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Diez razones para no enamorarse de Sherlock Holmes.
Por John H. Watson.
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Debo decir que estuve más que sorprendido cuando mi editora en jefe me encargó este tema en particular, y siendo que la portada de la revista en este mes se trata de las personas más famosas antes de los treinta y el señor Holmes es algo extraordinario; no dejé pasar la oportunidad de escribir algo como esto. Así que comencemos con las diez razones para no enamorarse de Sherlock Holmes.
Razón número uno: Su increíble intelecto.
Si bien los análisis de Sherlock pueden parecer atractivos a más de uno de nosotros, eso es sólo la punta del iceberg. Cuando lo conocí de le fue dicho que yo sólo buscaba un compañero de departamento, ya que él hacia lo mismo. Desde ese momento fui testigo de la increíble deducción que poseía el señor Holmes. Me contó la historia de mi vida en unos cuantos minutos y a voz monótona, sin descansar a tomar aire o algo por el estilo. En serio ayudó que yo no hubiera tratado de encubrirme, porque incluso eso hubiera salido a la luz desde esa tarde.
La primera semana fue un caos. Y lo digo siendo la persona más desorganizada que puedo llegar a ser. Nunca había conocido a alguien que tuviera un microscopio sobre la mesa de su comedor, o incluso guardara partes muertas de animales en el refrigerador con propósito científico. Era, en realidad, algo que haría activar su instinto de supervivencia. Quise irme de ahí, pero desistí. Puse una sonrisa en mi cara y me dediqué a separar el refrigerador entre los dos, poniendo mis compras para la despensa en la parte superior, queriendo evitar ver todo el espectáculo.
Él se lo tomó bien. Y en agradecimiento sacó esos animales a la mañana siguiente.
Aunque esa no es la verdadera razón por la que cité su increíble inteligencia como una dificultad. Eso vino después. Yo me encontraba un par de días más tarde en el bar de la esquina de Baker Street, siendo normal y queriendo hacer algo más con una de las chicas con las que había estado hablando esa noche, cuando él llegó.
— Mala elección, John. —dijo, sentándose en uno de los bancos pegados al suelo que pertenecían a la barra. La chica lo miró feo antes de irse.
— ¿Por qué hiciste eso?
Él hizo esa cosa, con la que siempre muestra que tú muy bien podrías estar ciego.— El dobladillo de su falda corta indica que la ha arreglado para que le quede justo encima de los muslos. Esas medias son baratas y ya llevan un tiempo siendo usadas por lo que se ven algo holgadas cuando ella las trae. El maquillaje de sus ojos es excesivo, pero sólo ha puesto esfuerzo en eso, porque no aplica base y ese pintalabios es demasiado barato como para preocuparse en preservarlo. Sus tacones miden diez centímetros y su uso denota que anda mucho con ellos. La playera ha sido comprada una talla más pequeña, y la ha modificado en el área del escote. Ella es una prostituta.
Recuerdo haberle criticado un poco por haber insinuado eso, hasta que pudimos comprobarlo de camino de regreso, mirando sin querer hacia el callejón aledaño a nuestro edificio. Entré de inmediato a casa, sin preocuparme en cerrar la puerta.
Sherlock me siguió hasta la sala, donde yo me había recostado sobre el sillón y sin querer tener cerca una ventana. Él preparó té para los dos.
— Dí que lo sientes.
Él acercó la taza a su boca y me miró mientras tomaba un sorbo.— No.
— ¿Por qué? ¡Dí que lo sientes!
Dejé mi taza sobre la pequeña mesa de té donde Sherlock se encontraba sentado y tallé mi rostro mientras esperaba a que él se disculpara.
— No lo siento. No lo diré, a menos de que buscaras algo de una noche y una factura costosa, no lo voy a decir.
Y luego un silencio. Pude distinguir el sonido de las sirenas de una patrulla y el ruido de la televisión por cable de la señora Hudson.— ¿Y bien? ¿Era eso, John?
— No.
