Chapter Text

I.
Los grifos del lavabo de la estación de radio de Night Vale son tan antiguos y parecen haber sido sometidos a tan poco cuidado que Carlos piensa que es casi sorprendente que todavía funcionen cuando acciona el botón sobre uno ellos y el agua comienza a fluir. A ambos lados hay unas pequeñas válvulas que sirven para controlar la temperatura de ésta y cuando trata de calentarla, las cañerías se quejan y chirrían y el estridente sonido hace eco y rebota entre los azulejos desgastados de la estancia. Se lava la cara despacio pero insistentemente y deja resbalar las pequeñas gotas transparentes sobre su rostro; una de ellas se desliza por el cuello y se cuela en dirección a su pecho por el interior de la camisa blanca, escabulléndose por el primer y único botón desabrochado. Una vez allí, se pierde en algún punto en el camino hacia su estómago, y en su recorrido le hace estremecerse por la diferencia de temperatura. Tan solo quedan quince minutos para que el programa de Cecil entre en emisión y él ha prometido estar allí como invitado aquel día, pero el insistente temblor en las manos y el nudo en el fondo de la garganta parecen decididos a no ponérselo fácil. Se repite a sí mismo, con más insistencia que convicción, que no es tan difícil, tan solo es un programa de radio y que no pasa nada. Ya lo has hecho otras veces.
Y es cierto: no es la primera vez que se enfrenta a esa situación. Ya ha hablado en la radio otras veces. Su voz ha sido emitida directamente desde aquel mismo estudio a los transmisores de los cientos de hogares que conforman aquella pequeña comunidad desértica. Pero nunca así. Nunca presencialmente. Aquella vez va a tener que enfrentarse al micrófono, cara a cara y sin ninguna escapatoria, y no está completamente seguro de que pueda afrontarlo. “Maldita sea”, piensa, “ni siquiera tengo nada interesante que decir. Si Cecil no fuese tan insistente…”
Saca un pequeño peine de uno de los bolsillos traseros de su pantalón y se dispone a arreglar su pelo tanto como puede. Ha tenido especial cuidado aquel día en mantenerlo limpio y en buen estado para aquella noche e incluso se ha lavado la cara con cuidado de no mojarlo hace tan solo unos segundos. Decide recolocar primero el flequillo y después los rizos de los laterales y en algún momento entre el primer y el segundo paso se da cuenta de lo absurdo de aquel gesto y deja caer el peine al suelo con una risa nerviosa.
Es perfectamente consciente de que tan solo tiene que pronunciar unas pocas palabras y que nadie a excepción de una persona va a verle realmente pero precisamente esa persona se ha formado unas ridículamente altas expectativas sobre su supuestamente perfecto pelo durante los últimos meses y hay algo en él que, si bien no sabe bien lo que es, le incita a no querer defraudarle.
Respira hondo. Su reloj de muñeca le indica que ya solo quedan cinco minutos y todavía no se siente para nada, ni un ápice más preparado para afrontar aquello que en el mismo momento en el que llegó a la estación. Pero, consciente de que no puede retrasarlo ni un segundo más, avanza con paso inseguro hacia la puerta del baño cuando tropieza con un ente extraño que hubiese jurado que hacía tan solo unos instantes no estaba allí.
– Demonios, Khoshekh…
El gato negro le mira fijamente, frunciendo el ceño. Suponiendo que los gatos fruncen el ceño cuando se enfadan. Durante una milésima de segundo Carlos piensa que va a atacarle pero aquel peculiar felino no parece considerarle lo suficientemente interesante como para mantener su atención puesta en él durante más de aquel corto lapso de tiempo. Él, sin embargo, siente una inmensa curiosidad por aquel animal, así sigue observándole mientras vaga por el frío suelo con soltura y sin hacer ni el más mínimo ruido, como si sus pequeñas uñas no llegasen en ningún momento a rozar las baldosas. Khoshekh repara en el peine de Carlos, todavía olvidado en el suelo, y lo recoge – cómo lo hizo, el joven científico aún no ha conseguido averiguarlo – entre sus fauces. Después se eleva en el aire en dirección hacia él, aumentando la altura sin dejar de caminar, grácil, como si subiese una altísima escalera invisible hacia donde se encuentra. Carlos extiende la mano y el gato deja caer el objeto sobre ésta; él trata de acariciarle como agradecimiento, pero es demasiado rápido y se escabulle antes de que sus manos consigan siquiera rozar el pelaje.
