como el pánico ahora le recorría hasta las venas. Había olvidado que no solo el doctor podía ser escogido como una víctima; la elección podía recaer en uno de sus colegas… o en su familia. Sin importar si tenían o no una buena relación, nadie estaba a salvo de las garras enemigas. Y ahora la víctima era Kyouko.
Si bien nunca se llevó bien o mal con esa mujer, consideraba lamentable que hubiese llegado al pueblo para ahora descender hacia el camino de la muerte. No era su culpa, era un mero efecto colateral de todo lo que sucedía en Sotoba.
No solo le parecía trágico el estado de aquella mujer, sino el mero hecho de que ya no tenía como salvarse. Su muerte estaba sellada y con ello vendría la viudez del doctor Ozaki.
No estaba segura del todo de que eso le afectase realmente a aquel hombre tan desvinculado de su propio matrimonio, pero le parecía casi angustiante el hecho de que enviudase a tan temprana edad.
Hasta un divorcio sonaba menos terrible que la viudez.
No podía darse el permiso de salir de su casa e ir hasta la clínica para hacerle compañía al médico. No se sentía con el valor suficiente ahora que su cabeza corría peligro tras ver lo que estaba pasando con Natsuno. A pesar de que deseaba proteger a ambos…
¡Mierda!
Su mente era un caos absoluto. Estaba aterrada hasta los huesos, pero quería ayudar tanto al doctor Ozaki como a su amigo Natsuno. Mas no tenía idea de que hacer en cada caso. Uno podía estar frente a la muerte en cosa de días y el otro estaría en una pendiente peligrosa ante la inminente pérdida de su esposa.
¿Por qué la muerte tenía que ser tan fría y cruel? ¿Por qué no la única forma de dejar este mundo fuera de forma tranquila y sin remordimientos? ¿Por qué la muerte debía convertirse en un juego de azar donde podías volver como un demonio sediento de sangre o tener la maravillosa compensación de descansar en paz?
Annaisha no lo entendía y ya no confiaba en que esas preguntas se respondiesen por si solas.
Ahora su prioridad no eran esos debates morales filosóficos, sino buscar la forma de ayudar y proteger a quienes le importaban. No podía descuidar a nadie.
Aun si en el proceso ella lo pagaba con su vida, valdría la pena si los demás lograban seguir viviendo después de eso.
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Domingo 09 de Octubre
La llamada de parte de los hermanos Tanaka fue la causa suficiente para que todo su ser se viniera debajo de adentro hacia afuera. Soltó el teléfono de la casa con brusquedad y retrocedió hasta chocar con la pared. Ni una sola palabra escapó de sus labios y en su reemplazo, vomitó por el revoltijo doloroso que se adhería en su estómago por recibir aquella noticia.
Natsuno había muerto.
Esos malditos seres infernales lo habían masacrado y ella como una verdadera estúpida solo se había quedado de brazos cruzados esperando que todo se arreglara solo.
Tras devolver todo lo que había comido durante el día, la suciedad de su boca se entremezcló con las lágrimas que comenzaron a caer de sus ojos mientras gritaba en un arranque de angustia delirante. Generaba pánico de solo verla allí en el suelo con su lamentable estado mental al borde de la autodestrucción.
- ¡One-chan! – gritó Sotaro al verla colapsar de esa forma tan exabrupta y corrió al interior de la casa a buscar a su madre, asustado de ver tan mal a su querida hermana.
La progenitora de Annaisha no dijo ni una sola palabra cuando siguió los pasos apresurados de su hijo mientras sus manitos la sujetaban del delantal con insistencia y menos cuando se encontró con el triste espectáculo en la entrada; su hija con la ropa y la boca embarrada de vómito y llorando hasta asfixiarse por sí misma. Corrió hacia su “cachorrita” y la abrazó de forma protectora y contenida, ignorando por completo el desastre físico que era en ese momento.
- Hija… ¿Qué pasa? – preguntó nerviosa ante la posibilidad de empeorar su estado – Mi pequeña… ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás así?
- N-Natsuno – musitó apenas entendible la joven fémina debido a la respiración entrecortada y el vómito en su garganta.
- ¿Natsuno? – repitió la mujer mayor mirando a su hija aferrada a su persona – ¿Qué le pasó? ¡¿Está bien?!
- ¡ESTÁ MUERTO!
Dos palabras.
Solo fueron dos palabras, pero bastaron hasta por si acaso para aclarar los motivos del demacrado estado de Annaisha y encender una alarma de alerta en la mente de la pobre mujer que era su madre.
Él también se había convertido en una víctima de la extraña condición epidémica que estaba golpeando a Sotoba.
Nadie lo sabía bien, pero todo apuntaba a un resultado así de devastador. Toda lógica apuntaba a esa respuesta.
Comprendiendo en su totalidad el sufrimiento de su hija mayor, la mujer solo pudo abrazarla con más fuerza y acariciar su cabeza como si fuese un felino lastimado, sintiendo deseos de golpear a todo el mundo y maldecir a la muerte por todo el sufrimiento que estaba atormentando a su pequeña cachorra.
Annaisha ya había sufrido tanto por perder a Tooru. Y ahora el destino parecía querer burlarse de ella y se llevaba a otra de sus amistades. Una de las más extrañas, pero más fuertes que ella había experimentado en su vida pese a todo.
¿Por qué debía ser así de injusto?
¿Acaso irían pereciendo uno por uno hasta que ella acabara sola o bajo tierra como gran parte de los habitantes de esa aldea diminuta?
- ¡Natsuno se murió, mamá! ¡Está muerto! – vociferaba Annaisha apenas comprensible en su hablar debido a todos los factores que la consumían en ese momento tan desgarrador – ¡¿Por qué tuvo que pasar?! ¡¿Por qué no hice nada?! ¡¿POR QUÉ TUVO QUE MORIRSE, MAMÁ! ¡¿POR QUÉ?!
Incapaz de contestar a sus súplicas que escocían como ácido sobre la piel, su progenitora solo pudo seguir cobijándola en su abrazo gentil y murmurar palabras de contención a su oído como cuando era pequeña y se ponía a llorar por caerse de algún árbol y terminar con las rodillas heridas.
Perdió por completo la noción del tiempo y solo cuando la chica comenzó a hipar y relajar su respiración alterada a causa del agotamiento mental, la llevó con cuidado hasta el baño y la ayudó a desvestirse y tomar un baño caliente. Parecía tan ida que no se quejó si el agua le estaba lastimando la piel por la alta temperatura o si las yemas de sus dedos empezaban a arrugarse como pasas debido al exceso de tiempo en la tina. Parecía una niña que apenas si sabe comer bien con los cubiertos; no era de extrañar su peculiar ausencia si estaba comenzando a experimentar por segunda vez en tan poco tiempo una etapa de duelo por la pérdida de un amigo.
Su madre la ayudó a secarse y vestirse con una ropa holgada debido al calor de la temporada pese al previo cambio de estación, y luego le llevó de comer algo suave al paladar. No le dijo absolutamente nada y solo le hizo compañía para aligerar el dolor que estaba pasando. El pequeño Sotaro, preocupado y triste por el estado de su hermanita, se aferró a su brazo izquierdo y restregando su mejilla contra la delicada piel ajena como si fuese un gatito bebé. A pesar de ello, el silencio deprimente de la casa era mejor que el ruido incesante del llanto que Annaisha había experimentado hace tan solo unas horas.
El único momento en que la joven pudo hablar con un hilo atascado de forma entrecortada, fue cuando pidió el teléfono para llamar a la cafetería Creole para dar un aviso impostergable.
Ese día, renunció a su trabajo.
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Lunes 10 de Octubre
Tras esperar a que se escucharan dos tonos de llamada, el teléfono de la única clínica de Sotoba fue respondido por una de sus más queridas profesionales de la salud.
- Clínica Ozaki. Habla Ritsuko.
- Rit-chan, soy yo.
Volver a escuchar la voz de Annaisha pudo haber sido como el abrazo de una caricia primaveral para la enfermera de rasgos esmeraldas, pero esa posibilidad se descartó por completo cuando el timbre de la voz de su joven amiga parecía a punto de hacerse pedazos en cualquier instante.
- Anni-chan… ¿Qué sucedió? Dejaste de venir a la clínica sin avisar.
Un silencio sepulcral se escuchó del otro lado de la línea durante algunos segundos sentidos como siglos de espera. Instancia que se acabó cuando la chica de cabello burdeo respondió a las dudas de la joven enfermera con gran brutalidad.
- Natsuno murió.
Lo había escuchado esa misma mañana. Una de sus colegas le había dicho que desde la residencia de la familia Yuuki habían visto salir un carro fúnebre, pero no tenían idea quien había sucumbido a la “enfermedad”. Ahora Annaisha se lo respondía con el dolor escurriendo de cada una de sus palabras.
- Anni-chan, no sabía que… No puede ser – murmuró Ritsuko con voz gutural, intentando no llorar – Lo lamento tanto.
- Fue ayer. Todavía no puedo… aceptarlo.
Por su parte, la más joven de las dos mujeres no fue capaz de sostener el llanto oculto en su pecho y su voz hecha trizas dio la señal de que había empezado a sollozar despacio, aun intentando ocultarlo.
No se equivocaba. La joven adulta de ojos ahora apagados en depresión, se hallaba en su habitación totalmente a oscuras, con las cortinas cerradas y vistiendo apenas un suéter amarillo claro. No le importaba estar usando más que ropa interior para abajo; las cobijas de su cama le cubrían su parcial desnudez. Había arrastrado el teléfono a duras penas desde la salita de la casa hasta su cuarto, incapaz de salir de allí.
- ¿Estás sola? – le preguntó Ritsuko con tono maternal.
- Sí, mamá y Sotaro fueron a ver a los Shimizu – respondió Annaisha a duras penas cuando dejó de sorber por la nariz.
- Anni-chan…– intentó persuadirla la enfermera – Tal vez podrías venir aquí, pero…
- ¡NO! ¡No voy a ir a la clínica!
Su reacción aparentemente violenta y rotunda, alertó a Ritsuko sobre el estado mental de la pobre muchacha. Se escuchaba como una víctima de la paranoia.
- ¿Anni-chan?
- No quiero… salir de mi habitación… ni de mi casa. No puedo… si lo hago, no volveré más.
Era lo que temía; Annaisha Kita estaba siendo presa del pánico, el miedo y la paranoia ante los sucesos de Sotoba y el detonante para aquel comportamiento había sido perder a Natsuno, pese al poco tiempo de amistad que llevaban. La muchachita de ojos tristes ya había perdido a dos seres queridos en menos de medio año y ahora no solo temía por la seguridad del resto de sus familiares y amigos, sino por su propio bien que la siguiente elección de la ruleta rusa de la muerte la apuntase a ella y la extinguiera de este mundo.
- Perdón, Rit-chan… yo no quise…
- No, descuida querida – la apaciguó Ritsuko – Iré yo misma a tu casa a verte cuando termine mi turno. ¿Quieres que te lleve algo de comer?
La escuchó balbucear una respuesta afirmativa y tras intercambiar un par de palabras de despedida temporal, la enfermera de cabellos verdosos colgó la llamada y soltó un suspiro para deshacer levemente el nudo en su garganta. No solo le dolía la muerte de alguien tan joven como Natsuno, sino que todo lo que estaba sucediendo le estaba destruyendo la estabilidad mental a una chica inocente que solo soñaba con seguir los pasos de los profesionales de la Clínica Ozaki.
Nadie merecía sufrir una pesadilla como la que azotaba a la pequeña villa entre abetos, mucho menos alguien como Annaisha, que era muchas cosas positivas y ni en un millón de años podría siquiera matar una mosca.
Ritsuko respiró hondo para volver a enfocar su atención en su labor de enfermera, decidiendo pensar en unas horas, que platillo le podía preparar a Annaisha para al menos ayudarla a alimentarse. Algo ligero le serviría. Conocer su expediente médico la ayudaba a sostener la realidad de que solía ser muy delicada del estómago y seguramente todo lo que estaba pasando le provocaría nauseas como efecto físico.
Se detuvo unos segundos en el pasillo cuando vio pasar nuevamente la silueta del doctor Ozaki. Si bien por un instante consideró la idea de contarle sobre el estado de su futura discípula, prefirió callarlo. El pobre hombre ya tenía suficiente carga con el hecho de tener a su esposa enferma y a las puertas de la muerte.
