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Perro Viejo

Chapter 18: Arreglado.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Refrescó su rostro con el agua de la orilla del lago cerca de la cabaña. Se mezclaban las gotas de sudor junto con el agua fresca ya entrado el frío del invierno.

Gellert no lo sentía porque el cuerpo estaba caliente. Ese fin de semana había regresado a la cabaña, alejándose de la presencia y el recuerdo de Albus, que sabía no estaría en ese lugar; en cambio, los unicornios eran su única compañía, yendo con ellos al trote entre los árboles, colgándose de ellos y elevarse con su propia fuerza, ejercitando sus músculos en espalda y brazos. Al volver con los unicornios detrás, inició con abdominales, lagartijas y trote alrededor de la casa.

Extrañamente no sintió dolor en sus músculos ninguno de los dos días que realizó los ejercicios y, si ponía la suficiente atención en su reflejo en el agua, podía notar sus brazos tonificados, las clavículas cinceladas en su piel y el abdomen comenzando a tener líneas definidas.

Era el segundo día de entrenamiento. ¿Por qué estaba así de avanzado su cuerpo? ¿Era la reacción natural que tendría al no consumir el veneno? ¿Era ese cuerpo fuerte, tonificado, su verdadero ser? ¿Se estaba convirtiendo en aquello que siempre fue?

No sabía si era magia, el estar sano o cualquier otra fuerza existente en el universo que él ignoraba. Lo único de lo que estaba seguro era de la vitalidad, la energía, el ímpetu con el que se movían sus piernas al trote de un unicornio.

Y se enamoró de eso.

Se enamoró de sí mismo, de su desarrollo, de los aciertos y errores que había cometido porque sin ellos, la paz que sentía en ese momento, amén de la calma con la que enfrentaba sus próximos retos, jamás hubiera llegado a estar tan cerca de lo que siempre anheló: una vida buena, con sentido.

Una vida digna de ser vivida.

Miró su reflejo una vez más antes de levantarse, estirar sus músculos y andar de vuelta a un árbol cercano, ese de la rama recta donde podía saltar y hacer flexiones.

Sin embargo, saltó de vuelta al suelo. Dirigió la mirada a la cabaña, esperando algún movimiento. Había sentido la presencia de alguien observándolo desde la ventana.

Sólo Albus y él conocían la cabaña. No era posible que alguien estuviera dentro, ¿o sí?

Volvió a colgarse del árbol, haciendo flexiones, exhalando con fuerza el aire, haciendo el mayor esfuerzo posible para mantener sus músculos calientes.

—¿Por qué me gusta tanto?—, escuchó en un susurro.

Cuando entró a la cabaña a tomar un baño ésta estaba vacía. Sólo la esencia a dulces de limón quedaba en la estancia. Bebió té en compañía de los unicornios, comió la cena con ellos y una interrogante en su cabeza.

El director Dippet le había requerido la lista de requerimiento para la mañana siguiente, lunes, porque haría la presentación de la materia en un desayuno con los alumnos. Daría indicaciones, algunos comentarios y presentaría a Gellert como el titular de la materia y nuevo maestro del castillo.

¿Debería Gellert prepararse de alguna forma especial? Comía una manzana a mitades con el potro de unicornio mientras pensaba en ello. ¿Debería vestirse diferente? ¿Peinarse diferente, tal vez? ¿Era realmente necesario?

Mascó el trozo de manzana en su boca, tratando de decidir. Le dejó el resto de la manzana al potro, andando hacia el baño del piso superior.

Se paró frente al espejo, observándose a detalle.

El cabello canoso comenzaba a rozar la línea de sus ojos, su barba era corta pero notoria, dándole un aspecto descuidado. Miró también sus ropas casuales, pensando también que las ropas olvidadas del colegio deberían cambiar si el resto lo hacía.

Tomó su varita con la mano, decidido a realizar los cambios que fueran necesarios para reflejar cómo se sentía por dentro.

Era hora de dar ese paso.

 

El lunes se presentaba con una mañana nublada, templada, de sol oculto entre las nubes grises del primer anuncio del invierno entrante.

