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Paola se apoya con los codos y usa las manos para sostener su cabeza. Tiene que ladearse un poco para poder ver mejor, pero por fortuna, la pareja se mueve lo suficiente como para tener una buena visión.
Mira la cámara para asegurarse de que está grabando y sonríe satisfecha cuando comprueba que todo va perfectamente.
Quisiera escuchar lo que dicen. A veces, en su mente se inventa diálogos que vayan de acuerdo con la forma en la que se mueven y se miran. El chico más bajo tiene el cabello castaño un poco más largo de lo normal en un hombre y se mueve con el viento de tal manera que hasta a ella le gustaría meter sus dedos entre las hebras.
El otro chico, el más alto, tiene el cabello moreno, espalda ancha, con un culo de infarto y con un rostro que no es para nada justo en un hombre, labios gruesos que acostumbra a lamer de vez en cuando y dejar el inferior atrapado entre sus dientes, tiene ojos castaños y… ¡hoyuelos!
¡Imperdonable!
Pero a lo que iba… los diálogos.
Según ella, el chico alto de hoyuelos siempre busca la aprobación del otro, su protección. Inclina su pecho hacia delante como si no pudiera resistir la distancia. Como si le doliera.
“Déjame estar contigo. ¿Por qué no me das lo que necesito? Eres lo mejor que me ha pasado en la vida ¿Cómo es que no te das cuenta?”
Esa es una de las mil líneas que se ha inventado.
Y es que cuando mira al castaño, es como si el resto del planeta fuera una mierda y él lo único bueno. Cuando mira a las otras personas frunce el ceño y sube más o menos 19 murallas chinas, pero cuando sus ojos se posan por un segundo en su compañero, las murallas se derrumban como si fueran de arena.
“Te necesito. Te quiero tanto que duele pero tú no consigues verlo y no sé qué hacer con todo esto que siento”
Esa es otra de las líneas.
Paola suspira sonoramente y se aleja de la ventana para beber un poco de agua. Sabe que no se perderá detalles, puede ver las cintas las veces que quiera.
Tiene un montón.
Se mueve hasta que queda en la pequeña estantería que ha creado sólo para los videos, fotos y cualquier otra cosa sobre Kyuhyun y Siwon.
Sí, así se llaman.
Lo supo el día que sobornó a su hermano pequeño para que se acercara a ellos el tiempo suficiente como para escuchar parte de la conversación y así comprobar si ella estaba desvariando demasiado o si tenía cierta razón.
Por desgracia, su hermano es un inútil y no pudo recordad ni la mitad de lo que estaban diciendo, pero sí sus nombres. Paola se pasó el fin de semana etiquetando todo.
“Junio 28 Kyuhyun y Siwon en la terraza”
“Enero 04 Kyuhyun y Siwon van a esquiar”
También tiene un cuaderno donde ha escrito los diálogos, no siempre es en plan “te quiero pero no te tengo”, a veces, crea unos en los que son la pareja más feliz de la historia. Podría pasar horas pensando, creando, imaginando… son sus momentos y a estas alturas, dadas las circunstancias, no los cambiaría por nada. Bueno, sí, solo por algo, por la confirmación de que todo aquello pasa de verdad.
Rueda los ojos cuando escucha los toques en la puerta. Bufa con desagrado mayor cuando se da cuenta de que es su hermanito.
- Sabía que esa cámara estaría allí, lo que me extraña es que no estés tú – dice con tono burlón señalando la ventana. Cierra la puerta aunque en realidad ella ni siquiera le ha dado permiso para entrar.
- ¿Qué quieres? – se limita a responder.
- Necesito dinero para ir al cine con Shin Hae. – dice sin preámbulos.
- ¿Y pretendes que yo te lo de? – pregunta incrédula, no debería horrorizarle que su hermano le diga que sí. – Sí, claro espera, déjame darte para que la lleves también a cenar, y a un hotel… vete a la mierda, anda.
- Vale, supongo entonces que lo que te tengo que decir sobre ciertos dos, no te interesa. – sonríe con maldad al ver la palidez en el rostro de su hermana.
- No sabes nada – afirma Paola, aunque no está del todo segura de sus palabras. El chico se encoge de hombros y camina hasta la puerta - ¡HYUN JOONG! – le grita para hacer que se detenga.
- Sé algo de un matrimonio, ahora, si quieres más, comienza por soltar la pasta.
El corazón de Paola se aceleró al mil por ciento. ¿Matrimonio? ¿Se van a casar como matrimonio, boda y todo eso? ¿Ellos? No podía ser ¿De verdad una de las historias de su cabeza iba a hacerse realidad? Con las manos temblando busca el monedero entre su cajón y saca un billete. Su hermano alza una ceja inconforme pero no tienta su suerte.