“Así que realmente es cierto. El gato… El gato está flotando. Levita. Wow.”
Y “wow” es la mayor reacción que algo tan extraño y estrambótico como un gato flotante puede arrancar en él. Después de vivir unos meses en Night Vale, Carlos, Carlos el científico, ha desarrollado una inevitable inmunidad a las cosas extrañas y a la paranormalidad en general. Y lo sabe; sabe que es su trabajo investigar todas aquellas cosas misteriosas, pero no en aquel momento. Cecil está esperando y si realmente tuviese que perder el sueño por cada fenómeno inexplicable que tiene lugar en aquel insólito lugar, el insomnio sería su buen compañero de viaje durante el resto de su vida.
El estudio de grabación se encuentra a tan solo unos pasos de donde él se encuentra y Carlos se detiene frente a la puerta para respirar hondo antes de girar el pomo y adentrarse en él. Conforme ésta se abre, puede escuchar hablar una voz, profunda y conocida, imposible de no identificar.
Quizás haya vida en otros planetas. Quizás no la haya. Quizás hay otras formas de vida en el planeta que ya conocemos. Quizás están aquí, escuchándonos. Bienvenidos a Night Vale.
*
La primera vez que Cas escuchó la radio en el interior del viejo Chevrolet Impala del 67, no pudo evitar sorprenderse. Dean accionó un pequeño botón y la voz comenzó a fluir: primero, suavemente, y después, intensificando gradualmente el volumen, incluso llegando a rozar lo estridente, inundando cada centímetro y cada rincón del interior del coche de melodías y guitarras y desvaneciendo todo lo demás. Como generada mágicamente en las entrañas de la máquina, vibrante como el sonido del motor que les acompaña, incesante, a lo largo de los interminables kilómetros. Cas entonces aún no lo sabía pero sonaba Back in Black, de AC/DC. De cualquier modo, en aquel momento pensó que si ella tuviese que tener una voz, como las personas, aquella, a pesar de no ser femenina, era exactamente la que le pertenecería.
Pero aquella vez es distinto. Es distinto por varios motivos y el primero de todos es que en aquel momento no suena música. Desde hace ya unos treinta minutos de viaje, la radio del Impala ha sido incapaz de sintonizar ni una sola emisora. Sam pelea infructuosamente con el dial, maldiciendo en voz baja, y de vez en cuando Dean le ayuda en su tarea con algún comentario mordaz “Sam, te juro que si la has roto voy a lanzarte fuera del coche de una patada. En marcha.” Sam insiste: “Yo no la he roto, Dean. Se habrá roto sola. ¿Cuántos años tiene este cacharro? Ni siquiera tiene reproductor de CDs…” y Dean no se da por vencido “Ella no se ha roto. La has roto tú, o no sabes cómo funciona, Sammy, pero no es su culpa.”
La discusión termina tan espontáneamente como ha empezado, con Dean sugiriendo utilizar alguno de los viejos cassettes en lugar de la radio. Ellos dos discuten siempre así, como las tormentas de verano: de repente y sin previo aviso, estallan en descargas eléctricas. Tan solo unos segundos después, Sam claudica y suspira y Dean sonríe triunfal sobre el volante. Calma de nuevo. Sam comienza a rebuscar entre las decenas de cintas mientras su hermano mayor devuelve la vista a la carretera. Y entonces, Dean frena en seco.
– ¿Qué demonios…?
Cas y Sam se recolocan en sus asientos tras el súbito frenazo. Miran alrededor, desconcertados: primero a Dean y luego al exterior, y lo que encuentran ahí fuera les desconcierta aún más.
Desierto.
Un desierto infinito, kilométrico, anaranjado, de dunas, rocas y cactus. Un desierto brillante bajo un sol abrasador y que se extiende hasta donde alcanza la vista. Kilómetros de desierto frente a ellos y más kilómetros aún a sus espaldas que no recuerdan haber recorrido. Los bordes de la carretera se deshacen en billones de diminutos e infinitos granos de arena caliente que no parecen tener fin y la temperatura dentro del coche está comenzando a elevarse, también. Dean apaga el motor y Sam consulta el GPS de su móvil y los viejos mapas de carretera guardados en la guantera, pero todo les conduce a la misma respuesta: no debería haber ningún desierto en, al menos, cuatrocientos cincuenta kilómetros. Y sin embargo, es imposible equivocarse: se encuentran en medio de uno. Y uno muy, muy grande.