Gellert había aparecido en el patio central a la hora justa para ver los ríos de niños y jóvenes moverse al comedor principal. Se internó entre ellos, caminando algo más apresurado para llegar a tiempo y escapar de esas miradas que sentía sobre su nuca. En su mente, cada susurro que llegaba a sus oídos parecía aclamar su nombre, como una sombra que le perseguía y parecía cernirse sobre sí, oscureciendo el momento con ansiedad y nerviosismo.

Se dijo que no estaban hablando de él, incluso se negó a recibir los pensamientos de los otros porque la cabeza le explotaría. Respiró profundo varias veces, relajándose, más no fue suficiente: confirmó las miradas en cuanto hizo su camino dentro del comedor, directo a la mesa de los profesores.

¿Qué era lo atrayente? ¿Era acaso el traje negro que creó con magia? Ese que en el espejo se veía ataviado con el cuerpo esbelto pero ahora formado por el ejercicio. Tal vez la corbata negra, sobre su camisa blanca, estaba mal atada. Pasó con nerviosismo una mano sobre los botones del saco negro por si alguno estaba mal abotonado, mas no sobre la cremallera de su pantalón, porque era indecente.

Si el traje no era llamativo, ¿acaso era él?

Su mano fue directo al cabello corto ahora, peinando con la palma el fleco largo que dejó a la izquierda de su rostro, ese que con canas plateadas resaltaba entre el gris oscuro del resto del cabello envejecido. O tal vez era ese corte que se hizo en el cuello al rasurarse, pero estaba seguro de haber sanado la herida antes de salir de la cabaña.

Se le acababan las opciones. ¿Qué era? ¿Qué estaba mal? ¿Qué llamaba tanto la atención como para que todos lo miraran de forma tan fija?

—¿Ese es el profesor Grindelwald?—, escuchó en medio del resto de susurros. Conocía lo que seguía, ese comentario final que dolía y hacía eco en la memoria cada vez que rememorara ese día—. Se ve tan atractivo.

¿”Atractivo”?

—Los profesores son atractivos aquí, pero el profesor Grindelwald es el más guapo de todos.

Faltaban pocos metros para terminar su recorrido hacia la mesa de profesores. Cada paso retumbaba al son de su corazón henchido en ego. Ya no era el hombre famélico, sombrío, ahora notaba las miradas sorprendidas, la admiración en los ojos que pensó lo miraban con extrañeza. Los comentarios no eran burlas o palabras mortales: eran halagos, chispas que alimentaban la llama de su orgullo y confianza.

Ese momento en que parecía caminar por el pasillo de la fama jamás se borraría de su memoria.

Miró al frente, viendo a Albus de pie detrás de la mesa de profesores. En su rostro y cuerpo, de brazos cruzados sobre su pecho, se notaba la molestia. Intentó internarse en su mente, encontrando una mezcla de enojo no dirigida a él: celos.

Llegó a su lado con intención de sentarse en el asiento de siempre, pero Albus lo tomó del brazo, evitando que tomara su lugar. Gellert lo vio a los ojos, confundido. El castaño tomó sus hombros, dirigiendo el cuerpo completo hacia él. Sus manos cálidas acariciaron la extensión restante hacia su cuello, acomodando la corbata negra. En un pase mágico de la mano, Gellert vio cómo la corbata negra fue pintada con flores púrpuras a lo largo de la tela.

—Hojas de lavanda, mi esencia favorita—, le dijo—. “Como muestra de mi fidelidad”—, le recordó. Eran las mismas palabras que dijo cuando creó su varita.

Gellert sonrió en complicidad con Albus, quien mantenía el rostro serio. Ambos se sentaron a la mesa y sólo entonces el alumnado, junto a algunos profesores, dejaron de prestarle atención a Gellert.

El director Dippet se hizo en la sala, caminando con paso apresurado al frente del comedor.

—Seré breve—, inició su discurso—. El día de hoy será enviada a sus padres una carta con los lineamientos de la nueva clase que se integrará al currículum de nuestra institución. Ésta clase se llamará “Estudios Muggles” y como su nombre lo indica, aprenderán a desenvolverse de manera natural entre los no magos—. El director Dippet giró su rostro, mirándolo—. La clase será impartida por el profesor Gellert Grindelwald.