- Eres un poco… ¿Cómo decirlo? – se pasea con calma por la habitación viendo el “peculiar” decorado. Fotos acosadoras del par de tíos esos que viven en la casa de al lado. Videos, telescopios, cámaras, filmadoras, cuaderno de notas. No puede creer que una vez llegó a admirar a su hermana y deseó ser como ella. Esa chica en esa silla de ruedas ya no es la misma, ni siquiera las medallas siguen colgadas en la pared. – ya sé… patética. Esa es la palabra que buscó.
- Habla o te largas de mi cuarto.
- Se van a casar pero no entre ellos – se burla. – ya sabes que salen con dos tías ¿no? Pues eso. Hace dos días a Shin Hae le llegó la invitación para la boda del más bajo, y esta tarde la del otro. Con el matrimonio supongo que vendrá la mudanza porque ni modo que vivan allí los cuatro y entonces me pregunto ¿Qué vas a hacer con tu vida, hermana?
Con ellas.
Iban a casarse con ellas.
Paola siente como le hierve la sangre, tiene los puños apretados y no para de temblar.
¿Cómo pueden hacerle esto? ¿Cómo? No pueden estar enamorados de ellas porque… porque no. Paola los ve todos los días, ve la verdad. Ellas son costumbre, política, el deber ser… en cambio ellos son… más.
Se siente defraudada, engañada, y hasta ultrajada porque aunque su hermano sea un imbécil gilipollas, tiene un punto y es que ¿Qué va a hacer ella con su vida?
- Lárgate – gruñe bajito, pero su rabia sólo hace reír a su hermano. – ¡QUE TE LARGUES! – le grita y comienza a lanzarle todo lo que tiene cerca. Por fortuna su hermano sale a tiempo para no verla caer al suelo por culpa de los bruscos movimientos. – ¡HIJOS DE PUTA! – grita tan fuerte que de seguro todo el vecindario la escuchó pero ya deben estar acostumbrados a escuchar de vez en cuando los ataques de la loca de la casa 26.
Paola se queda en el suelo el tiempo suficiente para calmar su rabia y centrar sus pensamientos.
“Céntrate, Paola. Si te descentras te equivocas y ¿qué pasa si te equivocas?”
“¿Me podría matar?"
“Peor, podrías perder”
Así eran las charlas con su entrenadora. Adorable.
Paola ve la silla de ruedas. Su enemiga. Y piensa un minuto cuál sería la mejor manera de subirse de nuevo a ella. La empuja hasta la ventana y se arrastra hasta allí, usa el marco para coger impulso fallando un par de veces hasta que por fin logra su cometido.
Perder.
Ahora que lo piensa, en aquel momento ese era el menor de sus problemas.
Lo malo vino cuando al intentar hacer ese triple giro vio como Hee, su Hee, abrazaba a esa perra buscona. Un segundo y su mente se perdió dejándola inconsciente en el fondo del agua por culpa del golpe que se dio contra la plataforma.
Mientras le aplicaban los primeros auxilios algo se grabó en su mente. No fue el dolor, no fue el miedo. Fue la mirada de “te lo dije” que le dedicó su entrenadora.
Hija de puta.
¿Te lo dije? ¿Eso era todo lo que podía expresar esa mujer? ¿Le preocupaba más una medalla olímpica que el sufrimiento de su pupila? Parece que sí, porque cuando el médico dijo que no podría recuperar su movilidad por completo, no al punto de hacer esos saltos, la mujer no fue a visitarla más.
Lo dicho, una hija de puta.
Pero el médico insistía en que sí podría caminar de nuevo.
“Solo necesitas esforzarte un poco” le dijo.
Y una mierda.
Meses esforzándose, sufriendo de dolores horribles y no había conseguido avance mayor que mover los dedos de los pies. Ellos lo vieron como un gran paso. Ella como un gran fracaso y una gran pérdida de tiempo.
Cuestión de perspectivas, quizás.
Allí está ahora. Viviendo a través de dos tíos a los que vio el 7 de noviembre, hace más de un año. Comparten piso y ella siente que lo comparte también. Ríe con sus alegrías y llora con su dolor, es algo… era algo, y ahora se va a quedar sin nada. Otra vez. Como cuando Hee se acercó a esa.
Esa.
Otra ella. Las odia en todas sus formas, colores y presentaciones… o nombres.
Bastardas.
“¡Céntrate!”
Vuelve a resonar la voz en su cabeza. Con malicia mira por la ventana. Sabe en quienes centrarse.
Si no pueden darle lo que quiere, entonces ellos tampoco lo van a tener.