Tal vez en unos días podía sugerirle que fuese a visitar a la menor.
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Sábado 15 de Octubre – Domingo 16 de Octubre (Noche)
La encontró en las escaleras del templo familiar, hincada en una mala postura y con las manos juntas como si rezara una plegaria de misericordia a Dios. Temblaba sutilmente, aunque no de frío, sino de pánico desbordado. El templo de Sotoba era el único sitio adonde Annaisha se atrevía a ir sin sentir el escalofrío en sus espaldas ante la idea de que la estuviesen persiguiendo los vampiros. Sabía que los lugares sagrados o religiosos eran inadmisibles e intolerables para las criaturas demoníacas como los shikis. Una última información otorgada por Natsuno antes de su trágica muerte.
Por boca de Ritsuko se había enterado de que al parecer, la esposa del doctor Ozaki ya no tenía probabilidades de recuperación y que además una de las enfermeras, Yuki, había desaparecido hace unas noches atrás. No había vuelto a casa y nadie del pueblo la había visto.
¿Acaso el siguiente paso para adueñarse de Sotoba… era desaparecer a los integrantes del cuerpo médico de la clínica Ozaki?
¡Era una maldita pesadilla! Una de la que no era capaz de despertar. Y ante su propia incapacidad de hacer algo al respecto, solo le quedaba recurrir a su creencia espiritual polvorienta. No había ido a rezar desde que su padre había muerto de cáncer a los pulmones. Era apenas una infante en proceso de duelo pidiendo por el descanso de su querido protector y por su propio bienestar familiar. Y ahora… a casi una década de su última visita, volvía a pedir por la protección de toda la aldea, a pesar de que su lado racional y cruel le insistía en que Dios nunca movería los hilos a favor de sus plegarias, pues siquiera estaba segura de su mera existencia.
- Anni-chan… ¿Qué haces aquí? – habló quien la encontró; el monje Seishin.
- Muroi-san – musitó ella sin moverse de su postura y encogiéndose un poco más – Solo… quería un poco de consuelo.
- ¿Cuántas horas llevas allí? – le preguntó consternado al palmear su espalda y sentir lo rígido de su postura.
- No sé – se sinceró la chica – Solo… quise venir y no moverme de aquí. Dicen que los okiagari no pueden entrar a lugares sagrados.
Solo esa frase dicha más de forma inconsciente que a propósito, fue suficiente para que el monje de Sotoba entendiera que la pobre mujercita estaba buscando un refugio y protección de un ataque de aquellas criaturas que lo tenían en la mira de su debate moral interior. No podía tratar de razonar con ella en ese momento, solo le quedaba tratar de reconfortarla un poco.
- Muroi-san – lo llamó ella con voz gutural antes de alzar la cabeza y verlo a los ojos. Los huesos de su espalda y cuello crujieron ante el movimiento repentino tras horas de quietud – ¿Me voy… a morir también? ¿Quieren matarme… por saber de ellos?
Sus ojos estaban encogidos de miedo y se notaban ojerosos ante noches largas de insomnio. También notó que su cabello estaba despeinado de manera casi preocupante. No estaba cuidándose a si misma y eso se reflejaba en su apariencia demacrada y desordenada. Muroi no pudo evitar sentir compasión por ella; tenía la misma expresión devastada que hace más de 10 años, cuando la halló rezando y rogando por que su padre estuviese descansando y que la cuidara desde arriba. Salvo que su motivo en el presente para llegar al templo era mucho más complicado.
- Debes tratar de calmarte, Anni-chan – intentó reconfortarla el monje, sin un atisbo de seguridad en sus propias palabras.
- ¡¿Usted también va a negar que los okiagari nos quieren masacrar a todos?! – le respondió ella con brotes de ira en su mirada y su voz rota – ¡¿Le parece poco que haya tantos muertos en esta aldea?!
- No digo eso, Anni-chan – le respondió Seishin palmeando su cabeza cual niña asustada – Solo… trato de pedirte que no caigas en pánico. Si no te calmas, te harás daño antes que los okiagari.
- ¿Por qué nadie quiere escuchar la verdad? – sollozó Annaisha mientras sus cortos cabellos de tono burdeo le cubrían ambos lados del rostro, dejando a la vista solo las pequeñas lágrimas que caían de sus ojos – Nadie entiende… qué está pasando en Sotoba… y tampoco quieren creer… en lo que decimos. ¡Maldición!
Sus reclamos ahogados en voz trémula, se detuvieron efímeramente cuando Seishin la cobijó en sus brazos en un intento de ayudarla a calmarse. No había podido evitarlo. Estaba viendo a la misma niña de aspecto lloroso que suplicaba por consuelo ante la muerte de su padre. La única diferencia con el presente, además del motivo que la había arrastrado a refugiarse en el templo, era que en el ayer no había tenido el coraje de consolar su dolor o al menos escucharla. Solo la había observado a través de un ventanal, ataviada de negro y sus hombros temblorosos ante los espasmos de su llanto interminable. En ese entonces, había sido su madre quien la había cobijado de la oscuridad del duelo familiar.
No podía cometer el mismo error que en el pasado; solo observar y esperar a que alguien más hiciese un movimiento. Ya no más. Annaisha lo necesitaba. Debía ser protegida del miedo y las sombras enemigas que parecían dispuestas a beber su sangre. Él mismo todavía no era capaz de entenderse a si mismo y reconocer si estaba a favor o en contra de los deseos de Sunako y su gente, pero su lado gentil lo llevaba a intentar contener a esa pobre muchacha que ahora derramaba sus lágrimas negras en el hombro de este, humedeciendo la tela de su vestimenta.
- Tengo miedo – se sinceró Annaisha con la voz ahogada – Estoy tan asustada… siquiera he podido… ver a Ozaki-sensei o a Rit-chan… ¡Por mi estúpida cobardía!
- No eres cobarde, Anni-chan – la corrigió Seishin – Tener miedo no significa ser cobarde.
Le acarició las hebras de sus cabellos oscuros, como si estuviese abrazando a una niña perseguida por una pesadilla. Annaisha siempre había poseído ese rasgo dulce y extraño; generar el deseo de querer protegerla de todos los males del mundo. Incluso Toshio había caído en ese extraño encanto inconsciente que generaba la fémina. Quisiera o no, siempre buscaba cuidarla y quitarle de encima sus demonios y temores.
- Quiero verlo – ella interrumpió sin querer el hilo de pensamientos del monje al volver a hablar con esa vocecilla asustada – Quiero… necesito ver a Ozaki-sensei.
- ¿Por qué te interesa tanto saber de él? – le preguntó Seishin mientras se apartaba de ella paulatinamente para no romper el aura de consuelo.
- No sé – mintió a medias Annaisha – Solo… siento que un día cometerá una locura. Por querer proteger a Sotoba. No quiero que cargue solo con eso, pero… no sé cómo decírselo.
- Puedes decirlo tal como me lo acabas de decir, Anni-chan – sugirió el contrario mientras acariciaba su cabeza con gesto infantil – De hecho… pensaba ir a verlo ahora. Tengo… asuntos pendientes con él y no quiero seguir postergándolo. Ven conmigo y dile la verdad.
- ¿Puedo… hacerlo? – inquirió ella en una expresión temerosa.
- Él no te va a odiar solo porque te hayas apartado un momento – le animó este – Solo sé honesta con Toshio, va a entender tus motivos.
La joven que ya casi rodeaba sus 20 años, asintió levemente a modo de afirmación a los consejos del monje Muroi y se puso de pie de forma lenta y delicada, como una bailarina, mientras sacudía el polvo de su ropa. Iba a ser valiente, iba a confrontar a Toshio Ozaki y pedirle… ¡No! Exigirle que no cargase con el deber de proteger a Sotoba por su cuenta. Ella ya no se haría más a un lado, se plantaría firme ante la situación y lo ayudaría en todo.
- Se lo agradezco, Muroi-san – habló ella con voz más suave y menos quebrada – Creo… que ya tengo un poco más de valor para enfrentar esto.
Con esas simples palabras, ambos dieron punto final a su conversación y emprendieron el camino hacia la única clínica de la aldea, con el objetivo compartido de hablar con el doctor Ozaki, aunque sus razones eran muy distintas. Soplaba un viento helado pese a que el clima caluroso todavía perduraba en la aldea, lo que agitó levemente el vestido verde de la hija mayor de la familia Kita y la doblegó a frotar sus brazos cubiertos parcialmente por una chaqueta azul pálido. En el aire se percibía la sensación lúgubre de la muerte y la sed de sangre, muy diferente a las antiguas noches de Sotoba que parecían ideales para pasear libremente y sentir una efímera libertad interna.
- ¿Tienes frío? – le preguntó Seishin, atento a las acciones de la fémina de menor edad.
- Algo – respondió la susodicha mirando hacia delante – Las noches se están volviendo heladas.
Tras ese breve intercambio de palabras, ambos continuaron su camino en silencio hasta divisar la clínica de la familia Ozaki. Todo yacía en un silencio demasiado profundo para el gusto de la chica; tenía una extraña sensación en la boca del estómago. Una señal que le gritaba en silencio que algo realmente malo iba a suceder. A pesar de los gritos instintivos de su cuerpo, Annaisha se negó a retroceder. Quería solo avanzar hacia delante y enfrentar las cosas de la forma correcta.
Debió haber escuchado su instinto.
Pues en el momento en que el monje Muroi, quien iba delante de la fémina, abrió las puertas de la sala de operaciones en dónde Ozaki había indicado estar, sintió que acababa de caer en el terreno de la peor de las pesadillas.
El suelo estaba bañado en sangre, sobre la mesa de operaciones yacía el cuerpo estacado, teñido de la misma sustancia roja, y sin vida de Kyouko… y como broche de oro el mismo doctor Ozaki yacía bañado en aquel tinte carmín con una mirada aterradoramente indiferente mientras sostenía un martillo en la mano derecha, declarándose así como culpable de aquel horrible asesinato.
- Has llegado en un buen momento. Ayúdame a limpiar esto.
Sus ojos carentes de emoción alguna, se vieron impactados de un creciente temor al notar la presencia de una segunda persona detrás de su amigo de la infancia; se trataba de la joven mujer que se hacía llamar su futura discípula en el campo de la medicina. Annaisha Kita, cuyos orbes parecían a punto de convertirse en dos cuencas blancas ante sus pupilas encogidas por el terror que estaba experimentando en ese momento. Exhalaba balbuceos sin sentido alguno y cubría sus labios con ambas manos, como si hubiese olvidado respirar. La fémina retrocedió dos pasos, exhalando más pánico por cada uno de los poros de su piel y tras desfigurar las facciones de su cara en una mueca horrorizada, exhaló un grito de pánico mientras se dejaba caer al suelo.
- ¡Anni-chan! – el monje desvió su atención de la masacre en la sala de operaciones y se centró en la chica que le había acompañado cuando la vio colapsar en el suelo y tras un par de espasmos que le dificultaban la respiración, vomitar de forma estruendosa.
- ¿P-Por qué? – fue todo lo que Annaisha pudo articular mientras las lágrimas escurrían una vez por su rostro. Sentía que iba a explotar en cualquier momento o que sufriría un ataque cardíaco tras haber presenciado esa carnicería. Sus manos jalaban con desespero sus propios cabellos mientras Seishin trataba desesperadamente de calmarla de ese ataque de pánico.
- ¿Qué hubieses hecho tú en mi lugar? – soltó el doctor Ozaki sin moverse ni un centímetro de su lugar, tratando de buscar una manera de explicarle las cosas a los dos visitantes que lo habían descubierto en la mayor atrocidad. Sin embargo, sus palabras resultaron ser las más filosas cuchillas atravesando el alma de una pobre mujer joven, quien tras oírlas pudo sentir que el mundo bajo sus pies se derrumbaba y la sepultaba bajo una pila de escombros inamovibles. Sensación de ahogo que la hizo colapsar en un desmayo en los brazos del monje de la familia Muroi, quien a duras penas la sostuvo contra su cuerpo, sintiéndose incapaz de ver a Ozaki a los ojos.
Aquel horrible suceso, había sido el punto de quiebre definitivo entre dos amigos, quien a partir de ese momento irían por caminos opuestos. Y eso mismo dio a entender Seishin cuando, tras escuchar la declaración de guerra del médico de la aldea en contra de los shikis, simplemente se retiró de allí llevándose consigo a la joven que había perdido el conocimiento.