Ante la pronunciación de su nombre, Gellert se levantó de su asiento para saludar a los presentes. Recordó la cena donde lo presentaron por primera vez, aquella donde todos lo miraban con desconcierto y sólo Harriet había aplaudido.

Esa mañana de otoño pintado de invierno, al levantarse Gellert de su asiento, el recinto tembló en aplausos, gritos y chiflidos de ánimo. Niños coreaban el nombre, chicas y chicos saltaban de alegría, sus ahora compañeros profesores le aplaudían y sonreían.

Por la mente de Gellert pasó una pregunta. ¿Qué celebraban? ¿Realmente estaban felices de tenerlo como profesor o estaban enamorados de lo que veían, del nuevo Gellert que se presentaba usando la misma piel de siempre? Gellert lo tomó como lo contrario, como la celebración de algo que ellos nunca imaginaría que estaba sucediendo: el suceso iba más allá. Sin saberlo, le estaban dando la bienvenida al Gellert que siempre tuvo que existir.

Alzó las manos para calmar a las masas insistiendo en perpetuar su saludo, sin éxito.

—¡Silencio!—, ordenó el director Dippet. La sala obtuvo su calma al instante—. Dense por enterados que sus padres deberán obtener y enviar los requerimientos para la clase antes del próximo lunes, día en que iniciarán las sesiones en el salón del patio. Los horarios serán entregados a los representantes de grado, quienes tienen la obligación de informarles, de manera pertinente.

Gellert aprovechó el momento de distracción para sentarse de nuevo, escuchando atentamente al profesor e ignorando algunas miradas de alumnas encandiladas con su presencia.

—Lo están viendo demasiado—, escuchó el susurro desde la mente de Albus. Gellert soltó una sonrisa divertida ante la idea de Albus celoso de unas jóvenes, provocando suspiros en las alumnas que lo miraban—. Suficiente: Peterson, Evans y McCarty la pasarán mal en los exámenes de final de periodo.

Gellert casi se ríe allí mismo pero eso empeoraría las cosas. En su lugar, y discretamente, bajó su mano hasta el regazo de Albus, donde mantenía las palmas. Tomó una, entrelazando sus dedos con los suyos, robando la atención del castaño.

Se inclinó a un costado para susurrarle.

—La hoja de lavanda es mutua.

 

Después del desayuno, Albus y Gellert no volvieron a encontrarse sino hasta la noche, para compartir habitación en el castillo.

La rutina fue la misma de cada día: ignorarse y pretender que no se extrañaban mutuamente.

Estando en su cama, soltó una sonrisa. Ese día se sentía tan bien, tan suficiente consigo mismo, como si hubiera alcanzado una meta más.

Fue tan bueno el día que hasta pudo tocar y ser tocado por Albus, aunque el fino toque hubiera sido dulce y en ese instante agrio por la lejanía.

Cerró sus ojos, buscando la calma del sueño, antesala de otro día tranquilo y bueno. Su respiración se acompasó, dejando los latidos ser llevados por la somnolencia en una marea que inundó su cuerpo. La conciencia dejó de funcionar, presa de la imaginación abrumadora de fuego, llamas a su alrededor consumiendo su cuerpo. Vio sus manos pintadas en flamas escurriendo por sus brazos hasta tragar su mirada.

A un costado, un grito tronó en el silencio. Era la voz de Albus, lo sabía, pero no lo veía cerca en aquella conciencia obscura. Buscó su mente, tratando de localizarlo y al hacerlo, espinas de dolor se apoderaron de él.

Albus estaba sufriendo y Gellert no podía hacer nada para ayudarle.

—¡Gellert!—, no fue otro grito—. ¡Gellert, despierta!

Se irguió en un instante, encontrando los ojos azules de Albus.

Tomó su rostro con las manos, buscando cualquier signo de heridas en su piel. Era el mismo Albus que había visto irse a la cama al otro lado de la habitación. Estaba sano, a salvo, seguro y allí, frente a él.

Olvidando sus diferencias, se abrazó a su cuerpo con fuerza.

—¡Estás bien!—, declaró Gellert—. ¡No estás herido!

Lágrimas comenzaron a correr por sus ojos. La desesperación se volvió alivio de golpe al ver esos ojos azules como el cielo de primavera.