– A lo mejor esos mapas están desactualizados. Tienen más años que tú y que yo, tío.
– No creo que internet esté desactualizado, Dean. Definitivamente, este desierto no debería estar aquí.
– ¡No me digas! ¿Y qué hacemos?
Sam se encoge de hombros así que Dean lanza una mirada a Cas través del retrovisor.
– Eh, Cas. ¿Te dice algo tu sentido angelical sobre esto?
Cas vacila un segundo. Echa un último vistazo por la ventanilla y después le mira fijamente. Definitivamente hay algo raro en aquel lugar: una fuerza distante, extraña, pero familiar. Pero no tiene forma alguna de saber de qué se trata ni de qué manera aquello les influye. Tampoco sabe cuál es la respuesta que Dean espera de él.
– No hay forma de que pueda saberlo, Dean.
– Bien. Muy bien. ¿Qué cojones hacemos, entonces?
Lo sugiere Sam en voz baja. “Seguir conduciendo” no es la idea más brillante que podían encontrar pero es sin duda la única que tienen. De todos modos, Dean insiste en bajar a dar una vuelta y comprobar que realmente se encuentran en un desierto. Se levanta y lanza las llaves del coche sobre el asiento y sale fuera: primero las piernas y luego el resto del cuerpo, en un mismo impulso. Transcurrido tan solo un minuto vuelve a entrar, camisa remangada, sudor en la frente y un suspiro profundo en la garganta.
– Definitivamente, he visto películas del oeste grabadas en desiertos menos desérticos que este.
Así que, y a falta de otra alternativa, se dispone a conducir de nuevo. Introduce las llaves en el lugar al que pertenecen y cuando pone en marcha el motor, aquel sonido empieza a fluir suavemente. En ondas finas y cálidas, un tono de voz vibrante e intenso que penetra sutilmente en el oído.
– ¡Te dije que no se había roto, Sammy! – Dean sonríe y pisa el acelerador, sin prestar demasiada atención a lo que la voz en la radio está diciendo. Sam, por el contrario, no puede evitar escuchar atentamente.
“Tenemos un invitado muy especial en nuestro programa de hoy. ¡Es Carlos! Sí, oyentes, tal y como escucháis: Carlos, el perfecto Carlos, el científico, ha venido hoy a nuestro modesto programa a hablar sobre todo tipo de cosas. Cosas científicas, ya sabéis. Ah, ¿no es maravillosa la ciencia?
Pero antes, las noticias.
Parece ser que el hombre de la chaqueta marrón ha sido avistado de nuevo en los alrededores de Night Vale, cerca del parque para perros. Aquellos que le han visto han reportado que llevaba un maletín negro de gamuza, presumiblemente lleno de insectos. Ninguno de los testigos ha podido dar una descripción oficial de su apariencia física, pues aparentemente todos ellos la han olvidado en el momento en el que se han alejado de él. Más sobre esta historia conforme se desarrolle.
– Dean… ¿Has oído eso?
– ¿Qué pasa?
– La radio. Escucha. – Asombrado, Sam se apresura a subir el volumen.
[…] hemos enviado a Danny, nuestro nuevo becario, a investigar el área, hace ya unas horas. Lamentablemente, no ha vuelto. Tampoco parece que vaya a hacerlo pronto. Los viandantes que transitaban la zona han descrito un sonido agudo y chirriante, rugidos amenazadores, gritos de dolor y sangre y vísceras por todas partes. Todavía estamos tratando de comprender lo que pasó, pero lo cierto es que debemos afrontar la realidad cuanto antes y asumir que ha muerto. Nuestro más sincero pésame a su familia.
– Esto es raro, Dean. Por qué… ¿Por qué alguien hablaría en la radio de ese tipo de cosas?
– No lo sé, Sammy, ¿has oído hablar de la Guerra de los Mundos?
– ¡Esto no es como la Guerra de los Mundos! No… No sé. Suena muy convincente. Esa voz… Es extraño.
– Estamos en medio de un endemoniado desierto en el que no recordamos ni siquiera haber entrado en primer lugar. Supongo que no esperarás poder sintonizar emisoras de pop.