- Lo lamento, Anni-chan – se disculpó en voz baja mientras aún la sostenía de forma nupcial y observaba su rostro sucio de lágrimas y vómito. La llevaría al templo, le limpiaría la cara y la dejaría dormir allí por esa noche.
Había sido un golpe demasiado duro para ella y no podía permitirse dejarla en esas condiciones tan deplorables.
Annaisha necesitaba ser salvada. Y aunque el mismo no se consideraba el indicado para hacer eso, por lo menos quería sostenerla antes de que ella cayera al abismo.
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Martes 18 de Octubre
Los funerales nunca traían consigo sensaciones de un mejor mañana. Eran como un estancamiento del tiempo en dónde uno se permitía llorar cuanto deseara para así tener la fortaleza de volver a levantarse a porvenir, pero el sentimiento de pérdida persistía a pesar de los años.
Annaisha lo había vivido al perder a su padre, a Tooru y a Natsuno, con los dos últimos en un intervalo muy corto de tiempo. Cada partida había sido para ella como un castigo que perduraba con el tiempo y la única forma de sobrellevarlo era acostumbrarse a ese dolor, algo que ahora resultaba imposible cuando la muerte no dejaba de llevarse a todos a su alrededor. Cuando perdió a su padre, la joven había tenido muchos años para sobrellevar ese sufrimiento, pero no había corrido la misma suerte con sus mejores amigos. Y ya temía que tampoco pasaría mucho tiempo cuando otro ser cercano a ella terminara con un pie en el ataúd.
Podría tocarle a cualquiera. A su madre, su hermano Sotaro, Rit-chan, Kaori o Akira, o incluso al mismo doctor Ozaki… y esa última opción parecía la más próxima si ya había cruzado la línea de perder la humanidad a través de las acciones antes que por causa de una mordida sangrienta.
Ese hombre había acabado con su propia moral y le había declarado la guerra a los shikis al mismo tiempo en el instante en que estacó a su mujer.
Tal vez por todo ese trasfondo, Annaisha no era capaz de entender cómo es que podía permanecer tan imperturbable en el funeral de Kyouko, siendo que ahora cargaba con el peso de proteger a la aldea y la culpa de haber asesinado a alguien con tal de ganar cierta ventaja contra sus enemigos.
¿O es que acaso no sentía culpa? ¿No le daba al menos un poco de remordimiento haber acabado con una persona inocente?
¡Mierda! Las cosas se estaban complicando cada vez más.
Y aun así, la dulce Annaisha en su afán de no querer seguir sintiéndose inútil, había asistido al funeral de aquella mujer que la miraba con poca simpatía, a ofrecer su ayuda y sus manos a los demás, siendo recibida con pena y amorosa fraternidad de parte de las enfermeras.
Tal vez eso la hubiese ayudado a recuperarse un poco de su inevitable paranoia, si no fuese por el nulo tacto de la señora Ozaki en contra de sus propias enfermeras. ¡Hasta había hecho llorar a Satoko Isaki! Como si esta última no tuviese suficiente con haber perdido a su mejor amiga Yuki hace no mucho tiempo. Su dolencia en forma de lágrimas y sus reclamos al aire de que, al doctor Ozaki siquiera le había importado la desaparición de una de sus enfermeras, solo causaron más dudas al corazón de la joven Kita sobre qué debía hacer ahora. Deseaba con todo su ser ayudar a los demás a ser salvados de la maldición de morir a manos de unos malditos chupasangres, pero no podía contar con nadie. No podía arriesgar a su familia, Natsuno estaba muerto y los hermanos Tanaka eran demasiado jóvenes como para seguir involucrados en esto.
Y el doctor Ozaki…
Debía sincerarse consigo misma; ya no era capaz de verlo a la cara después de presenciarlo cometiendo un homicidio. Independiente de las razones, el acto en sí mismo era tan… repugnante.
Quizás por eso siquiera fue capaz de darle el pésame al doctor y en su lugar, había mantenido una distancia de varios metros ajena a su persona. El monje Muroi también había sido víctima de esa indiferencia de la querida Anni-chan al no saber ella misma que decirle sobre lo que estaba pasando.
Ambos sabían la verdad tras la muerte de Kyouko y no podían revelarlo a los demás: eso incitaría al caos extremo.
Sus cavilaciones la ausentaron del entorno y solo volvió cuando Ritsuko se le acercó y le acarició la cabeza en un gesto de hermana mayor comprensiva. Con solo verla, había percibido su inquietud tan distante de su anterior comportamiento eufórico.
- No sé si esto algún día se terminará, Rit-chan – musitó Annaisha de repente y con una expresión muy apagada – Es como una maldición en este pueblo; como si los abetos quisieran engullirnos por muerte y locura.
- Anni-chan – dijo Ritsuko siendo incapaz de agregar otra palabra de consuelo que no fuese el nombre de la fémina menor a quien quería como su hermana menor.
- Todos se están muriendo… o volviéndose locos… incluso yo… y Ozaki sensei…
- ¿Por qué… dices eso de él? – le interrumpió la enfermera arqueando una ceja.
Annaisha palideció y sintió un miedo espantoso recorriéndole hasta la última vena de su cuerpo. Su mirada ojerosa y angustiada se clavó en las esmeraldas de Ritsuko y el impulso de gritar allí mismo todo lo que había visto en la verdadera muerte de Kyouko la asaltó con violencia. Le temblaron los labios y su cara demacrada comenzó a perlarse de sudor.
- ¿Anni-chan? Estás temblando – la gentil mujer frente a su persona la tomó de los hombros como si se acercara a un ciervo herido – ¿Estás bien?
Pero el miedo de empeorar las cosas, frustrar los intentos del médico de Sotoba de salvar a los escasos habitantes que quedaban y sufrir ella misma a manos del enemigo oculto en las sombras y sediento de su sangre humana, acabaron por hacerle escapar un par de balbuceos y que sus mejillas y sus ojillos agotados se vieran abnegados de lágrimas y finalmente… caer en un estado de angustia y llanto imparable.
- ¡Anni-chan! – la llamó Ritsuko sin éxito para que reaccionara. La pobre chica estaba estresada al punto de lo imposible y ya no era capaz de resistir – Anni-chan… tranquila, por favor. Respira.
Annaisha era sorda a las palabras de Ritsuko y solo era capaz de llorar y cubrirse los oídos, fallando en respirar con normalidad y agitando los latidos de su corazón. No tardó en verse rodeada por las otras enfermeras de la clínica, consternadas por aquel repentino estallido de llanto en la jovencita más alegre de Sotoba. Ritsuko optó por abrazarla y consolarla cual niña pequeña hasta que apaciguara su dolor en forma de lágrimas y pudiese volver a responder normalmente. Las demás la rodearon, acariciando sus hombros y su cabello entendiendo que necesitaba mucha contención, planeando llevarla a descansar a la clínica en cuanto dejara de llorar y tal vez ofrecerle un poco de té.
Ante la atención fijada en la fémina de cabellos burdeos, nadie notó la mirada de reojo que Toshio Ozaki le dedicó, sintiendo por primera vez una punzada de culpa ante las consecuencias de sus acciones. Era irónico. No le pesaba tanto la muerte de su mujer como el sufrimiento que le había causado a su casi discípula.
Era simplemente irónico.
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Miércoles 19 de Octubre (Madrugada)
Parecía que la única plegaria que Dios escuchaba de su poca fiel seguidora Annaisha era aquella en que rogaba que ninguno de sus seres queridos ya sepultados sufriera la desgracia de convertirse en un shiki. Si después de perecer de una forma tan cruel, su siguiente destino era vagar en la tierra como un muerto viviente y alimentándose de la vida de otros…
¡Incluso la muerte misma como destino final era más piadosa en si misma que volver a la vida a costa de los demás!
Annaisha no era capaz de imaginar que pasaría si un día cualquiera de sus seres queridos apareciera en su ventana y la atacase sin remordimiento emocional alguno por culpa del hambre que era más poderosa. Ella misma no podría escoger tan rápido si dejarse llevar por esa tortura o atacar directamente a quien alguna vez amó. Antes de poder escoger seguramente ya estaría muerta.
Pensaba mucho en esas posibilidades en sus ahora noches de insomnio, algo que podría empezar a controlar con ayuda de los medicamentos. Una ayuda médica recibida por parte de las enfermeras de la clínica Ozaki después de haber visto su quiebre nervioso en el funeral de Kyouko. La habían examinado y recetado un somnífero leve para que al menos no siguiera perdiendo energía por falta de descanso. Ayuda que había decidido no siempre consumir por un evidente temor a un día desesperarse demasiado y consumir una sobredosis. No podía darles cargos extras al ya casi nulo personal de la clínica. Muchos habían dimitido, Yuki había desaparecido y Satoko había renunciado hace menos de 24 horas. No podía ser imprudente.
Por lo mismo ese día desistió de empezar con la orden médica y en cambio, envolverse en postura fetal entre las sábanas de su cama y sosteniendo el crucifijo de su padre contra su pecho, usándolo como pequeño escudo contra el enemigo.
Sin embargo, todo su cuerpo se tensó de forma peligrosa al escuchar un extraño golpeteo contra el vidrio de su ventana. Sus ojos se abrieron a más no poder y el crucifijo fue sostenido con tal fuerza que dañó la tersa piel de sus manos. Escuchaba los latidos de su propio corazón y su respiración agitada dañándole las vías respiratorias por lo acelerada que resultaba. Agudizó su oído, rogando por estar imaginando o escuchando cosas irreales…
Algo que se vio obligada a descartar tras escuchar otro golpeteo similar.
Aterrada hasta los huesos, se levantó de golpe, echando las cobijas hacia atrás y sosteniendo la cruz colgante con su mano izquierda, palpó su mesa de noche con la mano libre hasta dar con unas tijeras. Sabía que con eso no podría matar a un shiki, pero al menos podría defenderse. Se puso de pie empapada en sudor, con los ojos a punto de escapar de sus cuencas y con su cuerpo temblando profusamente. Avanzó con pasos arrastrados hasta la ventana de su habitación que daba al exterior desde donde se habían escuchado las extrañas señales de presencia de un tercero, y de golpe… corrió las cortinas.
Gracias a la luz de la gentil luna llena, pudo reconocer la silueta de aquel individuo ahora convertido en monstruo en contra de su voluntad.
Annaisha dejó caer las tijeras de la impresión recibida y todo el pánico fue reemplazado por un profundo dolor. Al parecer, Dios realmente no estaba allí para ella o los demás.
Natsuno Yuuki se había levantado de la tumba y ahora venía por su sangre.
Casi hipnotizada por los tristes ojos del contrario, abrió la ventana lentamente y lo pudo admirar con más nitidez. Sus ojos no eran como los de los shikis; dos cuencas negras y sin vida. Eran sus mismos orbes de siempre, solo… más tristes que antes. No tenía la piel blanca como el papel; apenas sí estaba más pálido. Vestía con una extraña chaqueta de abrigo y ropa más oscura por debajo.
- Annaisha – la llamó por su nombre con su misma voz estoica de siempre.
Aquello fue suficiente para mandar al carajo a toda idea racional y desbordar por completo su corazón hecho pedazos. Hecha un completo mar de lágrimas, la chica salió por la ventana al exterior fresco de la noche y se abalanzó en un abrazo desesperado contra Natsuno, rompiendo a llorar en voz alta. Por suerte, el adolescente pudo equilibrarse bien al recibirla y no cayó de espaldas. Permaneció inmóvil por unos segundos hasta sentirse afectado por el calor de la piel humana de Annaisha y dejándose llevar por un instante de maldito sentimentalismo, correspondió a aquel gesto, rodeándola con sus brazos y escondiendo su cara entre el hombro y cuello de ella. Lejos de sentir deseos de beber su sangre, solo deseaba sostenerla para evitar que se siguiera rompiendo. Agradecía que ella no hubiese pasado a la lista de víctimas de los Kirishiki, pero eso no la había protegido de sufrir por todo lo que estaba sucediendo.
- Deja de llorar – le pidió consternado de ser descubierto – Por favor detente o nos descubrirán.
Eso no fue suficiente para frenar el llanto contrario, pero sí como para aminorarlo paulatinamente hasta ser casi un leve hipido.
- Natsuno – musitó ella sorbiendo por la nariz – ¿Por qué… tú…?
- Te lo explicaré todo ¿Sí?