—Siempre estaré aquí—, le susurró Albus—. Nunca me iré de tu lado. Perdóname por alejarme, por no comprender lo que estaba pasando. Confío en ti y siempre lo haré.
Gellert se aferró más a él.

—No te disculpes. Debí decírtelo antes, ser claro contigo, pero tuve miedo de perderte y al final, ese miedo se cumplió—, se separó de él, viéndolo a los ojos—. Te extrañé demasiado. No tienes idea de lo que es vivir sin ti. Pensé que había estado solo todos estos años, pero esa soledad no se compara a la falta de tu compañía—. Se acercó aún más, tímido, robando un beso delicado de sus labios—. Perdóname, Albus. Perdóname.

Se perdió en el cielo primaveral de su mirada y, después, en su sonrisa.

—Volvamos a ser los de antes. ¿Quieres, Gigi?

Gellert, por sí mismo, sonrió.

—Sí quiero, Albubu.

 

—¿Gellert?—, entró al departamento—. ¿Estás aquí?—, cerró la puerta detrás de ella, buscando con la mirada algún rastro de su esposo—. Es Maurice, he venido a verte.

Siguió adentrándose en el departamento, abriendo las cortinas de la estancia y las ventanas, dejando salir el olor a polvo y humedad. Notó otro mal olor, esta vez proveniente del refrigerador. El casero la había contactado, diciéndole que Gellert no se había presentado al edificio en tres semanas y era necesario el pago de la renta.

El teléfono timbró, rompiendo los nervios de Maurice.

—Aló—, respondió la rubia.

—Buenos días. Requiero hablar con el señor Gellert Grindelwald—, respondió la voz de una mujer telefonista.

—No se encuentra—, Maurice se acomodó un rizo detrás de la oreja—. Soy su esposa, ¿desea dejar algún mensaje?

—Señora Grindelwald, ¿podría comunicarle a su esposo que es necesario que se acerque a la farmacia más cercana para adquirir su medicación?

A Maurice le pareció extraño. En los años de matrimonio, nunca habían llamado por teléfono para recordarle a Gellert comprar sus pastillas.

—Disculpe, señorita, ¿podría indicarme de qué institución médica llama?

—Llamamos del Servicio Nacional de Salud, señora—, Maurice soltó un suspiro aliviado: era una institución oficial—. ¿Podría indicarme en qué horario puedo contactar con el señor Grindelwald?

Maurice se puso nerviosa.

—Señorita, si debo decir la verdad, no he visto a mi esposo en casi un mes.

La telefonista guardó silencio un instante.

—¿Quiere decir que se encuentra desaparecido?

Maurice aceptó.

—¿Ha reportado la desaparición a las autoridades?

—No, señorita. Tenemos problemas de pareja y hoy es la primera vez en tres semanas que vengo a nuestro domicilio.

Ese silencio del otro lado del teléfono volvió a hacerse.

—No se preocupe, señora Grindelwald. Nosotros haremos el reporte de desaparición—, Maurice iba a contestar algo más, pero la telefonista no se lo permitió—. Gracias por su colaboración con el cuidado de nuestra sociedad.

Y colgó.

Notes:

¡Hola! ¿Qué tal? Mírena al habla.

Espero que hayan disfrutado de este capítulo. Lo escribí especialmente para esta ocasión porque adelanté algunos sucesos en la historia.

Debo decirles que tomé esta decisión por 1) no escribir otro capítulo corto y 2) porque en abril publiqué mi primer libro en formato físico con una editorial. Ese libro necesita ventas y ser promovido, así que necesito dedicarle algo de tiempo a eso. Si no, será una pérdida monetaria muy grande para mí. :(

No se preocupen: ustedes tendrán las respuestas a las preguntas que tanto Gellert como usted tienen. Pero no será muy pronto. :(
Realmente lo siento. :(

Espero que puedan recibir mis saludos desde México, donde nace esta historia que con mucho cariño y esfuerzo escribo para ustedes. :)
Si están de acuerdo, espero que puedan comentarme desde dónde leen Perro Viejo.

Estaré pendiente de sus comentarios. ¡Gracias de nuevo! :D

PD: no sé si continuaré con mis otras historias, pero haré lo posible por seguir escribiendo Grindeldore en cual trama posible. :)

Sinceramente, Mírena,

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