El argumento no convence demasiado a Sam pero éste decide que su hermano tiene razón, y que un misterioso hombre hablando de sucesos paranormales en una frecuencia desconocida no es ni siquiera medianamente sorprendente teniendo en cuenta la situación en la que se encuentran. No obstante, sigue habiendo algo en todo aquello que le intranquiliza. La radio no parece ser capaz de sintonizar ninguna otra emisora y, según puede observar, la señal es mucho más intensa cuando conducen hacia el norte, y muestra ruido e interferencias cuando el camino se desvía hacia el este. Sin mucha más novedad, transcurren largos minutos en los que Dean conduce en silencio y el locutor y su supuesto invitado hablan de casas que parecen existir pero no son verdaderamente reales, helicópteros negros, terremotos que absolutamente nadie es capaz de sentir y dragones de cinco cabezas. Fuera, atardece anaranjado y violáceo cuando, sin previo aviso, Dean exclama:
– ¡¿Es eso una ciudad?!
Y lo es. Efectivamente, la silueta de una pequeña localidad comienza a dibujarse en el horizonte, con pequeños focos de luz eléctrica contrastando con el cada vez más oscuro cielo que anochece rápido. Incluso Cas, que lleva largo rato abstraído, pensativo, mirando a ninguna parte con esa cara que suele poner cuando hay algo que desconoce que le perturba y trata de encajar en su mente las pequeñas piezas de información que posee para formar un todo con significado, aparta sus cavilaciones durante unos segundos para echar un vistazo a aquello a través de la ventana frontal del coche. Una ciudad significa que han estado avanzando en la dirección correcta y que, posiblemente, están cada vez más cerca de salir de allí de una vez por todas, así que tiene que ser algo bueno. O eso creen. Dean aumenta la velocidad todo lo que el motor le permite, y en cuestión de unos minutos se encuentran a unos pocos metros de aquel lugar.
La voz en la radio continúa con su cantinela incesante, impasible y ajena al descubrimiento.
[…] así que esperemos que esto no afecte a la cosecha de maíz imaginario de John Peters, ya sabéis, el granjero.
– ¿El estúpido programa no piensa acabarse nunca? – gruñe Dean, y después continúa hablando, dirigiéndose al transistor, como si el locutor realmente pudiera escucharle a través de ella – Tío, la broma ha dejado de tener gracia hace un buen rato.
La pequeña población se acerca cada vez más, y más. Primero está ya a tan solo unos kilómetros de distancia; después, faltan unas pocas decenas de metros.
Y ahora, el tráfico.
¡Unos nuevos y peculiares visitantes están llegando a Night Vale en este mismo momento! Conducen uno de esos antiguos Chevrolet Impala del 67, de color negro. Ah, el Impala del 67. Es uno de esos modelos de coche que nunca pasará de moda, no importa el tiempo que pase. Siempre y cuando creáis en conceptos como el “tiempo” y las “modas”.
Dean mira a Sam, asustado. Sam mira a Dean, preocupado. Cas les mira a ambos, desconcertado.
– ¿Pero qué…?
– ¡Está hablando de nosotros, Dean!
– ¡Ya lo veo! Pero, ¿cómo…?
[…] Parece ser que el coche consta de tres ocupantes. Y uno de ellos parece ser definitivamente, bueno, algo no exactamente humano.
– Frena, Dean. – la voz de Cas desde el asiento trasero suena más grave que habitualmente, y tiene un deje casi imperceptible de alarma bajo la impasibilidad habitual que definitivamente convence a Dean a reducir la velocidad drásticamente y detenerse justo unos segundos antes de cruzar la entrada de la misteriosa ciudad.
El programa da paso a un interludio musical y Dean, Sam y Cas permanecen en silencio unos segundos. Sam comprueba las coordenadas en las que se encuentran una vez más, solo por si acaso; Dean aparca el coche a un lado de la carretera. Sam dice “parece nuestro tipo de caso”, Dean dice “desde luego que sí”, Cas les advierte que “será peligroso” y Dean insiste “pues vamos allá.” Definitivamente no van a resolver aquella incógnita desde el interior del Impala, así que tendrán que investigar. A su derecha, cuando bajan del coche, tan sólo un letrero. “Bienvenidos a Night Vale.”