El susodicho la cargó de manera nupcial, notando que estaba demasiado delgada, y se adentró a la habitación de la joven Kita, recostándola contra los tibios almohadones de su cama. Se sorprendió levemente cuando a ella le costó desenredar los brazos alrededor de su cuello, no queriendo acabar con ese efímero momento.
- No me iré aún. Tranquila – la intentó consolar para que se apartase de su persona reacia a las muestras de afecto.
Cuando Annaisha finalmente fue capaz de apartarse por un momento, ambos se sentaron de rodillas en medio del lecho, mirándose de frente.
- Annaisha, déjame explicarte esto – empezó el joven de hebras azules.
- ¿También te transformaste en uno de ellos? – hipotetizó ella con dos caudales de lágrimas corriendo por su cara – ¿Viniste a matarme?
- Casi a lo primero y no a lo segundo – le corrigió el joven respondiendo a cada pregunta tras algunos segundos en silencio – En realidad, soy una especie de variante de ellos; soy un Jinrou.
- ¿Jinrou? – se extrañó Annaisha limpiándose con brusquedad las lágrimas del rostro en un gesto de absoluta atención al contrario.
- Una variante de los shikis un poco más resistente – explicó él de forma simple – Pero no estoy trabajando con ellos. Si sigo vivo es porque quiero acabarlos.
Esas simples oraciones descolocaron a la joven adulta. Según ella tenía entendido, cualquiera que regresara de la tumba terminaba sirviéndole a la familia Kirishiki de una forma u otra. ¿Cómo es que Natsuno había podido llevarles la contraria?
- No me ven como una amenaza porque no he consumido sangre – agregó, coincidiendo con las preguntas que se hacía la joven de cabellos rojizos oscuros – A diferencia de ellos, puedo resistir un poco más.
- ¿No viniste… a matarme? – preguntó ella una vez más, sintiendo un pánico inevitable. Sus ojos cansados y cargados de ojeras oscuras la delataban.
El hecho de que todavía repitiera esa pregunta con tanto ímpetu, fue la evidencia suficiente para que el ahora revivido Natsuno comprendiera cuanto daño emocional y mental padecía esa chica a quien consideraba su amiga pese a lo diferentes que eran. Estaba consumida por el miedo, la incertidumbre y la sensación paranoica de ser observada por sus enemigos.
- No, Annaisha. Pero tampoco tengo la fuerza para protegerte – se sinceró de forma dolorosa, mirando hacia abajo un momento.
- ¿Protegerme? – se confundió la susodicha.
- Si ellos te atacan, caerás bajo su control mental – respondió Natsuno – No importa cuánto quieras resistirte; ellos se alimentan de ti hasta la muerte y no tienes como llevarles la contraria.
- Siempre supe que era una amenaza para ellos por saber demasiado – confesó la mayor presionando las yemas de sus dedos contra sus rodillas – Pero… aún así…
- Puedo ayudarte, pero no será agradable – la interrumpió el adolescente.
- ¿Cómo? Me acabas de decir que no tienes fuerzas.
- Déjame morderte.
Aquella petición le erizó la piel a Annaisha y en un gesto instintivo, retrocedió un poco hasta dar con la cabecera de la cama, luciendo como un pobre cervatillo acorralado por el cazador. ¡¿Por qué la solución era esa?!
- Si yo te muerdo primero, no tendrán como controlar tu mente – explicó el joven de orbes azulados – Ya estarás bajo mi poder y no podrán manipularte.
- ¿Qué… quieres que haga yo, Natsuno? – inquirió la chica enredando de forma violenta sus dedos entre las hebras de su cabello.
- No te ordenaré nada, tonta – la detuvo él antes de que diera rienda suelta a sus peores sospechas – Solo le diré a tu mente que no se deje manipular por ellos y así se resistirá con más fuerza.
Annaisha lo miró a los ojos, derramando su temor y desconfianza justificable a través de balbuceos entrecortados y sus manos empuñadas al límite de dañarse la piel con sus propias uñas.
- Solo tú y el doctor Ozaki pueden ayudarme a detener a los shikis – suplicó implícitamente el joven – Ustedes saben la verdad y por eso…
- Apenas sí he hablado con él – confesó Annaisha – Después de qué… vi esa atrocidad… la sangre en su ropa… no he podido… no me atrevo a…
- Annaisha, cálmate – la interrumpió, acunándole el rostro entre sus manos al presenciar el peligro de que volviese a romper en llanto – Por favor… ¡trata de respirar!
Se acercó más a ella, rompiendo casi todos los límites entre ambos cuerpos, presionando su frente contra la de ella, intentando auxiliarla en su desesperación por no tener un ataque de pánico allí mismo. Murmuró palabras de consuelo que jamás imaginó soltar para alguien y la ayudó a regular su respiración hasta que sus latidos del corazón volvieron a un ritmo menos acelerado.
- Tranquila ¿sí? – la arrulló con sus palabras – No voy a obligarte a nada. Sé que al final harás lo mejor para ti y los demás. Conozco tu cabeza a pesar del poco tiempo que me estuviste fastidiando y sé que al final… harás algo por proteger a todos.
Esa señal de confianza de parte de Natsuno por medio de la evidencia de cuanto la conocía, ayudó a la chica de violáceos ojos a considerar la alternativa de creer en sus palabras. Natsuno no la atacaría a sangre fría como el resto de los shikis, él no la mataría tras engullir su última gota de sangre; él solo quería protegerla de una manera realista, de la que fuera capaz.
- Natsuno-kun – musitó ella al verlo a los ojos nuevamente – Hazlo.
El susodicho le agradeció su confianza y cambio de parecer con una simple mirada y con movimientos paulatinos, sostuvo el antebrazo derecho de Annaisha y con cierto temor, encajó sus colmillos en esa zona, apenas probando su sangre, centrado en protegerla de una forma más factible y alejando toda idea relacionada a qué tan bien sabía su sangre.
“Nadie te controlará, Annaisha Kita. Seguirás tu propia voluntad y decisiones. Ningún enemigo te dirá que hacer. Tus elecciones… quedarán solo en tus manos”.
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Viernes 21 de Octubre (Madrugada)
Apenas si habían transcurrido un par de días desde que había vivido esa instancia tan extraña y sobrenatural que a instantes le parecía más un sueño torcido que una realidad. No había notado nada extraño tras la mordida de Natsuno, además de las marcas de sus colmillos en su antebrazo que ocultaba usando vestidos de mangas largas. No sentía el cuerpo pesado ni ningún síntoma de anemia. Lo que reafirmaba la idea de que él apenas sí había probado su sangre. Eso le consolaba bastante. Por primera vez en muchos días, sentía que aún existía una esperanza para Sotoba a pesar de que todo lucía tan oscuro como las noches de tormenta a las que temía de pequeña.
Uno de los shikis había huido del dominio adversario y ahora jugaba para el bando de los humanos. No le extrañaría que Natsuno ya hubiese ido a hablar con el doctor Ozaki para exhibir su postura de soporte hacia los aldeanos.
Y hablando del diablo… Annaisha todavía no se sentía con las suficientes agallas como para ir y confrontarlo. ¿Cómo puedes dirigirle la palabra una vez más a alguien… a quien viste masacrar a su propia esposa? Lograba comprender los riesgos de que Kyouko se hubiese levantado de la tumba como una chupasangre, pero ¿Había sido necesaria tanta crueldad? Cada vez que se planteaba la posibilidad de ir con el único médico de Sotoba a ayudarlo, a su mente volvía la horrible carnicería de la sala de operaciones, volviendo al mismo punto de partida del que tanto le costaba escapar.
Se sentía acorralada por un monstruo invisible que surgía de sus propios miedos e inseguridades; los peores enemigos del ser humano. Sentía que si daba un paso al frente, esa bestia imaginaria la devoraría hasta los huesos. Pero era consciente de que no podía permanecer así por mucho más tiempo si es que quería tener una oportunidad para salvar su hogar. No contaba con nadie más que el médico Toshio Ozaki y su aliado muerto viviente Natsuno Koide. Solo eran tres individuos despiertos a la verdad completa bajo la tragedia de Sotoba y por ende, la última esperanza para todos. Si los tres tenían la disposición de trabajar juntos… ¿A qué le temía Annaisha?
- ¡Mierda! – chilló molesta consigo misma antes de palparse las mejillas con violencia hasta dejarlas rojas por la fuerza de sus manos. No podía seguir encerrada como una cobarde; de una forma u otra, debía regresar a la clínica y hablar con el doctor. Debían encontrar una solución que protegiese a la aldea y que al mismo tiempo no involucrara una guerra que al final nadie ganaría realmente.
- ¡Ponte de pie, mujer! – se regañó jalándose el cabello – ¡Eres adulta! ¡Cumples 20 años en un mes! ¡Actúa como tal!
Tras sacudir la cabeza en un vano intento de despabilarse, se puso de pie con forzada firmeza y se dirigió a la ventana de su habitación, la abrió con actitud sigilosa y escapó por ella hacia el fresco exterior nocturno. Ataviada con un vestido azulado claro y un chaleco delgado de mangas largas de tono blanco cremoso y con zapatillas blancas, Annaisha Kita se preparó para dar un paso lejos de sus miedos y aventurarse en la última etapa de dar todo o nada por la aldea Sotoba. Sacudió su cabello rojizo oscuro y restregándose sus ojos semejantes a amatistas, comenzó a alejarse de su casa y emprendió el trayecto en dirección a la clínica Ozaki. Iba a pasos agigantados e infantiles en un intento de querer permanecer fuerte y no echarse para atrás en lo que ahora estaba haciendo.
El viento helado alteraba su corta melena de tonos semejantes al burdeo y le enfriaba su cálida piel bajo la ropa. Las calles de la aldea lucían como extraídas de una película de terror y los abetos parecían alertarla sobre el peligro acechante.
Pero ninguna de esas tonterías la iba a detener. Tenía un solo objetivo a alcanzar y tenía nombre y lugar donde hallarlo.
Debía ser valiente y dar la cara por todos. Protegerlos a todos. A su familia, sus pocas amistades que aún conservaban la vida, a los aldeanos que la habían visto crecer…
Al doctor Toshio Ozaki por quien tanto quería dar y entregar.
Y en medio de las tinieblas nocturnas, todos esos nombres y rostros pasaron frente a los ojos de Annaisha Kita, al sentir como unas heladas manos desconocidas la absorbían lejos del camino seguro y la arrastraban a las profundidades del bosque, sin siquiera darle la oportunidad de gritar por auxilio.
- Sigues tú, pequeña perra – escuchó en su oído, sintiendo el verdadero pánico anestesiando sus sentidos, al reconocer la burlona voz de Megumi Shimizu.
Solo pudo estirar su mano hacia delante, rogando por un milagro que la salvara de ser la próxima víctima del enemigo principal. Su mente le jugó la cruel jugarreta de visualizar como las desgastadas manos del doctor Ozaki la intentaban salvar de esa pesadilla, solo para al final desvanecerse con una expresión dolida y dejándola a merced de los shikis.
- Natsuno-kun, Ozaki-sensei – musitó llorando abiertamente – Perdónenme, por favor
Fue arrojada violentamente contra el suelo, sintiendo como se hería la zona posterior de su cabeza, arrancándole un grito pequeño de dolor mientras intentaba ponerse de pie.
- He esperado esto por mucho tiempo – Megumi se relamió los labios con regocijo mientras contemplaba a la otra fémina con desdén – Quisiera hacerlo yo sola, pero… todos aquí tienen hambre.
Con esas palabras Annaisha exhaló un grito ahogado de terror absoluto y sus ojos cansados observaron a su alrededor, percatándose de la hambrienta presencia de un buen número de shikis. Trató de ponerse de pie, pero la herida en su cabeza le provocó violentos mareos y la devolvió al suelo.
- Sunako ordenó deshacernos de ella – habló otro de ellos – Y eso significa…
- Asegúrense de que no despierte jamás desde la tumba – completó Tatsumi, el cabecilla de los shikis en la aldea.
Cuando Annaisha los vio acercarse en su dirección, con la saliva escurriendo de sus bocas y el deseo de asesinato en sus ojos, comprendió que una vez más, nadie la salvaría y que esta vez, no tendría chance alguna de poder cambiar las cosas a porvenir.
Porque esta vez… la muerte la había escogido a ella.
Cerró los ojos y se preparó para ser reducida a nada, rogando internamente por que al menos fuese algo rápido y no tan doloroso.
Plegaria que el viento se llevó entre las ramas de los abetos. Pues los vampiros no tuvieron piedad alguna con su persona y con atisbos de diversión psicópata, destrozaron su ropa y mordieron sus extremidades, cuello y clavícula. Con cada exhalación de llanto por parte de su víctima, ellos la agredían con más violencia, hiriéndola cada vez más y robándole la sangre de su cuerpo. No les tomaría más que unos minutos vaciarla como a un trapo viejo, importándoles poco si ella sufría en el proceso.
Ordenes de Sunako eran órdenes y no se podían desobedecer.
O al menos eso podían aparentar, pues entre medio de la naturaleza truculenta de aquella zona, unos pasos rasgando la tierra y los crujidos de las ramas bajas, los alertaron de la presencia de un invitado inesperado.
- ¡Nos van a descubrir! – gritó uno de ellos.
- ¡Retirada! – ordenó Tatsumi con una expresión estoica – No se preocupen por esta. No saldrá con vida de este ataque.
El resto de los vampiros obedecieron a sus nuevas órdenes y huyeron entre la densidad del bosque y sus sombras de cobijo. Tatsumi fue el último en irse, no sin antes lanzar una mirada despectiva al maltrecho cuerpo de su nueva víctima.
Era muy seguro que después de morir, no sería capaz de volver a levantarse.
Una nueva amenaza a sus planes acababa de ser exterminada.
Al mismo tiempo que el enemigo sanguinario retrocedía, la silueta del intruso se hizo presente mientras a sus espaldas comenzaba a acercarse el cambio de tonos de colores que, anunciaba otro día sin esperanzas para una aldea embargada por el miedo y la ignorancia. Sus pasos se detuvieron con brusquedad al reconocer el cuerpo de Annaisha, quien se esforzaba por seguir respirando a pesar del infernal dolor de sus heridas. Sus preciosas amatistas apenas se entreabrieron, dándole algo de vida a su maltratado rostro y reconociendo al individuo que había evitado a duras penas su cruel final.
- Natsuno…kun
Musitó antes de perder la conciencia finalmente y siendo sostenida en los brazos de aquel Jinrou, quien solo pudo maldecir para sus adentros por haber fracasado en su intento de cuidarla.
El amanecer comenzaba a surgir.
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Sábado 22 de Octubre
Una presencia que ocultaba su rostro con una capucha para evitar cualquier reconocimiento ajeno, se detuvo a las puertas de la clínica Ozaki, asegurándose de que esta ya se encontraba en funcionamiento. Notó un ajetreo leve en el interior de la vieja edificación y esa señal fue suficiente para confirmar que no tardarían en responder a su anónimo llamado de auxilio. Con delicadeza recostó el maltratado cuerpo de la joven Annaisha Kita, quien apenas se mantenía con vida, y rogó a quien fuera que moviera los hilos del destino que por favor, saliera de esta con vida.
- Perdóname, Annaisha – se disculpó Natsuno con un leve desquebrajo en su voz mientras besaba su frente rasmillada.
Alejándose un par de pasos de ella, tocó con extrema brusquedad la puerta, simulando un llamado desesperado por ayuda y escapó con la facilidad que ahora le garantizaban sus habilidades como no muerto, desapareciendo de la vista de cualquiera.
Como si nunca hubiese estado allí.
Apenas unos segundos después de su escape, una de las enfermeras, precisamente una de las más veteranas de aquella clínica; Yasuyo Hashiguchi, abrió la puerta de entrada principal y tras vislumbrar el cuerpo de la joven de Sotoba, no alcanzó a ahogar un grito de horror absoluto y se inclinó para alzarla en brazos.
- ¡Annaisha! – gritó tratando de hacerla reaccionar. Buscó su pulso en sus muñecas y cuello; demasiado débil – No puede ser… ¡¿Qué pasó?!
A pesar de su desesperado estado ante tal cruel descubrimiento, la enfermera la cargó en brazos y se adentró a la clínica, clamando por ayuda. Los demás escucharon su súplica y corrieron a su encuentro, horrorizándose de igual manera al reconocer el magullado rostro de la joven más amada de Sotoba. De inmediato, dejaron todo de lado para hacerse cargo de ella, siguiendo el procedimiento acostumbrado, pero esta vez con la temeraria presión de perder uno de los pocos rayos de luz que iba quedando en esa fúnebre aldea dejada de la mano de Dios.
Aquel escandalo escaló lo suficientemente alto como para arrancar al mismo doctor Ozaki de sus cavilaciones mentales con respecto a los shikis y alterado por todo ese barullo, se dirigió hacia el resto del personal, quienes corrían de un lado a otro y se dirigían a una misma habitación, llevando implementos de primeros auxilios y maquinaria de oxígeno, además de dos bolsas de suero y sangre.
- Rit-chan – la retuvo al ver que corría con cientos de implementos en sus manos – ¿Qué está pasando aquí?
- Ozaki-sensei… es…es Anni-chan – confesó la joven mujer con los ojos desbordados de lágrimas.
Solo ese adorado apodo bastó para alterar por completo la poca estabilidad que todavía conservaba el único médico de la aldea. Sus pupilas se encogieron en exceso y hasta podía sentir que le dolía respirar; como si de repente sus vías respiratorias se hubiesen bloqueado por completo. Tenía el corazón en la garganta y sus latidos en sus oídos.
No podía ser cierto. ¡No! Los shikis no podían…
Reaccionó de forma exabrupta tras algunos segundos de shock y entró a la habitación, notando el trabajo de las enfermeras que se encargaban de sus heridas y a la vez de conectar a sus venas el catéter de suero y otro con sangre.
Dios… era una imagen tan dolorosa.
Estaba pálida como una hoja de papel, de pies a cabeza. Tenía heridas repartidas por todo el cuerpo; desde rasmillones superficiales hasta heridas abiertas cubiertas de suciedad y exhibiendo parte de la piel interior. En su rostro se veía un lúgubre decorado de ojeras notables, marcas de rasguños y un color violáceo en sus labios que completaban una expresión de completa angustia. Su cabello estaba empolvado y con residuos de hojas y ramas diminutas. Sus manos tenían todas las uñas rotas; como si hubiese intentado defenderse y pelear para evitar ese estado deplorable en que la dejaron.
- Annaisha – musitó el doctor incapaz de procesar por completo lo que estaba pasando. Se acercó a ella y se inclinó cerca de su cara, notando lo débil de su respiración – No puede ser… ¿Qué le hicieron? ¡¿Quién demonios le hizo esto?!
- No lo sabemos – respondió la enfermera Yasuyo con evidente temor – Estaba desplomada en la entrada y ya tenía todas esas heridas.
Toshio sabía que era estúpido haber preguntado cuando la respuesta para él era tan clara como el agua, pero su inconsciente se había aferrado a la idea de que sus sospechas eran erróneas y que ella había sufrido un accidente de diferentes causas. Posibilidad ridícula que fue sepultada al notar una imperceptible señal en el cuello y los antebrazos de la joven adulta; la evidencia de una mordida vampírica.
- ¡No podemos perder el tiempo! ¡No me interesa cuanto haya que hacer, pero no vamos a perderla!
Sus declaraciones desesperadas causaron un vuelco en el corazón de todos los trabajadores de la clínica. Sabían que Toshio había estado bajo una tremenda presión por todos los pacientes que había perdido, pero nunca antes había reaccionado con tanta desesperación. Era la evidencia notable de cuanto aprecio y cariño le había cogido a esa joven aspirante a doctora o enfermera en el futuro. De inmediato comenzaron a mover cielo, mar y tierra con tal de proteger la inocente vida de una chica que apenas estaba comenzando a florecer. No iban a permitir que su vida terminara siquiera antes de empezar.
Una apenas notable esperanza que comenzó a morir con el transcurso de las horas.
Annaisha no lograba mejorar en lo más mínimo a medida que el atardecer se acercaba. Su familia y todo el pueblo clamaba por un milagro que les devolviera a su farol de brillante felicidad, mas todas sus ruegos eran en vano a medida que los minutos transcurrían. La mayoría no dejaban de rezar por esa encantadora muchacha y a la vez exigían feroz justicia contra quien haya sido el bastardo que se había atrevido a dañarla de esa manera tan inhumana.
No sabían que el villano habitaba en la oscuridad nocturna.
Conectada a la escasa maquinaria de la clínica que trataba de mantenerla en el limbo de la vida y sin ninguna posibilidad de ser trasladada a una clínica en la ciudad debido al inminente riesgo de perderla durante el trayecto, Annaisha pasaba sus últimos momentos de vida en la inconciencia y el dolor de sus seres queridos que lentamente comenzaban a prepararse para lo peor.
No estaba sola en aquella habitación; alguien le hacía compañía. Al menos alguien que no le haría daño.
- Eres una mentirosa – le dijo con voz trémula – No dejabas de repetir que un día seguirías mis pasos o los de Rit-chan para trabajar aquí.
Toshio Ozaki permanecía sentado junto al débil cuerpo de Annaisha, la mujer que tanto se proclamaba como su futura discípula en el campo de la medicina.
¿Qué pasaría ahora con todas esas promesas?
- ¿Qué pasó con tu fuerza de voluntad, niña? – la regañó como si ella pudiese oírlo y no estuviese bajando sus signos vitales con cada minuto transcurrido – No deberías estar aquí postrada. Deberías estar fastidiando a las enfermeras… incluso a mí.
En un aire desconectado de su entorno, rozó con sus dedos la helada piel del brazo de la chica de cabello burdeo despeinado, asustándose de lo frío de su tacto, recordándole la esencia fría de los shikis. Finalmente, envolvió su mano en la suya, notando con más claridad el contraste de temperatura: un golpe directo a lo poco que quedaba de su alma.
Era demasiado evidente que los malditos chupasangres no la habían seleccionado con la idea de pensar en transformarla, sino en eliminarla de forma definitiva. Se notaba en sus heridas. Quién sabe si realmente ella hubiese podido escapar de ese destino letal.
- No te rindas, maldición – habló en un tono de suplicio mientras cerraba los ojos con fuerza y presionaba con más intensidad la mano contraria – Por favor… quédate un poco más.
El atardecer cayó sobre la aldea de Sotoba…
Y en el momento en que el sol desapareció… Annaisha Kita perdió la vida en medio de una larga agonía sufriente.
En cuanto sus signos vitales marcaron como inexistentes, el doctor Ozaki despertó de su leve letargo y con la desesperación e impotencia dominando su ser, vio la señal de nulos latidos del corazón y comprobó que su pulso se había detenido. Su pecho ya no subía y bajaba en señal de estar respirando.
- ¡Carajo! ¡NO! – se puso de pie y tiró hacia atrás las sábanas que cubrían el ya gélido cuerpo de la chica, se acercó a ella y comenzó a realizar compresiones sobre su pecho, intentando reanimarla – ¡Vamos! ¡Reacciona!
Insistió con aquel intento de reanimación cardiopulmonar, cada vez con más desesperación y miedo de no ver cambios en la lectura de sus signos vitales. La joven de alguna vez vivaces ojos, no daba señales de poder volver a despertar.
Los shikis habían cumplido con otra muerte; una por considerarla una amenaza en vez de una fuente de alimento.
- ¡Vamos! ¡VAMOS! – insistía en vano el doctor Ozaki mientras continuaba realizando labores de RCP en la joven – ¡Por favor, quédate!
Ya no llevaba la cuenta de los minutos que yacía tratando de reanimarla, pero sin importar cuanto hubiese transcurrido, el estado de Annaisha no cambiaba.
- Ozaki-sensei – lo llamó Ritsuko desde la entrada de la habitación, a sus espaldas yacía el resto de las enfermeras que todavía permanecían en la clínica, además del señor Mutou – No tiene caso. Anni-chan… falleció.
En cuanto esas palabras escaparon de sus labios, fue como si todos hubiesen abierto los ojos a la crudeza de la verdad que acababa de surgir. Habían perdido a una de las personas más hermosas que hubiese existido en esa aldea tan melancólica. Y por lo mismo, todos rompieron a llorar; unos en silencio y otros de forma más evidente.
Toshio detuvo sus intentos por salvar una vida ya extinta y ya sin fuerzas ni para poder consigo mismo, se dejó caer de rodillas junto al cuerpo de Annaisha, observando con expresión abatida y destrozada, el angustiado rostro de la muerte en ella.
- Anni-chan – musitó antes de apretar los dientes y cerrar los ojos con fuerza. Escuchó los suaves pasos de Ritsuko adentrándose a la habitación y acercarse al otro lado del lecho, aproximándose despacio al cuerpo inerte.
- Tranquila – musitó con la voz gutural y la cara empapada de lágrimas – Ya no duele, mi niña – agregó aún más agrietada que antes – Descansa, Anni-chan.
Todo era musitado como un ritual de despedida mientras acariciaba su cabeza de forma maternal, apartándole un mechoncito de cabello que cubría parcialmente uno de sus ojos.
Estas acciones resultaban como cuchillas que atravesaban al doctor Ozaki, quien todavía no lograba asimilar del todo que Annaisha estaba muerta. Solo cuando Ritsuko se apartó para dirigirse a la difícil tarea de llamar a la familia Kita para darles la mala noticia, su cuerpo reaccionó antes de poder siquiera notarlo. Una de sus manos se dirigió al rostro de la joven adulta, notando lo suave y tersa que era su piel a pesar del frío tacto. Sintiéndose indigno de realizar aquel gesto, pero empujado por un fuerte motivo sentimental, se inclinó sobre ella y besó su frente.
- Perdóname – musitó apenas audible – De verdad lo siento.
Nadie le contestó a esa plegaria de perdón por haberle hecho tanto daño a Annaisha y por no haber sido capaz de retribuirle, al menos una vez, parte de su afecto.
Ya era demasiado tarde. Ella jamás volvería a él como antes.
Este era un adiós definitivo.
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Domingo 23 de Octubre
De todos los sepelios que se habían llevado a cabo durante los últimos meses en Sotoba uno de los que menos hubiesen deseado tener que realizar, era el de aquella luminosa mujer.
Annaisha Kita, amada por toda la aldea Sotoba y un rayito de luz andante desde que había llegado al mundo… se había apagado para siempre.
Ahora era como una estrella fugaz dejando su estela para siempre, marcando a todas las personas que todavía se mantenían con vida en aquella aldea olvidada por el resto de la humanidad.
Su funeral se celebró de forma tradicional y semejante a todos los anteriormente realizados, pero la tristeza era mucho más palpable y profunda que antes.
Su familia estaba totalmente destrozada. Su madre había perdido primero a su esposo años atrás y ahora el destino le quitaba a su hermosa hija de forma violenta e injusta. No sabía cómo podría salir adelante después de eso. Sotaro, el último de la familia Kita, no dejaba de llorar incapaz de comprender porque su hermanita se había ido para siempre si siempre le había prometido que un día lo llevaría con ella a la ciudad cuando fuese aceptada en la universidad. ¿Por qué ya no podría cumplir con esa promesa tan ilusionada?
- Lo lamento tanto Kita-san – se disculpaba Ritsuko en representación de todo el equipo médico de Sotoba con aquella buena mujer – Tratamos de hacer hasta lo imposible, pero…
- Rit-chan – la frenó la madre de la nueva víctima de Sotoba – No es tu culpa ni la de los demás. Yo sé que… hicieron todo lo posible por mi bebé.
- Kita-san – musitó la enfermera de cabellos verdosos sin poder dejar de llorar.
- Mi hija, siempre hablaba tan bien de ustedes – se sinceró la mujer de luto – Incluso en estos tiempos donde todo se ve tan oscuro, mi cachorrita no dejaba de admirarlos y de repetir una y otra vez lo duro que ustedes trabajaban. Por eso… no puedo culparlos ni odiarlos, porque mi hija los adoraba con su vida. Y quiero respetar ese amor por ustedes en nombre de mi querida Annaisha.
Las conmovedoras palabras de la señora Kita, solo estrujaron aún más el corazón de Ritsuko, quien solo sollozó en voz alta, siendo abrazada por el pequeño Sotaro. Inconsolable ante esta muerte tan cruel.
Los demás no yacían de forma muy diferente. Los hermanos Tanaka, Kaori y Akira, no dejaban de llorar mientras contemplaban el féretro donde yacía el cuerpo de su querida amiga. Primero habían perdido a Natsuno, después a su padre y ahora a ella, sin siquiera poder predecirlo.
- Anni-chan – musitaba Kaori completamente destrozada, apretando entre sus manos un llavero con un colgante de osito de felpa que, Annaisha le había regalado un par de años atrás en su cumpleaños. La chica de cabellos castaño oscuro lo conservaba como un tesoro y ahora le dolía llevarlo sabiendo que su amiga estaba muerta. ¡Carajo! Se sentía tan inútil.
- Perdón, Anni-chan – se disculpó Akira con la cabeza inclinada, dejando caer sus lágrimas al suelo – Debimos cuidarte mejor… ¡Por favor, perdónanos!
Se sostuvieron de las manos, sufriendo una nueva pérdida que les arrebataba sus esperanzas de sobrevivir a este caos implícito causado por una familia de vampiros.
¡No era justo! ¿Por qué les quitaban todo lo que amaban?
En medio de su llanto, del luto familiar y del dolor del resto de los aldeanos que rezaban por el alma de aquella pobre criatura inocente, la figura del doctor Toshio Ozaki se hizo presente. Vestido de luto y con una expresión demacrada a un nivel preocupante, se aproximó al ataúd donde yacía Annaisha. Aún no estaba totalmente cerrado y su rostro podía verse perfectamente; lucía menos angustiante que en el momento en que la había visto morir gracias al maquillaje y el decorado de su vestimenta blanca. Se veía tranquila… y tan hermosa, a pesar de ya no vivir.
Recordar el hecho de que ya nunca más la volvería a ver correteando por la aldea mientras cuidaba a los niños o por la clínica buscando aprender y hablar con las enfermeras, terminó por destrozarlo aún más; dolor que expresó apretando los dientes y cerrando los ojos con fuerza, solo para que cuando los abrió nuevamente se le escapase una única lágrima que chocó contra la pulcra madera de abeto de aquel ataúd.
¡Maldición! ¿Por qué le ardía tanto el pecho al verla sin vida? Siquiera con su propia esposa había sufrido tanto. Con ella simplemente se había resignado, pero con Annaisha… dolía tanto que no podía hacer lo mismo. Dolía como el mismo infierno.
- Perdóname, Annaisha – musitó con apenas un hilo de voz, mientras dejaba un ramillete de flores sobre el féretro, apenas controlándose por la rabia e impotencia que sentía – Por favor… tú no te levantes.
Era obvio a qué venían sus palabras tan confusas para cualquiera de los demás ignorantes de la verdad. Suplicaba porque ella no despertara y volviera de la tumba, convertida en uno de esos monstruos consumidores de sangre sin sentimientos o compasión por sus propias familias.
Porque si eso llegaba a pasar… no podría ser capaz de estacarla con sus propias manos.
Sintiendo que la vista se le estaba nublando, se restregó los ojos con brusquedad en un intento desesperado por no seguir exhibiendo debilidad por la situación y tras juntar sus manos en señal de estar rezando (si es que en algún momento supo cómo hacerlo), se alejó de la caja de madera donde descansaba quien alguna vez juró ser su discípula en el campo medicinal.
Gestos que para la mayoría pasó desapercibido, pero no para el monje Muroi, quien se había encargado del funeral junto a Tamo Sadaichi y la madre de Annaisha. Mientras se aproximaba para dar inicio al ritual correspondiente, había observado las reacciones de Toshio frente al ataúd de Annaisha. No pudo evitar sorprenderse de verlo tan mal por el fallecimiento de aquella joven. A todos les dolía haberla perdido, incluso a él mismo, pero parecía ser mucho peor para el médico de la aldea. No pudo evitar preguntarse si su sufrimiento provenía del nuevo fallo en intentar salvar una vida de los shikis… o porque en realidad quería a Annaisha mucho más de lo que la mayoría estimaba. Después de todo, esa jovencita siempre había estado rondando alrededor de la clínica y en especial cerca del mismo doctor, haciendo chistes malos y preguntando sobre conocimiento básico en medicina. Hablando sin parar con él y las enfermeras. Como una bella mariposa que aletea alrededor de un campo de flores, sabiendo que allí es donde pertenece.
Pero al parecer, la mariposa había sido despojada de sus alas y condenada a morir sin siquiera haber podido contemplar una vez más su soñado campo de colores.
Lo lamentaba mucho por aquella joven en el apogeo de su vida. En verdad lo lamentaba.
¿Verdad?
El funeral continuo normalmente, para finalmente acabar con la sepultura de aquella hermosa chica, a quien le fue dedicado un último adiós de parte de todos.
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Miércoles 26 de Octubre
Morir sin despedirse era un infierno en carne propia. Morir sin poder ver una última vez los rostros de su familia, sus amigos y los integrantes de la clínica, había sido la peor y la última de las torturas que Annaisha Kita sufrió en vida y agonía.
O al menos lo fue… hasta que la maldición de los ojos vacíos y el hambre de sangre cayeron sobre ella también.
Abrió los ojos, sintiendo una fatiga tremenda apoderándose de sus sentidos. Todo frente a ella era oscuro, pero no se sentía sofocada. No sentía que estuviese atrapada en una caja sellada, pero sí que el espacio era estrecho. Intentó hablar, pero ni una palabra escapó de su garganta. Eso debido a que ya no respiraba. Inhaló profundamente y de manera exagerada mientras alzaba sus manos hacia la cubierta oscura que le obstruía la vista hacia el exterior.
- A…Ayuda – clamó a pesar de estar convencida que ya estaba sepultada a metros bajo tierra y que nadie la escucharía.
Sin embargo y para su grata sorpresa (o quizás no tan grata) escuchó ligeros movimientos del exterior y posteriormente la sensación de estar siendo arrastrada envolvió su ser. Pronto, los ruidos cesaron y la cubierta superior que la bloqueaba del mundo afuera, fue quitada con increíble rapidez y ligereza.
- ¡Diablos! Creí que al menos tú te salvarías de esta mierda.
Annaisha Kita quedó petrificada de la sorpresa al reconocer el rostro y la voz de Natsuno frente a ella misma. Sus ojos se adaptaron paulatinamente a la baja luminiscencia del lugar y pronto reconoció en dónde se encontraba.
Muy lejos de ser un cementerio, era un sitio menos aterrador.
- Tu… habitación – murmuró con algo más de coherencia vocal tras un leve esfuerzo. Con lentitud se sentó, siendo ayudada por el chico de aspecto vampírico. Observó su propio aspecto a medias, notando que todavía estaba ataviada con el traje blanco para los muertos, inmaculado y limpio. Sus manos se veían muy blancas, como las de un okiagari, al igual que sus piernas. En un intento desesperado por descartar si lo que temía era cierto, se buscó el pulso en la muñeca derecha; no había ni una sola señal de vida.
- Desperté – dijo con espanto y comenzando a temblar.
Horrorizada de haber sido convertida en uno de esos lúgubres seres chupasangre, Annaisha comenzó a temblar con desespero y a hiperventilar en señal de romper en un llanto dominante y enorme. Claro que eso no la alteraba físicamente, porque en su nueva naturaleza siquiera podía respirar.
- Annaisha, cálmate – la intentó controlar Natsuno, abrazándola con fuerte posesividad en un intento de controlarla.
La sintió removerse en un vano intento de que la soltara, incluyendo que lo rasguñara con violencia y murmurara ruidos extraños sin sentido. Pero finalmente la chica se dio por vencido y comenzó a llorar cual niña pequeña viviendo una pesadilla de la que jamás podría despertar. Natsuno suspiró con pesadez comprendiendo el sufrimiento de su amiga y aflojó su agarre cuando esta sollozó para finalmente, convertirlo en un gesto de contención genuina y no un intento desesperado de retenerla para evitar que cometiera una locura.
Si había algo peor que ser víctima de los shikis, era despertar como uno de ellos. Natsuno sospechaba que existía la diminuta posibilidad de que Annaisha despertara como un vampiro a pesar del lamentable estado en que la habían dejado, y por eso mismo, la noche anterior había profanado su tumba, desenterrándola y llevándola consigo a su propia habitación para esconderla en una caja de madera semejante al féretro donde ella fue dejada. Sus sospechas se habían reafirmado al no percibir el aroma de la descomposición en su cuerpo cuando la extrajo del agujero en que yacía. Si no la ocultaba, el enemigo podría forzarla a ser parte de su bando o incluso masacrarla directamente como lo era su plan original.
Había rogado a cualquier deidad o poder que por el bien de Annaisha, ella no se levantara y simplemente descansara en paz.
Su estado actual solo confirmaba que ningún Dios te escucha jamás.
Volvió al presente tras dejar atrás el recuerdo del instante en que la había extraído de su tumba, recordando su estado en el presente. No llevó la cuenta del tiempo en que ella lloró con intensidad y solo la apartó cuando comprobó que ella finalmente había guardado silencio.
Allí notó el escabroso detalle de su nueva identidad como shiki: sus lágrimas teñidas de oscurecido carmín. Annaisha lloraba lágrimas de sangre.
- Annaisha, tus lágrimas…– comentó de forma incompleta ante el asombro de dicha revelación.
- Deben ser parte de toda esta mierda – zanjó ella con una expresión estoica y dolida, mirando hacia el suelo.
Natsuno no dejó de mirarla, reparando en como las expresiones alegres e hiperactivas que ella solía mostrar en vida, habían muerto junto con la humanidad de aquella pobre víctima de cabellos burdeos y suaves cual vino. Ahora parecía una sombra de aquella mujer tan feliz y adorada por todos. Irreconocible para su pesar.
- Debes alimentarte – dijo finalmente Natsuno mientras le acercaba un vaso relleno de líquido rojo – A diferencia de mí, no puedes aguantar mucho sin comer.
- ¿De dónde la sacaste? – preguntó ella con recelo.
- Robé sangre de la clínica Ozaki – confesó el chico rodando los ojos – Tenían unas pocas reservas y me aproveché de la falta de vigilancia.
Annaisha pasó saliva una vez, dudando sobre si sucumbir a su hambre o no. Pues una vez que bebiera sangre, podría perder su autocontrol la próxima vez que se sintiera hambrienta. Tampoco es como si le gustase estar viva como un monstruo…
Monstruo.
No. Los monstruos verdaderos eran aquellos que atacaban a sus propias familias bajo la horrible excusa de tener hambre. Podrían haberse negado a esa segunda vida si era a costa de los demás, pero eran débiles y vivir les importaba más que proteger lo que querían.
Bajo esa idea deprimente y realista, cogió el vaso de sangre y se lo bebió de golpe, evitando sentir el sabor del líquido espeso. No quería habituarse a probarlo aunque de eso dependiera su nueva vida.
Si ella también había despertado, entonces no sería para seguir los mismos ideales de destrucción de los Kirishiki. ¡No! Ella al igual que Natsuno, iría por sus propios objetivos: acabar con los enemigos de colmillos filosos. Solo una vez que su cacería se hubiese completado con éxito… entonces iría con la muerte como si fuese una vieja conocida.
Con gusto y sin resistencia.
Si alguna vez creyó ingenuamente en la coexistencia entre humanos y vampiros, esos ideales utópicos habían sido destruidos en el momento en que los shikis la habían atacado sin remordimiento alguno y hasta con cierto deleite de su sufrimiento.
Ya no iba a ser la misma chica inocente de antes. Esa chica ideal estaba muerta. Ahora solo había una nueva aliada del bando humano que lamentablemente portaba la identidad de cadáver viviente.
- Puedes ocultarte aquí cuando salga el sol – le habló Natsuno, sacándola de su ensimismamiento – Pero una vez que sea de noche no podré…
- No necesitas cuidarme, Natsuno-kun – aseguró Annaisha mirándolo con dolor – Ya estoy muerta.
- ¿Y qué harás? – le preguntó este, temeroso de su nueva actitud.
- ¿No es obvio? Vengarme – respondió la joven mientras clavaba sus uñas en su propia piel, rasgándola en el proceso – Quiero que los que empezaron esta mierda… paguen cada gota de sangre consumida y derramada.
Natsuno la miró con compasión y tristeza, lamentando lo que la muerte en vida le había provocado a un rayo de luz como Annaisha Kita. En su lugar solo quedaba una sombra consumida por la rabia y el dolor de haber sido despojada de su vida, sus sueños y sus seres queridos.
- Ozaki-sensei y yo tenemos un plan – confesó Natsuno – Pero todavía no podremos ejecutarlo.
- ¿Cuándo es la fecha de inicio? – preguntó ella directamente mirándolo a los ojos y destrabando sus uñas de la carne de sus brazos.
- Cuando sea el Festival de Sotoba – contestó el chico ojiazul – Todo esto acabará ese día. Para bien o para mal.
- Los ayudaré desde las sombras – se ofreció Annaisha como si fuese una ofrenda a una deidad superior – Lo que sea necesario… lo haré por ustedes.
Natsuno sonrío de forma imperceptible y la ayudó a ponerse de pie, sosteniéndola de los antebrazos.
- Cuento contigo, Anni-chan – la llamó por su apodo en una señal de complicidad ganándose una triste sonrisa de parte de la mujer.
Unas horas más tarde, ambos contemplaban el desenlace de la noche y el frío clima que le acompañaba, desde los árboles frondosos cercanos a la ventana del único hijo de la familia Koide-Yuuki, bajo el cruel sentimiento de melancolía y desprecio hacia sus enemigos por todo el daño causado. Annaisha yacía ataviada en un vestido negro y corto hasta sus rodillas que Natsuno había robado de algún hogar ya abandonado. Esas nuevas prendas reemplazaban a sus antiguos vestidos de tonos pasteles y coloridos; esos ya no le quedarían a una muerta en vida. El luto se vivía en colores oscuros y ella lo estaba llevando en su ser. No solo por su propia muerte y despertar, sino por el dolor de toda la aldea de Sotoba… que muy pronto se habría de acabar. Ya fuese que ganaran los shikis o los humanos.
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Domingo 06 - lunes 07 de Noviembre (Madrugada)
La masacre había arrancado con el Festival, tal como Natsuno se lo había prometido. Había visto desde las sombras y a una distancia prudente, como es que Toshio Ozaki había revelado hace poco más de un día, la existencia de los shikis. No había sido agradable, pero no podía haber otra alternativa; había exhibido la verdadera naturaleza de Chizuru Kirishiki como una muerta viviente sedienta de sangre. En menos de una hora desde aquella revelación, la mujer de despampanante aspecto había sido estacada con verdadera brutalidad frente a todo el pueblo. Asesinato que ahora se repetía por toda la aldea de Sotoba y sus alrededores; en los rincones más ocultos, en las casas abandonadas, en los sectores inhabitados, en todos ellos habían descubierto más y más de esos seres. Sotoba se había transformado en un baño de sangre que podría durar incluso semanas.
Era un espectáculo inhumano, violento y hasta nauseabundo, pero Annaisha era consciente de que la situación se había transformado en una guerra entre humanos y seres sobrenaturales. Odiaba ver esa masacre a pesar de despreciar profundamente a los Kirishikis y a todos aquellos que los apoyaron voluntariamente; era tan difícil encontrar quien tenía la razón en todo esto.
Sin embargo, ahora su cabeza también corría peligro. Aunque ella se manifestara ante la aldea como una mano más de ayuda, los aldeanos no dudarían en estacarla en solo segundos. No podría ser de apoyo directamente, así que usaría la técnica de ser una sombra que les daba pistas de en dónde encontrar a los shikis que todavía permanecían ocultos.
Precisamente aquellos que la habían atacado sin remordimiento alguno y condenado a este infierno en la tierra.
Visualizó a un grupo de aldeanos tiznados de sangre en sus ropas y armados hasta los dientes. Pasó saliva con pesadez y comenzó a correr entre los abetos, causando un leve alboroto a propósito con tal de que siguiesen sus pasos y encontraran a los otros antes que a ella misma. Cuando divisó otra casona abandonada donde seguramente habría más vampiros ocultos, se desvió en silencio del camino y trepó entre los árboles más enredados entre sus copas con tal de pasar desapercibida. Podía correr si preocuparse por estirar demasiado sus piernas debido a que estaba usando pantalones negros y una blusa del mismo color funesto. Trataba de no bajar la velocidad de sus pasos a pesar de la fatiga por la escasa alimentación que llevaba en su sistema o de lo contrario… ella también moriría antes de poder concluir con sus planes vengativos.
Si su yo del pasado la viese, la despreciaría tanto…
Se detuvo al encontrar otra cabaña escondida. Esta parecía más pequeña. No debía haber nadie o no más de un shiki allí dentro. Con expresión fastidiada, enlenteció sus pasos hacia dicho lugar y abrió la puerta con cuidado, temerosa de ser atacada. Todo yacía en tinieblas y nada más.
Al menos hasta que…
- ¿Anni-chan?
Una voz familiar que hubiese deseado no escuchar, capturó su atención y dibujó un rostro contraído de dolor en su ser. Volteó levemente hacia atrás y reconoció tras la puerta cerrada de una celda, a dos personas adoradas. Un equivalente a un mayor sufrimiento a su alma corrompida.
- Tooru… nii-chan… Rit-chan…
Embargada por un dolor tan profundo que siquiera le cabía en el cuerpo, corrió hacia la celda y tras forzar la entrada hasta el límite de romperse las uñas, ingresó en esta y se acercó a las únicas personas que yacían allí en un estado de rendición absoluta.
- No puede ser… t-tú – balbuceó incrédula Annaisha mientras sus pupilas enrojecidas por la maldición se comenzaban a mover en un temblor sollozante. Sus pulcras mejillas se ensuciaron de la sangre que brotaba como lágrimas.
- Anni-chan – musitó Ritsuko en un estado demasiado débil debido a su negativa a alimentarse de sangre y decisión de morir definitivamente, mas nada de eso encubrió la tristeza de su voz al reconocer a esa dulce mujercita frente a ella – No… tú no, mi niña…
Annaisha no pudo contenerse más en ese instante y rompiendo en un estruendoso llanto sangriento, se lanzó sobre ambos, envolviéndolos en un doloroso abrazo, arrugando las ropas de ambos entre sus dedos ante la desesperación de ver a quienes más amaba, convertidos en los mismos monstruos, aquellos que tanto daño habían causado a la aldea. Siquiera le importó si ellos también habían caído en ese bucle de matanza por hambre; estaba segura de que ellos jamás hubiesen cedido por voluntad a algo tan horrible, mucho menos Ritsuko si era una enfermera.
- Ustedes también… despertaron – musitó entre sollozos, sintiendo como ambos correspondían a su abrazo; uno con más fuerza que la otra.
- Mi niña… lo siento tanto – se disculpó Ritsuko a pesar de su ausencia de culpa en ese asunto – Lamento tanto… que hayas despertado.
- Anni-chan, no quería que me vieras así… convertido en esto – se disculpó Tooru con una enorme vergüenza brotando por cada poro de su cuerpo – Es tan… horrible.
- Lo sé, nii-chan – respondió la chica de cabellos rojo bermellón mientras intentaba controlar su llanto – Todo esto… es culpa de los Kirishiki.
Se apartó de ambos con un gesto lento y se quitó las lágrimas del rostro, manchándolo en el proceso. Sorbió por la nariz y empuñó las manos sobre sus rodillas, guardando silencio por un instante que se asemejaba a una eternidad en anhelo compartido.
- Anni-chan – le habló Ritsuko con la escasa voz que conservaba aún.
- ¿Qué harán ustedes? – inquirió ella temiendo que la sed de sangre los hubiese cegado.
- Nos quedaremos aquí… juntos – respondió Tooru por ambos, sosteniendo con cariño la mano de la mujer de cabellos verdosos – No sé quién vendrá primero por nosotros… pero no voy a abandonar a Ritsuko.
- Piensan morir juntos – leyó Annaisha en sus palabras, pero en voz alta antes de suspirar – Quisiera hacer lo mismo… pero no puedo.
- Anni-chan…
- No puedo morir… hasta asegurarme que todas las atrocidades de los Kirishiki sean pagadas como corresponde.
- ¿Qué quieres… decir? – musitó Ritsuko casi no reconociendo a la hermosa mujer dulce del pasado.
- Quiero decir que si llego a dar con ellos antes que los aldeanos, lo último que conocerán en su vida… ¡Es la crueldad de la que soy capaz por todo lo que me quitaron! – habló colérica y con una voz más grave de lo normal.
- Anni-chan, por favor no – le rogó Ritsuko.
- Lo siento, pero no puedo declinar ahora – la joven se puso de pie y los miró fijo – Ya tomé mis decisiones.
- Hermanita – le habló Tooru, quebrando por un momento su voluntad – ¿Estás segura… de lo que quieres hacer?
- No solo hago esto por mí, lo hago por toda la aldea, por ustedes, por mi familia… por todo lo que nos quitaron por su deseo de utopía ridícula.
Un silencio sepulcral los rodeó, siendo apenas interrumpido por el viento que agitaba las ramas de los abetos del exterior.
- Anni-chan – habló esta vez Ritsuko – No voy a detenerte si eso es lo que decidiste, pero… por favor… prométeme que no te arrepentirás.
- Lo hago por ustedes, no tengo cómo arrepentirme si ese es mi motivo – aseguró Annaisha con una sonrisa triste – De seguro arderé en el infierno por esto, pero al menos me iré sin remordimientos.
- Te quiero, Anni-chan – se sinceró la enfermera con una expresión nublada de lágrimas – No importa lo que decidas… siempre te consideraré mi pequeña hermana consentida.
A la susodicha le temblaron los labios y nuevamente sus ojos ardieron por el escozor de sus lágrimas rojas.
- Gracias por todo, Anni-chan – le habló esta vez Tooru – Desearía… no haberte visto de esta manera, pero… ¡Diablos! Estoy feliz de verte una última vez antes de morir.
La joven con el corazón hecho añicos por todas las desgracias vividas, solo pudo abrazarlos por última vez en un arranque de lágrimas más intenso que antes, rogándoles un perdón que no necesitaba suplicar y en su reemplazo, recibiendo el cariño de dos personas valiosas para ella. Porque a pesar de sus decisiones, sabían que Annaisha jamás los dañaría. Ni tampoco a ninguno de sus seres queridos. A pesar de su alma cegada por la impotencia y la ira… tal vez en el fondo aún existía ese corazón de niña soñadora.
Solo que ahora… no volvería a mostrarse frente a los demás.
Los besó a ambos en la frente y tras separarse de ellos, salió de la celda y huyó de aquella cabaña, volviendo a su sigilo cauteloso.
- Les prometo que su sufrimiento no quedará impune. Esto no se quedará así.
Fueron sus últimas palabras antes de desaparecer de la vista de ambos, no dejando la más mínima huella de su presencia o existencia en ese lugar.
“Kami-sama por favor no la juzgues por esto” suplicó Ritsuko en silencio.
“Cuando por fin se libere de este infierno, déjala descansar en paz” siguió Tooru a esa plegaria.
Por favor… salva su alma.
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Martes 08 de Noviembre
- Creo que… al final de nada sirvió todo esto – musitó Annaisha mientras observaba como el fuego ya imparable no se detenía y arrasaba hasta con el más mínimo rastro de Sotoba – Este pueblo… estuvo condenado desde que los Shikis lo eligieron. Desde que esa familia lo maldijo con su presencia.
- Annaisha… ¿Qué harás ahora? – la interrogó Natsuno. No le quedaba mucho tiempo, pues aún tenía que resolver un último asunto antes de su premeditada muerte por voluntad.
- Podría morir aquí mismo – musitó con expresión deprimida, mirada que cambió a un sentimiento de profundo odio – Pero no lo haré. Sotoba, mi familia… mis amigos… todos perdieron por culpa de esa familia… por Sunako. Y esa perra asquerosa… sigue viva… como si sus acciones no tuvieran una condena…
Sabía de su huida. Podía escuchar sus pensamientos. No sabía si era una especie de conexión propia entre los shikis o una habilidad sobrenatural como consecuencia de su transformación. No le importaba. Solo tenía conocimiento de que ese monstruo con apariencia de niña estaba huyendo de Sotoba.
Por su lado, Natsuno jamás se imaginó tener que presenciar algo así; ver como una persona de nobles intenciones y sonrisa por mera voluntad, se convirtiera en un individuo sediento de venganza. Nunca apreció Sotoba, pero entendía el dolor de aquella joven ya no muerta. Ella tenía tanto a lo que aferrarse, tantos deseos por realizar… ¡Y todo se había ido a la mierda por culpa de esos chupasangre!
- Voy a ir tras ella. Le haré pagar por todo esto – dictaminó decidida – Solo cuando lo haya logrado, acabaré conmigo misma. ¡No me importa arder en el infierno con tal de hacerle pagar a esa maldita bestia!
El chico la observó con pesar y culpabilidad. Había fracasado de forma miserable en protegerla. Él quería que ella hubiese sobrevivido, que hubiese escapado a tiempo para lograr su objetivo de ir a la universidad y convertirse en enfermera.
Pero…
El hubiera es solo una triste especulación para aquellos que buscan consuelo tras el fracaso. Ya no podía hacer nada más. Annaisha se había condenado desde el momento en que volvió a la vida, pero al menos Natsuno había tergiversado su camino para que no cayera en las garras de los Kirishiki. Para que pudiera escoger si seguirlos, si iniciar su propio trayecto… o terminar con su propia existencia para no odiarse el resto de su vida.
- Te agradezco por tu ayuda, Natsuno-kun – esta vez habló ella con un atisbo de dolor en su mirada y su voz – No voy a perder esta nueva oportunidad que me ayudaste a conseguir. Voy a vengar el daño que te hicieron…
- No necesito algo así – la detuvo el adolescente mientras le sostenía la muñeca a la altura de su cara – Haz lo que creas que hace falta, pero no vengues mi nombre. Hace mucho que pude haber muerto por mi cuenta… y no lo hice por decisión propia.
- Natsuno- kun – Annaisha no daba crédito a ese lado que su amigo le estaba exponiendo. No sabía si asociarlo con el orgullo o un gesto amable de que no cargara con tanto peso en su conciencia.
- Haz lo que debas hacer – insistió el chico de orbes azules – No tengo idea de que hay en el más allá. No soy un creyente, pero estoy seguro de que nadie te juzgará por lo que hagas. No harías esto si no te hubiesen destruido la vida, Annaisha.
De los opacos ojos de la susodicha, brotaron gruesas gotas rojas; lágrimas de sangre. Una cualidad maldita que ahora llevaba en su condición como vampiro.
- Nos volveremos a ver en otra vida, Natsuno-kun – intentó buscar una esperanza hueca ante la inminente despedida – Y más te vale cuidarme como dijiste que lo harías.
- Tonta – musitó el contrario en medio de una apagada sonrisa antes de sujetarla con algo de fuerza de su cintura y atrapar los labios femeninos con los suyos propios.
Annaisha estuvo a punto de apartarse y exigir que le explicara el porqué de ese gesto confuso, hasta que sintió en su paladar el amargo sabor de la sangre.
¿En qué momento Natsuno había bebido sangre ajena o propia para dársela a ella como una provisión de emergencia?
¡Maldición! Ese chico era una caja de sorpresas.
Dejó de resistirse y dejó que la sangre pasara por su garganta, recuperando así una buena parte de su energía. No pudo reprimir su reacción involuntaria de sujetarse de los hombros de Natsuno; como si una parte irracional de ella se negara a abandonarlo al ser lo único que ahora veía ante sus ojos y que pertenecía a su felicidad.
- Eres una tonta, Annaisha – musitó al separarse de ella y mirarla a los ojos. Le limpió los rastros de sangre de los labios con sus dedos y le apartó los mechones de cabello de la cara, colocándolos tras su oreja – Así que agradezco haberte conocido en este lugar de pesadilla. Eres una buena amiga y eso nadie puede ponerlo en duda.
- Gracias por esa cursilería, Natsuno-kun – respondió ella antes de darle un último abrazo – Pensaré en eso si en algún momento… quiero mandar todo al demonio.
- Buena suerte.
Con esas últimas palabras, como si se tratara de una despedida casual y con la alternativa de volver a verse, Natsuno se apartó de la fémina de fría piel y tras adentrarse en el bosque en llamas, desapareció por completo… y para siempre.
Annasiha observó el sendero en destrucción que el muchacho había tomado por unos cuantos minutos, antes de dar media vuelta y dirigirse hacia su nuevo objetivo; la carretera principal que conducía a la salida de Sotoba. Con su nueva resistencia física, no le costaría mucho llegar en cosa de minutos.
- Sayonara, Sotoba – musitó en medio del llanto sangriento que empapaba su cara.
Perdón por mi inutilidad.
Sayonara mamá, Sotaro. Cuídense mucho. Sean felices… adónde quiera que vayan.
Sayonara … Ozaki-sensei.
Sus agiles piernas la ayudaron a escapar casi sin problemas del fuego que ya consumía hasta los cimientos a lo que fue alguna vez un pueblo rodeado de abetos. Los rasguños y astillas no le causaban daño permanente; su piel se regeneraba de forma rápida y eficaz. No necesitaba pensar ni preocuparse por su físico, solo debía concentrarse en hallar y dar alcance a la culpable de toda esa tragedia y baño de sangre que terminó por destruir todo lo que amaba.
Escondida por la oscuridad nocturna, que pronto cedería a la luz, comenzó a dejar de sentir el calor asfixiante del incendio y el fresco exterior la abrazó para darle la bienvenida. Aun olía el intenso y agrio aroma de la madera quemada y sus oídos dejaron de escuchar los derrumbes de estructuras, edificaciones y casas para cederle paso a las sirenas de los camiones de bomberos que llegaban en hileras eternas a destino para apagar el voraz incendio.
El hecho de que el otro lado de la calzada estuviese vacío, le otorgó la pista necesaria para identificar al único auto que provenía del pueblo en extinción y que solo podía pertenecer a Seishin Muroi. Si él iba huyendo, Sunako debía estar con él.
¿Cuál era su maldito afán por defender a una asesina que le destruyó la vida a todo un pueblo y su gente?
Tal vez a eso se refería Toshio cuando decía con veneno que Seishin no parecía importarle en lo más mínimo la aldea.
Buscaba huir y esa niña era su boleto perfecto para la causa.
Bien, entonces…
Ambos conocerían el infierno en la tierra.
Y por mano de la joven más dulce que alguna vez vivió en Sotoba. O mejor dicho… de su ser no muerto.
La Annaisha Kita que habían conocido en Sotoba… había perecido junto con el fuego y ahora solo quedaban sus cenizas vengativas.
Aceleró el paso un poco más, cuidando no ser vista por algún tercero, y logró dar con el auto. Para asegurar que el anterior monje se detuviera, se arrojó sobre el cofre del auto y se aferró con sus uñas, aun a costa de rompérselas una vez más.
Lo logró.
Seishin frenó de golpe ante el susto recibido y temiendo haber arrollado a alguien, mas su expresión fue de absoluto asombro cuando reconoció el rostro ya pálido y de ojos oscuros de Annaisha Kita. Era impactante saber que ella también había despertado… ¡Todavía más lo era la verdad de no haber terminado con una estaca en su pecho!
- ¡Muroi-san! – vociferó Annaisha con la voz hecha pedazos – ¡Por favor ayúdeme! ¡Lléveme con usted!
- Anni-chan – musitó aquel hombre convertido en un ser de rasgos inmortales, aun sorprendido de haberla encontrado en su camino de escape.
- ¡No tengo dónde ir! ¡Me estaban persiguiendo y escapé durante el incendio! – mintió como una profesional, odiándose ella misma – No sé qué fue de mi familia…
- Descuida. Me dirijo a la ciudad – la interrumpió Seishin, cayendo en su trampa – Puedo llevarte conmigo si lo deseas.
- ¡Muchas gracias! ¡En verdad muchas gracias! – sollozó falsamente la no muerta mientras se salía del cofre del auto e iba hacia la puerta para posteriormente ubicarse en el asiento del copiloto. El auto arrancó como si nada hubiese pasado.
Annaisha miró de reojo hacia atrás, reconociendo una especie de ataúd pequeño. Frunció el ceño sin poder evitarlo, aunque podía confundirse con una mueca de confusión.
- Sunako viene conmigo – le explicó con mucha calma el monje.
- ¿Logró escapar ella también? – fingió sorpresa Annaisha sin dejar de mirar aquella caja de madera de abeto – Es un milagro.
Un verdadero milagro.
Cuando Sunako alzó apenas la tapa del féretro para poder entender quien había subido al auto, un escalofrío horrible le recorrió cada vertebra de su espalda cuando los ojos llenos de odio, rabia y rencor de Annaisha Kita se posaron en los suyos.
Siquiera pudo balbucear ante el aura oscura que aquella shiki llevaba consigo.
Un aura y una mirada que solo traían un mensaje encriptado dirigido hacia su persona…
Arruinaste mi vida, maldita mujer. Por eso te odio.
Por eso… haré de tu vida un infierno eterno una vez más.
